Gallinas
Gallinas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Jackie Polzin
ePub r1.0
Titivillus 03-09-2022
Título original: Brood
Jackie Polzin, 2021
Traducción: Regina López Muñoz
Imagen de cubierta: Rafal Kijas
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para mi madre
Durante la primera semana que tuvimos gallinas, hace cuatro años, Helen se pasó por casa para ver con sus propios ojos lo pintoresco de la operación. Yo enseño el gallinero a cualquier visita que muestre interés en las gallinas. Helen es una excepción, es mi amiga y por tanto se interesa por mi vida. Por lo demás, las gallinas le traen sin cuidado.
Su visita se produjo en el breve intervalo previo a que la mugre de las gallinas se asentara. La pintura estaba fresca, los ratones aún no habían localizado las reservas de grano y nuestro huerto empezaba a dar bonitas hortalizas y delicados tallos amoratados de una planta cuya identidad nunca llegué a confirmar.
Las preguntas de Helen eran previsibles, pero mis limitados conocimientos sobre aves de corral no incluían ni las previsibles preguntas ni las respuestas correspondientes.
«¿Saben cómo se llaman?», me preguntó. Las gallinas nunca han reaccionado a un nombre concreto, pero sí reaccionan a cualquier tono alegre, nombres incluidos, esperando cualquier chuchería que pudiera acompañar al sonido.
«¿Les gusta que las acaricien?». Dio un paso atrás para indicar que la pregunta no era una petición. «¿Se alteran cuando les quitas los huevos?».
Yo no conocía las respuestas a ninguna de estas preguntas.
—¿Alguna vez han puesto un huevo directamente en tu mano?
—No —dije. Y hasta hoy ninguna gallina ha puesto todavía un huevo directamente en mi mano.
Aún no había recogido los huevos de la mañana. Dos huevitos marrones yacían en un cuenco de paja trenzada, uno claro como té con leche, el otro oscuro y un pelín anaranjado. Por aquel entonces yo no sabía qué gallina ponía cada huevo.
—Toma. —Puse el huevo claro, que era también el más pequeño de los dos, en la palma de la mano de Helen. Sus dedos no se ablandaron al contacto con la forma ovoide.
—¿Qué hago con esto? —preguntó.
—Lo cocinas, te lo comes —sugerí.
—Digo ahora mismo. ¿Qué hago con esto ahora?
No sostenía el huevo, más bien permitía que reposara sobre la palma abierta; solo toleraba el huevo por no hacerme un feo, supongo. El huevo no estaba lo que se dice limpio. Cuanto más limpio está un huevo, más gustosamente lo aceptarán las visitas y más lo sostendrán de una manera conveniente para un huevo, con una fuerza igual pero opuesta al peso del huevo aplicada por una mano ahuecada, creando un equilibrio perfecto y suspensión en el aire.
—¿Está cocido ya? —preguntó—. Está caliente. —Helen me había visto cogerlo de entre la paja, la paja aplastada, apartada y ahuecada por los lados que era el negativo exacto de una gallina empollando, un lecho de paja tan primitivo que precedía al fuego, y pese a todo formuló la pregunta en voz alta.
—Es fresco —dije—. Está caliente porque es fresco.
—¿Alguna vez ha eclosionado un huevo en tu mano?
Todo el mundo se pregunta si un huevo recién salido de una gallina y por tanto caliente puede contener un pollito. La calidez del huevo fomenta la creencia en esta posibilidad por lo demás remota. Entre los triunfos de nuestra generación se cuenta el de haber extinguido casi por completo la idea del huevo como fuente de vida. La confusión no emana del hecho de que la gente ya no coma huevos, ni siquiera de que la gente ya no cocine huevos. Nada más lejos: consumimos huevos a un ritmo endiablado, y a la vez que los profesionales de la gastronomía confeccionan elaboraciones de lo más intrépidas a base de huevos, en las cocinas caseras del mundo entero se preparan huevos de formas más intrépidas que nunca. El problema no es que los huevos sean dañinos o engorden. De hecho, los huevos ni son tan dañinos como creíamos ni nos ponen más gordos de lo que ya somos. El problema es que la gente no ve el vínculo entre un huevo depositado en su mano, recién salido de una gallina, y el huevo que se compra en tiendas. Un huevo que obtiene su calidez de la existencia en el interior del cuerpo de una gallina se antoja demasiado fantástico como para usarlo con normalidad. Si un huevo fresco se coloca dentro de un cartón en lugar de una mano abierta, la confusión acerca de lo que hacer con dicho huevo deja de existir. Semanas después de la primera visita de Helen a las gallinas, mi amiga volvió acompañada de su novio. Era un novio nuevo (y pronto pasaría a la categoría de exnovio) y por tanto Helen trataba de impresionarlo. Había considerado su primer contacto con las gallinas lo bastante novedoso y me llamó para ponerme sobre aviso.
—Voy con Jack —me dijo—. ¿Tienes todavía la botella pequeña de ginebra del verano pasado?
—Claro —respondí—. Percy no bebe ginebra y yo estoy intentando aborrecer las mismas cosas que él.
Esta última frase pretendía hacer reír a Helen, pero mi amiga solo dijo «hum», señal de que estaba merendando, seguramente una de esas galletas blanditas que tanto le gustan y que compra envasadas en una especie de funda de papel y almacena en el cajón de las verduras, detrás de una bolsa de zanahorias. La merienda, y por ende el «hum», significaba que estaba sola en casa.
—Perfecto. Métela en el congelador y, ¿me harías un favor?, ofrécenos ginebra en cuanto lleguemos.
