En el corazón
Capítulo 3
MIENTRAS estaba peinándose frente al espejo, Winston se dio cuenta de que necesitaba un buen corte de pelo. ¿Por qué no le había dicho a su madre que sacara las tijeras?
Impulsivamente, decidió hacerlo en ese momento y empezó a desabrocharse la bien planchada camisa gris. Pero al mirar su reloj, se dio cuenta de que no tenía tiempo. Suspirando ruidosamente, se acercó al espejo para comprobar que estaba bien afeitado y, una vez satisfecho, salió del baño.
Después de ponerse el sombrero nuevo y las botas recién lustradas, bajó a la cocina, el corazón de la casa.
–Me voy –se despidió de todo el mundo.
Cuando se acercó al perchero, vio un vaso con rosas rojas en el alféizar. Mientras se ponía la cazadora de los domingos, se imaginó la cara de Danica si se las llevaba de regalo. Se quedaría sorprendida y lo miraría con buenos ojos…
Qué tontería, se dijo.
–¿Pasa algo, Win?
Winston se dio la vuelta.
–¿Has dicho algo, mamá?
Bajita, regordeta y de pelo gris, Madge era la antítesis de su alto y fibroso marido, Buck Champlain.
–Ha dicho que estás muy guapo –contestó su padre–. Tanto que será fácil convencerla para que te dé lo que es tuyo.
Madge golpeó a su marido con un paño y Winston tragó saliva. Lo habían notado. ¿A dónde iba con las botas y la ropa que solía usar los días de fiesta? No tenía una cita con ella. Iban a hablar de negocios.
–Solo quiero dar buena impresión.
–Me parece muy bien –sonrió Madge.
–Ya, claro –sonrió Buck–. Y si la chica es tan guapa como su hermana…
–Más –dijo entonces Jamesy, con la boca llena de galletas. Sus abuelos lo miraron, sorprendidos–. Es verdad. Y no se pinta la cara.
Winston pensó que su hijo y él tenían muchas cosas en común.
–¿No lleva maquillaje? –preguntó Madge.
–¿Eso qué es? –preguntó Jamesy.
–La pintura, hijo.
–La señorita Lynch no se pinta como la señora Thacker. Y es muy guapa.
Winston se acercó al fregadero para llenar un vaso de agua. De repente, tenía mucha sed. Quizá debería tomar una cerveza, se dijo. Eso le calmaría los nervios. Aunque no estaba nervioso… no, solo estaba histérico. ¿Qué le estaba pasando?, se preguntó, secándose las manos en los vaqueros.
Aquello no era una cita, solo habían quedado para hablar de la restitución del ganado. De todas formas, abrió la nevera y sacó dos cervezas. De ese modo, no aparecería con las manos vacías.
–Hasta luego.
Nervioso, bajó los escalones del porche. Pero aquel día no subió a la furgoneta vieja, sino al brillante jeep. Dejó las cervezas sobre el asiento, puso la radio a todo volumen y no la apagó hasta que estuvo frente a la casa.
Danica estaba en el porche, con una camiseta ajustada y unos vaqueros que se pegaban a sus piernas como si no quisieran separarse nunca. No eran tontos los vaqueros. Twig correteaba, alegre, a su alrededor.
Winston saltó del jeep con las cervezas en la mano.
–¿Te apetece una?
–Sí, gracias.
Se sentaron en el primer escalón del porche y permanecieron en silencio durante un rato.
–Bonita noche, ¿verdad?
–Preciosa. Este es un sitio muy tranquilo.
–La gente es un estorbo muchas veces, pero la gente a la que uno quiere hace que la vida sea soportable.
Danica lo miró, sorprendida.
–Es verdad.
–Y si estás de acuerdo, ¿qué haces aquí sola?
Ella tomó un trago de cerveza.
–No tengo a nadie –contestó por fin–. Mis padres murieron hace años y solo tenía a Dorinda.
–Vaya, lo siento.
–Mi madre tenía cuarenta y dos años cuando nacimos y mi padre cincuenta. Yo creo que ya no esperaban tener hijos y, de repente, nacimos nosotras.
–Pues debió ser una sorpresa.
–Supongo que sí. Mi padre murió de un infarto cuando estábamos en el instituto. A mi madre acababan de diagnosticarle un cáncer y estuvo aguantando hasta que terminamos la carrera. Pero después… se dejó ir.
