Gustavo el férreo
Capítulo I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—También yo tengo siete marcos.
—Bien; dáselos también. Dile que mande noticias de en dónde se queda. Yo le mandaré lo que pueda por medio de Bubi. Díselo, Otto.
—Sí, madre —dice Otto, disponiéndose a salir.
—Oye, Otto —le llama luego—; dile que tiene que volver a bajar a decirme adiós. De momento yo no puedo subir. La excitación me ha atacado las piernas. No te olvides de decírselo. Tiene que decirme adiós. Soy su madre; yo le he hecho salir.
Otto vuelve a asentir y sale obediente. Otto es el burro de carga de la familia: se le dan órdenes y se le insulta, se le cargan sobre él todos los fardos, y de cuanto piensa y siente, nadie le pregunta jamás. Tampoco entonces dedica la madre a su hijo mayor ni un solo pensamiento. Conserva aún el pan en la mano, lo contempla, lo acaricia, lo huele. Es un buen pan, y es un pan del que ha comido Erich. Lentamente, con fruición, lo mordisquea. El masticarlo, el gusto nutritivo, el tragarlo, la penetración del alimento en ella, le hace bien. El último resto de excitación se desvanece. Come, luego vive. No piensa más en la disputa que tal vez arriba se esté entablando entre los dos hermanos. Tampoco piensa en la próxima discusión con el marido. Come, vive.
Mas apenas acaba de comer el trozo de pan, regresa Otto. Por su cara pálida e inexpresiva no puede colegirse cuál será el mensaje que trae.
—¿Qué? —pregunta la madre, sin dejar de masticar—. ¿Viene Erich?
—Erich se ha marchado ya.
—¿Es que no le has dicho que debía decirme adiós? Te había rogado que lo hicieras, Otto.
—Cuando llegué arriba, Erich se había ya marchado.
—¿Y…? —Impaciente pregunta ella—. Habla ya, Otto. ¿Qué pasa en el cuarto de padre?
—Todo está perfectamente, madre.
—¡Alabado sea Dios! —dice, aligerada de su peso—. Siempre lo digo: Erich puede ser irreflexivo, pero no es malo. No; nuestro Erich no es malo.
Espera una confirmación por parte de Otto, pero es demasiado esperar de aquel hijo.
Finalmente dice este:
—Pero ha destrozado la lámpara del cuarto de las chicas…
Ella se extraña.
—¿Por qué la ha de haber roto? ¡No seas tonto, Otto! Seguramente debe de haberlo hecho Doris al limpiar; pero déjate, que ya se lo descontaré yo de su sueldo.
—Bubi nos contó una vez que Eva guardaba sus ahorros en el contrapeso de la lámpara colgante.
—¿Eva? ¿Bubi? ¿De dónde sabe Bubi esto? ¿Y por qué en el contrapeso? En un contrapeso no se puede guardar nada.
—El contrapeso está vacío; se puede destapar.
—Pero… —La madre sigue sin comprender—. Pero ¿por qué ha roto la lámpara?
—Tengo que llevar los caballos a la herrería —dice Otto—. Es seguro que Erich ha cogido el dinero de Eva, Y al hacerla se le ha caído la lámpara y se ha roto.
—¡Yo se lo devolveré a Eva! —exclama la madre—. ¿Cuánto podía tener? ¡Unas cuantas sisas del dinero de la casa! Dile que no arme escándalo; díselo inmediatamente, Otto.
—Ahora tengo que ir con los caballos a la herrería, madre —responde Otto—. Bubi dijo que Eva tenía unos doscientos marcos…
Dicho esto, Otto sale, dejando a la madre ante nuevas preocupaciones.
15
Eva no se dio gran prisa en la compra de los arenques. Vagabundeó gozando de aquella mañana de junio, pasando por delante del Palacio, en donde la gente estaba de nuevo agrupada en compacta masa esperando al Kaiser…
«¡Qué necios! —pensó Eva—. En el Palacio no ondea el estandarte del Kaiser. De seguro que Su Majestad sigue en su viaje por el Norte. Deben ya haber echado raíces de tanto esperar».
Luego se fue hacia Die Linden, torció por la Friedrichstrasse y lentamente, siguiendo su vagabundeo, llegó hasta los almacenes Wertheim.
Ella llevaba únicamente un marco y no tenía la menor intención de comprar nada en la casa Wertheim. Pero miraba y se alejaba; se alejaba y miraba. Sus ojos irradiaban: la visión de toda aquella seda y aquel terciopelo; aquella profusión, aquella riqueza incesante, la embriagaban. Subía y bajaba escaleras siguiendo el capricho del momento. Al final era ya igual si se detenía a contemplar trajes o porcelanas, termos o sombreros. Lo que la embriagaba no era cada cosa por sí, sino el conjunto. Esplendor y riqueza. Setecientas muestras, ¡cientos de servicios!
Finalmente se encontró perdida en dominios más quietos. A su alrededor había menos gente, la luz parecía más amortiguada. Estaba en el departamento de joyería y bisutería. En las vitrinas rutilaban objetos mates y brillantes. Se inclinó sobre los armarios; respiraba aceleradamente. ¡Suave lucir del oro! ¡Brillo azul y verdoso de los brillantes! Lanzaban sus hacillos de rayos directamente hacia ella. ¡Ah, poseer un día algo así! ¡Relojes y más relojes de oro! ¡Tan bellos, tan pequeños! ¡Anillos muy finos, pero con una piedra mayor que un guisante! ¡Bandejas de plata de elevados bordes por lo que se veía lo macizas que eran…! ¡Y todo lo más que podía lograr con todas sus sisas en la compra eran veinte pfennigs!
Lanzó un profundo suspiro.
—Bueno, jovencita —dijo junto a ella una voz muy desenvuelta—. ¿Son cosas muy bellas, eh?
Levantó la vista con toda la predisposición a la defensa que se despierta en las muchachas de gran ciudad ante cualquier intento de conversación masculina. Pero al poco se mostró vacilante. El joven del bigotito negro que estaba junto a ella frente a la vitrina podía ser perfectamente un vendedor. No llevaba sombrero de paja ni Panamá, y en 1914 todos los hombres iban tocados con su sombrero o lo llevaban, al menos, en la mano.
—No voy a comprar nada —dijo, por lo que pudiera ser, retirándose.
