Gallinas

Jackie Polzin · Capítulo 1 de 1 · parte 5/6

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Gallinas

Gallinas

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Observo las crestas de las gallinas en busca de las señales que evidencian gripe aviar. Acabo de aprender cuáles son las señales: color y caída inusuales. No hay un color concreto de cresta que sea indicio de gripe; un cambio cualquiera en el color de la cresta sugiere gripe, y dado que yo no me he fijado demasiado en el color antes del brote, mi preocupación carece de fundamento. La cresta de Gloria es del rojo empolvado de un chicle recién sacado del envoltorio, mientras que la de Tiniebla tiene la palidez cérea de un juguete de plástico abandonado demasiado tiempo bajo el sol. Las crestas de las gallinas no parecen lo bastante coloradas, pero tal vez sí tan coloradas como siempre. Sé que mis gallinas podrían estar más sanas, entre los años de dieta a base de mixtura de semillas y la falta de un campo vasto por el que corretear, pero a mí no me parece que estén menos sanas que antes, y, sea como sea, ¿qué podemos hacer? Cada mañana salgo al patio para ver cómo están las gallinas, pero no abro la cancilla del corral sin antes pensar: por favor, por favor, que estén bien las gallinas, como si una súplica tardía por su bienestar pudiera eliminar la cruz de la plaga.

Esa mañana llamaron a la puerta muy temprano. Era el vecino anciano, el mismo que había solicitado el silencio de nuestras gallinas apenas dos meses antes.

—No sé si se acuerda de mí —dijo.

—Claro que me acuerdo, el del rosal trepador rojo.

—He venido a decirle que el árbol telefónico está muy activo —dijo—. Mi teléfono no ha parado de sonar.

Imaginé una caja de madera claveteada a la pared con dos campanas pechugonas repicando. ¿Sabía Percy de la existencia de ese majestuoso y vetusto árbol parlante? Y, si lo conocía, ¿por qué no se había sumado a él?

—La gripe aviar nos tiene muy preocupados a todos —prosiguió el anciano—. Sus aves ¿cómo se encuentran?

—Las gallinas están bien. Las vigilamos de cerca —dije.

Por la manera en que su boca retenía la forma de la siguiente palabra me di cuenta de que aún no me había dicho lo que había venido a decir. Nos llegó el intrépido gorjeo de las gallinas desde la parte de atrás de la casa, y de pronto tuve la certeza de que el anciano había venido a condenar a mis gallinas en nombre de todo el vecindario.

—En cualquier caso —dijo—, el mayor peligro para sus aves son las salvajes. Hemos acordado entre todos que dejaremos de alimentarlas hasta que pase el brote.

—¿Entre todos?

—Todo el árbol se ha mostrado de acuerdo. Es decir, contamos con todos los comederos del vecindario.

—Bueno, pues muchas gracias —dije.

Dio media vuelta para marcharse, pero no se fue. El coro matinal de las gallinas ejecutó un crescendo. Aunque no siempre sé qué gallina está cacareando, esa mañana podía distinguir, por el intervalo de sonidos, que eran las dos. Cuando acaban de poner un huevo, el ruido que hace una gallina es de sorpresa, un ruido exponencial, porque el ruido de sorpresa conlleva sorpresa a su vez. De este modo se forma el hongo atómico de ruido sorprendido que anuncia la llegada de huevos nuevos al mundo a primera hora de la mañana.

Se volvió de nuevo para mirarme.

—Pues nada —dijo—. Se supone que hoy hará un día medio decente.

Dicho esto, avanzó cuidadosamente con sus zapatos de suela gruesa, primero escalón a escalón y luego por el caminillo, hasta la acera y dos casas más allá, hasta la puerta de la suya, donde examinó el buzón en busca del correo que todavía no habían repartido y desapareció en el interior.

El porche de atrás es un sitio ideal para observar gallinas. Al pie del porche se despliega una burda colcha de retales de piedras planas y anchas. Ahí tenemos una barbacoa de gas, con dos de las cuatro ruedas apoyadas en un trozo de madera para nivelar la superficie de cocción y evitar así que la grasa soasada gotee siempre por la esquina trasera izquierda. En días calurosos, Tiniebla prefiere una piedra muy fresca a la sombra de la barbacoa. Hoy hace calor suficiente para que las gallinas busquen la sombra; ayer sin embargo hizo fresco y las gallinas no se refugiaron de la luz solar. Por la tarde me las encontré a las dos enterradas hasta la panza junto al compost, bajo el último rayito de sol.

Tiniebla está tan cerca de donde yo me siento que podría apoyar los pies en su cuerpo, como si de un cojín de capitoné se tratara. En su lecho de piedra lisa, se afana en sacarse ácaros y caspa del plumaje y la piel. Sus plumas están minadas de cosas que captan toda su atención. En plena excavación del ala derecha se le presenta un asunto urgente en la izquierda y su cabeza rota para atenderlo. Sus movimientos son elegantes y eléctricos; Gloria en cambio es más torpona y se distrae con el vuelo de una mosca. Tiniebla es más flacucha pero también es capaz de duplicar su volumen sin previo aviso, como cualquier ave. La duplicación forma parte de su rutina de aseo, separando las plumas y, supongo, permitiendo que la gallina vea lo que anda buscando, aunque a menudo se limita a picotearse a ciegas sin esponjarse y parece quedar satisfecha con el resultado. Si la luz es la apropiada, en el momento en que una gallina ahueca las plumas es posible vislumbrar brevemente la diminuta forma que se oculta debajo. Esto sucede sobre todo con Tiniebla, porque sus plumas son negras, lo que resalta mucho más la carne pálida de su cuerpo. El cuerpo es compacto, dos pequeños teléfonos de carne dentro de una canasta de hueso. La visión de esta verdad subyacente —su pequeñez— resulta desarmante, como ver a una mujer calva.

