Escrito en las Estrellas

Sydney Sheldon · Capítulo 5 de 6 · parte 1/2

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Escrito en las Estrellas

bemol mayor

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Opus 73, Emperador.

PHILIP ADLER

El Bowl estaba colmado. Lara percibió la expectativa del público. Cuando los músicos comenzaron a salir al escenario, fueron recibidos con aplausos ansiosos. Al aparecer André Previn, los aplausos cobraron más entusiasmo.

Se hizo el silencio y la orquesta comenzó a tocar. No había señales de Philip Adler.

–¿Dónde está? – preguntó Lara.

–Relájate -aconsejó Keller-. El solista viene después del intermedio.

–Ah.

Los bellos sonidos de la orquesta reverberaban en todo el Bowl, pero Lara no prestaba atención. Sólo pensaba en Philip.

Cuando por fin llegó el entreacto, Lara miró a su alrededor. La gente estaba abriendo cestos con provisiones.

–¿Tienes hambre? – preguntó Keller.

–No.

–Estaba demasiado nerviosa para comer.

Por fin, después de un rato que le pareció una eternidad, terminó el entreacto. El público aplaudió con entusiasmo al ver salir a Philip Adler, elegante con su frac y su pajarita blanca.

Lara estrujó el brazo de Keller.

–¿Verdad que es bien parecido? – susurró. Él no respondió.

Philip se sentó al piano, para iniciar la segunda mitad del programa. Su magia se impuso de inmediato, envolviendo al público. En la noche había cierto misticismo. Brillaban las estrellas, iluminando oscuras montañas que rodeaban el Bowl.

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Los miles de espectadores sentados allí guardaban silencio, conmovidos por la majestad de la música. Cuando se apagaron las últimas notas del concierto, el público emitió un rugido y se levantó de un salto, entre aplausos y vítores. Philip hacía reverencias y más reverencias.

–Vamos a hablar con él -dijo Lara.

Keller se volvió a mirarla. Su voz temblaba de excitación.

La entrada a bastidores estaba a un costado del foso de la orquesta. Había un guarda apostado allí, para mantener fuera a la multitud. Keller dijo:

–La señorita Cameron quiere ver al señor Adler.

–¿Él la espera? – preguntó el guarda.

–Sí -dijo Lara.

–Un momento, por favor. – El guarda regresó al cabo de pocos segundos-.

Puede pasar, señorita Cameron.

Lara y su compañero entraron en la sala de descanso. Philip estaba rodeado por una multitud que no paraba de felicitarlo.

Querido mío, nunca he escuchado a Mozart tocado con tanta exquisitez. Ha sido sencillamente increíble.

Philip decía:

–Gracias…

–Gracias… Con música como ésa cualquiera se inspira.

–Gracias… André es un director brillante…

–Gracias… Siempre es un placer tocar en el Bowl…

Al levantar la vista vio a Lara y volvió a dedicarle esa sonrisa que a ella tanto la cautivaba.

–Disculpen -dijo. Se abrió paso hacia ella-. No sabía que estuvieses en la ciudad.

–Llegamos esta mañana. Te presento a Howard Keller, mi socio.

–Hola -lo saludó Keller, fríamente.

Philip se volvió hacia un hombre bajo y fornido.

–Mi representante, William Ellerbee.

Intercambiaron saludos. Philip miraba a Lara.

–Esta noche hay una fiesta en el Beverly Hilton. ¿Podríais venir?

–Desde luego -dijo Lara.

Cuando Lara y Keller llegaron al Beverly Hilton, el salón de baile estaba lleno de músicos y aficionados a la música que sólo hablaban de música.

–¿Has notado que, cuanto más te acercas al Ecuador, más demostrativos y calurosos son los admiradores?

Cuando Franz Liszt tocaba, su piano se convertía en un orquesta…

No estoy de acuerdo con usted. DeGroote no tiene talento para los estudios de Liszt o Paganini, pero sí para Beethoven…

–Hay que dominar el paisaje emocional del concierto…

Músicos, hablando en su jerga, pensó Lara.

Philip estaba rodeado de admiradores, como siempre. Con sólo mirarlo, Lara sintió un fulgor cálido. Al verla llegar, él la saludó con una amplia sonrisa.

–Me alegro de verte.

–No me lo habría perdido por nada del mundo.

Howard Keller los miraba a ambos, pensando: ¿Por qué no estudié piano?

¿O por qué no despierto a la realidad, simplemente? Parecía, haber pasado mucho tiempo desde que viera por primera vez a esa joven inteligente, activa y ambiciosa. El tiempo la había tratado bien; para él permanecía inmóvil.

Lara estaba diciendo:

–Mañana debo regresar a Nueva York, pero podríamos desayunar juntos.

–Ojalá pudiera, pero parto hacia Tokio.

Ella sintió una punzada de desilusión.

–¿Por qué?

Philip se echó a reír.

–Porque me dedico a esto, Lara. Doy ciento cincuenta conciertos por año. A veces, doscientos.

–¿Cuánto tiempo estarás fuera esta vez?

–Ocho semanas.

–Te echaré de menos -dijo Lara, en voz baja. No tienes idea de cuánto.

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Capítulo Veintidós

En las semanas siguientes, Lara y Keller viajaron a Atlanta para ver dos solares en Ainsley Park y uno en Dunwoody.

–Averigua cómo están los precios en Dunwoody -dijo Lara-. Podríamos construir algunas urbanizaciones.

Desde Atlanta viajaron a Nueva Orleans. Allí pasaron dos días, explorando el distrito comercial, y uno más en el lago Pontchartrain. Lara halló dos parcelas que le gustaron.

Un día después de que regresara a Nueva York, Keller entro en el despacho de Lara.

–Hemos tenido mala suerte con el proyecto de Atlanta -dijo.

–¿Por qué?

–Alguien se nos ha adelantado.

Lara lo miró, sorprendida.

–¿Cómo es posible? Esas propiedades todavía no han salido a la venta.

–Lo sé. Alguien debe de haber ido con el soplo.

Lara se encogió de hombros.

–Vale. No se puede ganar siempre.

Esa tarde Keller trajo más malas noticias.

–Hemos perdido la operación del lago Pontchartrain.

A la semana siguiente volaron a Seattle para explorar Mercer Island y Kirkland. Lara se mostró interesada por un solar. Cuando vieron a Nueva York ordenó a Keller:

–Vamos a comprarlo. Creo que será una mina de oro.

–De acuerdo.

Al día siguiente Lara le preguntó:

–¿Has hecho ya una oferta por lo de Kirkland?

Keller sacudió la cabeza.

–Ya la han comprado.

Lara se quedó pensativa.

–Oh… Trata de averiguar quién se nos está adelantando.

Él no necesitó más de veinticuatro horas:

–Es Steve Murchison.

–¿El consiguió todas esas parcelas?

–Sí.

–Alguien en esta oficina tiene la boca muy suelta.

–Eso parece.

Lara estaba enfadada. A la mañana siguiente contrató a una agencia de detectives para descubrir al culpable. No hubo éxito.