—¿Y qué importancia tiene? —preguntó el joven, con su voz desenvuelta, a cuyo sonido se despertó en ella una especie de defensa, si bien no le resultó desagradable —. Mirar no cuesta nada y da gusto. Ande, jovencita —dijo, continuando su palabrería—; imagínese por un momento que yo soy el gordo Wertheim, ¡seguro que ha de ser gordo!, y usted es mi novia. Y yo le digo: «Elige algo, palomita: lo que el corazón te pida». ¿Qué elegirías, preciosa?
—Es usted gracioso. ¿Qué ocurrencia le ha dado de tutearme?
—Pero, hijita… Si ya le he dicho que soy el gordo Wertheim y usted mi novia. A la novia se la tutea.
—¿Qué ha tomado usted para hacerle hablar tanto antes de almorzar? ¿Por qué está tan excitado?
—¿Yo excitado? ¡Qué va! ¡La excitación se la doy a los demás! Bueno, joven. ¿Qué tal le parecería un collarcito de brillantes, largo por delante, con un cierre también de brillantes por detrás?
—Esto no sirve más que para una vieja —dijo Eva, divertida, a pesar de que tenía la sensación de que en aquel joven había algo que no estaba del todo bien—. No; si yo quisiera algo, sería un anillo de brillantes de estos que están en esta vitrina…
Y se dirigió hacia ella, pasando por delante de un vendedor que se contemplaba aburridamente los dedos, pues era evidente que aquella pareja no eran clientes.
—¿Ve usted? Un anillo así.
—Es una cosita muy mona —dijo el joven con aire de suficiencia—. Pero, jovencita, si fuera usted mi novia no iba a regalarle una quincalla así…
—¡Eso sí que lo creo! —dijo Eva, riendo—. No tiene usted tantos pelos en el bigote como dinero cuesta esto.
—¿Que no tengo? Permítame, señorita, que le diga que me hace usted reír con su conocimiento de los brillantes. Este no es más que bisutería; pura quincalla. Un diamante de cristal, ¿comprende?
—No se las dé de enterado…
—Ya le enseñaré yo las cosas que están bien, jovencita. ¡Mire usted aquí, en este armario! ¡Eso sí que son piedras! Mire lo amarillo que se ve desde aquí, y si lo mira por este lado verá cómo reluce en rojo. ¡Ese sí que tiene sus siete kilates y no tiene ni un carbón! Y este de aquí…
—¡No me hable con tanto fuego! —dijo burlonamente Eva, a quien se le había contagiado el entusiasmo del joven.
—¡Y este de aquí! ¡Hay que ver, hija, lo que hay en este armario! Si usted y yo; si nosotros tuviéramos esto…
—¡Pero no lo tenemos! ¡Ni lo vamos a tener!
—¡Eso no puede decirse, niña! Muchas veces sucede lo que no se piensa. Lleva usted un bolso de Compra muy bonito, y cabe mucha cosa. Si por casualidad tiene que correr, corra cuanto pueda. ¿Qué trenes? ¿Qué puedes tener…?
—¿Qué estupideces está diciendo? —preguntó Eva irritada—. ¿No habrá usted echado la mano a algo?
—¿Ve usted al dependiente ese de allí? —preguntó el hombre, con una voz completamente ronca de excitación—. Ese que se agacha. ¿Puede usted ver el reloj que está encima de su cabeza? ¿Qué hora es? Tengo unos ojos que son una calamidad. No; si quiere ver la hora se ha de colocar así…
De la excitación de aquel hombre se desprendía algo contagioso. Casi contra su voluntad se colocó Eva como él había dicho. La hora era verdaderamente difícil de ver, y entornó los ojos… Junto a ella oyó un ruido de cristales rotos… Vio como los vendedores se ponían todos a correr movidos de espanto, y también ella echó a correr…
—¡Corra, niña, corra! —gritó la voz ronca junto a ella…
Como una sombra, como algo irreal, vio la destrozada vitrina y una mano que salía cargada de joyas…
—¡Corra ya, estúpida! —volvió a gritar él, lanzándola contra el vendedor que a toda prisa acudía allí. Este trató de echarle mano. Sin saber lo que se hacía, le golpeó y corrió. Venía más gente; rodeó una vitrina; subió dando tumbos una escalera de cinco o seis peldaños de altura y abrió con toda su fuerza una puerta.
Tras ella gritaban varias voces:
—¡Detengan al ladrón!
Un timbre empezó a sonar…
Estaba en el departamento de ultramarinos. Vio varias caras horrorizadas que la contemplaban. Alguien alargó la mano hacia ella, y la esquivó, escondiéndose tras de una mujer gorda. Salió a otro corredor, en donde todo un pilón de frascos de conserva la ocultó… Echó a correr. Había allí una escalera. Abrió la puerta que daba a ella y empezó a descender un piso, dos pisos…
Detúvose a escuchar. ¿Venían? ¿La seguían? ¿Por qué había escapado? ¡Sí no había hecho nada! ¡Qué sinvergüenza de sujeto! ¡Tener el descaro de utilizarla como pantalla para sus robos! ¡Bandido! ¡Como le encontrara otra vez, se pondría a gritar; haría que acudiera todo el mundo; los policías le llevarían a la cárcel! ¡Y entonces se reiría descaradamente a su cara de fresco! ¡A ella, a quien nadie podía reprobar nada, meterla en sus porquerías! ¡Habráse visto!
Lentamente desciende por la escalera con paso tardo y vuelve a huir. Empuja la puerta volante, pasa andando despacio por unos cuantos departamentos y llega cerca de la salida. Más de pronto le acomete un cierto miedo. Se la puede reconocer. A buen seguro que se ha telefoneado ya su descripción a los porteros. Lleva como distintivo la bolsa de compra de hule negro. ¿Por qué la mirará así la vendedora?
Procura dominarse. «No he hecho nada», dícese para tranquilizarse. Pregunta a la vendedora:
—Señorita, ¿dónde está el lavabo?
La vendedora le proporciona información, ella se dirige al lavabo, más al hacerlo cambia de parecer. La escalera, la buena escalera del departamento de ultramarinos la ha salvado ya una vez. ¡Lo mejor que puede hacer es volver a ella!
La escalera está entonces llena de gente que asciende y desciende por ella. Pero tiene paciencia. Coloca el pie en uno de los peldaños y empieza a atarse el cordón del zapato…
Al poco se ve por fin inobservada y coge la bolsa de compra. Sabe, naturalmente, que en el forro del interior va escrito el nombre de «Hackendahl», que tiene que arrancar…
Al ir a hacerlo se detiene. ¡En el interior de la bolsa algo luce y rebrilla!
