Héroes de la frontera
Capítulo 1
Dave Eggers
Héroes de la frontera
ePub r1.0
NoTanMalo 06.11.17
Título original: Heroes of the Frontier
Dave Eggers, 2016
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Editor digital: NoTanMalo
ePub base r1.2
1
Existe la felicidad orgullosa, felicidad nacida de realizar un buen trabajo a la luz del día, años de una labor que merece la pena, y después estar cansada, y contenta, y rodeada de familiares y amigos, bañada en satisfacción y lista para un merecido descanso: sueño o muerte, tanto da.
También existe la felicidad del suburbio personal de cada uno. La felicidad de estar sola y achispada de vino tinto, en el asiento del acompañante de una vieja autocaravana aparcada en algún lugar del sur profundo de Alaska, contemplando un garabato de árboles negros, temerosa de dormirte por miedo a que en cualquier momento alguien haga saltar el cerrojo de juguete de la puerta del vehículo y os mate, a ti y a los dos niños que duermen arriba.
Josie miraba con los ojos entornados la luz baja de un largo atardecer estival en un área de descanso del sur de Alaska. Esa noche se sentía contenta, con su pinot, en su caravana a oscuras, rodeada de bosques ignotos, y un poco menos miedosa a cada nuevo sorbo de la taza de plástico amarillo. Estaba contenta, aunque sabía que era un sentimiento pasajero y artificial, sabía que todo estaba mal: no debería estar en Alaska, así no. Había sido dentista y ya no lo era. El padre de sus hijos, un invertebrado de tripas flojas llamado Carl, un hombre que le había asegurado que los documentos matrimoniales eran un timo, papeles superfluos y reduccionistas, había encontrado, a los dieciocho meses de marcharse, a otra mujer con quien casarse. Había conocido a otra y ahora, de forma improbable, imposible, se casaría con otra persona, una persona de Florida. Iba a ocurrir en septiembre y estaba plenamente justificado que Josie se marchara, que desapareciera hasta que todo pasara. Carl no tenía ni idea de que había sacado a los niños de Ohio. Casi de Norteamérica. Y no podía enterarse. ¿Y qué mejor para garantizar la invisibilidad que esto, una casa rodante, sin domicilio fijo, una caravana blanca en un estado con un millón de otros viajeros errantes, todos ellos en caravanas blancas? Nadie la encontraría. Se había planteado salir del país, pero Ana no tenía pasaporte y necesitaban a Carl para sacárselo, así que esa opción quedaba descartada. Alaska era a la vez el mismo país y otro distinto, era casi Rusia, casi el olvido, y si Josie renunciaba al teléfono y pagaba solo en metálico —llevaba tres mil dólares en una de esas bolsas de terciopelo para monedas de oro o habichuelas mágicas— no podrían localizarla, rastrearla. Y había sido girl scout. Sabía hacer nudos, destripar un pez, encender una hoguera. Alaska no le daba miedo.
Los niños y Josie habían aterrizado en Anchorage ese día, un día gris sin ninguna promesa ni belleza, pero se había sentido inspirada nada más bajar del avión. «¡Muy bien, niños!», les había dicho a sus hijos, agotados y hambrientos. Jamás habían manifestado el menor interés por Alaska y ahora estaban allí. «¡Ya hemos llegado!», había exclamado, y se había arrancado con un pequeño desfile de celebración. Ninguno de los niños sonrió.
Los había subido a la caravana de alquiler y habían partido sin ningún plan. En su momento, los fabricantes habían bautizado al vehículo el Chateau, pero habían pasado treinta años y ahora estaba destrozado y constituía un peligro para sus pasajeros y todo el que compartiera la carretera con él. Sin embargo, tras un día en circulación, los niños seguían bien. Eran raros. Por un lado estaba Paul, de ocho años, con los ojos fríos y bondadosos de un cura de hielo, un niño amable, de movimientos lentos, que era mucho más razonable, atento y sabio que su madre. Y por otro estaba Ana, de solo cinco años, una amenaza constante al contrato social. Ana era un animal de ojos verdes con una explosión de pelo irracionalmente rojo y un don para detectar el objeto más frágil de cualquier habitación y romperlo con pasmosa celeridad.
Josie, al oír el rugido de un camión circulando por la carretera, se sirvió una segunda taza de vino. Está permitido, se dijo, y cerró los ojos.
