El Vikingo
Capítulo 1
El viento hinchaba las velas de los tres drakkar vikingos y los impulsaba a través de las aguas, encabezados por la nave que llevaba el emblema del Halcón Negro, pilotada certeramente por su capitán en dirección al suroeste. Habían zarpado de su patria hacía sólo tres días y ahora se aproximaban a su meta: la costa sajona.
—¿Cuánto falta para que avistemos tierra? —preguntó Seger, un guerrero fornido que navegaba en la nave capitana, sin despegar la vista del mar.
—Si el viento no deja de hinchar las velas, deberíamos avistar la costa dentro de dos días —respondió Neils.
—Bien —dijo Seger con una sonrisa lobuna, pensando en la inminente batalla. Echaba de menos las incursiones—. ¡Hace demasiado tiempo que no entro en acción, y el brazo con el que manejo la espada necesita práctica!
—Creo que el Halcón Negro comparte tus sentimientos —comentó Neils y soltó una carcajada, indicando con la cabeza a Brage Nordwald, su jefe, también conocido como el Halcón Negro. El vikingo alto y de complexión fuerte estaba de pie en la pequeña cubierta delantera del barco, espada en mano—. Quizá sea el motivo por el cual zarpamos dos semanas antes que los demás.
—Siempre procura contar con el factor sorpresa. Nadie nos estará esperando. Es un gran guerrero y servir bajo su mando es un privilegio.
—Es un hombre listo. Hace tres años acepté el compromiso de luchar junto a él, y jamás lo he lamentado. Mi parte del botín ha aumentado con cada temporada.
—Nadie lo iguala cuando se trata del pillaje. Golpea sin avisar, cobra su botín y desaparece con rapidez.
—Mi padre seguía a Anslak, el padre de Brage, y ahora yo lo seguiré a él adonde quiera que me conduzca.
—Y si lo que he oído es verdad, nos está conduciendo a uno de los reinos más ricos de la costa.
Ambos sonrieron al pensar en los tesoros que pronto serían suyos. Volvieron a echar un vistazo a su jefe de pie ante ellos, valiente y orgulloso. Se sentían invencibles al saber que sería él quien los conduciría en la batalla.
—Nadie puede derrotar al Halcón Negro.
Brage había planeado aquel ataque con mucho cuidado, y no veía la hora de entrar en combate. Escudriñaba el horizonte y pensaba en la batalla futura aferrando la empuñadura dorada de su espada. Lord Alfrick no sería un adversario fácil. Por eso había zarpado antes: quería coger desprevenidos a los sajones. Hacía tiempo que había aprendido a aprovechar todas las armas posibles, y la sorpresa era la herramienta más eficaz cuando se trataba de un ataque.
—Bien, hermano mío, ¿estás preparado para añadir aún más riquezas a tus arcas ya repletas? —preguntó Ulf, acercándose a Brage.
—Como siempre —contestó éste con una sonrisa y volvió a envainar la espada.
Ulf era el hermanastro mayor de Brage, hijo de la amante del padre de ambos. Pero aparte de su estatura y sus ojos azules, no guardaban un gran parecido físico. Ulf era rubio y grande como un oso, fornido y de músculos muy desarrollados. Muchos enemigos lo habían creído lento debido a su tamaño y ello había supuesto un error fatal. Por otra parte, Brage era delgado pero musculoso. A diferencia de Ulf, sus cabellos eran oscuros. De niños habían sido rivales fogosos; siempre trataban de superarse mutuamente para demostrarle su valor a su padre guerrero. Sin embargo, cuando se convirtieron en hombres, habían dejado de lado su rivalidad y empezado a participar juntos en las incursiones, obteniendo elogios por su valentía de cuantos luchaban junto a ellos.
—Ten cuidado —le advirtió Ulf—. No te excedas en la confianza.
—Confío en mis hombres y en el hecho de que lord Alfrick no nos está esperando. Aunque su torre es sólida, no debería suponer un gran desafío para nosotros, puesto que no ha tenido tiempo de prepararse. Una vez lleguemos a tierra, en pocos días lograremos apoderarnos de un tesoro considerable. El factor sorpresa nos ayudará.