–Hasta donde hemos averiguado, señorita Cameron, todos sus empleados están libres de sospecha. No hay micrófonos ocultos en ninguna de las oficinas y los teléfonos no han sido intervenidos.

Estaban en un callejón sin salida.

Tal vez sea pura coincidencia, pensó Lara. Pero no lo creía.

Los sesenta y ocho pisos del edificio de Queens estaban a medio terminar.

Lara había invitado a los banqueros para que vieran los progresos. Cuanto más alto estaba, más caro se vendía el apartamento. El edificio de Lara no tenía sesenta y ocho pisos, en realidad, sino cincuenta y siete. Era una treta aprendida de Paul Martin.

–Todo el mundo lo hace -había dicho Paul, riendo-. Basta con cambiar los números de piso.

–¿Cómo?

–Es muy simple. El primer grupo de ascensores va desde el vestíbulo hasta el piso veinticuatro. El segundo grupo, del treinta y cinco al sesenta y ocho.

Es muy común.

A causa de los sindicatos, en la construcción había puestos

fantasmagóricos: gente que no existía. Había un director de prácticas de seguridad, un coordinador de construcción, un supervisor de materiales y otros títulos impresionantes. Al principio Lara lo había puesto en tela de juicio.

No te preocupes por eso -decía Paul-. Es parte de lo que debes pagar para hacer negocios.

En un principio, Howard Keller vivía en un pequeño apartamento de Washington Square. Una noche Lara fue a visitarlo y echó un mirada a la diminuta vivienda.

–Esto es una ratonera -le dijo-. Tienes que salir de aquí.

Instado por ella, Keller se mudó a una urbanización.

Una noche Lara y él trabajaron hasta tarde. Al terminar ella le dijo:

–Pareces exhausto. ¿Por qué no vas a tu casa y duermes un poco, Howard?

–Buena idea -dijo él, bostezando-. Hasta mañana.

–Ven tarde -le dijo Lara.

Keller subió a su coche y partió hacia su casa, pensando en un negocio que acababan de cerrar y en lo bien que Lara lo había manejado. Era excitante trabajar con ella. Excitante, pero también frustrante. En el fondo no dejaba de esperar que se produjera un milagro. Fui una ciega al no darme cuenta antes, querido Howard. No me interesan Paul Martin ni Philip Adler. Desde un principio te he amado sólo a ti.

Difícil…

Cuando Keller llegó a su apartamento, sacó la llave y la introdujo en la cerradura. No entraba. Lo intentó otra vez, desconcertado. De pronto la puerta se abrió de par en par desde dentro, dejando ver a un desconocido.

–¿Qué diablos está haciendo? – preguntó el hombre.

Keller lo miró, estupefacto.

–Yo vivo aquí…

¡Pero qué dice!

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Es que… -De pronto comprendió-. Lo… lo siento mucho -tartamudeó, rojo de vergüenza-. Antes vivía aquí. Creo que…

El hombre le cerró la puerta en la cara. Keller permaneció allí desconcertado. ¿Cómo he podido olvidar que me había mudado?

Demasiado trabajo…

Mientras Lara estaba en medio de una reunión, sonó su teléfono privado.

–Últimamente estás muy ocupada, cariño. Te echo de menos.

–Estoy viajando mucho, Paul. – Lara no pudo decirle que ella también lo echaba de menos.

–Almorcemos juntos.

Lara pensó en todo lo que ese hombre había hecho por ella.

–Muy bien -respondió. Lo último que deseaba era hacerlo sufrir.

Almorzaron en Mr. Chow.

–Estás hermosa -dijo Paul-. No sé qué has estado haciendo, pero te sienta bien. ¿Cómo marcha el hotel de Reno?

–Estupendamente -respondió Lara, entusiasmada. Pasó los quince minutos siguientes hablando de las obras-. Estará listo en un par de meses.

Un hombre y una mujer, al otro lado del restaurante, se levantaron para salir. El hombre estaba de espaldas a Lara, pero parecía conocido. Cuando se volvió, ella pudo verle la cara por un instante: Steve Murchison. La mujer que lo acompañaba también parecía familiar. Se inclinó para recoger su bolso y el corazón de Lara se detuvo por un segundo. Gertrude Meeks, mi secretaria.

–Era eso -dijo Lara, por lo bajo.

–¿Ocurre algo? – preguntó Paul.

–No. Todo está bien.

Y Lara continuó describiendo el hotel.

Cuando volvió de su almuerzo mandó llamar a Keller.

–¿Te acuerdas de esa propiedad que vimos en Phoenix, hace algunos meses?

–Sí. La rechazamos. Dijiste que no valía nada.

–He cambiado de idea. – Pulsó el intercomunicador-. ¿Quieres venir un momento, Gertrude, por favor?

–Sí, señorita Cameron.

Gertrude Meeks entró en el despacho.

–Voy a dictarte una carta -dijo Lara-. Para Baron Bros., de Phoenix.

Gertrude empezó a escribir.

Señores: He vuelto a analizar la propiedad de Scottsdale y quiero cerrar inmediatamente la operación. Creo que, con el tiempo, será la más valiosa de mis construcciones. – Keller la miraba fijamente-. En los próximos días me pondré en contacto con ustedes con respecto al precio, etcétera, etcétera.

Firmaré yo.

–Sí, señorita Cameron. ¿Eso es todo?

–Sí.

Keller siguió con la vista a Gertrude, que salía del despacho. Después se volvió hacia Lara.

–¿Qué haces, mujer? Hicimos analizar esa propiedad. ¡No tiene ningún valor! Si vas a…

–Cálmate. No vamos a comprarla.

–¿Y por qué…?

–A menos que me equivoque, lo hará Steve Murchison. Hoy vi a Gertrude almorzando con él.

Keller clavó los ojos en Lara.

–Maldita sea…

–Quiero que esperes un par de días. Después llamarás a Baron para preguntar por la propiedad.

Dos días más tarde Keller entró en el despacho de Lara, muy sonriente.

–Tenías razón -dijo-. Murchison se tragó el anzuelo, con caña y todo. Es

ahora el orgulloso propietario de veinte hectáreas de tierra sin valor.

Lara hizo entrar a Gertrude Meeks.

–¿Sí, señorita Cameron?

–Estás despedida -dijo Lara.

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Gertrude la miró, sorprendida.

–¿Me despide? ¿Por qué?

–Porque no me gustan tus amistades. Vete con Steve Murchison y repítele lo que te he dicho.

La mujer perdió el color.

–Pero si yo…

–Eso es todo. Te haré acompañar a la salida.

A medianoche Lara llamó a Max, su chofer.

–Trae el coche hasta la entrada -le dijo.

–Sí, señorita Cameron.

El coche la estaba esperando.

–¿Adonde quiere ir, señorita Cameron? – preguntó Max.

–Da una vuelta por Manhattan. Quiero ver lo que he hecho.

El la miró, extrañado.

–¿Cómo dice usted?

