Furtivos
Triatlón
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La despedida de soltero comenzó el viernes por la noche: una docena de borrachos calenturientos dando tumbos por los bares de striptease entre humo de neón. Fuimos dejando a tíos dormidos en sus coches, inconscientes sobre las mesas de los garitos o apoyados en la pared de algún callejón hasta que solo quedamos Bruce y yo. Al despuntar el día le hizo un puente a un Jeep en un aparcamiento y, como en la parte de atrás había un juego de carretes y cañas de pesca de las caras, tomamos el puente hacia Dauphin Island, a media hora en coche de Mobile, a la pesca del tiburón.
Prissy’s era un pequeño antro en la zona occidental de la isla, la última parada al final de un camino incrustado de conchas de ostra, a partir del cual solo se podía avanzar con un vehículo que tuviera tracción a las cuatro ruedas. Tentadores anuncios luminosos de cerveza en las ventanas. Las partidas de billar costaban setenta y cinco centavos y conocíamos a Paul, el que atendía la barra. Antes trabajaba con nosotros en la planta química. Éramos vigilantes nocturnos. Prissy era su parienta y era la dueña del bar, pero le había pedido el divorcio y hasta que le despidiese y le echase a patadas, él se dedicaba a invitar a copas a todos sus colegas por cuenta de la casa.
El aparcamiento estaba vacío y cuando entramos Paul estaba solo, jugando a la máquina de blackjack. Bruce fue a por cambio para la mesa de billar.
—Tío, ¿dónde está todo el mundo? — preguntó.
Yo pasé por las puertas batientes hasta el teléfono público y marqué el número de Jan.
—Son las seis de la mañana — dijo ella —. ¿Se puede saber dónde demonios estás?
Se lo dije.
—Dios.
—Mira… —dije yo.
Pero ella me colgó.
Al salir, Bruce y Paul estaban jugando a ocho bolas. Me acerqué a la mesa.
Bruce me echó una mirada.
—¿Todo en orden?
—Genial.
Paul me pasó una cerveza.
—Dice Bruce que te casas, pedazo de idiota.
Consulté mi reloj.
—Esta noche.
—Mierda. ¿Por qué?
Bruce levantó la vista de la mesa.
—Porque croó la rana.
Paul encendió un cigarrillo y se puso a fumar. Tenía los ojos rojos. Las bolas repiqueteaban sobre el fieltro y hacían un ruido sordo al caer en las troneras. Bruce se movía alrededor de la mesa, fumando y estudiando cómo estaba la situación.
—Nueve, a la banda —dijo, y tal cual.
Paul vació su copa y acto seguido se metió tras la barra.
Observé a Bruce desconcertado en la mesa, poniéndole tiza al taco. Hizo brotar otro cigarrillo del paquete, se lo encendió y le dio un trago a la cerveza. Era mayor que yo, y más alto. Exmarine. Había salido vivo de Vietnam. Volvió a casa y fue testigo de la masacre de Kent State en 1970. Jugó como semiprofesional al béisbol en Italia, después fue extra en un spaghetti western y se metió ácido en un metro de Japón.
Pero todo eso fue antes de conocerle.
Lo que nos unía era correr (él se jactaba de haber llegado en el puesto 314 de la Maratón de Chicago del 83) y beber. Nos conocimos en el curro y empezamos a salir juntos por los bares. Los fines de semana participábamos en maratones locales, luego nos emborrachábamos.
Al momento, Paul volvió con una jarra de margarita con una gruesa costra de sal en el borde. Me sirvió uno y lo probé.
—Llevo cuatro días aquí metido sin pasar por casa — dijo.
—Tu turno —le dijo Bruce.