Pero ¿dónde estaba la Alaska de la magia y la claridad? El lugar se estaba ahogando bajo el humo de una docena de incendios forestales, que se extendían por el estado como los fugados de una prisión, y no resultaba nada majestuoso, no, aún no. De momento lo que habían visto parecía abarrotado y arduo. Habían visto hidroaviones. Habían visto cientos de casas en venta. Habían visto un anuncio junto a la carretera de una granja forestal en busca de comprador. Habían visto otra autocaravana, no muy distinta de la suya, aparcada junto a la carretera. Habían visto cabañas de troncos lacados. Habían visto en un colmado, también de troncos lacados, una camiseta con la leyenda: «No me culpes. He votado al americano».
Así que ¿dónde estaban los héroes? En el lugar que había dejado atrás solo había conocido cobardes. No, había un valiente, y ella había ayudado a que lo mataran. Un hombre osado que había muerto. Se habían quedado con todo y ahora Jeremy estaba muerto. Buscadme a alguien intrépido, les pidió a los árboles oscuros que tenía delante. Buscadme a alguien con sustancia, pidió a las montañas de más allá.
Había pensado en Alaska pocas semanas antes de decidir irse de Ohio. Tenía una hermanastra, Sam, en Homer, una hermanastra que no era exactamente hermanastra y a la que no veía desde hacía años pero que irradiaba una gran aura porque vivía en Alaska y era dueña de su propio negocio y pilotaba una barca o un barco y había criado a dos hijas casi sola, su marido era pescador y se ausentaba durante meses. A decir de Sam, el hombre no era precisamente un regalo y sus ausencias no suponían una gran pérdida.
Josie nunca había visitado Alaska y, aparte de Homer, no tenía ni idea de adónde ir ni qué hacer allí. Pero escribió a Sam anunciándole el viaje y Sam respondió dándole el visto bueno. Josie consideró una buena señal que su hermanastra, a quien no veía desde hacía cinco años, le dijera «vale» y no añadiera ni súplicas ni ánimos. Ahora Sam era alasqueña, lo que significaba, Josie estaba convencida de ello, que hablaba con franqueza y llevaba una existencia sin altibajos centrada en el trabajo, los árboles y el cielo, y esa clase de actitud era la que anhelaba en sí misma y en los demás. Estaba harta del drama inútil de la vida. Si se requería un poco de teatro, de acuerdo. Si un ser humano estuviera escalando una montaña y durante el ascenso se sucedieran tormentas, avalanchas y descargas de relámpagos de los cielos furibundos, entonces Josie podría aceptar el dramatismo, participar de él. Pero el drama suburbano era cansino, tan descaradamente absurdo que ya no soportaba tener cerca a nadie que considerase que merecía la pena, que era real.
De modo que tomó el avión, recogió las maletas y localizó a Stan. Stan era el propietario de la autocaravana que había alquilado —el Chateau— y esperaba junto a la salida de equipajes sosteniendo un cartel con el nombre de Josie. Era tal como lo había imaginado: un jubilado de setenta y pico años, afable y con tendencia a agitar las manos como si fueran una carga pesada, un racimo de plátanos que tuviera que entregar. Cargaron el equipaje en el vehículo y arrancaron. Josie se volvió para mirar a los niños. Parecían cansados y sucios. «Mola, ¿eh?», preguntó refiriéndose al Chateau, un patchwork de cuadros escoceses y contrachapados. Stan tenía el pelo blanco y llevaba vaqueros planchados y deportivas celestes y limpias. Josie iba en el asiento delantero, los niños detrás, en un banco, mientras recorrían los dieciséis kilómetros del aeropuerto a casa de Stan, donde completarían el papeleo para el Chateau. Ana se durmió enseguida, apoyada contra las persianas horizontales. Paul sonrió débilmente y cerró sus ojos de cura gélido. Stan ajustó el espejo retrovisor para observarlos, y al verlos con sus ojos Josie supo que no parecían sus hijos. No casaban con ella ni entre ellos. Josie tenía el pelo negro, Paul color caqui, Ana rojo. Los ojos de Josie eran castaños y pequeños, los de Paul enormes y azules, los de Ana verdes y con forma de estampado de cachemir.
Cuando llegaron al camino de entrada de la casa de Stan, aparcó el Chateau e invitó a los niños a jugar en el jardín. Ana se dirigió inmediatamente a un árbol grande con un agujero en el tronco donde metió la cabeza.
—¡Mirad, tengo un bebé! —bramó acunando a un bebé invisible.
—Perdona —se disculpó Josie.
Stan asintió con gravedad, como si Josie hubiera dicho «Mi hija está loca de remate, no tiene remedio». Sacó el manual del vehículo y repasó las funciones de la caravana con la seriedad de quien explica cómo desactivar una bomba. La autocaravana tenía horno, velocímetro, odómetro, baño, desagüe, toma eléctrica, diversas palancas y cojines y compartimentos secretos.
—Ya habrás conducido una autocaravana —dijo Stan, como si no cupiera otra posibilidad.
