Hasta que la magia nos separe

Nohewi · Capítulo 2 de 20

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Hasta que la magia nos separe

2. Su recuerdo

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Su recuerdo

Los dedos de mamá abrían caminos en mi pelo y me provocaban escalofríos. Era una sensación muy agradable: me encantaba que me peinara, que fuera tarde y estuviéramos las dos solas en mi cuarto. Por la ventana se veía la noche oscura, y sobre mi mesilla, una lámpara en forma de luna iluminaba la habitación con una luz suave.

Sentía que nada malo podía pasar cuando estaba con ella.

Y, además, era el momento de hablar de nuestras antepasadas: las brujas.

No había nada que me gustara más que escuchar sus historias, excepto saber que mamá y yo también pertenecíamos a su estirpe.

Mi madre hablaba bajito y yo me esforzaba por mantener la boca cerrada, aunque podría haberle hecho mil preguntas, porque no quería perderme ni una sola de sus palabras. Al mismo tiempo, aunque lo que me contaba era más interesante que cualquier libro o película, también debía esforzarme por mantener los ojos abiertos. Sus dedos eran suaves y me relajaban mucho, casi demasiado, pero escuchaba con atención:

—Beatrice vivía en Salem, el pueblo que está al lado de Marblehead.

Tenía el don de ver las enfermedades en los demás, y por eso todos los habitantes de Salem, cuando se sentían mal, acudían a hablar con ella.

Beatrice los sentaba delante, cerraba los ojos y esperaba en silencio. Al cabo de un rato, señalaba una parte del cuerpo y decía el nombre del problema. Algunas veces podía ayudar a curar la enfermedad, pues conocía

los usos medicinales de todas las plantas, pero no siempre sus brebajes tenían suficiente poder para sanar lo que estuviera enfermo. Aquellas personas a las que Beatrice no podía dar un remedio se iban al curandero y le decían cuál era el diagnóstico que Beatrice les había dado. Eso lo enfurecía, porque el curandero, como casi todos los hombres de entonces, pensaba que las mujeres no tenían derecho a hacer su trabajo. Pero Beatrice nunca se equivocaba con sus diagnósticos, porque su don era infalible.

Todas las brujas tenían un don: la capacidad de hacer algo, o de saber algo, que nadie más podía hacer o conocer. Y por eso fueron incomprendidas, envidiadas y temidas. Cuando la gente tiene miedo suele enfadarse, así que en distintas partes del mundo los hombres poderosos intentaron acabar con las brujas, sobre todo en Salem. Y así aquellas mujeres inteligentes y únicas se fueron extinguiendo, y las pocas que se salvaron tuvieron que ocultarse y, sobre todo, ocultar sus poderes. Pero, como sabes, no todas murieron…

Beatrice se salvó y pudo tener a su hija, y tú, querida Margaret, eres una de sus descendientes: la número trece. Cada una de sus descendientes tiene un don, cariño. Como si en nuestro interior tuviéramos una cajita secreta y, cuando se abre, nos dice qué hay de especial en nosotras.

—¿Yo tengo una cajita, mami? —le pregunté, porque, aunque no me gustaba interrumpirla, porque temía que dejara de contarme las historias de Beatrice, me moría de ganas de saber si yo también tenía un poder especial, como las brujas.

—Sí, Margaret. Tú también tienes una cajita, pero debes esperar todavía un tiempo para que revele tu don.

Al despertar volvió a mí el recuerdo de aquellas noches y lo afortunada que me sentía acurrucada entre las piernas de mi madre. Reviví de nuevo el modo en que me peinaba y cómo al terminar me besaba la cabeza con tanta suavidad que casi era imposible notar su beso. Yo debía contener la insaciable curiosidad que sentía, porque cuando mi madre terminaba las trenzas y me daba aquel beso casi imperceptible, se acababan las historias.

Hace ya siete años que desapareció, y me he acostumbrado a vivir sin ella. Pero siempre me digo que podría haber esperado un poco más, un par

de años, tal vez. Se fue demasiado pronto y no puedo recordar muchas cosas de ella, y eso me da rabia. Pero sí recuerdo lo bien que olía su pelo cobrizo, los cosquilleos que me provocaban sus dedos al peinarme y lo feliz que me sentía por compartir un secreto con ella: aquellas noches no podrán borrarse nunca de mi memoria. Tampoco de mi corazón.

