El Vikingo

Bobbi Smith · Capítulo 19 de 22

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El Vikingo

Capítulo 18

—¿Que hagáis justicia? —Matilda lo miró con expresión perpleja—. No comprendo. ¿Es que acaso no ha sufrido ya lo bastante a manos de sir Edmund? ¿Acaso no os salvó la vida?

—Sólo para volver a usarla como prenda por su propia comodidad.

—¿Qué estáis diciendo?

—Que vuestra señora es tan falsaria como Edmund. Que él haya muerto y no tuvieran tiempo para casarse es una pena, puesto que se hubieran llevado muy bien.

El tono duro de Brage consternó a Matilda.

—Os equivocáis con respecto a lady Dynna… —protestó, pero Brage la interrumpió.

—¡Basta! No quiero seguir escuchándote. Regresemos a la torre de lord Garman. Nos llevará una cabalgada de un día.

Brage montó en uno de los caballos de los sajones y Matilda recuperó el suyo. Muchos de quienes habían marchado a pie ahora montaban y avanzaron con rapidez. Brage cabalgaba en cabeza junto a su padre, mientras que Ulf lo hacía un poco más atrás al lado de Matilda. La criada sólo habló después de un rato.

—No comprendo qué puede haber ocurrido entre ellos —dijo, echando un vistazo a Ulf—. Brage habló de embustes; sin embargo, no entiendo cómo podría haberlo engañado. Si hubiese querido verlo muerto, sólo tenía que dejarlo atrás cuando escapó.

—Es verdad. Sólo nos queda esperar. De todos modos, nuestra opinión no cuenta en absoluto.

—No permaneceré de brazos cruzados si alguien intenta hacerle daño a mi señora —afirmó Matilda, porque sabía que haría todo lo necesario para evitarlo.

Ulf la miró de soslayo y contempló la dureza de su perfil, y también su actitud decidida. Era una luchadora, era tozuda y su temple le encantaba.

 

Dynna estaba sentada en su habitación, consciente de la presencia permanente de Balder y de Ives, los dos guardias sentados al otro lado de la habitación. Desde que Edmund se marchase no había logrado recuperar la tranquilidad. Pese a saber que no podría haber hecho otra cosa, se sentía consumida por la culpa.

Todos los días, rogaba fervientemente que Brage se encontrara bien, que su padre lo estuviese aguardando en la torre de Alfrick con el rescate y que el intercambio se realizara sin incidentes. Pero como sabía que Edmund era tan traicionero como una serpiente, no confiaba en él en absoluto. Detestaba encontrarse tan indefensa y las trabas impuestas la irritaban. Si hubiese gozado de un instante de libertad, habría encontrado la manera de ayudar a Brage, pero estaba encerrada en su habitación y sus padres sólo podían visitarla una vez al día.

Que sus padres no hubieran sufrido daño la alegraba. Al día siguiente, tras la marcha de Edmund, lord Garman y lady Audrey habían recuperado la libertad, pero no Dynna. Los guardias cumplían las órdenes de Edmund al pie de la letra, debido a que la amenaza de lo que les haría si ella escapaba los aterraba. No tenían la intención de correr el mínimo riesgo y ella pagaba las consecuencias.

A menudo, Dynna imaginaba que Anslak pagaría el rescate y que Brage regresaría a la torre a por ella. Lo amaba. Nunca amaría a otro y se preguntó si algún día volverían a estar juntos. Recordaba las horas pasadas junto a la orilla del arroyo con Brage, mientras…

Unos golpes repentinos y apresurados en la puerta la arrancaron de su ensimismamiento mientras los guardias corrían para abrir.

—¿Qué pasa? —preguntó Balder tras abrir la puerta de par en par.

—¡Jinetes! ¡Y se dirigen hacia aquí! —dijo el otro sajón en tono excitado.

—¿A lo mejor es sir Edmund que ya está regresando? —comentó Ives.

—No, es demasiado pronto. No pueden haber alcanzado la fortaleza de Alfrick y regresado en sólo unos pocos días.