Helen pretendía y esperaba que la experiencia discurriera del mismo modo que la visita anterior. No lo dijo, pero yo lo sabía. Helen es agente inmobiliaria, y los agentes inmobiliarios entienden mejor que nadie el chasco que supone una segunda visita. Un agente inmobiliario jamás cierra una venta en una segunda visita. Si la primera merece una segunda, la segunda requiere una tercera. De la sorpresa al chasco y de ahí al alivio matizado. La visita de Helen sería un chasco.
Yo no estaba en condiciones de reproducir ni remotamente la experiencia. Las gallinas habían dejado de poner. Los dos huevitos marrones habían sido los últimos. Si Helen no hubiera llamado para sugerir que ofreciera ginebra, la habría sugerido yo. Las gallinas resultarían más entretenidas a través del velo de un lingotazo en pleno día. Por si acaso erraba yo en mi valoración de la capacidad para entretener de las gallinas o del poder de la ginebra, Percy propuso que les regalase huevos.
—Hace dos semanas que no hay huevos.
Percy fue hasta la nevera y volvió con un cartón lleno de huevos blancos XL.
—Dales estos.
—Nuestras gallinas no ponen huevos blancos. Además, estos están fríos.
—Helen no se dará cuenta ni le importará. Le gustarán más los blancos — dijo Percy, seguramente con razón, aunque no le di el gusto de reconocerlo.
Luego sacó una cacerola pequeña de debajo del fogón, la llenó de agua y la puso al fuego. Se me había olvidado alegar que también me oponía moralmente a su ocurrencia.
Cuando el BMW de empresa de Helen apareció en el callejón trasero, había tres huevos humeantes en un rincón oscuro del ponedero.
—¿Qué tengo que hacer para que de este huevo salga un pollo? — preguntó Jack, con el huevo caliente y resplandeciente en la mano.
Helen, que admira la confianza en uno mismo, suele prendarse de tipos así, y me di cuenta de que en Jack era un defecto que le impedía hacer preguntas tan básicas como: «¿Por qué me quema la mano este huevo?».
El temporizador hace tictac en la caseta de las gallinas. Cada tic lleva aparejado un tac, igual que el uno-dos de unas maracas, y detrás de ese sonido y su contrario se oye un leve zumbido electrónico. El temporizador está programado para encender la bombilla de calor a las seis de la mañana, a las doce del mediodía, a las seis de la tarde y a las doce de la noche. La hora nocturna más fría es la última de oscuridad total, pero la bombilla no se enciende a esa hora. A las seis de la mañana, la temperatura ya ha empezado a ascender en pos de la máxima, aún gélida. Las gallinas se apañan con treinta minutos de calor cada seis horas porque cada segundo de bombilla aumenta el riesgo de incendio en el gallinero. Helen me preguntó qué hacíamos para mantener calentitas a las gallinas y yo le dije: «Tenemos una bombilla de calor en invierno». No le conté que solo está encendida media hora cada seis horas y que los primeros diez minutos de calor en forma de luz infrarroja los absorbe la escarcha que recubre la bombilla. No quiero que Helen pierda el sueño por culpa de nuestras gallinas.
¿Piensan las gallinas en tiempos más cálidos? No. Cuando el primer copo de nieve se posa en el suelo, la nieve es lo único que conoce una gallina. El suyo es un mundo de solo nieve o solo no-nieve.
A veintiocho bajo cero, las gallinas se niegan a salir para comerse el pienso que vierto en el comedero de hojalata. El comedero cuelga de la alambrada gracias a dos finos ganchos de metal que se curvan hacia arriba y hacia atrás, unidos a los laterales del recipiente metálico mediante un remache que les permite girar, solo que el frío congela los ganchos y congela los remaches y congela la totalidad del comedero, que adopta una posición antinatural, como si de pronto le hubiera caído encima una maldición. En primavera traslado el comedero al corral anejo al gallinero, pero en los meses invernales, cuando azotan las olas de frío, las gallinas pasan días y días sin salir.
Dentro del gallinero, la temperatura oscila entre menos quince y menos cinco, pero el agua del bebedero de plástico existe en estado líquido y no sólido gracias al empujoncito de calor que proporciona una recia placa calefactora adquirida por quince dólares en el Farm and Fleet hace cuatro años. Unas verdades sencillas rigen los cuidados de las gallinas. Deben tener comida y agua limpia en abundancia. Además, no deben morir congeladas, si bien no está claro a qué temperatura ocurriría tal cosa.
Gloria está instalada en el ponedero, inmóvil, mientras las demás cazcalean a su alrededor. Lleva dos días sin salirse de la espiral estancada de paja, polvo y plumas amalgamados aquí y allá con una argamasa de cagarros endurecidos. Las dos últimas mañanas no ha hecho amago de acercarse a la comida ni al agua mientras las otras gallinas se arremolinaban formando la melé habitual, anunciándose y compitiendo por los bocados más selectos. A no ser que haya comido de noche, a oscuras, Gloria no ha comido. Las gallinas no comen ni beben de noche porque no ven tres en un burro y la noche está plagada de depredadores. El gallinero no alberga depredadores, pero esto las gallinas no lo saben. Una gallina sabe únicamente lo que ve. La vida de una gallina es pura magia. Qué cosas.
En la cocina, el cajón de abajo del todo aloja los utensilios más misteriosos. Uno de los que más espacio ocupa es el artilugio que descorazona y pela manzanas: una aguja con tres pinchos mantiene la fruta centrada sobre un anillo metálico de bordes afilados que extrae el centro, junto con una cuchilla en ángulo que elimina la piel de la superficie curva. La máquina cumple su función al pie de la letra, es una máquina perfecta, lástima que un cuchillo de pelar ejecute la misma tarea con idéntica gracia y sencillez. Todo el cajón está habitado por esa falsa sensación de necesidad, aunque a bote pronto no se me ocurre un aparato más útil que una pipeta de cocina para dar de beber a una gallina clueca.