—Por el bien de todos, esperemos que las cosas se desarrollen como dices.
—Asegurarme de que sea así es mi responsabilidad. Lo he planeado muy cuidadosamente.
—Si no fuera por un juramento a los dioses, sería yo quien encabezaría este ataque. En vez de eso, he sido relegado por nuestro padre para cubrirte las espaldas —comentó Ulf, riendo y sacudiendo la cabeza con aire atribulado, como si aceptara su destino.
—Y realizas una tarea magnífica. —Brage palmeó el hombro de su hermano—. Si no fuera por ti, hace tiempo que estaría muerto. Llevas las cicatrices que atestiguan tu lealtad.
Una larga cicatriz surcaba la mejilla derecha de Ulf y acababa justo debajo del ojo, un trofeo de una batalla especialmente dura librada hacía años, la primera vez que ambos navegaron juntos.
—Por eso te lo advierto —repuso—. No necesito más cicatrices que estropeen mi apostura.
—No temas. Las runas han profetizado que tras este ataque cobraríamos un gran tesoro.
—Las piedras nunca mienten.
—Además, ningún sajón está a la altura de mis hombres. Cuando empiece el ataque, la victoria será nuestra. —Brage contempló a sus guerreros, que sólo en la nave capitana formaban un grupo de cincuenta hombres. La mejor fuerza jamás reunida, y nunca habían sufrido una derrota.
—Comprobarán todo el poderío del Halcón Negro —asintió Ulf.
Sonriendo, Brage dirigió la vista al horizonte. Resultaba agradable volver a navegar. El futuro parecía prometedor.
Lady Dynna recorría su habitación con pasos inquietos. Desde la muerte de sir Warren, su marido, acaecida en un trágico accidente de caza hacía unos seis meses, y cuyas circunstancias aún la perturbaban, había optado por comer en sus aposentos aduciendo la necesidad de estar sola mientras llevaba el luto, y la familia de su marido había respetado su deseo. Pero desde el día anterior, todo había cambiado.
Dynna echó un rápido vistazo al gran espejo de bronce colgado de la pared y examinó su imagen reflejada. Una melena de cabello azabache enmarcaba su rostro. Estaba un poco pálida, pero eso era de esperar puesto que, tras la prematura muerte de Warren, había permanecido encerrada en su habitación casi todo el tiempo. Las cejas oscuras formaban un delicado arco por encima de los grandes ojos grises que la contemplaban con expresión angustiada y desesperada. Sus labios no sonreían, y eso la preocupaba, porque antaño había amado reír y disfrutar de la vida. Pero ya no. Ahora no había casi nada que la alegrara, sobre todo desde que el día antes lord Alfrick, su suegro, había reclamado su presencia para darle una noticia.
El recuerdo de lord Alfrick ordenándole que se casara con sir Edmund, el hermano menor de su marido fallecido, le provocó un estremecimiento de repugnancia. Procuró reprimir la reacción y trató de controlar sus emociones desbocadas. Puede que lord Alfrick insistiera en que se casara con sir Edmund, pero la boda aún no se había celebrado. Todavía había tiempo para aferrarse a la esperanza de encontrar un modo de evitar ese destino funesto…
Dynna se dispuso a bajar y cenar con la familia, decidida a mantener una actitud distante, majestuosamente distante. No quería que nadie sospechara que estaba desesperada por huir del horrendo sino que los hombres poderosos de su vida querían imponerle.
Consciente de que no podía prolongar la demora, lady Dynna abandonó la habitación y se dirigió a la escalera de piedra que conducía a la Gran Sala. Cuando alcanzó la parte superior de la escalera se topó con sir Edmund, que subía en ese preciso instante. Tuvo que esforzarse por no entrar en pánico.
