En el corazón
Capítulo 2
NO PASA nada, Twig –estaba diciendo Jamesy, mientras acariciaba la cabeza del animal–. Iré a verte siempre que pueda. Te lo prometo.
Winston suspiró. Afortunadamente, el niño había entendido que, aunque Dorinda ya no estaba, Twig le pertenecía a su hermana. Jamesy había insistido en ir con él para decirle personalmente a la señorita Lynch cómo debía cuidar del collie.
Habría sido más fácil ir solo, pero entendía que le resultase duro desprenderse de su nuevo amigo. Y esperaba que Danica agradeciese el esfuerzo de su hijo.
Winston subió por el camino de tierra y aparcó la furgoneta donde la había aparcado el día anterior.
Jamesy levantó la cara para poder ver por debajo del ala del sombrero. Era demasiado grande para él y estaba lleno de manchas, pero se negaba a usar otro. Winston siempre había pensado que aquel sombrero le daba un aire patético y la tristeza por tener que desprenderse de Twig aumentaba la expresión triste de su hijo. Y eso le rompía el corazón.
–No te preocupes, Jamesy.
–No me preocupo, papá –le prometió el niño, haciéndose el fuerte–. Twig y yo hemos hablado y vamos a seguir siendo amigos. Aunque no vivamos en el mismo sitio.
Winston le puso una mano en el hombro.
–¿Sabes que estoy muy orgulloso de ti?
Jamesy sonrió con timidez. Cuando salieron de la furgoneta, niño y perro caminaron detrás de él hasta el porche.
–Y esta vez, no gruñas –le advirtió Winston al collie.
Su hijo abrazó al animal, como para intentar controlarlo mientras él llamaba a la puerta. Como Danica no abrió inmediatamente, Winston miró su reloj. Eran las ocho de la mañana, pero no había podido llamar porque seguía sin línea. Por fin, la puerta se abrió.
–Supongo que vienes a hablar de la orden de restitución. La leí anoche – dijo ella, a modo de saludo.
–Pues… la verdad es que Jamesy y yo habíamos venido para traer al perro.
–¿Qué perro?
–Este perro –sonrió Winston, señalando a Twig.
Danica llevaba un pantalón de deporte y una camiseta tan arrugada que seguro que le había servido de pijama.
–No lo conozco.
–Se llama Twig –dijo Jamesy, acariciando al animal–. Es un perro muy bueno.
Mientras hablaba, Twig le lamía la cara, contento.
–Me alegro mucho. Pero no es mío.
–Era de Dorinda –explicó Winston–. Twig es uno de los mejores pastores que hay por aquí. Tu hermana nos lo dejó para que cuidásemos de él mientras estaba en Texas.
–¿Y por qué no os quedáis con él? El perro no es mío.
–Pero era de Dorinda –insistió Winston–. Así que ahora es tuyo.
–Yo no lo quiero. Puedes quedártelo.
–¿De verdad? –exclamó Jamesy–. Papá, ¿puedo quedármelo?
Él dejó escapar un suspiro.
–No, hijo, no puedes quedártelo. La señorita Lynch no sabe lo que dice.
–¿Cómo que no? Yo no quiero un perro.
–No es solo un «perro». Es un pastor bien entrenado. Y es tuyo.
Danica se cruzó de brazos.
–Pues no pienso quedármelo. Llévatelo.
–No puedo hacerlo –protestó Winston–. Además, ni siquiera tienes teléfono.
–¿Y eso qué tiene que ver?
–Oye, no seas cabezota…
–Ah, yo soy la cabezota, ¿no? Pues si vas a insultarme, agradecería que te fueras de mi casa y te llevaras a tu perro.
–¡No es mi perro!
–¿Puedo quedármelo, papá? –insistió Jamesy.
Winston observó al niño y a Twig, que miraba a Danica con cara de malas pulgas.
–Yo no lo quiero –repitió ella, bajando el tono de voz–. Por mí, puedes quedártelo. Además, no pienso estar aquí mucho tiempo.
–Pero necesitas un perro –intentó razonar Winston.
Danica levantó la barbilla, obstinada.
–¿Tú qué sabes lo que necesito?
Él la miró, incrédulo.
–¡Eres insoportable!
Danica señaló la furgoneta con el dedo.
–¡Fuera de mi casa!
–¡Será bruta…!
–¿Qué? ¡Fuera mi casa ahora mismo! ¡Con perro y niño incluido!
Jamesy salió corriendo hacia la furgoneta y Twig lo siguió, encantado. Winston estaba tan furibundo que lo veía todo rojo, pero antes de que pudiera replicar, Danica volvió a darle con la puerta en las narices.
