Escrito en las Estrellas

Sydney Sheldon · Capítulo 6 de 6

Páginas del PDF

Escrito en las Estrellas

–Sería mejor que vinieras. Tenemos unos cuantos problemas.

–Dentro de una hora estaré allí.

Cuando Lara llegó, estaban en medio de una reunión.

Se nos han arruinado dos operaciones -le informó Keller-. La compañía de seguros que iba a instalarse en nuestro edificio de Houston ha quebrado. Era nuestro único inquilino.

–Ya encontraremos otro -dijo Lara.

–No será tan simple. La maldita ley de reforma impositiva nos está perjudicando, como a todo el mundo. El Congreso ha liquidado la exención de impuestos a las empresas y eliminado casi todas las deducciones. Creo que vamos hacia una horrible recesión. Las sociedades de crédito inmobiliario con las que negociamos están en dificultades. Drexel, Burnharm y Lambert corren peligro de cerrar. Los bonos basura se están convirtiendo en terreno minado. Tenemos dificultades con seis de nuestros edificios. Dos de ellos están todavía a medio construir. Sin financiación

esos costos nos van a devorar vivos.

Lara pensaba.

–Podemos arreglarlo. Vende las propiedades necesarias para no dejar de pagar las hipotecas.

–No todas las noticias son malas -dijo Keller-. Reno nos proporciona casi cincuenta millones por año.

Lara no dijo nada.

El viernes 17 Lara partió hacia Reno. Philip la acompañó hasta el aeropuerto. Terry Hill esperaba en el avión.

OceanofPDF.com

–¿Cuándo vuelves? – preguntó Philip.

–Mañana, probablemente. No creo que esto me lleve mucho tiempo.

–Te voy a echar de menos -dijo Philip.

–Y yo a ti, querido.

El pianista se quedó hasta que el avión hubo despegado. La voy a echar de menos, pensó . Es la mujer más maravillosa del mundo.

En las oficinas de la Comisión de Juego de Nevada, Lara se enfrentó al mismo grupo de hombres con quienes se había entrevistado para solicitar la licencia del casino. Sin embargo, esta vez no se mostraron tan cordiales.

Le tomaron juramento; un empleado de la corte tomó nota de su testimonio.

El presidente dijo:

–Señora Cameron, nos han llegado ciertas acusaciones inquietantes con respecto a la licencia de su casino.

–¿Qué clase de acusaciones? – preguntó Terry Hill.

–A su debido tiempo llegaremos a eso. – El presidente volvió su atención a Lara-. Teníamos entendido que ésta era su primera experiencia en la adquisición de una casa de juegos, señora.

–En efecto. Lo dije en la primera audiencia.

–¿Cómo llegó usted a la cifra que ofreció? Es decir, ¿cómo calculó esa suma?

–Me gustaría conocer el motivo de esta pregunta -interrumpió Terry Hill.

–Un momento, señor Hill. ¿Quiere permitir que su cliente responda a la pregunta?

Terry Hill miró a Lara con un gesto de asentimiento.

Ella dijo:

–Hice que mis contables calcularan cuánto podíamos pagar; a eso agregamos una pequeña utilidad, y ésa fue mi oferta.

El presidente revisó el papel que tenía ante sí.

–Su oferta fue de cinco millones más que la segunda.

–¿Sí?

–¿Usted sabía eso en el momento de hacerla?

–No. Por supuesto que no.

–¿Conoce usted al señor Paul Martin, señora Cameron?

–No veo que estas preguntas estén relacionadas con el asunto que nos ocupa

-intervino Terry Hill.

–En un momento llegaremos a eso. Mientras tanto me gustaría que la señora Cameron respondiese a mi pregunta.

–No tengo objeciones -dijo Lara-. Sí, conozco a Paul Martin.

–¿Ha tenido algún trato comercial con él?

Lara vacilaba.

–No. Es sólo un amigo.

–Señora Cameron, ¿sabe usted que Paul Martin tiene fama de pertenecer a la Mafia, que…?

–Protesto. Eso no es más que un rumor. No tiene nada que con el objeto de esta audiencia -dijo Terry Hill.

–Muy bien, señor Hill. Retiro la pregunta. ¿Cuándo tuvo usted contacto con Paul Martin por última vez, señora Cameron?

Lara tardó en responder.

–No estoy segura. Para serle sincera, desde que me casé prácticamente no he vuelto a ver al señor Martin. Nos encontramos de tanto en tanto en alguna fiesta; eso es todo.

–Pero ¿no solía usted hablar por teléfono con él regularmente?

–Desde que me casé, no.

–¿Alguna vez discutió con Paul Martin los asuntos de este casino?

Lara miró a Terry Hill, que le hizo un gesto afirmativo.

–Sí. Creo que él llamó para felicitarme cuando me adjudicaron la concesión

y cuando me otorgaron la licencia para abrir el casino.

–¿Y no habló con él de eso en ninguna otra oportunidad?

–No.

–Le recuerdo que está bajo juramento, señora Cameron.

–Lo sé.

–¿Sabe cuál es la condena por perjurio?

–Sí.

El hombre mostró una hoja de papel.

–Aquí tengo una lista de quince llamadas telefónicas entre usted y Paul Martin, hechas en la época en que se estaban presentando los sobres cerrados para la adjudicación del casino.

OceanofPDF.com

Capítulo Veintinueve

La mayoría de los solistas parecen enanos ante el enorme auditorio del Carnegie Hall, con sus dos mil ochocientas butacas. No son muchos los músicos que pueden llenar esa prestigiosa sala, pero el viernes por la noche estaba repleta. Philip Adler salió al enorme escenario entre el atronador aplauso del público. Se sentó ante el piano, esperó un momento y comenzó a tocar. El programa consistía en sonatas de Beethoven. Con el correr de los años se había disciplinado para concentrarse sólo en la música, pero esa noche sus pensamientos se desviaban hacia Lara y sus problemas conyugales; por una fracción de segundo sus dedos vacilaron y se cubrió de sudor frío. Pasó tan pronto que el público no se percató.

Al terminar la primera parte del recital hubo fuertes aplausos. Durante el entreacto Philip volvió a su camarín.

El director de conciertos dijo:

–Magnífico, Philip. Los tienes hechizados. ¿Puedo traerte algo?

–No, gracias.

Philip cerró la puerta, lamentando que el recital no hubiera terminado ya.

Lo perturbaba profundamente su situación con Lara. La amaba mucho y se sabía amado, pero su relación parecía estancada. Cuando Lara partió hacia Reno, la tensión entre ellos era evidente. Tengo que buscar una solución, pensó Philip. Pero ¿cuál?¿Cómo llegar a un acuerdo que nos satisfaga a ambos?

Todavía estaba pensando en eso cuando alguien tocó a la puerta y la voz de un empleado dijo:

–Cinco minutos, señor Adler.

–Gracias.

La segunda mitad del programa era la sonata Claro de luna, una pieza conmovedora y emotiva. Cuando las últimas notas resonaron por el vasto salón, el público se puso de pie y comenzó a aplaudir entusiasmado. Philip saludaba en el escenario, pero estaba pensando en otra cosa. Debo regresar a casa para hablar con Lara, se dijo. Entonces recordó que ella estaba de viaje. Tenemos que solucionar esto ahora mismo. No podemos seguir así.

Los aplausos continuaban. El público gritaba: «¡Bravo!» y «¡Otra!». En otra ocasión Philip habría tocado algo más, pero esa noche estaba demasiado inquieto. Volvió a su camarín y se puso el traje de calle. Fuera sonaba un distante rumor de truenos. Los periódicos anunciaban lluvia, pero eso no había alejado a la multitud. La sala de descanso estaba llena de admiradores que lo esperaban. Siempre lo entusiasmaba sentir y escuchar la aprobación de los aficionados, pero esa noche no estaba de humor para atenderlos.

Permaneció en su camarín hasta que todos se hubieron marchado. Cuando salió era casi medianoche. Recorrió los pasillos desiertos y salió por la puerta lateral. La limusina no estaba allí. Tomaré un taxi, decidió.

Llovía torrencialmente. Soplaba un viento frío y la calle Cincuenta y siete estaba a oscuras. Mientras Philip caminaba hacia la Sexta Avenida, un hombre corpulento, cubierto por un impermeable, se acercó entre las sombras.

–Perdone usted, señor -dijo-. ¿Cómo se llega al Carnegie Hall?

Philip recordó el viejo chascarrillo que había contado a Lara y estuvo a punto de responder: «Practicando». Pero señaló el edificio que tenía detrás:

–Está allí mismo.

En el momento en que él se volvía, el hombre lo empujó con fuerza contra el edificio. Blandía en la mano una navaja de aspecto mortífero.

–Dame la cartera.

OceanofPDF.com

El corazón de Philip palpitaba con fuerza. Miró a su alrededor, buscando ayuda, pero la calle, barrida por la lluvia, estaba desierta.

–Vale, vale -dijo-. No se altere. Se la daré.

El hombre le apretó la navaja contra el cuello.

–No hay necesidad de… -comenzó a decir Philip.

–¡Cállate y dámela!

Philip hundió la mano en el bolsillo para sacar su cartera. El hombre la tomó con la mano libre y se la guardó en el bolsillo. Luego miró el reloj de Philip y se lo arrancó de un manotazo. Mientras lo hacía, cogió la mano izquierda del pianista y, apretándola con fuerza, le cruzó la muñeca con el afilado cuchillo, cortándola hasta el hueso. Philip lanzó un aullido de dolor.

La sangre comenzó a brotar a borbotones. El hombre huyó. Philip cayó sobre la acera, con la vista clavada en la sangre que salía de su muñeca e iba a mezclarse con la lluvia.

Se desmayó.

Libro Cuarto

Capítulo Treinta

Lara estaba en Reno cuando Marian Bell le telefoneó para informarle que Philip había sido atacado.

–¿Está malherido? – preguntó Lara.

–Todavía no sabemos nada, señora Cameron. Está en la unidad de vigilancia intensiva, en el Hospital Central de Nueva York.

Seis horas más tarde, Lara llegó al hospital. Howard Keller la estaba esperando. Parecía muy afectado.

–¿Qué ha ocurrido? – preguntó Lara.

–Al parecer Philip fue atacado cuando salía del Carnegie Hall. Lo encontraron en la calle, desmayado.

–¿Es grave?

–Le cortaron la muñeca. Le han dado un fuerte sedante, pero está consciente.

Entraron en la habitación.

–Philip… Philip…

Era la voz de Lara, que lo llamaba desde muy lejos. Abrió los ojos. Allí estaban Lara y Howard Keller. Parecía haber dos de cada uno. Estaba mareado y tenía la boca reseca.

–¿Qué ha pasado? – murmuró Philip.

–Te hirieron -dijo Lara-. Pero te recuperarás.

Philip miró hacia abajo y vio que tenía un grueso vendaje en la muñeca izquierda. Los recuerdos llegaron en tropel.

–Me… me atacaron. Un hombre me robó la cartera y el reloj… y luego me… cortó la mano.

Casi no podía hablar.

–El portero del teatro te encontró tendido en la calle -dijo Keller-. Perdiste mucha sangre.

La claridad iba volviendo. Philip se miró otra vez la mano.

–La muñeca… me cortó la muñeca… ¿Es grave?

–No lo sé, querido -dijo Lara-. Pero te recuperarás, ya verás.

–Hoy en día los médicos hacen maravillas -dijo Keller, en un esfuerzo por tranquilizarlo.

Philip se estaba quedando dormido.

–Le dije que se llevara lo que quisiera. No tenía por qué herirme en la muñeca -murmuró-. No tenía por qué herirme en la muñeca…

Dos horas más tarde entró el doctor Dennis Stanton. En cuanto Philip vio su

expresión adivinó lo que iba a decirle. Aspiró hondo.

–Dígame la verdad, doctor.

Stanton suspiró.

–Temo que las noticias que tengo que darle no son buenas, señor Adler.

–¿Qué gravedad tiene la herida?

–Los tendones flexores están seccionados; usted no tendrá movimiento en la mano y la sentirá permanentemente adormecida. También fueron dañados los nervios mediano y cubito. – Los indicó en su propia mano-. El nervio mediano va al pulgar, el índice y el corazón. El cubito va al anular y al meñique.

Philip cerró los ojos con fuerza, rechazando la oleada de súbita desesperación que lo envolvía. Al cabo de un momento dijo:

–¿Eso significa que no… que no podré volver a usar la mano izquierda?

–En efecto. En realidad, ha tenido suerte al sobrevivir. El que hizo esto cortó la arteria. Podría haberse desangrado. Hubo que aplicar sesenta puntos para suturarle la herida.

OceanofPDF.com

Philip exclamó, desesperado:

–Dios mío… ¿y no hay nada que ustedes puedan hacer?

–Sí. Podríamos ponerle un implante en la mano izquierda, para que tuviera algún movimiento, pero sería muy limitado.

Es como si ese hombre me hubiera matado, pensó Philip, desesperado.

–Cuando la mano empiece a cicatrizar, le dolerá mucho, le daremos una medicación para controlar eso, pero le aseguro que el dolor desaparecerá con el tiempo.