Dynna sabía que muchas de las mujeres de la torre consideraban que Edmund era muy apuesto gracias a sus cabellos rubios y sus ojos oscuros, pero Dynna no se dejaba engañar por su apostura. Había examinado su alma y conocía la maldad de su corazón. Mientras que Warren había sido un hombre bueno y gentil, Edmund disfrutaba causando dolor. Mientras que Warren había dado prioridad a las necesidades de los demás, Edmund satisfacía sus propios deseos y lo único que le importaba era él mismo. Era un hombre egoísta, de poco carácter y fe aún más escasa. Dynna detestaba admitir que la asustaba, pero no cabía duda de que era verdad.
Edmund le lanzó una sonrisa sesgada que expresaba victoria y, en última instancia, posesión.
—Buenas noches, milady —dijo en un tono que rebosaba intimidad y deseo.
—No soy «vuestra» lady ni nada que se le parezca —contestó Dynna en el tono más altanero del que fue capaz, recurriendo a la ira para defenderse del temor que él le inspiraba. La mirada lasciva de Edmund insinuaba que conocía el aspecto de su cuerpo desnudo y la idea la turbó.
—Ah, pero pronto seréis mía —dijo en voz baja, dio un paso hacia ella y le rozó la mejilla—. Padre ha manifestado sus deseos al respecto, así que está decidido. No pasará mucho tiempo antes de que os tome por esposa.
—Aún llevo luto por vuestro hermano.
—Mi hermano ya no está, mi dulce Dynna, pero yo estoy aquí.
—¿Acaso no supone una deslealtad y un agravio que habléis de vuestro hermano de esa guisa? ¿Es que su muerte no os deja el corazón dolorido?
Pese a sus protestas y al hecho de que hablara de Warren, Edmund estaba convencido de que lo deseaba tanto como él a ella. Ninguna mujer lo había rechazado jamás.
—Hace demasiado tiempo que estáis sola. Necesitáis un hombre de verdad, que os caliente la sangre y para siempre borre el recuerdo de alguien que ahora está muerto.
Dynna sintió que el rubor le cubría el rostro, causado por las palabras osadas del hombre. Retrocedió un paso, alejándose de él.
—Es impropio que me digáis eso.
La sonrisa de sir Edmund se volvió más amplia.
—Tened cuidado, estimada Dynna. No soy un hombre que se desanima con facilidad.
La había deseado desde la primera vez que la vio, hacía dos años, cuando llegó a su reino para casarse con Warren. Había sido muy paciente antes de pretenderla, pero la espera estaba a punto de llegar a su fin. Su padre había decretado que fuera suya… junto con su abundante dote.
—Soy la esposa de Warren. —Dynna mantuvo una pose rígida y habló en tono despectivo. Pero incluso al pronunciar esas palabras, su corazón latía aceleradamente. Edmund tenía poder sobre ella, y ambos lo sabían. Ahora que era el único hijo de su padre, lord Alfrick le concedería todos sus deseos.
—Sois la viuda de Warren —gruñó Edmund, frunciendo el ceño e irritado por la crítica—. Sois una mujer sin protección. —No tenía derecho a reprenderlo; a fin de cuentas, sólo era una mujer, una mera pertenencia por la que los hombres regateaban según su voluntad—. Mi hermano está muerto y enterrado. A partir de ahora, vuestro luto ha llegado a su fin.
El rubor que hacía un instante había teñido su rostro se desvaneció ante el frío dictamen. Dynna se sentía intimidada e indefensa, pero sabía que no debía demostrar temor ni debilidad y le devolvió una mirada tan acerada como la de él.
Sir Edmund vio la chispa de desafío en sus ojos y también su porte altivo. El reto que le presentaba lo excitó. Sin desviar la vista le acarició el antebrazo.
—Una vez que estemos casados, Dynna mía, me dedicaré a explorar hasta dónde llega vuestro orgullo; dominaros supondrá un gran placer.
—Jamás me someteré a vos.
—Ah, pero lo haréis. No os equivoquéis. Y ahora permitidme que os acompañe a la sala. Mi padre aguarda vuestra agradable presencia.
Dynna se esforzó por no apartarse cuando Edmund la cogió del brazo, y a regañadientes murmuró unas palabras de agradecimiento.
