Hasta que la magia nos separe

Nohewi · Capítulo 16 de 20

Páginas del PDF

Hasta que la magia nos separe

16. La traición

16

La traición

Me dolía la cabeza. Abrí los ojos, pero todo siguió a oscuras. El aire que inhalaba estaba caliente y parecía que no tenía demasiado oxígeno…

Inspiré profundamente, pero no pude, y el sonido de plástico que acompañó a mi inhalación, un leve crujido que también despedía calor, me ayudó a comprender qué ocurría: tenía una bolsa de basura atada alrededor de la cabeza. Notaba la presión en el cuello, pero al menos no apretaba tanto como para que no pudiera respirar.

Al intentar quitarme la bolsa descubrí que tenía las manos atadas a la espalda. Tuve que hacer un esfuerzo monstruoso por mantener la calma, porque lo primero que quise hacer fue gritar. Aunque con la bolsa no hubiera sido fácil… ni recomendable. Decidí concentrarme en analizar los detalles que podía percibir para hacerme una idea de dónde estaba y sentirme menos desamparada.

Estaba tumbada de lado, en posición fetal, en algún lugar oscuro que olía a sudor. Notaba también un perfume masculino, un toque sutil que me resultaba vagamente conocido, pero que no conseguí ubicar. Me encontraba en algún lugar que se movía, porque no dejaba de traquetear, y aguzando el oído reconocí el sonido del motor. Vale, me habían metido en el maletero de un coche.

Aquello no pintaba demasiado bien, y además la cabeza me dolía un montón.

El coche se detuvo. Me encogí al oír el portazo que dio quien fuera que me había secuestrado. Noté que alguien abría el maletero, sintiéndome completamente indefensa con las manos atadas y sin ver nada. Una mano fuerte me agarró por la espalda y me obligó a salir.

El aire fresco de la noche renovó mi energía, y me dije que no podía ser que mi baile de fin de curso acabara así.

—¿Quién eres? —pregunté, intentando mostrarme desafiante—. ¿Zack?

Zack, ¿eres tú?

La respuesta fue un golpe en la nuca, y perdí el conocimiento otra vez.

Cuando desperté, sentí que no tenía la bolsa cubriéndome, pero me dolía tanto la cabeza que no me atreví a abrir los ojos por miedo a que la luz fuera demasiado insoportable.

Por el olor, deduje que estaba en un sótano. Notaba la humedad del ambiente y esa pesadez de los espacios bajo tierra, mal ventilados. Presté atención y me pareció oír el sonido de varias pisadas, y voces masculinas amortiguadas cuchicheando. Vale, estaba en un sótano y no estaba sola. Lo más probable es que aquellos a quienes oía fueran mis captores, porque eran más de uno, de eso no tenía ninguna duda. Aunque, quién sabía, tal vez fueran otras personas secuestradas… Descarté enseguida esa idea: yo estaba atada a una silla, con los brazos detrás del respaldo, que se me clavaba en las costillas, y las piernas amarradas a las patas con unas cuerdas. Los demás paseaban libremente, yo no podía.

Me alegré de no haber abierto los ojos. Me convenía que creyeran que aún estaba inconsciente. Necesitaba tiempo para pensar.

Pero no me lo dieron. En vez de tiempo, alguien me echó un cubo de agua helada en plena cara, y boqueé, sorprendida, y abrí los ojos.

Sudada, empapada, y maniatada, miré a mi alrededor. A varios metros de mí, formando un semicírculo, había cuatro hombres a los que no conocía. Iban todos vestidos de negro y eran sorprendentemente parecidos a los que había visto en una de mis pesadillas: la de las mujeres encerradas a las que quería liberar.

Uno de ellos sostenía todavía el cubo que acababa de volcarme encima.

Me miró con una sonrisa malévola y lo dejó en el suelo. Antes de que pudiera decir nada, oí a mis espaldas una voz que conocía muy bien:

—Me ha costado tanto que dijeras la verdad… Has sido muy terca, pero por fin lo has hecho.

Andrew Mori.

Mi terapeuta apareció desde detrás de mi silla y avanzó, con toda la calma del mundo, hasta quedar frente a mí, poniéndose delante de los demás hombres.

