Escrito en las Estrellas

Sydney Sheldon · Capítulo 1 de 6 · parte 1/4

Páginas del PDF

Escrito en las Estrellas

Start

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Sydney Sheldon

Escrito en las Estrellas

OceanofPDF.com

Top Emecé

Escrito en las estrellas

Sheldon, Sydney

Emecé editores España, S.A.

Enrique Granados, 63 -08008 Barcelona- Tel 454 1072

Título original: The Stara Shine Down

Traducido por: Edith Zilli

ISBN 84-7888-250-2 22065

Copyright 1992 by Sydney Sheldon

Emecé Editores, 1996

Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Lara Cameron es una empresaria moderna y visionaria que ha trabajado sin pausa para alcanzar el éxito y el poder. Desde el oscuro pasado que trata de ocultar, al presente de renombre y fortuna, el ascenso de Lara se explica por

su natural habilidad para elegir a quienes la ayudan a realizar sus ambiciones. Sin embargo, hay quien planea una venganza que puede costarle su reputación y el control del imperio que ha llevado toda una vida construir.

Verdadero maestro de la literatura de entretenimiento, Sidney Sheldon ha sido también guionista, director y productor de cine y TV. Ha ganado un Oscar, un Emma, un Tony y el prestigioso Premio Edgar Allan Poe.

Agradecimientos

Tengo una deuda de gratitud con quienes fueron generosos con su tiempo y experiencia.

Larry Russo, que me guió por el arcano laberinto de los más grandes apostadores: los constructores de inmuebles.

Los genios musicales que me invitaron a entrara en su mundo privado: Mona Gollabeck, John Lill, Zubin Mehta, Dudley Moore, André Previn y los administradores de los bienes de Leonard Bernstein.

También deseo expresar mi agradecimiento a los habitantes de Glace Bay por su cálida hospitalidad. Confío en que sabrán perdonarme las pocas licencias dramáticas que consideré necesario tomarme.

Cualquier pericia que pueda contener este libro pertenece a los nombrados.

Cualquier error es mío.

El autor

Dedicado a Morton Janklow, un hombre para todo momento.

Capítulo Uno

Jueves, 10 de septiembre de 1992

OceanofPDF.com

20:00

El 727 se perdía en un mar de cúmulos que sacudían el avión como si fuera una gigantesca pluma plateada. Por el altavoz se oyó la voz preocupada del piloto.

–¿Tiene ajustado el cinturón de seguridad, señora Cameron?

No hubo respuesta.

–Señora Cameron… Señora Cameron…

Ella salió bruscamente de una profunda ensoñación.

–Sí. – Sus pensamientos habían derivado hacia épocas y lugares más felices.

–¿Se siente bien? Creo que pronto saldremos de esta tormenta.

–Estoy bien, Roger.

Tal vez tengamos la suerte de estrellarnos, pensó Lara Cameron. Sería un final adecuado. En algún momento, de algún modo, todo había empezado a ir mal. Es el destino, pensó Lara. Contra el destino no se puede. En el último año su vida había tomado un giro disparatado, fuera de control.

Corría peligro de perderlo todo. Al menos ya no hay nada que pueda salir mal, pensó, irónica.

Se abrió la puerta delantera y el piloto entró en la cabina. Por un momento se detuvo a admirar a su pasajera. La mujer era hermosa, con un pelo negro y brillante recogido en un moño, el cutis impecable y unos ojos inteligentes y grises como los de un gato. Apenas el avión despegó de Reno, se había

cambiado la ropa por un vestido blanco de Scaasi, que dejaba los hombros al descubierto y acentuaba su esbelta y seductora figura.

Le rodeaba el cuello un collar de diamantes y rubíes. ¿Cómo puede mantener esa calma cuando el mundo se derrumba a su alrededor? se preguntó el hombre. Durante todo el mes anterior los periódicos la habían estado atacando sin misericordia.

–¿El teléfono sigue sin funcionar, Roger?

–Temo que sí, señora Cameron. Hay mucha interferencia debido a la tormenta. Llegaremos a La Guardia con una hora de retraso. Lo siento.

Voy a llegar tarde a mi propia fiesta de cumpleaños, pensó Lara. Allí estará todo él mundo. Doscientos invitados, incluido el vicepresidente de Estados Unidos, el gobernador de Nueva York, el alcalde, celebridades de Hollywood, atletas famosos y financieros de cinco o seis países. Ella misma había aprobado la lista de invitados.

Imaginó el gran salón de baile del Cameron Plaza, donde se realizaba la fiesta. Del techo colgarían arañas de cristal, que reflejarían prismas de luz con deslumbrante fulgor de diamantes. Habría cubiertos para doscientos invitados en veinte mesas, cada una de las cuales luciría la mantelería más fina, porcelana, plata y cristalería, y en el centro habría un adorno floral de orquídeas y crisantemos blancos.

En cada extremo del gran salón habría un servicio de bar. En el centro, una larga mesa de platos fríos, con un cisne tallado en hielo; a su alrededor, caviar Beluga, camarones, langostas y cangrejos, mientras el champaña se

enfriaba en cubos de hielo. En la cocina esperaría una tarta de cumpleaños de diez pisos. A esas horas camareros, jefes de personal y guardias de seguridad estarían en sus puestos.

En el estrado del salón, la orquesta se prepararía para tentar a los invitados a pasar la noche bailando, como celebración de su cuadragésimo cumpleaños.

Todo estaría listo.