–Imagino que lo pasaríais fatal. No sé lo que Jamesy y yo haríamos sin mis padres –suspiró Winston–. Hace unos años, mi padre tuvo un accidente. Uno de los alambres que sujetan las balas de paja se le clavó en el pecho y le atravesó el corazón.
–Qué horror. ¿Y qué pasó?
–Enviaron un helicóptero desde Cheyenne y, afortunadamente, se recuperó en el hospital.
–Clavarse un alambre en el corazón…
–¿Sabes que intentó quitárselo él mismo?
–¿En serio?
–Lo que oyes. Mi padre es un tipo muy fuerte –sonrió Winston.
–¿Y se ha recuperado del todo?
–Bueno… perdió tejido cardíaco y a veces tiene dolores, pero el pobre sabe que salió de una gorda.
Danica asintió, comprensiva.
–Dorinda hablaba muy bien de tus padres.
Él asintió con la cabeza.
–Son muy buena gente. Incluso les caía bien Bud, el marido de tu hermana.
–Yo casi no lo conocía. ¿Qué tal era?
Winston se quedó pensativo unos segundos.
–Solía venir por aquí en verano, cuando era pequeño. Ned era hermano de su madre y como no tenía familia, se alegraba mucho de ver a su único sobrino. Tanto que nadie se atrevía a decirle qué clase de persona era.
–¿Y qué clase de persona era? –preguntó Danica.
–Ya desde pequeño… bueno, se metía en líos, peleas y cosas así. Cuando Ned murió, Bud se casó con tu hermana y todos pensamos que había cambiado.
–Dorinda y él se conocieron en un rodeo. En Mesquite, Texas.
–Sí, siempre hablaba del rodeo. Decía que era una estrella, aunque aquí nadie lo conocía… Y yo he participado en algunos.
Danica lo miró, pero no parecía sorprendida.
–Yo le dije a mi hermana que esperase un poco, que no se casara. Siempre me dio mala espina. ¿Sabes que tuvo que salir corriendo de Dallas por culpa de unos cheques sin fondos?
–Típico de Bud –suspiró Winston–. Cuando el ganado empezó a desaparecer, se quejaba como si también estuviera perdiendo vacas. Incluso fue a denunciarlo. Por eso tardaron tanto en descubrir que era él quien las robaba.
–Pobre Dori. Se merecía algo mejor que eso.
–Bud es un sinvergüenza, desde luego. Cuando fueron a detenerlo, estaba metiendo las vacas en unos camiones que había robado en Dakota.
–Me lo creo. Pero entonces, todos recuperasteis vuestro ganado, ¿no?
–Todos menos yo. No puedes imaginarte lo que me dolió cuando Bud se negó a decir dónde estaban mis vacas –explicó él–. Y lo peor de todo es que a los demás les había robado terneros, pero a mí me había robado vacas de cría, lo más importante de un rebaño.
–Parece que quería hacerte más daño que a los demás.
–Sí, y no sé por qué. Mis padres y yo siempre nos habíamos portado muy bien con él.
–Quizá tenía celos de ti –sugirió Danica.
–Sí, ya. Lo único que alguien puede envidiarme es a Jamesy. Tengo treinta y siete años y sigo viviendo con mis padres, así que… Desde luego, algún día el rancho será mío, pero por ahora soy un realquilado.
–¿Y por qué no te vas a vivir a otro sitio?
–Porque mis padres me necesitan. Además, yo nací aquí, crecí aquí y espero morir aquí. Y espero que mis hijos lo hagan también.
–¿Y por qué no te compras tu propia casa?
Winston se encogió de hombros.
–¿Para qué? Mis padres habían pensado construir una segunda casa en la propiedad cuando me casé, pero desde el principio estaba claro que Tammy no sabía hacer nada, así que… Y, al final, se marchó.
–Háblame de ella –dijo Danica.
Winston apartó la mirada. Le alegraba que quisiera saber cosas de su vida, aunque para eso tuviera que recordar el pasado.
–La conocí en un rodeo, en Cheyenne.
–Eso de los rodeos debe ser muy romántico –sonrió ella.