El verdadero dolor, no, se dijo Philip. El verdadero dolor, nunca. Estaba atrapado en una pesadilla. Y no había modo de escapar.

Un detective fue al hospital para hablar con él. Se detuvo junto a la cama de Philip. Era de los de antes, cincuentón y cansado; sus ojos ya lo habían visto todo dos veces.

–Soy el teniente Mancini. Lamento mucho lo ocurrido, señor Adler -dijo-.

Ojalá le hubiesen quebrado una pierna en vez de. Quiero decir… si tenían que hacerle algo…

–Comprendo lo que quiere decir -replicó Philip, seco.

Howard Keller entró en la habitación.

–Busco a Lara -dijo. Entonces vio al desconocido-. Oh, lo siento Philip, no

sabía que tuvieses visitas.

–Howard, el teniente Mancini; teniente, Howard Keller -dijo Philip-. Lara está por allí.

Mancini lo miraba fijamente.

–Su rostro me resulta conocido, señor Keller. ¿No me lo han presentado antes?

–No, no creo.

De pronto el detective se iluminó.

–¡Claro! ¡Pero si usted jugaba al béisbol en Chicago!

–En efecto. ¿Cómo lo…?

–Un verano estuve buscando jugadores para los Cubs. Aún recuerdo esas jugadas suyas. Habría podido llegar muy lejos.

–Sí. Bueno, si me disculpa teniente… -Miró a Philip-. Estaré fuera, en el pasillo, esperando a Lara.

Cuando Keller salió, Mancini se volvió hacia Philip.

–¿Vio usted al hombre que lo atacó?

–Era caucásico. Corpulento. Un metro ochenta y cinco de altura, aproximadamente. Alrededor de cincuenta años.

–¿Podría identificarlo si volviese a verlo?

–Sí. -Jamás olvidaré esa cara, pensó.

–Podría mostrarle un montón de fotografías, señor Adler, pero francamente creo que no serviría de nada. Hay cientos de asaltantes en la ciudad. A menos que alguien los atrape en el acto, rara vez se los descubre. – Sacó su libreta-. ¿Qué le robó?

–La cartera y el reloj de pulsera.

–¿Qué tipo de reloj era?

–Un Piaget.

–¿Tenía alguna característica especial? ¿Una inscripción, por ejemplo?

Era el reloj que Lara le había regalado.

–Sí. En el dorso se leía: «A Philip, con amor, de Lara».

El hombre tomó nota.

–Señor Adler, ¿está usted seguro de que nunca antes había visto a ese hombre?

Philip lo miró, sorprendido.

–¿Si lo había visto antes? No. ¿Por qué?

–Por nada en particular. – Mancini guardó la libreta-. Bien, veremos qué podemos hacer. Usted tiene suerte, señor Adler.

–¿De veras? – En la voz de Philip había amargura.

–Sí. En esta ciudad hay miles de asaltos por año y no podemos dedicarles mucho tiempo, pero nuestro capitán es un gran admirador suyo. Colecciona todos sus discos. Va a hacer todo lo posible para atrapar al hijo de puta que le hizo esto. Enviaremos una descripción del reloj a todas las casas de empeño del país.

–Si lo atrapan, ¿cree usted que podrá devolverme la mano? – preguntó Philip, con voz de amarga ironía.

–¿Qué?

–Nada.

–Ya tendrá noticias de nosotros, señor Adler. Buenos días.

Lara y Keller esperaban al detective en el corredor.

OceanofPDF.com

–¿Quería verme, teniente? – preguntó Lara.

–Sí. Me gustaría hacerle un par de preguntas -dijo Mancini-, ¿Sabe usted si su esposo tiene algún enemigo, señora Adler?

Lara frunció el entrecejo.

–¿Algún enemigo? No. ¿Por qué?

–¿Nadie que pudiera tenerle envidia? ¿Otro músico, quizá? ¿Alguien que quiera hacerle daño?

–¿Adonde quiere llegar? Fue un simple asalto callejero, ¿no?

–Para serle sincero, esto no responde a los patrones de un vulgar asalto.

Hirieron a su esposo en la muñeca después de robarle la cartera y el reloj.

–No veo qué importancia…

–No tenía sentido, a menos que fuera deliberado. Su esposo no opuso ninguna resistencia. Un chico drogado puede hacer algo así, pero… -El detective se encogió de hombros-. Hasta pronto.

Lara y Keller lo siguieron con la vista mientras se alejaba por el pasillo.

–¡Cristo! – dijo Keller-. Cree que fue una venganza.

Lara se había puesto pálida.

–Por Dios! – exclamó él-. ¡Un matón de Paul Martin! Pero ¿por qué?

A ella le costó hablar.

–Tal vez… tal vez lo hizo para beneficiarme. Philip ha… ha estado viajando mucho. Y Paul decía que… que no estaba bien, que alguien debía decirle un par de cosas. ¡Oh, Howard! – Apoyó la cabeza en el hombro de su socio, tratando de no llorar.

–¡Ese hijo de puta! Te dije que no te acercaras a ese hombre.

Lara aspiró hondo.

–Philip se va a reponer. Es preciso.

Tres días después Lara llevó a Philip a casa. Se lo veía pálido y trémulo.

Marian Bell los esperaba con la puerta abierta. Había ido todos los días al hospital para visitar a Philip y para llevarle sus mensajes. Del mundo entero llegaban llamadas de condolencia, tarjetas y cartas de admiradores afligidos. Los periódicos habían dado mucha importancia al caso, condenando la violencia en las calles de Nueva York.

Lara estaba en la biblioteca cuando sonó el teléfono.

–Es para usted -dijo Marian Bell-. El señor Paul Martin.

–No… no puedo atenderlo -replicó Lara. Y quedó inmóvil, tratando de controlarse para no temblar.

OceanofPDF.com

Capítulo Treinta y uno

De la noche a la mañana la vida de Lara y Philip cambió.

–De ahora en adelante trabajaré en casa -le dijo ella a Keller-. Philip me necesita.

–Comprendo.

Seguían llegando torrentes de llamadas y tarjetas con muestras de solidaridad. Marian Bell resultó ser una bendición. Era discreta nunca estorbaba.

–No se preocupe por todo esto, señora Adler. Yo me encargo, si usted quiere.

–Gracias, Marian.

William Ellerbee llamó varias veces, pero Philip se negaba a atenderlo.

–No quiero hablar con nadie -le decía a Lara.

En cuanto al dolor, el doctor Stanton había tenido razón: era terrible. Philip trataba de no tomar calmantes hasta que ya no podía soportarlo.

Lara estaba siempre a su lado.

–Vamos a consultar con los mejores médicos del mundo, querido. Debe de haber alguien capaz de curarte esa mano. Me hablaron de un suizo que…

Philip meneó la cabeza.

–Es inútil. – Se miró la mano vendada-. Estoy acabado.

–No digas eso -replicó Lara-. Hay mil cosas que puedes hacer. La culpa es mía. Si ese día en vez de ir a Reno hubiera estado contigo en el concierto, esto no habría ocurrido. Si…

Philip sonrió irónicamente.

–Tú querías que pasara más tiempo en casa. Pues bien, aquí tienes, ahora no tengo adonde ir.

Lara dijo, con voz ronca:

–Como dijo alguien: «Ten cuidado con lo que deseas, porque puedes obtenerlo». Yo quería que estuvieras en casa, pero así no. No soporto ver que sufres.

–No te preocupes por mí -la tranquilizó Philip-. Tengo que aclarar mis ideas. Todo ha sido tan repentino. Creo… creo que todavía no acabo de entenderlo.

Howard Keller subió al apartamento con algunos contratos.

–Hola, Philip. ¿Cómo te sientes?

–De maravilla -le espetó el pianista-. Nunca me he sentido mejor.

–Qué pregunta tan estúpida la mía. Lo siento.

–No me hagas caso -se disculpó Philip-. Este no es mi modo de ser. –

Descargó el puño derecho contra la silla-. Si ese cerdo me hubiera cortado la mano derecha, siquiera… Hay diez o doce conciertos para la mano izquierda que podría tocar.

Keller recordó entonces la conversación oída en la fiesta. «Oh, hay muchos conciertos para la mano izquierda, escritos por cinco o seis compositores: Demuth, Franz Schmidt, Korngold. Hay también un bello concierto de Ravel».

Paul Martin también lo había oído.

El doctor Stanton visitó a Philip en el ático. Retiró con cuidado el vendaje, dejando al descubierto una larga herida roja.

–¿Puede flexionar la mano?

Philip lo intentó. Era imposible.

–¿Duele mucho? – preguntó el médico.

–Sí, pero no quiero seguir tomando esos malditos calmantes.

–De cualquier modo le dejaré otra receta. Puede tomarlos cuando los necesite. Créame, el dolor pasará en un par de semanas.

OceanofPDF.com

–Se levantó para marcharse-. Lo siento de verdad. Soy un gran admirador suyo y…

–Compre mis discos -lo interrumpió Philip, secamente.

Marian Bell hizo una sugerencia a Lara.

–¿No sería útil que el señor Adler contratara los servicios de un fisioterapeuta para ejercitar la mano?

Lara reflexionó unos instantes.

–Podríamos intentarlo. Veamos qué ocurre.

Cuando se lo sugirió a Philip, él meneó la cabeza.

–No. ¿Para qué? El médico dijo…

–Los médicos pueden equivocarse -replicó Lara, con firmeza- Vamos a intentarlo todo.

Al día siguiente se presentó un joven fisioterapeuta en el apartamento. Lara se lo presentó a Philip.

–Es el señor Rossman. Trabaja en el Hospital Columbia y va tratar de ayudarte, Philip.

–Suerte -dijo el pianista, sin poder disimular su amargura.

–Déjeme echar un vistazo a esa mano, señor Adler.

Philip alargó la mano. Rossman la examinó con atención.

–Parece haber mucho daño muscular, pero veremos qué se puede hacer.

¿Puede mover los dedos?

Philip lo intentó.

–No hay mucho movimiento, ¿verdad?

–Probemos con algún ejercicio -dijo Rossman.

Fue increíblemente doloroso. Trabajaron media hora. Al cabo, Rossman dijo:

–Volveré mañana.

–No -dijo Philip-. No hace falta.

Lara había entrado en la habitación.

–¿No vas a intentarlo, Philip?

–Ya lo he intentado -respondió él-. ¿No entiendes? Esa mano está muerta.

No hay modo de devolverle la vida.

–Philip… -Los ojos se le llenaron de lágrimas.

–Perdóname, querida -dijo Philip-. Tengo… tengo que hacerme a la idea.

Esa noche la despertó el sonido del piano. Se levantó para caminar silenciosamente hasta la entrada de la sala. Philip estaba sentado al piano, en batín, tocando suavemente con la mano derecha. Al ver a Lara levantó la cabeza.

–Siento haberte despertado.

Ella se acercó.

–Querido…

–Qué ironía, ¿verdad? Te casaste con un concertista y acabas con un inválido.

Ella lo rodeó con sus brazos.

–No eres un inválido. Hay tantas cosas que puedes hacer…

–¡Detesto que seas tan optimista!

–Lo lamento. Sólo quería decir que…

–Lo sé. Perdóname. Es que… -Levantó la mano mutilada-. No puedo habituarme a esto.

–Vuelve a la cama.

–No. Ve tú. No te preocupes por mí.

Pasó la noche sentado allí, pensando en su futuro y preguntándose, furioso:

¿Qué futuro?

Lara y Philip cenaban juntos todas las noches. Después de comer leían o veían la televisión. Luego se acostaban.

Philip dijo, como pidiendo disculpas:

–Últimamente no soy gran cosa como marido, Lara. Es que… no estoy de humor para el sexo. Pero créeme, no es por ti.

Ella se incorporó en la cama, con la voz trémula.

–No me casé contigo por tu cuerpo, sino porque estaba locamente enamorada de ti. Todavía lo estoy. Si no volvemos a hacer el amor, no me importa. Sólo quiero que me abraces y me ames.

–Te amo, sí.

Constantemente llegaban invitaciones a cenas o actos de beneficencia, pero Philip las rechazaba todas. No quería salir del apartamento.

OceanofPDF.com

–Ve tú -le decía a Lara-. Es importante para tus negocios.

–No hay nada más importante que tú. Cenaremos tranquilamente en casa.

Lara procuraba que su cocinero preparase los platos preferidos de Philip, pero él siempre estaba inapetente. Ella manejaba todos sus negocios desde el apartamento. Si tenía que salir durante el día, le encargaba a Marian que cuidase de Philip.

Una mañana Lara dijo:

–No quisiera dejarte, querido, pero debo ir a Cleveland y estaré fuera todo el día. ¿Te importa?

–No, por supuesto -dijo Philip-. No estoy tan indefenso. Ve y no te preocupes, por favor.

Marian trajo algunas cartas que había escrito por él.

–¿Quiere firmar esto, señor Adler?

–Claro. Menos mal que no soy zurdo, ¿verdad? – Había un dejo amargo en su voz. Miró a la secretaria y agregó-: Lo siento, no era mi intención desquitarme con usted.

–Lo sé, señor Adler -respondió Marian, en voz baja-. ¿No le haría bien salir y visitar a algunos amigos?