Yo deseaba con todas mis fuerzas que no acabara de trenzarme el pelo, porque yo quería saber más de las brujas, de Beatrice y de sus hijas, que eran mis tatarabuelas. Quería saber todos los dones y todas las historias de nuestras antepasadas, pero ni siquiera llegué a tiempo de que mamá me contara cuál era el poder que se escondía en su cajita. Supongo que por eso sigo llevando el pelo muy largo, como si algún día mi madre pudiera regresar, sentarse detrás de mí, deslizar sus dedos por mis cabellos y trenzarlos durante horas.

Pero sé que no.

Mamá siempre acababa con la misma frase: «Algún día descubrirás tu don, y tendrás que aceptarlo y esconderlo».

Si se hubiera quedado un poco más, me hubiera sido más fácil saber cómo usar mi don, comprenderlo. Ella ya no estaba conmigo cuando mi cajita se abrió y descubrí cuál era mi poder. Y sigo sin saber cómo usarlo, la verdad. Hubiera preferido el don de Beatrice, para ayudar a los demás a curarse, o el de Martha, que soñaba con lo que ocurriría al día siguiente, o el de Sarah, que controlaba el tiempo atmosférico a su antojo.

Mi don no se parece en nada a los poderes de esas antiguas brujas. Se activa con el primer beso en los labios que doy al chico que me gusta.

Entonces es cuando ocurre la magia: en los ojos del chico aparece una fecha…, la fecha en la que romperemos.

O sea que no es un don muy práctico, la verdad, porque les quita bastante emoción a mis aventuras amorosas. No importa si es un lío o algo más serio: cada beso me da una fecha. Cada principio viene con un final, y no es nada romántico. Es como ver en un yogur la fecha de caducidad.

Estaba abriendo mi taquilla, en el Westwood, para coger los libros de biología. Lena y Zoe estaban a mi lado, listas para marcharse, cargadas con sus lápices y cuadernos de dibujo. No iban a biología conmigo, habían preferido apuntarse a arte.

Tenía once años. Llevaba aparatos y estaba intentando despegarme un chicle de los dientes, porque acababa de descubrir que con hierros no podías comer chicle: se quedaba pegado en ellos. Estaba en el recreo, en un rincón, luchando por sacarme las hebras pegajosas de la boca sin que la maestra se enterase (no se podía mascar chicle en el colegio), cuando alguien me dio un toque en la espalda. Era Joel, un niño de mi clase. Joel era guapo y simpático: no era de los que tiraba pelotazos contra los demás para divertirse y contaba unos chistes graciosísimos. Me volví, cerré la boca para disimular los restos de chicle de mis dientes y me lo quedé mirando.

— Margaret —dijo él muy serio—. ¿Quieres ser mi novia?

Asentí, porque Joel me gustaba, pero no quería hablar, porque si abría la boca y me veía los aparatos llenos de chicle ya no querría ser mi novio.

Joel se acercó, frunció los labios y me besó.

Yo tenía la boca muy cerrada y los ojos muy abiertos, por nada del mundo me hubiera perdido mi primer beso. Y entonces lo vi. Había una fecha en los ojos de Joel: 11-10-2012. Me pareció raro, pero como nunca había besado a nadie, no le di mucha importancia. Cuando Joel se fue, me concentré en no sonreír para que no se enterara de que había besado a una niña con los dientes llenos de chicle.

No entendí lo que significaba hasta mucho tiempo después, cuando me di cuenta de que el 11 de octubre de 2012 Joel se fue de Marblehead y cambió de colegio, lógicamente, dejamos de ser novios.

Lena me dio un codazo y me avisó con nuestro código de localización:

—Se acerca el buenorro de Zack a las tres.

Nuestro código es bastante práctico para evitar meteduras de pata (aunque no las evita todas, claro), pero en ese momento tenía la cabeza en las nubes y miré en dirección a las tres, exactamente lo que se suponía que no debía hacer.

Zack Walker: el capitán del equipo de fútbol americano, irresistiblemente guapo y carismático, asquerosamente popular. Además, sus padres eran millonarios, así que de vez en cuando daba unas fiestas por todo lo alto en una casa que era cinco veces la mía, unas fiestas a las que ni yo ni mis amigas habíamos ido jamás, pero de las que habíamos oído mil historias por los pasillos. Zack era muy consciente de que tenía locas a prácticamente todas las chicas del pueblo.

Que Zack estaba hecho para gustar a todo el mundo era una evidencia.