Una gallina necesita agua, en este sentido es como cualquier otra criatura, no es capaz de vivir más de dos días sin ella. Además de la necesidad de agua de la propia gallina, el huevo que lleva dentro también necesita agua. Sin agua, un huevo no es más que un trozo de tiza.
Gloria encrespa todo el cuerpo cuando le acerco la pipeta llena de agua. Sus alas asestan un golpe seco a las paredes del ponedero. Sisea con el aire comprimido y ronco de una serpiente y bebe una gota temblorosa.
Debajo de Gloria hay un huevo, grande, marrón cacao. Ella no pone huevos de ese color. Ella pone huevos de color melocotón pastel y mucho más pequeños. Gloria ha adoptado la costumbre de sentarse encima de todos los huevos como si fueran suyos. Gloria se acomoda con un brillo enajenado en la mirada, porque así son los ojos de las gallinas. El ojo de una gallina es lo único que queda de los dinosaurios, un diminuto portal a la era de los cerebros del tamaño de una nuez. Del ojo de una gallina no se desprende sentido alguno porque no lo hay. Pero es que además el carácter enajenado del ojo lo eclipsa todo.
Me protejo la mano con un recogedor cuando tanteo bajo su cola en busca del huevo. Ella picotea el aluminio. Chac, chac, a pesar de la aparente falta de respuesta. Quién sabe qué estará sintiendo. Un pico no es lo mismo que un diente, pero varias veces me he golpeado un diente con una cuchara y no consigo imaginar que el aluminio vibrante en mi mano, pespunteado por los picotazos de Gloria, no esté lanzando un mensaje desagradable en la dirección contraria, del pico a un hueso y luego a otro y así sucesivamente, haciendo tintinear esa pequeña jaula que es una gallina.
Gloria triplica su tamaño cuando me acerco, igual que un cojín se expande cuando lo ahuecas por los lados. Ejecuta la maniobra sin pensar. El movimiento de sus plumas —la contracción de su piel y el correspondiente abultamiento— precede a cualquier pensamiento u ocupa el lugar del pensamiento. Gloria está unida al huevo, no a la idea del huevo. Si el huevo desaparece, su recuerdo del huevo se esfuma con él.
La calidez del huevo es una calidez original y nunca deja de sorprenderme. Antes de tener gallinas nunca me había causado fascinación un huevo, aunque esperaba que ocurriera al revés: que el increíble y comestible huevo me atrajera hasta las gallinas. Ahora que he sostenido ese lugar pequeño y cálido en la palma de mi mano, no puedo evitar maravillarme.
Gloria me mira con curiosidad. Un día normal, no me entretengo. Les echo la comida, compruebo si hay ratones muertos en las trampas —los ratones son demasiado listos para eso, pero sigo mirando con la esperanza de encontrar, no sé, un simple ratón— y me aseguro de que el bebedero no esté vacío o sucio. Hoy, sin embargo, me demoro un rato en el gallinero, realizando mis tareas con la mayor lentitud posible. Añoro a las gallinas, aun cuando siguen aquí.
Debería haberlo visto venir: añorar a las gallinas. Lo mismo le pasó a la niña de nuestros vecinos, Katherine, el año pasado. Se mudó y empezó a añorar a las gallinas por exceso de preocupación, o, lo que es lo mismo, por haberlas dado por hecho.
En aquel entonces, Katherine tenía cinco años y sin embargo tenía el pelo blanco; siempre ha sido una niña torpona, propensa a movimientos lentos, premeditados. Había pasado incontables horas de su niñez persiguiendo pesadamente a las gallinas con los brazos abiertos. Las gallinas no se toman a broma una envergadura desplegada. Vieran lo que vieran en Katherine, hacían bien en huir despavoridas de sus brazos extendidos, cuyo único propósito era abatirse sobre alguna. Yo me habría alegrado mucho por todas ellas, por la diversión duradera, de no ser por el abyecto pavor de las gallinas.
Quizá de manera inevitable, los andares de Katherine se asemejaban al máximo a los de una gallina. El correteo de las aves era, seguramente, el único que la niña había visto, dado que su madre era demasiado corpulenta para salir a correr y su padre demasiado serio. Como es obvio, no resulta práctico moverse como una gallina. Moverse como una gallina es una cualidad que no beneficia a nadie, mucho menos a las gallinas, cuyo movimiento es consecuencia del desarrollo excesivo de la pechuga y puede resumirse perfectamente como la incapacidad de volar. Katherine debió de ser objeto de burlas crueles por parte de sus compañeros de colegio. La familia hizo el petate y se marchó sin previo aviso hace seis meses, en cuanto acabó el curso escolar.
Poco antes de Navidad recibimos por correo un dibujo arrugado. Yo hubiera pensado que Katherine se había olvidado por completo de las gallinas —su entusiasmo había menguado hasta casi la nada más absoluta en el año anterior a la mudanza— de no ser por el dibujo, que retrata una gallinita blanca dentro de un castillo rosa. En el reverso, con meticuloso rotulador negro, alguien había transcrito las palabras «Princesa Gam Gam». He aquí una chiquilla que en toda su vida solo ha conocido dos gallinas rojas, una negra y una gris, y sin embargo dibuja una gallina blanca de primera categoría en el interior de un castillo de princesa. No me gusta imaginar a Katherine dibujando gallinas tan horrorosamente mal tanto tiempo después de su partida, por no hablar de su falta de atención. El dibujo está colgado en el gallinero, sujeto a la alambrada mediante un imperdible, con los coágulos de témpera acumulando polvo.
