Gallinas
Gallinas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
La nieve de la calle era de un blanco mugriento. Un polvillo nuevo se dispersaba sobre la superficie igual que una ilusión óptica. Un hombre, una mujer y una niña se lanzaban una pelota roja. A esas alturas, el invierno había sido tan largo y tan frío, como siempre, que no podía imaginar qué gracia podía tener aquello. La propia pelota se había desmanguillado por culpa del frío. El plástico blando cogió una racha de viento, voló hasta cierta distancia y la niña corrió pesadamente tras ella. Fi, fa, fai-fo-fum. Solo podía ser Katherine.
—¿Lynn? ¿Katherine? ¡Entrad! —las llamé.
—No hay prisa —dijo Cal—. Estamos jugando a la pelota.
Las manos alargadas de Lynn estaban remetidas en la calidez de los sobacos de su abrigo acolchado, bajo las correas de una mochila de adulta, y Katherine no llevaba guantes.
—Botas fuera —dijo Lynn en el momento en que entraban en casa.
Katherine se quitó las botas sin detenerse y de un salto se plantó en la cocina, donde una ventana sobre la encimera da al gallinero. Se puso de puntillas para reconocer a las gallinas. Katherine no es alta aún, pero al verla así —cada centímetro tensado hacia arriba— queda claro que lo será. Será alta, como su madre.
—¡Están ahí! —exclamó Katherine. La bombilla roja colgante que calienta el gallinero había abierto un agujero en la escarcha de la ventana, como el marco de un retrato cursi. Las gallinas formaban una fila ordenada bajo el calor—. ¿Podemos salir? —Empezó a dar saltos, haciendo repiquetear las sartenes del cajón de debajo del horno.
—Vamos a calmarnos, Katy —dijo Cal—. ¿Por qué no nos sentamos un ratito y nos ponemos al día con los vecinos? —Se sentó junto a Percy.
—Katherine, ¿te gustan los brownies? —pregunté.
Katherine asintió, un tanto hiperactiva para la hora que era. Lynn negó con la cabeza. Me acerqué a la alacena y ¡vaya! En la balda más alta, la libresca hilera de brownies había sido sustituida por una caja rosa atada con un cordel. Ay, cómo sonreía radiante Percy desde su característico hueco del sofá. Desplacé el cordel hacia el borde de la caja. Como estaba muy apretado, tuve tiempo de considerar que la caja bien podía contener unas bragas de seda, pues el tamaño excesivo del embalaje insinuaba lujo. El movimiento sugerente del cordel, igual que cuesta despojarse de una prenda muy ceñida, reforzó la idea de las bragas. La caja parecía muy grande, pero lo pareció un poco menos cuando pensé en lo inadecuadas que resultarían unas bragas de seda en una caja diminuta. Qué ordinario sería privarlas del lujo del espacio. Me detuve con la tapa en la mano, no quería ser la persona que familiarizara a Katherine con el concepto de bragas de seda.
La caja estaba llena de pasteles. Katherine los manoseó todos, por turnos.
—Yo mejor no —dijo Lynn—. Habrá comida después del funeral.
—Lo siento mucho —dije yo—. No tenía ni idea.
—Un primo segundo, nada más —terció Cal.
Lynn agachó la cabeza y a continuación abrió el bolsillo pequeño de la mochila y sacó un chicle.
—¿Querrá Katherine salir a ver a las gallinas? —pregunté.
Lo único que quedaba de Katherine era medio dónut glaseado.
Me puse el abrigo gris largo que me cubre por debajo de las rodillas y las botas de esquimal. Me puse la bufanda suave con los flecos enredados y el gorro naranja chillón, color cuya única utilidad es prevenir disparos accidentales, algo que, en nuestro vecindario, no está del todo fuera de lugar. Y, por último, me puse las manoplas gordas forradas en piel. Oí a Katherine gorjear al otro lado de la puerta, pero cuando salí, envuelta en toda mi parafernalia igual que una alfombra enrollada, no la vi en ninguna parte, los absurdos gorjeos desmaterializados por acción del frío embaucador. Vi el resplandor de su pelo rubio a través de la ventana escarchada del gallinero.
—¿Tú crees que se acuerda de mí? —preguntó Katherine.
Le ofrecía los dedos a Gloria a través de la ancha malla de alambre. Las gallinas no recuerdan nada, naturalmente, ni a sus compañeras, ni a mí, ni desde luego a Katherine, que había crecido al menos dos centímetros desde que ya no vivía en la casa de al lado.
El viento entraba en el gallinero en forma de afiladas cuchillas. Las gallinas no se atreverían a salir sin que mediara un soborno. Cuando volví de la cocina con un plátano en la mano, Katherine abrazaba con fuerza a Gloria. Gloria se revolvía y aleteaba, hasta que cayó bajo el embrujo de la mirada de Katherine, advirtiendo quizá la gallina en miniatura atrapada en el globo ocular de la niña, o el parecido del ojo con una suculenta uva.
—¿Me la puedo quedar?
—Puedes darle esto. —Le puse a Katherine el plátano en la mano.
—¿Y si me come la mano?
—Nunca se ha comido una mano. —Lo ha intentado, por supuesto, y ha fracasado.
—Au, au, au, au, au, au, au. —Aparte de esto, a Katherine no parecía molestarle—. ¿Puedo quedarme con una pata cuando las mude?
—Las gallinas no mudan las patas —dije.
Sin embargo, nunca había pensado en el crecimiento de la pata de una gallina, a pesar de que me había maravillado el elaborado trabajo de sus escamas movedizas, parecidas al tejido de la piel de una serpiente. Las patas de Gloria parecían más anchas que nunca.
Katherine estrechó a la gallina contra su pecho.
—¿Crees que me echará de menos?