Ya no parecía el doctor distante, pero amable y preguntón, que creía que era. Su semblante reflejaba una frialdad extrema, y sus ojos oscuros parecían un pozo sin fondo. No transmitían sentimiento alguno, tan solo un frío polar. Me estremecí, y no supe si era consecuencia del agua que me empapaba o de lo inhumano de aquella mirada.

Comprendí que lo que estaba viviendo no era ninguna broma pesada ni una terapia innovadora: Andrew Mori iba muy en serio. Mi terapeuta me había secuestrado, con la complicidad de aquellos desconocidos.

Intenté liberarme las manos agitándolas con toda la fuerza que pude, sin éxito. Y entonces, por si sus siniestras intenciones no habían quedado lo bastante claras, Andrew Mori me pegó una bofetada bestial en toda la cara.

Cerré los ojos y me mordí la lengua, negándome a gritar. Aguanté el dolor, preguntándome qué podía estar pasando. «Piensa, Margaret, rápido», me dije. ¿A qué se refería con lo de que por fin había dicho la verdad? Solo encontré una respuesta: sabía que era una bruja. Lo acababa de reconocer esa misma noche, en el gimnasio del Westwood. Hacía un rato… o unas horas. No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado inconsciente. Pero

¿cómo lo había sabido Andrew Mori?

Mantuve los ojos cerrados fingiendo que había perdido el conocimiento otra vez, y mientras mi mente se puso a trabajar frenéticamente. Busqué la información en mis recuerdos y, a la que surgieron, empecé a atar cabos.

Y aunque todo lo que pensaba me resultaba triste y decepcionante, no podía parar.

Tom.

La primera conversación en la fiesta de Zack, sobre las brujas de Salem, y aquel comentario aparentemente inocente sobre mi colgante de cuarzo, diciendo que parecía una piedra de bruja…, una clara invitación a que yo dijera algo, un primer paso para allanar el terreno. Su evidente interés por el

libro negro de mi madre, la noche de Navidad, cuando se puso a leer en voz alta pasajes sin mi permiso…, estaba buscando información. Y el regalo que me hizo sin que hubiera ningún motivo: una brujita tallada en madera.

¡Una señal clarísima! ¿Cómo no había captado esa señal?

Mejor dicho, no había sido una señal, sino muchas. Tom había estado presionándome de forma sutil para que yo misma me delatara, y no me había dado cuenta de nada.

El chico al que quería me había traicionado.

Lo primero que sentí al pensarlo fue un dolor punzante en el pecho, un pinchazo que me quitó el aliento. Dios, ¡me había estado mintiendo desde el principio! Invitándome a que confesara que era una bruja, analizando mis comentarios, evaluándome, juzgándome. Claro, ahora entendía ese hermetismo suyo, que yo había confundido con timidez y serenidad. ¡Qué ingenua! Pensar que todos sus gestos habían sido asquerosos intentos de averiguar si yo era una bruja me entristeció y me cabreó.

Y cuando por fin lo había sabido, me había llevado hasta su padre.

Tenía que haber sido él quien me había golpeado cuando salí de los baños, me había puesto una bolsa de basura en la cabeza y me había transportado en el maletero de su coche para entregarme a su padre. Oh, Tom, ¿por qué?

Qué estúpida que había sido… Para contrarrestar mi decepción y mi dolor, pensé con una pequeña dosis de humor negro que mi don había acertado otra vez: hoy terminaba mi relación con Tom. Claro, ¿cómo no iba a terminar? Tom había estado esperando la confirmación de sus sospechas y yo se la había servido en bandeja, delante de todo el mundo, sobre el escenario. «Soy una bruja —había dicho—, y mi madre también». Joder,

¿cómo había podido ser tan rematadamente tonta?

Todo cuadraba: mi madre me había pedido que me quitara el cuarzo porque podía delatarme. Mi madre me había dicho que me perseguían. Mi madre había desaparecido cuando lo vio llegar.

Pero ¿por qué no me advirtió?

Tal vez estaba más ida de lo que pensaba y no había sabido hacerlo mejor…

Joder, cómo me dolía la cabeza.

Pero ¿qué querían de mí, los Mori? ¿Y quiénes eran esos tipos de negro que me miraban sin decir ni una palabra?