La cena iba a ser deliciosa. Ella misma había elegido el menú. Para comenzar, paté de foie gras, seguido de sopa de crema de setas, filetes a la John Dory y el plato principal: cordero con romero y suflé de manzana, guisantes y ensalada con aceite de avellanas. Después, quesos y uvas seguidos por la tarta de cumpleaños y café.

Sería una fiesta espectacular. Ella mantendría la cabeza en alto, afrontando a sus invitados como si no ocurriera nada malo. Era Lara Cameron.

OceanofPDF.com

Cuando por fin el avión privado aterrizó en La Guardia, llevaba un retraso de una hora y media. Lara se volvió hacia el piloto.

–Esta misma noche volveremos a Reno, Roger.

–Aquí estaré, señora Cameron.

En la rampa la esperaban su limusina y su chofer.

–Empezaba a preocuparme por usted, señora Cameron.

–Hemos tenido mal tiempo, Max. Vamos al Plaza lo más rápido posible.

–Sí, señora.

Lara cogió el teléfono del coche y marcó el número de Jerry Townsend, quien se había encargado de organizar la fiesta. Quería asegurarse de que sus invitados estuvieran bien atendidos. No hubo respuesta. Probablemente está en el salón de baile, pensó.

–Dése prisa, Max.

–Sí, señora.

Al ver el enorme Cameron Plaza Hotel, Lara nunca dejaba de experimentar un sentimiento de satisfacción por lo que había creado, pero esa noche tenía demasiada prisa como para pensar en eso. Todo el mundo la estaría esperando en el gran salón de baile.

Transpuso la puerta giratoria y cruzó apresuradamente el espectacular

vestíbulo. Carlos, el subgerente, acudió corriendo.

–Señora Cameron…

–Más tarde -replicó Lara. Siguió caminando. Al llegar a la puerta cerrada del gran salón de baile, se detuvo para aspirar profundamente. Ya estoy lista para enfrentarme a ellos, pensó, y abrió la puerta de par en par, con una sonrisa en la cara. La sorpresa la inmovilizó. El salón se encontraba completamente a oscuras. ¿Estarían planeando alguna sorpresa? Alargó la mano hacia el interruptor, que estaba detrás de la puerta. El enorme salón se inundó de luz incandescente. Allí no había nadie. Ni una sola persona. Lara se quedó estupefacta.

¿Qué diantres podía haber ocurrido con los doscientos invitados? Estaban citados a las ocho. Ya eran casi las diez. ¿Cómo podía haber desaparecido tanta gente? Era un misterio. Paseó la vista por el enorme salón desierto y se estremeció. El año anterior, en su fiesta de cumpleaños, ese mismo salón se había llenado de amigos, de música y risas. Recordaba tan bien ese día…

OceanofPDF.com

Capítulo Dos

Un año antes, los compromisos de Lara Cameron para ese día habían sido los de rutina.

10 de septiembre de 1991

5:00 Ejercicios con preparador físico.

7:00 Presentación en Buenos días, América.

7:45 Reunión con banqueros japoneses.

9:30 Jerry Townsend.

10:30 Comisión Planificadora.

11:00 Faxes. Llamadas al exterior. Correspondencia.

11:30 Reunión de construcción.

12:30 Reunión con SL.

13:00 Almuerzo. Entrevista revista Fortune. Hugh Thompson.

14:30 Banqueros del Metropolitan Union.

16:00 Comisión de Urbanismo.

17:00 Reunión con alcalde. Gracie Mansion.

18:15 Reunión arquitectos.

18:30 Comisión de Vivienda.

19:30 Cóctel con grupo inversor Dallas.

20:00 Fiesta cumpleaños en gran salón Cameron Plaza.

Cuando llegó Ken, su instructor, ella estaba esperándolo con impaciencia, vestida con su equipo de gimnasia.

–Llega tarde.

–Lo siento, señora Cameron. Mi despertador no sonó y…

–Hoy tengo mucho que hacer. Comencemos.

–Bien.

Hicieron ejercicios de estiramiento durante media hora: después pasaron a los enérgicos aeróbicos.

Tiene el cuerpo de una muchacha de veinte años, pensó Ken. De buena gana me la llevaría a la cama. Le gustaba ir allí todas las mañanas sólo para mirarla y estar cerca de ella. La gente siempre le preguntaba cómo era Lara Cameron. Él respondía: «Perfecta».

Lara practicó la agotadora gimnasia con facilidad, pero esa mañana no estaba concentrada.

Por fin, al terminar la sesión, Ken dijo:

–Voy a verla en Buenos días, América.

–¿Qué? – Por un momento Lara se había olvidado del programa televisivo.

Estaba pensando en la reunión con los banqueros japoneses.

–Hasta mañana, señora Cameron.

–No vuelva a retrasarse, Ken.

Lara se dio una ducha, se cambió y desayunó sola en la terraza del apartamento: pomelo, cereales y té verde. Al terminar pasó a su estudio y llamó a su secretaria.

–Haré las llamadas al exterior desde la oficina -dijo-. A las siete debo estar en el canal de ABC. Que Max traiga el coche.

Su presentación en Buenos días, América salió bien: Fue Joan Lunden quien se encargó de la entrevista, con la amabilidad de siempre.

La última vez que estuvo usted en este programa -dijo Joan Lunden-, acababa de poner la primera piedra del rascacielos más alto del mundo. Eso fue hace casi tres años.

Lara asintió.

–En efecto. El edificio Torres Cameron quedará terminado el año próximo.

OceanofPDF.com

–¿Qué se siente al estar en su situación, después de haber hecho tantas cosas increíbles, siendo todavía tan joven y hermosa? Usted es un modelo para muchas mujeres.

–¡Qué halago! – replicó Lara con una sonrisa-. No tengo tiempo para considerarme modelo de nada. Estoy demasiado ocupada.