—Sobrevivirá —dije, aunque no estaba segura.
Desde donde Cal y Lynn nos observaban, detrás de la ventana de la cocina, se veía su antigua casa a la derecha. Los vecinos nuevos han pintado las molduras de amarillo ranúnculo, lo que hace que el lateral tenga un aspecto más cochambroso que nunca y la casa peor pinta que nunca.
—Venga, nena, que nos vamos —dijo Cal, metiéndole prisa para que se subiera a la ranchera.
—¿Puedo despedirme de las gallinas?
—Pero si acabas de estar con ellas —dijo Lynn.
—No sabía que nos íbamos ya.
—Sí que lo sabías, tenemos el funeral.
Vi cómo la ranchera se adentraba bamboleándose en el callejón y desaparecía.
Al cabo de un rato llamaron a la puerta. En el umbral, Lynn tenía una mano posada en el hombro de Katherine.
—Katherine te quiere decir una cosa.
—Gloria me ha dado esto. —Y me tendió un huevo marrón claro envuelto en un pañuelo de papel.
—Katherine —dijo Lynn.
—Perdón —dijo Katherine, y me puso el huevo en la mano, suave contra mi piel como una pastilla de jabón sin estrenar.
La mudanza no es segura. Percy espera noticias de la prestigiosa universidad, no tiene noticias desde la entrevista de finales de enero. A pesar de su falta de experiencia, alberga esperanzas, habida cuenta de su dominio de la jerga y su lento pero regular ritmo de publicaciones, que pasan por muchas manos. Su último libro se convirtió en algo con lo que dejarse ver, si bien no hay manera de saber el momento exacto en el que la gente deja de leer su trabajo y se limita a pasearse con él en la mano. Yo me abstengo de leer su obra en la medida de lo posible, pero puedo dar fe de la fatiga que supone hacerlo. Sus libros son complicados y por tanto aburridos, y para colmo de males Percy siempre ha tenido curiosidad por cosas muy específicas. A mí nunca me aburre su trabajo debido a mi necesidad de protegerlo, de espolearlo a cada paso. Pero me figuro que no soy la única a la que le alivia que sus teorías tengan resultados discretos. Aunque el comité de selección aún debe comunicar su decisión, Percy sostiene que el silencio es significativo, que podría significar, entre otras cosas, que es el último de los finalistas. Con todo, es una verdad poco reconocida que quien se va de vacío es el que más tiempo espera.
«Anoche pasó una cosa rarísima», dijo Percy. Lo dudé. Habíamos dormido uno al lado del otro. Las probabilidades de que pasara una cosa rarísima que a mí no me atañera parecían bastante escasas. Explicó que se había despertado en plena noche con una mujer sentada sobre su pecho. «Yo no era», salté, y él dijo que ya lo sabía. Sabía que no era yo o, mejor dicho, me veía a mí a su lado, dormida como un tronco, y sin embargo a ella, a la mujer invisible, no la veía, pero sabía que era una mujer, tenía el aura de una mujer, y sabía también que no era casualidad que estuviera sentada sobre él; si hubiera preferido sentárseme encima a mí, podría haberlo hecho, o si hubiera preferido no sentarse encima de ninguno de los dos había espacio de sobra a los pies de la cama entre Percy y yo, eso si poseía las proporciones de una mujer normal, y Percy estaba seguro de que sí, aunque no aportó prueba alguna. ¿Qué sabía? ¿Qué sabía Percy de las cualidades y proporciones de la mujer sobrenatural? Salvo, claro, que la hubiera tocado. Casi todos los hombres lo harían, quiero pensar, si despertaran de un sueño profundo con una mujer invisible y muda sobre su persona. No pregunté cómo podía saber incontrovertiblemente que se trataba de una mujer de proporciones normales; no me atreví a preguntarlo. Estuvo sentada encima de él durante lo que pareció un minuto, aunque en cuanto a esto Percy tenía dudas.
Sé a qué aura se refería, al aura de una mujer, si es que vamos a llamarla así. Nuestro bebé era una niña. Yo lo supe basándome exclusivamente en su aura, esto es, sin fundamento. Sin más fundamento que ciertos atributos que la rodeaban, lo que equivale a decir ciertos atributos dentro de mí. Yo lo sabía en mi fuero interno, antes de que ninguna prueba lo confirmara, y ninguna prueba lo confirmó. El momento de las pruebas se convirtió en otro momento terrible.
—Lo siento —dijo Percy—, lo he dicho sin pensar. Debería haberlo tenido en cuenta.
—No pasa nada —dije yo—. Las historias de fantasmas siempre me ponen los ojos llorosos.
Percy lo sabe, conoce todas y cada una de mis rarezas, como conozco yo las suyas: es dos centímetros más alto de lo que figura en su carné de conducir, y cuando da malas noticias se agarra la nuca con una mano, como si esperase un golpe desde atrás.
Toda mujer embarazada desea una niña. Si una embarazada cree que desea un niño, no ha completado el razonamiento según el cual un niño no es una niña. Cuando una embarazada descubre que va a tener un niño, se convence de que la sensación simultánea de desilusión no tiene nada que ver con el pronóstico. ¿Por qué no iba a acarrear desilusión la reducción a la mitad de todos los pronósticos posibles? Hay un tiempo en que todo es posible, un bebé podría ser niño o niña y, de forma inherente, cualquier tipo de ambos. Al descubrir qué mitad de las posibilidades prevalece, la mitad de las posibilidades ha desaparecido. La criatura será niño o será niña. Cuando una embarazada descubre que va a tener un niño, se convence a sí misma de que todo irá bien.