—Bueno, bueno, querida Margaret —dijo el doctor Mori—. El dinero que le he pagado a ese deportista prototípico ha resultado una buena inversión… ¿Ha sido cómodo tu traslado hasta aquí?

O sea que el maletero era el del coche de Zack. En ese instante identifiqué el perfume que había notado, mezclado con sudor: era el que se ponía Zack en ocasiones especiales: la noche de fin de año, el baile de fin de curso…

—Comodísimo —respondí—, Zack ha sido un auténtico gentleman.

—Desde luego, ha sido de gran utilidad. Y ahora dime, ¿dónde está Susan? —preguntó con voz de hielo.

Negué con la cabeza.

—Contéstame, ¿dónde está Susan? —repitió.

—No lo sé —dije—. No tengo ni idea de dónde está mi madre, si es que está viva. Se dio el piro hace diez años, ¿sabe? Seguramente estaba tan amargada como usted.

El doctor Mori me golpeó otra vez, no tan fuerte como la anterior.

Supuse que era un toque de atención en plan «no toleraré cachondeos, niña», pero me alegré de comprobar que mi bromita no le había gustado.

Estaba desesperada, pero intentaba por todos los medios que no se notara. O que no se notara tanto, al menos. Mis provocaciones tenían que servirme para ganar tiempo. Necesitaba pensar, poner cada pieza en su lugar. De acuerdo, Zack me había llevado hasta allí, pero si Tom me había delatado, ¿por qué su padre me preguntaba dónde estaba Susan? Tom sabía perfectamente cuál había sido el último lugar en el que la vimos, lo lógico sería que se lo hubiera dicho a su padre.

Aunque también podría ser que el doctor Mori me estuviera poniendo a prueba, comprobando si pensaba colaborar o no. No sabía qué pensar, quería mantener la cabeza fría pero me latía de dolor y era evidente que las cosas no pintaban bien para mí.

Eché de menos mi sombrero. Por estúpido que fuera, me sentía más protegida con él.

—Bien —repuso Andrew Mori con tranquilidad—, si no sabes dónde está tu madre, no hay problema: morirás tú antes que ella. No es una mala opción, así Susan sufrirá un poco más antes de que la matemos, cuando le digamos que nos hemos cargado a su hija… Si es que estas zorras tienen corazón, que no lo creo. ¿Qué madre abandona a su hija sin dar ninguna explicación? —añadió dirigiéndose a los hombres del fondo—. Una puta tarada, ya os lo digo yo.

Los hombres asintieron, sonriendo complacidos.

Me removí en mi asiento, dejándome llevar por la rabia y olvidándome por completo de que unos segundos antes había decidido mantener la cabeza fría.

—¡El puto tarado es usted! —grité—. ¿Se puede saber qué clase de terapeuta es, insultando, golpeando y secuestrando a su paciente? ¿Quién se cree que es?, ¿eh?

—Qué poca perspicacia, Margaret —me respondió—. No sabes quiénes somos, ¿verdad? Tranquila, yo te lo diré. Somos cazadores de brujas, estúpida.

—Por Dios, ¿usted oye lo que dice? —repliqué—. Esto es absurdo.

—No tan absurdo, no tan absurdo —dijo él.

—Has reconocido ser una bruja —murmuró uno de los hombres de detrás, mordisqueando un palillo de dientes.

—Y por eso vas a morir —añadió otro, del que solo distinguí la barba.

—¿Qué creéis?, ¿que estamos en el siglo XVI? —respondí—. Joder, la caza de brujas es cosa del pasado, ¡evolucionad un poco y dejadnos en paz!

—La caza nunca termina —replicó uno de los hombres acuchillándome con sus ojos azules, de un azul tan claro que era casi blanco.

—Estáis locos… ¡No hemos hecho nada malo, no hacemos daño a nadie! —grité.

El doctor Mori carraspeó, hizo un gesto con la mano a sus secuaces para pedirles silencio y dio unos pasos por el sótano, como si meditara. Luego dijo:

—¿Quieres que te ponga un ejemplo del daño que hacéis? Te contaré una historia. La madre de Tom llevaba años sufriendo una terrible depresión, y no conseguía superarla. Cansada de los tratamientos de la

medicina tradicional, quiso buscar ayuda natural… Natural, ¡menuda gilipollez! La advertí de que no lo hiciera, pero no quiso escucharme. Lo hizo igualmente, a mis espaldas: contactó con una descendiente de las brujas de Salem, una bruja que le envenenó el cuerpo con sus hierbas y corrompió su espíritu con absurdos rituales, y en vez de curarla consiguió justo lo contrario. Mi mujer murió por culpa de vuestras prácticas infernales.