–Al principio, yo lo hacía solo para divertirme, pero como empecé a ganar premios… Además, fuera donde fuera, siempre me encontraba con Tammy y al final, empezamos a salir juntos. Poco después, yo me cansé del rodeo y de las fiestas. Lo que me apetecía era instalarme en el rancho. Un día fuimos a Las Vegas y, a la mañana siguiente, me desperté con un dolor de cabeza y un anillo en el dedo.
–¿Y qué pasó?
–Que Tammy no podía soportar el rancho. Creo que se habría marchado el primer mes si no hubiera descubierto que estaba embarazada. Después, cuando Jamesy nació, nos peleábamos todos los días –suspiró Winston–. Tammy quería volver al rodeo, o más que al rodeo a las fiestas, a la vida irresponsable… y yo quería quedarme en casa, así que llegamos a un compromiso: la llevaría a Rawlins dos veces al mes para tomar una copa y divertirnos. Pero yo no me divertía nada. Poco después, empezó a salir sola y a veces no volvía a casa durante días y días.
–¿En serio? –murmuró Danica.
–Como te lo digo. Por fin, un día descubrí que se había marchado de casa. Como un tonto, fui a buscarla y la encontré en Rawlins, subiendo al autobús. Cuando le pregunté qué iba a pasar con Jamesy, me dijo que yo sabría cuidar de él –suspiró Winston–. Eso fue hace seis años y no hemos vuelto a saber nada de ella desde entonces. Hace dos años, mi abogado averiguó por fin dónde debía enviar los papeles de divorcio. Si no, aún seguiría casado con… esa mujer.
–Qué horror.
Winston se terminó la cerveza de un trago, mientras la de Danica seguía casi llena. No le gustaba beber. Mejor, pensó tontamente.
–¿Y tú? ¿Has estado casada?
–Desgraciadamente, sí –contestó Danica–. Todo el mundo mete la pata.
–¿Quién era?
–Un médico que conocí mientras hacía las prácticas.
–Ah.
Un médico, ni más ni menos. Winston tenía la impresión de que ese tipo no le habría caído nada bien.
–Era guapo, encantador… y tenía consulta propia.
Nada, pero nada bien.
–¿Y dónde está ese príncipe?
–Probablemente, con su conquista de última hora –contestó ella, tomando un trago de cerveza–. La primera vez que lo pillé engañándome llevábamos solo seis meses casados.
–Vaya.
Menudo canalla, pensó.
–Esa vez lo perdoné porque parecía contrito y, bueno, ya te puedes imaginar. Pero un año después, volví a pillarlo con otra. Y aquella vez, en su propia consulta.
Winston sacudió la cabeza. ¿Cómo un hombre casado con aquella preciosidad de mujer podía engañarla con otra?
–Debía estar ciego.
–No es mala persona –suspiró Danica–. Es que no puede quitarle las manos de encima a las enfermeras. Hace poco tuve que trabajar para él y me tocó el trasero como si fuera una desconocida. ¡A mí, su ex mujer!
Por alguna extraña razón, eso lo puso furioso. Tan furioso que tuvo que hacer un esfuerzo para disimular.
–¿Y cómo acabaste trabajando para ese canalla?
–Yo trabajaba para un pediatra que estaba buscando un socio. Un día fui a la consulta y me encontré con Mike.
Mike. Qué nombre tan feo.
–¿Y por qué no dejaste el trabajo?
–¿Por qué iba a dejar mi trabajo? Además, Mike y yo nos llevábamos bien. No tuvimos un divorcio de esos de tirarse los trastos a la cabeza.
Demasiado amistoso, pensó Winston.
–Pues yo prefiero mi situación.
–¿Ah, sí? ¿Y no la cambiarías, aunque fuera por Jamesy?
–Tienes razón –suspiró él–. Quizá la cambiaría por mi hijo. No conocer a su madre es algo que un niño no puede asimilar.
Danica volvió la cabeza para mirarlo y Winston se perdió en aquellos ojos castaños.
–No eres lo que yo pensaba.
Ella estaba diciendo algo. Veía que movía la boca, pero no sabía de qué hablaba. Solo podía mirar sus labios, unos labios generosos, húmedos…
Winston se inclinó para estar más cerca. Y Danica no se apartó.
Pero, de repente, se levantó de un salto.
–¿El cielo siempre se pone así de rojo por las tardes? Supongo que tú estarás acostumbrado, pero a mí me resulta extraño. Es como si hubiera un incendio en alguna parte.