–Quiero echar un vistazo a mis edificios.

Recorrieron la ciudad y se detuvieron ante el centro comercial, el edificio de viviendas y el rascacielos. Allí estaba Cameron Square, Cameron Plaza, Cameron Center y el esqueleto de las Torres Cameron. Lara, desde el coche, contemplaba cada edificio, pensando en las personas que vivían y trabajaban allí. Ella había alterado todas esas vidas. He mejorado esta ciudad, pensaba. He hecho todo lo que deseaba hacer. ¿Por qué me siento tan angustiada? ¿Qué me falta?

Pero lo sabía.

A la mañana siguiente telefoneó a William Ellerbee, el representante de Philip.

–Buenos días, señor Ellerbee.

–Buenos días, señorita Cameron. ¿En qué puedo serle útil?

–Quería saber dónde toca Philip Adler esta semana.

–Philip tiene una agenda bastante complicada. Mañana por la noche estará en Amsterdam; luego va a Milán, Venecia y… ¿Quiere saber el resto de su…

–No, no. Está bien. Era simple curiosidad. Gracias.

–De nada, señorita Cameron.

Lara entró en la oficina de Keller.

–Tengo que ir a Amsterdam, Howard.

Él levantó la vista, sorprendido.

–¿Qué tenemos allí?

–Es sólo una idea -respondió ella, evasiva-. Si resulta te lo haré saber. Haz que me preparen el avión, ¿quieres?

–Lo enviaste a Londres con Bert, ¿recuerdas? Les diré que lo traigan mañana y…

–Quiero viajar hoy mismo. – Había en ella una urgencia que la tomó por sorpresa-. Tomaré un vuelo comercial. – Volvió a su despacho y dijo a Kathy-: Consígueme billete en el primer vuelo de KLM a Amsterdam.

–Sí, señorita Cameron.

–¿Vas a estar fuera mucho tiempo? – preguntó Keller-. Se acercan algunas reuniones que…

–Volveré en un par de días.

–¿Quieres que te acompañe?

–Gracias, Howard, pero esta vez no.

–He hablado con un senador amigo mío. Cree posible que aprueben una ley para retirar casi todas las exenciones impositivas para la construcción. Si la aprueban, se acabarán las ventajas para la inversión y la depreciación acelerada.

–Sería una estupidez -dijo Lara-. Echaría a perder la industria de la

construcción.

–Lo sé. Mi amigo se opone.

–Se opondrá mucha gente. No podrán aprobarla -predijo Lara-. En primer lugar…

Sonó el teléfono privado. Lara se quedó mirándolo. Volvió a sonar.

–¿No vas a atender? – preguntó Keller.

Lara tenía la boca seca.

–No.

Paul Martin dejó que el teléfono sonara doce veces antes de colgar. Pasó largo rato pensando en Lara. Últimamente parecía menos accesible, más fría. ¿Y si tiene otro hombre? , pensó. Imposible. Es mía. Siempre será mía.

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El vuelo en KLM fue agradable. Los asientos de primera clase eran amplios y cómodos; el personal, atento.

Lara estaba demasiado nerviosa para comer o beber . ¿Qué estoy haciendo?, se preguntó . Voy a Amsterdam sin que nadie me haya invitado; probablemente estará demasiado atareado para verme. Corriendo tras él arruinaré cualquier posibilidad que pudiera tener. Demasiado tarde.

Se inscribió en el Grand Hotel de Oudezijds-Voorburgwal 197; uno de los hoteles más hermosos de Amsterdam.

–Tenemos una suite encantadora para usted, señorita Cameron -dijo el empleado.

–Gracias. Tengo entendido que Philip Adler da un concierto esta noche.

¿Sabe dónde tocará?

–Por supuesto, señorita Cameron. En el Concertgebouw.

–¿Podría conseguirme una entrada?

–Será un placer.

Cuando Lara entró en su suite, estaba sonando el teléfono. Era Howard Keller.

–¿Has tenido un buen viaje?

–Sí, gracias.

–Se me ocurrió que te gustaría saber que he hablado con dos bancos sobre el asunto de la Séptima Avenida.

–¿Y?

La voz de Keller vibraba:

–Aceptaron de inmediato.

Lara no cabía en sí de alegría.

–¡Te lo dije! Esto va a ser grandioso. Quiero que empieces a reunir un equipo de arquitectos, constructores, todo eso.

–De acuerdo. Te llamaré mañana.

Lara colgó y se quedó pensando en Howard Keller. Era tan bueno… Soy muy afortunada de poder contar con él. Debo buscarle una mujer estupenda.

Philip Adler siempre se ponía nervioso antes de un concierto. Por la mañana había ensayado con la orquesta; su almuerzo fue ligero; luego, para no pensar en el concierto, fue a ver una película inglesa. Mientras la miraba tenía la mente llena de la música que tocaría esa noche. Sin darse cuenta, tamborileaba con los dedos en el brazo de la butaca. Por fin su vecino dijo:

–¿Le molestaría dejar de hacer ese horrible ruido?

–Oh, perdón -se disculpó él, cortésmente.

Se levantó para salir y caminó por las calles de Amsterdam. Visitó el Rijksmuseum, el Vincent van Gogh; paseó por los jardines botánicos de la Universidad Libre y miró escaparates a lo largo de Stadhouderskade. A las cuatro volvió a su hotel para dormir una siesta. Ignoraba que Lara Cameron ocupaba la suite ubicada encima de la suya.

A las siete cruzó la entrada para artistas del Concertgebouw, el antiguo y encantador teatro situado en el corazón de Amsterdam. El vestíbulo ya estaba colmado de público.

Philip estaba en su camarín, poniéndose el frac. El director Concertgebouw entró precipitadamente.

–¡Se han vendido todas las localidades, señor Adler! Y ha quedado mucha gente sin poder entrar. Si usted pudiera prolongar su estadía un día o dos más, yo… Sé que ya tiene todas sus fechas reservadas… Hablaré con el señor Ellerbee para que vuelva el a próximo y tal vez…

Philip no oía. Su mente estaba concentrada en el concierto que tenía por delante. Por fin, el director se encogió de hombros, como pidiendo disculpas, y salió haciendo una reverencia. A través de las paredes del camarín Philip oía a los ciento cinco miembros de la orquesta tocando sus instrumentos. La sinfonía llegaba a su fin. Durante el intermedio, Philip tocó mentalmente la música una y otra vez. Un empleado llamó a la puerta.

–Lo esperan en el escenario, señor Adler.

–Gracias.

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Había llegado la hora. Philip se puso de pie y extendió las manos. Le temblaban un poquito. El nerviosismo previo al concierto era algo bastante común; le ocurría a todos los grandes pianistas: Horowitz, Rubinstein, Serkin. Sentía un nudo en el estómago y el corazón le latía con fuerza. ¿ Por qué me someto a este tormento? se preguntó. Pero ya conocía la respuesta.