–Mis amigos están trabajando -le espetó Philip-. Todos son músicos. Están muy ocupados dando conciertos. No sea estúpida, ¿quiere?

Y salió tempestuosamente.

Marian lo siguió con la vista, sin decir nada.

Una hora más tarde, Philip regresó al despacho de la secretaria, quien estaba escribiendo a máquina.

–¿Marian?

Ella alzó la vista del teclado.

–¿Sí, señor Adler?

–Perdóneme, por favor. Estoy imposible.

–Comprendo -dijo ella.

Philip tomó una silla y se sentó frente a Marian.

–Si no quiero salir -explicó- es porque tengo la sensación de haberme convertido en una especie de monstruo. Estoy seguro de que todo el mundo me va a mirar la mano, y no quiero que nadie sienta lástima por mí.

Ella lo observaba sin decir nada.

–Usted es muy amable y se lo agradezco de verdad -continua Philip-. Pero nadie puede ayudarme. Como dice el refrán: «Cuanto más alto se llega, más dura es la caída». Yo había llegado alto, Marian, alto de verdad. Todo el mundo iba a oírme tocar: reyes, reinas y… -Se interrumpió-. Mi música se

escuchaba en el mundo entero. He dado recitales en la China, en Rusia, en la India, en Alemania… -Se le ahogó la voz; las lágrimas rodaron por sus mejillas ¿Se ha dado cuenta de que últimamente lloro a cada rato?

Se estaba esforzando por dominarse. Marian dijo, suavemente:

–Verá cómo todo se arregla, señor Adler.

–¡No! Nada se va a arreglar. ¡Nada! Soy un maldito inválido.

–No diga eso. Su esposa tiene razón. Hay cien cosas que usted puede hacer.

Cuando supere el dolor empezará a hacerlas.

Philip sacó un pañuelo para secarse los ojos.

–Cristo, me estoy convirtiendo en un llorica.

–Llore, si eso lo alivia.

Él levantó la vista con una sonrisa.

–¿Qué edad tiene?

–Veintiséis.

–¿Sabe que es bastante madura para tener veintiséis?

–No, aunque comprendo cómo se siente. Y daría cualquier cosa por que no le hubiera ocurrido algo así. Pero ocurrió. Y sé que usted va a encontrar el mejor modo de solucionarlo.

–Como secretaria está perdiendo el tiempo -dijo Philip-. Debería haber sido psiquiatra.

–¿Quiere que le prepare una copa?

–No, gracias. ¿Quiere jugar al backgammon?

–Me encantaría, señor Adler.

–Si vamos a jugar al backgammon, será mejor que me llames Philip.

–Philip.

Desde ese momento en adelante jugaron al backgammon todos los días.

Lara recibió una llamada de Terry Hill.

–Tengo malas noticias para ti, Lara.

OceanofPDF.com

Ella se preparó.

–¿Qué ocurre?

–La Comisión de Juego de Nevada ha decidido suspenderte la licencia hasta nuevo aviso. Es posible que te procesen.

Fue un duro golpe. Lara recordó las palabras de Paul Martin: «No te preocupes. No tienen ninguna prueba».

–¿Hay algo que podamos hacer, Terry?

–Por el momento, no. Sólo esperar. Estoy trabajando en ello.

Cuando Keller se enteró de la noticia, dijo:

–¡Dios mío, Lara! Contábamos con los ingresos del casino para pagar las hipotecas de tres edificios. ¿Crees que te devolverán la licencia?

–No lo sé.

Keller se quedó pensativo.

–Pues tendremos que vender el hotel de Chicago para pagar la hipoteca sobre la propiedad de Houston. El mercado de bienes raíces se ha ido al infierno. Hay muchos bancos y cajas de ahorros en dificultades. Drexel, Burnham y Lambert han cerrado. Se acabaron los buenos tiempos.

–Ya volverán -dijo Lara.

–Espero que pronto. Los bancos no dejan de llamar pidiéndonos que les devolvamos su dinero.

–No te preocupes -dijo Lara, llena de confianza-. Cuando debes a un banco un millón de dólares, le perteneces. Pero si le debes cien millones, es el banco el que te pertenece a ti. No pueden permitir que nos pase nada malo.

Al día siguiente apareció un artículo en Businesswee k. Su título era: «El imperio Cameron se tambalea. Lara Cameron se enfrenta a un posible proceso criminal en Reno. ¿Podrá la Mariposa de Hierro mantener su imperio en pie?».

Lara arrojó la revista sobre el escritorio.

–¿Cómo se atreven a publicar esto? ¡Voy a demandarlos!

–No creo que sea una buena idea -dijo Keller.

–Las Torres Cameron están alquiladas casi en su totalidad, ¿verdad? – dijo Lara, enérgica.

–Hasta ahora, en un setenta por ciento, y en ascenso. Southern Insurance ha ocupado veinte pisos; Mutual Overseas, diez.

–Cuando el edificio esté terminado, rendirá dinero suficiente para solucionar todos nuestros problemas. ¿Cuánto falta para concluir?

–Seis meses.

La voz de Lara se llenó de entusiasmo.

–Piensa en lo que tendremos entonces. ¡El rascacielos más alto del mundo!

Será hermoso.

Se volvió hacia el dibujo del edificio que pendía enmarcado detrás de su escritorio. Mostraba un altísimo monolito de cristal, cuyas facetas reflejaban los edificios de alrededor. En los pisos inferiores había un paseo y un atrio con tiendas de lujo. Arriba, apartamentos y las oficinas de Lara.

–Haremos una gran campaña publicitaria.

–Buena idea -dijo Howard, sin poder disimular una expresión de preocupación.

–¿Qué ocurre?

–Nada. Pensaba en Steve Murchison. Él estaba empecinado en conseguir esa parcela.

–Pero nos adelantamos a él, ¿no?

–Sí. Nos adelantamos a él -respondió Keller, lentamente.

Lara mandó llamar a Jerry Townsend.

–Quiero hacer algo especial para la inauguración de las Torres Cameron, Jerry. ¿Tienes alguna idea?

–Una grandiosa. La inauguración será el 10 de septiembre, ¿verdad?

–Sí.

–¿Y esa fecha no te dice nada?

–Es mi cumpleaños.

–En efecto. – Una sonrisa iluminó la cara de Jerry-. ¿Y si te organizáramos una gran fiesta de cumpleaños para celebrar la inauguración del rascacielos?

Lara pensó en aquello por un momento.

–Es una idea estupenda. ¡Invitaremos a todo el mundo! Haremos tanto ruido que lo oirán en el mundo entero. Quiero que hagas la lista de invitados, Jerry. Doscientas personas. Ocúpate personalmente.

Townsend sonrió.

OceanofPDF.com

–Enseguida. Te la pasaré para que la apruebes.

Lara descargó el puño contra la revista.

–¡Ya verán!

En la línea tres está la secretaria de la Asociación Nacional de Constructores, señora Adler -dijo Marian-. Usted no respondió a la invitación para la cena del viernes.

–Dile que no puedo y discúlpate de mi parte.

–Sí, señora. – Marian salió.

–No puedes convertirte en ermitaña por culpa mía, Lara -observó Philip-.

Es importante que vayas a esas fiestas.

–Nada es más importante que estar aquí, contigo. Ese hombrecito raro que nos casó en París dijo: «Para bien o para mal». – Frunció las cejas-. O algo así. No hablo francés.

Philip sonrió.

–No sabes cuánto te lo agradezco. Pero tengo la sensación de estar haciéndote vivir en un infierno.

Lara se acercó más a él.

–En un infierno no -dijo-. En el paraíso.

Philip se estaba vistiendo. Lara lo ayudó con los botones de la camisa. El se miró al espejo.

–Parezco un hippie -dijo-. Debería hacerme cortar el pelo.

–¿Quieres que Marian te pida cita con tu peluquero?

Él meneó la cabeza.

–No. Lo siento, Lara, pero todavía no quiero salir.

A la mañana siguiente aparecieron en el apartamento el peluquero y la manicura de Philip, quien se sorprendió al verlos.

–¿Qué significa todo esto?

–Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. Vendrán todas las semanas a atenderte.

–Eres una maravilla -dijo Philip.

–Y todavía no has visto nada -sonrió ella.

Al día siguiente llegó un sastre, trayendo muestras de tela para trajes y camisas.

–¿Qué está pasando aquí? – preguntó Philip.

–¿Dónde se ha visto que un hombre tenga seis fracs, cuatro esmóquines y sólo dos trajes de calle? – respondió Lara-. Creo que es hora de que tengas un guardarropa como es debido.

–¿Por qué? – protestó él-. Si no voy a ninguna parte.

Pero se dejó tomar las medidas para los trajes y las camisas.

Pocos días después llegó un zapatero.

–¿Y ahora?

–Necesitas zapatos nuevos.

–Ya te he dicho que no voy a salir.

–Lo sé, querido. Pero cuando te decidas tendrás los zapatos listos.

Philip la tomó entre sus brazos.

–No me merezco una esposa como tú.

–Es lo que digo siempre.

Estaban reunidos en el despacho de Lara. Howard Keller decía:

–Vamos a perder el centro comercial de Los Ángeles. Los bancos han decidido ejecutar las hipotecas.

–No pueden.

–Pues lo harán -aseguró Keller-. Estamos demasiado endeudados.

–Podemos pagar los préstamos hipotecando otro de los edificios.

–Ya estás hipotecada hasta las orejas, Lara -dijo Keller-. Y enseguida vence una cuota de sesenta millones de dólares por el rascacielos.

–Lo sé, pero faltan cuatro meses para terminar. Podemos postergar el pago.

El edificio estará listo a tiempo, ¿verdad?

–Sí. – Keller la estudiaba, pensativo. Un año antes ella no habría hecho esa pregunta. Un año antes ella sabía exactamente en qué etapa estaban todas sus construcciones. – Sería mejor que pasaras más tiempo en la oficina. Las cosas se están complicando demasiado. Hay decisiones que sólo tú puedes tomar.

Ella asintió.

–De acuerdo -dijo, con desgana-. Vendré mañana por la mañana.

OceanofPDF.com

–Tiene una llamada de William Ellerbee, Philip -anunció Marian.

–Dile que no puedo atenderlo.

Philip la vio regresar al aparato.

–Lo siento, señor Ellerbee, pero en este momento el señor Adler no puede atenderlo. ¿Quiere dejar algún mensaje? – Escuchó durante un momento-.

Se lo diré. Gracias. – Colgó y se quedó mirando a Philip-. Quiere almorzar con usted.

–Probablemente para hablar de las comisiones que ha dejado de cobrar.

–Probablemente -dijo Marian, con suavidad-. Sin duda lo odia por haber sido atacado.

–Lo siento -replicó Philip, en voz baja-. ¿Esa fue la impresión que di?

–Sí.

–¿Cómo haces para soportarme?

Marian sonrió.

–No es tan difícil.

Al día siguiente William Ellerbee volvió a llamar. Philip no estaba en la habitación. Marian habló con el representante unos minutos. Luego fue en busca de Philip.

–Era el señor Ellerbee -dijo.

–La próxima vez dile que deje de llamar.

–Puede decírselo usted mismo -dijo Marian-. Almorzará con él el jueves a la una.

–¿Qué dices?

–Él sugería que fuese en Le Cirque, pero se me ocurrió que sería mejor un restaurante más pequeño. – Miró la libreta que tenía en la mano-. Lo esperará en Fu a la una. Avisaré a Max para que lo lleve.

Philip la miraba con furia.

–¿Has hecho todo eso sin haberme consultado antes?

–Si lo hubiera consultado usted habría dicho que no -respondió ella, con calma-. Puede despedirme, si quiere.

Él la fulminó con la mirada. Luego rompió a reír.

–¿Sabes una cosa? Hace mucho que no pruebo la comida china.

Cuando Lara volvió de la oficina, Philip le dijo:

–El jueves voy a almorzar con Ellerbee.

–¡Estupendo, querido! ¿Cuándo lo decidiste?

–Marian lo decidió por mí. Se le ocurrió que me haría bien salir.

–¿De veras? – Pero cuando yo te lo sugerí, no quisiste hacerlo, pensó-. Ha tenido una buena idea.

–Sí. Es toda una mujer.

He sido una estúpida, pensó Lara . Nunca debí dejarlos solos. Philip es demasiado vulnerable en momentos como éste…

Fue entonces cuando decidió deshacerse de Marian.

Al día siguiente, cuando llegó a su casa, encontró a Philip jugando al backgammon con Marian en la sala de juegos.

Nuestro juego, pensó.

–¿Cómo voy a ganarte si sigues haciendo dobles? – decía él, riendo.

Lara los observaba desde la puerta. Hacía mucho tiempo que no oía reír a su marido.

Marian levantó la cabeza y la vio.

–Buenas noches, señora Adler.

Philip se puso bruscamente de pie.

–Hola, querida. – Le dio un beso-. Esta muchacha está a punto de ganarme los pantalones.

Yo lo voy a impedir, pensó Lara.

–¿Me necesita esta noche, señora Adler?

–No, Marian. Puedes irte. Nos veremos por la mañana.

–Gracias. Buenas noches.

–Buenas noches, Marian.

Es una buena compañía -comentó Philip cuando la muchacha se hubo marchado.