Paul asintió con tristeza. Se acercó a la mesa y al tratar de dar a la cuatro coló la ocho. Nos movimos, nos pusimos cada uno a un lado y Bruce le dijo que se viniese a pescar con nosotros. Paul dijo que tenía que quedarse, por si sonaba el teléfono. Bruce le dijo que estaba loco, le dijo que cerrase los ojos, por amor de Dios. Que nos imaginase allí a los tres, en la orilla de la isla, pescando hasta que el sol se pusiera y la luna se alzase desde la bahía, nuestros sedales extendidos hasta desaparecer de la vista y hundidos con el peso de la carnada, los tres apoyados en sillas de aluminio y bebiendo cervecitas fresquitas de uno de los barriles de Prissy, los brincos de las cañas de pescar en nuestras manos cuando picasen los tiburones areneros y luego la larga y fatigosa batalla de lidiar con ellos hasta sacarlos. Encenderíamos una fogata gigantesca con madera de deriva, la espina dorsal de los tiburones iluminada sobre la arena, la gomosa piel azul vuelta del revés, sus negros ojos muertos. Tendríamos que ir retrocediendo con las sillas y el fuego a medida que la marea fuese subiendo cerca ya del amanecer, una neblina tempranera se extendería sobre el agua, el sonido de las prolongadas y lúgubres sirenas de los barcos camaroneros que faenan por la bahía.
De solo escuchar, cada vez me estaba poniendo más nervioso por salir, pero Paul siguió en sus trece. Se quedó tambaleante en la puerta del bar desierto de su mujer con la jarra medio vacía en la mano y yo estuve mirándole mientras nos alejábamos en el Jeep hasta perderle de vista, entonces me giré y vi que nos dirigíamos hacia el oeste, lejos de la boda que se estaba congregando a nuestras espaldas.
Cuando el bebé nace muerto no hay motivos para seguir casados.
Estoy en mi día libre de la planta. Por la noche bebo zombis en el Judge Roy Bean’s hasta que creo que Jan está a punto de irse a la cama, solo entonces vuelvo a casa y me pongo a tontear. Ella dice que no, o no dice nada, tan solo espera hasta que me dé por vencido y salga dando un portazo y me vaya al cuarto de estar y me quede dormido en el sofá con la televisión encendida.
Una noche, al llegar a casa, ella me dice que sigue manchando.
Le pregunto qué quiere hacer.
—Quiero llorar —me dice.
El Judge’s siempre está lleno de mujeres sonrientes que coquetean y te dejan que las invites a unas copas. Yo me llevo bien con el de la barra y cuando regreso esa misma noche me suelta: «¡Aquí está el hombre del plan!», yo digo: «¿Dónde? ¿Dónde?» mirando ingeniosamente hacia atrás, y él se ríe y abre mi cuenta.
Por la mañana suena el teléfono que hay junto al sofá. Me siento. Es Bruce, lleva desaparecido siete meses, desde la boda.
Me suelta:
—¿Cómo es la vida de casado?
—¿A qué día estamos?
—¿Sábado?
Jan está en la puerta del dormitorio con su camisón blanco. Está pálida, delgada, la sombra debajo de los ojos parece rímel corrido por el llanto.
Cuando cuelgo me dice:
—¿Quién era?
Yo no digo nada, pero ella lo sabe.
—Ese cabrón —dice ella—. ¿Va a venir?
—Vamos a salir.
Ella se abraza.
—No se suponía que iba a ser así.
Bruce llega en una Triumph. Paso una pierna por encima, hace rugir el motor y nos largamos. Jan nos mira desde la ventana de la cocina, continúa abrazándose a sí misma. Bruce se saca una petaca del bolsillo y me la alcanza por encima del hombro. Bebo vertiginosamente y noto que el viento me revuelve el cabello. En el puente Bayway tiramos por el carril de emergencia para adelantar a los coches y viramos bruscamente para evitar una cosa muerta. Al otro lado de la barandilla se puede ver el agua de la bahía; bastaría con estirar el brazo para rozar el hormigón con los dedos.
Nos metemos de cabeza en el túnel Bankhead y pasamos volando bajo las luces intermitentes en ámbar del centro antes de tomar la interestatal y rodar durante dos horas seguidas hasta Evergreen, donde Bruce inclina la moto hacia una rampa de salida y llegamos a una estación de servicio Texaco. «¿Has traído tu tarjeta?», me pregunta, y yo tamborileo mi cartera. Él llena el depósito. Yo pago y cargo las provisiones (cecina, dos packs de seis cervezas, M&Ms y cigarrillos) en la alforja de la moto. Me dirijo al lateral del edificio, descuelgo el teléfono de la cabina y trato de pensar en algo que decirle a Jan.
No se me ocurre nada.