Tiniebla se echa sobre una piedra lisa, pero jamás pondría un huevo ahí. Las gallinas no ponen sobre roca. Un nido es una buena idea y una roca es una de las peores. Si bien un huevo puede llegar a soportar presiones increíbles aplicadas de manera uniforme sobre todos sus lados, no es capaz de soportar ninguna fuerza de las que genera la naturaleza: vectores aleatorios.

Cuando las gallinas se asustan, buscan cobijo entre la casa y las escaleras, en la espirea. El arbusto se convierte en una nube inmaculada de flores cada primavera, pero el resto del año es un caos de ramas, mitad nido, mitad jaula. El ajetreo de trenes no las espanta, pero si otro tren inicia su recorrido en la terminal ferroviaria, a un kilómetro y medio de distancia, el arranque —su pura fuerza ctónica— detiene en seco a las gallinas. Patas clavadas al suelo, plumas petrificadas, paralizado hasta el último músculo carnoso, salvo sus corazones, que laten desaforados, y sus ojos errantes. De la misma manera, el tren se cuela en mi sueño por las noches, metamorfoseada su velocidad por el filtro onírico en un grandioso muro de agua o un pozo sin fondo.

El calor no remitió durante la noche. Ayer llegamos a los cuarenta grados y las gallinas iban moviéndose de un trozo de sombra a otro, excavando depresiones nuevas en las zonas sombreadas. Metidas hasta el pecho en la tierra fresca, seguían jadeando, inflando y desinflando las pechugas. Mueren más gallinas por exposición al calor que por cualquier otra circunstancia natural. Me sorprendió descubrir el dato al segundo año de tener gallinas. El verano anterior había sido el más caluroso de la historia y parecía pura chiripa que nuestra avería de cuatro integrantes hubiera sobrevivido. El calor nunca ha sido para mí poco más que una molestia, otra manera de dividir en dos a la población mundial: los que adoran el calor y los que no, aunque a menudo me sorprende descubrir gente que lo adora viviendo entre nosotros en Minnesota, donde se conforman con cinco o seis días abrasadores al año. Esos cinco o seis días son los más peligrosos para una gallina, una amenaza dada su inclinación natural hacia la luz solar.

Salvo en los días más calurosos y los más fríos del año, yo relleno el comedero exterior porque el sol incide directamente sobre él a última hora de la mañana. Las gallinas necesitan tanta luz como sea posible. Necesitan el calor, que queda atrapado bajo su plumaje igual que en un invernadero. De ahí que el calor del sol nimbe a las gallinas creando la forma exacta de una gallina. A partir del calor, la vitamina D y, por supuesto, el pienso y el agua, se forma un huevo. Primero con una cáscara delicada, como el huevo de una criatura anfibia, una forma frágil más apta para espacios reducidos, que posteriormente se endurece hasta formar la armadura quebradiza del huevo tal y como lo conocemos. Una vez formado el huevo, la luz no se detiene. La luz penetra en el huevo por todos sus lados y sale del mismo modo, aunque mermada, después de que el huevo haya tomado lo que necesita. Un huevo parece brillar porque brilla.

Durante la mañana sofocante, Tiniebla y Gloria anduvieron golpeteando de acá para allá. Siempre me reconfortan los sonidos gallináceos a primera hora del día por motivos evidentes: están vivas. Pero, más allá del tranquilizador toque de diana, me siento en la obligación de acallarlas. Si no por mí, por los vecinos, aunque también lo hago por mí en la medida en que el clamor de una gallina está perfectamente diseñado para soliviantar. No hay forma más rápida de acallar a una gallina que darle de comer.

Me enfundé las botas de caucho verde que dejo siempre junto a la puerta de atrás. Desde el porche comprobé que todo estaba tal como lo había dejado la víspera: trampilla abierta, puerta de la caseta ídem. En las noches más calurosas del año dejamos abierta la puerta de la caseta, y también la trampilla del corral, para que circule el aire por el gallinero. Pero ¿por qué no habían salido aún las gallinas? Ni siquiera entonces, cuando un haz de luz matinal barría y purificaba la tierra parda. Si la gripe se disponía a anunciar su llegada de alguna manera, si el final estaba marcado por un comienzo —aunque, por supuesto, el final ya ha comenzado—, ¿sería esta la señal?

Cuando el pienso cayó como pedrisco dentro del comedero exterior, las gallinas se encogieron en un rincón del gallinero. Cuando el polvo se hubo asentado, no sin antes ejecutar su elevación, las gallinas seguían sin reaccionar ante el comedero rebosante. Nunca había ocurrido algo parecido. Las gallinas no están contentas con el pienso ecológico, pero cada día se acercan al comedero como quien no quiere la cosa, olvidando que están descontentas con el pienso ecológico. A lo largo de los años he visto a menudo a una gallina, la considerada inferior en la jerarquía por el resto de la avería, quedarse en un rincón mientras se celebraba un frenético festín. Esto no solo es habitual entre gallinas, sino también natural. Una gallina beta se reconoce por la cauta distancia que establece con el comedero. Gam Gam pasó a ser la gallina beta antes de morir, pero no hay razones para pensar que muriera a consecuencia de ello. Durante un breve periodo fue carne de cañón para los ataques de las otras, pero poco después empezaron a tratarla como a una mera paria. Poco antes de morir, Gam Gam ocupaba tan predeciblemente la esquina del gallinero a la hora de comer que un molde perfecto de sus bajos marcaba el punto exacto cuando ella salía. Y después de su muerte la oquedad siguió ahí, durante semanas, hasta que me armé de valor para limpiarla.