En Riverton había un hombre que criaba gallinas y que una mañana se despertó más tarde de lo habitual. Esta historia me la contó mi madre. Ella vive en Riverton y está enterada de todo lo que ocurre allí. Su voz se aviva conforme la historia avanza, de modo que no soy capaz de pensar en esta historia sin que el final resuene en mi cabeza.
En Riverton había un hombre que criaba gallinas y que una mañana se despertó más tarde de lo habitual. El sol estaba ya muy arriba, aunque el mundo estaba congelado, y las gallinas cacareaban creando la cacofonía que suele acompañar la llegada de un huevo humeante a este mundo. Percy traduce ese ruido como: «¡Chicas, chicas! ¡Mirad lo que he encontrado!». Percy hace una imitación bastante aceptable de una gallina sorprendida, y la repite a menudo. La gente siempre se ríe, porque parece un majadero, y la majadería es un rasgo que las personas apreciamos en los demás. Aunque debo admitir que, si no estuviera casada con Percy, su imitación de la gallina que acaba de poner un huevo no me habría llevado por esa vereda.
Las hembras cloqueaban y cacareaban ante sus perfectos nidos, pero el gallo estaba callado. Qué raro, pensó el hombre de Riverton que criaba gallinas. Echó un vistazo afuera y no vio nada raro. De camino a la caseta comprobó la temperatura lanzando al suelo un escupitajo que se esparció sobre la nieve como virutas de metal. Las gallinas lucían su plumaje ahuecado a modo de abrigo y gimoteaban como de costumbre, pero del gallo no había ni rastro. Verás tú el gallo que se me ha escapado, pensó el hombre. Una vez el zorro había merodeado por allí, así que el hombre se puso a buscar huellas del paso de un zorro: unas plumas sueltas, un reguero de sangre, un copete de pelo anaranjado atrapado en la alambrada. Nada. Verás tú el gallo que se me ha escapado, pensó el hombre; como ya lo había pensado hacía un momento, esta vez no hacía más que reafirmar su idea en vista de los hechos. Entró en casa y se puso a cavilar sobre el gallo ausente. Mientras le daba vueltas al coco, lanzó una mirada a la caseta de las gallinas a través de la ventana. La veleta no apuntaba en ninguna dirección en concreto, más caída que erguida. La madre que me parió, ¡si yo no tengo veleta!, pensó. Efectivamente, no tenía. Tenía un gallo, congelado y duro como una piedra en el tejadillo de la caseta. Y allí se quedó el gallo, adherido al tejado mediante una fina lámina de hielo, hasta la primavera. Cuando el hielo se derritió, el gallo cayó al suelo con un leve porrazo. No recuerdo por qué mi madre me contó la historia del gallo, pero la moraleja es: cuando haga demasiado frío para una gallina, te enterarás.
El fin de semana pasado visité a mi madre en Riverton, a dos horas al este de la ciudad. Yo nací en Riverton y me fui cuando terminé el instituto, sin intención de volver, y sin embargo a menudo, en el transcurso de mis breves y resueltas visitas, tengo la sensación de que nunca me he marchado.
Percy se había ido a Los Ángeles para presentarse a una entrevista de trabajo de tres días en una prestigiosa universidad. La persona que lo había recogido en el aeropuerto era la misma que, en un congreso el otoño pasado, lo había animado a postularse. En cuestión de meses, Percy se ha volcado tanto en la idea de dar clases que casi he olvidado que nunca ha sido su sueño, ni siquiera una posibilidad que barajara. Percy lleva sin ejercer la docencia desde que hizo el posgrado. De hecho, como cualificación principal, Percy hace alusión a un lema de su trabajo: apartarse de la ortodoxia. En caso de que Percy obtenga el puesto, tendremos que encontrarles un nuevo hogar a las gallinas. Es mi deseo que mi madre herede las gallinas.
Las gallinas son capaces de buscarse la vida y sortear las catástrofes varios días seguidos. Una caja con más capacidad hecha de tablas de madera cuelga de la pared para las ocasiones en que el comedero de hojalata no basta. La bandeja que hay debajo de la caja es un resto de una moldura decorativa, que podría parecer un toque frívolo, pero encarna todo lo contrario. El bebedero con dispensador contiene tres cuartas partes de agua, suficiente para tres días, y, en ausencia de ratones, el comedero da para una semana entera. Los ratones nunca están ausentes, han estado bien presentes desde el momento en que vertí cuatro sacos de veinte kilos de pienso granulado y mezcla de semillas en un contenedor de plástico en el garaje; la colisión del grano en movimiento fue un canto de sirena para todos los ratones del vecindario. La hambruna había terminado.
Es imposible saber cuánta comida pueden llegar a almacenar los ratones en sus escondrijos a lo largo de una semana. A pesar de las muchas medidas que hemos tomado para erradicarlos de una vez por todas, los ratones campan a sus anchas, y las aves cantoras se cuelan a través de huecos del tamaño de una nuez, y las ardillas entran por la trampilla apoyándose sobre los cuartos traseros, erguidas, en un desfile regio. Lo mismo que los conejos que rondan las lechugas, rollizos y lentos como orondos duendes de jardín.