Lara le acarició la mejilla.

–Me alegro, querido.

OceanofPDF.com

–¿Cómo está todo en la oficina?

–Bien. – No tenía intenciones de cargar a Philip con sus problemas. Tendría que viajar a Reno para declarar nuevamente ante la Comisión de Juego. Si la obligaban, hallaría el modo de que el hotel sobreviviera sin sala de juego, pero sería mucho más fácil si lograba disuadirlos.

–Temo que debo pasar más tiempo en la oficina, Philip. Howard no puede tomar solo todas las decisiones.

–No hay inconvenientes. No te preocupes por mí.

–Dentro de uno o dos días iré a Reno. ¿Por qué no me acompañas?

Philip sacudió la cabeza.

–Todavía no estoy listo. – Se miró la mano lisiada-. Tengo que acostumbrarme a esto.

–De acuerdo, querido. No creo que mi viaje dure más de dos o tres días.

Temprano por la mañana, cuando llegó Marian Bell, Lara la estaba esperando. Philip aún dormía.

–Marian… ¿recuerdas el brazalete de diamantes que el señor Adler me regaló para mi cumpleaños?

–Sí, señora Adler.

–¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

La muchacha hizo una pausa para pensar.

–Estaba en el tocador de su dormitorio, señora.

–Entonces, lo viste.

–Sí, claro. ¿Ocurre algo?

–Temo que sí. El brazalete ha desaparecido.

Marian la miraba fijamente.

–¿Que ha desaparecido? ¿Quién ha podido…?

–He interrogado al personal. Nadie sabe nada.

–¿Quiere que llame a la policía y…

–No será necesario. No quiero hacer nada que pueda causarte problemas.

–No comprendo.

–¿No? Por tu bien, sería mejor dejar las cosas así.

Marian parecía espantada.

–Usted sabe que yo no me llevé ese brazalete, señora Adler.

–No, no lo sé. Tendré que despedirte.

Se odiaba por lo que estaba haciendo. Pero nadie me quitará a Philip.

Nadie.

Cuando Philip bajó a desayunar, Lara le dijo:

–Voy a traer otra secretaria para que trabaje aquí, en el apartamento.

Él la miró, sorprendido.

–¿Qué ha pasado con Marian?

–Ha renunciado. Le han ofrecido un… otro puesto en San Francisco.

–Oh, qué lástima. Creía que le gustaba trabajar aquí.

–Le gustaba, sin duda. Pero no debemos impedirle progresar, ¿verdad? –

Perdóname, pensaba Lara.

–No, desde luego. Quiero desearle buena suerte. ¿Está en…

–Se ha ido.

–Tendré que buscarme otro compañero para jugar al backgamon -dijo Philip.

–Cuando ponga un poco de orden en mis asuntos me quedaré contigo.

Philip y William Ellerbee estaban sentados en un rincón del restaurante Fu.

El representante dijo:

–Me alegro mucho de verte, Philip. Te he llamado varias veces, pero…

–Lo sé y lo lamento. No quería hablar con nadie, Bill.

–Espero que detengan al cerdo que te hizo esto.

–La policía ha tenido la gentileza de explicarme que los asaltantes callejeros no son algo fundamental en su vida. En su lista están por debajo de los gatos perdidos. No lo atraparán jamás.

Ellerbee dijo, vacilando:

–Supongo que no podrás volver a tocar.

–Supones bien. – Philip levantó la mano herida-. Está muerta.

OceanofPDF.com

El representante se inclinó sobre la mesa y dijo, con tono severo:

–Pero tú no, Philip. Todavía tienes toda la vida por delante.

–¿Para hacer qué?

–Enseñar.

En los labios de Philip había una sonrisa agria.

–Qué ironía, ¿no? Yo había pensado dedicarme a eso el día en que dejase de dar conciertos.

–Pues ese día ha llegado -dijo Ellerbee, en voz baja-. Me he tomado la libertad de hablar con el director de la escuela de música Eastman, de Rochester. Darían cualquier cosa por que enseñaras allí.

Philip frunció las cejas.

–Para eso tendría que mudarme allá. Y Lara trabaja en Nueva York. –

Meneó la cabeza-. No puedo hacerle eso. No sabes lo maravillosa que es conmigo, Bill.

–No lo dudo.

–Prácticamente ha abandonado su negocio para ocuparse de mí. Es la mujer más responsable y considerada que he conocido. Estoy loco por ella.

–¿Me prometes que al menos pensarás en el ofrecimiento de Eastman, Philip?

–Diles que lo agradezco, pero temo que no.

–Si cambias de idea, avísame, ¿quieres?

Philip asintió.

–Antes que a nadie.

Cuando volvió al apartamento, Lara había salido hacia la oficina. Vagó por las habitaciones, inquieto. Pensaba en su conversación con Ellerbee . Me encantaría enseñar, se dijo , pero no puedo pedirle a Lara que se mude a Rochester. Tampoco puedo ir sin ella.

Oyó que se abría la puerta principal.

–¿Lara?

Era Marian.

–Oh, Philip, lo siento. Pensé que no habría nadie. Vine para devolver mi llave.

–Te suponía ya en San Francisco.

Ella lo miró, extrañada.

–¿En San Francisco? ¿Por qué?

–¿No es allí donde tienes tu nuevo empleo?

–No tengo ningún empleo nuevo.

–Pero Lara me ha dicho que…

De pronto la muchacha comprendió.

–¿Ella no le ha dicho por qué me ha despedido?

–¿Que te ha despedido? Me ha dicho que habías renunciado porque tenías un trabajo mejor.

–No es cierto.

–Será mejor que te sientes y me lo expliques -dijo Philip, lentamente-. ¿Qué está pasando aquí?

Marian aspiró hondo.

–Su esposa, Philip, parece pensar que yo… que yo tengo ciertas intenciones con respecto a usted.

–¿De qué estás hablando?

–Me acusó de robar el brazalete de diamantes que usted le regaló, como excusa para despedirme. Estoy segura de que lo ha escondido en alguna parte.

–No lo puedo creer -dijo Philip-. Lara no es capaz de algo así.

–Es capaz de cualquier cosa con tal de no perderlo, Philip.

Él la miraba, desconcertado.

–No sé… no sé qué decir. Deja que hable con Lara y…

–No, por favor. No. Preferiría que ella no supiera de mi -Se levantó.

–¿Qué vas a hacer ahora?

–No se preocupe. Conseguiré otro empleo.

–Si hay algo que yo pueda hacer, Marian…

–Nada.

–¿Estás segura?

–Estoy segura. Cuídese, Philip.

Marian se volvió y se marchó. Philip la siguió con la mirada. No podía creer que Lara fuese capaz de tal engaño. Se preguntó por qué no le habría dicho nada. Tal vez Marian robó el brazalete, pensó, y Lara no me dijo nada para que no me preocupara.

Marian estaba mintiendo.

OceanofPDF.com

Capítulo Treinta y dos

La casa de empeño estaba en la calle South State, el corazón del centro comercial. Cuando Jesse Shaw entró, el viejo que atendía el mostrador alzó la vista.

–Buenos días. ¿En qué puedo serle útil?

Shaw puso un reloj de pulsera sobre el mostrador.

–¿Cuánto me daría por esto?

El prestamista tomó el reloj para estudiarlo.

–Un Piaget. Buen reloj.

–Sí. Lamento tener que desprenderme de él, pero estoy pasando por una mala racha. ¿Comprende?

El hombre se encogió de hombros.

–Comprender es mi oficio. ¡Si le contara las desgracias que oigo a diario!

–Vendré a rescatarlo dentro de pocos días. El lunes comienzo en un nuevo empleo. Mientras tanto necesito todo el dinero que pueda darme.

El prestamista miraba el reloj más atentamente. En el dorso tenía una inscripción que había sido raspada. Miró al cliente.

–Si me disculpa un minuto, echaré un vistazo al mecanismo. Algunos de estos relojes se fabrican en Bangkok y se olvidan de ponerle dentro lo que corresponde.

Llevó el reloj a la trastienda y, acercando una lupa al ojo, estudió las marcas. Lo que distinguió fue: «Phi co a o de L ra». El anciano abrió un cajón y sacó un hoja de papel que le había dado la policía en la que constaba la descripción del reloj y la inscripción del dorso: «Para Philip con amor, de Lara». Cuando iba a tomar el teléfono el cliente chilló:

–Eh, que tengo prisa. ¿Quiere el reloj o no?

–Ya voy-dijo el prestamista. Volvió al mostrador-. Puedo prestarle quinientos dólares.

–¿Quinientos? ¡Pero si este reloj vale…!

–¿Acepta o no?

–Vale, vale -gruñó Shaw-. Acepto.

–Tendrá que llenar este formulario -dijo el prestamista.

–Sí. – Escribió: «John Jones, calle Hunt, 21». Por lo que sabía, en Chicago no había ninguna calle Hunt. Y él tampoco se llamaba John Jones, por cierto. Cogió el dinero-. Muchas gracias. Volveré por él dentro de algunos días.

–Muy bien.

El anciano tomó el teléfono e hizo una llamada.

Veinte minutos después, un detective llegaba a la casa de empeño.

–¿Por qué no nos llamó antes de que se marchase? – preguntó al prestamista.

–Lo intenté. El hombre tenía prisa y estaba nervioso.

El detective estudió el formulario firmado.

–No le servirá de nada -aclaró el prestamista-. Lo más probable es que el nombre y la dirección sean falsos.

El detective gruñó.

–¿Él mismo escribió esto?

–Sí.

–Entonces lo vamos a atrapar.

La computadora de la policía tardó menos de tres minutos en identificar la huella del pulgar marcada en el formulario: Jesse Shaw.

OceanofPDF.com

El mayordomo entró en la sala, diciendo:

–Lo llama por teléfono el teniente Mancini, señor Adler. ¿Le digo…?

–Hablaré con él. – Philip levantó el auricular-. ¿Dígame?

–¿Philip Adler?

–Sí.

–Habla el teniente Mancini. Fui a hablar con usted cuando estaba en el hospital.

–Lo recuerdo.

–Quería informarle de lo que está ocurriendo. Hemos tenido un golpe de suerte. ¿Le había mencionado que nuestro jefe iba a enviar la descripción de su reloj a todas las casas de empeños?

–Sí.

–Pues bien. Lo encontraron. En Chicago. Ahora estamos detrás del hombre que lo empeñó. Usted dijo que podía identificarlo, ¿no?

En efecto.

Bien. Me mantendré en contacto con usted.

Jerry Townsend entró en el despacho de Lara. Estaba excitado.

Ya he preparado la lista de invitados. Cuanto más lo pienso, más me gusta la idea. Celebraremos tu cuadragésimo cumpleaños el día en que se inaugure el rascacielos más alto del mundo. – Entregó la lista a Lara-. He incluido al vicepresidente, que es uno de tus grandes admiradores.

Lara echó un vistazo a la lista. Parecía el Quién es quién de Washington, Hollywood, Nueva York y Londres. Había funcionarios de gobierno, celebridades del cine, estrellas de rock… Era impresionante.

–Me gusta -dijo Lara-. Adelante con esto.

Townsend guardó la lista en el bolsillo.

–Bien. Haré imprimir las invitaciones y las enviaremos. Ya he llamado a Carlos para que reserve el gran salón de baile y disponga tu menú favorito.

Serán unas doscientas personas. En caso necesario podemos agregar o restar unas cuantas. A propósito, ¿hay alguna novedad sobre lo de Reno?

Lara había hablado esa mañana con Terry Hill.

-El Gran Jurado está estudiando llevar a cabo una investigación Lara.

Existe la posibilidad de que se inicie juicio criminal.

-¿Cómo es posible? El hecho de que yo haya mantenido algunas conversaciones con Paul Martin no prueba nada. Podríamos haber estado hablando de la política mundial, de sus úlceras o de cualquier otra tontería.

-No te enfades conmigo, Lara. Estoy de tu parte.

-¿Y por qué no haces algo? Eres mi abogado. Sácame de esto de una vez.

–No, todo está bien -dijo Lara a Townsend.

–Bien. Tengo entendido que, el sábado por la noche, vas con Philip a la cena del alcalde.

–Sí. – Lara había querido rechazar la invitación, pero Philip la disuadió.

-Necesitas a esa gente. No puedes negarte. Quiero que vayas. – No iré sin ti, querido. Y él había aspirado hondo. – Muy bien. Iré contigo. Es hora de que abandone esta vida de ermitaño.

El sábado por la noche, Lara ayudó a Philip a vestirse. Le puso los gemelos en la camisa y le hizo el lazo de la corbata. Él permanecía en silencio, maldiciendo su incapacidad.

–Parecemos Ken y Barbie, ¿no?

–¿Qué?

–Nada.

–Ya estás listo, querido. Serás el más apuesto de todos los hombres presentes.

–Gracias.

–Ahora tengo que vestirme. Al alcalde no le gusta que lo hagan esperar.

–Voy a la biblioteca -le dijo Philip.

Treinta minutos más tarde Lara se reunía con él. Estaba bellísima. Lucía un

hermoso vestido blanco, de Oscar de la Renta. En la muñeca, el brazalete de diamantes que Philip le había regalado.