Por un momento consideró darle una patada, pero no quería montar una escena delante del niño y, a regañadientes, se dio la vuelta.
Pero alguien tenía que dejarle las cosas claras a aquella caprichosa. Aunque no le hacía ninguna gracia, tendría que explicarle que no podía vivir en aquel sitio sin un perro. ¿No se daba cuenta de que estaba a media hora del pueblo? ¿Y si le ocurría algo? Twig no podría ayudarla pero, al menos, podría avisar a los vecinos.
Una vez en la furgoneta, se quitó el sombrero, echando humo.
–¿Qué le pasa a esa señora, papá? ¿Es que no le gustan los niños?
Winston suspiró. Iba a tener que explicarle la situación. La madre de Jamesy lo había abandonado cuando tenía dos años y no quería que el comportamiento de su grosera vecina le hiciera más daño.
–No eres tú, hijo. La señorita Lynch está pasando un mal momento. ¿Te has dado cuenta de cómo se parece a Dorinda?
–Sí.
–Es que Dorinda y ella son gemelas idénticas. O más bien, eran. Dorinda murió en un accidente de coche hace un par de meses y por eso la señorita Lynch se comporta de una forma tan rara. Está dolida.
–¿La señora Thacker ha muerto? –preguntó el niño, abriendo mucho los ojos.
–Me temo que sí.
–Qué pena.
–Pues sí, la verdad.
–A lo mejor la señorita Lynch no quiere encariñarse con Twig por si acaso se lo comen los coyotes.
Winston miró a su hijo. Solo tenía ocho años y era un niño de naturaleza generosa.
–Puede que tengas razón.
–Si ella no quiere a Twig, puedo quedármelo, ¿verdad? No podemos abandonarlo.
–No, claro que no.
Pero mientras arrancaba la furgoneta, tenía la impresión de que no iba a ser tan fácil. Y cuando su hijo lo despertó por la mañana con expresión angustiada, estuvo seguro de que no iba a serlo.
–Al menos, no eres exigente –estaba diciendo Danica mientras observaba al perro comer una lata de carne estofada.
Había aparecido en su casa por la noche. Intentó echarlo, pero cuando abrió la puerta, el animal entró corriendo y se instaló en la alfombra del salón, mordiendo un palo que llevaba en la boca, más contento que unas pascuas.
De modo que lo había dejado pasar la noche allí, pero pensaba llevárselo al niño por la mañana. Aunque encontraba cierto consuelo en tenerlo cerca. Las noches allí eran muy largas y el cariñoso animal le hacía compañía.
Sin embargo, dijeran lo que dijeran los Champlain, no pensaba quedarse con él. Y no entendía el comportamiento de aquel hombre. Si su hijo quería al perro y ella estaba dispuesta a dárselo…
Twig se terminó la lata de estofado y después se sentó, como diciendo: «¿y ahora qué?».
–Ahora voy a llevarte a casa de los Champlain –dijo Danica en voz alta–. Vámonos.
Pero cuando salió al porche, Winston estaba aparcando su vieja furgoneta . Ella lo esperó, de brazos cruzados.
–Ya me imaginaba que estaría aquí.
–Apareció anoche, arañando la puerta.
–Querías volver a tu casa, ¿verdad, Twig? –murmuró él, inclinándose para acariciar al animal.
De repente, Twig se levantó y lanzó un fiero gruñido.
–¿Por qué hace eso? –preguntó Danica.
Winston miró alrededor.
–Debe de haber olido un coyote. Si no hay perros en la casa, a veces se meten en las cocinas. Por eso necesitas un perro para vivir aquí.
–Yo no voy a vivir aquí. Iba a llevártelo ahora mismo.
–Twig es probablemente el mejor perro pastor de la comarca, pero no solo eso. Está entrenado para defender y para buscar ayuda. Una vez, el tío de Bud se cayó del caballo y Twig fue corriendo hasta el pueblo. Le salvó la vida. Cuando Ned murió… este perrillo fue a buscarme.
–Vaya –murmuró Danica, mirando a Twig con respeto–. Eres un chico estupendo.
–Y esta es su casa. Lo ha sido siempre.
La joven lo miró a los ojos.
–A mí me parece que tu hijo lo quiere mucho.
–Así es, pero ya has visto que ha vuelto esta noche. Será por algo.
–Pero él lo cuidaría mejor que yo.
–«Él» se llama Jamesy.
–Jamesy –repitió Danica, impaciente–. Dile a Jamesy que el perro es suyo.
Winston sacudió la cabeza.
