Hasta que la magia nos separe
12. Una noche mágica
12
Una noche mágica
—Así que esta es la segunda ubicación… —dije al bajar del coche.
El crepúsculo comenzaba a teñir el cielo de un rosa anaranjado que pronto se volvería violeta, y un escalofrío me recorrió al ver adónde nos había llevado la segunda pista de Brujactual1996: una casa abandonada al final de una calle de aspecto solitario a las afueras de Salem.
—¿Entramos? —preguntó Tom, que no parecía darse cuenta de lo siniestro que era aquel lugar, y me dio un golpecito en la espalda para animarme a entrar en el jardín. La verja herrumbrosa estaba abierta, y tenía toda la pinta de que hacía décadas que nadie la había franqueado.
—Claro… —respondí sin dar ni un paso—. Aunque estoy segura de que aquí nadie nos ofrecerá té y pastas…
—Y si alguien nos las ofrece, te aseguro que estarán más rancias que las de la viejecita del otro día —replicó Tom con una sonrisa.
—Debe de ser una de las casas más antiguas de Salem, ¿no?
—Tendrá cinco siglos por lo menos…
Me armé de valor y toqué el cuarzo de mi madre disimuladamente, haciendo ver que me rascaba como si me picara el cuello. Tom había demostrado ser muy observador, y no quería que volviera a preguntarme por aquel colgante con una piedra «de bruja». Avanzamos por el jardín, que el tiempo y el abandono habían convertido en una selva, atravesando zonas que parecían pasadizos con paredes y tejados de maleza. Cuando vimos la entrada de la casa deseé por un momento que el acceso estuviera cerrado
con una gruesa cadena y un candado, porque así podríamos irnos de allí a toda prisa: era evidente que nadie había pisado aquella finca en años. ¿Por qué iba a haber pasado mi madre por allí? No tenía sentido.
Pero al acercarnos me di cuenta de que la casa, al contrario de lo que yo había deseado, nos invitaba a visitarla. La puerta estaba ligeramente entreabierta, aunque la rendija que la separaba del marco estaba totalmente cubierta por telarañas blancas, gruesas y polvorientas.
Me quedé quieta delante de aquella demostración de paciencia y laboriosidad, hasta que Tom apartó las telarañas con un manotazo.
—No te dejarás impresionar por unas cuantas arañas, ¿no?
—Claro que no —respondí con vehemencia, esperando convencerme a mí misma más que a él.
Como no podía ser de otro modo, la puerta chirrió y nos encontramos en un recibidor espacioso y tétrico, con una escalinata gigante justo enfrente.
Al caminar, el suelo crujía bajo nuestro peso, y me acerqué un poco más a Tom.
—Con cuidado, ¿eh? —dijo él dirigiéndose a la izquierda, donde había un salón oscuro—. Los tablones del suelo podrían estar podridos…
—¿Crees que podrían deshacerse con nuestras pisadas? —pregunté adentrándome en el tenebroso salón.
—Podría ser —dijo Tom—. ¿Ves?
Tocó con suavidad una de las cortinas que cubrían las ventanas y la tela se deshizo en su mano, convirtiéndose en polvo.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, distinguí varios muebles y objetos cubiertos por sábanas. Nos acercamos a lo que parecía un sofá con capacidad para diez personas o más, y comprobamos que las sábanas no estaban en un estado mucho mejor que las cortinas.
—Por aquí no ha pasado nadie en muchos años —dijo Tom—. ¿Estás segura de que la dirección es correcta?
Comprobé mi móvil, aunque por supuesto lo había verificado tantas veces que me sabía la dirección de memoria.
—Es aquí —le respondí.
—Bueno, podemos subir arriba a ver si hay alguna habitación con pinta de haber sido habitada en el último siglo… —dijo él.
—¿Crees que será seguro? —pregunté cuando estuvimos delante de la escalera.
Tom pisó con fuerza los primeros escalones, y la madera soportó su peso.
—Parece de buena calidad. Confiemos en que hayan sido las arañas las que se hayan apoderado de la mansión y no las termitas…
Sonreí.
—Muy gracioso.