OceanofPDF.com

Ese sábado por la noche Philip tuvo problemas para dormir. Miró a Lara, acostada junto a él, y se preguntó cómo podía haber acusado falsamente a Marian de robar el brazalete. Tendría que discutirlo con ella, pero antes quería hablar con Marian.

El domingo temprano, mientras Lara aún dormía, Philip se vistió sin hacer ruido y abandonó el apartamento. Cogió un taxi hasta donde vivía Marian, tocó el timbre y esperó.

Una voz soñolienta le dijo:

–¿Quién es?

–Philip. Necesito hablar contigo.

Se abrió la puerta. Allí estaba Marian.

–¿Philip? ¿Qué ocurre?

Tenemos que hablar.

Pase.

Él entró.

–Siento mucho haberte despertado, pero lo que tengo que decirte es importante.

–¿Qué ha ocurrido?

Philip aspiró hondo.

–Tenías razón con respecto al brazalete. Anoche Lara se lo puso. Te debo una disculpa. Pensé que… tal vez tú… Sólo vine a pedirte perdón.

–Es lógico que usted le creyera a ella. Es su esposa -dijo Marian, serenamente.

–Hoy mismo discutiré esto con Lara, pero antes quería hablar contigo.

La muchacha lo miró de frente.

–Me alegro. Porque no quiero que le diga nada a ella.

–¿Por qué? ¿Y por qué hizo ella semejante cosa?

–¿No se da cuenta, Philip?

–Francamente, no. No le encuentro sentido.

–Al parecer, yo la comprendo mejor que usted. Lara está locamente enamorada. Haría cualquier cosa por retenerlo. Probablemente usted es la única persona que ella ha amado en su vida. Lo necesita. Y creo que usted la necesita a ella. La ama mucho, ¿verdad, Philip?

–Sí.

–En ese caso, olvidemos todo esto. No servirá de nada que usted lo discuta con ella. Sólo empeorará las cosas entre ustedes dos. Yo puedo conseguir otro empleo sin problemas.

–Pero no es justo, Marian.

Ella sonrió con ironía.

–La vida no siempre es justa, ¿verdad? – Si lo fuera, la esposa Philip Adler sería yo-. No se preocupe por mí.

–Al menos déjame ayudarte en algo. Acepta que te dé algún dinero para compensar…

–Gracias, pero no.

Marian habría querido decir muchas cosas, pero sabía que era inútil. El hombre estaba enamorado. Lo que dijo fue:

–Regrese junto a su esposa, Philip.

La obra estaba en la avenida Wabash, de Chicago, al sur del centro comercial. Era un edificio para oficinas de veinticinco pisos, a medio terminar. Un coche de la policía sin identificación se detuvo en la esquina; de él bajaron dos detectives, que detuvieron a uno de los trabajadores para preguntarle:

–¿Dónde está el capataz?

El obrero señaló a un hombre enorme y musculoso, que estaba maldiciendo a un peón:

–Aquél.

Los detectives se acercaron.

–¿Usted está a cargo de la obra?

El hombre se volvió con impaciencia.

–Sí, y muy ocupado. ¿Qué quieren?

–¿Tiene en su equipo a un hombre llamado Jesse Shaw?

–¿Shaw? Claro. Es aquél.

El capataz señaló a un hombre que trabajaba en una viga de acero, doce pisos más arriba.

–¿Quiere pedirle que baje, por favor?

–¿Está usted loco? El hombre tiene que…

Uno de los detectives sacó su credencial.

–Hágalo bajar.

–¿Qué sucede? ¿Jesse se ha metido en algún problema?

OceanofPDF.com

–No, pero queremos hablar con él.

–Vale. – El capataz se volvió hacia uno de los hombres que trabajaban cerca-. Sube y dile a Jesse que baje.

–Bueno.

Pocos minutos después Jesse Shaw se acercaba a los dos detectives.

–Estos hombres quieren hablar contigo -dijo el capataz, y se alejó.

Jesse miró a los dos agentes con una amplia sonrisa.

–Gracias. Me hacía falta un descanso. ¿En qué puedo ayudarlos?

Uno de los detectives sacó un reloj de pulsera. – ¿Esto es suyo?

La sonrisa de Shaw desapareció.

–No.

–¿Seguro?

–Sí. – Mostró la muñeca-. El mío es un Seiko.

–Pero usted empeñó este reloj.

Shaw vaciló.

–Oh… sí. Ese cerdo no me dio más que quinientos dólares. Valía cuanto

menos…

–Pero usted dice que el reloj no es suyo.

–Y no lo es. – ¿De dónde lo sacó?

–Me lo encontré.

–¿De veras? ¿Dónde?

–En la acera, cerca de mi apartamento. – La mentira empezaba a gustarle-.

Bajé de mi coche y allí estaba. El sol hacía brillar la pulsera. Por eso lo vi.

–Tuvo suerte de que no fuera un día nublado.

–Sí.

–¿Le gusta viajar, señor Shaw?

–No. ¿Por qué?

–Porque va a hacer un pequeño viaje a Nueva York. Le ayudaremos a preparar el equipaje.

Cuando llegaron al apartamento de Shaw, los dos detectives comenzaron a revisar aquí y allá.

–¡Un momento! – protestó Shaw-. ¿Tienen orden de registro?

–No hace falta. Sólo estamos ayudándole a preparar el equipaje.

Uno de los hombres miró dentro de un armario. En un estante alto vio una caja de zapatos. La bajó para abrirla.

–¡Cristo! – exclamó-. ¡Mirad lo que dejó aquí Papá Noel!

Lara estaba en su oficina cuando la voz de Kathy anunció por el intercomunicador:

–El señor Tilly en la línea cuatro, señorita Cameron.

Tilly era el administrador de proyecto en las Torres Cameron. Lara tomó el auricular.

–¿Hola?

–Esta mañana tuvimos un pequeño problema, señorita Cameron.

–¿Cuál?

–Un incendio. Ya lo han apagado.

–¿Cómo ha sido?

–Hubo una explosión en la unidad de aire acondicionado. Estalló un transformador y se produjo un cortocircuito. Al parecer, alguien lo conectó mal.

–¿Es grave?

–Perderemos un par de días. Vamos a tener que limpiar todo y cambiar los cables.

–Adelante. Mantenedme informada.

Por las noches Lara llegaba a su casa preocupada y exhausta.

–Me tienes preocupado -le dijo Philip-. ¿Puedo hacer algo por ti?

–Nada, querido. Gracias. – Ella consiguió esbozar una sonrisa-. Tengo algunos problemas en la oficina.

Él la tomó en sus brazos.

–¿Nunca te he dicho que estoy loco por ti?

Lara alzó la mirada.

–Dímelo otra vez -dijo.

–Estoy loco por ti.

OceanofPDF.com

Lara lo estrechó con fuerza, pensando: Esto es lo que quiero. Esto es lo que necesito.

–Cuando solucione esos problemas, querido, quiero que vayamos a alguna parte, los dos solos.

–Trato hecho.

Algún día, pensó Lara, le contaré lo que hice con Marian. Sé que estuve mal. Pero si lo perdiera me moriría.

Al día siguiente Tilly volvió a llamar.

–¿Usted canceló el pedido de mármol para el vestíbulo?

–¿Cancelarlo? ¿Por qué haría yo algo así? – preguntó Lara, extrañada.

–No lo sé. Alguien lo hizo. Hoy tenían que entregar el mármol. Cuando llamé dijeron que el pedido fue cancelado hace dos meses por orden de usted.

Lara estaba furiosa.

–Entiendo. ¿Cuánto tiempo nos retrasará esto?

–Todavía no estoy seguro.

–Pues que lo hagan en el menor tiempo posible.

Keller entró en el despacho.

–Temo que los bancos se están poniendo nerviosos, Lara. No sé por cuánto tiempo más puedo contenerlos.

–Hasta que terminemos las Torres Cameron. Falta muy poco, Howard. Sólo tres meses.

–Eso les dije -suspiró él-. Muy bien, volveré a hablar con ellos.

–El señor Tilly en la línea uno -dijo Kathy por el intercomunicador.

Lara miró a Keller.

–No te vayas. – Cogió el teléfono-. ¿Dígame?

–Tenemos otro problema, señorita Cameron.

–Adelante.

–Los ascensores funcionan mal. Los programas están mal sincronizados y las señales no tienen ton ni son. Uno quiere bajar y el aparato sube. Aprieta el botón del piso 18 y termina en el sótano. Nunca he visto nada así.

–¿Puede haber sido hecho deliberadamente?

–Tal vez, o tal vez se haya tratado de un descuido.

–¿Cuánto tardarán en arreglarlo?

–Estoy esperando que lleguen los técnicos.

–Llámeme cuando lo sepa. – Lara colgó.

–¿Algún problema? – preguntó Keller.

Lara permaneció unos instantes en silencio. Finalmente preguntó:

–¿Has sabido algo de Steve Murchison últimamente, Howard?

Él la miró sorprendido:

–No. ¿Por qué?

–Sólo por saber.

El consorcio de banqueros que financiaba a Cameron Enterprises tenía buenos motivos para mostrarse preocupado. No sólo Cameron estaba en dificultades; la mayoría de sus clientes tenía graves problemas. El declive de los bonos basura se había convertido en un duro golpe para las corporaciones que dependían de ellos.

Howard Keller estaba reunido con seis banqueros. La atmósfera era sombría.

–Tenemos pagarés vencidos por casi cien millones de dólares -dijo el portavoz de los banqueros-. Temo que no podemos seguir protegiendo a Cameron Enterprises.

–Olvidan ustedes un par de cosas -dijo Keller-. La primera es que de un momento a otro deben renovarnos la licencia para el casino de Reno. Ese flujo de efectivo cubrirá cualquier déficit. La segunda es que las Torres Cameron marchan de acuerdo con los plazos previstos. Ya tenemos el setenta por ciento reservado, y pueden ustedes estar seguros de que, cuando dentro de noventa días estén terminadas, todo el mundo pedirá a gritos que

le alquilemos una parte. Su dinero está a salvo, caballeros. Están ustedes tratando con la magia de Lara Cameron.

Los hombres intercambiaron una mirada. El portavoz dijo:

–Será mejor que lo discutamos entre nosotros. Luego volveremos a hablar con usted.

–Perfecto. Se lo diré a la señora Cameron.

OceanofPDF.com

Keller volvió al despacho de Lara.

–Creo que nos esperarán un poco más -le dijo-. Pero mientras tanto tendremos que vender algunos activos más para mantenernos a flote.

–Hazlo.

Lara luchaba desesperadamente por salvar su imperio. Llegaba a la oficina por la mañana temprano y se iba ya entrada la noche, de modo que tenía poco tiempo para ver a Philip. No quería que supiese hasta qué punto estaba en dificultades. Demasiados problemas tiene él, pensaba , para que yo le vaya con los míos.

El lunes a las seis de la mañana Tilly la llamó por teléfono.

–Será mejor que venga, señora Cameron.

Lara sintió una aguda punzada de aprensión.

–¿Qué ocurre?

–Me gustaría que lo viera usted misma.

–Salgo ahora mismo.

Lara telefoneó a Keller.

–Howard, hay otro problema en las Torres Cameron. Pasaré a buscarte.

Media hora después iban hacia la construcción.

–¿Te dijo Tilly de qué se trataba? – preguntó Keller.

–No, pero ya no creo en casualidades. He pensado en lo que dijiste. Steve Murchison estaba empecinado en conseguir esa propiedad. Y yo se la quité.

Cuando llegaron a la obra vieron allí grandes láminas de cristal coloreado, esparcidas por el suelo; los camiones estaban descargando más. Tilly corrió hacia Lara y Keller.

–Me alegro de verlos.

–¿Qué pasa?

–Éste no es el cristal que encargamos. Ni el color ni las medidas corresponden. No hay modo de poder adaptarlos a los costados de nuestro edificio.

Lara y Keller intercambiaron una mirada.

–¿No podemos volver a cortarlos aquí? – preguntó Howard.

Tilly sacudió la cabeza.

–De ningún modo. Reduciríamos todo a una montaña de silicato.

–¿A quién hicimos el pedido? – preguntó Lara.

–A una empresa de Nueva Jersey.

–Voy a llamarlos -dijo Lara-. ¿Cuál es la fecha tope para esto?

Tilly hizo algunos cálculos.

–Si entregan la partida dentro de dos semanas, podríamos recuperar el tiempo perdido. Sería difícil, pero se puede.

Lara se volvió hacia Keller.

–Vamos -le dijo.

El gerente de la empresa de Nueva Jersey era Otto Karp. Atendió casi de inmediato.

–¿Señora Cameron? Me dicen que tiene un problema.

–No. Es usted quien tiene un problema. Nos envió una partida de cristales equivocada. Si no nos envía el pedido correcto dentro de dos semanas, lo demandaré hasta llevarlo a la ruina. Usted está retrasando un proyecto de trescientos millones de dólares.

–No comprendo. ¿Quiere esperar un momento, por favor?

Tardó casi cinco minutos. Cuando volvió al teléfono dijo:

–Lo siento muchísimo, señora Cameron. El pedido fue mal anotado. Lo que ocurrió fue…

–No me interesa lo que ocurrió -lo interrumpió Lara-. Sólo quiero que cumpla con nuestro pedido y nos lo envíe.