No hay manera de calcular las necesidades de nuestras gallinas con tantas bocas que alimentar y tanto grano que cae al suelo lleno de cagarrutas, donde se queda hasta que lo rascamos, prensamos y levantamos como si fuese una masa de hojaldre estirada. El cartero ha insinuado, sin maldad, que nuestras gallinas tienen sobrepeso. El hombre es un inmigrante de un país pobre y su idea de gallina es muy poco americana. En cualquier caso, estoy abierta a considerar que nuestras gallinas están sobrealimentadas, dada la cantidad de comida que siempre hay desperdigada por el suelo.
Mi madre está perfectamente capacitada para cuidar de las gallinas. Tiene dos cabras cuyo radio de destrucción es mucho mayor que el de unas gallinas, y los ratones ya están bien establecidos, no solo en la caseta roja desvaída, el garaje y el descuidado tesoro que es la sempiterna montaña de compost. Los ratones también tienen carta blanca en el sótano y entre las paredes de la casa materna. Por si las cabras no fueran prueba suficiente de su condición de amante de los animales, la caseta roja de molduras blancas aloja una bandada de palomos y un gato de tres patas a los que tiene muy mimados. Aunque opino que mi madre no está preparada para la estulticia de las gallinas —los palomos son aves inteligentes y tienen cualidades que se pueden entrenar—, cuidar de ellas implicará únicamente un arco más de alimento contra el horizonte cuando lance pienso en todas las direcciones imaginables.
No había advertido a mi madre de mi visita, iba a pedirle un favor y no quería que se revolucionara de antemano ni quería provocar el plato sopero de sobras adornado con el contenido de una lata de crema de verduras. La llamé mientras echaba gasolina en el Kwik Trip de Riverton, donde tenían la leche en oferta, a noventa y nueve centavos la garrafa de tres litros y medio. Examiné los improbables descuentos que empapelaban los ventanales a la vez que el teléfono emitía cuatro tonos de llamada. El mensaje del contestador no ha cambiado en veinticinco años, y eso que el aparato ha sido sustituido varias veces. Me imaginé a mi madre delante de la caseta roja, contando cabezas bajo el frío cortante. Allí la encontré cuando metí el coche en la entrada, enmarcada por el vano de la pequeña construcción, rascando la barbilla blanca del gato negro como último acto de su rutina matinal.
Siguió acariciando al gato mientras yo aparcaba junto a la casa y me acercaba a saludarla. El viento me lamió la cara con su lengua insistente. La mano colorada de mi madre contra la superficie blanca y negra del gato constituía una visión estremecedora.
—¿Va todo bien? —preguntó.
—Te he dejado un mensaje en el contestador —dije yo—. Hace frío, ¿no?
No había curiosidad en mi comentario; estaba quejándome en forma de pregunta. Mi madre no tolera las quejas en ninguna de sus formas. Sacó la barbilla del nido de su bufanda, exponiendo el cuello al frío.
Mi madre ha mantenido la solemne promesa que se hizo con ocasión de su reciente jubilación, a saber: no comprar nada que pueda fabricar ella misma. Para el ciudadano medio, tal promesa no abarca gran cosa: un jarrón de flores recién cortadas o una ensalada elaborada. Para mi madre, en cambio, exprofesora de economía doméstica con un gran bagaje de habilidades obsoletas y una dosis aún mayor de obstinación, la lista es interminable. Como cualquiera de los paradigmas teóricos de Percy —que cita a mi madre como prueba de voluntaria sencillez—, se trata de un ideal hermoso y noble que se desbarata por completo al contacto con el mundo real.
—¿Y Percy?
—En California. Están entrevistando a los finalistas.
—Me alegro por él. ¿Cuántos hay?
—No se lo han dicho.
—Siempre he pensado que tiene madera de profesor. —Mi madre dice lo mismo de toda la gente que le cae bien.
Me serví una taza de café frío y la metí en el microondas.
—Es de ayer —avisó ella.
—Percy hace lo mismo en casa.
Mi madre sonrió.
—Jamás entenderé que se tire un café perfectamente potable.
El café no estaba bueno. Me puse a rebuscar nata en la nevera bajo la atenta mirada de mi madre.
—Es mucho más sencillo beber café solo.
Se sirvió una taza. Nos sentamos a la vez, lo que parecía demostrar su teoría: la economía del café solo.
—Te invito a comer. A un sitio bonito —propuse.
—Sitios bonitos no hay, y acabo de desayunar. Lo máximo que podría comerme ahora mismo es un dónut.
—Vale, pues un dónut. ¿Dónde venden los mejores dónuts del pueblo?
—Los mejores son los caseros.
—Mamá, haz el favor.
Entré en el Kwik Trip por segunda vez en una hora. Había dos mesas con banco corrido de color naranja junto a los aseos. Mi madre pidió un dónut relleno de crema y fue a sentarse para que nadie nos quitara el sitio. Yo hubiera dicho que nadie se sentaba en aquellas mesas junto a la brisa química y afrutada que emitían las puertas batientes de los baños salvo que me presentaran sólidas pruebas de lo contrario. En el borde de contrachapado de la mesa había grabados varios nombres que reconocí.
Los dónuts no tenían letreritos. Escogí el más grasiento de cada uno de los tres expositores mientras mi madre observaba. La chica de la caja llevaba un abrigo gordo como protesta contra el frío. Era demasiado joven para que yo la conociera, pero estaba convencida de haber visto antes aquella cara chupada.
Cuando volví a los bancos naranjas, mi madre había extendido una servilleta de algodón en la mesa, delante de ella, junto con un cuchillo y un tenedor procedentes del cajón de su cocina. Es algo que solía hacer mi abuela, llevar cubiertos en el bolso para ocasiones así. ¿Cuánto falta para que yo también lleve siempre encima un tenedor? ¿O un bolso, ya puestos? Diría que no me parezco a mi madre, ni a la madre de ella, principalmente porque no soy madre. Tengo veinte años más que mi madre cuando me tuvo, veinte años alejada de la vida que ella tuvo. A veces pienso en la línea ininterrumpida de mujeres, todas madres, que se acaba conmigo, todas ellas blandiendo tenedores y bolsos y negando con la cabeza, desilusionadas.