Temblando, coloca la bolsa en la escalera. ¡Ah, canalla, miserable! ¡La ha hecho cómplice suya por completo; ha arrojado en su bolsa parte del botín! ¡Si la hubieran cogido! ¡Jamás hubiera podido demostrar su inocencia! ¡Ah, si le tuviera allí; si le tuviera allí con todas sus habladurías de bolsas de compra y de echar a correr! ¡Cerdo!
Alguien baja presuroso por la escalera. Mira; es un hombre con el uniforme marrón del almacén. Aprieta los cordones de su zapato, ha extendido con presteza su amplia falda sobre la bolsa…
El uniformado la contempla de reojo. ¿La ha mirado con cara de ceño? En todo caso es ya más que tiempo de salir de la casa. Deben de haber pasado a lo menos diez minutos desde el robo, y con toda probabilidad está ya la policía en todas las puertas… Apenas ha oído el ruido de la puerta volante de abajo, esconde las joyas en el bolsillo de su blanca enagua. No se detiene a observarlas más de cerca, y únicamente cuando coge el anillo de brillantes con la piedra amarillenta, sonríe, diciéndose: «¡Hay que ver qué frescura!».
Arranca entonces el nombre de la bolsa y sale sin ella. Al atravesar la planta baja pasa por delante de mesas de venta, cuyo esplendor se ha convertido para ella en algo usual, y pasando frente al portero, confundida en toda una profusión de clientes, sale a la calle…
¡Ya está fuera! ¡Salvada! ¡Libre!
16
Cuando los chicos salieron al patio del colegio para el recreo de las once, vieron, naturalmente, el coche de primera categoría parado ante el edificio. Ninguno de ellos le prestó atención, con excepción de Porzig, el famoso maliciosillo, que no pudo contenerse de observar de manera bien perceptible:
—¡Competencia para nuestro querido Bubi! ¡Hackendahl se ufana de su pompa paternal! Decline usted «equus», el penco, Hackendahl…
—¡No armes pendencia, Porzig! —advirtió Hoffmann.
—¡Es precisamente el coche de mi padre! —dijo Heinz Hackendahl—. ¿Crees que por esto me avergüenzo? ¡Qué va!
—¡Oh, asombro! —dijo Porzig, imitando al profesor de griego—. ¡Ciertamente que sí, Hackendahl! ¿Apóyase en la verdad el rumor callejero de que el caballerizo mayor del Kaiser está en negociaciones con vuestro progenitor acerca de la compra de este rocín deslumbrante?
Rucio, el favorito del padre, presentaba un aspecto desusadamente deplorable. Después de la carrera de la mañana no era más que la ruina de un caballo. Los chicos de la tercera superior miraron primero al caballo y después a los dos antagonistas. Heinz Hackendahl y Hermann Porzig eran enemigos declarados y sus constantes disputas divertían a la clase.
—No graznes, Hermann, ¡oh cuervo! —observó fríamente Bubi Hackendahl—. Los Porzig son coyotes hediondos. Al grito de guerra se esconden en las «wigwams de las squaws».
Esto era una reminiscencia del reverenciado Karl May.
—No veo por ninguna parte el brillante don Pedro de nuestro «Patris équorum», ornato de la corporación de cocheros —exclamó Porzig con bien afectada preocupación. El círculo de los muchachos espectadores se había acrecentado considerablemente y acuciaba la fantasía del burlón.
—¿Dónde se demorará? ¿Por qué no va a llevar al penco ante las cuchillas del salchichero? ¿Estará, indudablemente, en algún mostrador de taberna, bebiéndose un coñac? ¡Habla, legítimo hijo de un coche!
En el colegio era una leyenda de ignorada procedencia que el viejo Fritz había enviado a su Tribunal Supremo un orinal de plata, encolerizado por un dictamen de sus consejeros. Hermann Porzig era hijo de un consejero, así es que Heinz Hackendahl le contestó:
—El brillante don Pedro de mi padre palidece ante el brillo plateado de un don Pedro real. ¿Es cierto que tu padre teme todos los sábados la llegada de tal regalo? ¿Y que tú tienes que escupir en la escobilla?
Al oír un insulto tan grave les acometió a todos los oyentes un estremecimiento de espanto. Porzig enrojeció inmediatamente. Le gustaba más dirigir burlas que recibirlas.
—¡Retira lo del orinal! —exclamó—. Es un insulto para todo el Tribunal Supremo.
—¡Jamás! —exclamó Heinz Hackendahl—. ¡Tu has insultado a mi padre!
—¡Y tú al Tribunal Supremo! ¿Retiras lo dicho?
—¡Jamás!
—¿Guerra a muerte?
—A muerte.
—¿A remuerte?
—¡A archirremuerte! ¡Hasta que uno de nosotros pida merced! —terminó Heinz el canto de desafío del colegio. Miró a su alrededor—. ¡Hoffmann, tú serás mi segundo!
—¡Ellenberg, tú el mío!
—¡Déjalo para luego! —rogó el conciliador Hoffmann—. Nos quedan solo tres minutos de tiempo.
—¡En un minuto pedirá gracia!
—¡Que su inmunda porquería no nos apeste la clase!
Se habían ya despojado de sus chaquetas y ambos estaban en tensión para la pelea.
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! —gritaron los ayudantes.
Con los brazos arqueados se acercaron los contendientes uno a otro, y después de tantearse, se agarraron, apoyaron pecho contra pecho, frente contra frente, y pocos momentos más tarde rodaban por la arena del patio de la escuela.
—No tome demasiado a pecho una irreflexión juvenil, señor Hackendahl —le había rogado arriba, en el cuarto de estudio, el director al preocupado padre.— La frase negativa es la virtud para la juventud, tiene hoy más fuerza que nunca.
—Robar dinero no es irreflexión, es maldad. —Había respondido Hackendahl.
—A la juventud actual le es propia una inclinación al goce, que no conocía nuestra generación de viejos —excusó el director—. Un largo período de paz ha dejado adormecida a la juventud…
—¡Debemos tener de nuevo otra guerra! —exclamó Hackendahl.
—¡Por el amor de Dios! ¡No! ¿Se imagina usted qué alarmantes proporciones podría adoptar una guerra moderna?
—¿Por un pueblecillo tal en los Balcanes? En seis semanas se terminaría y habría hecho bien a los jóvenes. Como un baño de acero.