—¿Quién, entonces?

Los tres hombres palidecieron.

—¿A cuántos has visto? —preguntó Balder.

—A más de un centenar…

—Los vikingos… —comentó Ives en voz alta, manifestando lo que ninguno quería pensar.

—Si son los vikingos, ¿qué podemos hacer? ¡Nosotros seis no bastamos para conservar el dominio sobre la torre!

—Y si son los vikingos, ¿qué hay de sir Edmund? ¿Y de lord Alfrick?

Los hombres intercambiaron una mirada, comprendiendo lo que habría ocurrido.

Balder luchó contra el temor que amenazaba con amedrentarlos a todos. Enderezó los hombros y les lanzó una mirada furibunda a los otros.

—El honor nos obliga a ser fieles a sir Edmund y lord Alfrick —afirmó—. Debemos cumplir con nuestro deber, proteger a lady Dynna hasta que sir Edmund regrese.

—Pero ¿y si…?

Balder le lanzó una mirada que lo hizo callar.

—Hemos de defender esta fortaleza lo mejor que podamos. ¿Has ordenado que leven el puente?

—Sí. He hecho todo lo posible, aunque sólo somos seis. Encerré a lord Garman y lady Audrey en su habitación y, si encerramos a lady Dynna también con ellos, no tendremos que preocuparnos por ellos.

—¿Crees que uno de nosotros debería quedarse con ella? —preguntó Ives, recordando que Edmund había insistido en que no dejaran de vigilarla.

—No creo que sea necesario.

Todos comprendieron a qué se refería, así que abandonaron la habitación y cerraron con llave desde fuera.

Dynna corrió hacia la puerta y trató de abrirla, pero fue inútil. Estaba atrapada en su habitación, incapaz de ayudar a nadie y tampoco de escapar. La futilidad absoluta de su situación la enfurecía, pero sabía que le quedaba una chispa de esperanza: si los vikingos cabalgaban hacia allí, entonces quizá Brage había sobrevivido… A lo mejor regresaba a por ella. Dynna se aferró a esa idea y se dirigió a la ventana para vigilar.

 

Brage no tardó casi nada en superar las patéticas defensas de la fortaleza de lord Garman. No estaba seguro de cuántos hombres habían dejado allí para defenderla, pero su número había sido escaso. Envió al grueso de sus hombres al frente con el fin de mantener ocupados a los guardias restantes de Edmund, mientras él, su padre y Ulf, más un reducido grupo de hombres intentaban acceder a través de la puerta secreta utilizada por él y por Dynna. Tal como Brage había sospechado, sólo había un hombre vigilándola y abrirse paso al interior resultó sencillo. Una vez que lo desarmaron y entraron, se enzarzaron rápidamente en la lucha con los demás. Entre todos los guardias, Balder fue quien demostró mayor valor, pero fue inútil: los vikingos los superaban en número y los dominaron con rapidez, hasta que finalmente todos cayeron prisioneros. Bajaron el puente levadizo y los demás vikingos entraron en la torre.

Puesto que antaño había sido su hogar, Matilda conocía muy bien la fortaleza de lord Garman. En cuanto atravesaron el puente, se apeó del caballo, atravesó la sala y subió las escaleras.

Brage la siguió. Ignoraba dónde podrían haberse ocultado Dynna y sus padres, pero tenía la intención de encontrarlos.

Cuando Matilda alcanzó la habitación de Dynna, descubrió que la puerta estaba cerrada con candados.

—Lady Dynna —exclamó, aporreando la puerta—, ¿estáis ahí?

—¿Matilda? —La voz de Dynna rebosaba esperanza—. ¡Gracias a Dios que eres tú! ¡Sácame de aquí! ¿Qué ha ocurrido? ¿Brage está aquí? ¿Se encuentra bien?

—La llave no está, pero iré…

—Apártate, mujer.

Al oír la voz de Brage, Matilda se sobresaltó y se apresuró de apartarse.