Desde la puerta del cobertizo oteé el horizonte, truncado en todos sus lados por el vecindario. Las contraventanas en descomposición de la casa de al lado; la parte de atrás de la casa de Rita, donde el canto de una pala había hecho añicos los dos escalones más bajos; la maltrecha canasta del solar trasero, bajo el cual un grupito de chicos de lo más heterogéneo suele juntarse con o sin balón, aunque en ese momento no se veía a la chavalería por ninguna parte. No había ni rastro de peligro.

Dos noches antes, Percy había oído alboroto en el caminillo de entrada. Salió de casa con una linterna y regresó al cabo de un minuto. «No te lo vas a creer», dijo. Según mi experiencia, Percy siempre sobredimensiona el asunto, y precisamente por eso lo seguí por la puerta de atrás: para calibrar la experiencia por mí misma. Supongo que, también, una parte de mí deseaba que llevara razón.

Bajé los escalones tras él y atravesamos la vereda hasta la cerca que nos llegaba por la cintura y separaba el patio del acceso para el coche y el callejón. Y allí, bajo el resplandor tenue de la farola, estaba el mapache más grande que he visto en mi vida llenando una maleta con basura del cubo volcado. Al mapache le traía sin cuidado nuestra presencia, percibía quizá que éramos un par de idiotas o de pacifistas, o, como mínimo, que no íbamos armados. Su pelaje brillante se movía de lado a lado sobre su ancho lomo a medida que el animal seleccionaba cada artículo de basura para determinar qué le proporcionaba alegría. En el maletín abierto a su lado —un maletín de Percy, desechado porque se abría con demasiada facilidad— introdujo cuatro platos de cartón con restos de tarta, un trozo de cinta dorada con forma de bucle y la bola de pelusa y porquería que yo había sacado de la aspiradora sin bolsa. Cuando hubo agotado el contenido de nuestro cubo, cerró el maletín, se irguió sobre las patas traseras y se marchó como si temiera llegar tarde a un importante turno de noche.

A la mañana siguiente no encontramos señales de que hubiera vuelto, ni las había ahora. Desde el vano abierto del gallinero, a través de la neblina de polvo, las crestas de las gallinas no lucían ni sanas ni distintas, más caqui que rojas.

A última hora de la mañana las gallinas no habían tocado su comida, ni yo las encontraba. Alboroté las hostas y sondeé la espirea con el palo de una escoba. Me arrodillé junto al escalón más bajo y eché un vistazo bajo la escalera, donde encontré toda una flota de arces diminutos brotando de semillas abiertas y, en el centro, un huevo XXL. Saqué el huevo a la luz, donde su cáscara azul pálido parecía un recorte del cielo azul pálido, un azul puro y perfecto.

Sostuve el huevo en alto como si fuese un talismán. Las dos gallinas salieron de un hoyo profundo junto a la cerca, aleteando para sacudirse la tierra. La hierba temblaba debajo de ellas, como bajo un repentino chaparrón. Luego, como si el tiempo pudiera dilatarse por arte de magia, cada cosa dispuso de todo el tiempo que necesitaba: las aves aún incorporándose, la hierba temblorosa, la luz elástica del mediodía otorgando a las gallinas y sus crestas un resplandor robusto y sano. Incluso el huevo parecía no tener fin, perdido en el cielo azul sobre nuestras cabezas.

A las gallinas también las espoleaba la curiosidad. Deposité el huevo en el suelo, en medio de las dos. No tenía ni idea de lo que ocurriría. Pensaba que tal vez la legítima madre lo reclamaría. No debería haberme sorprendido cuando las gallinas empezaron a picotear la cáscara de color golosina como si fuese una figura de chocolate.

—¿Qué es esto? ¿Un huevo azul? —dijo Percy.

Yo había dejado el huevo fracturado en el filo del fregadero, en una ranura pensada para alojar un estropajo. Allí puesto, el huevo transmitía autoridad, como si el fregadero se hubiese fabricado a tal fin.

—¿De dónde ha salido?

—De debajo de los escalones.

—¿Los de fuera, dices?

Claro que era un huevo azul y claro que no me lo había encontrado dentro de casa. Así son los sonidos del matrimonio: las preguntas no se formulan para ser respondidas. La importancia del huevo —una importancia de pura lógica, que por tanto se me escapaba— residía en que el huevo solo podía haberlo puesto un ave que pone huevos azules. Como nosotros no tenemos aves que pongan huevos azules, este punto debería haberme guiado hacia una conclusión clara y meridiana, a saber, que el huevo azul lo había puesto otra ave. Pese a que no se me había pasado tal pensamiento por la cabeza —yo solo había pensado en un milagro—, ese fue el punto de partida de Percy.

—¿Qué clase de ave pone un huevo así? —dijo—. Rita lo sabrá.

La puerta de atrás de Rita se abrió antes de que llegáramos. La vecina colmó todo el umbral con su mandilón con canesú y sus zapatillas.

—Qué sorpresa —dijo con un tono opuesto—. Dejadme ver.

Agarró el huevo con una mano y se quitó las gafas con la otra. Se puso las gafas encima de la cabeza y cogió un segundo par, más colorido, que le colgaba de la pechera abultada mediante un cordel muy alegre.

—Está roto —anunció.

—Lo han roto las gallinas.

—¿Ahora tenéis una pata? —preguntó.

—¡Eso es! —exclamó Percy.

Percy reclamó el huevo y salió corriendo callejón arriba hasta nuestro patio de atrás. Colocó el huevo a la sombra, debajo de los escalones. El sol estaba en su cenit. Las gallinas se apartaron cuando Percy fue directo al cobertizo, abrió la puerta, encendió la luz, y profirió un hurra que hizo que las dos gallinas echaran a correr en dirección al rincón más apartado del patio.

—Lo sabía, aquí está.