Cuando recibió la noticia de que iba a tener un niño, Helen me llamó para contármelo, para que la consolara. Percibí que había llorado a pesar de que, a lo largo de los muchos años de amistad que nos unen, solo la he visto llorar en una ocasión. Fue semanas antes de la llamada telefónica, en una cafetería a la que íbamos a menudo a almorzar. Helen me anunció que estaba embarazada con toda la naturalidad del mundo. El test se lo había confirmado esa misma mañana. Parecía que no podía evitarlo, que no podía guardar el secreto ni un minuto más, y por supuesto tuvo que contármelo así, nada más sentarse. En nuestra amistad, esa era su manera de ser. La noticia me pilló del todo desprevenida y, al constatar su excitación, me asaltó la antigua melancolía. Percibí que Helen quería que me alegrase por ella en el momento en que aguardaba mi reacción. Pero me quedé un buen rato sin decir nada y vi cómo su sonrisa impaciente se esfumaba. No se enjugó los ojos ni emitió ningún sonido ni hizo notar de ninguna forma el hecho de que estaba llorando. Las lágrimas simplemente aparecieron en su rostro, como una más de sus facciones.
Cuando contesté el teléfono, meses más tarde, el silencio de Helen estaba igual de cargado, jadeante.
—¿Helen? —dije. Sabía por qué llamaba: era un niño. En lo más hondo de mi ser, sentí alivio. Helen no lo tendría todo.
—Es un niño.
—Yupi —dije. No se me ocurrió nada mejor.
—Ninguna de las cosas que me había imaginado haciendo con el bebé son cosas que haga un niño.
—A un bebé le da igual todo —le aseguré.
—Mi futuro se ha convertido en un espacio en blanco. No consigo imaginarlo.
Todas las madres que conozco, salvo una, han decidido tener otro bebé. Algunas madres llegan a esta decisión una y otra vez, y otra más. Mi amiga, la que tiene solo un hijo, tuvo solo un hijo para sentirse menos mal por consumir más a lo largo de su vida. Luce un corte de pelo severo que requiere mucho mantenimiento, y no estoy segura de que se sienta menos mal por ello. Helen tendrá que tener otro bebé, una niña.
Si nuestro bebé hubiera vivido, yo también habría querido otro. Supongo que no sería muy distinto al estado natural de las cosas.
Las gallinas se han quedado sin comida. El grueso del alimento permanece almacenado en una caja de plástico gigante de la altura exacta de un rollo de papel de regalo y tan ancha que, al llenarla con algo que no sean las guirnaldas metálicas y el papel estampado para la que fue diseñada, es imposible levantarla del suelo. Yo lleno la caja con pienso granulado y mixtura de cereales y no tengo ninguna intención de levantarla. Lo máximo que he conseguido mover el depósito gigante cargado de alimento han sido dos centímetros en dirección a la pared gracias a un presto puntapié propinado en la parte inferior, con el resultado de un chasquido en mi tobillo y una aguda puñalada de dolor. La caja está alineada con una de las paredes del garaje. Encima de la caja hay un pedazo de cartón al que he dado forma de embudo con ayuda de unas grapas y cinta aislante. Es un artilugio de utilidad aceptable y rudimentario al máximo. Percy mira el embudo con una especie de veneración.
Con la comida para gallinas del depósito del garaje lleno tres recipientes que el resto del tiempo se quedan en el propio gallinero. Me he tomado la molestia considerable de eliminar cualquier vestigio de jabón de los recipientes —que anteriormente fueron envases de detergente líquido para lavadora, de lo que dan fe las etiquetas descoloridas— antes de llenarlos de pienso granulado y mixtura de cereales con ayuda del embudo. Cuando un envase de detergente está a punto de acabarse, echo un poco de agua en la botella y la agito. Uso la mezcla diluida en la misma medida que el equivalente en su concentración máxima, prolongando así la vida del detergente considerablemente. Nunca he observado cambios en la limpieza de nuestra ropa cuando uso el detergente rebajado con agua. Todo apunta a que nuestra ropa limpia, las otras veces, está demasiado limpia.
En el Farm and Fleet de la autopista 62 tengo por costumbre comprar dos sacos de veinte kilos de pienso compuesto y dos sacos de veinte kilos de mixtura de cereales. Todas las veces anteriores he ido en fin de semana. Los fines de semana la plantilla de dependientes del Farm and Fleet se compone exclusivamente de chavales de instituto. Los chavales se ofrecen a cargar los sacos, un gesto que ejecutan sin vacilación ni esfuerzo. Mi petición de pienso y grano en idéntica proporción nunca les ha dado que pensar. Ese día, por ser laborable y por estar la fornida juventud en clase, un hombre mayor con el polo naranja de la empresa se ofreció a cargar los sacos.
—Necesito dos de pienso y dos de semillas —le dije.
La soltura con que las palabras se deslizaban por mi lengua era todo un consuelo en aquella tierra ignota de ronzales y forros polares. Antes de que tuviéramos gallinas, jamás hubiera imaginado que entraría en una gran superficie con todo lo necesario para ser granjero (amén de una amplísima variedad de gominolas y frutos secos salados) para pedir pienso y semillas.
—¿Qué es, para gallinas? —preguntó el hombre.
Pues claro que es para gallinas, pensé. Yo no sabía nada más que lo que revelaban las etiquetas. Había gallinas impresas en la recia urdimbre de plástico del saco, donde también podrían haber salido gorriones, ratones y una ardilla erguida.
—Una dieta muy calórica para una gallina —comentó el hombre—. La mixtura de semillas es como los pastelillos industriales.
—No es para una gallina. Tenemos tres.
—Lo suyo es darles tres partes de pienso por una de grano. Cualquier otra proporción es un veneno para ellas.