Winston decidió aparentar también él que no pasaba nada. Sin embargo, había ocurrido algo, no sabía qué.
–Sí, claro.
–Por cierto, ¿dónde está la tienda más próxima?
–¿Qué tienda?
–Pues… la tienda de comestibles. Para comprar carne, verduras, fruta… Solo tengo latas en la despensa.
–Hay que enchufar la nevera. Dorinda me pidió que la desenchufara porque le daba miedo dejarla simplemente desconectada –empezó a decir él, sin saber de qué estaba hablando–. Si quieres, volveré a enchufarla.
Ella lo miraba como si tuviera dos cabezas.
–¿Dónde has dicho que está la tienda?
Winston se limpió el polvo de los vaqueros, desconcertado. Definitivamente, allí estaba pasando algo.
–En Rawlins. Pero si necesitas algo, seguro que puede prestártelo mi madre.
–No hace falta, gracias. Por ahora, le estoy dando a Twig carne de lata.
–¿Seguro que no hay comida para perros en el granero?
–No se me ha ocurrido mirar.
–Si quieres te traeré comida mañana. Dorinda dejó un saco en casa…
–No hace falta. Iré a mirar en el granero y si no hay, la compraré en Rawlins.
–¿Quieres que vaya contigo? Así podría enseñarte el pueblo –dijo Winston, esperanzado.
–No… tengo que mirar en el granero.
–Puedo ir a mirar yo, si quieres.
–No, gracias. La verdad es que tengo que echar un vistazo por aquí. No sé dónde están las cosas y tengo que saberlo antes de… pero no estás aquí para hablar de eso. Íbamos a hablar de la orden de restitución. En la orden dice que tienes derecho a recuperar tus cuarenta cabezas de ganado, así que hazlo. Elige las vacas que quieras.
–¿Así de fácil? –preguntó él, sorprendido.
–¿Y qué quieres que haga?
–Si yo estuviera en tu lugar, querría tomar parte en la elección. ¿Cómo sabes que no voy a llevarme las mejores?
–Confío en ti –contestó Danica tranquilamente.
Una frase corta y sencilla. Pero el corazón de Winston se aceleró.
–Muy bien. Mañana por la tarde vendré para buscar las vacas. Por deferencia, antes quiero decírselo a Abe Summers.
–¿Quién es Abe Summers?
–El vecino del norte, el que está dándole de comer a tu ganado. Abe se ofreció a hacerlo porque era el único al que Bud no le robó nada.
–¿Y por qué no le has pedido a él las vacas?
–Porque me parecía mejor discutirlo con Dorinda.
–Ya –murmuró ella–. ¿Y si yo no hubiera aparecido?
–Pues… supongo que habría ido a Texas a buscarla.
Danica sacudió la cabeza.
–Eres un tipo extraño.
–Tú también –sonrió Winston.
–Pues estamos iguales.
–Parece que tenemos muchas cosas en común.
–Sí, ya, bueno. Gracias por venir –dijo ella entonces, ofreciendo su mano.
–Podría traer otro caballo mañana. Por si cambias de opinión y quieres venir conmigo a revisar el ganado.
Danica negó con la cabeza.
–No, gracias. Prefiero que lo hagas tú solo.
–Muy bien. Entonces, hasta mañana.
–Gracias por la cerveza.
–Gracias por la compañía.
–Por aquí no hay mucha, ¿no?
–Es difícil encontrar alguien con quien te guste charlar –sonrió Winston.
–Buenas noches.
–Buenas noches –suspiró él, inclinándose para tomar el bote de cerveza.
–Déjalo. Yo lo tiraré a la basura –dijo Danica, impaciente.
Cuando volvía al jeep, Winston iba pensativo. Por un momento, antes de que ella se levantara de un salto, había estado a punto de besarla. Y quizá volvería a ocurrir si era paciente. Se le daba bien ser paciente. Lo que no sabía era si la paciencia lo llevaría a algún sitio.
Danica Lynch era una chica llena de contradicciones. Un día le daba con la puerta en las narices y después le decía que eligiera él mismo las vacas. Parecía dispuesta a besarlo, pero después se apartaba de un salto. No la entendía, pero daba la impresión de ser una buena persona. Y era más seria que su hermana.
Sonriendo, Winston se preguntó si tendría tiempo de conocerla mejor.
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