—Esa es la mayor de los Thompson —dijo mi madre, lo que quería decir que yo había ido al colegio con su madre.
La chica de detrás del mostrador tenía su mismo rictus de sufrimiento y llevaba los párpados maquillados con la misma tonalidad terrible de sombra azul. Para mí, todo el pueblo es así: conocido pero peor que antes. La droguería es ahora un pub, y la pañería, una tienda de segunda mano, y el cine solo proyecta una película tres veces por semana.
—Era mala estudiante, pero buena niña —apostilló mi madre demasiado alto.
—A lo mejor tenemos que encontrarles un nuevo hogar a las gallinas.
—Pero si las adoras.
—No podemos llevárnoslas.
—Pensaba que todavía no había nada seguro.
—Me refiero a si la cosa prospera. ¿Tú te las quedarías si Percy consigue el trabajo?
No le conté que las gallinas llevaban sin poner en condiciones desde el otoño, que habían puesto dos huevos en los últimos nueve días, y la semana anterior, cero patatero.
—Prefiero no pensarlo mientras no sea seguro —zanjó ella, y cortó en cuatro un dónut relleno de crema.
En el momento en que nos dirigíamos al coche, el reloj digital del banco del condado confirmó mis sospechas: hacía más frío que cuando había llegado.
A la mañana siguiente me desperté toda preocupada en la cama de mi infancia; el agua del bebedero se habría congelado durante la noche o los ratones habrían protagonizado un levantamiento o la bombilla de calor habría estallado por fin, prendiendo fuego a la capa de polvo adherida con tenacidad al escudo protector de la lámpara por los aceites corporales exudados de las gallinas, un incendio de grasa, un incendio por grasa de gallina, y si un buen samaritano trataba de sofocar las llamas con agua, el gallinero entero explotaría.
Acompañé a mi madre en su circuito matinal, con aliento de ambas dejando una estela a nuestro paso durante todo el trayecto hasta la casa. Nunca he sabido muy bien cómo se cuida a unas cabras. Pensaba que cuidar gallinas sería una habilidad extrapolable, que como poco podría ampliarse al meollo de una granja de aficionada, pero mi experiencia con las gallinas no me ha valido semejante maña. Cuanto más cuido de ellas, menos sé.
—¿Qué ha pasado aquí? —dijo mi madre—. Se ha debido de estropear el calefactor.
El agua se había congelado en el bebedero climatizado de las cabras. Pero el calentador no se había estropeado; seguía emitiendo resoplidos, solo que las dosis de calor se perdían en el frío crispado. Pensé en los dedos de mis pies congelados y luego en las gallinas. Cuando la pata de una gallina se congela, la piel se queda blanca para siempre. Si una gallina con las patas congeladas se cayera del nido —¿y por qué no iba a caerse?—, las patas podrían quebrarse limpiamente. Me estremecí y mi madre frunció el ceño.
Las cabras raspaban el hielo con la lengua, sin dejar marca. Mi madre las apartó y se puso a dar golpes con una pala mientras yo volvía a la casa para hervir agua en una cacerola. Cuando regresé, envuelta en una nube de vapor, el hielo ya estaba partido, los palomos alimentados, el gato rascado y el polvo barrido del pequeño cuarto rebosante de comida donde mi madre guarda un tambor de cuatro litros lleno de caramelos de menta que les da a las cabras a modo de chuchería.
El café cobró vida entre estertores en la vieja cafetera eléctrica.
—Supongo que quien esté cuidándote las gallinas las querrá —dijo mi madre.
—No hay nadie cuidando de las gallinas.
—Helen no se las va a quedar —dijo mi madre, a pesar de que solo ha visto a Helen una vez—. Y estaría bien desayunar huevos frescos.
Llegué a casa al filo del mediodía y encontré cuatro gallinas, con sus dos patas cada una, y cero huevos frescos.
Percy sostiene que la falta de noticias es una buena noticia. La entrevista fue un éxito de dimensión no cuantificable del que Percy necesitaba recuperarse. Para ello, se había enfundado un batín de felpa sobre el pijama habitual y había colocado un cojín encima de la mesita baja para que sus pies empantuflados adoptasen cierta altura en su simbólico reposo. Sus teorías seguirían demostrándose y refutándose sin él, con suerte en ese orden. Como parte de los preparativos para el viaje, Percy había dedicado cada segundo de las últimas dos semanas a familiarizarse de nuevo con sus propias ideas, y le había complacido comprobar que llevaba mucho tiempo abogando por un cambio de rumbo hacia el sector servicios. La prestigiosa universidad prácticamente había confirmado su interés. No le habían dicho nada.
«Voy a echar de menos a las gallinas», dijo. Percy se enorgullece de extraer exactamente una pizquita de conocimiento de la cámara oscura cada vez que viaja.
No me cabía duda de que Percy añoraría la idea de sí mismo como hombre que tiene gallinas, como hombre cuya vida se simplifica y a la vez se complica por asociación con ellas. Criar gallinas está en lo más alto de su lista de cambios de rumbo paradigmáticos, pero ¿realmente iba a echar de menos a las gallinas? Todo apuntaba a que las gallinas, una vez alimentado el caro ideal que Percy tenía de sí mismo, resultarían accesorias. Yo sí echaría de menos a las gallinas, ya echaba de menos a las gallinas, y lo veía como la prueba fehaciente de la capacidad de añorar algo: la anticipación visceral de la falta.
