En el corazón
Capítulo 4
CASI había dejado que Winston Champlain la besara! A la mañana siguiente, Danica no podía creerlo. Aunque no era tan extraño. Winston era un hombre encantador y le daba pena que su matrimonio hubiera sido tal desastre. Además, era muy guapo. Buen padre, buen hijo, responsable, cariñoso… ¿qué mas se puede pedir?
Pero había tenido una aventura con su hermana mientras estaba casada… ¡y ella casi había dejado que la besase! ¿Qué idiota confiaría en un hombre como él? La misma idiota que había creído a Mike cuando le dijo que no volvería a mirar a otra mujer.
No aprendería nunca.
Seguía enfadada consigo misma por haber hecho el tonto la tarde anterior cuando Twig empezó a ladrar. Danica salió al porche con una taza de café en la mano y vio un camión negro que tiraba de un remolque de ganado.
Su primera reacción fue de alivio porque no era Winston Champlain. Pero no sabía quién había decidido visitarla.
La puerta del camión se abrió y de él salió una oronda figura. Era una mujer altísima, embutida en un par de pantalones vaqueros que parecían a punto de estallar. En la mano llevaba una enorme cacerola y se acercaba al porche con una sonrisa en los labios.
–¡Hola!
–Hola –murmuró Danica, atónita.
La mujer debía medir más de metro ochenta y podría haber pasado por un jugador de baloncesto. Dejando la cacerola en el suelo, aquella aparición le dio un abrazo de oso que la dejó conmocionada.
–No sabes qué pena nos ha dado a Abe y a mí saber lo de tu hermana. Pobrecilla. Y pobrecita tú, estás en los huesos.
¿Abe? ¿Abe?
–Ah, usted debe ser la señora Summers.
–Sí, claro. Ay, pobre, no me conoces. Yo soy Nellie y te he traído uno de mis famosos pollos rellenos. Necesitas engordar un poco. Abe y Dude vendrán en cuanto bajen a los animales.
–¿Los animales? –repitió Danica.
Nellie se hizo la sorda.
–¿Dónde quieres que ponga el pollo? En la cocina, supongo. Uy, qué bien huele a café. ¿Me invitas? Tu hermana no tomaba café. Le gustaban más los refrescos, pero yo solía decirle que un refresco no la calienta a una por la noche. Y aquí, en invierno, las noches son heladoras, te lo aseguro –siguió parloteando alegremente la mujer–. ¿Y tú cómo estás, cariño?
–Pues…
–Vamos a tomar ese café para que puedas contármelo todo –la interrumpió Nellie.
Danica observó a su visitante colocando la cacerola sobre la repisa como si estuviera en su propia casa.
–¿Cómo es que el piloto del horno no está encendido?
–¿Eh?
–El piloto del horno. ¿Por qué no está encendido? Tiene que estar siempre encendido.
–No lo sé.
–¿Has abierto el gas?
–¿El gas? –preguntó Danica, un poco mareada–. No sabía que funcionara con gas.
–Pobrecita –suspiró Nellie, abriendo y cerrando puertas–. Voy a abrir el gas y… ah, aquí está.
Poco después, encontró una caja de cerillas para encender el piloto. Cuando Danica la vio de rodillas en el suelo, con medio cuerpo dentro del horno, se preguntó dónde harían vaqueros tan enormes. Y tuvo que tomar un trago de café para aguantar la risa.
Después de levantarse haciendo un esfuerzo, Nellie Summers cerró la puerta del horno y se dejó caer sobre una silla.
–Bueno, ¿me das ese café?
Danica fue inmediatamente a buscar una taza. Tenía la impresión de que no podía desobedecer a aquella amazona.
–Tome.
–Llámame de tú. Y cuéntamelo todo.
–¿Todo sobre qué?
–¡Todo! ¡Todo lo que quieras contarme!
–Pues…
–Mi marido y yo hemos lamentado mucho lo de Dorinda, pobrecita –la interrumpió Nellie entonces–. Menudo canalla de marido tenía. Si Bud hubiera trabajado de forma honrada en lugar de ser tan listo para engañar a la gente, este rancho iría de maravilla. Pero la pobre Dorinda… y luego, morir así. Es horrible –murmuró la mujer, tomando un trago de café.