Brage dio un paso adelante y, de un único y violento puntapié, rompió los candados. Luego sólo tuvo que empujar la puerta para acceder a la habitación de Dynna.

Durante un instante, Dynna sintió terror, pero al ver que quien entraba era Brage, la alegría le iluminó el rostro. ¡Estaba sano y salvo, y había regresado a por ella! Al contemplarlo, el amor por él le llenó el corazón. Era tan increíblemente apuesto que no veía el momento de besarlo y abrazarlo.

—¡Estáis aquí! ¡Estáis vivo! —exclamó.

Se sentía embargada por la felicidad. Olvidó todos sus temores y corrió hacia él. Le diría que lo amaba, le prometería su eterna devoción. ¡Le explicaría cuán horrorosa había sido la elección que tuvo que hacer y cuánto se alegraba de que estuviera ileso y libre!

Brage permaneció inmóvil. Durante un momento, recordó la calidez y entrega de Dynna, pero entonces lo asaltó el recuerdo de su traición, de sus mentiras, y lo invadió el dolor. Contempló su sonrisa y su felicidad, y se preguntó cómo había logrado convertirse en una mentirosa tan consumada. Lo había entregado a Edmund para satisfacer sus propios fines y ahora simulaba que se alegraba de verlo con vida. La idea lo enfurecía.

Brage no se movió hasta que Dynna intentó abrazarlo. Entonces la cogió de las muñecas y la obligó a arrodillarse ante él.

—¿Brage…? —exclamó ella en tono perplejo.

—Sí, es verdad, estoy vivo, pero no gracias a vos —masculló, y sus palabras rezumaban odio.

—No comprendo… —Sus palabras la desconcertaron y las lágrimas se derramaron por sus mejillas.

Él hizo caso omiso de ello y prosiguió:

—A estas alturas, debería estar acostumbrado a la astucia y la traición, pero gracias a vos he aprendido otra lección: nunca volveré a confiar en alguien que pronuncia dulces mentiras para traicionarme.

Brage le lanzó una mirada furiosa, despreciándola y despreciándose a sí mismo. Porque pese a detestarla, descubrió que aún la deseaba y ese sentimiento incrementó su rabia. Al oír sus palabras, Dynna se puso pálida y Brage comprendió que no se había equivocado.

—Me vendisteis a Edmund a cambio de vuestra propia libertad, Dynna.

—¡No! ¡No es verdad!

—Acudisteis a mi lecho para libraros de Edmund, ¡y al suyo para libraros de mí! —gruñó, aferrándola con violencia todavía mayor.

Le hacía daño y ella soltó un suave gemido, pero él no la soltó.

—Brage… Debéis escucharme…

—¡No, no quiero oír más mentiras de vuestros labios!

—Pero existía un motivo… —Tenía que decirle la verdad: que Edmund amenazó con matar a su madre si no le revelaba el escondrijo de Brage.

Pero éste no le dio la oportunidad y replicó en tono frío:

—Los traidores siempre creen que algo justifica su traición.

Dynna lloraba. La frialdad de Brage le rompía el corazón. ¿Por qué se negaba a escucharla? Si sólo le permitiera explicarse, comprendería…

Unas lágrimas cristalinas dejaban una huella en las pálidas mejillas de Dynna, pero no conmovieron a Brage. Había endurecido su corazón en contra de ella.

—Ahorrad vuestras lágrimas para alguien que creerá en ellas —le espetó—. Comprasteis vuestra libertad con vuestro cuerpo y ahora pretendéis hacer lo mismo con vuestro llanto. No funcionará. Habéis malgastado todo. Ya no os trataré con cariño, ahora seréis mi esclava. Levantaos, quiero abandonar este lugar. Estoy harto de las tierras sajonas y de su pueblo.

Mientras Dynna sollozaba, Brage la miró fijamente; después se volvió y descubrió a Matilda de pie en el umbral, observándolos.

—Tráela. Podrá montar contigo —dijo en tono duro.

Matilda asintió y se apresuró a correr hacia Dynna mientras Brage abandonaba la habitación para reunirse con los demás.