El municipio de la universidad no permite tener gallinas. Si llegásemos con gallinas al municipio, estaríamos violando la normativa. Es la clase de ilegalidad vecinal que Percy considera la panacea, aunque para los vecinos las gallinas no encarnen más que un poco de jaleo por las mañanas y un penetrante olor en primavera. Pero no soporto pensar que allí nos quitarían a las gallinas, que las trasladarían a una granja remota y luego ¿qué? Solo mi madre cuidaría de las gallinas sin pedir apenas nada a cambio.
Las noches más frías del año enchufo un calefactor al alargador naranja en la caseta de las gallinas y compruebo que todas las puertas estén bien cerradas. Esto incluye encajar a presión una tabla de aislamiento térmico demasiado grande en la trampilla tamaño gallina que conecta la zona interior del gallinero con la descubierta. El resto del tiempo, el calefactor se encuentra dondequiera que Percy lo haya usado por última vez, casi siempre junto a la mesita baja del salón en la que apoya los pies. El salón se considera vagamente el despacho de Percy o, a efectos fiscales, el despacho de Percy en sentido estricto. Percy no es la clase de persona que asume las pequeñas incomodidades como medio para la productividad. Él es del otro bando, de los que se apoltronan para fomentar el conocimiento.
El escritorio de Percy ocupa el rincón sureste de la sala, oscurecido por varias plantas de interior, tres de las cuales nacieron de esquejes de la cuarta. La planta prospera a falta de cuidados, por eso ahora son varias. En algún punto debajo de un filodendro hay un cuaderno plagado de garabatos. Ocurren fenómenos extraños a cuarenta grados bajo cero. El sonido viaja sin impedimentos, la piel se congela antes de lo que tarda en percibir el frío, los objetos húmedos se transforman en rígidos cadáveres de su identidad anterior. Del agua mejor olvidarse. El agua tira la toalla. De nuestras aspiraciones también podemos irnos olvidando. Las temperaturas por debajo de cero acarrean el renacimiento de la aspiración original: sobrevivir. Las gallinas están mal equipadas para la supervivencia, pero como una gallina no tiene recuerdo de lo que ha sucedido en el pasado ni piensa en lo que vendrá después, el invierno no supone un impacto psíquico. El año pasado tuvimos quince días consecutivos en los que la temperatura no subió de diecisiete bajo cero y alguna que otra noche rozó los menos cuarenta. El único consuelo que proporcionan unas temperaturas tan macabras es la promesa de una preservación perfecta.
No parece que la percepción del frío de una gallina se asemeje en nada a la nuestra; al revés, es la sensación de que la piel se estira y se eleva a la vez que se ahuecan las plumas. Como respuesta al frío, las plumas de contorno que componen la capa externa de una gallina se yerguen sobre sus esbeltos cañones. Miles de plumas se levantan y estiran en un movimiento sincronizado. Una gallina no piensa: voy a hacer esto; no toma decisiones. El cuerpo de la gallina actúa, sin más, desgajado del conocimiento del frío y sus posibilidades. Bajo las plumas de contorno, el plumón también se eriza para llenar el espacio inferior y atrapar el aire caldeado por la vida de la gallina. La única función del plumón de una gallina consiste en crear y mantener un espacio entre la gallina y el mundo exterior. Cuando el mundo exterior está bajo cero, ese espacio —o una parte de él— y su pelusilla encarnan el margen para la vida.
Durante la ola de frío del año pasado el calefactor se quedó en el gallinero, justo al lado del separador de cables. Las gallinas se apiñaban en el posadero, tan juntas como les permitían sus hinchados plumajes. Señorita Hennepin County, la gallina alfa, era la que más cerca estaba de la fuente de calor, flanqueada por Tiniebla y Gloria, mientras Gam Gam se desmarcaba como la más rezagada. Gam Gam es la que ocupa el último puesto en la jerarquía del picoteo, porque sería la primera en morir en cualquier circunstancia. La organización social de las gallinas representa sus ventajas estadísticas. La jerarquía del picoteo es un orden natural, la intimidación como selección natural. Tal vez por eso siempre me ha sacado de quicio la jerarquía del picoteo.
«Johnson tiene ganas de verte», me dijo Helen. «¿Te importa que lo lleve a tu casa?».
No me consta que Johnson sepa expresar un deseo claro —tiene un año y le está costando empezar a hablar—, pero albergaba la esperanza de que realmente tuviera ganas de verme. No puedo evitar esforzarme en ser la clase de persona que los niños tienen ganas de ver. Helen añadió que la señora que le hace de canguro estaba con una infección de garganta y, aunque de todas formas ella también tenía ganas de verme, ¿podía dejarme a Johnson un ratito mientras ella quedaba con un cliente para entregarle unas llaves? Sus palabras rebotaron al pasar por un bache, lo que significaba que ya venía de camino. A través de la ventana sureste vi la grupa del BMW de Helen doblar la esquina en dirección a nuestro caminillo de entrada. Qué más daban los motivos, me alegré de verlos.
«Estará dormido todo el tiempo», predijo Helen. «No ha echado siesta en todo el día».
Plantó la sillita del coche en la encimera de la cocina y acto seguido se irguió y echó los hombros hacia atrás para corregir la postura. Helen tiene la complexión de un tulipán, alta y encorvada, aunque no exenta de gracia. Es pronto aún para saber si Johnson se parece a ella en algo más que los ojos grandes y grises. Me incliné sobre él para consolarme con su aroma. Helen ya iba tarde para entregar las llaves al nuevo dueño de una carísima propiedad que yo había limpiado la semana anterior; el valor de la propiedad es directamente proporcional a la distancia que la separa de nuestro vecindario.