—Por supuesto. Muchas veces —replicó Josie—. Y antes conducía un autobús.
Nunca había hecho ni una cosa ni la otra, pero intuyó que Stan se tomaba en serio el Chateau y a ella no tanto. Tenía que inspirarle cierta confianza en que no despeñaría el Chateau. Stan la guio alrededor del vehículo anotando los daños preexistentes en una tablilla, y mientras él escribía Josie vio a un niño de unos seis años en la ventana en saledizo de la casa, observándolos. La habitación donde estaba parecía del todo blanca: paredes blancas, moqueta blanca de pared a pared, una lámpara blanca en una mesa blanca. Enseguida una mujer con aspecto de abuela, probablemente la esposa de Stan, apareció detrás del niño, apoyó las manos en sus hombros, lo giró y lo condujo de vuelta a las profundidades de la casa.
Josie esperaba que tras la inspección los invitaran a entrar en la casa, pero no fue así.
—Hasta dentro de tres semanas —dijo Stan, puesto que tal era la duración que habían pactado.
Josie pensaba que el viaje podía alargarse, hasta un mes o indefinidamente, y decidió que ya telefonearía cuando lo tuviera claro.
—De acuerdo —dijo Josie, y subió al asiento del conductor.
Tiró de la palanca de cambios, que se extendía desde el volante como un asta, y metió marcha atrás, incapaz de quitarse de encima la sensación de que el plan original consistía en invitarla a la casa con los niños pero algo había convencido a Stan de mantenerlos alejados de su vivienda blanca e impoluta y de su nieto.
—Conduce con cuidado —dijo Stan saludando con sus manos de plátano.
Tenían que matar tres días antes de que Sam regresara de uno de sus viajes. Estaba acompañando a un grupo de ejecutivos franceses por el bosque para avistar pájaros y osos, y no volvería hasta el domingo. Josie planeó pasar uno o dos días en Anchorage, pero cuando cruzó la ciudad, con el Chateau chirriando y temblequeando, vio un mercadillo callejero y miles de personas con sandalias y camisetas chillonas y le entraron ganas de huir. Dejaron la metrópoli rumbo al sur y pronto encontraron carteles que anunciaban un parque con animales. El reclamo rezaba: «La atracción más popular de Alaska». Justo cuando Josie estaba segura de que pasarían de largo sin que Ana descubriera la atracción, Paul habló.
—Un parque de animales —le dijo a Ana.
La habilidad lectora de Paul le había complicado enormemente la vida a la familia.
Los niños se morían por visitar el parque, y Josie por acelerar y dejarlo atrás, pero los carteles mencionaban osos, bisontes y alces, y la idea de poder tachar todos esos mamíferos de la lista en las primeras horas tenía cierto atractivo.
Pararon.
—Ponte la chaqueta —le dijo Paul a Ana, que ya estaba en la puerta del Chateau. Paul se la tendió como haría un mayordomo—. Sujeta las mangas para que no se suban —le recomendó.
Ana sujetó las mangas de la camisa y metió los brazos en la chaqueta. Josie lo observó todo, sintiéndose superflua.
En las oficinas de la cabaña de troncos, Josie pagó la desorbitada cifra de sesenta y seis dólares por tres entradas. Normalmente había guías y coches eléctricos para conducir a los visitantes por el complejo, pero todo el mundo estaba fuera o de vacaciones, de modo que Josie y los niños se quedaron solos en lo que parecía un zoológico después de un apocalipsis. Se acordó del zoo iraquí tras los bombardeos de la coalición, de los leones y los guepardos campando a sus anchas pero famélicos, buscando en vano perros o gatos que comerse.
No estaba tan mal. Pero era triste como lo es cualquier zoológico, un lugar donde en realidad nadie quiere estar. Los humanos se sienten culpables, atormentados por pensamientos sobre captura y cautividad, comida mala, drogas y vallas. Y los animales apenas se mueven. Vieron una pareja de alces y su nuevo retoño, ninguno de los cuales se movía. Vieron un único bisonte, dormido, con las pieles andrajosas, los ojos entornados y furiosos. Vieron un antílope, flaco y atontado; dio algunos pasos antes de detenerse a mirar con añoranza hacia las montañas grises en la lejanía. Su mirada decía: «Llévame, Señor. Estoy destrozado».
Regresaron a la cabaña de troncos a por algún refrigerio.
—Mirad —dijo un guía a los niños de Josie mientras se bebían una limonada. Señaló a una cordillera cercana, donde, explicó el guía, había una cosa excepcional: un pequeño grupo de borregos cimarrones cortando en horizontal la cordillera, de este a oeste—. Usad los prismáticos.
Y Paul y Ana corrieron a un puesto de observación anclado en la terraza.