Un pato todo pardo apareció a través de la trampilla, sin prisa, o bien los pies palmeados y el balanceo del trasero enmascaraban cualquier indicio de prisa. Orientó las pechugas por encima del trozo de madera que revestía la cancela abierta al patio y se pasó al otro lado dejándose caer, para luego mirar en derredor con leve curiosidad. Percy echó a correr hacia el garaje, revolvió ruidosamente entre su colección de trastos y reapareció con un cajón de plástico para botellas de leche y una toalla andrajosa. Entretanto, las gallinas habían constatado las dimensiones del pico de la pata y no querían saber nada de ella.

La pata fue hasta los escalones, porque había olido el huevo o porque había vislumbrado un recuerdo o porque la misma fuerza que la había atraído la primera vez había vuelto a ejercer su poder de atracción. Percy aguardó junto a los escalones para ejecutar la caza perfecta. Cuando la pata reapareció, imperturbable ante el huevo roto —el huevo, una vez roto, no se parecía en nada al que ella había dejado allí—, Percy la atrapó con el cajón, deslizó la toalla por debajo y le dio la vuelta al conjunto, dejando a la pata atrapada y bocarriba. Le dio un meneo al cajón para enderezarla, tras lo cual las patas del animal se colaron entre los amplios agujeros y empezó a patalear. Le puse el huevo azul al lado. Cuando Percy se acercó al estanque de Webber Park, la pobre patita echó a nadar hasta perderse de vista.

Las gallinas volvieron al gallinero al anochecer. Franquearon la trampilla riñendo y graznando y se detuvieron nada más entrar, inmóviles como centinelas. Recuerdan, pensé. Recuerdan a la pata.

Me quedé profundamente dormida dándole vueltas a esa idea —las gallinas recuerdan— y por lo tanto convencida de que mi tiempo con las gallinas había sido en cierta medida igual a su tiempo conmigo. Me recuerdan. Pero, a la mañana siguiente, arrodillada para raspar el suelo del gallinero, vi lo que las había detenido en seco. Pegada a una brizna de paja había una pluma parda con una raya azul.

Es junio y los árboles están cargados de hojas, lo que provoca que las sombras también tengan hojas, y los dos tipos de hojas se mueven con el viento, creando una sombra del viento. Tiniebla observa todo esto y no percibe una amenaza, de modo que se echa, sin poner, serena y a la vez alerta. Una hormiga roja trepa por la piedra donde descansa Tiniebla hasta una pluma negra de su cola, seguida por una araña marrón. La araña da alcance a la hormiga, aunque no parece que sea su objetivo; al ponerse a la altura de la hormiga, la araña sigue avanzando con la ventaja que le dan las dos patas extra hacia el ala de la gallina y su interior, mientras la hormiga regresa a la cola. Tiniebla permanece ajena a todo o bien las conoce, dos criaturas ni dañinas ni sabrosas. Ella sigue acicalándose alrededor de la araña y la hormiga, husmeando en cada ala y apartándose a continuación. Solo hay una parte de su cuerpo que no alcanza, más allá de la cola. Supongo que ver lo que ocurre en esa área sería su perdición, con lo fácil que es distraer a una gallina.

Gloria anda cerca entre las hostas, se la oye haciendo añicos las plantas desde el interior, a picotazo limpio, y de vez en cuando avisto el abanico moteado de su cola. Si las gallinas no fueran animales gregarios, seguirían moviéndose como tales porque les interesan las mismas cosas. El consuelo de las piedras frescas las atrae, y poco después ambas gallinas se acicalan una junto a la otra, alisando y dando forma a la fronda de sus plumas con movimientos rápidos, completamente ensimismadas a pesar de que parece una acción coordinada, con Tiniebla echada y Gloria de pie. El manso castañeteo del pico contra los cálamos es un paso ligero entre ellas, igual que una marcha constante de uñas acrílicas. Observarlas reconforta, y también ellas parecen reconfortadas al colocarse bien las plumas con cada pasada del pico. Hay una seguridad tremenda en sus movimientos, como si ese acto de acicalarse, ese acto solitario y egoísta sin prisa de ninguna clase fuera, en realidad, su único propósito en la vida. Luego, el ritmo de su tarea se ralentiza y suaviza hasta detenerse por completo. Primero una, luego la otra, pliegan la cabeza plumosa bajo el ala, dejando a la vista únicamente la cresta, esa carne lobulada extraterrestre de un rojo ordinario.

Una gallina sana refulge. Las plumas pertenecen a una familia de luminiscencia natural. En este grupo que abarca vidas pasadas, presentes y futuras se encuentran también las escamas de pez, las alas de mariposa y la piel de bayas vistosas cuando los rayos solares las atraviesan, el ojo encendido de un animal cuando se lo ilumina en la noche, el interior de la concha de un abulón, el fulgor intrincado de la flor de violeta. La hoja de una begonia hace añicos la luz cuando el sol incide sobre ella, verde vista desde arriba o roja desde abajo; de la misma forma, las hojas de una hosta parecen titilar en algún momento de los días sin nubes. Sentada en el autobús, he visto la nuca de un chiquillo centellear así, de modo que quizá también nosotros formemos parte de la familia del fulgor y la luz.

Las plumas de las gallinas lucen ahora más lustrosas que nunca. Sí, el centelleo y el brillo son síntoma de limpieza, pero lo que hace brillar una pluma no es puramente superficial. El brillo de una pluma es indicativo de buena salud, igual que el centelleo original; la razón misma por la que nos atrae cualquier objeto centelleante —el brillo del agua en el horizonte— es la promesa de la vida. Un objeto que deja de brillar está viejo o defectuoso y, en ambos casos, se encuentra un poco más cerca de la muerte.