–Por supuesto.

Lara sintió un alivio inmediato.

–¿Cuándo lo recibiremos?

–Dentro de dos o tres meses.

–¡Dos o tres meses! ¡Imposible! Lo necesitamos ahora mismo.

–Ojalá pudiera cumplir con usted, señora Cameron -dijo Karp. Por desgracia, estamos atrasados en nuestros pedidos.

–Creo que no me ha comprendido -dijo Lara-. Esto es una emergencia y…

OceanofPDF.com

–Lo comprendo, y haremos lo posible. Enviaremos el pedido dentro de dos o tres meses. Lo siento, pero no podemos hacer más…

Lara cortó bruscamente la comunicación.

–No puedo creerlo -dijo. Miró a Tilly-. ¿Hay otra empresa con la que podamos tratar?

Tilly se frotó la frente con la mano.

–Ya no hay tiempo. Si recurriéramos a otra empresa, sería partir de cero.

Atenderían antes los pedidos de sus otros clientes.

–Oye, Lara -dijo Keller-, ¿puedo hablar un momento contigo? – La llevó aparte-. Detesto sugerir esto, pero…

–Adelante.

–Tu amigo Martin podría tener algunas vinculaciones. O conocer a alguien que conociera a alguien…

Lara asintió.

–Buena idea, Howard. Voy a averiguar.

Dos horas más tarde Lara estaba sentada en el despacho de Paul Martin.

–No sabes cuánto me alegra que hayas venido -dijo el abogado-. Hace tanto tiempo… Estás hermosa, Lara.

–Gracias, Paul.

–¿Qué puedo hacer por ti?

–Parece que siempre acudo a ti cuando estoy en dificultades dijo Lara, algo turbada.

–Nunca te he fallado, ¿verdad?

–Nunca. Eres un buen amigo. – Lara suspiró-. En estos momentos me hace falta un buen amigo.

–¿Cuál es el problema? ¿Otra huelga?

–No. Es en Torres Cameron.

El frunció el entrecejo.

–¿Alguna dificultad?

–Sí. Creo que Steve Murchison se ha dedicado a sabotear el proyecto. Juró que se vengaría de mí. De pronto en el edificio sale todo mal. Hasta ahora hemos podido arreglarnos, pero ahora tenemos un problema grande. Podría retrasarnos más allá de la fecha tope. Perderíamos a los dos inquilinos más importantes.

Y no puedo darme ese lujo. – Aspiró hondo, tratando de dominar su enojo-. Hace seis meses pedimos cristal coloreado a una empresa de Nueva Jersey. Esta mañana recibimos el pedido. No era el nuestro.

–¿Hablaste con ellos?

–Sí, pero van a tardar dos o tres meses. Necesito ese cristal dentro de cuatro semanas. Mientras no lo entreguen, los hombres no tendrán nada que hacer.

Han interrumpido el trabajo. Si ese edificio no queda terminado a tiempo, perderé todo lo que tengo.

Paul Martin la miró en silencio unos instantes, finalmente dijo, en voz baja:

–No, no lo perderás. Ya veré qué puedo hacer.

Lara sintió un enorme alivio.

–Paul… yo… -Era difícil expresar en palabras lo que sentía-. Gracias.

Él le tomó una mano, sonriendo.

–El dinosaurio todavía no ha muerto -dijo-. Espero tener novedades para ti mañana mismo.

A la mañana siguiente, el teléfono privado de Lara sonó por primera vez en varios meses. Atendió con nerviosismo.

–¿Paul?

–Hola, Lara. He conversado con algunos de mis amigos. No será fácil, pero se puede. Prometieron una entrega para el lunes próximo.

El día en que iba a llegar el pedido de cristal, Lara volvió a telefonear a Paul Martin.

–El cristal aún no ha llegado, Paul.

–¿No? – Hubo un silencio-. Voy a averiguar. – Su voz se hizo más suave-.

Mira, cariño, lo único bueno de esto es que vuelves a llamarme.

–Sí. Es que… Si ese cristal no llega a tiempo, Paul…

–Llegará. No desesperes.

OceanofPDF.com

Al terminar la semana aún no había noticias.

Keller fue al despacho de Lara.

–Acabo de hablar con Tilly. La fecha tope es el viernes. Si el cristal llega antes, no habrá problemas. De lo contrario, lo habremos perdido todo.

El jueves nada había cambiado.

Lara fue a visitar la obra de las Torres Cameron. No había nadie allí. El rascacielos se elevaba majestuosamente, empequeñeciendo cuanto lo rodeaba. Iba a ser un edificio hermoso. Su monumento. No voy a permitir que fracase, pensó Lara, con furia.

Telefoneó nuevamente a Paul Martin.

–Lo siento -dijo su secretaria-. El señor Martin no está en su despacho.

¿Quiere dejarle un mensaje?

–Pídale que me llame, por favor -dijo Lara y colgó. Se volvió hacia Keller-.

Tengo una corazonada que me gustaría comprobar. Averigua si por casualidad el propietario de esa fábrica de cristal no es Steve Murchison.

Treinta minutos después Keller volvió al despacho de Lara. Estaba pálido.

–¿Y bien? ¿Has averiguado de quién es la empresa?

–Sí -dijo él, lentamente-. Está registrada en Delaware, como propiedad de Etna Enterprises.

–¿Etna Enterprises?

–Eso es. La compraron hace un año. Etna Enterprises es Paul Martin.

Capítulo Treinta y tres

Continuaba la publicidad negativa sobre Cameron Enterprises. Los periodistas, que hasta hacía poco no habían escatimado elogios al referirse a Lara, ahora se volvían contra ella.

Jerry Townsend fue al despacho de Keller.

–Estoy preocupado -le dijo.

–¿Qué pasa?

¿Has leído los periódicos?

Sí. Se están cebando en nosotros.

–Me preocupa lo de la fiesta de cumpleaños, Howard. He estado enviando las invitaciones, pero con tanta publicidad negativa no recibo otra cosa que rechazos. Va a ser un fracaso.

–¿Qué sugieres?

–Que la cancelemos. Inventaré alguna excusa.

–Creo que tienes razón. Lara se sentiría abochornada, y eso es lo último que quiero.

–Bien. La voy a cancelar. ¿Te encargas de decírselo a Lara?

–Sí.

Llamó Terry Hill.

–Acaban de informarme que debemos presentarnos pasado mañana en Reno, para declarar ante el Gran Jurado.

OceanofPDF.com

Transcripción del interrogatorio de Jesse Shaw, efectuado por el teniente de detectives Sal Mancini:

M: Buenos días, señor Shaw. Soy el teniente Mancini. ¿Sabe usted que una estenógrafa está tomando nota de nuestra conversación?

S: Claro.

M: ¿Y usted ha rechazado el asesoramiento de un abogado?

S: No necesito ningún abogado. Por el amor de Dios, no hice otra cosa que encontrar un reloj. Y me traen aquí a rastras, como si fuese un animal.

M: ¿Sabe usted quién es Philip Adler, señor Shaw?

S: No. ¿Se supone que debería saberlo?

M: ¿Nadie le pagó para que lo atacara?

S: Ya le he dicho que nunca lo oí nombrar.

M: La policía de Chicago encontró cincuenta mil dólares en efectivo en su apartamento. ¿De dónde sacó ese dinero?

S: (No responde.)

M: ¿Señor Shaw…?

S: Lo gané apostando.

M: ¿Dónde?

S: En las carreras… Ya me entiende.

M: Usted tiene mucha suerte, ¿no?

S: Sí. Creo que sí.

M: En la actualidad tiene un trabajo en Chicago. ¿No es así?

S: Sí.

M: ¿Nunca ha trabajado en Nueva York?

S: Bueno… sí, una vez.

M: Aquí tengo un informe policial según el cual conducía usted una grúa en una obra de Queens y que esa grúa mató a un hombre llamado Bill Whitman. ¿Es eso correcto?

S: Sí. Se trató de un accidente.

M: ¿Cuánto tiempo trabajó usted en ese empleo?

S: No lo recuerdo.

M: Permítame refrescarle la memoria. Fueron setenta y dos horas. Llegó en avión desde Chicago el día antes de que se produjera el accidente con la grúa y viajó de regreso dos días después. ¿Correcto?

S: Supongo que sí.

M: Según los registros de American Airlines, usted voló nuevamente de Chicago a Nueva York dos días antes de que Philip Adler fuera atacado y regresó a Chicago al día siguiente. ¿Cuál fue la finalidad de ese viaje tan breve?

S: Quería ir al teatro.

M: ¿Recuerda qué obras vio?

S: No. Ha pasado mucho tiempo.

M: Al producirse el accidente con la grúa, ¿para quién trabajaba?

S: Para Cameron Enterprises.

M: ¿Y para quién trabaja ahora, en Chicago?

S: Para Cameron Enterprises.

Howard Keller estaba conversando por teléfono con Lara. Llevaban una hora pensando en el modo de reducir el efecto de la publicidad negativa que estaba recibiendo la empresa. Al terminar Lara dijo:

–¿Algo más?

Howard frunció el entrecejo. Alguien le había encargado decir algo a Lara, pero no recordaba qué. Oh, bueno, pensó, no ha de ser tan importante.

Simms, el mayordomo, anunció:

–Lo llaman por teléfono, señor Adler. El teniente Mancini.

Philip tomó el auricular.

–Hola, teniente, ¿qué puedo hacer por usted?

–Tengo algunas noticias, señor Adler.

–¿Qué ocurre? ¿Han encontrado al hombre?

–Preferiría hablar personalmente con usted. ¿Le parece bien?

–Por supuesto.

–Estaré allí dentro de media hora.

Philip colgó, preguntándose por qué el detective no quería decirle nada por teléfono.

OceanofPDF.com

Cuando llegó Mancini, Simms lo hizo pasar a la biblioteca.

–Buenas tardes, señor Adler.

–Buenas tardes. ¿Qué ocurre?

–Atrapamos al hombre que lo atacó.

–¿De veras? Qué extraño -dijo Philip-. Usted dijo que era imposible atrapar a los asaltantes callejeros.

–No es un asaltante callejero.

Philip lo miró sorprendido.

–No comprendo.

–Es un obrero de la construcción. Trabaja en Chicago y Nueva York. Tiene antecedentes policiales: asalto y robo con violencia.

Empeñó su reloj y obtuvimos sus huellas digitales. – Mancini le mostró un reloj-. Es éste, ¿verdad?

Philip lo miró con atención; no quería tocarlo. Con sólo verlo recordaba el momento horrible en que el hombre le había sujetado la muñeca para cortársela. Renuente, alargó la mano y cogió el reloj. Buscó en el dorso la leyenda, raspada a medias.

–Sí. Es el mío.

El teniente Mancini volvió a cogerlo.

–Por el momento lo conservaremos como evidencia. Me gustaría que mañana por la mañana fuese usted al Departamento Central de Policía para identificar al hombre.

La idea de ver a su atacante cara a cara llenó a Philip de una súbita furia.

–Allí estaré.

–¿Le parece bien a las diez?

–Bien. – El pianista frunció las cejas-. ¿Por qué dijo usted que no era un asaltante callejero?

El teniente Mancini vacilaba.

–Porque le pagaron para que lo atacase.

Philip lo miró fijamente, desconcertado.

–¿Qué?

–Lo suyo no fue un accidente, señor Adler. A ese hombre le pagaron cincuenta mil dólares para que le cortase la muñeca.

–No me lo creo -dijo Philip-. ¿Quién pudo pagarle cincuenta mil dólares para dejarme lisiado?

–Fue contratado por su esposa, señor Adler.

Capítulo Treinta y cuatro

¡Fue contratado por su esposa!

Philip estaba aturdido. ¿Lara podía haber hecho algo tan horrible? ¿Por qué?

No comprendo por qué practicas todos los días. Si ahora no vas a dar un concierto…

No tienes necesidad de ir. Quiero un esposo, no un… tú no eres un representante de comercio…

Me acusó de robar el brazalete de diamantes que usted le regaló. Es capaz de cualquier cosa por no perderlo…

Y Ellerbee: Hablé con Lara. ¿Estás pensando en reducir tus giras?

Lara.

En el Departamento Central de Policía estaban reunidos el fiscal del distrito, el comisario de policía y el teniente Mancini.

El fiscal del distrito dijo:

–Aquí no se trata de una mujer cualquiera. Esa señora tiene mucho poder.

¿Tiene pruebas firmes, teniente?

–Hice averiguaciones en la oficina de personal de Cameron -respondió Mancini-. Jesse Shaw fue contratado a petición de Lara Cameron. Pregunté si ella había contratado personalmente algún otro miembro para el equipo de construcción.

OceanofPDF.com

Me dijeron que no.

–¿Qué más?

–Se comenta que cierto aparejador, llamado Bill Whitman, se jactó ante sus compañeros de saber algo acerca de Lara Cameron, gracias a lo cual iba a ser rico. Poco después lo mató una grúa conducida por Jesse Shaw. A Shaw lo habían retirado de una construcción en Chicago para traerlo a Nueva York. Después del accidente volvió sin más a Chicago. No caben dudas de que eso fue intencional. Para mayores datos, sus billetes de avión fueron pagados por Cameron Enterprises.