Tenía razón, por supuesto. Nuestras gallinas solo se comían la porción de pastelillo de la dieta. El saludable pienso quedaba desperdigado por todo el gallinero y, si hubiera podido reponerlo en los sacos originales, seguramente los hubiera llenado hasta arriba o incluso hasta rebosar, pues seguramente el pienso se humedecía y adquiría más volumen que al principio. Le pedí al hombre que por favor me pusiera tantos sacos de pienso como cupieran. Los sacos no cabían en el carrito —los había amontonado formando una pila—, y cuando los cargó en el coche la puerta del maletero no cerraba. De camino a casa un saco ocupó el asiento del copiloto, con el cinturón puesto para silenciar la tecnología del coche.
Me estuve fijando por si observaba algún cambio en el aspecto o el comportamiento de las gallinas —plumaje más lustroso, patas más flexibles, el repentino descubrimiento de que podían volar—, pero las gallinas seguían igual y actuaban igual, y yo seguía pudiendo llenar los sacos hasta arriba con el pienso que se quedaba en el suelo.
Aunque no hay forma de saber por qué murió Gam Gam, no puedo pasar por alto los pastelillos, ni tampoco ver más allá. Partiendo de todas las recomendaciones bienintencionadas sobre cómo alimentar una gallina, ¿cómo había llegado yo a darles por sistema un cincuenta por ciento de pastelitos de crema? Había establecido una praxis basándome en una información errónea, pero ni siquiera recordaba de dónde había salido la idea. No había forma de impedir que cometiera el mismo error otra vez.
Ay, Gam Gam, yo no lo sabía. Nunca me siento tan pequeña como cuando me invade la duda, un sentimiento tan pero tan pequeño que resulta asombroso que sea capaz de invadir nada. Invadida por la duda, me encojo hasta casi no poder moverme, hasta casi no poder hacer nada salvo esperar y ver qué ocurre.
La casa del lago está llena de ventanas, de modo que con cada pasada a los cristales el suelo parecía menos limpio. Mi noción de progreso quedó patas arriba. Siempre me ha resultado un tanto inquietante depositar mi fe en el proceso, donde la promesa de resultados sustituye a la prueba de los mismos. Pero, efectivamente, la casa quedó limpia y, al hacerlo, las ventanas retomaron su función, difuminando la frontera entre dentro y fuera. Cuando mi labor hubo concluido y el fulgor de la luz en el salón principal viajaba en todas direcciones, la sensación de limpieza fue tan envolvente —abarcaba incluso el lago con su cegador manto de nieve— que transmitía casi pureza. Sentí la urgencia, poco habitual cuando trabajo, de compartir esa sensación, aunque era una sensación que probablemente no se podía compartir, pues mi propia mano había puesto en marcha aquel resplandor deslumbrante y lo que yo sentía era indisoluble de mi papel en ello. La mayoría de trabajos son así, me imagino, íntimamente gratificantes, y por tanto no se pueden compartir. Tuve mi primer empleo como limpiadora estando en la universidad y, aunque me atrajo por otros motivos, la sensación más pertinaz que me dejó aquel trabajo fue su soledad. Y por eso he vuelto a menudo a él.
La última semana de marzo solo ha habido un poco de nieve nueva, y la antigua empieza a menguar, formando colinas y valles a merced del viento invernal, depresiones que se derriten y crean pocillas cristalinas a mediodía, solo para congelarse categóricamente durante la noche. Cada tarde es un coro plácido —goteo constante de una sola gota, charco; hilito de agua en la alcantarilla, leve pero extático—, la lenta expansión del agua, por fin en movimiento, tras todo un invierno inmóvil.
La primavera llega antes cada año, señalada de forma fehaciente por el regreso de los petirrojos. Antes de tener gallinas nunca me había fijado en la llegada de los pájaros en primavera, pero ahora, como la viveza de los gusanos es algo que me atañe, observo el cielo en busca de los primeros borrones anaranjados. Parece que cada año haya más, más petirrojos este año que nunca antes. Obviamente, así funciona el mundo: cuantos más petirrojos buscas, más petirrojos ves. Brincan en la hierba parda y por encima de los últimos pegotes de tierra y nieve, picoteando lo que quiera que viva en la tierra, y luego se instalan en los árboles desolados y se ponen a trinar con alegría. La vida de un ave está llena de trinos y aventuras, mientras que la gallina nada sabe de unos ni de otras. Quizá por eso no suelo pensar en las gallinas como aves.
Justo cuando creo que he llegado a conocer a las gallinas tanto como cabe conocerlas, me sorprenden. Hoy, mientras las demás dormían, Señorita Hennepin County ha luchado contra el sueño. Nunca he visto a una gallina luchar contra el sueño, siempre he considerado que luchar contra el sueño es una forma de ambición, de modo que ahora debo modificar mi visión de las gallinas para incluir una forma de ambición en bruto. Yo había visto a las otras dos quedarse dormidas a su izquierda y a su derecha, tres peines rojos puestos en fila, con el crepé de sus párpados cerrado, cada cuerpo mecido por su propio flujo constante. En medio de la oscilante calma que la rodeaba, Señorita Hennepin County se negaba. Sus ojos empezaban a cerrarse y entonces se abrían con un movimiento tan repentino que la fuerza tiraba de su cabeza. El sobresalto la revivía, pero no por mucho tiempo, y de nuevo sus ojos empezaban a cerrarse, y así sucesivamente, una y otra vez. Pobre gallinita. Ojalá pudiera garantizarle protección.
En el patio donde cazcalean las gallinas no hay petirrojos. O la población de gusanos se ha reducido a cifras nefastas, o bien la ausencia de petirrojos responde a una forma primitiva de deferencia motivada por el porte regio de las gallinas: cabeza alta, pecho henchido, cresta en lo alto de la coronilla cual trofeo.