Percy y yo hemos hecho una lista con los pros y los contras de marcharnos de nuestro hogar y poner rumbo al oeste para estar más cerca de la universidad. Yo nunca hago listas, salvo las que confecciono mentalmente; los economistas, en cambio, se ganan la vida trasladando al papel hasta el último pensamiento, a menudo en forma de lista. Cada pro tiene su contra, igual y opuesto, y viceversa. Al final, un economista publica su lista y toma la decisión que pretendía tomar desde el principio. Nuestra lista no ha sido una excepción. Cambiar esta casa, llena de encanto y de rarezas, por otra de las mismas características. Intercambiar estar cerca de mi madre por estar cerca de la suya. Dejar atrás amistades consolidadas. Entablar otras nuevas. Olvidarse de los chavales revoltosos en sus bicis demasiado pequeñas. Entrar en los dominios de otros chavales revoltosos. La aventura. La realidad. La burocracia de la institución. Las ventajas de la burocracia. El inexorable final del libro de Percy (en el que aparecerá una versión de esta lista).

—¿Y qué hay del arrepentimiento? —he preguntado.

—Apúntalo —ha dicho Percy.

—¿En qué columna?

—En las dos.

—¿El costo de la vida?

—Se prorratea.

—No se me ocurre nada más.

—¿Tú qué quieres? —ha preguntado Percy.

No he podido decirle qué quiero exactamente. Quiero algo que no termine en chasco.

—Me hace ilusión pasar mi vida contigo —ha dicho él—. Pase lo que pase.

Elegí a Gloria porque a mi madre le gustaría el nombre y porque Gloria es una gallina estoica de porte regio y, además, la que más huevos pone. Mi madre es en esencia una mujer pragmática.

Las gallinas percibían que algo malo pasaba; quizá se habían fijado en el coche con el maletero abierto y una caja de plástico preparada en el interior, forrada con paja, un poco de pienso espolvoreado por encima y un platito con agua hasta la mitad en una esquina. Abrí la tapa superior del corral y me metí dentro. Incluso con las gallinas cercadas es tarea ardua atrapar una. Me abalancé, brazos extendidos, ojos cerrados, hacia un revoltillo de alas y uñas y busqué a tientas en la dirección general del alboroto. Al segundo intento, mis manos abiertas se llenaron de plumas. Tiré con firmeza. Era Tiniebla, con su corazón de pajarillo latiendo muy fuerte contra mí. Pensándolo mejor, a mi madre le daría igual si los huevos eran grandes y el nombre sofisticado. Instalé a la escurridiza Tiniebla en la caja de almacenaje, y ella se metió en el agua de un saltito, volcó el plato, escarbó la paja y el pienso hasta convertirlos en un guiso espeso y a continuación se puso a experimentar con las paredes de plástico en busca de señales de vida o debilidad.

Yo había llamado a mi madre para sugerirle una toma de contacto con las gallinas.

—¿Qué te parece lo de las gallinas?

—He procurado no pensar en ello —me dijo.

—Podría llevarte una para que estuviera contigo el fin de semana. — Silencio—. ¿Mamá?

—Bueno, vale. Tráete una gallina.

Durante todo el viaje Tiniebla anduvo revolcándose de un lado a otro en su propio estropicio. Cuando llegamos a casa de mi madre, la caja de plástico estaba salpicada de excrementos, paja y gránulos de pienso hinchados. Tiniebla dormía en medio de la inmundicia; llevaba durmiendo desde que habíamos pasado el novillo negro de Osseo media hora antes, con la cabeza girada en un ángulo imposible y oculta bajo su ala.

Cuando una gallina llega a una casa nueva, esta se convierte en su hogar. Las cosas que una gallina desea son las mismas que necesita; un sistema demasiado simple para la mente humana.

Mi madre metió a Tiniebla en la casa, hasta la cocina, donde unas gachas carnosas palpitaban en la lumbre, y luego hasta el patio de atrás. Mi madre extendió los brazos y Tiniebla se detuvo, ladeó la cabeza imitando a la perfección un gesto de reflexión, voló varios metros —el vuelo más largo que yo hubiera presenciado de alguna de nuestras gallinas—, aterrizó sin percances sobre las dos patas y extrajo una lombriz del suelo nada más establecer contacto con la tierra, como un ave rapaz. Mi madre la vitoreó.

—Se llama Tiniebla —dije.

—Qué triste, tendré que cambiarle el nombre.

—Da lo mismo, no responde cuando la llaman.

—No me extraña.

Las gachas eran para Tiniebla, elaboradas siguiendo la receta de un libro dedicado al tema de convertir un patio trasero en una granja apta para la supervivencia. El autor lo había hecho en sus setenta y había vivido lo suficiente para contarlo, aunque dudo que mucho más. Si no murió de hambre por pura cabezonería, el mundo lo mató del chasco. El libro estaba abierto por la página de alimento alto en proteínas para gallinas.

—¿De dónde has sacado esto? —pregunté.

—De la cooperativa federal.

—¿Harina de pescado? ¿De maíz? ¿De centeno? ¿De trigo? ¿Conchas trituradas?

—Lo venden todo allí, salvo las conchillas. He usado las de unas campanillas de viento viejas.

Ya lo creo que sí.

—¿Estas gallinas han tenido tuberculosis aviar? —preguntó.

—Diría que no.

—¿Y punto negro?

—Se llama Tiniebla.

—No, digo punto negro. La enfermedad.

Yo nunca había oído hablar del punto negro ni de tuberculosis en gallinas, como tampoco me había planteado cocinar gachas saludables para echarlas al suelo a cucharadas. Creía que las gallinas serían una fuente de entretenimiento para mi madre y que no le darían mucho quehacer. Ahora deseaba más que nunca que Tiniebla pusiera un huevo marrón oscuro antes de la mañana siguiente.

Mi madre se ciñe a un horario estricto para cenar, pero las cenas como tal las plantea en términos laxos. La nevera está siempre casi vacía; el congelador en cambio presenta un rebosante inventario de alimentos a punto de echarse a perder. Entre ambos extremos, un huevo llegaría como agua de mayo. Mi madre escondió una pieza de pollo detrás de un tarro de pimientos cherry que se alzaba como un pilar de mi niñez, inalterable incluso el pimiento rojo principal, flanqueado por otros verdes a cada lado.