—Los veo —dijo Paul.
Mientras Paul cedía los prismáticos a Ana, Josie atisbó a lo lejos, localizó el grupo, una vaga noción de puntos blancos contra la ladera de la montaña. Resultaba desconcertante ver a doce o quince animales cómodamente plantados en lo que parecía una pared por completo vertical. Josie aprovechó su turno en los prismáticos, encontró las ovejas y en el cielo vio una sombra oscura cruzándose en su camino. Supuso que sería un halcón o algo por el estilo, de modo que movió los prismáticos, pero no encontró nada. Regresó a las ovejas, a una en particular, que parecía devolverle la mirada. El animal parecía muy satisfecho con la vida, sin la menor preocupación, ni siquiera plantado en medio centímetro de saledizo, a seiscientos metros de altura. Josie enfocó mejor; ahora veía a la oveja con mayor claridad, y mientras contemplaba la nitidísima vista del animal dos cosas se sucedieron rápidamente.
En primer lugar, dio la impresión de que las nubes de encima del animal se partían, se separaban como para que un estrecho rayo de luz celestial iluminase su cabeza agachada. Josie vio sus ojos grises y brillantes, la lana ligera y blanca como el algodón, y mientras Josie miraba fijamente a la oveja y la oveja a Josie, como mostrándole la auténtica dicha, revelándole los secretos de su vida desprovista de complicaciones… mientras ocurría todo esto, una sombra oscura irrumpió en el campo de visión de Josie. Un ala oscura. Un ave predadora, enorme, con las alas amplias y opacas como un paraguas negro. Y entonces el ave cayó en picado y sus garras atraparon a la oveja por los hombros, la izaron unos centímetros, la alejaron del precipicio y la soltaron. La oveja se perdió de vista. Josie se irguió y la vio precipitarse, ajena, sin resistirse, como un muñeco de trapo en descenso ininterrumpido hacia un lugar de reposo invisible.
—Un águila —aclaró el guía, y silbó, admirado—. Una maravilla, qué maravilla.
Explicó que se trataba de un método común entre las águilas, aunque difícil de presenciar, para matar a las presas grandes: el águila izaba y soltaba al animal desde grandes alturas, de modo que la presa se precipitaba desde cientos de metros para morir en las rocas del fondo, donde se rompía los huesos. Luego el águila descendía, agarraba al animal muerto entero o a pedazos y se llevaba la carne para alimentar a sus crías.
—¿Por qué nos lo ha enseñado? —le preguntó Josie, consciente de que no se quitaría la imagen de la cabeza, de que asustaría a los niños, pero el guía se había marchado.
—¿Qué ha pasado, mamá? —inquirió Ana.
Paul había escuchado y entendido el relato del guía, y Josie lamentó que el niño conociera la traición en todos los niveles del mundo animal, pero se alegró de que, de momento, Ana se librara de saberlo.
—Nada —respondió Josie—. Vamos.
Era mejor, les dijo a los niños, salir de la zona de Anchorage, irse y emprender la marcha siguiendo su propio camino. De modo que pararon en el colmado para aprovisionarse. La tienda ocupaba ocho hectáreas, no se acababa nunca; vendían equipos de música, muebles de jardín, pelucas, pistolas, gasolina. Estaba llena de camioneros, algunas familias numerosas, gente que parecía de ascendencia nativa, algunos caucásicos curtidos, todos ellos con aspecto agotado. Josie compró provisiones para una semana, las almacenó lo mejor que supo en los armarios de conglomerado del Chateau y arrancaron.
El límite de velocidad en la mayoría de las carreteras de Alaska parecía situarse en los cien kilómetros por hora, pero el Chateau no pasaba de los setenta y siete. Tardaba más de lo normal en ponerse a sesenta y cinco, y diez minutos de convulsiones asmáticas en pasar de sesenta y cinco a setenta y seis, tras lo cual todo el vehículo amenazaba con desintegrarse como una estrella al explotar. De manera que durante las primeras horas Josie condujo a sesenta y siete, mientras el tráfico a su alrededor circulaba treinta kilómetros por hora más rápido. En las vías de solo dos carriles solía acumular cuatro o seis vehículos detrás, tocando el claxon y maldiciendo hasta que encontraba un arcén lo bastante ancho para detenerse, cederles el paso y reincorporarse luego, consciente de que a los cinco minutos tendría otra cola de enfurecidos seguidores. Stan no había dicho nada de eso.
Josie les había preparado bocadillos a los niños y se los había servido en platos de verdad, y ahora que habían terminado querían saber dónde dejarlos. Les dijo que los dejaran en la encimera, y en el siguiente semáforo se cayeron al suelo y los añicos salieron disparados hasta el último rincón y recoveco del Chateau. Había empezado el viaje.
