Furtivos
Alaska
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Ese era nuestro objetivo: Alaska.
Largarnos de Mobile al amanecer sin decírselo a nadie, ni siquiera a nuestras novias ni a nuestro jefe en la planta. Bruce conocía a una que se había saltado la condicional y había conseguido un trabajo en un barco cangrejero en la costa de Alaska con el que decía que se sacaba quinientos dólares al día. Bruce se había divorciado por tercera vez y yo nunca había estado casado, así que planeamos vender nuestros coches y la casa remolque de Bruce y comprar una camioneta Ford verde oliva con tracción a las cuatro ruedas, llenarla de esas piñas verde y puntiagudas que son duras como granadas de mano. Bruce había oído que en Nueva Inglaterra podías vender esas cabronas a cinco pavos la pieza.
Allí arriba están locos, dijo.
Al atravesar Georgia y Tennessee buscaríamos carpas evangelistas en las que practicasen curaciones milagrosas. En caso de dar con una que pintase bien pararíamos y asistiríamos al servicio. Bruce simularía tener una enfermedad cardíaca y yo sería un alcohólico; para hacerlo convincente, dijo, yo tendría que eructar, tambalearme y salpicarme la cara de ron, como si fuera aftershave. Él gesticularía, gemiría y se agarraría el brazo izquierdo, hasta que lográsemos que toda la congregación se pusiera a rezar por nosotros. Cuando los acomodadores hicieran pasar los cubos del Kentucky Fried Chicken para las donaciones, nos encogeríamos de hombros y diríamos que estábamos sin blanca, que no éramos más que unos pobres viajeros. Sin hogar.
Bruce le había robado a su segunda exesposa la cámara Polaroid, y siempre la tendríamos a mano para hacer fotos: halcones en postes, osos grizzly, marquesinas de iglesias en las que se leyese: EL SEÑOR ESTÁ A PUNTO DE VOLVER, y justo debajo: BINGO A LAS 20:00 H TODOS LOS MARTES. También llevaríamos una pila de audiolibros de la biblioteca pública: John Grisham, Stephen King e incluso alguno de autoayuda. En las Badlands de Dakota del Sur, cuando abandonásemos la carretera para dormir en la parte trasera de la camioneta con los pies sobresaliendo, pondríamos la cinta de Mejora tu vocabulario, aprenderíamos palabras como ecléctico y sátiro.
Por la noche pararíamos en garitos brumosos, yo con mis gafas oscuras y Bruce con sus botas camperas de piel de anguila. Habría harenes enteros de mujeres que se morirían de ganas por conocer a dos tipos tan eclécticos
como nosotros, insistirían en invitarnos a [2] boilermarkers. Cuando ligase con una de esas nenas, me la llevaría por ahí en la camioneta y dejaría a Bruce en la barra echando un pulso con un soldador borracho. O si era a él a quien le sonreía la suerte y se largaba con un pibón deslumbrante, yo me daría un garbeo hasta la máquina de discos, pondría una canción de John Prine y apartaría a la chica de mis sueños de los moteros y los vaqueros bailones. En mitad de la refriega saldría sangrando y a rastras por la puerta de atrás y me echaría a dormir en una piedra junto a un cráneo de vaca y aguardaría hasta que la camioneta color oliva coronase la colina por la mañana.
También haríamos fotos a las chicas. No te creerías la cantidad de tías que se corren de gusto solo por posar en habitaciones de moteles, dijo Bruce. Les «revelaría» a algunas de las más borrachas que somos fotógrafos de avanzadilla en busca de modelos para el número especial de bañadores. Nos llamaríamos Abe Z y Horatio. Al otro extremo de la barra yo les contaría que somos científicos de Texas especializados en lechuzas. Pero a la audaz mujer que domina la mesa de billar, la pelirroja que lleva unos vaqueros cortados ajustadísimos, la clase de mujer que sabes que tiene una iguana verde tatuada en la cadera, a esa le contaríamos la verdad: Alaska. Bruce le diría que podría venirse con nosotros, pero que seguro que le entraría la morriña miles de kilómetros antes de llegar al barco cangrejero. Imaginaos la escena: un polvoriento pueblo fantasma de Wyoming y esa mujer sollozando y abrazada a nuestros cuellos, enfadada por ser tan llorona. Ella subiría los escalones y nosotros contemplaríamos su hermosa cara triste en la ventanilla cuando el autobús se pusiera en marcha entre sacudidas. Y cuando se hubiese ido Bruce suspiraría de alivio y, después de unas copas, volveríamos a meternos en la camioneta rumbo al norte.