–¿Y qué pasó con el ataque?

–El mismo modus operandi. Shaw viajó en avión desde Chicago dos días antes de atacar al señor Adler y regresó al día siguiente. Jamás lo habríamos descubierto si no hubiese sido porque la codicia lo llevó a ganar un poco más empeñando el reloj, en vez de arrojarlo en cualquier parte.

El comisario de policía preguntó:

–¿Y los motivos? ¿Qué razones tenía esa mujer para hacerle eso a su marido?

–Hablé con algunos de los criados. Lara Cameron estaba loca por su esposo.

Reñían sólo por una cosa: porque él se ausentaba a causa de sus giras. Ella quería tenerlo en casa.

–Y ahora lo tiene en casa.

–Exactamente.

El fiscal del distrito preguntó:

–¿Y ella qué dice? ¿Lo niega?

Todavía no la hemos interrogado. Queríamos hablar primero con usted, para ver si se podía cursar algún cargo contra ella.

–¿Dice usted que Philip Adler puede identificar a Shaw?

–Sí.

–Bien.

–¿Por qué no envía a uno de sus hombres para que interrogue a Lara Cameron? Veremos qué declara.

Lara estaba hablando por teléfono con Howard Keller cuando sonó el intercomunicador.

–El teniente Mancini quiere verla, señora Cameron.

Lara frunció el entrecejo.

–¿Por qué asunto?

–No lo ha dicho.

–Hazlo pasar.

El teniente Mancini tenía que moverse con pies de plomo. Sin pruebas firmes iba a ser difícil obtener algo de Lara Cameron. Pero debo intentarlo, pensó.

No esperaba ver a Howard Keller allí.

–Buenas tardes, teniente.

–Buenas tardes.

–Ya conoce usted a Howard Keller.

–Por supuesto. Era el mejor beisbolista de Chicago.

–¿Qué puedo hacer por usted? – preguntó Lara.

Eso era lo difícil. Comencemos por probar que conocía a Jesse Shaw.

Desde allí la iremos llevando.

–Hemos arrestado al que atacó a su esposo. – La observaba atentamente.

–¿Sí? ¿Qué…?

Howard Keller la interrumpió.

–¿Cómo lo atraparon?

–Empeñó un reloj que la señora Cameron había regalado a su esposo. –

Mancini la miró otra vez-. Se llama Jesse Shaw.

No hubo el menor cambio de expresión. Esta mujer es una actriz excelente, pensó Mancini.

–¿Lo recuerda?

Ella frunció las cejas.

–No. ¿Debo conocerlo?

Es su primer error, se dijo Mancini . La tengo en la trampa.

- Trabajaba en uno de sus edificios de Chicago. También trabajó para usted en un proyecto de Queens. Conducía una grúa que mató a un hombre. –

Fingió consultar su libreta-. El aparejador Bill Whitman. El forense lo calificó de muerte accidental.

Lara tragó saliva.

–Sí.

OceanofPDF.com

Antes de que ella pudiese continuar,-Keller intervino:

–Mire, teniente: tenemos cientos de personas contratadas en esta empresa.

No supondrá usted que los conocemos a todos.

–¿Usted no conoce a Jesse Shaw?

–No. Y estoy seguro de que la señorita Cameron…

–Preferiría que me lo dijera ella, si a usted no le molesta.

Lara dijo:

–Nunca he oído ese nombre.

–Recibió cincuenta mil dólares para atacar a su esposo.

–¡No… no puedo creerlo! – De pronto se había puesto muy pálida.

Ahora sí que la estoy afectando, pensó Mancini.

–¿No puede decirme nada de eso?

Lara lo miró fijamente, sin apenas poder reprimir su furia.

–¿Qué está sugiriendo? ¿Cómo se atreve? Si alguien contrató a ese hombre para eso, ¡yo quiero saber quién fue!

–También su esposo, señora Cameron.

–¿Ha hablado de esto con Philip?

–Sí, lo…

Un instante después Lara salía a toda velocidad del despacho.

Cuando llegó al apartamento encontró a Philip en el dormitorio, preparando el equipaje con torpeza, debido a su mano inutilizada.

–¿Qué haces, Philip?

Se volvió hacia ella, mirándola cómo si lo hiciera por primera vez.

–Me voy.

–¿Por qué? No me digas que has creído ese horrible cuento.

–Basta de mentiras, Lara.

–¡Pero si no te miento! Tienes que escucharme. Yo no tuve nada que ver con lo que te pasó. Por nada del mundo te haría daño. Te amo, Philip.

Él la encaró.

–Dice la policía que el hombre trabajaba para ti. Le pagaron cincuenta mil dólares para… para que hiciera lo que hizo.

Ella meneó la cabeza.

–No sé nada de eso. No tuve nada que ver. ¿No me crees?

Él la miró en silencio.

Lara quedó inmóvil un largo instante. Luego giró sobre sus talones y salió a ciegas.

Philip pasó una noche de insomnio en un hotel del centro. A la mente le venían imágenes de Lara.

Me interesa saber más sobre la fundación. Tal vez podamos reunimos para hablar de eso…

¿Está casado? Cuénteme más de usted… Cuando lo oigo tocar a Scarlatti estoy en España…

Sueño un sueño de ladrillos, cemento y acero y lo convierto en realidad…

Vine a Ámsterdam para verte…

¿Te gustaría que te acompañara a Milán? Me vas a malcriar, mujer… Esa es mi intención…

Y el calor de Lara, su compasión, su afecto. ¿Puedo haberme equivocado tanto sobre ella?

Cuando Philip llegó al Departamento Central de Policía el teniente Mancini lo estaba esperando. Llevó a Philip a un pequeño auditorio, con una plataforma elevada en un extremo.

–Bastará con que lo identifique entre los hombres de la hilera.

La hilera estaba compuesta por seis hombres, todos de aproximadamente la misma edad y semejante constitución física. Jesse Shaw era el del medio. Al

verlo, Philip sintió que las sienes le palpitaban con fuerza. Volvió a oír su voz: «Dame la cartera». Sintió el horrible dolor de la navaja cortándole la muñeca. ¿Pudo Lara hacerme eso?

No he amado a otro hombre en mi vida.

El teniente Mancini le estaba hablando.

–Mire bien, señor Adler.

A partir de ahora voy a trabajar en casa. Philip me necesita…

–Señor Adler…

Te buscaremos los mejores médicos del mundo. Ella lo había atendido a cada momento, cuidándolo, dándole fuerzas. Si Mahoma no va a la montaña…

OceanofPDF.com

–¿Quiere señalármelo?

Me casé contigo porque estaba locamente enamorada. Y todavía lo estoy. Si no volvemos a hacer el amor, no importa. Sólo quiero que me abraces y me ames… Y lo había dicho en serio.

Y luego, la última escena en el apartamento. No tuve nada que ver con lo que te pasó. Por nada del mundo te haría daño…

–Señor Adler…

La policía debe de haberse equivocado, pensó Philip . Por Dios, le creo.

¡Ella no pudo hacerlo!

Mancini insistía otra vez:

–¿Cuál es?

Philip se volvió hacia él.

–No lo sé.

–¿Qué?

–No lo veo.

–Usted nos dijo que lo había visto bien.

–Sí.

–Entonces dígame cuál es.

–No puedo -dijo Philip-. No está allí.

El teniente Mancini se puso ceñudo.

–¿Está seguro de eso?

Philip se levantó.

–Muy seguro.

–Supongo que eso es todo, señor Adler. Muchísimas gracias por su colaboración.

Tengo que buscar a Lara, pensó Philip. Tengo que buscar a Lara.

Estaba sentada ante su escritorio, mirando por la ventana. Philip no le había creído. Eso era lo que dolía tanto. Y lo de Paul Martin. Fue obra de él, por supuesto. Pero ¿por qué lo hizo?

¿Recuerdas lo que te dije? ¿Que tu esposo debía cuidar bien de ti? No parece cuidarte mucho. ¡Alguien tiene que decirle un par de cosas!

¿Era porque la amaba? ¿O era un acto de venganza, porque la odiaba?

Howard Keller entró, pálido y ojeroso.

–Acabo de enterarme por teléfono. Hemos perdido Torres Cameron, Lara.

Tanto Southern Insurance como Mutual Overseas se retiran porque no podemos cumplir con los plazos acordados. No tenemos modo de cubrir las cuotas de la hipoteca. Estuvimos a punto de lograrlo, ¿no? El rascacielos más alto del mundo. Lo… lo siento, Lara. Sé lo mucho que eso te importaba.

Lara se volvió a mirarlo. Keller se quedó impresionado por su aspecto.

Estaba pálida y tenía ojeras negras. Parecía aturdida, como si hubiera perdido toda su energía.

–¿Has oído lo que acabo de decirte, Lara? Hemos perdido Torres Cameron.

Cuando ella respondió lo hizo con voz sobrenaturalmente serena.

–Ya te he oído. No te preocupes, Howard. Hipotecaremos alguno de los otros edificios y pagaremos todo.

Lo estaba asustando.

–No tenemos nada más que hipotecar, Lara. Tendrás que presentar convocatoria de acreedores y declararte en quiebra y…

–Howard…

–¿Sí?

–¿Es posible amar demasiado a un hombre?

–¿Qué?

Su voz parecía muerta.

–Philip me ha dejado.

Eso explicaba súbitamente muchas cosas.

–Lo… lo siento.

–Es curioso, ¿no? – Lara sonreía de un modo extraño-. Lo estoy perdiendo todo a la vez. Primero Philip, ahora mis edificios. ¿Sabes a qué se debe, Howard? Al destino. Contra el destino no se puede, ¿verdad?

Keller nunca había visto tanto dolor. Lo desgarraba.

–Lara…

–Todavía no ha acabado conmigo. Esta tarde debo volar a Reno, para enfrentarme al Gran Jurado. Si…

Sonó el intercomunicador.

–Está el teniente Mancini.

–Hágalo pasar.

Howard Keller miró a Lara, extrañado.

–¿Mancini? ¿Qué quiere?

Lara aspiró hondo.

–Viene a arrestarme, Howard.

–¿Arrestarte a ti? ¿De qué estás hablando?

Su voz era muy baja.

–Creen que yo mandé atacar a Philip.

–¡Pero eso es ridículo! No pueden…

Se abrió la puerta y entró el teniente Mancini. Por un momento se detuvo a

mirarlos. Luego se adelantó.

–Tengo una orden de arresto contra usted.

Howard Keller, muy pálido, dijo con voz ronca:

–No puede arrestarla. Ella no hizo nada.

–Tiene razón, señor Keller. La orden de arresto no es contra ella, sino contra usted.

Capítulo Treinta y cinco

Transcripción del interrogatorio de Howard Keller por el teniente de detectives Sal Mancini:

M: ¿Le han leído sus derechos, señor Keller?

K: Sí.

M: ¿Y rechaza el asesoramiento de un abogado??

K: No necesito abogado. De cualquier modo iba a entregarme. No podía permitir que le ocurriera nada a Lara.

M: ¿Usted pagó cincuenta mil dólares a Jesse Shaw para que atacara a Philip Adler?

K: Sí.

M: ¿Por qué?

K: Porque la estaba haciendo sufrir. Ella le rogaba que se quedase en casa, pero él seguía viajando.

M: Y usted hizo que lo dejaran inválido.

K: No fue así. Yo no quería que Jesse llegara tan lejos. Se entusiasmó.

M: Hábleme de Bill Whitman.

K: Era un cerdo. Trató de extorsionar a Lara. Yo no podía permitirlo. La habría arruinado.

M: ¿Y usted lo hizo matar?

K: Sí. Por el bien de Lara.

OceanofPDF.com

M: ¿Sabía ella lo que hacía usted?

K: No, por supuesto. No me lo habría permitido. No. Mi misión era protegerla, ¿comprende? Todo lo que hice lo hice por ella. Sería capaz de morir por Lara.

M: Cabe la posibilidad de que así sea, señor Keller.

K. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Cómo supo usted que yo estaba involucrado en esto?

Fin del interrogatorio.

En el Departamento Central de Policía, el capitán Bronson dijo a Mancini:

–¿Cómo supiste que él estaba detrás de todo esto?

–Dejó un hilo suelto y yo lo seguí. Casi se me pasó por alto. En el legajo de Jesse Shaw se menciona que fue detenido a los diecisiete años por robar un equipo de béisbol a los Chicago Cubs. Recordé que Howard Keller había jugado para ese equipo. Hice averiguaciones y descubrí que habían sido compañeros de equipo. Fue entonces cuando Keller cometió su error.

Cuando lo interrogué, me dijo que no conocía a Jesse Shaw. Llamé a un amigo mío que trabajó como periodista deportivo en Chicago. Él se acordaba de ambos. Eran amigos. Supuse que era Keller quien había conseguido a Shaw el empleo en Cameron Enterprises. Lara Cameron contrató a Jesse Shaw porque Howard Keller se lo pidió. Es probable que ella nunca lo haya visto siquiera.

–Buen trabajo, Sal.

Mancini meneó la cabeza.