Se miró por última vez al espejo y salió del camarín, para recorrer el largo pasillo. Comenzó a descender los treinta y tres escalones que conducían al escenario. Un reflector lo siguió hasta el piano. El aplauso se tornó atronador. Al sentarse en el banquillo, su nerviosismo desapareció como por arte de magia. Era como si otra persona ocupase su lugar: alguien sereno y aplomado, que mantenía el control sobre todo. Comenzó a tocar.

Lara, sentada entre el público, sintió un escalofrío al verlo aparecer. Su presencia era hipnótica. Voy a casarme con él, se dijo. Lo sé. Se retrepó en su butaca y dejó que la música la inundara.

El concierto fue un éxito absoluto. Al terminar, la sala de descanso se llenó de gente. Mucho tiempo antes, Philip había aprendido a dividir la multitud invitada a esa sala en dos grandes grupos: los admiradores y los otros músicos. Los admiradores se mostraban siempre entusiasmados. Si la ejecución había sido un éxito, las felicitaciones de los otros músicos eran cordiales. Si había sido un fracaso, sus felicitaciones eran muy cordiales.

Philip tenía muchos admiradores en Amsterdam. Esa noche, en especial, llenaban la sala de descanso. De pie en el centro, sin dejar de sonreír, firmaba autógrafos y se mostraba paciente y cortés con cien desconocidos.

Invariablemente, alguien diría: «¿Se acuerda de mí?» Y Philip fingiría recordar: «Su cara me resulta conocida…».

Recordó la anécdota de sir Thomas Beecham, quien había ideado una treta

para disimular su mala memoria. Cuando alguien le preguntaba: «¿Se acuerda de mí?», el gran director respondía: «¡Por supuesto que sí! ¿Cómo está su padre?». El recurso le dio resultado hasta que, tras un concierto dado en Londres, una joven le dijo: «El concierto fue maravilloso, maestro. ¿Me recuerda?». Y Beecham replicó, galante: «Por supuesto, querida. ¿Cómo está su padre?». La joven respondió: «Muy bien, gracias. Sigue siendo el rey de Inglaterra».

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Philip firmaba solícitamente autógrafos y escuchaba las frases familiares:

–¡Usted hace que Brahms cobre vida para mí…!

–No puede imaginar cuánto me ha conmovido su interpretación…

–Tengo todos sus discos…

–¿Me firmaría también un autógrafo para mi madre? Ella es su más ferviente admiradora…

De pronto, algo hizo que alzase la vista. Lara estaba de pie en el vano de la puerta, mirándolo. Philip abrió mucho los ojos, sorprendido.

–Perdónenme, por favor. – Se abrió paso hasta ella y le tomó la mano-.

¡Qué sorpresa tan maravillosa! ¿Qué te ha traído a Amsterdam?

Con cuidado, Lara.

–Tenía aquí algunos negocios que atender, y cuando me enteré de que dabas un concierto, no pude por menos que venir. – Eso pacía bastante verosímil-.

Has estado maravilloso, Philip.

–Gracias… Yo,… -Él se interrumpió para firmar otro autógrafo-. Mira, si no tienes compromisos para la cena…

–No tengo ninguno -dijo Lara, apresuradamente.

Cenaron en el restaurante Haesje Claes, en Spuistraat. Cuando entraron en

el comedor, los comensales se levantaron para aplaudir. En Estados Unidos, se dijo Lara, el entusiasmo lo habría despertado yo. Pero sintió una oleada cálida sólo por estar junto a Philip.

–Es un gran honor tenerlo entre nosotros, señor Adler -dijo maitre, acompañándolos a su mesa.

–Gracias.

Mientras se sentaban, Lara paseó la vista por toda esa gente que miraba a Philip con admiración.

–Te aman, ¿no?

Él meneó la cabeza.

–Es la música lo que aman. Yo soy sólo el mensajero. Eso lo aprendí hace mucho tiempo.

En un concierto que di cuando era muy joven, y algo arrogante, quizá, cuando terminé mi solo hubo un aplauso tremendo; mientras yo hacía una reverencia, con sonrisa jactanciosa, el director se volvió hacia el público mostrando la partitura sobre la cabeza, para recordar a todos que, en realidad, estaban aplaudiendo a Mozart. Es una lección que jamás he olvidado.

–¿No te cansas de tocar la misma música una y otra vez, noche tras noche?

–No, porque no hay dos conciertos iguales. La música puede ser la misma, pero el director es otro y la orquesta, otra.

Pidieron una cena rijstafel. Philip dijo:

–Intentamos que cada concierto sea perfecto, pero el éxito completo no existe, pues tratamos con música que siempre es mejor que nosotros.

Tenemos que repensarla en cada ocasión, a fin de recrear el sonido del compositor.

–¿Nunca estás satisfecho?

–Nunca. Cada compositor tiene su sonido propio y característico. Sea Debussy, Brahms, Haydn, Beethoven… Nuestro objetivo es capturar ese sonido en especial.

Llegó la cena. El rijstafel era un festín indonesio compuesto por veintiún platos, que incluían varios tipos de carne, pescado, pollo, fideos y dos postres.

–¿Quién puede comer todo esto? – rió Lara.

–Los holandeses tienen buen apetito.

A Philip le costaba apartar los ojos de Lara. Lo complacía ridículamente que ella estuviera allí. Había tenido relaciones con muchas mujeres hermosas, pero Lara era distinta a todas. Era fuerte, pero también muy femenina y totalmente desenvuelta con respecto a su belleza. Le gustaba su voz sensual y algo ronca. En realidad, me gusta todo en ella, admitió Philip para sí.

–¿Dónde darás tu próximo concierto? – preguntó ella.

Mañana estaré en Milán. Luego, en Venecia. Viena, Salzburgo, París, Londres y, finalmente, Nueva York.

–Parece tan romántico…

Philip lanzó una carcajada.

–Yo no hablaría de romanticismo. Es cuestión de aerolíneas con horarios dudosos, hoteles extraños y todas las noches comer en un restaurante distinto. No me molesta, porque tocar es maravilloso. Lo que detesto es el síndrome de la sonrisa fija.

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–¿Qué es eso?

–Estar constantemente en exhibición, sonriendo a gente que no te importa, viviendo en un mundo de desconocidos.

–Conozco eso -dijo Lara, en voz baja.

Al terminar la cena Philip dijo:

–Mira, después de los conciertos siempre estoy excitado. ¿Te gustaría dar un paseo por el canal?

–Me encantaría.

Abordaron un canalbus que recorría el Amstel. No había luna, pero la ciudad palpitaba con miles de luces chispeantes. El paseo por canal era absolutamente fascinante. El altavoz daba informaciones en cuatro idiomas:

–Ahora vemos centenarias casas de mercaderes, de tejados ricamente decorados. Delante de nosotros se alzan antiguas torres de iglesia. En los canales hay mil puentes, todos a la sombra de magníficas olmedas…

Pasaron ante la Smalste Huis, la casa más estrecha de Amsterdam, que sólo tenía el ancho de su puerta principal, y la Westertoren, con la corona del emperador Maximiliano de Habsburgo; navegaron bajo el puente levadizo de madera que franquea el Amstel y el Magere Brug (el puente delgado); dejaron atrás veintenas de casas flotantes que servían de hogar a cientos de familias.