—El mundo entero está lleno de materia inflamable —contestó el director—. Todos miran con envidia a la Alemania que cada vez va haciéndose más fuerte y a nuestro heroico Kaiser. Todo el mundo se nos echaría encima.
—¿A causa de un par de servios cuyo país hasta resulta difícil de encontrar en el mapa?
—¡A causa de nuestras crecientes riquezas! ¡A causa de nuestra fuerza! ¡A causa de nuestras colonias! ¡A causa de nuestra flota! No, señor Hackendahl, perdone usted; es casi un pecado desear una guerra, simplemente porque el hijo haya hecho una tontería.
—Tiene que tener disciplina militar.
—En menos de un año habrá hecho su bachillerato, y entonces puede usted hacerle servir inmediatamente —dijo el director, excediéndose en palabras—. No le saque ahora precipitadamente de la escuela, por una forma de pensar, que le cierra a él todas las posibilidades.
—Ya me decidiré —dijo Hackendahl, no queriendo ceder.
—¡No tarde mucho en decidirse! —exclamó el pedagogo coactivamente—. ¡Diga ya que si! Prométamelo.
—Tengo primero que ver…
—Ni esto debe usted hacer. Si le ve usted a él, en su testarudez en su orgullo puede usted cambiar de parecer. ¿Cómo pudo usted encerrarle en una bodega? ¿Tiene esto algo de pedagógico?
—Tampoco a mí en mi juventud me trataron con guantes de seda, y no he robado jamás dinero.
—¿Es usted un juez o es usted un padre? Seguramente también se daría usted alguna satisfacción prohibida. Los humanos somos todos débiles y no tenemos la fama, usted lo sabe ya bien. Por lo tanto dígame ya que sí.
—¡Si me pide perdón!
—¡Señor Hackendahl! ¿Va a pedirle perdón, ahora, en cuando le deje usted salir del sótano? ¡Hay que tratar de obtener lo accesible!
El férreo Gustavo vaciló. Desde el patio del colegio llegaba un griterío ensordecedor.
El director dijo a media voz:
—Es probable que Erich sea el primero en hacer su bachillerato. «Prímus omníum», le llamamos nosotros. El primero de todos, es un alto honor.
Gustavo Hackendahl sonrió:
—Con cebo se cazan los ratones, señor director, ¿no es eso? Bueno, por esta vez haré la vista gorda. El chico vendrá mañana de nuevo a la escuela.
—¡Así se habla, señor Hackendahl! —exclamó el director, jubiloso, tendiéndole la mano—. No se arrepentirá usted… ¿Qué es este escándalo?
Se volvió precipitadamente y corrió hacia la ventana. Desde el patio penetraba un griterío de voces juveniles exultantes y atronadoras.
—¡Eh, Hackendahl! ¡Arriba, Hackendahl!
Porzig había pedido gracia, Bubi era el vencedor. Bañado en sudor y casi ahogado, Porzig apenas podía respirar pesadamente.
—¿Retiras lo del don Pedro, lo del penco, lo de los embutidos de caballo, lo del mostrador de taberna, todo?
Porzig esta vez emitió solo un gruñido y el círculo dio su aprobación.
—Parece ser —murmuró el director desde la ventana— que se trata de una pequeña disputa de otro hijo Hackendahl. No, mejor será que no nos vean en la ventana; a menudo es más aconsejable hacer como si no se hubiera visto ni oído nada.
—El maldito chiquillo se ha desgarrado los pantalones —masculló Hackendahl tras del superior—. Siempre está echando a perder su cosas, y a su madre le toca zurcirlas.
—El talento de su hijo Heinz radica en otro terreno —opinó el director—. Diría que está más compenetrado con lo práctico de la vida. Tal vez sería cosa de decidir en otra ocasión si lo más adecuado para él no sería un instituto real. Tiene usted dos hijos de buena predisposición…
—Es curioso que el mayor no despunte en nada —dijo Hackendahl—. No es más que un infeliz; en donde se coloca, allí se duerme.
—También tendrá sus disposiciones —opinó el director en tono de aliento—. No hay más que buscar. Buscar y hacerlas resaltar.
—Nada más que un infeliz —repitió Hackendahl—. No me preocupa lo más mínimo, pero tampoco me dé ninguna dicha. ¡Es incluso una cruz!
17
Otto Hackendahl, una vez entregados los dos caballos en manos del aprendiz del herrero, marchó se apresuradamente, a pesar de que sabía que iba en contra de un precepto del padre: Hackendahl quería que se vigilara al herrero durante su trabajo, no fuera cosa que cortara este una pezuña demasiado hondamente o colocara algún clavo en mala posición.
Pero Otto tenía también sus secretos, y si bien era infeliz mátalas callando, no lo era, con todo, tanto como su padre creía. Entregó los caballos al herrero; todo lo más, de cada veinte, salía uno en que los clavos no estuvieran bien dispuestos, y no tenía que ocurrir esto precisamente aquel día.
Presuroso sale a la calle, y ya con solo verle caminar apresuradamente, más pegado a las casas y evitando la mirada de todos los transeúntes, se adivina que hay algo de raro en él. Propiamente, es un individuo alto y robusto, el más fuerte de todos los hermanos, más fuerte que el padre, pero no tiene buen aire, está desprovisto de energía y de seguridad en sí mismo, le falta voluntad. Tal vez sea verdad lo que le dijo a su madre: su padre se ha ejercitado demasiado con él. Por esto se desmoronó su voluntad. Pero también se debe a que esta voluntad jamás fue fuerte: el árbol fuerte crece contra el viento, los débiles se desmoronan.
Otto va balanceando en la mano un paquete, hasta que se da cuenta de que juguetea con él y lo esconde debajo del brazo como si fuera algún producto del robo. Dobla la esquina de otra calle, la cruza y se dirige, lanzando a su alrededor tímidas miradas, hacia un portal. Atraviesa un patio, traspone una segunda puerta, llega a un segundo patio y empieza presuroso a ascender por una escalera.
Llega al primero de los pisos sin detenerse, al segundo, y sigue ascendiendo. Debe de conocer su camino, pues no mira a los varios rótulos que hay en las diversas puertas. Continuamente le están encontrando varias personas, pero no le prestan atención.
Otto Hackendahl tiene «camouflage», protección por los colores, tan descolorido es, que apenas se le nota.