Así que Bruce y yo arrancamos dejando una larga y fina franja negra de caucho en la carretera; probablemente la única prueba que deja Bruce a su paso. Pero de mí hay pruebas por todas partes: en el recibo de la tarjeta de crédito de la gasolinera, en la tarjeta de fichar de la planta química, en la mujer que sangra en mi casa, en la lápida de mármol blanco de un niño.
De vuelta en la interestatal cierro los ojos y veo a Jan metiendo cosas en una maleta. No está llorando pero parece demacrada y enferma. Se quita la alianza y la deja sobre la mesilla de noche. Luego sigue con el equipaje.
Recuerdo la última vez que vi a Bruce, el día de la pesca del tiburón, conduciendo por la playa, mitad fuera y mitad dentro del oleaje. Tuvimos que subir las ventanillas para que no se colasen las olas. Bruce conducía como siempre, mejor borracho que sobrio. Las cosas que aparecieron ante nosotros, las siluetas malévolas de la madera arrastrada por la marea, peñascos repentinos, un sofá. No pescamos ni un tiburón, ni siquiera picaron.
Nos desvanecimos en la otra punta de la isla y nos despertamos quemados por el sol.
Luego en casa, incapaz de recordar cómo había vuelto. Alguien me hizo ingerir café una hora antes de la boda.
Jan me dijo:
—¿Cómo has podido?
Puede que estuviese en la cocina, lo más probable es que vomitando en el fregadero.
Sus damas de honor estaban allí, susurrando.
Bruce se perdió la ceremonia. No hubo padrino.
Recuerdo que al volver de la larga y silenciosa luna de miel llamé a Paul al Prissy’s y me dijo que Bruce había dejado el curro en la planta y se había largado a Nueva York.
Me acuerdo de Jan diciendo: «Qué alivio».
Mi ridícula cara quemada en las fotos de la boda.
Paul intentando incendiar el Prissy’s y siendo arrestado.
Tras otro par de horas en la moto, Bruce y yo hacemos un alto bajo un puente para fumarnos un cigarrillo. Él me cuenta que hacía demasiado frío en Nueva York; que había vuelto, decidió que ya era hora de asumir, entre comillas, responsabilidades. Dice que encontró curro a cargo de la manguera en una planta procesadora de pollos. Mataban ciento cincuenta mil pollos al día. Millones de litros de sangre, dice Bruce. Corría por el desagüe como un río. Eso fue en Guntersville, Alabama. Se quedó dos semanas, diez días laborales, un millón y medio de aves muertas.
Allí conoció a una mujer que se llamaba Patty. Y allí la dejó.
—Era una de esas locas de la salud, vegetariana — dice Bruce —. Muy de senderismo y esas mierdas. Pero me enseñó este lugar al que quiero llevarte.
Volvemos a montarnos en la moto y rodamos otra hora. Vamos dejando atrás señales verdes que nombran lugares y yo me adormezco hasta que él frena. Una salida que dice: Guntersville. Dejamos la interestatal, pasamos a una vía de dos carriles y Bruce acelera hasta ciento doce. Decido que estamos dejando atrás la civilización. Una hora más tarde él vuelve a frenar y se mete por un camino de tierra durante un kilómetro y medio, tres kilómetros, los maizales se convierten en arboledas y los árboles se ciernen sobre nosotros. Pasamos junto a una señal de «prohibido el paso». Bruce toma un sendero que yo jamás habría visto. Bajo enredaderas que se descuelgan, avanzamos a paso de tortuga, evitando ramas bajas, partiendo el follaje con nuestras manos.
En un claro desmontamos.
—Todo lo lejos que podemos llegar con la moto — me explica.
—¿Dónde cojones estamos?
Él sonríe y me lanza la alforja, me dice que dentro hay pantalones cortos. Se desviste hasta quedarse en sus pantalones de atletismo, mete las botas y el resto de la ropa en la alforja, se calza las deportivas y se echa a correr.
Yo no es que haya corrido mucho desde que me casé, así que espero calambres en las piernas, pero están perfectas, nunca las había sentido tan fuertes como al percutir sobre el blando tapiz de hojarasca, avanzando sobre tocones y lechos de pequeños arroyos.