–¡Qué bella ciudad! – dijo Lara.

–¿No habías estado nunca aquí?

–No.

–Y ahora vienes por negocios. Lara aspiró hondo.

–No.

Él la miró, desconcertado.

–¿No dijiste que…?

–Vine a Amsterdam para verte.

Él sintió un súbito escalofrío de placer.

–Es… es un gran honor.

–Y debo confesarte algo más. Te dije que me interesaba la música clásica.

No es cierto.

En el rostro de Philip se dibujó una sonrisa.

–Lo sé.

Lara lo miró, sorprendida.

–¿Lo sabes?

–El profesor Meyer es un viejo amigo mío -explicó él, con suavidad-. Me llamó para decirme que te estaba dictando un curso acelerado sobre Philip Adler. Supongo que le preocupaba que pudieras tener ciertas intenciones con respecto a mí.

–Tenía razón. ¿Estás comprometido con alguien?

–¿Seriamente, quieres decir?

De pronto Lara sintió vergüenza.

–Si no tienes interés, me voy y…

Él la tomó de la mano.

–Bajemos en la próxima parada.

Cuando llegaron al hotel había diez o doce mensajes de Howard Keller.

Lara los guardó en el bolso sin leerlos. En ese momento no había otra cosa en la vida que le pareciera más importante que estar con Philip.

–¿En tu habitación o en la mía? – preguntó él, en tono ligero.

–En la tuya.

Había en ella una urgencia ardiente.

Lara tenía la sensación de haberse pasado la vida aguardando ese momento.

Era lo que siempre le había faltado. Había hallado al desconocido del que estaba enamorada. Entraron en la suite de Philip poseídos por la urgencia.

Él la cogió entre sus brazos y la besó con ternura. Lara murmuró:

–Oh, Dios mío. – Y comenzaron a desvestirse mutuamente.

El silencio de la habitación se quebró ante un súbito estallar de truenos.

Lentamente, en el cielo las nubes grises esparcieron sus faldas, cada vez más amplias, dejando caer una suave lluvia. Al principio fue silenciosa y dulce; acariciaba eróticamente el aire caliente, lamiendo los flancos de los edificios, empapando la hierba, besando todos los rincones oscuros de la noche. Era una lluvia caliente, caprichosa y sensual, que se deslizaba con lentitud, hasta que el ritmo empezó a aumentar y se convirtió en una tormenta feroz, con calores de orgía, que marcaba un ritmo uniforme y salvaje, descendiendo cada vez con más fuerza, siempre más y más rápida, hasta que por fin estalló en un trueno.

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Acabó de pronto, tan súbitamente como había comenzado.

Lara y Philip yacían abrazados y exhaustos. Él la abrazó con fuerza; ella podía oír los latidos de su corazón. Philip pensó en algo que había oído en una película. «¿Has sentido cómo se movía la tierra?» Por Dios que sí, pensó. Si ella fuese música, sería la Barcarola de Chopin o la Fantasía de Schumann.

Sentía los suaves contornos de su cuerpo contra él. Empezó a excitarse otra vez.

–Philip… -La voz de Lara sonaba ronca.

–¿Sí?

–¿Te gustaría que fuéramos juntos a Milán?

–¡Oh, sí! – respondió él sin poder disimular su alegría.

–Bien -murmuró ella. Se incorporó y su suave cabello cayó como una cascada sobre el delgado y firme cuerpo de Philip.

Llovía vez.

Por fin Lara volvió a su suite y telefoneó a Keller.

–¿Te he despertado, Howard?

–No -respondió él, con voz pastosa-. Siempre me levanto a las cuatro de la

mañana. ¿Qué está pasando ahí?

Lara se moría por contárselo, pero dijo:

–Nada. Mañana parto hacia Milán.

–¿Qué? En Milán no tenemos nada en marcha.

Oh, claro que sí, pensó Lara, feliz.

–¿Recibiste mis mensajes? – preguntó él.

Ella se había olvidado de mirarlos.

–Aún no -respondió, con un tono de remordimiento en la voz.

–Me han llegado rumores sobre el casino.

–¿Qué ocurre?

–Hay ciertas quejas sobre nuestra oferta.

–No te preocupes. Si surge algún problema, Paul Martin se encargará de solucionarlo.

–Tú mandas.

–Quiero que envíes el avión a Milán. Haz que los pilotos me esperen allí.

Los llamaré al aeropuerto.

–Bueno, pero…

–Sigue durmiendo.

A las cuatro de la mañana Paul Martin estaba completamente despierto.

Había dejado varios mensajes en el contestador automático que Lara tenía en su apartamento, pero ella no respondía a sus llamadas. Hasta entonces nunca se había ausentado sin hacérselo saber. Estaba ocurriendo algo. ¿Qué se traía ella entre manos? Ten cuidado querida mía, pensó. Ten mucho cuidado.

Capítulo Veintitrés

En Milán, Lara y Philip Adler se alojaron en el Antica Locanda Solferino, un encantador hotel con sólo doce habitaciones, y pasaron la mañana haciendo apasionadamente el amor. Después fueron a Cernobia para almorzar junto al lago Como, en la hermosa Villa d'Este.

El concierto de esa noche fue un triunfo; la sala de descanso de La Scala estaba repleta de admiradores.

Lara permanecía a un lado, contemplando a los aficionados que rodeaban a Philip para tocarlo, adorarlo, pedirle autógrafos y entregarle pequeños regalos. De pronto, sintió la aguda punzada de los celos. Algunas de esas mujeres eran jóvenes y hermosas. A Lara le parecía que todas ellas se le estaban ofreciendo de una manera flagrante. Una norteamericana, que vestía un elegante traje de Fendi, le dijo, con voz seductora:

–Si no tiene compromisos para mañana, señor Adler, voy a ofrecer una pequeña cena en mi villa, íntima, muy íntima.

Lara habría querido estrangularla. Philip sonrió.

–Gracias, pero temo que tengo un compromiso.

Otra mujer trató de entregarle subrepticiamente la llave de su habitación. Él meneó la cabeza. Luego dirigió a Lara una gran sonrisa. Las mujeres seguían arracimándose a su alrededor.

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-Lei era magnifico, maestro!

-Molto gentile da parte sua -respondía Philip .

-L'ho sentito suonare il anno scorso. Bravo!

– Grazie. -Philip sonreía.

Una mujer lo cogió del brazo.

-Sarebbe possibile cenare insieme?

Él meneó la cabeza.

-Ma non credo che sia possibile.

A Lara le parecía que aquello no iba a terminar nunca. Por fin Philip se acercó y le susurró:

–Salgamos de aquí.

–¡Sí! – exclamó ella, con una gran sonrisa.

Fueron a Biffy, el restaurante de la ópera. En cuanto entraron, dos los presentes se pusieron de pie para aplaudir. El maitre los condujo a una mesa que ocupaba el centro del salón.