–Twig tiene otras ideas.
–Pero yo no quiero quedarme con él, sabiendo que… Jamesy va a echarlo de menos.
–¿Por eso nos echaste de aquí ayer?
–Claro. Pero como me hacías caso…
–No tenías que ser grosera.
–Me pusiste nerviosa.
–Esa no es razón para gritarle a un niño –insistió Winston.
–¡No le estaba gritando al niño, te estaba gritando a ti!
–Jamesy es un niño muy sensible.
–¿Ah, sí? ¿Y es tu hijo?
Él apretó los labios, furioso.
–Eso no tiene ninguna gracia.
Aparentemente, estaban tocando un tema delicado.
–Lo siento.
–Y mi hijo se parece mucho a mí, en caso de que no te hayas dado cuenta.
–Me he dado cuenta –murmuró ella.
–Jamesy no podía ser hijo de nadie más –insistió Winston–. Aunque su madre fuera una insensata.
Danica hizo una mueca. ¿Dónde se había metido?
–Solo quería decir que tú no pareces muy sensible.
Aunque, a juzgar por su reacción, eso no era cierto.
–Su madre lo abandonó y es un niño muy tímido. No me hace ninguna gracia que seas antipática con él.
–Lo siento, no quería hacerle daño. ¿De verdad pensó que lo estaba echando de aquí?
–¿Y qué iba a pensar? Es lo que hiciste. Jamesy es un niño, y un niño cuya madre lo abandonó. El pobre no tiene muy claro el asunto de las mujeres.
–Oh, no… pobre. No sé qué me pasa últimamente. No tengo paciencia con nadie. Pero solo quería que te llevaras al perro. No quería hacerle daño a Jamesy.
Winston se cruzó de brazos.
–¿Y tú dices que yo no soy sensible? Para mi hijo, fue un sacrificio traer a Twig. A pesar del cariño que le tiene, lo trajo porque sabe que necesitas un perro.
Danica tenía su propia opinión al respecto, pero no pensaba discutir en aquel momento. Había sobrevivido a un trágico accidente y estaba segura de que nada peor podría pasarle. ¿Coyotes? ¡Bah! Se los quitaría de en medio de un plumazo.
–¿Qué puedo hacer para compensar a Jamesy?
–Deja que venga a visitar a Twig de vez en cuando.
–¿Solo eso?
–¿Qué quieres, adoptarlo?
Ella levantó los ojos al cielo.
–Dile a Jamesy que puede venir a mi casa cuando quiera. Y que ayer no estaba gritándole a él. Y dile que cuidaré bien de Twig.
Winston Champlain se echó el sombrero hacia atrás, con tal sonrisa de satisfacción que le hubiera gustado darle un puñetazo.
–Si te sirve de ayuda, la verdad es que entiendo que estés enfadada con todo el mundo.
–¿Qué es esto, la consulta del psicólogo? Te advierto que no tengo ganas de hablar.
–Pues deberíamos hablar –replicó Winston–. Al menos, de la orden de restitución.
Danica no tenía ninguna intención de seguir hablando con aquel tipo insoportable.
–Ahora no es el mejor momento. ¿Por qué no hablamos mañana?
–Mañana no puedo. Tendrá que ser esta tarde.
–Vale. Esta tarde.
–¿A las siete?
–A las siete.
–Muy bien –sonrió él–. Cuida de ella, Twig.
Unos minutos después, Winston y su furgoneta desaparecían por el camino y Danica se sentó al lado del perro.
–Parece que, al final, vas a quedarte conmigo. Por ahora –le dijo. Twig la miró, con sus ojitos castaños–. Y será mejor buscar una tienda de comida para perros.
Pero no recordaba haber visto ninguna tienda mientras se dirigía al rancho de su hermana. ¿Tendría que ir hasta Rawlins? Debería haberle preguntado a Winston.
Si no encontraba la tienda, le preguntaría por la tarde. Pero, por el momento, se había librado de él. Winston Champlain le hacía sentir… cosas que no podía explicar.
Pero daba igual. Después de aquella tarde, no tendrían que volver a verse.
Jamesy iría a visitar a Twig y, supuestamente, su padre lo acompañaría, pero ella se buscaría alguna excusa para desaparecer. Y unas semanas más tarde, se habría ido. Una vez vendido el rancho, se marcharía. ¿Pero adónde?
No quería volver a Dallas, pero podría instalarse en cualquier otro sitio. Solo tenía que elegir.
Aunque, por el momento, lo que tenía que hacer era darle de comer a aquel perrucho que la miraba con cara de buena persona.
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