—¿Prácticas infernales? —repetí con desdén—. Qué desagradecido, doctor…, esa mujer solamente intentó ayudar a su esposa.

—¡Y sus brebajes le provocaron un ataque al corazón! —vociferó Andrew Mori, perdiendo su calma por un momento.

—¿Eso se lo dijeron después de hacerle la autopsia? ¿La causa de la muerte fueron los brebajes y los rituales de una descendiente? —pregunté con sarcasmo.

Pretendía ganar tiempo y, de paso, intentar que se cuestionara sus afirmaciones. Era evidente que el ataque al corazón que se llevó a la madre de Tom podía haber tenido causas naturales, dudaba mucho que lo hubieran causado los rituales de una bruja. Aunque si ese pirado me había secuestrado, atado y golpeado, no podía confiar en que estuviera en su sano juicio, o sea que no iba a abrir los ojos gracias a mí. Era estúpido por mi parte esperar lo contrario.

Andrew Mori se detuvo bruscamente y me lanzó una mirada fulminante.

Pero esta vez su espíritu zen se impuso a su rabia, y no respondió a mi provocación con un tortazo. Me alegré, porque ya empezaba a estar harta de que me tratara como si fuera un saco de boxeo. Lo malo es que no se me ocurría ninguna manera de escapar de allí. Observé discretamente el sótano: los hombres de negro bloqueaban la puerta, que además estaba cerrada, y solo veía una ventana a mi izquierda, a unos cuatro metros de distancia de donde yo estaba. Demasiado lejos para que pudiera salir por ella…, si no hubiera estado atada a la silla, claro.

El doctor Mori interrumpió mis cavilaciones hablando en tono relajado:

—Mi abuelo me contaba las hazañas de los cazadores de brujas, los Guerreros de la Luz. Yo pensaba que eran viejas leyendas, historias que se cuentan para entretener a los niños en una noche de tormenta.

Dios mío, ¿los Guerreros de la Luz? ¿No era eso lo que había mencionado mi madre?

—Pero no era así, todo era real. Puesto que vas a morir, mereces saber a manos de quién encontrarás tu muerte —siguió el doctor Mori, mirándome directamente—. Después de que muriera mi esposa, indignado por las consecuencias que habían tenido las prácticas esotéricas de aquella maldita bruja, decidí indagar sobre los Guerreros de la Luz. Y cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que era cierto: los Guerreros de la Luz existían… y yo era uno de ellos de pleno derecho, igual que tú eres una sucia bruja —dijo con desprecio—. Como nieto de uno de sus miembros más importantes, fui aceptado de inmediato y recibido con los brazos abiertos. En una hermandad que llega adonde nadie más puede llegar.

—Nuestra causa es pura: limpiamos la sociedad de la escoria —dijo el hombre de los ojos azules.

—Por eso tienes las horas contadas —añadió otro de los hombres de negro.

—La caza siempre da frutos… —murmuró otro, que llevaba unas enormes gafas de montura gruesa.

—No será como las cazas de antaño, pero acabarás muerta como todas las que murieron antes que tú —dijo el de los ojos azules—. Una chica más desaparecida, un caso más sin resolver…

—… que a lo largo de los años se olvidará —terminó Andrew Mori—.

Todos lamentaremos tu pérdida educadamente y luego pasarás al olvido, junto a tantas otras como tú. Y habrá una bruja menos en el mundo.

En ese momento, el cristal de la ventana que había a mi izquierda reventó con un estrépito ensordecedor. Mil pedazos de vidrio cayeron sobre el suelo de cemento, y por un instante pensé que alguien había hecho estallar una bomba. Cerré los ojos por reflejo, y cuando los abrí, vi a Tom caer de un salto, replegándose en cuclillas, y levantarse de inmediato sacudiéndose las esquirlas de su camiseta negra.

OceanofPDF.com