Tiniebla es la gran cazadora. No es la más rápida ni la más lista ni la más madrugadora, pero sí es la que mejor vista tiene. Los gusanos se mueven bajo la superficie o asoman sus cabezas vermiculares por encima de la tierra, como escurridizas antenas del inframundo. Esta mañana he visto a Tiniebla salir corriendo por la trampilla del gallinero y luego por la cancilla del corral hasta plantarse en el empedrado del pie de los escalones, delante de una rayita de tierra entre dos piedras, para arrancar una lombriz de un dedo de grosor, que ha estirado y tensado igual que una gomilla hasta que la criatura ha quedado colgando de su pico, entera y flácida. Centímetro a centímetro, el gusano ha desaparecido.
Me ha puesto triste el gusano, no porque haya sido devorado de una manera desmañada y traumática, medio machacado y haciéndose papilla en las entrañas rocosas de una gallina mientras la otra mitad colgaba aún en el aire —o supongo que en parte sí es por eso, por el parecido con una tortura de primera categoría—; más que nada me ha puesto triste estar triste por el gusano cuando la mayoría de las veces no me da ninguna pena. Al gusano medio no le dedico ni uno solo de mis pensamientos, aunque de tarde en tarde me encuentro alguno perdido en una acera y lo salvo cuando me lo dicta la conciencia. Hace un momento estaba y al siguiente ya no. Pobre gusanito.
Siempre me ha afectado cierta dimensión de los encuentros fortuitos que exponen un estado de cosas desesperado e ineludible: huevo moteado en una acera con su liquidillo derramado, altarcito en una señal de carretera, recuerdo triste que flamea como la cola de una cometa encallada.
Ayer, mientras caminaba por un tramo del bulevar cercano a nuestra casa, vi caer un calcetín de las bermudas del señor que iba por delante de mí. Es un hombre asiático que parece bastante viejo, debido, en parte, a la postura encorvada. El señor vive en una casa azul —azul eléctrico— con molduras del mismo color, lo que confiere a las ventanas una desnudez espeluznante. Todos los veranos lo veo trabajando en su jardín con un sombrero cónico. El jardín está marcado por palos entrecruzados lo bastante altos como para poder pasar por debajo con la cabeza gacha, y durante todo el año lo habita un andrajoso espantapájaros con un palo de escoba vieja como espina dorsal. Con la llegada de la primavera, el señor recubre el andamiaje de palos con unas láminas de plástico inmensas y empieza a trabajar el huerto mientras aún queda nieve en el suelo.
Las bermudas fueron toda una sorpresa en una fría mañana de abril. Desde cierta distancia le daban al señor un aire un poco temerario, y por tanto juvenil, de ahí que al principio no lo reconociera. Llevo años viendo a este hombre por mi calle, a menudo entre su casa y la mía; anda más lejos que yo en ambas direcciones y más despacio, lo que aumenta las probabilidades de que nuestros caminos se crucen cuando hago algún recado a pie. Cuando paso, me saluda con un asentimiento, aunque la cabeza sigue inclinada hacia el suelo. Al andar no levanta del todo los pies, y eso provoca un desgaste excesivo de las suelas de sus zapatos. Los zapatos están reforzados con cinta plateada en suelas y laterales.
Caminaba, pues, unos pocos metros por delante de mí cuando el calcetín cayó de las bermudas con una lentitud asombrosa. La fricción de sus movimientos —el arrastrar de pies, las bermudas movedizas, el viento contra su cuerpo— provocó que el calcetín cayera con la mayor morosidad, como si existiera un potente artilugio de ampliación del tiempo entre el calcetín en descenso y mi percepción. El calcetín, sin duda, había pasado el invierno amadrigado en ese par de bermudas, bien agarrado por la fuerza capaz de mantener dos objetos unidos. El anciano no registró la sensación del calcetín deslizándose pierna abajo, asomando primero el borde de la caña. Cuando la caña del calcetín se aproximó al par que vestía los pies del hombre, la anchura de las franjas y el tono amarillento del blanco confirmaron el emparejamiento.
Como estaba llamado a suceder, el calcetín cayó a la acera. Me agaché para recogerlo y enseguida deseé no haberlo hecho. Con el calcetín en la mano no acertaba a ejecutar los movimientos necesarios. No se me ocurrían las palabras oportunas para dirigirme a él, ni los gestos oportunos para acompañar las palabras. Solo podía pensar en su apuro y en mi apuro correspondiente y en el insoslayable momento en el que juntos observaríamos sus pies, inmóviles, dentro de los zapatos desastrados.
Durante las sesiones de limpieza he encontrado infinidad de veces un calcetín, o un pendiente, o cualquier otro objeto sin pareja, desprovisto de valor a consecuencia de la pérdida de su compañero. Aunque desde un punto de vista práctico el objeto no ha perdido su utilidad y bien podría emparejarse con cualquier otro ejemplar de su especie, transmite una sensación de imperfección que no se puede deshacer. Aborrezco ser custodia de estos objetos, ni perdidos ni encontrados, ni rotos ni reparados.
Yo limpio de izquierda a derecha y de arriba abajo porque izquierda-derecha es el orden del mundo occidental. Sin un orden se pasan detalles por alto. Los japoneses limpian de derecha a izquierda, un orden idéntico y opuesto. No tiene nada de malo abordar los resultados desde direcciones diversas. La limpieza no me entusiasma, pero tiene momentos de gran alivio semejantes al júbilo: el brillo de un espejo restaurado, el pelo rehabilitado de una alfombra, la revelación de un suelo blanco. Restaurar, rehabilitar, revelar. Pensamos en la limpieza como un regreso al orden cuando en realidad se trata de un orden nuevo y pasajero. Cuando dejan de observarse resultados en la limpieza es el momento de parar.