Quería decirle que prefería morir antes que someterse a él, pero guardó silencio. Sin la protección de un marido, se limitaba a ser un peón en una partida jugada por hombres poderosos. A lord Alfrick y sir Edmund sus deseos le importaban poco. Lo único que ella quería era regresar al hogar de sus padres y pasar el resto de su vida en paz y soledad. No obstante, lord Alfrick quería apoderarse de su excelente dote, que consistía en el alquiler de algunas de las granjas que arrendaba su padre. Alfrick nunca permitiría que ese dinero se le escapara. La mantendría a ella y a su dote bajo su control casándola con sir Edmund.
Al bajar las escaleras, sir Edmund la cogió del brazo y la atrajo hacia sí. Le resultaba menuda y muy femenina, y poder tocarla así por fin le proporcionaba una increíble sensación de poder. Cuando alcanzaron un pequeño descansillo, la arrastró hasta las sombras.
—¿Qué hacéis, Edmund…?
Dynna no pudo proseguir porque él interrumpió sus palabras con un beso ardiente y presionó su cuerpo contra el de ella.
Se sintió aturdida, pero sólo un instante. Luego reaccionó indignada ante semejante violación y lo golpeó con todas sus fuerzas. Su gruñido de dolor la complació, pero sólo un momento. Edmund no la soltó, sino que la cogió con más fuerza y la besó más profundamente. Dynna lo empujó para apartarlo.
—¡So villano! ¿Cómo osáis tocarme?
Sir Edmund vio las llamas de ira en su mirada y consideró que nunca había estado más bella.
—Osaría muchas cosas con vos, Dynna —dijo, con una sonrisa significativa.
Atemorizada por su lujuria manifiesta, Dynna procuró alejarse, escapar de su repugnante proximidad, pero él se lo impidió cogiéndola del brazo. Clavó los dedos en sus suaves carnes, soltó una carcajada y la atrajo hacia sí.
—Bajaremos juntos.
Dynna apretó las mandíbulas y asintió con la cabeza.
En la Gran Sala atestada de hombres reinaba el bullicio. Habían llegado fuerzas suplementarias de dos reinos vecinos, con el fin de incrementar las defensas de la torre en caso de una posible incursión vikinga; ahora se reunían para compartir la cena. Sentados ante las mesas, los hombres acompañaban la comida con abundantes tragos de cerveza e hidromiel. Hablaban en voz alta y estrepitosa, y alardeaban de su disposición para enfrentarse a los temibles hombres del norte.
Sir Edmund acompañó a Dynna hasta su asiento junto a lord Alfrick, en la mesa elevada que había en la parte delantera de la sala. Ella tomó asiento y, aunque logró sonreír amablemente a todos, se sentía como un pajarillo atrapado.
—Me alegro de que hayáis decidido reuniros con nosotros, Dynna —la saludó lord Alfrick—. Hemos echado de menos vuestra bonita presencia en nuestra mesa.
—Me temo que hasta ahora no hubierais considerado adecuada mi compañía, milord. La pérdida de mi amado Warren me ha entristecido profundamente.
Al recordar la muerte de su hijo mayor, la pena inundó la mirada de lord Alfrick.
—Yo también echo de menos a Warren, pero hemos de continuar con nuestras vidas. Él lo hubiese deseado.
—Sí, milord. —Dynna simuló aquiescencia y respeto, pero en su fuero íntimo no los sentía. Sabía que lord Alfrick era un hombre frío y calculador al que lo único que le importaba era su dote, no su felicidad. Porque de lo contrario hubiese comprendido que ella no estaba dispuesta a contraer un nuevo matrimonio y que, incluso si fuera así, jamás habría elegido a Edmund como esposo.
Mientras les servían la comida y empezaban a comer, Dynna logró intercambiar algunas palabras con los demás comensales. Transcurridos unos momentos, empezaron a hablar del guerrero vikingo conocido como el Halcón Negro, de quien se rumoreaba que estaba a punto de atacar. Dynna se preguntó cómo lord Alfrick se había enterado del ataque inminente.