Pero no me molesté en regalarme la vista contemplando su cuerpo esculpido por los dioses, primero porque aún tenía la cabeza en las nubes, y segundo porque, para Zack, yo era completamente invisible.

Además, había una tercera razón, quizá la más importante: yo sentía que Zack representaba un peligro, porque además de encontrarlo muy atractivo había algo en él que me resultaba interesante y despertaba mi curiosidad, y me había prometido a mí misma mantenerme alejada de los chicos que pudieran gustarme de verdad, para algo más que un lío.

Ese era el mecanismo de defensa que había establecido para convivir con mi don sin salir perjudicada: no es nada agradable que te guste un chico, conseguir que se fije en ti y, cuando le besas, ver en sus ojos el día exacto en que vuestra historia terminará.

A los catorce estaba locamente enamorada de Vince, tanto que a veces lo esperaba escondida en una esquina cerca de su casa para tropezarme con él como por casualidad. Una de esas veces, durante las vacaciones de Navidad, Vince me preguntó si quería acompañarlo al centro comercial a comprar un regalo para su hermana pequeña. Le dije que sí, que me encantaba comprar regalos y oír villancicos y ver las luces de las tiendas, cosa que era verdad, aunque por supuesto lo que más me gustaba de todo era pasear por Marblehead con él. Después de mirar mil cosas y acabar eligiendo un pijama rosa con capucha y orejitas para su hermana, al salir de una de las tiendas Vince señaló el muérdago que había colgado en la puerta y, sin decir nada, se acercó y me besó. Yo estaba entre eufórica y asustada, sin poder creerme que aquello me estuviera pasando. Cuando

abrí los ojos después del beso, nos miramos fijamente y vi la fecha en su mirada azul: 13-02-2015. Estuvimos saliendo ocho semanas y media, viéndonos los martes y los jueves, que eran los días que él no entrenaba, hasta que el 13 de febrero me dijo que quería romper porque le gustaba Alexis, una de las animadoras de su equipo. Me rompió el corazón, y yo rompí la tarjeta de San Valentín que llevaba semanas preparando.

Mi truco había sido muy útil: hasta el momento había podido aceptar los números que salían en los ojos de los chicos con los que me enrollaba sin sufrir por ello. No había llegado a enamorarme, porque no quería enamorarme y marcar los días en el calendario hasta llegar a la maldita fecha de caducidad.

Intentaba evitar que mi don se convirtiera en la tortura que en realidad era.

No, para eso prefería tener relaciones sin complicaciones, disfrutarlas y no pasarlo mal cuando acababan.

Una cosa por otra: no enamorarme, pero no morir de mal de amores.

De repente, mis amigas se alejaban con muy poca discreción mientras me decían con gestos que aprovechara la oportunidad, y Zack estaba a un palmo de mí, apoyado en las taquillas, en plan seductor. Tenía un brazo detrás de la espalda, y me pregunté si escondía una tarta y me la iba a aplastar en toda la cara. No sé, a veces pienso cosas así.

—Ey, soy Zack… —dijo él.

—Ya, y yo soy Margaret.

Respondí con frialdad, porque no me fiaba de sus intenciones. ¿Qué mosca le había picado a Zack Walker para bajar del Olimpo y dignarse a acercarse a mi taquilla y dirigirme la palabra?

—Me gusta tu sombrero —siguió él.

—Grac…

—Pero creo que este te queda mucho mejor —me interrumpió sacando de detrás de su espalda mi sombrero favorito.

El sombrero que había perdido el día anterior en nuestra venganza contra el ex de Lena. El que constituía una prueba de lo que habíamos

hecho, en definitiva.

Intenté reaccionar con rapidez, pero él fue más ágil que yo. Supongo que estaba mucho más acostumbrado a ese tipo de situaciones.

—¿Te gustó lo que viste? —me preguntó.

Por suerte, mis reflejos no me dejaron tirada por segunda vez.

—Intenté ver algo, pero la verdad es que no pude distinguir gran cosa ahí abajo —le respondí, ya recompuesta, señalando su entrepierna.

Zack sonrió con una sonrisa un poco ladeada, como si mi respuesta le hubiese sorprendido y eso le gustara.

«Maldita mandíbula perfecta», pensé.