—Nosotros comemos pollo —dije.

—No me parece propio de una buena anfitriona.

Solo pensaba en Tiniebla. Los animales siempre han circulado por la vía rápida hasta el corazón de mi madre, justo lo que yo deseaba para las gallinas.

Percy y yo comemos pollo. Los pollos del sistema, cuyas vidas no se parecen prácticamente en nada a la vida. Es horrible pensar en comer pollos que han tenido una vida tan horrible, y por eso optamos por no darle muchas vueltas al asunto. Si Percy hubiera reflexionado sobre ello, habría escrito un libro. Percy adora una dicotomía, y esta en concreto —el tema de la mascota en oposición al sustento, y el solapamiento correspondiente— es tan fértil como la que más. Si me parase un poco a pensarlo, me mantendría lo más lejos posible de las pechugas retractiladas de los pollos modernos. Dejando a un lado las reflexiones, la carne de pollo es la más amable.

Mi madre encontró un taco de queso velloso, un trozo de carne grisácea y, en el congelador, los dos últimos panecillos del mundo. Los conejos le habían arrasado el huerto, pero junto a la caseta medraba un manojo de diente de león. Me mandó al otro lado del caminillo con unas tijeras para cosechar las hojas. Mastiqué una, amarga, mientras las escogía. Empezó a picarme la lengua. No pude evitar pensar que estaba experimentando una muerte lenta o, mejor dicho, que la lentitud de mi muerte se había acelerado de repente. Cada corte en los frondosos hierbajos producía una gota blanca como la leche que temblaba sin llegar a caer.

En la cocina, el diente de león no fue objeto de ninguna clase de tratamiento. Yo enjuagué las hojas, las repasé una por una, y verbalicé un pensamiento acerca de mi lechuga preferida. Los panecillos habían sido tostados, el queso escamondado y la carne resucitada con la fuerza vital del kétchup. No se me ocurría ningún comentario que no aludiera directamente a nuestra humilde refección. Mi madre retransmitía cada movimiento de Tiniebla. La gallina arañó el suelo, dos, tres, cuatro veces, picoteó la tierra en dos ocasiones, alzó el pico hacia el cielo, sacudió todo el cuerpo de la cabeza a los pies, desplegó las alas, picoteó la tierra una vez más, encontró un gusano —hurra— y a continuación alzó el pico hacia el cielo por segunda vez y algo captó su mirada y la mantuvo en vilo.

—Maravilloso —dijo mi madre, refiriéndose seguramente al espectáculo de la gallina, porque la ensalada estaba llena de arenilla.

—¿Sabes que las gallinas comen piedras? —dije yo—. Pues claro que sí, tienen mollejas.

A la mañana siguiente me escabullí de la casa para acallar a Tiniebla con el último pedacito de queso. Su clamoroso orgullo se había colado en mi sueño transformado en la voz de Helen. No me causó extrañeza, o bien en el sueño la extrañeza era la verdad de todas las cosas. Yo entendía todas las palabras del clarín y los graznidos de Helen. Ay, Helen, eres la monda, pensaba yo, mientras mi amiga cacareaba sin cesar. Desperté y el cacareo continuó, aunque sin atisbo de humor.

Había una salpicadura rosada en el cielo gris. En el escalón, en bata, estaba mi madre. Observaba a Tiniebla andar de acá para allá en su desfile solitario. No muy lejos, en el suelo, sobre una espiral de lirios jóvenes, había dos huevos pardos. Yo había deseado un huevo en el momento de conciliar el sueño, cerré los ojos y visualicé la imagen de uno, perfecto y castaño. Por favor, Tiniebla. Por favor, pensé. Un huevo sería la perfección.

Dos huevos tuvieron el efecto contrario. Me sentí fatal. Era una acción sin precedentes. ¿Habría sido la papilla de pescado?

Encontré la sartén guardada en la parte de arriba del armarito de toda la vida, la mantequilla tan blanda como siempre en la balda más alta. Cuando el hierro fundido empezó a humear, casqué el huevo contra el borde y vi cómo se escurría entre mis pulgares entrometidos. El huevo no presentaba ninguna rareza. La yema era del color de las caléndulas, roto y floreciente. La clara, firme. Atrapé un trocito de cáscara con una de las mitades vacías.

—Si cascas el huevo contra la encimera, no te pasará eso.

Y así lo hice, con toda la intención del mundo, aspirando a la destrucción, solo que en lugar de eso conseguí una grieta inmaculada. Al interior de la sartén fue a parar otro espécimen de categoría superior, un sol acunado en gelatina. Dos huevos medianos y sin embargo espectaculares. Qué pequeño milagro tan desaprovechado, cuando con un solo huevo habría bastado y sobrado.

Mientras nos comíamos nuestros huevos con tostadas, dos plumas se colaron flotando por la puerta cristalera corredera. Plumas mullidas unidas por una pizca de lo que sea que conecta una pluma con otra. Ver dos plumas así, moviéndose como una sola, es extraño y, pensándolo bien, terriblemente extraño. Las plumas no crecen a pares ni viajan como tal. Tan pronto como me asaltó este pensamiento —la terrible extrañeza—, un pajarillo cayó del cielo al suelo.

Los pájaros siempre andan estampándose en pleno vuelo contra amplios ventanales, pero se sobreponen como si tal cosa. Este pajarillo, sin embargo, no se había estampado contra nada: había caído sin más, lento y mudo, a treinta centímetros de la puerta corredera.

—Ay, dios mío —dijo mi madre. Abrió la puerta y fabricó un nido con la mano—. Ay, dios mío —repitió, llevándosela al pecho.