—Lady Dynna —murmuró y la abrazó—. No lloréis. Todo se arreglará.

Dynna alzó la mirada y contempló a su amiga con el rostro bañado en lágrimas.

—¡Oh, Matilda! ¿Qué he de hacer? Cree que soy tan traicionera como el que lo delató a lord Alfrick.

—Sabemos que eso no es verdad, milady.

—Edmund estaba dispuesto a matar a mi madre. ¡Sostenía un cuchillo contra su garganta! La hubiese matado, a menos que le dijera dónde se escondía Brage… — Matilda comprendió la situación horrorosa en la que se había encontrado y el dilema al que se enfrentó—. Pero Brage cree que…

—Lo único que sabe es lo que le dijo sir Edmund, milady.

—Sir Edmund mintió, pero ¿crees que Brage me escuchará algún día? Conoce a Edmund. ¿Es que no comprende que lo engañó? Si Brage se niega a escuchar mi versión, la vida junto a él será tan yerma como vivir junto a Edmund. Entre nosotros no habrá amor ni confianza. Sólo odio…

—Ahora no podéis hacer nada para hacerle cambiar de idea. La ira lo ciega. Quizá con el tiempo…

—¿Y si sigue negándose a escucharme?

—Ahora no debéis pensar en ello, milady. Nos está esperando. Sólo debéis tener presente que lo que hicisteis fue para salvar la vida de vuestra madre.

Lentamente, Dynna se puso de pie. Sabía que Matilda tenía razón, pero ello no alivió el dolor de perder la confianza de Brage.

—Tiempo al tiempo —dijo con voz entristecida—. Es lo único que se puede hacer.

Mientras se disponían a reunirse con Brage, un sombrío futuro se extendía ante ambas.

Antes de abandonar el hogar familiar, Dynna logró visitar a sus padres durante unos momentos.

—¿Los acompañas por tu propia voluntad, hija? —preguntó lord Garman mirándola fijamente.

Dynna quería romper a llorar, pero se controló y, al contestar afirmativamente, miró a su padre a los ojos.

Llorosa, Audrey la abrazó.

—Cuídate, hija mía. Te echaré muchísimo de menos.

—No me harán daño, madre. No temáis.

Mientras ambas se abrazaban, llegó la orden de ponerse en marcha y Matilda vino a buscar a su ama.

—Hemos de irnos, milady. Brage nos espera.

—Cuida de mi hija, Matilda —dijo Audrey.

—Siempre lo he hecho, y seguiré haciéndolo —le prometió.

Dynna abrazó a su padre por última vez y salió apresuradamente junto a Matilda.

—¿Por qué les mentisteis? —preguntó ésta.

—No tenía elección. Si mi padre descubriera que Brage está enfadado conmigo y que piensa convertirme en su esclava, hubiera luchado y muerto para salvarme. Es mejor así.

El silencio de Matilda le informó de que aprobaba su decisión. Pronto, montó detrás de su criada y dejó atrás a su familia y su vida para siempre.

Las largas horas de viaje se hicieron agotadoras y monótonas. Durante el día, Brage ignoraba a Dynna por completo, pero de noche insistía en que durmiera a su lado. Aunque no la tocaba, Dynna —a diferencia de Brage— no lograba dormir profundamente. Los días y kilómetros pasaban. Dynna sólo se sentía cómoda junto a Matilda o cuando lograba intercambiar unas palabras con sir Thomas, que marchaba con los demás prisioneros sajones de vuelta a las tierras de Alfrick.

Cuando por fin avistaron la torre, todos se alegraron de que la marcha hubiese llegado a su fin y que el resultado fuera el éxito. Era media mañana y planearon embarcarse rumbo al hogar esa misma noche, antes de la puesta de sol. Ansiaban regresar a casa.

A medida que se acercaban, Matilda contemplaba la torre y se preguntaba qué ocurriría ahora.