—Hagamos un trato —dijo—. Yo te devuelvo tu sombrero y no digo nada ni al entrenador ni a la directora. Y a cambio…

—A cambio, ¿qué? —dije al ver que no terminaba la frase. ¿Qué iba a pedirme Zack Walker? ¿Que le hiciera todos los trabajos de historia? ¿Que le lavara los calzoncillos después de cada entreno?

—Muy fácil —dijo él—: a cambio, tú me das una cita.

Me quedé de piedra. Vaya, yo que pensaba que le estaba vacilando con lo de su entrepierna, y ahora él me vacilaba a mí. Por supuesto que se estaba burlando, ¡ni en un millón de años Zack Walker iba a querer una cita conmigo!

—Ja, ja, muy gracioso —le dije.

—Lo digo en serio, Margaret —repuso él—. Tu sombrero y mi silencio por una cita.

Parecía sincero, así que hice lo más fácil: arrebatarle mi sombrero y decir que sí.

Más tarde, cuando se lo conté a Lena y Zoe, se quedaron alucinadas.

Para ellas Zack era el tío más inalcanzable de Marblehead y alrededores.

Ellas quisieron recrearse en el tema, pero yo atajé todos los comentarios: seguía sin fiarme ni un pelo de las intenciones de Zack…, aunque reconozco que algo en mi interior aleteaba animándome a lo contrario.

Ya en casa, miré el sombrero de la discordia y seguí repasando mentalmente la lista de todas las fechas que aún seguían clavadas en mis retinas.

A los quince me enamoré de Liam, un chico de mi clase superalto que siempre vestía con americana y tejanos. Para mí su estilo demostraba que tenía personalidad, y además sabía un montón de historia, más que el profesor. ¡Me encantaba cuando le dejaba en evidencia! Cuando me tocó hacer el trabajo de ciencias con él no podía creer que tuviera tanta suerte.

Teníamos que abrir una rana en canal, sacarle los órganos y dibujarlos, describiendo las funciones de cada uno de ellos. A mí me daba mucha pena, y Liam se ofreció a abrir al pobre animal y destriparlo si yo me ocupaba de los dibujos. Pero yo era terriblemente mala dibujando (y lo sigo siendo), así que mis dibujos eran un completo desastre. Nos partimos de risa los dos comentando que parecían tortitas destrozadas, y se metió tanto conmigo que al final le tiré los dibujos a la cabeza. En respuesta, Liam cogió lo que quedaba de la rana y amenazó con tirármelo encima, y yo salí corriendo mientras él me perseguía. Cuando me atrapó, me agarró de las manos y yo cerré los ojos y apreté la boca pensando que iba a tirarme los despojos de la rana en toda la cara, pero en vez de esto Liam se metió la rana en el bolsillo, se quedó en silencio y dijo: «Eres la chica más guapa que conozco». Yo lo miré, temblando. Acercamos las caras tanto que supe que íbamos a besarnos. Fue un beso muy dulce y largo, yo me resistí a mirarlo a los ojos porque no quería ver si salían números o no. Cuando me atreví a mirar, allí estaba la fecha: 31-12-2016. Ese fin de año, en la fiesta que dimos en casa de Zoe, lo busqué justo antes de medianoche y lo encontré besando a otra chica, luego supe que era la prima lejana de Zoe.

Evidentemente, ya no debía pensar que yo era la chica más guapa que conocía. Y evidentemente, nuestra historia terminó.

Los números habían vuelto a marcar en un partido en el que yo perdía siempre.

Había aceptado el trato de Zack, y estaba nerviosa. ¡Tenía una cita con el guaperas del instituto! Pero, dentro de mí, una vocecita insistía en recordarme que me podía estar metiendo en un lío. ¿En cuál? Ni idea. Pero

Zack no era un tío simple, de esos que no se ven envueltos en problemas…, más bien al revés: parecía que tuviera un imán para la acción.

Me estaba poniendo nerviosa, así que cogí mis auriculares y me puse a escuchar la novena de Beethoven. La música clásica era mi forma de relajarme: me transportaba a un lugar fuera del espacio y del tiempo, y eso era justo lo que necesitaba. Me tumbé sobre la cama boca arriba y me dispuse a disfrutar de aquella especie de viaje interior.

Pero no pude: dos golpes en la puerta de mi habitación me sacaron de mis pensamientos.

—Margaret —dijo mi padre entrando en mi cuarto.

—Hola, papá —respondí.