Ya se detiene ante una puerta. No mira a la placa en que está escrito «Gertrud Gudde, modista». Oprime el timbre, una, dos veces. Se oye ruido en el interior, ruido de movimientos, una voz y la risa de un niño. Otto sonríe.
Sí, así, es. Puede sonreír y no tan solo hacer una mueca, sino sonreír abiertamente, y precisamente porque se siente dichoso. Y sonríe aún más acusadamente cuando ábrese la puerta y corre hacia sus piernas un pequeñín de inseguro andar, gritando jubiloso:
—¡Papá! ¡Papá!
Una mujer dice:
—Hoy has venido tarde, Otto. ¿Qué ha pasado?
—Y dentro de un cuarto de hora tengo que volverme a marchar, Tutti —dice inclinándose sobre sus labios y besándola—. He tenido que dejar plantados a los caballos en la herrería, debo volver en seguida. ¡Sí, sí, Gustavito, aquí está papá! ¿Has dormido bien?
El chiquitín es dichoso; el padre lo levanta en vilo y él ríe y palmotea. También la mujer sonríe, Gertrud Gudde, modista. El director del instituto tuvo razón: nadie está tan desprovisto de aptitudes que no pueda dar la felicidad.
Gertrud Gudde, la pobre, pequeñita, poco desarrollada, con los hombros demasiado altos, con el rostro afilado, aunque con la sosegada mirada de paloma de muchos cargados de espalda; Gertrud Gudde, modista humilde, conoce bien a su Otto, con sus flaquezas, su indecisión, el miedo ante el padre, mas también con su disposición a prodigar la dicha.
—Pero ¿qué pasa en vuestra casa? —pregunta—. Cuéntamelo, Otto, no será tan grave como todo eso.
—De nuevo te he traído unos trabajos de talla —dice él—. Templin te dará aproximadamente unos diez marcos por ellos.
—No quiero que te pases la mitad de la noche en vela tallando. Yo me voy arreglando. Hoy tengo cuatro pruebas.
—¡Ah tú! —dice—. Gustavito, ¿no es cierto que tenemos una madre estupenda?
El niño llama a la madre y palmotea, la madre sonríe. ¡Ah, los dos que han venido a la vida defectuosos, él con la voluntad débil y ella con el cuerpo deformado; ahí los dos, no, los tres en la cocina y el cuarto, solos para sí, dan y reciben tanta dicha!
—¡Ven, un momento, podrás sentarte! Tengo todavía café para ti; aquí hay unas pastas. ¡Anda, come! Gustavito te enseñará entre tanto cómo sabe hacer gimnasia.
Obedientemente hace él lo que ella dice. Tiene siempre algo preparado, venga cuando venga. Es, pues, como si fueran del todo mando y mujer, Y él lo comprende, lo comprende, lo comprende sin una palabra, come siempre, nunca dice que no, aún cuando está harto.
Gustavito muestra sus obritas de arte, de las que la madre está aún más orgullosa que el mismo hijo. La madre a quien hacen dichosa las rectas espaldas y las firme piernas del niño, a ella, que no ha pasado casi ningún día de su vida sin amargura…
—Y ahora cuenta lo que ha sucedido en vuestra casa…
Él lo explica lenta y penosamente. Mas Gertrud Gudde le comprende, lee en su rostro.
Además, conoce a todos de quienes habla: la madre, Erich, Eva y también al temido padre, al férreo Gustavo. De vez en cuando acude como costurera a casa de los Hackendahl, desde hace varios años, Y. así es cómo ella y Otto se conocieron y se amaron. Sin que nadie notara nada, ni siquiera la astuta Eva. El vivo rostro de Gertrud refleja todo cuanto él cuenta y acompaña sus palabras con exclamaciones entrecortadas:
—¡Muy bien, Otto! ¡Lo que dijiste estaba perfectamente! ¿Y forzaste en seguida la cerradura? ¡Estupendo!
Él la contempla y se siente liberado, tiene la sensación de haber llevado algo a cabo; él, el demolido, el destrozado entre las piedras del molino.
—Pero ¿qué dirá padre de la marcha de Erich? —pregunta finalmente—. Y Eva, que es tan tacaña, ¡qué escándalo promoverá!
—¿Eva? Eva no puede decir nada, al menos a tu padre. Era todo dinero robado y se delataría. ¿No es así?
El asiente lentamente. Así es, esto lo comprende.
—Pero padre… Por lo de Erich… —pregunta de nuevo esperando que también le descargará de aquel peso. 'Ella le contempla pensativamente, con su sosegado mirar de paloma.
—Tu padre —dice— y la figura del férreo Gustavo, que siempre se interpone en su insignificante vida, se eleva descomunalmente tras ellos—. Tu padre —repite sonriendo para darle ánimos—, tu padre se entristecerá mucho: siempre se ha sentido orgullosísimo de Erich. No digas ni una palabra en contra de Erich, ni tan siquiera que ha robado el dinero de Eva. Ya así le resultará bastante difícil. Y confiesa con tranquilidad, que forzaste la cerradura, di, oye, Otto, fíjate en esto, le dices: «también a ti te hubiera hecho salir de cualquier encierro». ¿Te acordarás?
—También a ti te hubiera hecho salir de cualquier encierro, padre —repite con dificultad. Y de pronto exclama—: ¡Pero es cierto, Tutti; así es: no hubiera dejado a padre encerrado!
Y la mira contento.
—¿Lo ves, Otto? No digo más que lo que tú piensas, únicamente que tú no sabes expresarlo así.
—Pero ¿qué hará entonces padre, Tutti?
—Nadie puede saberlo, Otto; con tu padre no se puede nunca saber nada de cierto, por lo testarudo que es… —Tal vez me eche de casa. Y entonces, ¿qué? ¿Tendrás entonces que alimentarme?
—Pero Otto ¡si en cualquier momento encontrarías trabajo! Podrías ir durante el día a una fábrica, como aprendiz, o a trabajar de albañil…
—Sí. Podría hacerlo. Y lo haría.
—Y viviríamos juntos, y tu padre tendría que entregarte tus papeles, y podríamos…
—No, esto no. Contra la voluntad de mi padre no me caso. La Biblia dice…
Es singular, este hombre débil es inflexible en un punto: no quiere casarse contra la voluntad de su padre. Al principio de su amor ella le ha dicho varias veces que podría buscarse los papeles más imprescindibles a espaldas del padre y que ella ordenaría las amonestaciones. ¿Qué iba a cambiar un matrimonio puramente oficial? ¿Cómo podía el padre molestarse por ello, si ni siquiera se enteraría?