—No sé si dejarán que os acompañe, lady Dynna, pero hablaré con Ulf. No creo que sea el momento de preguntárselo a Brage.

—No, yo tampoco lo creo —asintió Dynna, echando un vistazo al guerrero que cabalgaba en cabeza con aire orgulloso, junto a su padre y su hermano. Antes le había parecido magnífico, pero tras la victoria era el conquistador: poderoso e invencible. Había sobrevivido a todo y según su opinión, no gracias a ella.

—Ruego que Ulf permita que me acompañes.

—Yo también. Vivir aquí separada de vos sería atroz.

Ambas guardaron silencio; sabían que las próximas horas determinarían su vida para siempre. Una vez que refrenaron los caballos y desmontaron ante la torre de Alfrick, Brage se acercó a Dynna.

—Podéis ir a vuestra habitación y recoger algunas cosas —dijo—. Pronto nos embarcaremos y pretendo que estéis aquí esperándome cuando me disponga a marchar.

Mientras Dynna iba a reunir sus pertenencias, Matilda fue en busca de Ulf.

—He de hablar contigo —dijo, al encontrarlo junto a su padre.

Tras terminar de hablar con Anslak, Ulf se volvió hacia ella.

—Ignoro cuáles son tus planes —prosiguió Matilda, una vez que él le prestó atención—, pero te ruego que me lleves contigo. Debo permanecer al lado de lady Dynna. He cuidado de ella desde que era una niña y no soportaría separarme de ella.

Ulf notó que su mirada suplicante albergaba un sentimiento intenso y sonrió para sus adentros. No tenía la menor intención de abandonarla, pero comprendió que podía aprovechar la situación en beneficio propio.

—¿Por qué habría de importarme el bienestar de lady Dynna?

—Te lo pido por mí, Ulf. Sin mi señora, aquí no hay nada que me retenga.

Él le lanzó una sonrisa bondadosa, recordando los bríos de la potranca y sabiendo que la bondad causaba confianza.

—Navegarás con nosotros.

Matilda le sonrió, llena de felicidad, la primera sonrisa feliz que le había lanzado y, agradecida, le rozó el brazo.

El efecto que le causó la sonrisa y el toque de ella sorprendió a Ulf. Quería abrazarla y besarla, hacerle el amor todo el día y toda la noche, pero era demasiado listo para dar rienda suelta a sus deseos en ese momento. Tiempo al tiempo, pensó. No quería darse un rápido revolcón con Matilda: quería más…, la quería a su lado.

 

—Fue una lucha dura, padre, pero ganamos —le dijo Kristoffer a Anslak cuando se encontraron.

—¿Dices que lord Alfrick y todos los prisioneros han muerto? —preguntó su padre. Estaba pasmado.

—De algún modo lograron escapar, y los atrapamos justo cuando abandonaban la torre.

—Hiciste lo correcto —respondió Anslak—. Has vuelto a demostrar tu valía, hijo mío.

—Gracias, padre. Si lo deseas, me quedaré aquí y me encargaré de la fortaleza — propuso Kristoffer—. Proporcióname un buen número de hombres y ocuparé estas tierras para ti, para siempre.

Anslak sabía que Kris se decepcionaría, puesto que él ya había tomado otra decisión.

—No, hijo. No quiero dejarte aquí, quiero que embarques conmigo. Tal como sugirió Brage, dejaremos la fortaleza a cargo de un hombre llamado sir Thomas.

—¿Así que Brage está dispuesto a entregar tu botín a uno de los conquistados? — Kris miró a su padre como si se hubiera vuelto loco.

—Pienso entregarle lo conquistado a un amigo, Kris —lo reprendió Brage; no quería ofender al muchacho, quería que comprendiera el motivo tras la decisión.

—Pese a todos los hombres a los que ellos dieron muerte, ¿consideras amigo a un sajón? —lo desafió Kris.

—Quienes lo conocen respetan a sir Thomas. Me salvó la vida cuando los demás querían matarme —continuó Brage—. Es mucho mejor que dejemos al mando a uno de los suyos. Sir Thomas se convertirá en un aliado en unas tierras donde no tenemos ninguno. De aquí en adelante, en vez de saquear comerciaremos con él.