–Es un gran honor tenerlo aquí, señor Adler.

Llegó una botella de champaña como obsequio de la casa. Ambos brindaron.

–Por nosotros -dijo Philip, cálidamente.

–Por nosotros.

Philip pidió dos de las especialidades del lugar: osso buco y penne all'arrabbiata. Conversaron durante toda la cena, como si se conociesen desde siempre.

Constantemente los interrumpían quienes se acercaban a la mesa a felicitar a Philip y a pedirle autógrafos.

–Es siempre así, ¿verdad? – preguntó Lara.

Philip se encogió de hombros.

–Es parte del trabajo. Por cada dos horas que pasas en el escenario dedicas muchas más a firmar autógrafos o a las entrevistas.

Como para confirmar lo que decía, se interrumpió para firmar otro autógrafo.

–Contigo esta gira es maravillosa -continuó-. Lo malo es que mañana debo viajar a Venecia. Voy a echarte mucho de menos.

–No conozco Venecia -dijo Lara.

El avión de Lara los esperaba en el aeropuerto de Linate. Cuando llegaron, Philip miró atónito el enorme jumbo.

–¿Ese aparato es tuyo?

–Sí. Va a llevarnos a Venecia.

–Usted me está malcriando, señora.

Lara replicó suavemente:

–Ésa es mi intención.

Treinta y cinco minutos más tarde, llegaban a Venecia; una limusina los esperaba en el aeropuerto para llevarlos al muelle, donde abordarían una lancha a motor para ir a la isla de Giudecca, donde se alzaba el hotel Cipriani.

–He reservado dos suites -dijo Lara-. Me pareció más discreto.

En la lancha preguntó:

–¿Cuánto tiempo pasaremos aquí?

–Me temo que sólo una noche. Doy un recital en La Fenice: luego vamos a Viena.

Ese «vamos» emocionó a Lara. Lo habían discutido la noche anterior.

–Me gustaría que me acompañaras todo el tiempo posible -había dicho él-, pero ¿estás segura de que no te estoy apartando de cosas más importantes?

–No hay nada más importante.

–¿Puedes arreglártelas sola esta tarde? Voy a estar ocupado ensayando.

–No importa -le aseguró Lara.

Después de ocupar las suites, Philip la tomó entre sus brazos.

–Ahora debo ir al teatro, pero aquí hay mucho para ver. Disfruta de Venecia.

Hasta luego. – Se besaron. Debía ser un beso breve, pero se fue prolongando-. Será mejor que me vaya mientras pueda -murmuró Philip- o no podré cruzar el vestíbulo.

–Feliz ensayo -sonrió Lara.

Cuando Philip se hubo marchado, ella telefoneó a Howard Keller.

–¿Dónde estás? – la increpó Keller-. No podía comunicarme contigo.

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–Estoy en Venecia.

Hubo una pausa.

–¿Vas a comprar un canal?

–Lo estoy pensando -rió Lara.

–Deberías estar aquí -dijo Keller-. Están pasando muchas cosas. El joven Frank Rose ha traído planos nuevos. Me gustan, pero necesito tu aprobación para que…

–Si a ti te gustan -interrumpió Lara-, adelante.

–¿No quieres verlos? – Keller no podía disimular su asombro.

–Esta vez no, Howard.

–De acuerdo. En cuanto a las negociaciones por la propiedad de West Side, necesito tu aprobación para…

–Aprobado.

–¿Te sientes bien, Lara?

–Mejor que nunca.

–¿Cuándo regresas?

–No lo sé. Ya volveré a llamarte. Adiós, Howard.

Venecia era ese tipo de ciudad mágica que Próspero habría podido crear.

Lara pasó el resto de la mañana y toda la tarde explorándola. Paseó por la plaza San Marco; visitó el palacio Doges y el Campanario; vagó a lo largo de la atestada Riva degli Schiaroni. No podía dejar de pensar en Philip.

Caminó por las serpenteantes callejuelas laterales, llenas de joyerías, marroquinerías y restaurantes; se detuvo a comprar costosos jerséis, bufandas y lencería para las secretarias de su empresa, carteras y corbatas para Keller y algunos de los otros colaboradores. Entró en una joyería para comprar un reloj Piaget con pulsera de oro.

–¿Quiere inscribirle, por favor, «A Philip con amor, Lara»?

–Con sólo pensar en su nombre ya lo echaba de menos.

Cuando Philip volvió al hotel tomaron el café en el verde jardín del Cipriani. Lara miraba a Philip, pensando : Qué lugar tan perfecto sería éste para una luna de miel.

–Tengo un regalo para ti -le dijo, entregándole la caja con el reloj.

Él la abrió y se quedó estupefacto.

–¡Por Dios! Esto debe de haberte costado una fortuna. No tenías por qué hacerlo, Lara.

–¿Acaso no te gusta?

–Por supuesto que me gusta. Es hermoso, pero…

–¡Chist! Úsalo y piensa en mí.

–No necesito esto para pensar en ti, pero te lo agradezco.

–¿A qué hora salimos hacia el teatro? – preguntó Lara.

–A las siete.

Lara echó un vistazo al reloj nuevo y dijo, con aire inocente:

–Entonces disponemos de dos horas.

El teatro estaba atestado. El público, excitadísimo, aplaudía y vitoreaba cada pieza.

Es cierto, pensó Lara. Cuanto más al sur uno va, más entusiasta es el público.

Al terminar el concierto volvió a la sala de descanso para reunirse con Philip. Se repetía lo de Londres, Ámsterdam y Milán; las mujeres parecían aún más núbiles y ansiosas. Había cuanto menos seis mujeres hermosas en la sala. Lara se preguntó cuál de ellas habría elegido Philip para pasar la noche, si ella no hubiese estado allí.

Cenaron en el Arias Bar, donde los recibió calurosamente Arrigó Cipriano, el afable propietario.

–Me alegro de verlo, signore. Y la signorina. … ¡Por favor!

Los condujo a una mesa en un rincón. Pidieron bellini, la especialidad de la casa. Philip dijo a Lara:

–Te recomiendo comenzar con la pasta Fagiole. Es la mejor del mundo.

Más tarde no tendría idea de lo que había comido. Estaba hipnotizado por Lara. Sabía que se estaba enamorando y eso lo aterrorizaba. No puedo iniciar una relación seria, pensó. Es imposible. Soy un nómada. Detestaba pensar en el momento en que ella tuviese que dejarlo para volver a Nueva York. Quería prolongar la noche todo lo posible.

Cuando acabaron de cenar le propuso:

–En el Lido hay un casino. ¿Juegas? – Lara rió con ganas-. ¿Dónde está la gracia?

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Ella pensaba en los cientos de millones de dólares que apostaba con sus edificios.

–Olvídalo -dijo-. Me encantaría ir.

Tomaron una lancha hasta la isla de Lido. Pasaron caminando junto al hotel Excelsior, rumbo al enorme edificio blanco que albergaba el casino. Estaba lleno de jugadores ansiosos.