Pero la verdad es que a su lado me sentía bien, y poco a poco iba ganando confianza y relativizando el aspecto lóbrego de aquel lugar.
Subimos con cautela y llegamos a la primera planta, que recorrimos de arriba abajo sin encontrar nada más que habitaciones con camas polvorientas y muebles tapados con sábanas.
—No parece que tu madre haya estado aquí… —dijo él.
Oí unos golpes contra la madera, y me asusté.
—¿Lo has oído tú también? —le pregunté, acercándome a abrazarlo.
—Sí. Creo que venían de…
Los golpes volvieron a sonar, y Tom terminó la frase:
—… ese armario de allí.
Una zona del pasillo estaba ocupada por armarios empotrados, y Tom se dirigió hacia ellos. Lo seguí, pegada a él, y contuve el aliento mientras abría la puerta tirando del pomo.
—¡Ah! —grité al ver algo que salía disparado del armario y pasaba a escasos centímetros de mis pies. Me arrapé a Tom todo lo que pude, y me di cuenta de que él estaba disimulando un ataque de risa.
—Margaret, solo era un ratón —dijo.
—O una rata… ¿Has visto lo enorme que era? —pregunté, sin dejar de abrazarlo, sonriendo por lo pava que había sido.
Él me miró un rato, sonriendo también.
—Margaret Finneman, te quiero.
Me quedé inmóvil, emocionada y sorprendida por su declaración, sin saber qué decir y deseando que aquel abrazo no terminara nunca…, pero otro ratón salió de su escondrijo, di un bote y me eché a reír.
—Vale, salgamos de aquí, ¿quieres? —le pedí, y lo agarré de la mano para tirar de él hacia abajo, y luego salí por la puerta y avancé por el jardín, que ya estaba a oscuras, sin soltarlo en ningún momento.
Al día siguiente, en el instituto, estábamos Lena, Zoe y yo en el pasillo cuando vimos a Zack a lo lejos.
—Ahí va nuestro querido capitán —comentó Lena con una sonrisa traviesa—. Parece que ha tenido que afeitarse la cabeza… ¡Cómo me hubiera gustado verlo con los mechones de pelo en la mano!
Sonreí, intentando no mirarlo directamente, y fui hacia mi taquilla para dejar los libros que no necesitaría hasta la tarde. Pero al ver la cara de agobio de Zoe supe que algo no iba bien: seguramente Zack estaba viniendo hacia nosotras, pero no iba a dejarme intimidar. Me obligué a no mirarlo, metí los libros a toda prisa y cerré la taquilla.
—Vamos —dije a mis amigas.
Caminamos hacia el aula en la que teníamos clase, y al pasar frente a los baños, Zack apareció de la nada y me empujó dentro. Lena y Zoe me siguieron, preocupadas.
Zack abrió una por una las puertas de las cabinas y, cuando hubo comprobado que no había nadie en ellas, me miró con cara de odio y habló, masticando las palabras con desprecio:
—Oye, friki gótica, ¿tú quién te crees que eres? —dijo empujándome contra la pared con un brazo y bloqueando con el otro la puerta de entrada.
Me tenía acorralada, pero de todos modos yo no iba a escapar. Me negaba a sentir miedo ante ese tío, aunque al mismo tiempo no sabía hasta dónde sería capaz de llegar. En todo el tiempo que había estado con él, nunca había visto en sus ojos aquella ira.
—¿No nos han presentado? Soy Margaret, ¿y tú? —respondí, intentando mostrarme más segura de lo que en realidad estaba.
Zoe y Lena quedaban detrás de él, y cuando Lena intentó agarrar el brazo con el que se apoyaba en la puerta para desbloquear la salida, Zack la apartó de un empujón que la lanzó hacia atrás e hizo que se golpeara contra la pared. Sin ni siquiera pestañear.
Yo ya sabía que Zack Walker era muy fuerte, pero aquel nivel de agresividad y aquella demostración de poder me asustaron más de lo que me hubiera gustado admitir.
Como no pensaba darle el gusto de que lo supiera, lo miré fijamente a los ojos y le dediqué una sonrisa sarcástica.