Oh, no, me había olvidado. Teníamos una charla pendiente… para hablar de la huida de Erik, de su aterrizaje forzoso y de su brazo roto. Erik me había mandado un mensaje para decirme que tendrían que operarle, y yo le contesté con un simple «lo siento». Era verdad, lo sentía muchísimo por su brazo, pero también lo sentía por mí.

Mi padre cogió la silla de mi escritorio, la giró encarándola hacia mi cama y se sentó en ella. Cruzó las piernas en plan profesional, así que supe que iba a ser una charla más larga de lo que me hubiera gustado. Me incorporé, me senté en la cama con las piernas cruzadas en plan indio y me quité los auriculares.

La novena de Beethoven tendría que esperar. Bueno, probablemente luego iba a necesitarla más que ahora.

—Hija, me quedé muy decepcionado con el espectáculo de ayer —dijo mi padre.

Agaché la cabeza.

Sabía que tenía que echarme la bronca, pero esperaba que acabara pronto con lo de la decepción, pasara a lo del sexo seguro y termináramos con el trámite. Mi padre es bastante abierto, supongo que si no lo fuera no podría ser sexólogo, o sea que no pensaba que fuera a poner el grito en el cielo porque me hubiera acostado con un chico… Bueno, en realidad me había acostado con más de uno, pero no había ninguna necesidad de compartir tanta información, ¿no?

—Sabes que tengo mucha experiencia en el campo de la sexualidad y las relaciones personales… —siguió—, así que quiero dejar claro que no hablo por hablar. ¿Lo entiendes?

Amanda es de preguntas retóricas, pero mi padre no. Cuando mi padre pregunta algo, aunque parezca algo tan obvio que no necesita respuesta, espera una contestación. Y no le gusta esperar mucho, así que dije:

—Sí, papá, lo entiendo.

Claro que lo entendía: él nunca habla por hablar. A él le encanta observar, analizar y, sobre todo, compartir sus conclusiones. Ese es precisamente su trabajo, un trabajo que no pienso hacer jamás. Prefiero mil veces hundirme en el pasado, intentar comprender todo lo que sucedió y nos ha llevado hasta el momento en el que estamos, y aprender qué podemos hacer para no caer en los mismos errores una y otra vez, antes que dedicarme a opinar sobre los problemas personales de la gente de mi alrededor. Pero, bueno, al fin y al cabo le pagan por ello, ¿no?

Mi padre jugueteó con la estilográfica de su bolsillo y luego siguió con su veredicto, que, yo ya me temía, iba a ser de culpabilidad.

—Creo que estás refugiándote en el sexo porque no has superado el duelo de tu madre. Sé que todas las noches miras sus fotos, y veo que cada día tocas más de lo normal la punta de cuarzo que llevas al cuello.

No pude evitarlo: mis dedos se fueron al cuarzo, como si necesitara comprobar que seguía allí.

—¿Qué es más de lo normal? —le pregunté, dolida por su comentario.

¿Acaso no era absolutamente normal que me acordara de ella?

—Compulsivamente, hija. Como estás haciendo ahora mismo —

respondió él, con una mirada acusadora a mi colgante.

—Bueno, mamá me lo regaló justo antes de marcharse, es mi modo de sentirme conectada con ella —dije, tal vez demasiado a la defensiva.

Me daba rabia tener la necesidad de justificarme.

Me daba rabia que no me entendiera.

Me daba rabia que hubiera superado tan fácilmente la desaparición de mamá, y que la hubiera reemplazado por Amanda.

Estuvimos un rato en silencio, él toqueteando su estilográfica y yo conteniendo las ganas de toquetear mi cuarzo.

—Margaret, creo que eres demasiado joven para entender lo que te está ocurriendo. Cada persona reacciona a los sucesos traumáticos de una forma distinta, y en tu caso no estás sabiendo aceptar que mamá ya no está. Lo mejor es que vayas a ver a un terapeuta para encontrar otras herramientas, no puedes refugiarte en el sexo para superar esa carencia. Y, sobre todo, no quiero que vuelvas a meter a ningún chico en casa sin mi consentimiento.

Vaya, ¡y yo que pensaba que este año iba a ser genial! ¡Cuánto me había equivocado! Todo se estaba complicando demasiado, y demasiado rápido.

¿En serio iba a obligarme a hacer terapia y a hablar de sexo con un desconocido para que me juzgara? ¿Y encima iba a tener que contarle cosas sobre mi madre, que era justamente lo que no hacía con nadie? ¡Qué palo, por Dios!

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