Cuesta vender casas en invierno. Esto lo sé porque limpio todas las casas que Helen vende. Intento no pensar en cuántas casas necesitaría vender Helen para que su marido pudiera dejar de trabajar. Él trabaja en yacimientos petrolíferos del mundo entero y casi siempre está de viaje. Antes de quedarse embarazada de Johnson, Helen sostenía que el secreto para un matrimonio duradero era que tu marido viviera fuera. Desde que la conozco, Helen es especialista en quitar hierro a sus dificultades, pero una familia no es lo mismo que un matrimonio, en muchos sentidos que a mí ni siquiera se me pasan por la cabeza, salvo por el más obvio, a saber, que la familia ata por naturaleza.
«No tardo nada», dijo Helen antes de cerrar la puerta. Evidentemente, Johnson se despertó y empezó a llorar.
Las mejillas se le encendieron, de rosadas a rojas. Le quité el abrigo, bajo el que descubrí otro, con capucha y cerrado con botones, y debajo de este un pelele, también con capucha y una cremallera que subía desde la pernera. Bajo toda esa seguridad, la rabieta se había intensificado en forma de sarpullidos de gran tamaño. El biberón templado que Helen había dejado provocó al niño ganas de lanzar algo, y resultó ser de lo más oportuno, y el lanzamiento requirió alaridos, y así fue como llegamos al berrinche en toda regla. Tenía la frente caliente y un tanto mullida en la zona donde una vena había cobrado vida, palpitando sobre la curva del cráneo hasta perderse entre la pelusilla rubia. El niño se puso a patalear en mis brazos hasta que lo dejé encima de la alfombra, desde donde sus berreos adquirieron una dimensión completamente nueva. Lo volví a coger y no me pareció justo que soltarlo hubiera empeorado la cosa y sin embargo levantarlo no mejorase nada. La cara de Johnson estaba amoratada al límite. Percy se encontraba en la habitación de al lado y dedujo acertadamente que había agotado su derecho a permanecer allí refugiado. Apareció en el umbral esbozando una sonrisa recelosa.
—¿Tú crees que está caliente? —pregunté. Percy acercó la mano a la frente de Johnson y luego se la llevó a la suya.
—Está caliente.
Si algo sé sobre niños es que cualquier cosa grave empieza así.
Percy no encontraba el termómetro, o prefirió no encontrarlo para salir a comprar uno. Entretanto, yo mecí con dulzura al niño, luego un poco menos, luego lo puse en todas las posturas posibles: apoyado contra mi hombro, contra el pecho, sentado en el regazo y haciéndolo trotar con las rodillas; esto último pareció calmarlo un poco. Los sollozos se rebajaron hasta el «bua bua bua» más básico, como si llorase desde las páginas de un tebeo. No me habría extrañado que un «pam pam pam» acompañara a los golpes frenéticos de sus puñitos. Al final, le inmovilicé los brazos contra el tronco y lo encajé entre la curva de mi codo y la de mi cintura. A las gallinas les gusta que las cojan así. El llanto se redujo a un gimoteo trémulo. Por dos veces, sus propios balidos patéticos le recordaron que debía llorar, pero yo lo tenía bien agarrado. Con un último y tremendo gemido y una sacudida, se quedó dormido contra el cuadril, con la cabeza apoyada en mi mano. Su mejilla me llenaba toda la palma, como un albaricoque gigante.
Cuando Percy volvió de la tienda con un termómetro, dos frascos de jarabe y un elefante de peluche del tamaño de un San Bernardo, la frente de Johnson lucía la marca de un botón de mi camisa.
Helen regresó toda pletórica y me aseguró que Johnson estaba bien, que solo estaba cansado, y que cada vez que lloraba le subía un poco la temperatura, y que no había nada que hacer salvo dejar que se desahogara hasta quedarse frito.
Solo una madre sabe. Es la regla número uno de la maternidad y la grandísima fuente de poder de una madre. Es lógico que si no eres madre no sepas nada de eso.
Hace muchos años, cuando nos dirigíamos hacia una granja al sur de Burnsville para comprar gallinas, Percy y yo convinimos en que queríamos que al menos una pusiera huevos de algún color gracioso. Durante todo el trayecto debatimos acerca de los méritos de los azules frente a los verdes. Cuando llegamos a la granja, la patrona estaba llevando un balde de agua al corral y concluyó su tarea antes de darnos la bienvenida en el caminillo de entrada. Era una mujer arisca y seria y, como yo nunca había visto unos pantalones vaqueros tan sucios, tuve la sensación de que necesitaba hasta el último dólar que le habíamos prometido; íbamos a llevarnos cuatro gallinas. De repente, reclamar huevos de colores especiales me pareció una petición demasiado frívola para formularla de viva voz.
«A esa se la ve muy sanota», observé, señalando a la que luego llamamos Gam Gam. Yo no sabía nada de salud gallinácea ni sus señales, pero las plumas rojizas se tornaban moradas a la altura de la cola creando un conjunto de efecto arcoíris.
Una vez escogidas tres aves en virtud de su plumaje, a Percy le dio por preguntar: «¿Cómo se sabe de qué color pone los huevos una gallina?».
«Hay que fijarse en las orejillas», dijo la patrona. «Las gallinas de orejas blancas ponen huevos blancos, y así sucesivamente». Y a continuación, tras juzgarnos en consecuencia, añadió: «Esta pone unos muy pequeñitos. Yo digo que son “con la mitad de calorías”. Hay quien los prefiere así».