—¿No te gusta cómo te queda tu nuevo corte de pelo? —pregunté.
—Gilipollas, sé que habéis sido tú y las zorras de tus amigas —
respondió con una calma que no me gustó nada.
—Te equivocas —repuse—. Hace tiempo que no pienso en ti, Zack, y la verdad es que cada día que pasa me alegro más de no hacerlo.
Acercó su cara a la mía hasta quedar a unos milímetros, y masculló:
—Margaret, esto es un aviso. La próxima vez no seré tan amable, así que ten cuidado… ¿Sabes?, alguien podría hacerte daño.
Se apartó con brusquedad, abrió la puerta y se fue.
Nos quedamos las tres calladas, y luego dejé escapar un largo suspiro por toda la tensión acumulada, mientras intentaba procesar lo que acababa de ocurrir.
—Zack te acaba de amenazar… ¡Esto es increíble! —exclamó Zoe.
—Hay que denunciarlo inmediatamente —propuso Lena.
—Es justamente lo que voy a hacer —dije con determinación—. Ahora mismo subo al despacho de la directora a contárselo.
—Te acompañamos —dijo Zoe, y Lena asintió.
Golpeé con los nudillos la puerta del despacho de la señora Greenberg, y no la abrí hasta que oímos que nos invitaba a pasar.
—Adelante.
Entré, seguida por Lena y Zoe, y la directora arqueó las cejas al vernos y preguntó:
—¿Puedo ayudarte en algo, Margaret?
—Sí —respondí—, quiero denunciar a Zack Walker por amenazas.
La señora Greenberg parpadeó varias veces seguidas, se quitó las gafas, se levantó y nos invitó a sentarnos alrededor de su mesa de reuniones.
—Muy bien, Margaret, cuéntame lo que ha pasado —dijo cuando estuvimos las cuatro sentadas.
Le expliqué que Zack me había acorralado en los baños, que me había acusado de ser la culpable de lo que le había ocurrido en el pelo y que me había dicho que fuera con cuidado porque alguien podría hacerme daño.
—Una amenaza en toda regla —apostilló Lena, y Zoe asintió enérgicamente.
—Desde luego —dijo la directora—. Y es una cosa muy seria.
¿Entiendo que vosotras estabais también allí? —añadió dirigiéndose a Lena y Zoe.
—Sí —respondieron las dos a la vez.
—Y confirmáis la versión de Margaret —repuso, mirándolas muy seria.
—Por supuesto —dijo Lena—. Lo que ha contado Margaret es la verdad.
—Y, además, cuando Lena ha intentado apartarle el brazo con el que bloqueaba la puerta, le ha pegado un empujón y se ha dado un golpe —
añadió Zoe.
—Sí, pero no me ha hecho daño —puntualizó Lena.
La directora nos miró una por una, como si intentara calibrar algo que iba más allá de lo que le estábamos contando.
—Bueno, supongo que vosotras también habréis oído los rumores que circulan por el Westwood… sobre que alguien se coló en el vestuario de los chicos y cambió el champú de Zack por algún tipo de substancia depilatoria, con lo cual perdió la mitad de su pelo. ¿Me equivoco?
—Lo hemos oído, claro —respondió Zoe.
—Nosotras no fuimos —mentí con convicción.
Zoe y Lena también lo negaron.
—¿Y no tenéis ni idea de por qué os ha culpado de lo que le ha ocurrido a su pelo? —preguntó la señora Greenberg.
—Verá, Zack y yo hemos estado saliendo desde antes de Navidad —
expliqué—, no muy en serio… Hace poco le dije que no quería seguir con él, y no se lo tomó demasiado bien. Puede que haya pensado que acusarme sería un buen modo de…, no sé, de sentirse recompensado. Pero no lo sé, es una suposición. Lo que tengo claro es que no puedo permitir que un chico me amenace, ¿entiende?
La directora asintió.
—En eso estamos totalmente de acuerdo, Margaret. Abriré un expediente a Zack Walker. Y ahora, por favor, volved a vuestras clases.
