Furtivos
Agradecimientos
Alabama me ha proporcionado un copioso y variado grupo de amigos, todos ellos me ayudaron de alguna manera con estos relatos. Mi más profunda gratitud para Marshall Barth, Laura Cayouette, Charles McNair, Brian Oberkirch y Jack Pendarvis. Y para Gary Wolfe, que me dijo cosas como: «Nadie usa ya cañerías de plomo. Lo sabes».
Tuve la fortuna de vivir durante cuatro años espléndidos en Fayetteville, Arkansas, donde conocí a Michael Carragher, Jim Colbert, Michael Downs, David Gavin, Otis Haschemeyer, John Reimringer y a Sidney «Compson» Thompson. Gracias, amigos. Fayetteville también me brindó mi mejor lector y mi mejor amigo: gracias, B. A., por cosas que solo tú sabes. Mi reconocimiento también para el Arkansas Arts Council, por su generosa ayuda financiera.
También quiero dar las gracias a Rick Bass, cuya obra me hizo creer en el poder de los relatos; a Roy Parvin (quema a esos perros); y a Paul Ruffin, George Garrett y toda la plantilla de The Texas Review por asumir el riesgo.
Y a mis maestros. A Skip Hays, Jim Whitehead y Bill Harrison, gigantes de Arkansas, Mississippi y Texas, respectivamente; a Joanne Meschery; y (hablando de Texas) a Jim White, uno de los hombres más generosos que he conocido en mi vida: Gracias, gracias, os bendigo a todos…
Y tengo una especial deuda de gratitud con Nat Sobel, mi agente: Gracias, Nat, por el mejor regalo de boda de todos los tiempos. Y, por la fe, gracias a Paul Bresnick, mi editor; Michael Murphy, mi director editorial; y al resto de la buena gente de William Morrow and Company.
Por último, por haber compartido la historia de mi vida con gallardía, mi más profundo agradecimiento a Barry Bradford, Kenneth Lovell y Jeff Franklin, mi hermano.
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