—Estamos más que preparados para enfrentarnos a él —le dijo Edmund a su padre en tono confiado. Hacía varias semanas que se entrenaba con los hombres y sabía que estaban preparados para el combate.
—¿Y vos qué opináis, sir Thomas? Habéis presenciado más ataques que mi hijo —le preguntó lord Alfrick a su amigo, sentado a la mesa junto a ellos—. ¿Lleva razón Edmund? ¿Derrotaremos al Halcón Negro?
Que su padre no confiara en su evaluación de la situación enfureció a Edmund, pero lo disimuló y prestó atención a la opinión del hombre mayor que él.
Durante un momento, sir Thomas reflexionó en silencio, con expresión seria; después coincidió con la evaluación de Edmund.
—Sí, milord. Creo que derrotaremos al atacante, en caso de que ose atacar. Estamos preparados.
Lord Alfrick asintió con la cabeza, se puso de pie y se dirigió a los ocupantes de la Gran Sala:
—Hace demasiado tiempo que el Halcón Negro ha supuesto una amenaza para nosotros y nuestros vecinos. Ha llegado la hora de borrar de la faz de la Tierra a los saqueadores paganos del norte que atacan mis tierras y toman a mis súbditos como rehenes. ¡Si nos ataca, acabaremos con su vida!
Encabezados por sir Edmund, los hombres soltaron un rugido de aprobación.
Dynna no prestó demasiada atención a sus palabras airadas y sedientas de sangre. Había oído todas las horrorosas historias sobre los vikingos, que se dedicaban al saqueo y al pillaje, al secuestro y la matanza. No pudo dejar de preguntarse si caer en sus manos sería un destino peor que verse obligada a casarse con Edmund. Y recordarlo la puso de un humor todavía más lúgubre. Ninguna de las dos opciones ofrecía la oportunidad de una existencia feliz.
Dirigió la mirada hacia Edmund y, al ver la ansiedad de entrar en combate reflejada en sus ojos oscuros, juró que nunca se casaría con él. Antaño su torre había supuesto un dulce hogar para ella, pero ahora se había convertido prácticamente en una cárcel. ¡De algún modo lograría escapar! Regresaría al refugio seguro ofrecido por el hogar paterno.
Una vez acabada la cena, Edmund se alejó para hablar con los hombres y Dynna logró escabullirse. Abandonó la sala sin prisas, para no llamar la atención, pero en cuanto remontó las escaleras y comprobó que nadie la observaba, aceleró el paso y no se detuvo hasta encerrarse en su habitación.
Cuando por fin se encontró a solas, Dynna aguardó que la embargara la habitual sensación de confort y seguridad que solía rodearla en sus aposentos, pero los pensamientos que la torturaban no le dieron respiro. Cuanto más tiempo dedicaba a recordar los acontecimientos de aquella noche, tanto mayor era su temor de que jamás volvería a disfrutar de un instante de paz mientras permaneciera en la torre.
Llamaron a la puerta con suavidad y Dynna se sobresaltó. ¿Sería Edmund?
—¿Sí? ¿Quién es?
—Soy yo, milady, Matilda. Creí que quizá necesitaríais ayuda para prepararos para la cama.
Dynna se relajó al oír la voz de su fiel dama de compañía. Matilda sólo tenía trece años cuando se convirtió en su criada, y Dynna sólo cinco. Cuando años después Dynna había acudido al reino para casarse con sir Warren, Matilda la había acompañado. Tras la muerte de Warren, la delgada y pelirroja Matilda había resultado su única amiga leal y su protectora. Dynna ansiaba desesperadamente confiarle sus problemas.
—¡Milady! ¿Qué ocurre? ¿Algo no va bien? —Matilda vio que estaba pálida y su expresión era angustiada. Dynna cerró la puerta con cerrojo y después arrastró a Matilda alejándola del umbral, temiendo que alguien que pasara escuchara lo que estaba a punto de contarle.
—Sir Edmund me acompañó hasta la sala y… —empezó.
—¿Y qué?
—E insistió en que se casará conmigo… pronto —dijo, haciendo hincapié en la última palabra.