Josie no sabía nada de Seward, pero estaba cerca de Homer, así que decidió que sería el destino de la jornada. Condujeron durante una hora más o menos y descubrieron una bahía de belleza impresionante, con el agua como un espejo duro y las montañas blancas alzándose detrás cual muro de presidentes difuntos. Josie aparcó, solo para sacar un par de fotos, pero el interior del vehículo daba asco: había barro en el suelo y ropa y papeles tirados por todos lados, así como la mayor parte de las patatas de Ana. Se apoderó de ella un agotamiento repentino. Corrió las cortinas, les puso a los niños Tom y Jerry —en español, era el único DVD que habían cogido al salir con prisas— y vieron los dibujos en la pequeña pantalla mientras los camiones pasaban de largo estruendosamente, meciendo con suavidad el Chateau, uno tras otro. A los veinte minutos los niños se habían dormido y ella seguía despierta.
Se cambió al asiento del acompañante, abrió un pinot con tapón de rosca, se sirvió un vaso y se acomodó con un ejemplar de la revista Old West. Stan había dejado unos cuantos números en el Chateau: una revista de hacía cuarenta años con RELATOS AUTÉNTICOS DEL VIEJO OESTE. Incluía una columna titulada «Rastros olvidados», donde los lectores pedían información sobre parientes con los que habían perdido el contacto.
«En el censo de 1840 de la República de Texas —decía una de las peticiones— se menciona a un tal Thomas Clifton del condado de Austin, con una propiedad de más de ciento cuarenta hectáreas de tierra. Me gustaría recibir noticias de sus descendientes». La firmaba Reginald Hayes. Josie pensó en el señor Hayes y se apiadó de él imaginando las fascinantes batallas legales que le aguardaban si intentaba reclamar aquellas ciento cuarenta hectáreas del condado de Austin.
«Tal vez alguien podría ayudarnos a localizar a las hermanas de mi madre —decía la siguiente entrada—, hijas de Walter Loomis y Mary Snell. Mi madre, Bess, era la mayor. Vio a sus hermanas por última vez en Arkansas, en 1926. Se llamaban Rose, Mavis y Lorna. Mi madre, una trotamundos, no les escribió ni ha sabido de ellas desde entonces. Nos gustaría mucho contactar con cualquiera que las haya conocido. Calculo que andarán por los cincuenta y pico».
El resto de la página lo llenaban historias a medio contar de abandonos y penurias, y alguna que otra indirecta sobre un robo o un homicidio.
«David Arnold falleció en Colorado en 1912 y recibió sepultura en McPherson, Kansas —contaba la última historia de la página—. Dejó mujer y cuatro hijos. Creo que dos de las hijas aún viven. Quisiera una copia de la necrológica para el archivo familiar y saber dónde murió y si se probó el asesinato. También, si llegó a demostrarse que las muertes de sus dos hijos en 1913 estaban relacionadas con su asesinato. Era mi tío abuelo».
Josie rellenó el vaso. Dejó la revista y miró por la ventanilla. Sus labios dibujaron una sonrisa. Estar tan lejos de Carl y sus faltas la hacía sonreír. Carl y ella se habían distanciado a los pocos años de iniciarse la fase de micción abundante de Carl. De micción con una frecuencia extraordinaria, sin precedentes. ¡Carl antes estaba sano! Tal vez no fuera capaz de cruzar el umbral con ella en brazos —él era flaco, ella no tanto—, pero era un hombre activo, no un tísico, con un par de brazos y piernas y la barriga plana. Así que ¿por qué meaba noche y día? La imagen de Carl que ahora, transcurridos dieciocho meses desde la separación, le venía a la cabeza era la del hombre de pie en el lavabo, con las piernas separadas, la puerta abierta, esperando a mear. O meando. O sacudiéndosela después de mear. Manipulando la cremallera antes o después de mear. Cambiándose los pantalones de cuadros de estar por casa porque olían a orina. Meando dos veces por la mañana, temprano. Meando seis o siete veces después de comer. Meando todo el día. Levantándose de la cama tres o cuatro veces cada noche para mear.
—Es la próstata —le dijo Josie.
—Eres dentista —replicó él.
No era la próstata, dictaminó el proctólogo. Pero el proctólogo tampoco tenía ni idea de lo que era. Nadie tenía ni idea de qué era. Carl, además, cagaba todo el tiempo. Podías contar las veces que cagaba al día, pero ¿para qué?