–Soñadores -dijo Philip.

Él jugó a la ruleta. En media hora ganó dos mil dólares. Se volvió hacia Lara.

–Es la primera vez que gano. Me sirves de amuleto.

Jugaron hasta las tres de la madrugada. Para entonces ya tenían hambre otra vez.

Una lancha los llevó de regreso a la plaza San Marco. Caminaron por las calles laterales hasta llegar a la Cantina Do Mori.

–Es uno de los mejores bácaros de Venecia -dijo Philip.

–Te creo -replicó Lara-. ¿Qué es un bacaro?

Un local de vinos donde sirven cicchetti, unas tapas exquisitas.

Las puertas de vidrio verde abrían a un espacio oscuro y estrecho con ollas de cobre colgadas del techo y platos relucientes en una mesa larga.

Cuando volvieron al hotel ya amanecía. Mientras se desvestían Lara dijo:

–Hablando de exquisiteces…

Temprano por la mañana volaron a Viena.

–Viajar a Viena es como entrar en otro siglo -explicó Philip-. Según la leyenda, los pilotos de aerolíneas suelen decir: «Señor señores, estamos a punto de aterrizar en el aeropuerto de Viena. Por favor, abróchense los cinturones, pongan los respaldos en posición vertical, apaguen los cigarrillos y retrasen sus relojes cien años».

Lara reía.

–Aquí nacieron mis abuelos -continuó Philip-. Cuando hablaban de los viejos tiempos sentía una gran envidia.

Iban en automóvil por la Ringstrasse. Philip estaba ansioso como un niño por compartir con ella sus tesoros.

–Viena -le dijo- es la ciudad de Mozart, Strauss, Berg… -Miró a Lara con una gran sonrisa-. Perdona, olvidaba que tú eres experta en música clásica.

Se alojaron en el hotel Imperial.

–Debo ir a la sala de conciertos -dijo Philip a Lara-, pero he decidido que mañana nos tomaremos el día libre. Quiero mostrarte la ciudad.

–Me gustaría mucho, Philip.

Él la abrazó.

–Ojalá tuviéramos más tiempo para nosotros -dijo, melancólico.

–Ojalá.

Philip la besó en la frente.

–Nos cobraremos esta noche.

Ella lo estrechó entre sus brazos.

–Promesas, sólo promesas.

El concierto de esa noche tuvo lugar en el Musikverein. El recital consistió en piezas de Chopin, Schumann y Prokofíev. Fue un triunfo más para Philip.

La sala de descanso estaba nuevamente atestada, pero en esta ocasión todos hablaban en alemán.

-Sie waren wunderbar, Herr Adler!

Philip sonreía.

-Das ist sehr nett von Ihnen. Danke.

-Ich bin ein grosser Fan von Inhen.

Philip volvía a sonreír.

-Sie sind sehr jreundlich.

Aunque hablaba con ellos, no podía apartar los ojos de Lara.

Después del recital cenaron en el hotel. Los recibió el maitre, exclamando:

–¡Qué honor! Asistí a su concierto. ¡Estuvo usted magnífico!

–Es usted muy amable -dijo Philip, modestamente.

La cena era deliciosa, pero ambos estaban demasiado excitados para comer.

Cuando el camarero les preguntó si deseaban postre, Philip dijo apresuradamente:

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–Sí. – Miraba fijamente a Lara.

El instinto le decía que algo no iba bien. Ella nunca se ausentaba por tanto tiempo sin avisarle antes. ¿Lo estaría evitando deliberadamente? En ese caso sólo podía haber un motivo. Y no puedo permitirlo, pensó Paul Martin.

Un pálido rayo de luna entraba por la ventana, dibujando suaves sombras en el techo. Lara y Philip, desnudos en la cama, observaban el movimiento de esas sombras sobre sus cabezas. Las cortinas danzaban en suaves balanceos.

Dos sombras se unieron lentamente, se apartaron y volvieron a unirse, hasta que se entrelazaron como si fuesen una sola. El movimiento de la danza se tornó más y más veloz una sacudida salvaje, y de pronto cesó. Tan sólo persistió el suave ondular de las cortinas.

Por la mañana temprano Philip dijo:

–Vamos a pasar aquí todo el día y toda la noche. Tengo mucho que mostrarte.

Desayunaron en el comedor del hotel. Luego caminaron hasta Kartnerstrasse, donde no se permitía el tráfico de automóviles. Las tiendas estaban llenas de cosas bellas: ropas, joyas y antigüedades.

Philip alquiló un carro tirado por caballos para recorrer las amplias calles de la ciudad. Visitaron el palacio de Schönbrunn y vieron la impresionante colección imperial de coches. Por la tarde fueron a la Escuela Española de Equitación, donde vieron los potros de Lipizzan. En el Prater subieron a la

enorme noria. Luego Phil dijo:

–¡Ahora vamos a pecar!

–¡Oh!

–No -rió él-. Estoy pensando en otra cosa.

Y llevó a Lara a Demel's, para que probara sus incomparables pasteles.

La mezcla de la arquitectura vienesa fascinaba a Lara: hermosos edificios barrocos, con siglos de antigüedad, frente a edificios posmodernistas.

A Philip le interesaban los compositores.

–¿Sabías que Franz Schubert comenzó aquí como cantante, Lara? Integraba el coro infantil de la orquesta de la corte. A los diecisiete años lo expulsaron porque le cambió la voz. Fue entonces cuando decidió componer música.

Cenaron tranquilamente en un pequeño restaurante y se detuvieron en una taberna de Grinzing. Más tarde Philip propuso:

–¿Te gustaría dar un paseo por el Danubio?

–Me encantaría.

La noche era perfecta, de luna llena y suave brisa estival. Las estrellas brillaban en lo alto. Brillan por nosotros, pensó Lara. Porque somos felices.

Lara y Philip abordaron una de las lanchas de paseo. El sistema de altavoces emitía los suaves compases de Danubio azul. A la distancia vieron caer una

estrella.

–¡Pronto! Formula un deseo -dijo Philip.

Lara cerró los ojos y guardó silencio por un momento.

–¿Ya lo has pensado?

–Sí.

–¿Qué has deseado?

Lara levantó la vista y le dijo con seriedad:

–No puedo decírtelo. Si lo hago no se cumpliría. – Y puedes estar seguro de que se cumplirá, pensó.

Philip se retrepó en el asiento, sin dejar de sonreír.

–Esto es perfecto, ¿verdad?

–Puede ser siempre así, Philip.

–¿A qué te refieres?

–Podríamos casarnos.

Ahí estaba, a la vista. Él no había pensado en otra cosa durante varios días.

Estaba profundamente enamorado de Lara, pero no podía aceptar un vínculo serio.

–Es imposible, Lara.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Ya te lo he explicado, querida. Casi siempre estoy de gira, como ahora. Tú no podrías viajar siempre conmigo, ¿verdad?