Mas no. En esto es él inflexible. En las clases de Religión de la escuela pública, de la preparación para la confirmación que le hiciera el Pastor Klatt, de los abismos de su alma turbia y oscura se desprende para él este sentimiento: casarse sin la bendición del padre trae desgracia. Necesita la bendición del padre. La bendición en que los demás ni piensan.
Y ella lo sabe, hasta lo ha comprendido. Ha comprendido que en el pecho de este hijo despreciado, el padre es, no solo el dios de la venganza, sino también el del amor; que este hijo despreciado es el que con más tuerza ama al padre. Y no ceja en su empeño en la esperanza de la boda, no por ella, sino por Gustavito, que lleva ya el nombre de pila del abuelo, pero que también alguna vez ha de llevar su honrado apellido. No puede ser de otra forma.
Por eso ansía la boda. ¡Solo por eso!
—¿No podrías, cuando menos, insinuárselo a padre, Otto? —le ha preguntado a menudo—. Alábame por lo menos una vez ante sus ojos cuando voy a trabajar a vuestra casa.
—Lo intentaré, Tutti —contestó él y, sin embargo, no había hecho ni un intento de hablarle.
Es este el único punto en que no están de acuerdo y que saca ella siempre a discusión, a pesar de que sabe que a él le apena. No quiere hacerlo, pero siempre le acude a los labios como le acaba de ocurrir ahora, sin haberlo deseado.
Con presteza añade:
—No, tienes razón. Precisamente ahora no seria indicado, teniendo padre tantos cuidados.
Y mira hacia adelante. Temblando, se posa su mano sobre la mesa, hacia la de él.
—¿No estarás enfadada? —pregunta él, temeroso.
—No, no —le asegura ella prestamente—. Solo que…
—¿En qué piensas? —pregunta él al ver que no sigue hablando.
—Pienso en el asesinato del príncipe austríaco —contesta ella— y en que la gente opina que habrá guerra…
—¿Sí? —pregunta él sin comprenderla.
—¿Tendrías que ir a la guerra, no es cierto?
El asiente.
—Otto —dice ella febrilmente, oprimiendo su mano—. Otto, ¿irías a la guerra sin haberte casado conmigo? ¡Oh, Otto! ¡No lo digo por mí! Pero Gustavito no habría tenido nunca padre si algo te sucediera…
El mira hacia el niño que juega pacíficamente.
—Si hay guerra, Tutti, entonces me caso contigo —dice—. Te lo prometo. Y al ver la luz que hay en sus ojos dice débilmente—: Pero no habrá guerra…
—¡No! ¡No! —grita ella, apresuradamente, aterrorizada por sus egoístas deseos —. ¡Esto sí que no! ¡A este precio no!
18
Como todas las tardes, el férreo Gustavo había estado en el patio cochero, había pasado las cuentas con los coches de punto de servicio diurno ya de regreso y preparado los coches nocturnos para el trabajo, como todas las tardes. Quizás estuvo un poco más parco de palabras que de costumbre, pero en la excitación general pasó esto inadvertido. Pues aquella tarde los cocheros estaban excitados.
—¡Va a haber guerra! —habían dicho unos.
—¡Simplezas! —exclaman los otros—. El Kaiser acaba de partir de Kiel de nuevo. ¡Si hubiera guerra vendría a Berlín!
—Pero la regata de Kiel se ha aplazado.
—Porque están de luto, no por la guerra. Está con sus parientes.
—«El Noticiero» local dice…
—¡Tú y tus estúpidos noticieros de escándalos! «Adelante» dice que tenemos ciento diez social-demócratas en el Reichstag y que están unidos con los propietarios de todo el mundo: no tendremos guerra.
—¡Calma! —ordenó Hackendahl.
—No admitimos de los capitalistas ni un céntimo para la guerra…
—¡A callar! —ordena Hackendahl de nuevo—. En mi patio no quiero oír estas habladurías.
Callan, pero siguen murmurando a espaldas suyas, y esta vez no le preocupa, por mucho que otras le enfurezca. Tampoco hoy le alegra la recaudación diurna que de nuevo es inusitadamente crecida. Se nota que en Berlín sucede algo. La gente estaba intranquila, no permanecían en sus casas, salían a la calle, se dirigían del Reichstag al Palacio, del Palacio al Ministerio de la Guerra, y de este a las redacciones de los periódicos. Querían enterarse de algo, ver algo. Mas el Palacio estaba a oscuras, el yate del Kaiser bogaba con su dueño por el Cabo Norte; solo al relevo de la guardia podían mostrar su júbilo.
El viejo Hackendahl prohibió en su patio habladurías rojas y siguió luego haciendo sus cuentas. La liquidación diaria era rica, pero ni lo uno le disgustaba ni lo otro le alegraba, y las habladurías sobre la guerra no le interesaban, ¡no interesaban al viejo militar! Pensaba continuamente: «¡Mi Erich se ha marchado! Precisamente cuando me disponía a sacarle del sótano, y cuando quería decirle que podía volver a la escuela y que todo estada saldado ya, precisamente entonces se ha marchado».
En el patio reina la calma. Los cocheros diurnos se han ido a sus casas y los nocturnos a su trabajo. Hackendahl mira hacia arriba, hacia su casa; en el exterior queda todavía algo de luz del atardecer, mas en el dormitorio matrimonial arde ya la luz. Madre se va ya a la cama. Podría ir él también a acostarse, pero da media vuelta y se dirige al establo.
Rabause reparte a los caballos el segundo pienso, mira de soslayo al jefe, carraspea, cual si se dispusiera a decir algo, y calla.
Un poco más allá, Otto frota con paja a un caballo.
El cochero lo ha derrengado para alcanzar un tren y ganarse una propina de un marco. Hackendahl se planta allí y contempla pensativamente el masaje:
—¡El vientre, Otto! ¡No te olvides del vientre! —grita finalmente con voz seca.
Otto dirige a su padre una mirada corta y turbia, y frota con vigor el vientre del caballo. Este proceder cosquillea al rocín, que empieza a danzar inquieto y resopla…
—¡Con más energía! —exclama el padre—. ¿Crees que el rocín es una señorita?
Es el tono acostumbrado de los suboficiales, empleado por la fuerza de la costumbre. De nuevo dirige Otto una mirada a su padre. Esta mirada procede de un ojo hinchado y amoratado: el padre le pegó inmediatamente se enteró de que había libertado a Erich. Otto no logró enunciar la frase enseñada por Tutti, tan presto y fuertemente le pegó el padre.