Kris comprendió que su padre y Brage ya habían tomado la decisión sin consultarlo, y que no le quedaba otro remedio que aceptarla, pero no tenía por qué gustarle.

—En ese caso, reuniré a los hombres y me prepararé para hacerme a la mar — asintió.

—Yo pilotaré mi nave —dijo Brage—. Será bueno volver a reunirme con mis hombres.

—Tú puedes navegar conmigo, Kris —terció Anslak—. Me reuniré contigo en cuanto todo esté dispuesto.

Brage y Anslak fueron en busca de sir Thomas, que aguardaba junto a los demás prisioneros sajones a la espera de su destino.

—Quisiéramos hablar con vos, sir Thomas —dijo Brage.

Sir Thomas desconfiaba, pero se puso de pie y se aproximó a ellos. Estaba preparado para escuchar su decisión. No esperaba misericordia; había luchado contra los vikingos y derramado su sangre. Todos sabían que los vikingos eran muy vengativos. Junto con los otros hombres, había intentado adivinar qué les harían y lo mejor que esperaban era ser vendidos como esclavos.

—Mi hijo y yo hemos tomado una decisión —le dijo Anslak, observándolo atentamente—. Al parecer, Brage considera que sería mucho mejor teneros como aliado que como enemigo.

—No comprendo —dijo sir Thomas en tono perplejo.

—Considera que vos deberíais gobernar la torre de lord Alfrick. ¿Qué opináis?

—¿Gobernar la torre? —Thomas no salía de su asombro.

—Según me ha dicho mi hijo, arriesgasteis la vida por salvar la suya. Ahora os entrego esta fortaleza y estas tierras, junto con la vida de los demás prisioneros.

—¿Me pedís que ocupe el lugar de lord Alfrick? —dijo, contemplándolos atónito.

—Sí, así es. De aquí en adelante, deseamos comerciar con vosotros, no luchar. ¿Qué os parece nuestra propuesta?

—¡Lo haré! ¡Y os estoy muy agradecido! —exclamó, recordando cuánto habían sufrido todos bajo sir Edmund y sabiendo que era capaz de mejorar la vida de los suyos.

—Bien. Las tierras son vuestras. Gobernad bien y con justicia, amigo mío —dijo Brage.

—Ahora navegaremos de regreso al hogar. Haced que estas tierras prosperen — añadió Anslak.

—Lo haré, y otra vez, gracias.

—Gracias a vos… por salvar a mi hijo —contestó Anslak con sinceridad. Luego se alejó, dejando a Brage y sir Thomas a solas.

—Y ¿qué pasará con lady Dynna? ¿Se quedará aquí? —preguntó el caballero en tono de preocupación.

La sensación cálida que Brage experimentaba se desvaneció ante la mención del nombre de ella.

—Dynna vendrá conmigo —afirmó.

—¿Seréis bondadoso con ella?

Brage le lanzó una mirada helada.

—No abuséis de nuestra amistad. Quien me entregó a Edmund fue Dynna.

Sir Thomas advirtió el intenso odio que rezumaba su voz. Él sabía qué había ocurrido aquella noche en la habitación, entre los padres de Dynna y Edmund, y era evidente que Brage lo ignoraba.

—Temo que la juzgáis mal —dijo, tratando de explicarle lo ocurrido—. Lady Dynna jamás habría…

Brage lo interrumpió: se negaba a escuchar una sola palabra en su defensa.

—Es de esperar que la defendierais. Siempre lo habéis hecho, pero no lo intentéis esta vez. Lo que hizo no merece defensa alguna.

—Hay momentos en los que uno debería usar el corazón y no la cabeza al tomar decisiones.

—Si pensara como vos, hace tiempo que estaría muerto. —Como no quería seguir hablando de Dynna, Brage se alejó. Él sabía cómo era ella.