–Usted ha tenido uno de los mayores éxitos en el negocio de la construcción, que habitualmente se considera dominio de los hombres.

¿Cómo trabaja? ¿Cómo decide, por ejemplo, dónde levantar un edificio?

–Yo no elijo el lugar -respondió Lara-. El lugar me elige a mí. A veces paso en automóvil por un solar vacío… pero no es eso lo que veo, sino un hermoso edificio de oficinas o un encantador bloque de apartamentos lleno de gente que vive cómodamente en una atmósfera agradable. Sueño.

–Y hace que esos sueños se tornen realidad. Volvemos después de una pausa publicitaria.

Los banqueros japoneses harían acto de presencia a las 7:45. habían llegado de Tokio la noche anterior. Lara había concertado la entrevista a primera hora de la mañana a fin de que aún estuvieran afectados por las doce horas y diez minutos d evuelo y le consiguiente jet-lag. Cuando ellos protestaron, les dijo:

–Lo siento mucho, señores, pero temo que es mi único horario disponible.

Inmediatamente después de nuestra entrevista parto hacia América del Sur.

Y ellos aceptaron, a regañadientes. Eran cuatro, diminutos y corteses, de

mente tan afilada como las espadas de los samurai. Una década antes, la comunidad financiera subestimaba insensatamente a los japoneses. Ya no se cometía ese error.

La reunión se llevó a cabo en el Centro Cameron de la Sexta Avenida. Los banqueros tenían la intención de invertir cien millones de dólares en un nuevo complejo hotelero que Lara estaba construyendo. Se los hizo pasar a la gran sala de conferencias. Cada uno de ellos traía un regalo. Lara les dio las gracias y a su vez les entregó un obsequio a cada uno. Había indicado a su secretaria que fuesen envueltos en sencillo papel marrón o gris.

OceanofPDF.com

Para los japoneses, le blanco representaba la muerte y las envolturas vistosas eran inaceptables.

Tricia, su secretaria, trajo té para los japonenses y café para Lara. Los japoneses también habrían preferido café, pero eran demasiado corteses como para decirlo. Cando acabaron el té, Lara hizo que se llenasen otra vez las tazas.

Howard Keller, el socio de Lara, entró en la sala. Era un cincuentón pálido y delgado, de pelo pajizo; vestía un traje arrugado siempre se las ingeniaba para dar la impresión de que acababa de levantarse. Lara hizo las presentaciones. Keller repartió copias de la propuesta de inversiones.

–Como ustedes verán, caballeros -dijo Lara, ya tenemos una primera hipoteca. El complejo contendrá setecientas veinte unidades de alojamiento, aproximadamente veintiocho mil metros cuadrados de espacio para reuniones y un aparcamiento de novecientos treinta…

Su voz se estaba cargando de energía. Los banqueros japoneses estudiaban la propuesta de inversión, esforzándose por mantenerse despiertos.

La reunión terminó en menos de dos horas y fue un éxito completo. Lara sabía, desde hacia mucho, que era más fácil cerrar un contrato por cien millones de dólares que conseguir prestados cincuenta mil.

En cuanto se hubo marchado la delegación japonesa, Lara hizo pasar a Jerry Townsend. Ese hombre alto, hiperactivo, era un ex publicitario de Hollywood y estaba a cargo de las relaciones públicas de Cameron Enterprises.

–Estupenda la entrevista de esta mañana en Buenos días, América. He recibido muchas llamadas.

–¿Qué se sabe de Forbes?

–Todo arreglado. La semana que viene People la sacará en su portada. ¿Ha visto el artículo que ha publicado el New Yorker sobre usted? ¿No es magnífico?

Lara se acercó a su escritorio.

–No está mal.

–La entrevista con Fortune está acordada para esta tarde.

–La he cambiado.

Jerry Townsend puso cara de sorpresa.

–¿Por qué?

–He invitado al periodista a almorzar aquí.

–¿Para ablandarlo un poquito?

Lara puso el botón del intercomunicador.

–Ven, Kathy.

Una voz dijo:

–Sí, señora Cameron.

Lara alzó la mirada.

–Eso es todo Jerry. Quiero que usted y su personal se concentren en el Torres Cameron.

–Ya lo estamos haciendo…

–Hagamos más. Quiero que se escriba sobre ellas en todos los periódicos.

Por el amor de Dios, va a ser el edificio más alto del mundo. ¡Qué mundo!

Quiero que la gente hable de eso. Que cuando lo inauguremos la gente implore por comprar esos apartamentos y esos locales.

Jerry Townsend se puso de pie.

–De acuerdo.

Kathy, la secretaria ejecutiva de Lara, entró en la oficina. Era una mujer atractiva, de unos treinta y dos años, pulcramente vestida de negro.

–¿Has averiguado qué le gusta comer?

–El hombre es un gourmet. Le gusta la comida francesa. Llamé a Le Cirque y le pedí a Sirio que nos enviara un almuerzo para dos.

–Bien. Almorzaremos en mi comedor privado.

–¿Sabe usted cuánto tiempo le llevará la entrevista? Porque a las dos y media debe reunirse en el centro con los banqueros del Metropolitan.

–Posterga eso para las tres y haz que vengan ellos aquí.

Kathy tomó nota.

–¿Le leo los mensajes?

Adelante.

–La Fundación para la Infancia quiere que sea usted la invitada de honor el día veintiocho.

–No. Diles que me siento muy halagada. Envíales un cheque.

–El martes, en Tulsa, tiene una reunión con…

OceanofPDF.com

–Cancélala.