Al menos seis. Empezaba con la primera taza de café. Josie volvió a imaginar su espalda, lo vio de pie junto a la encimera de la cocina, ante la cafetera. Con los pantalones de cuadros de estar por casa. Los pantalones de cuadros de estar por casa, de lana, eran demasiado cortos, demasiado gruesos y tenían manchas de pintura blanca (Carl había pintado el baño de los niños y había quedado fatal). Y llevaba aquellos pantalones manchados de pintura… ¿por qué? Para recordarse a sí mismo y recordarle al mundo que era un hombre de acción. Un hombre capaz de pintar (malamente) un cuarto de baño infantil. De modo que se plantaba a esperar que la cafetera llenara su tacita azul. Al final la tacita azul se llenaba, Carl la cogía, se apoyaba en la encimera, miraba al patio y entonces, con el primer sorbo, como si aquella primera gota le licuara las entrañas, las desatascara, salía corriendo al lavabo, al de al lado del garaje, e inauguraba las cagadas diarias. Ocho, diez cagadas al día. ¿Por qué Josie se acordaba ahora?
Después Carl salía fanfarroneando con los niños de que «había hecho un gran trabajo» o de que se había «portado como un hombre». Carl sabía que cagaba mucho e intentaba reírse del tema. Josie cometió el craso error, al inicio de la relación, de dejarle creer que era divertido riéndose cuando Carl se reía de sus propias gracias… luego Josie tuvo que seguir riéndose. Años de risas forzadas. Pero ¿cómo podía alguien seguir riendo en semejantes circunstancias? Los niños apenas lo veían fuera del lavabo. Carl hablaba con ellos desde dentro. Una vez arregló el walkie-talkie de Paul mientras estaba sentado en la taza: mientras quitaba las pilas, se oía rechinar la maquinaria de sus tripas. ¡Y luego probaron los walkies! Mientras Carl seguía cagando o intentando cagar. Carl sentado en el retrete y Paul en otra habitación. «Aquí I-9 —dijo Carl—. Corto y cambio».
Era una abominación. Josie se acostumbró a salir de casa antes de que comenzara. Era como el gato de Schrödinger. Josie sabía que Carl cagaría, pero si se iba, si se marchaba de casa antes del primer sorbo de café, ¿en realidad la defecación tendría lugar? Sí y no. Josie trató de ponerle fin, pero Carl contraatacó. «¿Qué? —replicó Carl—. ¿Preferirías a un estreñido?». Lo decía en serio. Josie bebió un buen trago de pinot. La refrescó, la relajó.
Al principio de todo decidieron no contar que se habían conocido porque Carl era su paciente. Explicarlo lo convertía todo en demasiado vulgar: Carl necesitaba una limpieza dental y buscó en internet un dentista por la zona. La consulta de Josie era la única con un hueco de última hora. ¿Podría considerarse romántico desde cualquier punto de vista humano? Josie apenas le prestó atención durante la visita. Luego, a las pocas semanas, estaba en Foot Locker buscando calcetines cuando un hombre, un cliente sentado con una mano en un zapato, levantó la vista y la saludó. Josie no tenía ni idea de quién era. Pero era guapo, con piel de alabastro, ojos verdes y largas pestañas.
—Soy Carl —dijo él, retirando la mano del zapato para tendérsela—. De la consulta.
Se rio un buen rato, como si la idea de trabajar en Foot Locker fuera el mejor de los chistes.
—No, no, no trabajó aquí —aclaró Carl.
Tenía cuatro años menos que Josie y la energía de un cachorro doméstico. Durante un año fue divertido. Josie tenía consulta propia desde hacía un año y Carl le echaba una mano, le hacía recados, colgaba los cuadros de la sala de espera, conseguía que todo ocurriera con rapidez y energía. Le gustaban las motos. Los helados. Jugar a la pelota. Comía barritas energéticas de chocolate con ruidosos envoltorios dorados. Su libido era imparable; su control, inexistente. Josie salía con un niño de doce años.
Pero Carl tenía veintisiete. Por entonces carecía de trabajo remunerado y nunca, ni antes ni después, conservó un empleo. Su padre poseía una franja inconmensurable de Costa Rica, que había limpiado para criar vacas que se comerían los carnívoros japoneses y estadounidenses, y, por tanto, cualquier ocupación de menor escala no terminaba de encajar con Carl.
«Hemos criado a un diletante», decía Luisa, su madre. Era chilena de nacimiento, había crecido en Santiago, hija de una médico y un diplomático, también depresivo. Había conocido al padre de Carl, pelirrojo y estadounidense, en Ciudad de México cuando estudiaba la carrera. Había tenido a Carl y sus dos hermanos mientras Lou, de familia petrolera, compraba tierras en Costa Rica, deforestaba bosques, criaba vacas, levantaba un imperio. Hacía diez años que Lou había pedido el divorcio para casarse con la exmujer de un famoso narco de Chiapas ya fallecido. Luisa y Lou mantenían una buena relación. «Gana mucho en la distancia», decía Luisa.