—Reflexionad sobre mis palabras, vikingo —exclamó sir Thomas, siguiéndolo con la mirada. Esperaba que Brage reconociera la verdad y aprendiera el poder del perdón.

Después fue en busca de Dynna; quería relatarle lo ocurrido y despedirse de ella, y la encontró cuando se disponía a abandonar la torre con Matilda.

—Sabía que un día dejaría este lugar para siempre, pero nunca pensé que sería para viajar a las tierras del norte —dijo ella al atravesar la puerta por última vez. Ya se había despedido de los sacerdotes y los criados, y se encaminaba hacia un futuro que no prometía ninguna felicidad.

—Al menos partimos juntas —repuso Matilda.

Dynna se detuvo, le lanzó una mirada tierna y cariñosa a su fiel compañera y le tocó la mano.

—Eres una amiga fiel, Matilda. Eres el único motivo por el que podré soportar lo que está a punto de suceder.

—Lady Dynna…

Ambas mujeres se giraron y vieron que sir Thomas se acercaba.

—¡Sir Thomas! —Dynna dejó caer los bultos y se arrojó en sus brazos y lo estrechó con más fuerza que nunca—. ¿Qué os ha ocurrido? Temí lo que harían los vikingos una vez que llegáramos aquí.

—Brage es un hombre justo y generoso, al igual que su padre. —Al ver su mirada sorprendida, le contó lo que Brage y Anslak habían hecho por él—. Y han puesto en libertad a los demás, a cambio de un futuro comercio —añadió.

—¡Oh, sir Thomas, eso es maravilloso! Nadie inspira tanta lealtad y devoción en sus hombres como vos.

—Agradezco ser merecedor de su confianza.

Dynna deseó volver a gozar de la confianza de Brage, pero sabía que era demasiado tarde.

—Me alegro de que seáis feliz aquí, amigo mío —le dijo a Thomas.

—Yo también deseo vuestra felicidad, milady.

—Creo que eso ya no es posible.

—No os inquietéis —repuso él, al ver la tristeza de su mirada—. A veces Brage parece un hombre duro, pero creo que hay esperanzas.

Dynna soltó una carcajada suave y abatida.

—Ojalá tengáis razón, sir Thomas, porque entonces podría albergar la esperanza de que mi vida tendrá un sentido. Ahora él me detesta. Su corazón está indispuesto en mi contra y nada cambiará esa circunstancia.

—Confiad en que el tiempo todo lo cura. ¿Lo amáis? —preguntó, puesto que había notado el amor que sentían el uno por el otro y quería asegurarse de no estar equivocado.

—Planeaba decirle la verdad acerca de mis sentimientos —dijo Dynna alzando la vista—, aquella mañana, antes de que regresara a su hogar. Pero entonces llegó Edmund y la oportunidad se perdió para siempre.

—Ahora mismo es un hombre enfadado, lady Dynna, y con razón. Fue traicionado por uno de los suyos y muchos de sus hombres murieron. Quiere vengarse por el mal que le han hecho. Comprendo su necesidad, pero dudo que logre descubrir la identidad del traidor. —Sir Thomas recordó aquella noche remota, cuando el traidor vino a visitarlos y les habló en voz baja, con el rostro oculto. Él mismo sería incapaz de identificarlo, incluso si estuviera frente a él—. Justo cuando creyó poder regresar a su hogar, acabó por creer que había sido traicionado por vos.

—Pero yo debía salvar la vida de mi madre…

—¿Quién sabe qué mentiras le contó Edmund? El único que lo sabe es Brage, y en este momento se niega a hablar de ello o a prestar oídos a explicación alguna.

La astucia de Edmund seguía atormentándola, incluso después de muerto.

—Haré lo que vos decís, porque es lo único que puedo hacer —admitió Dynna.

Esta vez fue él quién la estrechó entre sus brazos.

—Id, os aguardan —le dijo.

Dynna dirigió la mirada hacia donde todos se habían reunido.

—Os echaré de menos, milady —añadió Thomas, de todo corazón.