Yo la echaría muchísimo de menos.
En caso de toparnos con un perro de raza apropiada (lo que queríamos era un chucho, el más feo que hubiese en los cuarenta y ocho estados inferiores), pararíamos y le sobornaríamos con comida basura. Se sentaría entre nosotros, delante, y nos lamería las manos. Y si se tirase un pedo nos miraríamos y gritaríamos: «¿Has sido tú?» y abriríamos las ventanillas como locos. Y, por supuesto, llevaríamos a todas las chicas que estuviesen haciendo autostop. Se subirían, se sentarían entre nosotros, agarrarían al perro (le habríamos puesto el nombre de: Guapetón) y le cantarían suavemente al oído. Nos desviaríamos varios días de nuestro camino para llevarlas a sus casas, pero no seríamos groseros en plan: «Culo, gasolina o hierba». Todos nuestros viajes serían gratis.
Porque pensábamos que las buenas maneras eran importantes. Así que al comer en los sitios de camioneros, nos pondríamos las servilletas en las rodillas, nos quitaríamos las gorras y diríamos «Sí señora» a todas las mujeres que tonteasen con nosotros desde las mesas de al lado, incluso a las yanquis, que no estarían acostumbradas a semejante caballerosidad. Sonreiríamos, guiñaríamos, pediríamos que nos pusieran las sobras para llevar y dejaríamos propinas del cincuenta por ciento. Nuestras camareras anhelarían dejarlo todo y seguirnos y las preciosas cajeras de las estaciones de servicio se inclinarían sobre las cajas registradoras para leer nuestros nombres bordados en la parte posterior de nuestros cinturones; no solo por nuestra insólita apariencia y nuestro perro feísimo, sino por nuestras refinadas maneras sureñas.
Y, caballeros hasta la médula, frenaríamos bruscamente y patinaríamos fuera de la carretera en cuanto viésemos un campo privado de golf. Surgiríamos de entre los árboles con nuestros llamativos pantalones, saltaríamos la valla y lanzaríamos nuestras bolas usadas hasta las nubes, necesitaríamos prismáticos para ver los ace a trescientos metros. Los golfistas serios, con sus boinas, fruncirían el ceño mirándose y viéndonos jugar con un solo palo cada uno, y cuando el severo encargado del club se presentase, desapareceríamos por el bosque como sátiros y reapareceríamos como por arte de magia en el bar del club.
Pararíamos cada vez que diésemos con un buen estanque apartado. Equiparíamos nuestras cañas con señuelos Snagless Sally y cortezas de cerdo, los lanzaríamos a las zonas menos accesibles, alrededor de los retoños de ciprés, entre las hierbas, manteniendo el sedal flexible mientras la perca atruchada atraviesa las tinieblas con la corteza de cerdo batiendo contra sus branquias. Prepararíamos los anzuelos como profesionales y se nos daría de lujo con la bestia resplandeciente, esa misma noche la asaríamos sobre una fogata dando sorbos al moonshine que le habríamos robado a unos contrabandistas en Virginia. Guapetón merodearía por el estanque y cortejaría a su primera loba. Los dos se pondrían a aullar quedamente. Y, a la luz de la hoguera, Bruce sacaría la mandolina de la funda y yo me pondría a calentar la armónica. Y tocaríamos baladas tiernas, canciones de amor tan dulces que el bosque a nuestro alrededor guardaría silencio y se pondría triste, y justo antes de que empezásemos a lamentarnos por toda la gente y todos los sitios que habíamos dejado atrás, cosas que jamás volveríamos a ver, dejaríamos de tocar, como si nos hubiesen hecho una señal, y nos miraríamos el uno al otro, de repente felices al recordar que Alaska nos estaba esperando.
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