Por la tarde, al salir del instituto, y aunque había aparentado normalidad durante todo el día (especialmente en el comedor, donde Zack se hizo notar con su grupito de amigos más que de costumbre), todavía sentía el cuerpo agarrotado y no podía dejar de pensar en lo que había pasado.
Mientras Zoe, Lena y yo nos dirigíamos al aparcamiento, tuve que inspirar hondo varias veces seguidas para recuperar un poco la serenidad, y de todos modos no lo conseguí.
Subimos al coche de Zoe, y cuando en mi móvil sonó el aviso de un mensaje, temí que fuera Zack amenazándome otra vez. Pero por suerte no era él, sino Tom. Me mandaba la última ubicación en la que habíamos estado siguiendo la pista a mi madre y una hora: las 7 p. m.
Eso me tranquilizó. No solo porque no era Zack, sino porque pensé que Tom habría encontrado algo importante relacionado con mi madre. Tal vez había regresado a la mansión abandonada y había visto algo que se nos había pasado por alto. Estaba encantada de reunirme allí con él, porque lo que necesitaba en ese momento era olvidarme de lo que había ocurrido en el Westwood y centrarme en algo mucho más importante, y dejarme abrazar por Tom, y perderme en sus ojos castaños. Eso también me iría bien.
—Zoe, ¿te importa acercarme hasta otro sitio? He quedado con Tom —
le pedí.
—Claro. ¿Adónde te llevo? —dijo ella.
—A Salem, por favor. Ya te indicaré el camino —contesté—. Y gracias.
Cuando llegamos a la casa abandonada de Salem, bajé del coche y vi a Tom, que me estaba esperando apoyado en la verja del jardín, junto a su coche aparcado. Saludó a Zoe y a Lena con la mano. Ellas le devolvieron el saludo, y yo caminé hacia él. Al ver mi expresión alterada me abrazó sin decir ni una palabra.
Oí las ruedas del coche de Zoe al girar y el ruido del motor alejándose, y seguí con la cara hundida en el pecho de Tom, disfrutando de su olor y su calor, sintiéndome a salvo en sus brazos. Tardé un buen rato en despegarme de él, y entonces lo miré y él dijo:
—Margaret, ¿ha pasado algo?
—Sí, pero ya está. Ahora estoy mejor —respondí, colocándome bien el sombrero, que se me estaba a punto de caer—. No tengo ganas de hablar del asunto, no me preguntes, por favor. ¿Qué? ¿Has encontrado algo importante? —dije para cambiar de tema mirando hacia la vieja casa—. ¿Se nos pasó alguna señal, algún rastro…?
—No… no es eso —dijo Tom—. Es otra cosa… Margaret, ¿tú confías en mí?
Por toda respuesta, asentí.
—Vale, entonces sígueme —dijo él, y me cogió de la mano para adentrarnos en el selvático jardín.
Al llegar a la entrada me pareció que tras las gruesas cortinas la casa estaba iluminada, pero pensé que sería el resplandor de los últimos rayos de sol.
—Ahora voy a taparte los ojos —dijo Tom—. Tranquila, será por poco tiempo.
Se colocó detrás de mí y puso las palmas de sus manos con delicadeza sobre mis párpados cerrados.
—Camina. Así, poco a poco, muy bien.
Avancé despacio, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío, disfrutando de aquella intimidad y aquella paz que solo Tom Mori tenía el poder de provocar en mí.
Entramos en la casa, giramos a la izquierda, caminamos juntos unos pasos y entonces Tom apartó las manos y…
—¡Oh! —exclamé.
El salón que habíamos visto el otro día no parecía el mismo. El suelo estaba limpio y los muebles destapados, las sábanas que los cubrían habían desaparecido y las pequeñas llamas de decenas de velas aromáticas titilaban, dispuestas por todos los rincones, dando al espacio un aire mágico y romántico a la vez. La mesa estaba puesta con sencillez y elegancia: un mantel blanco, dos platos, dos copas, una botella de vino en una cubitera, palillos sobre las servilletas rojas, varias cajas de sushi y una porción generosa de pastel de chocolate cuidadosamente envuelta.
—¿Te gusta? —me preguntó con una sonrisa, sin dejar de abrazarme por detrás.