No era un pájaro, sino un amasijo gris más pequeño que un limón. Mi madre salió a buscarla, con la bola de plumas en la mano igual que una calamita, y yo la seguí un pasito por detrás.

Cuando encontramos a Tiniebla no quedaba gran cosa, una corona de plumas de la cola y una pata a la que le faltaba un dedo.

Mi madre no es de lágrima fácil y no parecía que fuese a llorar, más bien aparentaba que de pronto ya no se podía hacer nada. Tomó asiento en el escalón y yo me senté a su vera.

El sol estaba muy arriba en el cielo cuando me propuso que diéramos de comer a las cabras. Había sacado una caja de zapatos con una película de polvo y había metido dentro los restos mortales de Tiniebla. De camino a la caseta, dejó la caja encima del montón de compost y tuve la corazonada de que volvería a buscarla luego, para enterrar la caja o su contenido.

—Ven, anda —dijo mi madre—. No ha sido culpa de nadie, ¿eh?

Y me envolvió en un abrazo, su camisa suave bajo mis dedos y su olor inalterado.

Percy pasó la mañana en el porche de atrás, vigilante, con su cuaderno. No dijo una palabra sobre su objetivo, que interpreté como secreto. Podría no haberme percatado del silencio de Percy, solo que estaba esperando que hiciera algún comentario desafortunado. El que fuera, para poder reprochárselo.

A última hora de la mañana me uní a él en el porche, desde donde las vías férreas no se ven pero los trenes sí. No sé lo que esperaba. Tal vez alguna prueba de que si ocupábamos el mismo espacio al mismo tiempo veríamos las mismas cosas. Allí estaba Gloria, justo delante de nosotros. ¿Quién habría podido imaginar que un cielo gris apagado proyectaría en sus plumas una luz plateada tan extraordinaria? Se movía en silencio y sin prisa, había reivindicado su soberanía, o bien estaba estupefacta de dolor. Entretanto, Percy tomaba nota de cada vagón del tren que pasaba por turnos, a un paso un pelín frenético a medida que el tren cogía velocidad: BNSF, HANJIN (2), COSCO, BNSF, PROCOR, GATX. Y podría seguir hasta el infinito, como sucederá en el libro más aburrido jamás escrito.

Mucho antes de que nosotros viviéramos aquí, los trenes del vecindario eran trenes de pasajeros. Ahora las personas han desaparecido, igual que las grandes aventuras. El tren continúa sin principio ni fin en perspectiva, a veces una simple mancha de colores a escasa distancia, con las palabras desteñidas y borradas, y otras veces lento, tan lento que la hierba a sus pies parece moverse hacia atrás alrededor de un tren detenido. Cuando el tren se mueve despacio, a menudo confundo su retumbar con el trueno, pero a un ritmo firme el sonido del tren es el airado estrépito del trabajo en ejecución, el interminable trabajo de cambiar de lugar.

Mientras fregaba el viejo suelo de madera de roble con una mezcla de jabón de aceite y agua caliente, se me representó un pensamiento o, más bien, se me ocurrió una idea. Podía discernir su singularidad, una especie de intensidad con púas, pero no el mensaje. Y sin embargo, la cosa reclamaba toda mi atención, como si mis errores del pasado estuviesen a punto de ser revelados. El pensamiento o la verdad, fuera lo que fuera, existió durante un abrir y cerrar de ojos mental y luego se esfumó. ¿Qué lo había provocado? ¿El tenue aroma cítrico del limpiador para madera? ¿El movimiento circular de mi brazo sobre las tablas envejecidas? ¿La propia esponja, jadeando aire y agua? Mis músculos se enroscaron, prestos, pero ¿qué tenía que hacer exactamente? No disponía de información suficiente. Volví al trozo de suelo que acababa de limpiar, con la esponja chorreando y la esperanza de atrapar esa misma sensación en el mismo lugar.

Al llegar a casa después de limpiar descubrí un halcón, inmóvil cual gárgola, posado en la barandilla del porche de atrás. La única ventaja que supone la barandilla en comparación con los muchos árboles imponentes de alrededor es una visión más despejada de la puertecita tamaño gallina de la que hubiera emergido Gloria de no ser por el halcón centinela. El halcón me escudriñaba o, mejor dicho, escudriñaba el mundo entero conmigo en él. Bajo la mirada ultravioleta del halcón yo no era más que un latido radiante, clavado al caminillo junto a mi balde de limpieza. La gallina, de alguna manera, se mostraba prudente ante el halcón, había experimentado esa misma sensación de saberse observada que yo no lograba sacudirme, o tal vez hubiera oído el gorjeo leve y perturbador que emitía la lengua de la rapaz.

Nunca antes había aparecido por casa un halcón, pero este tenía aspecto de veterano, observaba la trampilla con una paciencia obstinada que nada tenía que ver con la fe. Pensar en la rigurosa espera del halcón me incitó a pasar a la acción. Lancé a un lado el cubo lleno de botellas y trapos formando un arco muy abierto y la respuesta del halcón fue tan comedida como instantánea, desplegando unos haces grandiosos de pluma y hueso. Con dos gloriosos aleteos —cada movimiento raudo un triunfo de la gracilidad sobre el empeño—, el halcón se elevó y alejó, hasta posarse en un olmo desde el que reanudó su vigilancia del mundo.

Gloria ocupaba el rincón más alejado del gallinero, golpeando la pared en un único punto y con diligencia, como si cada toque la acercara un poco más al otro lado. No tenía conciencia de que la libertad sería su ruina. ¿Qué significa que el instinto natural de una gallina sea tan contrario a su bienestar? Supongo que nada más que el hecho de que lo natural es irrelevante.

—No te preocupes —le dije—. El halcón se ha ido.