–¿Sabes una cosa? A fin de cuentas no importa. Si yo no lo hubiera descubierto, si no hubiéramos ido tras Lara Cameron, Howard Keller habría venido a confesar.

El mundo de Lara se estaba derrumbando. Parecía increíble que Howard Keller, nada menos, fuera el responsable de las cosas terribles que habían ocurrido. Lo hizo por mí, pensó Lara. Tengo que ayudarlo.

Kathy la llamó por el intercomunicador.

–Ya está el coche aquí, señora Cameron.

–Bien. – Iba camino a Reno, para declarar ante el Gran Jurado.

Cinco minutos después de que Lara partiese, Philip telefoneó a la oficina.

–Lo siento, señor Adler, pero acaba de salir. Ya va camino a Reno.

Él sintió una aguda punzada de desilusión. Estaba desesperado por verla, por pedirle perdón.

–Si habla con ella, dígale que la estaré esperando.

–Se lo diré.

Hizo una segunda llamada. Habló por espacio de diez minutos y luego telefoneó a William Ellerbee.

–Bill… me quedo en Nueva York. Voy a enseñar en Juilliard.

–¿Qué puede ocurrirme? – preguntó Lara.

–Eso depende. Escucharán tu testimonio -respondió Terry Hill-. Pueden decidir que eres inocente y devolverte el casino. O recomendar que seas procesada, considerando que hay pruebas suficientes en tu contra. Si ése es su veredicto, serás juzgada por cargos criminales y puedes ir a prisión.

Lara murmuró algo.

–¿Cómo dices?

–Digo que mi padre tenía razón. Es el destino.

La audiencia del Gran Jurado se prolongó por cuatro horas. Lara fue interrogada sobre la adquisición del Hotel y Casino Cameron. Cuando salían de la sala de audiencias Terry Hill le estrechó la mano.

–Has estado muy bien, Lara. Creo que quedaron impresionados. Como no tienen pruebas firmes contra ti, es muy probable que… -se interrumpió, estupefacto. Lara giró en redondo.

OceanofPDF.com

Paul Martin estaba en la antesala. Vestía un anticuado terno gris, tal como cuando Lara lo había conocido.

Terry Hill dijo:

–¡Oh Dios! Ha venido a testificar. – Se volvió hacia Lara-. ¿Hasta qué punto te odia?

–¿Qué quieres decir?

–Si le han ofrecido clemencia para que atestigüe contra ti, Lara, estás acabada. Irás a prisión.

Ella miraba a Paul Martin desde el lado opuesto de la sala.

–Pero… se destruiría a sí mismo.

–Por eso te pregunto hasta qué punto te odia. ¿Sería capaz de tanto con tal de destruirte?

–No lo sé -reconoció Lara, estupefacta.

Paul Martin caminaba hacia ellos.

–Hola, Lara. Me han dicho que tus cosas no marchan bien. – Sus ojos no revelaban nada-. Lo siento mucho.

Ella recordó las palabras de Howard Keller. «Es siciliano, y los sicilianos no perdonan ni olvidan.» Desde un principio había guardado dentro de sí esa ardorosa sed de venganza, sin que ella lo sospechara.

Paul Martin empezó a alejarse.

–Paul…

Se detuvo.

–¿Sí?

–Quiero hablar contigo.

Él vaciló un momento.

–Está bien. – Señaló un despacho vacío-. Allí podemos hablar.

Terry Hill los vio entrar en la oficina. La puerta se cerró tras ellos. Habría dado cualquier cosa por escuchar esa conversación.

Lara no sabía por dónde comenzar.

–¿Qué quieres, Lara?

Fue mucho más difícil de lo que ella esperaba. Por fin, con voz ronca, dijo:

–Quiero que me sueltes.

Él enarcó las cejas.

–¿Cómo, si no te tengo sujeta?

Se estaba burlando de ella. A Lara le costaba respirar.

–¿No crees que me has castigado bastante?

Paul Martin parecía de piedra; su expresión era inescrutable.

–Lo que vivimos juntos fue maravilloso, Paul -continuó ella-. Aparte de Philip, en mi vida nadie ha sido tan importante como tú. Te debo más de lo que podría pagarte. Nunca quise hacerte sufrir. Debes creerme. – Le costaba continuar-. En tu mano está destruirme. ¿Es realmente eso lo que quieres?

¿Serás más feliz si me haces encarcelar? – Luchaba por contener las lágrimas-. Te lo ruego, Paul. Déjame vivir mi vida. Por favor, no sigas tratándome como a una enemiga.

Paul Martin seguía inmóvil; sus ojos negros no revelaban nada.

–Te estoy pidiendo perdón. Estoy… estoy demasiado cansada para seguir luchando, Paul. Has ganado… -Se le quebró la voz.

Alguien tocó a la puerta. El alguacil echó un vistazo dentro.

–El Gran Jurado está listo para oír su testimonio, señor Martin.

Él siguió mirando a Lara un largo rato. Luego giró en redondo y salió sin decir palabra.

Se acabó, pensó Lara . Todo ha terminado.

Terry Hill entró precipitadamente en el despacho donde se hallaba Lara.

–Por Dios, cómo me gustaría saber qué va a declarar ese hombre. No nos queda sino esperar.

Esperaron. Pareció una eternidad. Cuando Paul Martin salió finalmente de

la sala de audiencias se lo veía cansado y ojeroso. Se ha vuelto viejo, pensó ella. Y me culpa de ello. Él la observaba. Vaciló un momento. Luego se le acercó .

–Jamás podré perdonarte. Pero fuiste lo mejor que me pasó en la vida. Creo que por eso te debo algo. No les dije nada, Lara.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Oh, Paul. No sé cómo…

OceanofPDF.com

–Considéralo mi regalo de cumpleaños. Feliz cumpleaños, cariño.

Mientras lo miraba alejarse, Lara captó súbitamente el significado de esas palabras. ¡Era su cumpleaños! Lo había olvidado por completo. Y la fiesta.

Doscientos invitados la esperarían en el Cameron Plaza de Manhattan.

Se volvió hacia Terry Hill.

–Tengo que volver a Nueva York esta misma noche. Han organizado una gran fiesta para mí. ¿Me dejarán ir?

–Un momento -dijo Terry Hill.

Desapareció dentro de la sala de audiencias. Cinco minutos después le dijo:

–Puedes ir a Nueva York. El Gran Jurado dará su veredicto por la mañana, pero es sólo una formalidad. Bastará con que vuelvas antes de la mañana. A propósito: tu amigo dijo la verdad. No declaró nada.

Treinta minutos más tarde Lara partía hacia Nueva York.

–¿Te encuentras bien? – preguntó Hill.

–Por supuesto -respondió ella.

Esa noche habría cientos de personas importantes en su fiesta. Se presentaría con la cabeza en alto. Era Lara Cameron.

De pie en el centro del gran salón desierto, miró a su alrededor. Yo creé esto.

Creé monumentos que se elevan al cielo, que cambiaron la vida a miles de personas en toda América. Y ahora todo pertenecerá a banqueros sin rostro.

Oyó claramente la voz de su padre: Es el destino. Siempre ha estado contra mí. Pensó en Glace Bay y en la pequeña pensión donde se había criado.

Recordó lo aterrorizada que estaba el primer día de clases. ¿Otra palabra que comience con C? Rememoró a los pensionistas. A Bill Rogers: La primera regla de los bienes raíces es DDO: Dinero De Otros. No lo olvides nunca. Y a Charles Cohn: Como sólo alimentos kosher y me temo que en Glace Bay no los hay…

-Si pudiera adquirir esta parcela, ¿usted me firmaría un contrato de alquiler por cinco años?

-No. Tendría que ser por diez años.

Y Sean MacAllister: Necesitaría un motivo muy especial para hacerte ese préstamo. ¿Has tenido algún amante?

Y Howard Keller: Usted está encarando la operación al revés… ¿Te gustaría trabajar conmigo?

Luego, los triunfos. Los maravillosos, brillantes triunfos. Y Philip. El hombre que ella adoraba. Ésa era la pérdida mayor.

Una voz llamó:

–Lara…

Ella se volvió. Era Jerry Townsend.

–Carlos me dijo que estabas aquí. – Se le acercó-. Lamento lo de la fiesta de cumpleaños.

–¿Qué… qué fue lo que ocurrió?

Él la miró fijamente.

–¿Howard no te lo dijo?

¿Qué debía decirme?

–La publicidad negativa provocó tantos rechazos que decidimos cancelar la fiesta. Le pedí a Howard que te avisara.

Tengo algunos problemas con la memoria.

Lara dijo, suavemente:

–No tiene importancia. – Echó una última mirada al hermoso salón-. Tuve mis cinco minutos de fama, ¿verdad?

–¿Qué?

–Nada. – Echó a andar hacia la puerta.

–Subamos al despacho, Lara. Hay algunas cosas que resolver.

–Muy bien.

Tal vez no vuelva a pisar este edificio nunca más, pensó Lara.

En el ascensor que los subía a las oficinas principales, Jerry dijo:

–Me han contado lo de Keller. Cuesta creer que haya sido el responsable de lo que ocurrió.

–La responsable fui yo, Jerry. No me lo perdonaré jamás.

OceanofPDF.com

–No es culpa tuya.

Súbitamente la invadió la soledad.

–Si todavía no has cenado, Jerry…

–Lo siento, Lara, pero esta noche tengo un compromiso.

–Oh… no importa.

Se abrió la puerta del ascensor.

–Los papeles que debes firmar están en la mesa de la sala de reuniones -dijo Jerry.

–Bien.

La sala de reuniones estaba cerrada. Él dejó que Lara abriese. En ese momento, cuarenta voces comenzaron a cantar:

–Cumpleaños feliz… cumpleaños feliz…

Lara se quedó estupefacta. La sala estaba llena de personas que habían trabajado con ella en el curso de los años. Los arquitectos y los administradores de construcción. Charles Cohn y el profesor Meyer. Horace Guttman, Kathy, el padre de Jerry Townsend. Pero Lara sólo vio a Philip.

Avanzaba hacia ella con los brazos extendidos. De pronto le costaba respirar.

–Lara… -Su voz era una caricia.

Estaba en sus brazos, tratando de contener las lágrimas. Esto es mi hogar, pensó. Estas son mis raíces. Y experimentó una balsámica y bendita sensación de paz. Lo abrazó, con fuerza. Esto es lo único que importa, se dijo.

La gente la rodeaba. Al parecer, todos hablaban al mismo tiempo.

–Feliz cumpleaños, Lara.

–Estás espléndida…

–¿Te hemos sorprendido…?

Lara se volvió hacia Jerry Townsend.

–¿Cómo hiciste para…?

El sacudió la cabeza.

–Lo organizó Philip.

–¡Oh, querido!

Estaban entrando los camareros con canapés y copas.

–Pase lo que pase -dijo Charles Cohn-, estoy orgulloso de ti, Lara. Dijiste que querías cambiar las cosas y lo has hecho.

–A esta mujer le debo la vida -dijo el padre de Jerry Townsend.

–También yo -sonrió Kathy.

–Brindemos -propuso Jerry-: por la mejor jefa que nunca tuve y jamás tendré.

Charles Cohn alzó su copa.

–Por una niñita maravillosa que se convirtió en una maravillosa mujer.

Siguieron los brindis. Por fin le llegó el turno a Philip. Había mucho que decir y él lo expresó en cinco palabras:

–Por la mujer que amo.

Los ojos de Lara desbordaban de lágrimas. Le costó responder.

–Estoy… tan en deuda con todos vosotros-… Jamás podré pagaros. Sólo quiero decir… -Quedó sofocada, sin poder continuar-… gracias.

Se volvió hacia Philip.

–Gracias por esto, querido. Es el mejor cumpleaños de mi vida. – De pronto se acordó-: ¡Tengo que volver a Reno esta misma noche!

Philip la miró con una gran sonrisa.

–Nunca he estado en Reno…

Media hora después iban hacia el aeropuerto en la limusina. Lara pensaba : No lo he perdido todo, al fin y al cabo. Pasaré el resto de mi vida compensando a Philip por lo que perdió. Lo demás no importa. Sólo importa estar con él, cuidarlo. Es todo cuanto necesito.

–¿Lara…?

Ella estaba mirando por la ventanilla.

–¡Detente, Max!

La limusina se detuvo con un chirrido de frenos.

Philip la miraba, desconcertado. Se habían detenido frente a una enorme parcela vacía, cubierta de hierbas. Lara la observaba.

–Lara…

–Mira eso, Philip.

Él se volvió a mirar.

OceanofPDF.com

–¿Qué?

–¿No lo ves?

–¿Qué cosa?

–Oh, es hermoso… En esa esquina, un centro comercial. En el medio pondremos lujosos apartamentos. Aquí hay lugar para cuatro edificios.

Ahora lo ves, ¿verdad?

Él miraba a Lara, hipnotizado.

Ella se volvió con la voz cargada de entusiasmo.

–Verás… mi plan es éste…

This file was created with BookDesigner program bookdesigner@the-ebook.org

07/09/2008

LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; msh-tools.com/ebook/

OceanofPDF.com

Terminaste Escrito en las Estrellas

Sydney Sheldon

Libros como este