El padre mira casi con odio al hijo entregado al masaje del rocino Sin la precipitada hazaña de liberación de este rapaz, el padre hubiera libertado a Erich y todo hubiese acaecido perfectamente. Por una vez que el que el moscas muerta emprende algo por iniciativa propia, por una sola vez, lo estropea todo.
El padre mira con ira y odio a su hijo mayor.
—¡Levántale la pierna! —grita—. ¿No ves que le haces daño?
El hijo le levanta la pierna, se la coloca sobre la rodilla y sigue frotándola.
—Hoy harás guardia en el establo —ordena Hackendahl—. No quiero que duermas en mi casa.
El hijo sigue frotando.
—¡Estarás hoy de guardia! —vocifera el padre—. ¿No me has entendido?
—Sí, padre —dice el hijo con voz militarmente alta y clara, como se le ha enseñado.
El padre mira una vez más a su hijo con los ojos radiantes de ira, y decide si debe decir algo más que le haga comprender el grado de su desprecio. Mas prescinde de ello. Es demasiado débil; dirá siempre obedientemente «si, padre»; no conoce la resistencia, tal como tampoco levanta el brazo cuándo se le pega en la cara. Es una esponja; se le puede llenar y comprimir como se quiera, y no se inmuta.
Hackendahl da la vuelta y sale del establo. En el momento de pasar ante el viejo Rabause, que sigue administrando el pienso, dice con aire de concesión:
—Cuando acabes de dar el pienso, puedes irte a: casa a dormir. Hoy te doy fiesta, Rabause.
El viejo Rabause le mira de soslayo; esta vez se atreve a hacerlo y abre la boca.
—He dormido durante el día, señor —balbucea—. No necesito dormir por la noche; Otto lo necesita.
Hackendahl fulmina con una mirada al rebelde; no necesita de ningún defensor de su hijo. El propio hijo es el que debe defenderse si se comete con él alguna injusticia. Pero no se ha cometido desaguisado con él.
—Además, también he contribuido yo a forzar la cerradura del sótano, señor — explica Rabause. Lo encontré justo.
—Ah, ¿sí? —pregunta Hackendahl lentamente—. Conque… ¿Y crees, viejo borracho, que voy a saltarte la piel de la cara como a Otto? Eso es lo que tú quisieras, para que después te pudieras ir haciendo la víctima y el mártir. Pero no te daré este gusto; eres un alfeñique, igual que tu querido Otto. ¡Alfeñiques los dos! ¡Qué asco me dais! —Casi temblando de ira, contempla al viejo—. A las diez te vas del establo y duermes en tu casa, ¿comprendido? —vuelve a gritar—. Este, este, este —señala con el dedo hacia atrás—, este se quedará de guardia.
Y cierra la puerta del establo tras de sí.
19
Veinte pasos patio arriba, veinte pasos patio abajo. La noche cae, la turbulenta ciudad se va apaciguando, mas en el interior de él no se hará jamás la calma, siempre irá empeorando, empeorando todo. Ni tan siquiera por una vez ha obrado Otto por propio impulso, libertando al hermano; el muy torpe ha necesitado que Rabause abriera el fuego, y él no ha hecho más que seguirle los pasos, tal como durante toda su vida no ha hecho más que seguir los pasos de alguien. Y un ser así es el que le queda a uno en casa, en tanto que el amado, el lleno de vida, huye airado.
Y este corre por el mundo sin dinero, sin comida, sin hogar: sin ninguna clase de apoyo, queda expuesto a todos los peligros de la gran ciudad. ¿Qué será de él?
Grumete de Hamburgo, legionario francés, suicida en el canal de Lanwehr, y lo de menos es que se imagina a su hijo preferido durmiendo en un banco del parque zoológico. ¡Los policías le arrojarán de allí, pues está prohibido dormir al aire libre! El hijo pródigo, entre los cerdos, justamente esto, de él se habla en el Nuevo Testamento, pero no se dice en él ni una palabra de cómo se sintió el padre durante el largo periodo de separación.
Hackendahl da la vuelta y sube presuroso las escaleras, atraviesa el vestíbulo y entra en el dormitorio.
—¿Dónde está Erich?
La madre tiene un sobresalto, se incorpora y lo contempla.
—¿Qué tienes, padre? ¡Qué susto me has dado!
—¿Dónde está Erich? Eso es lo que quiero saber.
—¡Qué sé yo! Ni siquiera me dijo adiós antes de marcharse…
Se detiene. Teme que haya delatado su participación en el hecho, mas él no ha prestado atención. Lo único que quiere saber es dónde está Erich.
—¡No es verdad! —grita furioso—. ¡Tú sabes dónde está!
—¡Te aseguro que no! ¡También a mí me preocupa! Otto le ha buscado, pero él ya se había marchado…
Hackendahl reflexiona.
—No es cierto —dice—. Erich no hubiera huido así. ¿Le has dado dinero?
—¡Nada! ¡Ni un céntimo! —dice ella con tono doliente—. ¡Muy bien sabes tú que no tengo dinero!
Ya está él completamente convencido de que miente. Han escondido en algún sitio a Erich. ¡Demasiado bien le conoce! ¡Como si Erich se hubiera ido de casa sin dinero!
—¡Ya lo sacaré yo en limpio! —dice con tono amenazador, y abandona súbitamente la habitación, para irse al cuarto de las hijas…
Reina allí una casi obscuridad. Eva está echada en la cama. A la última claridad diurna ha estado jugando con sus joyas, se ha probado el anillo, ha prendido los broches en su camisa de dormir, ¡son tan hermosos!
Cuando aquel mediodía llegó a casa se enteró de lo que había ocurrido con lo robado que tenía escondido en la lámpara y que había mantenido en el más absoluto de los secretos… ¡Y ahora estaban todos enterados de ello! ¡Ah, la ira la dejó desconcertada! ¡Lo que más a gusto hubiera hecho era dirigirse a la policía y denunciar a su hermano, a aquel rastrero maleante!