—Y yo a vos, amigo mío. Siempre —contestó ella y lo besó en la arrugada mejilla.

Sir Thomas observó cómo Dynna y Matilda emprendían el camino hacia la costa, donde aguardaban las naves. Rogó que encontrara la felicidad junto a Brage: era una mujer bella y bondadosa que merecía vivir rodeada de amor para siempre.

 

Dynna y Matilda embarcaron en la nave de Brage y trataron de acomodarse lejos de los hombres que empuñaban los remos. Habían oído hablar a los vikingos del viaje de regreso y averiguaron que tardarían casi una semana en llegar a la aldea de Anslak, el hogar de Brage.

A medida que los drakkar se alejaban de la orilla, vieron cómo la costa se perdía de vista, y ambas guardaron silencio, embargadas por un torbellino de emociones. Si no encontraban la felicidad, rogaron hallar al menos la paz en aquellas tierras tan alejadas de su tierra natal.

 

Los días transcurrían lentamente mientras navegaban hacia el norte. Dynna observaba a Brage recorriendo la nave, cómodo en su papel de jefe. Vio que los hombres cumplían sus órdenes y lo respetaban. No cabía duda de que era un jefe en quien confiaban, un hombre entre los hombres.

Cada vez que Brage le dirigía la mirada, ella bajaba la suya, porque no quería ver el odio glacial reflejado en sus ojos.

De noche, Brage se tumbaba a su lado, pero sin tocarla. Una noche despertó y descubrió que estaba acurrucada contra él. Brage anhelaba tocarla, acariciar sus cabellos sedosos y sumergirse en su cuerpo, pero luchó contra su deseo. No volvería a caer en la trampa. La próxima vez que la poseyera sería fríamente, sin sentimientos, un breve revolcón que no comprometiera su corazón. Luego se levantó y pasó el resto de la noche caminando de un lado a otro.

Dynna sentía el ansia de tocarlo, de estar entre sus brazos y sentir sus besos, pero él no se insinuaba y de día apenas le dirigía la palabra, excepto de manera casual. Por la mañana, al despertar, él ya se había alejado para reanudar sus tareas y Dynna sentía un inmenso vacío interior, como si le faltara una parte esencial del corazón.

Durante el tercer día de navegación, Dynna notó que Matilda dirigía la mirada hacia otra nave.

—¿Qué tiene esa nave que te interesa tanto? —preguntó. Matilda se ruborizó ligeramente.

—Es la que comanda Ulf, milady.

—¿Ulf? ¿Sientes algo por él?

Matilda asintió.

—¿Y él qué siente por ti? —añadió Dynna.

—No lo sé, pero fue a quien supliqué que me dejara acompañaros, y aquí estoy.

—Recuérdame que se lo agradezca cuando desembarquemos.

—Lo haré. Creo que yo misma volveré a darle las gracias —contestó y su mirada volvió a deslizarse hacia la figura del hombre alto y de anchos hombros, de pie en la proa de la nave lejana. Una lenta sonrisa le curvó los labios.

—Me alegro de que encuentres un poco de felicidad, dada nuestra situación.

—Temí que vos y yo tendríamos que separarnos. No podría haberme quedado en tierra, observando cómo os hacíais a la mar.

—Mi única esperanza es que, con el tiempo, yo también encuentre la felicidad. Tú oíste las palabras de Brage, aquel día en mi habitación cuando dijo que me convertirá en su esclava cuando haya regresado a su hogar.

—Quizá cambie de parecer.

—Temo que mi vida haya acabado, Matilda. Junto a Edmund, mi vida hubiese sido desgraciada y ahora parece que junto a Brage, también lo será. No dejaré de intentar que comprenda la situación y suplicar que un día me escuche.

Vio a Brage con el rabillo del ojo y se volvió para observarlo. Sonreía y reía. ¡Cuánto ansiaba que la sonrisa estuviera dirigida a ella!

Dynna desvió la mirada y contempló el mar. De algún modo descubriría la manera de demostrarle que lo amaba.