Ahora era una mujer de sesenta años bella y marchita que vivía a su aire en Key West, con un grupo de amistades bronceadas que bebían durante el día. Cuando se conocieron, a Josie le gustó todo de ella: su candor, su ingenio lúgubre, su conocimiento de Carl. «Carl ha heredado la falta de atención de su padre, pero no su visión».
Carl había coleccionado un puñado de títulos y habilidades. Durante unos años fue agente inmobiliario, aunque no vendió nada. Probó con el diseño de muebles, la moda, la pesca deportiva. Tenía un armario repleto de equipo fotográfico. Aunque Josie y Luisa estaban obligadas a quererlo, la tragedia radicaba en que se gustaban más ellas de lo que les gustaba él.
«El año pasado me pidió que lo grabara en vídeo —le contó Luisa con su voz rasposa—. Todavía está descubriendo su relación con el mundo, su propio cuerpo. Un día me pidió que lo filmara caminando de frente, por detrás y de lado. Quería estar seguro de que caminaba como creía que caminaba. Así que grabé a mi hijo, un hombre adulto, caminando por la calle. Quedó satisfecho con el resultado».
«Es más guapo que tú. —Fue lo que dijo Sam cuando conoció a Carl—. Eso no puede ser bueno». Carl podía ser divertido. Los cobardes a menudo resultan encantadores. Pero ¿puede ser grandioso algo que empieza en un Foot Locker? Josie no se casó con Carl, y eso ya era en sí toda una historia, una serie de anécdotas, episodios, decisiones y reveses inconexos, de los que tanto Carl como ella eran culpables. Al final, con la contundente aprobación de Josie, Carl se había marchado. En su momento Josie se alegró. Cobarde. Cobarde, cobarde, pensó Josie: era la piedra angular básica del ADN de Carl, la cobardía y la mutación que hacía que se le aflojasen las tripas. Carl era cobarde a muchos niveles, pero Josie no había previsto que después de marcharse desaparecería. ¿Qué había querido Josie? Había querido una implicación general, tal vez una visita mensual, un padre que se llevara a los niños algún fin de semana. No se le daban mal los críos: con Ana era inocuo; con Paul, benévolo. En realidad, parecía que le gustaban los niños, creía que sabía hacerlos reír y su visión juvenil de la vida encajaba a la perfección con la de ellos.
Carl, años después de haberse conocido, seguía siendo un niño, seguía descubriendo su relación con el mundo, descubriendo su propio cuerpo. Un día también le pidió a Josie que lo grabara caminando. Ella se sorprendió, pero no le dijo que sabía que Luisa ya lo había hecho. «Creo que sé cómo camino, pero nunca me he visto objetivamente —explicó Carl—. Quiero asegurarme de que camino como creo que camino». Así pues, Josie filmó a su pareja, un hombre adulto, caminando por la calle. Pero luego, a los seis meses, Carl se marchó. El año que se fue vio dos veces a los niños, y una al siguiente.
Josie encendió la radio, oyó a Sam Cooke cantando una canción sencilla y pensó que solo los compositores y los intérpretes de canciones pop sabían vivir. Escribes una canción: ¿cuánto puedes tardar? ¿Minutos? Tal vez una hora, puede que un día. Luego se la cantas a gente, que te querrá por ello. Que adorará la música. Llevará la felicidad a millones de personas. O solo a miles. O solo a cientos. ¿Importa? La música no muere. Sam Cooke, fallecido hacía tiempo, ya solo polvo, seguía con nosotros y ahora vibraba en Josie y establecía nuevas conexiones neuronales en las mentes de sus hijos con su voz cristalina, un magnífico pajarillo que salía de la radio y se posaba en el hombro de Josie, incluso allí, a las nueve, en su maltrecha autocaravana, en algún lugar entre Anchorage y Homer. Pese a su muerte prematura, Sam Cooke sabía vivir. ¿Supo él que sabía vivir?
Josie, reacomodándose en el Chateau, se sirvió otra taza de vino. Ya iban tres. Bajó la ventanilla y absorbió el aire acre. Le habían dicho que los incendios ardían a cientos de kilómetros, pero por todas partes el aire parecía requemado y predador. La garganta se rebelaba, los pulmones suplicaban alivio. Subió la ventanilla y a través del cristal le pareció ver un ciervo, pero comprendió que solo era un caballete viejo. Movió el vino dentro de la boca, hizo unas gárgaras breves, tragó. De vez en cuando una ráfaga ladeaba el Chateau y los platos de los armarios traqueteaban levemente.