Todos los elementos del gallinero fueron antes otra cosa. El propio gallinero es una caseta de jardín vieja, el corral descubierto está hecho con tres palés de madera que anidaban entre las vigas del garaje, el comedero son dos trozos de contrachapado descartados y unidos a otro tablón desechado de cinco por diez y coronados por un tirador de cerámica sobrante de las alacenas de la cocina. Los ponederos son una casa de muñecas antigua que perteneció a la exnovia de Percy.
Todo lo que sé sobre la exnovia de Percy cabría en una copa de helado. En el congelador dejó una tarrina de dos litros de sorbete de naranja, de la que había tomado una única cucharada. Cuando pasó un año y el sorbete seguía en la misma posición que cuando yo llegué, con el desglose de la información nutricional hacia fuera, abrí el envase de cartón reblandecido por el tiempo. Bajo la tapa crecía una gruesa colonia de cristales rutilantes. La exposición al aire frío había transformado el sorbete, que se había tornado en algo completamente distinto, hecho de goma y sirope y colorante anaranjado. Durante todo el día, el terrón fluorescente en el fregadero fue avanzando lentamente hacia el desagüe. Al llegar, lo taponó más eficazmente que el tapón.
Más o menos en aquel entonces, al año de mudarme, encontré la casa de muñecas en el disparatado maremágnum del garaje. Nada más hacer el descubrimiento, llamé a Helen.
—¿Tú qué harías si descubrieras una casa de muñecas en el garaje de tu novio?
—¿Es tu caso? —preguntó Helen.
—¿Qué harías?
—¿Es muy grande?
—Unos dos metros cuadrados.
—¿Me estás preguntando si la quiero?
—No. Te estoy preguntando qué significa.
—¿Por qué no le preguntas a Percy?
—No puedo preguntarle qué significa sin antes saber qué significa.
Helen no contestó.
—Claramente, su última novia quería tener hijos y dejó allí la casa de muñecas como símbolo de la destrucción de su relación.
—O igual se le olvidó.
Fui directa al sofá para sacar a Percy de sus ocupaciones.
—¿Una casa de muñecas? —dijo—. Tírala, a menos que te la quieras quedar.
—Pensaba que me habías dicho que no quería tener hijos.
Eso me había dicho él, que no quiso tener un hijo con ella porque ella le había dicho que no quería tener hijos. Pero de pronto había una casa de muñecas plantada delante de sus narices, imposible de obviar salvo en caso de ceguera. Su postura hacia los hijos era no querer lo que su novia no quisiera o, mejor dicho, no querer lo que ella asegurara no querer, aunque los dos se equivocaran. Yo no quería vivir con un hombre incapaz de pensar por sí mismo, y por lo tanto él no quería que yo viviera con él.
—O podrías dejarla en el garaje —dijo.
Esa noche me quedé levantada hasta las tantas reorganizando todos los armaritos de la cocina. A la mañana siguiente, Percy sacó el azúcar de su nuevo lugar en el estante y constató la perfecta alineación sin mediar palabra.
—Yo quiero tener hijos —dije.
—Pues tengámoslos.
Esta mañana, un señor de pelo blanco que vive dos puertas más abajo ha llamado a la puerta con un sobre rígido en la mano.
—No sé si se acuerda de mí —ha dicho—. Vivo donde el rosal trepador rojo, dos casas más abajo.
—Claro, claro —he contestado. Lo habría reconocido en cualquier parte debido a su halo de pelo, cuidadosamente cepillado hacia abajo, y a su inalterable postura, espalda arqueada, manos extendidas con las palmas hacia fuera como si pretendiera agarrar un matojo muy crecido.
—Con mucho gusto aportaré cinco dólares si hay una manera de callar a las gallinas.
¿Qué pretendía exactamente?
—Parece que tienen hambre —añadió.
Las gallinas no tienen hambre, no han pasado hambre ni un solo día de sus vidas, puede que ni siquiera un minuto. El ruido que hacían mientras aquel hombre estaba en el umbral de nuestra casa se debía a otro motivo, o, tal y como yo sospechaba, a ninguno. No hay manera de impedir que un ave cante, de lo que se desprende que no hay manera de impedir que una gallina suene como suenan las gallinas.
—Iré a echarles un ojo —dije—. Gracias por venir.
—Es un placer salir y disfrutar de la luz del sol —respondió, aunque se fue directo a casa, donde seguramente llevaba esperando semanas o incluso meses, con el sobre preparado, a que se disolviera la última amenaza en forma de hielo.
Aparte del ruido de las gallinas, la mañana estuvo repleta de trinos y gorjeos y de un zumbido lejano y mecánico que lo mismo podrían haber sido las cigarras que emergen tras sus diecisiete años bajo la tierra o un tren cargado de crudo a lo lejos. Percy se había echado al monte, es decir, había cogido el autobús a la ciudad sin rumbo fijo. Yo abrí de par en par la cancilla del corral, de la que salió disparada Tiniebla, con un zureo que a oídos del resto del mundo sonaba a pregunta acuciante. Se fue directa a las hostas para picotear, arrojando montones de mantillo a la sufrida hierba. No me paré a pensar en las dos gallinas ausentes, aunque de haberlo hecho tal vez habría concluido, con cierto grado de entusiasmo, que estaban poniendo huevos, como hacen las gallinitas buenas, y habría aguardado la fanfarria de su autorreconocimiento. Me senté en el borde del huerto, libro en mano, para disuadir a las gallinas de sembrar el caos entre lo que apenas empezaba a brotar.
Levanté la vista para vigilar el patio, no tanto leyendo como paladeando el peso del libro y la fresca sombra que arrojaba sobre mis piernas. Nuestro pequeño patio contiene una vida entera de diversiones para las gallinas y representa la cúspide de su existencia. «El cielo de las gallinas», lo llamé durante años, aunque ahora ya no lo llamo así. Las gallinas vuelan lo justo y necesario para escapar salvando el tramo más bajo de la cerca, de aproximadamente un metro de alto, pero ellas no saben que pueden volar y por lo tanto no saben que pueden escapar, y tampoco lo anhelan.