Llevamos recorrido cerca de un kilómetro y medio cuando Bruce se lanza disparado a la derecha, a un bosque de pinos húmedos. Le sigo a ciegas, sin pensar. Otro kilómetro y medio de marcha, la telaraña de la maleza, las copas de los árboles que se cierran como dedos formando un campanario. Detrás de Bruce me agacho y esquivo los obstáculos que me va creando, el repentino latigazo de una rama, ráfagas furibundas de un avispero que golpea con el codo. Se tropieza, va más rápido. Luego, unos ochocientos metros más adelante, caemos más que corremos, arrastrando los dedos por la tierra, despedazando los árboles que nos rodean, como si fuesen un decorado pintado en un telón.
Incapaz de frenar me estrello contra él y a punto estoy de lanzarlo contra el cielo; el cielo que se refleja en el agua, un lago, inmóvil como un cristal perfecto, del tamaño de un campo de béisbol, a nuestros pies.
Bruce da un paso atrás y se quita las zapatillas. Se zambulle en el agua y no emerge hasta diez metros más allá, donde sus brazos parten la superficie y se impulsan hacia la orilla de piedra caliza blanca al otro lado del lago.
Le sigo, el agua es tan profunda que me hundo, tan fría que emerjo jadeando. Grito, comienzo a nadar siguiendo sus distantes explosiones. Noto un fugaz sabor a miedo en los labios pero el agua entre los dedos de los pies y las manos me mantiene a flote y en un momento estoy nadando junto a Bruce. Él me señala la orilla con un gesto de la cabeza.
Formada por diez millones de años de estratos de roca calcárea, la orilla es como un cuenco dado la vuelta, elevada y hueca, una caverna de unos doce metros de diámetro cuyo borde se eleva un metro y medio por encima del agua. Nos dirigimos a ella, nuestras brazadas son cada vez más lentas a medida que nos vamos aproximando a su boca. Nos acercamos a la cueva lo suficiente para ver la extraña película de algas verdes que se adhiere a las zonas iluminadas por el sol de las paredes interiores. En lo más alto, donde el sol no alcanza, solo hay roca. En un valeroso arrebato, me muevo para entrar, para seguir el curso del túnel, ancho y oscuro, cuyo final no se adivina, pero Bruce me agarra del hombro y me aleja de la orilla. Nos mantenemos a flote en el agua moviendo los brazos y las piernas, y esperamos. Detrás nuestro desaparece el sol tras las copas de los árboles, la oscuridad se despliega como aceite por la superficie del lago hasta alcanzar nuestras cabezas que sobresalen del agua como rocas. Estiro los dedos de los pies hacia el fondo pero no hay más que agua profunda y, de pronto, me entra el miedo, la idea de estar flotando aquí, inútilmente, en el centro del lago, en medio del bosque, en mitad de ninguna parte.
—Ya vienen —dice Bruce.
Acabará llegando el día.
Será después de que Jan se haya ido y haya vuelto, y se haya vuelto a ir para volver de nuevo. Puede que dentro de muchos años.
Yo estaré viviendo en un apartamento de mala muerte, haciendo el turno de noche en la planta química y bebiendo más de la cuenta. Algunas noches abandono mi puesto para correr por el perímetro de la planta, evitando las patrullas de seguridad y las cámaras, metiéndome en el bosque, asustando a los ciervos y espantando a las perdices.
Bruce regresará.
Me estará esperando en las escaleras de mi casa una mañana temprano cuando vuelva del trabajo. Hará algún chiste sobre meter la tarjeta en la ranura de la máquina de fichar. Me contará que vendió la Triumph en Tempe, Arizona, y vivió con una mujer navajo durante demasiados meses, luego le robó su Trans Am y se largó a California a casa de su amiga Laura, una actriz. Que consiguió un papelito en una película de gánsteres con Robert De Niro y alguien le reconoció y el FBI dio con él y pasó una temporada entre rejas. Que cuando le soltaron a los dos años se montó en un autobús rumbo al este y cruzó el país. Vio pasar los estados, cerros y desiertos, pozos petrolíferos, ríos famosos y señales de acontecimientos históricos. En las afueras de El Paso dejaron atrás a un grupo de mexicanos que observaban inmóviles cómo se incendiaba su casa desde el jardín. Cruzó Louisiana en otro autobús en la oscura madrugada con una petaca de plástico en el bolsillo, mirando en la ventana el reflejo de la punta encendida de su cigarrillo, leyendo los nombres de los lugares por los que pasaban y tratando de recordar si conocía a alguien de allí.