El próximo viernes está invitada a almorzar con cierto Grupo de Mujeres de Manhattan.

–No. Si piden dinero, envíales un cheque.

–La Coalición para la Alfabetización quiere que usted hable en un almuerzo que ofrece el día cuatro.

–Trata de hacerme tiempo.

–Hay una invitación especial a una función benéfica para la distrofia muscular, pero en esa fecha usted estará en San Francisco.

–Envíales un cheque.

–El sábado próximo los Srb dan una fiesta.

Trataré de ir -dijo Lara. Kristian y Deborah Srb eran divertidos y buenos amigos; con ellos lo pasaba bien.

Dime, Kathy, ¿cuántas Lara Cameron ves aquí?

¿Cómo?

Mira bien.

–Una, señora Cameron.

–En efecto. Soy sólo una. ¿Cómo pretendías que me reuniera con los banqueros del Metropolitan a las dos y media, con el alcalde a las cinco, con la Comisión de Vivienda a las seis y media, que fuera a un cóctel a las siete y media y a mi cena de cumpleaños a las ocho? La próxima vez que te ocupes de mi agenda trata de usar la cabeza.

–Disculpe. Usted quería que…

–Yo quería que pensaras. No necesito ineptos a mi alrededor. Reorganiza las citas con los arquitectos y la Comisión de Vivienda.

–Bien -dijo Kathy, turbada.

–¿Cómo está el bebé?

La pregunta tomó a la secretaria por sorpresa.

–¿David? Está… está bien.

–Ya ha de estar crecido.

–Tiene casi dos años.

–¿Has pensado en buscarle escuela?

–Todavía no. Es demasiado pronto para…

–Te equivocas. En Nueva York, si quieres enviar a tu hijo a una escuela decente, debes comenzar a buscarla antes de que nazca.

–Lara anotó algo en su bloc-. Conozco al director de Dalton. Haré que inscriban a David allí.

–Yo… gracias, señora.

Lara no se molestó en levantar la vista.

–Eso es todo.

–Sí, señora.

Kathy salió de la oficina sin saber si amar u odiar a su jefa. Al ingresar en Cameron Enterprises la habían prevenido contra Lara Cameron. «La Mariposa de Hierro es una apisonadora», le habían dicho. «Sus secretarias no calculan la duración de su empleo por el calendario sino por el cronómetro. Te va a comer viva.»

Kathy recordaba su primera entrevista. Aunque había visto fotos de Lara Cameron en cinco o seis revistas, ninguna de ellas le hacía justicia. En persona era de una belleza deslumbrante.

Lara Cameron había estado leyendo sus antecedentes. Levantó la vista y le indicó:

Siéntese, Kathy. – Su voz era sensual y vibrante. Había en ella mi energía casi sobrecogedora-. Su currículum es muy bueno.

–Gracias.

–¿Cuánto de esto es verdad?

–¿Cómo dice?

–Casi todos los que llegan a mi escritorio son pura ficción. ¿Es eficiente?

–Soy muy eficiente, señora Cameron.

–Dos de mis secretarias acaban de renunciar. Aquí el trabajo se está acumulando. ¿Puede trabajar bajo presión?

–Creo que sí.

–Esto no es un juego de adivinanzas. ¿Puede trabajar bajo presión o no?

En ese momento Kathy no estaba segura de desear el empleo.

–Sí.

–Bien. La tomo a prueba por una semana. Tendrá que firmar un formulario comprometiéndose a no hablar nunca de mí ni de su trabajo en Cameron Enterprises. Es decir: nada de entrevistas, de libros ni de nada. Todo lo que ocurre aquí es confidencial.

–Comprendo.

–Bien.

OceanofPDF.com

Así había comenzado todo, cinco años atrás. En ese tiempo Kathy aprendió a amar, odiar, admirar y despreciar a su jefa. En un principio, su esposo le había preguntado:

–¿Cómo es la legendaria Cameron?

La pregunta era difícil de responder.

–Colosal -había dicho Kathy-. De una hermosura que mata. Nunca he visto a nadie trabajar tanto. Sólo Dios sabe cuándo duerme. Y es tan perfeccionista que todos a su alrededor se sienten fatal. A su modo, es un genio. Puede mostrarse mezquina, vengativa e increíblemente generosa.

Su esposo sonrió.

–En otras palabras, es una mujer -dijo.

Kathy lo miró sin sonreír.

–No sé qué es. A veces me asusta.

–Vamos, tesoro, ¿no crees que exageras?

–No. Francamente, creo que si alguien se interpusiera en el camino de Lara Cameron, ella lo mataría.

Al terminar con los faxes y las llamadas de ultramar, Lara llamó a Charlie Hunter por el intercomunicador.

–Venga, Charlie.

–Sí, señora Cameron.

Entró en su oficina un minuto después; era un joven ambicioso, a cargo de la contabilidad.

–¿Sí, señora Cameron?

–Esta mañana he leído la entrevista que le concedió al New Cork Times.

La cara del hombre se iluminó.

–Todavía no la he visto. ¿Cómo salió?

–En ella habla usted de Cameron Enterprises y de algunos problemas que tenemos.

Él frunció el entrecejo.

–Bueno, probablemente ese periodista alteró algunas de mis…

–Está despedido.

–¿Yo? ¿Por qué? Si…

–Cuando fue contratado, firmó un documento comprometiéndose a no conceder entrevistas. Desocupe su oficina antes de mediodía.

–Pero… no puede hacer eso. ¿Quién ocupará mi puesto?

–Eso ya está arreglado -respondió Lara.