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–No, pero…

–Ya lo ves. No resultaría. Mañana, en París, te mostraré…

–No iré a París contigo, Philip.

Él creyó haber entendido mal.

–¿Cómo?

Lara aspiró hondo.

–No volveré a verte.

Fue como un golpe en pleno estómago.

–¿Por qué, Lara? Te amo. Yo…

–Y yo a ti. Pero no soy una cualquiera. No quiero ser una más de tus admiradoras. Puedes quedarte con todas ellas.

–Sólo te quiero a ti, Lara. Pero ¿no te das cuenta, querida? Como matrimonio no funcionaríamos. Cada uno tiene una vida aparte. Yo querría que estuviéramos siempre juntos y eso sería imposible.

–Entonces se acabó, ¿verdad? – dijo Lara, tensa-. No volveré a verte, Philip.

–Aguarda. ¡Por favor! Discutamos esto. Vayamos a tu habitación a…

–No, Philip. Te amo mucho, pero no quiero seguir así. Lo nuestro se acabó.

–No quiero -insistió Philip-. Piénsalo bien.

–Ya lo he pensado. Lo siento. Es todo o nada.

Guardaron silencio hasta llegar al vestíbulo del hotel.

–¿Por qué no subimos a tu habitación? – dijo Philip-. Podríamos discutir esto y…

–No, querido. No tenemos nada más que discutir.

Lara subió al ascensor y desapareció de la vista de Philip. Cuando llegó a su suite estaba sonando el teléfono. Corrió a atender.

–Philip…

–Habla Howard. Me he pasado el día tratando de comunicarme contigo.

Ella logró disimular la desilusión.

–¿Hay algún problema?

–No. Sólo quería tener noticias tuyas. Aquí están pasando muchas cosas.

¿Tienes idea de cuándo vas a volver?

–Mañana -dijo Lara-. Mañana estaré en Nueva York.

Y colgó lentamente.

Quedó sentada allí, con la vista fija en el teléfono, deseando que sonara.

Dos horas después seguía mudo. Cometí un error, pensó Lara, angustiada.

Le di un ultimátum y lo he perdido. Si hubiera esperado… Si hubiera ido a París con él… Si… Trató de imaginar la vida sin Philip. Era demasiado dolorosa. Pero no podemos seguir así, se dijo. Quiero que lo nuestro sea definitivo. Al día siguiente regresaría a Nueva York.

Lara se acostó en el sofá, completamente vestida, con el teléfono a su lado.

Se sentía exhausta. Sabía que conciliar el sueño sería imposible, sin embargo, al rato se quedó dormida.

Philip se paseaba por su habitación como un animal enjaulado. Estaba furioso con Lara y consigo mismo. No soportaba la idea de no volver a verla, de no abrazarla. ¡Malditas mujeres!, pensó. Sus padres se lo habían advertido. «Tu vida es la música. Si quieres ser el mejor no hay sitio para otra cosa.» Y él les había creído. Ahora, con Lara, todo cambiaba.

¡Maldición! Lo nuestro era maravilloso. ¿Por qué tuvo que destruirlo?

La amaba, pero sabía que no era posible casarse con ella.

La despertó el sonido del teléfono. Se incorporó en el sofá, aturdida, mirando el reloj de la pared. Eran las cinco de la mañana. Levantó el auricular, soñolienta.

–¿Howard?

Era la voz de Philip.

–¿Te gustaría casarte en París?

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Capítulo Veinticuatro

La boda de Lara Cameron y Philip Adler fue noticia en todo el mundo.

Cuando Howard Keller se enteró salió a emborracharse por primera vez en su vida. Había estado tratando de convencerse de que el capricho de Lara por Adler era cosa pasajera. Lara y yo formamos un equipo. Nos pertenecemos el uno al otro. Nadie puede interponerse entre nosotros. Pasó dos días alcoholizado; cuando recuperó la sobriedad llamó a París.

–Si es cierto -dijo a Lara-, ese Philip es el hombre más afortunado del mundo.

–Es cierto -le aseguró Lara alegremente.

–Pareces feliz.

–¡Nunca en mi vida lo he sido tanto!

–Me alegro por ti, Lara. ¿Cuándo volvéis?

–Philip dará un concierto en Londres mañana. Después volveremos a Nueva York.

–¿Hablaste con Paul Martin antes de la boda?

Ella vaciló.

–No.

–¿No te parece que deberías hacerlo?

–Sí, por supuesto. – Estaba más preocupada por eso de lo que deseaba admitir. No podía imaginar cómo tomaría la noticia de la boda-. Hablaré con él cuando vuelva.

–Me alegraré de verte. Te echo mucho de menos, Lara.

–Y yo a ti.

Era verdad. Apreciaba mucho a Howard. Siempre había sido un amigo bueno y leal. No sé qué habría hecho sin él, pensó.

Cuando el 727 llegó a la terminal Butler, en el aeropuerto de La Guardia, gran cantidad de periodistas y camarógrafos los estaban esterando.

El administrador del aeropuerto llevó a la pareja a la sala de recepción.

–Desde aquí puedo sacarlos en secreto -propuso- o…

Lara se volvió hacia Philip.

–Enfrentémoslos ahora, querido. De lo contrario jamás tendremos paz.

–Quizá tengas razón.

La conferencia de prensa duró dos horas.

–¿Dónde se conocieron?

–¿Siempre le interesó la música clásica, señora Adler?

–¿Desde cuándo se conocen?

–¿Van a vivir en Nueva York?

–¿Renunciará a sus giras, señor Adler?

Por fin aquello terminó.

Los esperaban dos limusinas. La segunda era para el equipaje.

–No estoy habituado a viajar con tanto lujo -dijo Philip.

Lara se echó a reír.

–Te acostumbrarás.

Ya en la limusina, Philip preguntó:

–¿Adonde vamos? Tengo un apartamento en la calle Cincuenta siete…

–Creo que estarás más cómodo en el mío, querido. Échale un vistazo. Si te gusta, haremos trasladar tus cosas.

Llegaron al Cameron Plaza. Philip levantó la vista hasta lo alto del enorme edificio.

–¿Todo esto es tuyo?

–Mío y de unos cuantos bancos.

–Impresionante.

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Lara le estrechó el brazo.

–Bien. Quiero impresionarte.

El vestíbulo estaba decorado con flores naturales. Seis empleados esperaban allí para darles la bienvenida.

Philip miró a su alrededor, exclamando:

–¡Dios mío! ¡Y todo es tuyo!

–Nuestro, tesoro.

El ascensor los llevó al ático, que ocupaba todo el piso cuadragésimo quinto. Les abrió Simms, el mayordomo.

–Bienvenida a casa, señora Adler.

–Gracias, Simms.

Lara presentó a Philip al resto del personal y le hizo recorrer todo el apartamento. Había una sala grande, decorada en blanco y llena de antigüedades; una gran terraza cerrada; un comedor; cuatro dormitorios principales y tres para el personal; seis cuartos de baño, una cocina, una biblioteca y un despacho.

Seguir: parte 2 de 2