Su billete le llevó hasta Jackson, Mississippi, y recorrió el resto del camino haciendo autostop.
Nos sentaremos enfrente del televisor, abriremos unas Bud Light y le daré el parte de lo sucedido en la planta, le diré que quizá pueda recuperar su antiguo puesto. Pero él se reirá y dirá: «Ni de puta coña».
Me dirá que se piensa largar a Alaska o por ahí arriba, a ver la aurora boreal.
—Lo que necesito —me dirá— es alguien que me lleve.
Decidiré que no puedo ver a Jan esa noche. La llamaré y cancelaré la cena, oiré su voz al teléfono durante un buen rato, sabiendo que tiene razón, pero luego, no sé cómo, colgaré con suavidad.
Quizá Bruce y yo nos acerquemos luego por su casa y le robemos su viejo Toyota y salgamos de la ciudad, dirección norte por carreteras secundarias.
Nos fijaremos en cosas: tres halcones en el mismo árbol muerto. Un camión de remolque transportando un campanario. Una silla de ruedas de niño delante de una caravana. Beberemos cerveza y pararemos a mear por la carretera, entre población y población, Creola, Axis, Bucks, Sunflower, Mount Vernon, Calvert, McIntosh. Wagerville, Leroy, Jackson, Grove Hill. Fulton.
Entonces, justo al norte de Thomasville, camino de Selma, habrá algo grande que destellará a través de los árboles en la cima de una colina. Una vieja torre de vigilancia contra incendios, abandonada, un esqueleto de metal cubierto de kudzu.
Me saldré de la carretera y dirigiré el morro del coche hacia el bosque, me olvidaré de cerrar la puerta al salir y le haré una carrera a Bruce colina arriba, hasta la torre. Contra el cielo, los troncos de los árboles serán de un lúgubre gris oscuro. Bruce se parará bajo la torre a mear una vez más y mirará hacia arriba, donde el cielo se precipita más allá de la cabaña de vigilancia. Unas cuantas estrellas tempranas y débiles parpadean entre las nubes. Me imagino a un guardabosques que sube a la torre con unos prismáticos y un termo de café, puede que un libro, y se pasa horas mirando a lo lejos, a varios kilómetros a la redonda, con el temor y la esperanza de localizar un brazo oscuro de humo alzándose de las entrañas del bosque. La señal de SUBA BAJO SU PROPIA RESPONSABILIDAD está borrosa e invadida por el kudzu, que brilla en la torre como si fuese encaje y se ha adueñado de la colina como un ejército.
Mirando aún hacia arriba, tropiezo con algo y me tuerzo el tobillo, me agacho en el kudzu. Es la pata delantera de un ciervo, serrada a la altura de la rodilla: piel delicada de un pardo claro, pezuña hendida afilada y negra, mechón de pelo blanco a media altura. No pesa nada, como los testigos que se pasan los equipos de atletismo. Le doy vueltas en mi mano, siento la velocidad en el puño, se lo paso a Bruce. Al darnos un paseo por el kudzu encontramos docenas de patas, delanteras y traseras, desperdigadas por el suelo. Cuando nos abrimos en abanico damos con los cráneos blanqueados de los ciervos, pieles tiesas como trozos de madera, cornamentas. Estamos en medio de una carnicería. Hay un rastro de muerte en el aire, su olor nos llega con el viento.
Bruce hace un gesto en dirección a la torre.
—Los furtivos los abatieron desde allí arriba.
Lo dejo examinando una de las patas y me encamino hacia la torre. El tramo inferior de escaleras ha desaparecido para desanimar a los trepadores, pero me meto la cerveza en el bolsillo y escalo por las vigas, encontrando apoyos para los pies en los remaches y en los bordes desencajados de metal. Los tramos superiores están intactos y son fáciles de subir, los troncos de los pinos van adelgazando con la altitud y, sintiendo un cierto alivio en la boca del estómago, me elevo por encima de las copas de los árboles y el cielo se expande a mi alrededor. Ahora asciendo a través del kudzu, las vigas y el aire. Me deslizo por la trampilla al interior de la pequeña caseta, Bruce viene justo detrás de mí, mete los brazos. La cabeza. Cuando entra nos levantamos y miramos el paisaje.