—No. Eso es absolutamente impensable. —Matilda estaba espantada.
—¡Es el último hombre del mundo con quien me casaría! —exclamó Dynna con voz embargada por la emoción—. ¿Cómo puede pensar que estaría dispuesta a volver a contraer matrimonio tan pronto, tras la muerte de Warren? Ni siquiera ha pasado un año. —Los ojos se le llenaron de lágrimas y las enjugó con la mano. No era momento para la debilidad.
—Temo por vos. A sir Edmund la muerte de su hermano le importa poco. Siempre ha querido apoderarse de vuestra dote, pero eso no es todo lo que desea — declaró Matilda sin rodeos.
—Lo sé —asintió lady Dynna—. Quiere controlarlo todo, y a todos. He visto cómo me mira. —Hizo una pausa y se estremeció al recordar el roce de sus manos—. He de regresar junto a mi madre y mi padre —dijo—. Es la única solución. Allí estaré a salvo de él.
—¿Creéis que lord Alfrick os dejará marchar? —Matilda sabía cuán codicioso era y dudaba de que lady Dynna pudiera abandonar su reino.
—No, y por eso necesito tu ayuda.
—¿Qué puedo hacer, milady?
—Debo escapar antes de que me obliguen a casarme. He de regresar a mi hogar. He de encontrar una solución inteligente…
—¿Os escabulliréis?
—Es la única manera. Si he de disfrazarme para lograrlo, me disfrazaré.
La mirada de Matilda se iluminó y sonrió por primera vez tras entrar en la habitación.
—Podría conseguir las ropas viejas de los criados… —sugirió.
Dynna sintió un rayo de esperanza al encontrarse con la mirada de su amiga.
—¿Vendrás conmigo?
—¡Desde luego, milady! Dios sabe con qué peligros podríais encontraros. Necesitaréis mi protección.
Dynna la abrazó impulsivamente.
—¿Cuándo podrás hacerte con las ropas?
—Encontraré algo que podáis llevar. Una vez que os las pongáis, nadie os reconocerá.
—Ha de ser pronto, Matilda. A juzgar por su manera de actuar, sir Edmund no está dispuesto a esperar mucho más. Está decidido a convertirme en su mujer.
—No le ofreceremos la oportunidad, milady.
Las palabras de apoyo de su criada le levantaron el ánimo.
—Nos iremos a casa, Matilda.
Para Brage, los días de navegación pasaron con rapidez. Amaba la libertad que suponía volver a estar a bordo de su nave. Las aguas indómitas y salvajes se correspondían con su alma inquieta. Cuando el navío surcaba el mar a toda velocidad y el viento azotaba su rostro, era como si volara al igual que su homónimo: el halcón.
Que los vientos les fueran propicios había complacido a Brage. Según sus cálculos, avistarían la costa ese mismo día. Llevaba al timón desde el amanecer, montando guardia.
—Bien, hoy es el día —afirmó Ulf y se acercó a su hermano.
Brage asintió, sin despegar la vista del horizonte.
—Mañana por la noche deberíamos estar repartiéndonos el tesoro de lord Alfrick —dijo.
En ese momento Brage divisó la tenue silueta de la costa en la lejanía. Llamó a sus hombres y éstos soltaron vítores. ¡Por fin! ¡Pronto atacarían!
Kristoffer, hijo de Anslak y Tove, su segunda mujer, oyó el grito de su hermano mayor y se apresuró a reunirse con él y Ulf. A los diecinueve años, estaba ansioso de aventuras y de igualar a Brage en su reivindicación de las riquezas del mundo. Estaba empecinado en que algún día sería tan célebre como el Halcón Negro.
—Pronto volveremos a luchar. —La expresión de Kristoffer era ansiosa mientras observaba cómo la costa empezaba a aparecer.
—Hoy el cachorro está batallador —dijo Ulf.
—He pasado muchos fríos inviernos esperando este día.
—Ah, Kris, deberías haberte buscado una moza servicial para que te diera calor. —Brage soltó una risita.