Danica estaba perpleja, atónita. Aquella mujer era un torbellino. En ese momento, una figura apareció en el porche. Una figura casi del mismo tamaño que Nellie Summers.
–Ya está todo, mamá.
–¡Dude! –gritó ella, como si se hubiera olvidado del crío–. Esta chica es la hermana de Dorinda.
El niño le regaló una sonrisa. Debía tener unos diez años y parecía estar compitiendo en gordura con su madre.
–Ya está todo, mamá –repitió, como una letanía.
Un hombre apareció tras él. Era más bajito que Nellie, pero igual de grande. Y, en su caso, todo músculo.
–Ya está todo, mamá.
Evidentemente, aquel era el saludo de los Summers.
Nellie se levantó y la abrazó como si quisiera asfixiarla.
–Cuídate, bonita. Por cierto, el ternero tiene que comer sorgo mezclado con agua y leche en polvo. Te he dejado las instrucciones en la tapa. Ah, y gracias por el café.
Un segundo después, los tres Summers habían desaparecido.
–¿La tapa? –murmuró Danica, corriendo hacia el porche–. ¿Qué tapa? ¿Qué ternero?
Nellie señaló el establo y se despidió con la mano.
Ella se puso una mano en la frente. En cinco minutos, era como si hubiera pasado un tornado por su casa.
Pero ese tornado le había llevado un pollo y había encendido el gas. Tenía gas. Podía comer cosas calientes. De repente, la vida le parecía más bonita.
Era una ironía, pero la muerte hace que los pequeños placeres de la vida parezcan gigantes.
Y su vida, últimamente, parecía llena de cosas impensables. Por lo visto, tenía que cuidar de un ternero. Y ya que estaba en ello, echaría un vistazo para ver si encontraba la comida de Twig. Tomando unas llaves que colgaban de un clavo en la despensa, Danica salió de la cocina.
Twig, que había desaparecido en cuanto Nellie Summers entró en la casa, apareció de nuevo.
–¿Dónde estabas?
Después de saludarla con un ladrido, el animal la siguió, moviendo la cola.
Además del granero y el establo, había otro edificio sin ventanas. ¿Sería un almacén?, se preguntó. Echaría un vistazo más tarde. Cuando entró en el establo, Twig empezó a ladrar a un ternero que lo miraba, asustado. El pobre debía haber perdido a su madre.
–No seas malo. No le ladres al pobrecito.
Twig se sentó, mirándola con una expresión que parecía decir: «Mi trabajo es ladrar. No me hagas un lío».
Pero además del ternero había dos caballos. Los dos eran de color castaño, uno con la cola rubia y el otro, negra. Danica llenó el bebedero de agua mientras intentaba familiarizarse con ellos. Afortunadamente después de algunas miradas desconfiadas, los dos animales se dejaron acariciar tranquilamente.
Y en alguna parte debía haber algo con instrucciones en la tapa para dar de comer al ternero.
Danica encontró dos cubos. Sobre cada una de las tapas había escrito en rotulador negro: «un bote». El bote en cuestión debía ser uno de café que había al lado de los cubos. Contenta con el encargo, mezcló el sorgo con la leche en polvo y lo echó en un comedero al que añadió otro bote de agua. La mezcla no parecía nada apetitosa, pero el ternero se puso a comer con avidez y ella sonrió, orgullosa de sí misma. No había olvidado lo que su padre le enseñó cuando era pequeña.
Después, convencida de que era una auténtica mujer de campo, procedió a llenar de paja el comedero de los caballos.
Más tarde, fue al granero. Allí, como le había dicho Winston, había un montón de balas de paja y sacos de comida para perros. Tras una puerta que debía dar al edificio sin ventanas, encontró dos remolques de ganado y un camión que debía tener más de treinta años. A un lado, había cuatro sillas de montar, botas, fustas, bridas, espuelas y correajes. Todo lo necesario para montar a caballo.
Incluso podría ir con Winston a buscar su ganado, pensó. ¿Por qué no? Sería lo más lógico. Después de todo, las vacas habían sido de Dorinda. Y, como su única heredera, ella debía hacer todo lo posible por conservar lo que era suyo.