El almuerzo llegaba a su fin. Hugh Thompson, el periodista de Fortune, era un hombre nervioso, de aspecto intelectual y penetrantes ojos castaños detrás de unas gafas de montura negra.

–Ha sido un almuerzo delicioso -dijo-. Todos mis platos favoritos. Gracias.

–Me alegro de que lo haya disfrutado.

–No tenía por qué tomarse tantas molestias por mí.

–No ha sido ninguna molestia -sonrió Lara-.

Mi padre siempre decía que al corazón del hombre se llega por el estómago.

–¿Y usted quería llegar a mi corazón antes de iniciar la entrevista?

Lara sonrió.

–Exactamente.

–¿Hasta qué punto está su empresa en dificultades?

A Lara se le borró la sonrisa.

–¿Cómo dice?

–Señora Cameron, una cosa así no puede mantenerse en secreto por mucho tiempo. La calle comenta que algunas de sus propiedades están al borde del colapso, debido a los pagos de capital vencidos sobre sus bonos basura.

Usted ha hecho muchas operaciones de especulación; como el mercado está deprimido, Cameron Enterprises debe de encontrarse en dificultades.

Lara se echó a reír.

–¿Eso es lo que se comenta en la calle? Créame, señor Thompson, haría bien en no prestar atención a esos rumores. Le propongo algo: le enviaré un resumen del estado de mis finanzas para aclarar la situación. ¿Le parece justo?

–Me parece justo. A propósito, no he visto a su esposo en la inauguración del nuevo hotel.

Lara suspiró.

–Philip tenía muchos deseos de ir, pero desgraciadamente tuve que ausentarse debido a una gira.

–Hace unos tres años fui a un concierto suyo. Es brillante, ¿Cuánto tiempo llevan casados?

OceanofPDF.com

–Un año… el más feliz de mi vida. Soy una mujer muy afortunada. Viajo mucho y Philip también, pero puedo escuchar sus grabaciones dondequiera que esté.

Thompson sonrió.

–Y él puede ver los edificios de Cameron Enterprises donde quiera que esté.

Lara se echó a reír.

–Me halaga usted.

–¿Acaso no es cierto? Usted ha levantado edificios en todo este país. Posee edificios de apartamentos, bloques de oficinas, una cadena de hoteles…

¿Cómo lo ha hecho?

Ella sonrió.

–Con espejos.

–Es usted una verdadera incógnita.

–¿De veras? ¿Por qué?

–En este momento se podría decir que tiene la empresa constructora más exitosa de Nueva York. Su nombre está grabado en la mitad de los edificios de esta ciudad. Está levantando el rascacielos más alto del mundo. Sus competidores la llaman la Mariposa de Hierro. Ha triunfado en un negocio tradicionalmente dominado por los hombres.

–¿Le molesta eso, señor Thompson?

–No. Lo que me molesta, señora Cameron, es no poder adivinar quién es usted. Si interrogo a dos personas sobre usted, obtengo tres opiniones. Todo el mundo concuerda en que es una empresaria brillante. No puede haber triunfado así sin más, de la noche a la mañana. Conozco bastante el negocio de la construcción; está en mano de hombres rudos y toscos. ¿Cómo hace una mujer como usted para mantenerlos a raya?

Ella sonrió.

–Porque no hay mujeres como yo. Verá usted, señor Thompson, me limito a contratar a los mejores y a pagarles bien.

Demasiado simple, pensó él. Demasiado. La verdad debo buscarla en lo que no me dice. Y decidió cambiar el rumbo de la entrevista.

–Todos los periódicos del país han escrito sobre sus éxitos. A mí me gustaría poner una nota más personal. Se ha hablado muy poco de su pasado.

–Estoy muy orgullosa de él.

–Bien, hablemos de eso. ¿Cómo empezó usted a interesarse por los bienes raíces?

Lara sonrió. El periodista notó que la sonrisa era sincera. De pronto parecía una niña.

–Por los genes.

–¿Sus genes?

–Los de mi padre. – Señaló un retrato colgado en la pared, detrás de ella.

Mostraba a un hombre apuesto, de melena plateada-. Ése es mi padre: James Hugh Cameron -dijo, con voz suave-. Es responsable de mi éxito.

Soy hija única. Mi madre murió cuando era muy pequeña; fue mi padre quien me crió. Mi familia emigró de Escocia hace mucho tiempo, señor Thompson, para llegar a Nueva Escocia, Canadá… a Glace Bay.

–¿Glace Bay?

Es una aldea pesquera, en la parte nordeste del cabo Bretón, en la costa atlántica. Recibió su nombre de los primeros exploradores franceses; significa «bahía de hielo». ¿Más café?

–No, gracias.

–En Escocia, mi abuelo poseía una gran extensión de tierras, y mi padre adquirió todavía más. Era un hombre muy rico. Aún conservamos nuestro castillo de Loch Morlich. Cuando yo tenía ocho años montaba mi propio caballo, me compraban los vestidos en Londres y vivíamos en una casa enorme, con muchos criados. Para una niñita eso era como vivir un cuento de hadas. – En su voz vibraban los ecos de viejos recuerdos-. En invierno hacíamos patinaje sobre hielo o íbamos a los partidos de hockey; en verano nadábamos en el gran lago de Glace Bay. También había bailes en el Fórum y en los Jardines Venecianos.

El periodista tomaba notas afanosamente.