—Puedo conseguir una mujer cualquier noche. ¡El calor de la batalla es mucho más excitante! Estoy más que preparado para ésta.
—Cuando llegue la mañana tu deseo se cumplirá.
Brage se centró en la línea de la costa. Sabía dónde se encontraban y que el desembarcadero desierto estaba más al sur, lo bastante próximo a la torre de lord Alfrick como para que sus hombres pudieran recorrer la distancia sin problemas, pero suficientemente protegidos para no ser descubiertos. Hizo avanzar sus naves y por fin avistó el punto de referencia que estaba buscando.
Rápidamente, antes de que anocheciera, Brage ordenó que sus naves se acercaran a la costa. Con velocidad y echando mano de su experiencia, los vikingos pilotaron sus embarcaciones hasta una zona protegida donde no podrían ser fácilmente descubiertos. Los otros dos barcos se unieron al de Brage. Pasarían la noche a bordo y desembarcarían al amanecer.
Para Dynna, los días posteriores a su decisión de huir de la torre habían transcurrido a paso de tortuga. No parecía haber manera de escapar de la presencia opresiva de Edmund, salvo cuando se ausentaba de la torre para entrenarse con sus hombres.
El resto del tiempo, fuera adonde fuera él siempre estaba cerca, observándola con mirada ansiosa y torva. Su actitud vigilante y predadora la inquietaba, pero también incrementaba su determinación de escapar.
—¡Las tengo! —exclamó Matilda en tono excitado al entrar apresuradamente en la habitación de Dynna una tarde, tres días después de la conversación inicial. Se detuvo para cerrar la puerta con llave y después corrió hacia Dynna y le entregó el paquete que llevaba—. Vuestro disfraz, milady.
Dynna lo desempaquetó con rapidez. Al ver las ropas de aldeana se sintió embargada por la esperanza.
—¡Lo has logrado! —exclamó, animada y aliviada—. ¡Partiremos esta misma noche!
—¿Estáis segura de querer hacerlo?
—Nunca he estado más segura de nada en toda mi vida —afirmó Dynna y el recuerdo del beso de Edmund alimentaba su necesidad de huir.
—Podemos abandonar la torre por la puerta de los criados. Si la suerte nos acompaña…
—No, no la suerte: Dios. Si Dios nos acompaña, supondrá Su bendición y lograremos escapar sanas y salvas —la corrigió.
Ambas intercambiaron una larga mirada de complicidad y después se dispusieron a poner a punto su plan.
Aunque Dynna aborrecía cada uno de los minutos que se veía obligada a pasar en compañía de lord Alfrick y sir Edmund durante la cena, aquella noche en particular parecía más interminable que nunca. Una vez más sentada junto a Edmund, Dynna trató de hacer caso omiso de su mirada ardiente y el ocasional roce «accidental» de su mano en la suya.
Al igual que las noches pasadas, la conversación giraba en torno a la amenaza del ataque vikingo. Cuanto más hablaba Edmund de la guerra, tanto menor era la atención que le prestaba a ella, y eso la complacía. Cuando hablaban de la batalla y de las armas, Edmund se excitaba y sus ojos brillaban con íntimo fervor. Aunque era evidente que la deseaba, Dynna sabía que para él se limitaba a ser un objeto a ganar, como una batalla. Una vez que se apoderara de ella, no se detendría hasta dominarla por completo y, una vez que hubiera doblegado su espíritu, la dejaría a un lado: otro trofeo para ser exhibido.
La posibilidad del futuro como esposa de Edmund sólo hacía que las escasas horas que faltaban para su huida fueran más difíciles de soportar, y tuvo que esforzarse por disimular su anhelo de que la cena llegara a su fin. Cada minuto le parecía eterno, hasta que por fin llegó la hora de retirarse.
Cuando sir Edmund se alejó para comentar estrategias con sir Thomas, Dynna se dispuso a regresar a su habitación. Había esperado pasar desapercibida, pero para su desesperación, Edmund alzó la vista justo cuando abandonaba la mesa. Se excusó con rapidez y se acercó para interceptarla.