Mas allí estaban todas aquellas joyas, entre sus temblorosas manos. ¡No podía tener que ver con la policía! Con morbosa curiosidad había estado leyendo la descripción del robo de las joyas en el diario. Naturalmente, cunde la opinión de que el joven y la muchacha son colaboradores, de que ambos trabajan juntos en refinada combinación. Se había encontrado su bolsa de hule…
No, no quedaba más que el silencio y la paciencia; las joyas se deslizan entre sus manos, y esto la hace dichosa. A principios de la mañana ha estado pensando que también ella quería tener su participación en las cosas bonitas de este mundo, y ahora posee ya algo. ¡Posee mucho! ¡No se separará jamás de ese tesoro! ¡Guardará silencio!
Oye los pasos del padre en el corredor, sus denuestos, la voz llorosa de la madre. Prestamente esconde las joyas en una bolsita que cuelga luego entre sus senos por medio de un cordoncito delgado y firme. Luego se vuelve hacia la pared y finge dormir…
El padre está en el umbral de la puerta, escucha.
Desde hace tiempo se ha dedicado a escuchar el dormir de sus hijos; sabe de todos sus ruidos, conoce inmediatamente cuándo fingen y cuándo no…
—¡Eva! —exclama con tono agrio—. Sé que no duermes. ¿Dónde está Erich?
—No lo sé, padre…
—Vaya si lo sabes. Dímelo inmediatamente. —Y casi suplicante, añade:— Sé razonable, Evita; no voy a hacerle nada. Quiero únicamente saber dónde está.
—De veras que no lo sé, padre. Había ido de compras cuando ocurrió toda la comedia. Te lo aseguro, padre. Te lo diría. Por otra parte, yo no le hubiera libertado.
Si esta hija es de la opinión de su padre. A Erich no se le hubiera debido dejar salir. Pero por raro que sea, al padre no le parece bien, expuesto en esta forma.
—No quiero saber —dice— lo que tú piensas. Entérame mañana de si viene Erich o de si manda algún recado, y dímelo inmediatamente.
—Sí, padre.
—¿Lo harás?
—¡Pues claro, padre!
—Bien.
Hackendahl se vuelve, dispuesto a irse, cuando cae en la cuenta de que la segunda cama de aquel cuarto está sin deshacer, y pregunta:
—¿Sofía vuelve a tener servicio nocturno?
—¿Sofía? ¿Es que no te ha dicho madre que también Sofía se ha marchado?
—¿Cómo que se ha marchado?
—Se ha ido con sus piadosas enfermeras. Este mediodía se ha trasladado a vivir a la clínica con todo su equipaje. No éramos lo suficientemente piadosos para ella. Dijo que nos peleábamos con demasiada frecuencia.
—¡Vaya! —se limita a contestar el padre—. ¡Vaya! Bueno, buenas noches, Evita.
Lentamente cierra la puerta y se queda durante un buen rato en el pasillo. Golpe tras golpe y cada vez peor; dos hijos perdidos en un solo día.
«Y tampoco Sofía me dijo adiós. ¿Qué les he hecho yo para que me traten de esta forma? Bueno, sí, he sido inflexible; pero un padre tiene que serlo. Tal vez no he sido lo suficientemente inflexible. Ahora veo lo débiles que son y cómo huyen en cuanto surge alguna dificultad. Hubieran tenido que ser soldados. Con los dientes apretados, sin pestañear y adelante».
Y allí se queda durante largo rato, pasando de un pensamiento a otro; quejumbroso, gruñón, airado. Pero por mucho que les dé vueltas a sus pensamientos, está decidido a no ceder, a no ser blando. Le han herido gravemente, mas no se queja de sus heridas, se queja de que los hijos puedan ser enemigos de su padre, de que le releguen a segundo término.
No, el férreo Gustavo no cede; endereza sus espaldas y emprende la acostumbrada ronda nocturna por la casa. No se esconde en la cama entre lamentaciones, va al dormitorio de los hijos. Los pasos resuenan en él, las camas se destacan débilmente en la oscuridad; de tres que hay en la habitación, dos están sin deshacer…
—Buenas noches, padre —dice Heinz.
—Buenas noches, Bubi. ¿Todavía no duermes? Hace ya rato que debieras estar dormido.
—Ya me dormiré, padre. Tú sigues en pie y te levantas tres horas antes que yo.
—Los viejos no necesitan dormir mucho, Bubi.
—¡Pero tú no eres viejo, padre!
—Vaya si lo soy.
—Vaya que no.
—Que sí.
—No.
El padre recorre el cuarto sumido en la penumbra, y se sienta en la cama del pequeño, preguntándole, en tono de camaradería y nada paternal:
—¿Tienes alguna idea de adónde haya ido Erich?
—Ni idea, padre. ¿Te preocupa?
—Sí; en casa no hay nadie que sepa dónde está.
—No creo que sepan nada, pero mañana veré si me entero, en el colegio. Tal vez sus amigos sepan algo.
—No dejes de hacerlo, Bubi.
—Descuida, padre.
—Y podrías también ir a ver al director. Le había prometido que mañana volvería a mandar a Erich a la escuela. Ya no puedo hacerlo. Explícaselo tal como es…
—¡Oh, padre!…
—¿Que?
—Que no quisiera mañana tener que ir a ver al dire…
—¿Por qué no? ¡Y no quiero que le llames el dire!
—Es que tal vez quiera castigarme. Precisamente hoy uno de mi clase y yo nos hemos pegado, y Kunze nos ha apuntado y ha dicho que se lo dirá al dire… al director.
—Y, ¿por qué os habéis pegado?
—¡Ah, porque sí! Tiene una cara que está pidiendo a gritos que se la ablanden a golpes.
—¿Y se la has ablandado?
—Y tanto, padre. ¡Para obtener nota! Al final lo único que le preocupaba era poder respirar un poco, y estaba continuamente gritando «pax».
—¿Qué quiere decir «pax»?
—Pues, paz. Es lo que uno grita cuando ya no puede más de golpes.
—Bueno, pues por esto puedes ir tranquilamente a hacer mi encargo con el, director. Precisamente el señor director y yo os hemos estado mirando desde la ventana mientras os pegabais.
—¡Estupendo! ¡Tenía ya un resquemor! Un cuatro en conducta me hubiera fastidiado.
Durante unos momentos reina el silencio. El padre se ha pacificado y tranquilizado al lado de aquel hijo.
—Bueno, pues, muy bien, Bubi, no te olvides de ello. ¡Que duermas bien!
—Y tú, también, padre. No te preocupes por Erich.
Es más ladino que tú, que yo y que el director juntos. Erich saldrá siempre adelante de todo.
—Buenas noches, Bubi.
—Buenas noches, padre.