Para cuando echó un vistazo tras la última puerta, un almacén lleno de herramientas, había tomado una decisión.
Cuando Winston llegó después de comer conduciendo un camión enganchado a un remolque, una visión celestial lo dejó agradablemente sorprendido: Danica, en vaqueros, con botas de montar, guantes y sombrero tejano.
Ella le hizo una seña para que condujera hasta el establo, donde el semental de cola negra estaba atado a un poste, y Winston llegó simultáneamente a tres conclusiones: una, que le habían devuelto a los animales. Dos, que había decidido ir con él. Y tres, que le quedaba estupendamente ese disfraz de chica vaquera.
Pero le gustaría mucho saber qué tal se le daba montar a caballo. En un rancho, no solo hay que estar guapo.
Dorinda le había contado que creció en el rancho de su padre, al sur de Dallas, pero en Texas los ranchos eran tan grandes que casi todo el mundo trabaja detrás de un volante. En Wyoming, sin embargo, el caballo seguía siendo el vehículo de transporte más usado.
Cuando saltó del camión, Danica estaba atando la silla y parecía hacerlo con habilidad.
–Así que has decidido venir conmigo –sonrió Winston, sacando a su semental gris del remolque.
–No tengo nada mejor que hacer.
–Pues a mí se me ocurren un par de cosas –murmuró él.
Aunque si le decía lo que estaba pensando, Danica le daría una bofetada.
–La verdad es que hace un día precioso. Un día perfecto para montar.
Era cierto. Con el cielo de un azul brillante, la temperatura alrededor de los veinte grados y una brisa que movía las copas de los árboles, era un día hecho para disfrutar. Aunque Winston sabía que le esperaba un trabajo duro y lo hubiera cambiado por otro tipo de… ejercicio inmediatamente.
Cuando Danica montó sobre el caballo con la misma facilidad como si lo hiciera todos los días, no pudo evitar una sonrisa.
–Es un buen caballo –dijo, mientras ataba su silla–. Una de las pocas cosas buenas que pueden decirse de Bud: sabía elegir a sus animales.
–¿Sabes cómo se llama?
–Ni idea. Pero usó ese caballo y el otro, el de la cola rubia, para robar ganado. Eso seguro.
Danica acarició el cuello del animal.
–Pues entonces podemos llamarlo… Cuatrero. ¿Qué te parece?
Winston soltó una carcajada.
–Me parece muy bien. ¿Y el otro?
Ella se quedó pensativa.
–Bandido. Para no cambiar de tema. ¿Cómo se llama el tuyo?
–Rompehuesos.
–¿Rompehuesos?
–Por lo testarudo que es. Mi padre lo compró en una feria en Colorado porque le pareció precioso. Pero cuando intentó domarlo, el pobre las pasó canutas. Afortunadamente, como yo tenía que hacer algo para olvidarme de la marcha de Tammy, me dediqué a él en cuerpo y alma.
–¿Ah, sí?
Winston montó de un salto y sujetó al animal, que empezaba a moverse, inquieto, con las rodillas.
–No sabes lo que me costó. Mi padre solía quedarse mirando en el corral mientras me tiraba al suelo una y otra vez y decía: «ese caballo te va a partir todos los huesos». Por eso le pusimos ese nombre.
–Ah.
–Y la verdad, sigue teniendo muy mal genio. Hay que llevarlo con mano de hierro.
–Pero al final no te partió ningún hueso, ¿no? –sonrió Danica.
–Aún no, pero podría hacerlo. Hay días que es como la seda, pero otros… te juro que es como un niño con una rabieta.
–Esperemos que hoy esté suave –dijo ella, sujetando las riendas de Cuatrero.
–Hoy está bien.
¿Cómo podía no estarlo en un día tan bonito? A Winston le parecía un día precioso. El más precioso en mucho tiempo.
–¿Por dónde? –preguntó Danica.
–Si no recuerdo mal, hay un riachuelo hacia el este. Seguro que hay cabezas de ganado pastando por allí.
–Vamos, entonces. Tú conoces esto mejor que yo.