Tiniebla se había adentrado entre las hostas, así lo revelaba el frufrú de su cuerpo contra las hojas grandes y el chasquido como de papel rasgado que se iba produciendo a su paso. Pero ¿dónde se habían metido las demás? A las gallinas les chifla pindonguear a su aire. Por eso pagamos tanto por los huevos de gallinas criadas en libertad, creyendo que han vivido como ellas mismas habrían elegido vivir, aunque el argumento se desmorona enseguida. De pronto sentí que algo malo pasaba en el gallinero.
Helen está convencida de que una sensación funesta atrae consecuencias funestas. Me ha hablado de esta creencia suya en varias ocasiones, pero hace ya tiempo que no la menciona, y creo que es posible que no vuelva a hacerlo. En cualquier caso, era evidente que mi repentina sensación de terror no constituía una explicación razonable para la escena que me encontré cuando entré en el gallinero. Los detalles del cuadro se habían puesto en movimiento mucho antes de que me asaltara la inquietud. Mi sensación funesta simplemente se correspondía con la verdad de la situación. Señorita Hennepin County yacía desmadejada, con la cabeza retorcida formando un ángulo de lo más improbable, como si debajo de aquella gallina sin vida hubiera otra gallina sin vida a la que perteneciera la cabeza. A mi alrededor, el barullo habitual continuaba: el solitario zumbido de una avispa, el murmullo seco de un ratón desapareciendo de mi vista, el pío-pío de un gorrión que se había colado por el vano de la puerta para investigar y, al no hallar amenaza alguna en aquel cúmulo de plumas color herrumbre, se había puesto a comer del pienso que cubría copiosamente el suelo.
Gloria, por su parte, o estaba traumatizada o también había sido atacada por lo mismo que se había ensañado con Señorita Hennepin County, solo que ella había corrido mejor suerte y había terminado en el ponedero del extremo derecho, que raras veces se usaba, con la cabeza hundida bajo las plumas erizadas. En esa postura precisa, las tortugas viven a veces más de cien años, pero las aves no la llevan nada bien. En un ave, la postura es sinónimo de derrota.
No había rastro del fenómeno que había dejado a su paso una muerte y un trauma en un espacio reducido del que Tiniebla había salido ilesa. El misterio alivió mi conmoción y mi tristeza. Mi primer pensamiento fue para el vecino anciano y su petición de silencio.
Me sorprendieron el peso y la rígida horizontalidad de su cuerpo. Llevándola en volandas era como si el dorso y las patas siguieran apoyados en el suelo. Solo la cabeza pendía conforme a la gravedad porque —no me cabía duda— le habían partido el cuello. Deposité su cadáver encima del contenedor verde lleno de paja y saqué el teléfono para llamar a Percy. Él dijo que era lógico que se hubiese partido el cuello si había muerto en el posadero y caído desde semejante altura en semejante ángulo —yo había apartado radicalmente de mi cabeza la imagen de la gallina con el pescuezo retorcido y ya sin vida— y que me sentara y procurase no pensar en nada, que él llegaría enseguida.
Cuando salí del gallinero con la gallina muerta en brazos, me encontré a Rita con sus tijeras, cortando las lilas que quedaban a su alcance desde el otro lado de la cerca del jardín de nuestros vecinos, del arbusto que antaño había sido de Cal y Lynn. «Qué día más bueno», dijo. Poco antes aquella afirmación había sido verdad, pero en un abrir y cerrar de ojos se había creado un abismo entre nosotras.
Me senté con la gallina, fuera de la vista de los vecinos, pero no era capaz de no pensar en nada. En vez de eso, pensé en que las gallinas están a salvo solo cuando las estrecho entre mis brazos, y a veces ni siquiera entonces. Y aunque a las gallinas no les termina de gustar que las cojan, no la sostuve en mi regazo, fría y amorfa como estaba, solo por mí, sino más bien por cierta idea que me hacía de lo que ella necesitaba de mí.
Gloria estuvo dos días sin salir del ponedero. No cloqueó ni cacareó, no bebió ni gota, y no hubo forma de que sacara la cabeza de su decidido acurrucamiento, ni siquiera tentándola con las lombrices más jugosas. Hasta que, el tercer día, tan veloz como se había cernido sobre nuestro hogar, la sombra se disipó. Mientras fregaba el suelo de la cocina, oí el característico timbre del graznido de Gloria anunciando su regreso in excelsis.
Tiniebla es ahora la capitana del animado pelotón, siempre ha sido la más escandalosa y ha incrementado su jaleo particular como para compensar sus inseguridades. Le falta el dedo izquierdo de la pata izquierda, así que está muy torcida, y ladea la cabeza hacia la derecha para evitar caerse del todo. Cuando los huevos más oscuros aparecen en el ponedero, el jaleo es casi insoportable. Los agudos lamentos perforan el aire de todo el vecindario y palpitan dentro de mí como si yo fuera personalmente responsable. Antes de firmar en la línea de puntos de la solicitud de permiso para criar gallinas — permiso que exigía la firma de todos los vecinos de una manzana a la redonda —, la totalidad de los vecinos preguntó, con el bolígrafo en el aire: «¿Tendréis gallo?». No es que les preocupara la fornicación avícola en nuestra propiedad, aunque me puedo figurar que este aspecto de la cría de gallinas puede resultar perturbador a ratos. Primero, por la mera frecuencia de la monta, pero también por la poligamia, el incesto y las espuelas del macho, que emplea para la monta y que en ocasiones, en los momentos de mayor entusiasmo, pueden causarle la muerte a la pobre hembra. Aparte de todo esto, los vecinos solo querían saber si las gallinas armarían jaleo. Yo respondía: «No, no tendremos gallo». Como prueba, señalaba la línea del permiso que prohibía expresamente que tuviéramos un gallo en la propiedad. Pero nada sabía yo del barullo que arman las hembras, que resulta ser considerable, y de las dos que nos quedan, Tiniebla es la más bocazas con diferencia. También es la que tiene la boca más grande. Picotea el suelo hasta diez veces antes de levantar la cabeza para tragar. Mientras tanto, Gloria sube y baja, sube y baja, y a lo sumo da tres picotazos antes de ingurgitar los bocados que haya logrado desenterrar. He descartado la idea de que nuestro vecino sea el culpable, pero, si lo es, ha liquidado a la gallina equivocada.