—Tom, no es que me guste… ¡Me encanta! —Me volví para abrazarlo, lo besé con suavidad en los labios y añadí—: En serio, esto es justo lo que necesitaba hoy. Es precioso, es… perfecto. Gracias.
—Pues creo que no lo has visto todo… —dijo él.
Me agarró de la mano y me condujo hasta un rincón que no se veía desde donde estábamos, frente a la chimenea. Había un colchón hinchable doble, cubierto con una sábana y una manta de patchwork, y dos almohadones.
—¡Vaya, Tom! —exclamé—. Has pensado en todo…
—¿Te apetece pasar la noche conmigo? —me preguntó con seriedad.
—Sí. Claro que sí —respondí, y me volví para besarlo otra vez, pero esta vez no con tanta suavidad… Le empujé sobre la cama, donde caímos los dos, Tom debajo y yo encima de él, y entre risas volvimos a besarnos apasionadamente, y mis manos recorrieron su espalda, su cintura, su torso, y tiré de su camiseta hacia arriba, pero él me detuvo.
—No vamos a dejar que se enfríe el sushi, ¿no? —dijo.
Me incorporé y pensé que tenía razón: se había currado una cena romántica y se merecía que la saboreáramos.
—De acuerdo, Tom Mori, no dejemos que se enfríe el sushi… ni que se evapore el vino. Pero antes espera un momento, que tengo que avisar a mi padre de que no iré a cenar… ni a dormir.
Mandé un mensaje a mi padre diciéndole que pasaría la noche con Zoe y Lena, y luego las avisé a ellas y les pedí que me cubrieran las espaldas.
Luego fuimos hacia la mesa, Tom descorchó la botella y sirvió vino en las dos copas.
—Porque tus deseos se cumplan —dijo solemnemente alzando la suya.
Pensé en mi madre, pero fue un pensamiento fugaz. Me sentía demasiado feliz para dar vueltas a mis problemas. Levanté mi copa y dije:
—Y porque los tuyos también.
Brindamos, bebimos y nos sentamos a comer.
Fue una noche fantástica, de las mejores de mi vida. Disfrutamos el sushi y descubrimos que los dos preferíamos los picantes de atún, nos terminamos la botella y no dejamos ni las migas del pastel. Hablamos de nuestras películas favoritas, imaginamos cómo sería la familia que habría
vivido en aquella casa y planeamos cómo la reformaríamos si viviéramos en ella. Y, a la luz de las velas, nos tumbamos en la cama y nos desnudamos el uno al otro sin prisa, sabiendo que teníamos todo el tiempo del mundo. Tom besó la marca de nacimiento de mi muñeca, y no me importó. No preguntó qué era, ni comentó su particular forma, simplemente la besó. Y muy despacio, debajo de la manta, dejamos que nuestros cuerpos se conocieran hasta el último rincón. Hice el amor con Tom Mori convencida de que ese era el momento adecuado y él, el chico adecuado. Y deseé volver a hacerlo otra vez, y que aquella noche no acabara nunca.
Al terminar, sin querer despegarnos, nos miramos a los ojos en silencio.
—Tom, no me abandonarás, ¿verdad? —le pregunté mientras veía en su mirada la fecha que anunciaba el final de nuestra relación.
Tom negó con la cabeza y me acarició el pelo.
—Nunca, Margaret —respondió.
Lo besé, cerré los ojos y me quedé dormida en sus brazos, mientras las velas se consumían y llenaban el aire con su aroma, que se mezclaba con el olor de nuestros cuerpos impregnando aquel lugar, tanto tiempo abandonado, de vida y esperanza.
Soñé que Tom y yo corríamos por un jardín. Era el jardín de la casa abandonada, y seguía siendo selvático, pero no era amenazante sino acogedor; estaba lleno de flores de todos los colores, de sauces que derramaban sus hojas hasta llegar al suelo y que yo atravesaba como si fueran cortinas corriendo detrás de Tom. Cuando por fin le di alcance y él se volvió a mirarme, en sus ojos color avellana no había ninguna fecha: solo había amor.
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