–De acuerdo. Pero deja que vaya delante un rato. No quiero que se celen –dijo Winston, poniendo a Rompehuesos al trote.
El animal obedeció, pero un momento después empezó a galopar. Aquel animal era más testarudo que Danica Lynch.
–¿Qué ocurre? –bromeó ella–. ¿No puedes manejarlo?
Después de decir eso, golpeó a Cuatrero con el tacón de la bota y salió galopando como el viento.
Winston no pensaba dejar que Danica fuera delante. Y tampoco Rompehuesos, desde luego. Pero después de adelantarla, sabiendo que el semental podría quedar exhausto si no lo controlaba, empezó a tirar de las bridas. Ella se colocó a su lado, riendo.
–Deberías llamarlo Supersónico.
–Y si no lo controlo, tendría que llamarlo «Difunto» –rio Winston–. Será mejor que vayamos al trote.
–Aguafiestas.
Minutos después, llegaban a un riachuelo. Había varias cabezas de ganado pastando, sobre todo vacas de cría con sus terneros.
–¡Mira eso!
–¿Qué? –preguntó Danica.
–Llevan el hierro de mi rancho. ¿Lo ves? Al final, Bud no las había vendido.
–Estupendo. Así podrás llevarte tus propias vacas.
–No sabes cómo me alegro. Habíamos comprado unas muy buenas y estaba preocupado, pensando que o no encontraría nada parecido o tendría que llevarme lo mejor de tu rancho.
–¿Y qué hacemos con los terneros? Muchos de ellos serán tuyos ahora.
–El juez no tuvo eso en consideración –murmuró Winston.
–Debió pensar que recuperarías tu ganado mucho antes.
–Qué se le va a hacer.
–Yo tengo una idea. La mitad para ti, y la mitad para mí.
–No es necesario… –empezó a decir Winston, pero ella lo interrumpió con un gesto.
–Es lo más justo.
–No tienes que repartir los terneros conmigo. El juez no ha dicho nada de eso.
–Da igual. Y no pienso discutir.
Winston se quedó pensativo. Lo que proponía era justo. Y le gustaba mucho aquella mujer tan equitativa.
–Si te empeñas…
–¿A dónde vamos ahora?
Él buscó a Twig con la mirada.
–Tu perro nos dirá a dónde debemos ir.
Al escuchar el silbido, el animal salió disparado hacia el norte. Danica dirigió su caballo hacia allí y Winston se quedó un poco atrás, mirando el precioso trasero que parecía hecho expresamente para la silla.
Sí, aquella podría ser la chica de sus sueños.
Al final de la tarde, habían llevado al corral siete vacas y cinco terneros. No estaba mal para trabajar con una aficionada. Cuando ella sugirió que diese de comer a Rompehuesos, su propio estómago empezó a protestar.
–Es que tengo hambre.
Danica dejó de cepillar a Cuatrero.
–Tú dales de comer, yo voy a encender el horno.
–¿Me invitas a cenar?
–Si te gusta el pollo relleno…
–¡Pollo relleno!
–Es culpa tuya, así que deberías comértelo conmigo.
–No te entiendo.
–Que el pollo me lo trajo Nellie Summers esta mañana después de hablar contigo. Dice que necesito engordar.
No era una invitación muy romántica pero, al fin y al cabo, era una invitación.
–Si lo trajo Nellie, habrá comida para un regimiento.
–Pues aquí no hay un regimiento, así que tendrás que aplicarte.
–No te preocupes por eso. Yo daré cuenta del pollo.
–Tú haz lo que te he dicho –replicó Danica–. Y, de paso, dale de comer al ternero.
–Sí, jefa –sonrió él, echándose el sombrero hacia atrás.
Con un golpe de melena, corta pero melena, la mandona salió del establo. Winston estaba tan ensimismado que Rompehuesos estuvo a punto de aprovecharse pateándole un pie.
–Oye, no te atrevas. Compórtate y cenaremos los dos.
Habían estado juntos toda la tarde y, además, lo invitaba a cenar. ¿Qué habría después? Winston se puso a silbar alegremente, mientras daba de comer a los animales. Un día estupendo.
Desde luego, un día estupendo.
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