Es más que probable que las gallinas no comprendan su estatus en el mundo, pero tal vez perciban algo que no pueden saber: que el mundo está infestado de ellas. Hay diecinueve mil millones de gallinas en el mundo. La cifra no es exacta, dado su aumento sostenido. Salen polluelos de huevos a un ritmo imposible de calcular. Determinar la población real de pollos y gallinas en el planeta requeriría tal pausa colectiva en nuestro masticar que bien podríamos orquestar también un minuto de silencio a escala mundial. De algún modo, a pesar del mordisqueo constante de carne blanca, hay también una cantidad incalculable de huevos. Dada la aceleración de pollos saliendo del cascarón y de huevos engullidos, pronto no nos quedará nada para alimentar a las gallinas salvo los huevos que ellas mismas acaban de poner.
Nunca he sido atacada por una gallina en el momento de recoger un huevo de su nido. Rara vez recojo un huevo mientras la gallina está sentada sobre él, y en esos casos siempre lo hago con el recogedor a modo de leal escudo. En varias ocasiones Gloria ha intentado atacar, estando clueca, pero las demás veces las gallinas renuncian a sus huevos sin mirar atrás. No existe explicación para la indiferencia con que una gallina abandona un huevo resplandeciente en un redondel de heno convertido en círculo perfecto por sus propios pies retorcidos, salvo que de alguna manera las propias gallinas hayan percibido la pujanza de sus índices de población. Poco importa que existan en tan abundante multitud con el solo fin de ser despachadas lo más rápido posible. Siempre he considerado que en una gallina no hay capacidad para la esperanza, pero tal vez solo necesite un motivo.
Percy ha recibido una carta de la prestigiosa universidad. La carta anuncia que pronto recibirá otra carta con los pormenores de la decisión. Hemos estado esperando una decisión, y ahora hemos recibido una carta que confirma nuestra espera. La carta no dice nada, pero lo hace en un papel carísimo. Cuando lo pones contra la luz, aparece una prueba de la universidad y su prestigio. Percy sostiene que una carta que no dice nada significa algo. Yo creo que esto solo puede ser verdad si la carta contiene una posdata, en cuyo caso la posdata lo dice todo. P. D.: Esta carta no contiene nada de eso. Percy confía en que el retraso de la noticia sea la mejor noticia posible. Si es verdad que una oferta es inminente, la espera adicional sugiere que unos círculos concéntricos se están expandiendo para consolidar recursos a nuestro favor. Como norma, mi marido crea certeza donde no la hay.
Johnson sonrió al ver a las gallinas. «Se alegra mucho de verte», dijo Helen. Johnson no me hacía ni caso. Perseguía a la gallina negra y era perseguido por la plateada. La mujer que cuida de Johnson por las mañanas ha amanecido con amigdalitis por tercera vez en lo que va de año y yo he accedido a cuidar a Johnson en su lugar. En los dos meses que han pasado desde que lo vi por última vez ha aprendido a andar, y me doy cuenta de que esto es fuente de una inmensa satisfacción. Quizá su orgullo naciera con motivo del gran acontecimiento que supone comenzar a andar. «Me da igual lo que haga, pero que no se quite el gorro», dijo Helen.
Johnson y yo nos complementamos como pareja: mis zancadas son más largas, pero él da muchas más. Estuvimos así una hora, yo pisándole los talones mientras él perseguía caprichos y aves. Quería abrazar una gallina y posiblemente formulaba su deseo en voz alta. Los ruidos de Johnson intrigan a las gallinas, poseen un carácter de graznido similar y sin duda engloban los mismos instintos básicos, lo que mueve a las gallinas a responder en consonancia. La conversación entre ellos parece de suma importancia y también de lo más civilizada, entre la cortés distancia que mantienen en todo momento (a pesar de los avances de Johnson), las cabezas ladeadas a guisa de escucha atenta y, dado que las gallinas están en disposición de mirar directamente a los ojos de Johnson, la apariencia de máximo respeto.
Cada sonido que emite una gallina tiene un significado. Nadie sabe si los sonidos contienen información, como nuestras palabras, o si los sonidos de una gallina provocan algún tipo de acción en el mundo. Si a primera vista ambas cosas parecen lo mismo, piensa en un grito. Un grito provoca acción sin información específica. La especificidad se revela irrelevante. Independientemente de lo que pretenda conseguir, un grito concita atención. Lo mismo ocurre con el grito de una gallina, molesto y creciente. Cabe suponer que algún tipo de grito actuó como precursor de todo lenguaje humano, del mismo modo que todas las lenguas humanas conocidas recurren a sonidos agudos y delicados para reconfortar a un bebé. Una gallina también usa esos sonidos agudos y delicados para reconfortar a sus crías, pero dado que las vidas de las gallinas han evolucionado hacia una separación entre hembras y polluelos, cada vez más gallinas se quedan sin aprender este lenguaje, y jamás lo han oído ni utilizado. Tarde o temprano el maternés de las gallinas dejará de existir, dejando al mundo igual que estaba.