–Mi padre levantó edificios en Edmonton, Calgary y Notario -continuó ella-Para él los bienes raíces eran como un juego; le encantaban. Me enseñó ese juego siendo yo muy joven. Y aprendí a disfrutarlo. – Su voz se llenó de pasión-. Debe usted comprender algo, señor Thompson. Lo que hago no tiene nada que ver con el dinero ni con los ladrillos y el acero que componen un edificio. Lo que importa es la gente. Yo puedo darles un sitio

cómodo para trabajar o vivir, un sitio donde puedan criar a sus hijos y llevar una vida decente.

OceanofPDF.com

Eso era lo importante para mi padre y pasó a ser importante para mí.

Hugh Thompson levantó la vista.

–¿Recuerda su primera operación inmobiliaria?

Lara se inclinó hacia adelante.

–Por supuesto. Cuando cumplí los dieciocho años, mi padre me preguntó qué regalo prefería. Por entonces a Glace Bay estaba llegando mucha gente nueva, y faltaba espacio. Yo pensaba que la ciudad necesitaba más viviendas. Dije a mi padre que deseaba comprar una pequeña casa de apartamentos. Él me dio el dinero como regalo de cumpleaños, pero dos años después pude devolvérselo. Entonces pedí un préstamo para levantar un segundo edificio. A los veintiún años era dueña de tres edificios y tenía éxito con todos.

–Su padre debe de haberse sentido muy orgulloso.

Otra vez apareció aquella sonrisa cálida.

–Sí. Fue él quien me puso el nombre de Lara. Es un antigua nombre escocés, derivado del latín. Significa «muy conocida» o «famosa». Desde muy pequeña, mi padre me dijo que algún día sería famosa. – La sonrisa se borró-. Murió de un ataque cardiaco, siendo todavía demasiado joven. –

Hizo una pausa-. Todos los años voy a visitar su tumba. Me… me era muy difícil seguir viviendo en la casa sin él. Decidí mudarme a Chicago. Tenía la idea de instalar algunos hoteles de lujo y convencí a un banquero de la ciudad para que me los financiara. Los hoteles tuvieron éxito. – Se encogió de hombros-. Y el resto, para usar una frase hecha, es cosa sabida.

Probablemente, un psiquiatra diría que no he creado este imperio sólo para mí. En cierto modo es un tributo a mi padre. James Cameron el hombre más maravilloso que he conocido.

–Parece haberlo amado mucho.

–Sí. Y él también me amaba mucho. – Una sonrisa se dibujó en rostro-. Me han contado que cuando nací mi padre pagó una copa a todos los hombres de Glace Bay.

–De modo que todo comenzó en Glace Bay.

–En efecto -dijo Lara, con suavidad-, todo comenzó en Glace Bay, hace casi cuarenta años…

Capítulo Tres

Glace Bay, Nueva Escocia,

10 de septiembre de 1952

La noche en que nacieron sus hijos, James Cameron estaba en un prostíbulo, borracho y en la cama, emparedado entre dos gemelas escandinavas. Kristie, la madama del burdel, golpeó con fuerza la puerta.

–James! – gritó. Abrió la puerta y entró.

– Och, ye auld hen! -chilló James, indignado-. ¿Ni siquiera aquí se puede

tener un poco de intimidad?

–Lamento interrumpir tus placeres, James. Se trata de tu esposa.

–Que se joda mi esposa -rugió Cameron.

–La jodiste tú -replicó Kristie- y está teniendo el bebé.

–Que lo tenga. Para eso están las mujeres, ¿no?

–Acaba de llamar el médico. Te ha estado buscando desesperadamente. Tu esposa está mal. Será mejor que te des prisa.

James Cameron se incorporó para deslizarse hasta el borde de la cama, legañoso y tratando de despejarse la cabeza.

–Maldita mujer. No me deja en paz. – Levantó la vista hacia la madama-.

Vale, vale, ya voy. – Echó una mirada a las muchachas desnudas, que seguían en la cama- Pero no pienses que voy a pagar por estas dos.

–Eso ahora no importa. Pero tienes que volver a la pensión. – La mujer se volvió hacia sus pupilas-. Vosotras dos, venid conmigo.

OceanofPDF.com

James Cameron había sido atractivo, aunque su cara reflejaba los pecados satisfechos. Aparentaba algo más de cincuenta años. Tenía treinta y administraba una de las pensiones de Sean MacAllister, el banquero de la ciudad. Desde hacía cinco años James Cameron y Peggy, su esposa, se dividían las tareas: Peggy se ocupaba de limpiar y cocinar para los veinticuatro pensionistas; James se encargaba de emborracharse. Todos los viernes le correspondía cobrar los alquileres en las otras cuatro casas de huéspedes que MacAllister poseía en Glace Bay. Era un motivo más, si acaso le hacía falta, para salir a embriagarse.

James Cameron era un hombre amargado que disfrutaba de su amargura.

Era un fracasado y estaba convencido de que la culpa era de todos los demás. Eso hacía que se sintiese un mártir. Cuando tenia un año de edad, su familia había emigrado de Escocia a Glace Bay sin otros bienes que las pocas pertenencias que llevaban consigo; allí lucharon por sobrevivir. El padre empleó James en las minas de carbón cuando tenía catorce años. A los dieciséis el muchacho sufrió una leve lesión en la espalda y se apresuró a abandonar el trabajo en la mina. Un año después sus padres murieron en un accidente ferroviario. Fue entonces cuando James Cameron decidió que no era responsable de su adversidad; el destino estaba contra él. Pero tenía dos grandes cosas a favor: su extraordinaria apostura y, cuando quería, su encanto personal. Un fin de semana, en la vecina ciudad de Sydney, conoció a una sensible joven norteamericana llamada Peggy Maxwell, que estaba allí de vacaciones con su familia. No era atractiva, pero los Maxwell contaban con una gran fortuna y James Cameron era muy pobre. Peggy Maxwell se enamoró perdidamente contra los consejos de su padre, se casó con él.