Si por ella fuera, Gloria se pasaría la vida en el huerto. No ha aprendido a entrar a pesar de que entra a menudo y siempre siguiendo la misma ruta, a través de los boquetes grandes que presenta la cerca y no por los muchos boquetes más pequeños que quedan a ambos lados. El cercado lo dejaron los anteriores dueños de la casa, que debieron de usarlo solo con fines decorativos, aunque la cerca no es tan decorativa como aparenta: prefabricada y baja, hecha de alambre basto recubierto con una capa fina de plástico verde y flexible y con bisagras a intervalos de un metro para adaptarse sin problemas a formas y caprichos. Los ladrones de huertos salvan la cerca sin dificultad, al igual que la amplia población de conejos regordetes del vecindario, quienes, por pura buena suerte, prefieren las lechugas de los vecinos antes que las nuestras, una suerte que solo se mide en lechugas, este año un poco amarillentas y con manchitas pardas.

Hasta la más reciente encarnación de la gallina —un ave deseable en la medida en que sus pechugas pesan más que el resto del cuerpo—, las gallinas se desplazaban volando. Las gallinas primitivas eran aficionadas a volar. Una gallina aficionada a volar debió de descender desde el anchuroso cielo y deslizarse justo por encima del suelo hasta que la ingravidez del vuelo aficionado pasó directamente a ser esos andares torpones que seguramente no han cambiado desde los albores de las gallinas. Quizá en alguna parte exista un trozo de barro petrificado que dé fe de todo esto.

Gloria introduce la cabeza en los boquetes pequeños de la cerca, a través de los cuales solo le cabe la cabeza, y la estira al máximo, hasta que las pechugas chocan contra el recio alambre. Llegados a este punto, Gloria está atrapada a todos los efectos. Las gallinas no retroceden. Una gallina se mueve únicamente en el espacio visible. Cada tres intentos o así —dar un número exacto es complicado por el azar—, Gloria se acerca a una abertura mayor en la cerca y gana acceso al huerto del otro lado.

Lo primero que se zampa una gallina cuando entra en un huerto es la kale. No tengo ni idea de por qué una gallina que prefiere mixtura de semillas a cualquier otro alimento hace una excepción con la kale. Tal vez el impacto del pico que atraviesa la hoja recia de la hortaliza represente una alegre distracción en sí misma. Una vez que deja la kale pelada, la gallina rastrilla la tierra negra hasta satisfacer su apetito a base de cochinillas de crujiente caparazón, lombrices y alguna que otra larva, rolliza como un juguete de piscina. Cuando queda satisfecha, la gallina rastrilla en la tierra un hoyo de la anchura de su cuerpo y se introduce en él, con la abultada mitad superior quebrantando la superficie como el mascarón de proa de un navío atracado bajo tierra.

El comportamiento de una gallina ha cambiado poco a lo largo del tiempo. Los predecesores de todos los animales domésticos tenían dientes más afilados y garras más afiladas y se comían entre sí, sin que los propios congéneres fuesen una excepción, con mucha más desenvoltura que los animales del presente. Pero las gallinas aún tienen garras afiladas y, a pesar de que no tienen dientes, todavía son animales carnívoros, capaces de comerse a modo de refrigerio y con desenfadada desconsideración las crías de otras aves y los ratones que se crucen en su camino, y a menudo incurren en el acoso de una de las suyas con una ferocidad que puede o no desembocar en la muerte de la gallina acosada. En comparación con los gatos y los perros, y hasta con las razas de cerdos más sugestionables, las gallinas parecen bárbaras, y sin embargo la gallina moderna se adapta perfectamente a la vida que lleva.

La casa de Helen es preciosa de ver y espantosa para vivir, y quizá una buena inversión si el dueño tiene interés en el valor de las experiencias. Se construyó, principalmente, como concepto —se recoge sobre sí misma en espiral, como un caracol—, y el propio arquitecto vivió en ella varios años pero luego se cansó de sus específicos encantos. En una ocasión, Helen se llevó una comisión por vender la casa. A la segunda no fue capaz de resistirse ni a sus encantos ni a su falta de valor de reventa. Estoy familiarizada hasta con el último centímetro de Villa Fibonacci porque la limpié de arriba abajo las dos veces. La primera marcó mi regreso a los servicios de limpieza después de muchos años alejada del gremio. Había dejado de limpiar casas para ser madre, pero ¿qué pasó? Resulta que el mundo solo acepta el fracaso con la condición de que lo sigas intentando. Yo no me había preparado para lo que vendría después. Fue Helen quien me sugirió que volviera a limpiar y me contrató.

Helen nos invitó a cenar. Era la primera vez que lo hacía, pero siempre lo había imaginado, eso nos dijo mientras le hacía una visita guiada a Percy hasta el centro de la casa: que su imagen de nosotros cenando a su mesa encarnaba una pequeña parte de la razón por la que había adquirido la propiedad. (Helen no cocina por convicción y no recibe en casa, de modo que es difícil determinar qué implicaba esa fantasía). El centro de la casa describe una curva drástica que jamás podrá ser habitada, como mucho palpada apenas con una mano doblada o un carísimo adminículo para limpiar tales superficies. Helen explica que el interior se prolonga hasta el infinito, aunque yo lo he experimentado de otro modo: como un lugar donde las cosas se atascan. Por esta razón, la curva interior de la casa sirve como cuarto de juegos de Johnson. Una cerca infantil abarca tres metros de curva y sus juguetes yacen desparramados por el espacio menguante. Helen compró la casa antes de que Johnson supiera gatear y, a lo largo del año que ha transcurrido desde entonces, le ha tenido demasiado miedo a la escalera de caracol como para permitir que su hijo suba a la planta superior. Por eso, la cuna de Johnson está en la cocina, no muy lejos de los fogones. Dormir en la cocina formará parte de la experiencia del niño, tal vez sea una parte notable de ella, si desarrolla alguna tendencia hacia la comida o en contra.

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