Hay ventanas en todas las paredes. El cristal está roto y el viento es frío y cortante. La torre se mece con la brisa. Puedo ver más lejos y con más amplitud que nunca, el cielo hacia el oeste se revuelve en ráfagas rojas que surgen de los distantes árboles azulados. A lo largo del horizonte se puede distinguir la agitación de las luces de las torres de radio y las chimeneas de las fábricas. Las copas de los árboles que se extienden a nuestros pies parecen lo bastante sólidas para caminar sobre ellas. Sería fácil olvidarse de lo que uno sabe de la vida de ahí abajo, pensar en ella como el fondo del mar, un lugar en el que formas oscuras se mueven entre columnas de luz, donde bancos de cosas indistinguibles van a la deriva, como nubes.
Los mirlos alzan el vuelo desde los árboles y remontan el cielo. Pasan volando murciélagos. Al volverme puedo ver que el sol se oculta tras las copas de los árboles, una aureola roja se cierne sobre el paisaje occidental, una mancha que se extiende hacia arriba, hacia fuera, como sangre, y el cielo se ensombrece en una miríada de minúsculos orificios luminosos.
—Esto me trae recuerdos —dice Bruce, y se pone a hablar de una noche que pasó en Vietnam. Se hallaban al sur de la zona desmilitarizada, en un puesto de avanzadilla, él y un compañero, hombro con hombro, en una trinchera que habían cavado. Reinaba la calma. Estaba muy oscuro, esa noche ni siquiera había estrellas. Susurraban. Bruce le contó a su amigo lo que estaría haciendo en ese momento si estuviera en casa. ¿Qué?, le preguntó el amigo. Pues estaría en un autocine con mi chica, le dijo Bruce. ¿Tendríais palomitas?, le preguntó el amigo, y Bruce le respondió: Puedes apostar tu culo a que sí, con mantequilla, y un par de cervezas que hemos colado de extranjis; estaríamos enmoñándonos y viendo la peli. ¿Qué peli?, quiso saber el amigo. Una del oeste, dijo Bruce. De John Wayne. Le pasaría el brazo por el hombro, dijo Bruce. Y sintió el brazo de su amigo rodeándole en la oscuridad. Y en la oscuridad él rodeó a su amigo con el suyo. Y siguieron hablando un buen rato, hablaron toda la noche, contándose las cosas que harían si estuviesen en casa, y por un momento tuvieron la impresión de que realmente estaban en casa, que las cosas de las que hablaban eran cosas reales, chicas, cervezas y vaqueros de verdad.
Después de contarme eso, Bruce se queda callado. Mira al cielo, contempla las estrellas. Se saca dos patas de ciervo de los bolsillos y empuña una en cada mano. Aporrea ligeramente el marco de la ventana con las pezuñas y llena el cielo con un ritmo metálico, como algo que corre, y cada vez golpea más fuerte y más rápido, las paredes y el suelo retumban, trozos de cristal repiquetean en las ventanas, regresan ecos planos desde alguna parte. Entonces aparecen y desaparecen unas ráfagas silenciosas enmarcadas por la ventana: murciélagos, atraídos por la vibración, caídos del cielo, atraídos como ciervos a un campo cebado, como gente curiosa que se arremolina por algún motivo.
Pero de lo que me estoy acordando ahora es de la vez anterior, de la carrera por el bosque, del lago. Me estoy intentando imaginar qué está ocurriendo allí en este preciso momento, en aquellos bosques, en el agua, en la caverna, en esa otra parte del mundo. Cómo se fue amplificando, desde el interior de la cueva, el leve percutir de aire y cuerpos que más que oírse se sentía en la piel. Irrumpen al mismo tiempo desde cada recoveco de la caverna. Cubren el cielo y oscurecen el agua con sus reflejos. Se derraman en un flujo continuo, no dejan de brotar, como la sangre bombeada por el corazón. Te sacuden la cara y te sumerges en el agua de manera que solo tus ojos quedan por encima de la superficie. Es como una tormenta, miles y miles de murciélagos juntos en el aire. Hasta ahora no sabías que pudiese haber tanto de algo al mismo tiempo, y te olvidas de tener miedo, te olvidas de quién está contigo y de dónde estás, de qué haces ahí y de quién eres, te olvidas de todo salvo del instante presente y de cómo el cielo y el aire parecen tan vivos que podrías tocarlos si no necesitaras los brazos para mantenerte a flote.
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