–Doy a Peggy una dote de cinco mil dólares -dijo el padre a James-. Con ese dinero tendrás una posibilidad de llegar a algo. Puedes invertirlo en

bienes raíces y duplicarlo en cinco años. Te ayudaré.

Pero James no tenía interés en esperar cinco años. Sin consultar a nadie, invirtió el dinero en la disparatada empresa petrolera de un amigo; sesenta días después estaba arruinado. Su suegro, furioso, se negó a seguir ayudándolo. «Eres un tonto, James, y no pienso malgastar mi dinero contigo», le dijo.

OceanofPDF.com

El matrimonio, que supuestamente debía ser la salvación de James, resultó una verdadera calamidad, pues ahora tenía una esposa que mantener y estaba sin empleo.

Fue Sean MacAllister quien acudió en su ayuda. El banquero de la ciudad era un cincuentón robusto y pomposo al que le faltaba medio kilo para llegar a obeso; acostumbraba usar chalecos adornados con gruesas cadenas de oro para reloj. Había llegado a Glace Bay veinte años atrás, y de inmediato se había dado cuenta de las posibilidades que el lugar tenía. A la ciudad llegaban en gran número mineros y leñadores que no podían hallar alojamiento adecuado. MacAllister habría podido financiar la construcción de casas, pero tenía un plan mejor. Decidió que era más barato amontonar a los hombres en casas de huéspedes. En el transcurso de dos años construyó un hotel y cinco pensiones, que estaban siempre completos.

Lo difícil era hallar administradores, pues el trabajo era agotador. Al administrador le tocaba mantener todas las habitaciones alquiladas, supervisar la cocina, encargarse de las comidas y cuidar de que las viviendas se conservaran razonablemente limpias. En lo concerniente a los salarios, Sean MacAllister no era dado a malgastar el dinero.

En una de sus pensiones acababa de renunciar el administrador y MacAllister decidió que James Cameron era un buen candidato. De tanto en tanto el hombre pedía dinero en préstamo a su banco y estaba atrasado con los pagos. MacAllister lo mandó llamar.

–Tengo un empleo para ti -le dijo.

–¿De veras?

–Estás de suerte. Acaba de quedar libre un puesto excelente.

–¿En el banco? – preguntó James Cameron. La idea de trabajar en un banco le parecía atractiva. Donde había mucho dinero siempre existía la posibilidad de que se le pegara un poco a los dedos.

–En el banco no -replicó MacAllister-. Eres un joven muy atractivo, James, y creo que serás muy hábil para tratar con gente. Me gustaría que administraras mi pensión de la avenida Cablehead.

–¿Una pensión? – Había desprecio en la voz del joven.

–Necesitas un techo -señaló el banquero-. Tú y tu esposa tendréis alojamiento y comida gratis, además de un pequeño sueldo.

OceanofPDF.com

–¿Qué tan pequeño?

–Seré generoso contigo, James: veinticinco dólares a la semana.

–¿Veinticinco?

–Decídete, James. Hay otros que esperan.

James Cameron no tenía opciones.

–Acepto.

–Bien. Por cierto, todos los viernes tendrás que cobrar también los alquileres de las otras pensiones. Y los sábados me traerás el dinero.

Peggy se horrorizó al enterarse de la noticia.

–¡Pero si no sabemos nada de administrar pensiones, James!

–Ya aprenderemos. Compartiremos el trabajo.

Y ella le creyó.

–Está bien. Ya nos arreglaremos -dijo.

Y a su modo se habían arreglado.

Con el correr de los años, James Cameron tuvo varias oportunidades de conseguir mejores empleos, que le habrían dado dignidad v más dinero, pero disfrutaba demasiado de su fracaso como para abandonar el que tenía.

–¿Por qué molestarse? – rezongaba-. Cuando el destino está contra uno, nunca ocurre nada bueno.

Aquella noche de septiembre pensó: No puedo ni siquiera disfrutar en paz de mis putas. Al diablo con mi mujer.

Cuando salió del establecimiento de madame Kristie, fuera soplaba un helado viento de otoño.

Será mejor juntar fuerzas para los problemas que me esperan, decidió, y se detuvo en El Anciano Marinero.

Una hora después caminaba lentamente hacia la pensión de New Aberdeen, el sector más pobre de Glace Bay.

Cuando por fin llegó lo esperaban, nerviosos, cinco o seis pensionistas.

–El doctor está dentro, con Peggy -le informó uno de los hombres-. Date prisa, hombre.

James entró tambaleándose en la diminuta y horrible habitación trasera que compartía con su esposa. Desde otra habitación le llegó el gimoteo de un recién nacido.

Peggy yacía en la cama, inmóvil, con el doctor Patrick Duncan inclinado sobre ella. El médico se volvió al oírlo entrar.

–¿Qué ocurre? – preguntó James.

El doctor irguió la espalda y lo miró con desagrado.

–Deberías haber hecho atender a tu esposa -dijo.

–¿Por qué malgastar el dinero? Iba a tener un bebé, nada más. ¿Qué gran…?

–Peggy ha muerto. He hecho todo lo que he podido. Tuvo gemelos. Al varón no pude salvarlo.

–Oh, Cristo -gimió James Cameron-. Otra vez el destino.

–¿Qué?

–El destino. Lo tengo siempre contra mí. Ahora me ha quitado a mi niño.

Yo no sabía…

Entró una enfermera, llevando a un bebé diminuto envuelto en una manta.

–Ésta es su hija, señor Cameron -dijo.

–¿Una hija? ¿Qué demonios voy a hacer yo con una hija? – preguntó con voz cada vez mas pastosa.

–Me das asco -dijo el doctor Duncan.

La enfermera se volvió hacia James.

–Me quedaré hasta mañana y le enseñaré a cuidar de ella.

James Cameron miró el pequeño envoltorio arrugado y pensó, lleno de esperanzas: Tal vez ella también muera.

En las tres primeras semanas nadie estaba seguro de que la niña sobreviviera. Vino una nodriza para encargarse de ella. Por fin llegó el día

en que el médico pudo decir:

–Tu hija está fuera de peligro. – Mirando a James Cameron, agregó por lo bajo-: Dios se apiade de la pobre criatura.

–Tiene que elegir un nombre para la pequeña, señor Cameron -intervino la nodriza.

–Me importa un rábano el nombre, qué demonios. Póngale el que más le guste.

–¿Por qué no la llamamos Lara? Es un nombre bonito.

–Me da igual.

Y así fue como la niña fue bautizada con el nombre de Lara.

OceanofPDF.com

Lara no tenía a nadie que se ocupase de ella. La pensión estaba llena de hombres demasiado ocupados en sus propios asuntos para prestar atención a la niña. La única mujer disponible era Bertha, la enorme sueca contratada para encargarse de la cocina y la limpieza.

James Cameron había decidido que no quería saber nada de su hija. El maldito destino había vuelto a traicionarlo al permitir que sobreviviera. Por la noche se sentaba en la sala, con su botella de whisky, y se quejaba:

–Esa maldita criatura asesinó a mi mujer y a mi hijo.

–Haces mal en decir eso, James.

–Bueno, pues es así. El niño habría llegado a ser un hombre fuerte y apuesto. Habría sido inteligente y rico. Habría podido cuidar bien de su padre en la vejez.

Los inquilinos lo dejaban divagar.

James Cameron trató varias veces de ponerse en contacto con Maxwell, su suegro, con la esperanza de que él lo librase de la criatura, pero el viejo había desaparecido. Tengo tan mala suerte que ese maldito viejo debe de haberse muerto, pensó.

Glace Bay era una ciudad de habitantes transitorios que pasaban de una pensión a otra. Provenían de Francia, de la China, de Ucrania. Eran italianos, irlandeses y griegos; carpinteros, sastres, fontaneros y zapateros.

Acudían en tropel a las calles Main, Bell, North y Water, cerca del puerto.

Venían para trabajar en las minas, talar árboles y pescar en el mar. Glace

Bay era una ciudad de frontera, primitiva y tosca. El clima era una abominación: inviernos crudos, cuyas fuertes nevadas duraban hasta principios de primavera; debido al grueso hielo del puerto, hasta abril y mayo eran fríos y ventosos; desde julio a octubre llovía.

En la ciudad había dieciocho casas de huéspedes; algunas alojaban hasta setenta y dos inquilinos. En la pensión administrada por James Cameron eran veinticuatro, escoceses en su mayoría.

Lara estaba hambrienta de cariño sin saberlo. No tenía juguetes ni muñecas; tampoco compañeros de juego. Todo lo que tenía era a su padre.

OceanofPDF.com

Le hacía pequeños regalos infantiles, desesperada por complacerlo, pero él no les prestaba atención o se mofaba de ellos.

Cuando Lara tenía cinco años oyó que su padre decía a uno de los pensionistas:

No era ése el bebé que debía morir. Si hubiera sobrevivido mí hijo varón…

Esa noche Lara lloró hasta quedarse dormida. Amaba mucho a su padre.

Tanto como lo odiaba.

A los seis años Lara parecía una pintura de Keane; ojos enormes en una cara pálida y delgada. Ese año llegó un inquilino nuevo. Se llamaba Mungo McSween y era enorme como un oso. De inmediato se encariñó con la niña.

¿Cómo te llamas, pequeña?

Lara.

Bonito nombre para una niña bonita: ¿Vas a la escuela?

¿A la escuela? No.

¿Por qué?

No lo sé.

Pues tendremos que averiguarlo.

Y el hombre fue en busca de James Cameron.

–¿De modo que su hija no va a la escuela?

–¿Para qué? Es sólo una niña. No necesita ir a la escuela.

–Se equivoca, hombre. Hay que darle educación, para que tenga una oportunidad en la vida.

–Ni pensarlo -dijo James-. Sería perder el tiempo.

Pero McSween insistió. Por fin, para acallarlo, James Cameron accedió. De ese modo la pequeña estaría fuera de su vista por unas cuantas horas.

A Lara le aterrorizaba la idea de ir a la escuela. Había pasado toda su breve vida en un mundo de adultos, casi sin contacto con otros niños.

El lunes siguiente, la enorme Bertha la dejó en la Escuela Primaria St.

Anne, donde la llevaron al despacho de la directora.

–Ésta es Lara Cameron.

La señora Cummings, directora de la escuela, era una viuda madura, de pelo gris, con tres hijos. Estudió a la harapienta niñita que tenía delante.

–Lara. Qué nombre tan bonito -dijo, sonriendo-. ¿Cuántos años tienes, querida?

–Seis.

La niña estaba tratando de contener las lágrimas. Está aterrorizada, pensó la señora Cummings.

–Nos alegra mucho tenerte entre nosotros, Lara. Lo pasarás bien y aprenderás muchas cosas.

–No puedo quedarme -barbotó Lara.

–¿No? ¿Por qué?

–Mi papá me echa demasiado de menos. – Estaba ferozmente decidida a no llorar.

Seguir: parte 2 de 4