Hojeó su ejemplar de Old West, luego lo arrojó al salpicadero. Hasta las lastimeras búsquedas de «Rastros olvidados» le provocaban tristeza, envidia. Había nacido vacía. Sus padres estaban vacíos. Todos sus parientes estaban vacíos, muchos de ellos eran adictos y tenía un primo que se consideraba anarquista, pero por lo demás en la familia de Josie estaban vacíos. No eran de ninguna parte. Ser americano significa ser un vacío, y un americano auténtico está vacío de verdad. Así pues, en definitiva, Josie era una auténtica americana.
Con todo, había oído alguna referencia vaga a Dinamarca. Una o dos veces había oído a sus padres mencionar alguna conexión con Finlandia. Sus padres no sabían nada de esas culturas, de tales nacionalidades. No cocinaban platos nacionales, no le enseñaron ninguna costumbre y no tenían parientes que cocinaran platos nacionales ni tuvieran costumbres. No tenían indumentaria, bandera, estandarte, dichos, tierras, pueblos o leyendas ancestrales. A los treinta y dos años, cuando Josie quiso visitar un pueblo, el que fuera, de donde provinieran los suyos, ningún familiar supo decirle adónde ir. Un tío creyó poder ser de utilidad: «En la familia todos hablamos inglés — dijo—. ¿Y si vas a Inglaterra?».
La canción de Sam Cooke terminó, empezaron las noticias radiofónicas, se pronunció la palabra «litigio» y Josie sintió un destello blanco de dolor, vio el rostro de Evelyn Sandalwood, la mirada punzante del yerno litigante de la anciana, y se convenció de que a nadie le importaba lo más mínimo que la hubieran privado de su negocio, estaba segura de que en el mundo solo había cobardes, de que el trabajo ya no significaba nada para nadie, el servicio no significaba nada, de que la mezquindad, la astucia, la traición y la codicia ganaban siempre: nada podía derrotar a las comadrejas ladronas del mundo. A la larga agotarían a los valientes, a los auténticos, a cualquiera que pretendiera vivir con integridad. Las comadrejas ganaban siempre porque el amor y la bondad eran un cucurucho de helado, y la traición un tanque.
Cuando, hacía dieciocho meses, le había dicho a Carl que debían finiquitar su supuesto romance y seguir simplemente como padres de Paul y Ana, él se había ido de casa, la casa que Carl había querido y luego, una vez comprada y renovada, había odiado: el movimiento Occupy le había metido en la cabeza la idea de que tener una casa en propiedad no era solo burgués, sino un crimen tangible contra el 99 por ciento de la población… Luego Carl se dio una vuelta por el vecindario. A los veinte minutos había hecho las paces con la idea y tenía planes para las visitas y todo lo demás. Josie había entrado en la discusión sintiéndose aterrada e inspirada, pero después se había quedado exhausta. La conformidad inmediata de Carl la había privado de cualquier sensación de triunfo que hubiera esperado alcanzar y él había pasado directamente a la logística.
Ahora, con cuarenta años, Josie estaba cansada. Estaba cansada del viaje de un día, del sinfín de estados de ánimo que abarcaba un número cualquiera de horas. Estaba el horror matinal, después de dormir poco, sintiéndose al borde de algo que parecía una mononucleosis, con el día alejándose al galope y ella persiguiéndolo a pie con las botas en la mano. Luego el breve respiro después de la segunda taza de café, cuando todo se antojaba posible, cuando quería llamar a su padre, a su madre, reconciliarse, visitarlos con los niños, cuando, llevándolos en coche al colegio —la cárcel para quienes abandonaban el derecho manifiesto a los autocares escolares— los animaba a cantar todos juntos el tema de los Teleñecos «La vida es una bella canción». Luego, después de dejarlos, once minutos en caída libre, después más café y más euforia hasta el momento, llegando a la consulta, en que se pasaba el efecto del café y, durante más o menos una hora, se quedaba como aturdida, trabajando en un estado de distanciamiento subacuático. De vez en cuando recibía a algún paciente feliz o interesante, pacientes que eran viejos amigos, y charlaban sobre los niños mientras hurgaba en la boca encharcada, succionaban, escupían. Ahora atendía a demasiados pacientes, eran un tren descontrolado. Tenía la cabeza continuamente ocupada por las tareas, las limpiezas y las perforaciones, el trabajo exigía precisión, pero con los años se le había hecho mucho más fácil realizarlo sin prestar plena atención. Sus dedos conocían el oficio y trabajaban compenetrados con los ojos, permitiendo así que la mente divagara. ¿Por qué había procreado con aquel hombre? ¿Por qué estaba trabajando en un día tan bonito? ¿Y si se iba para no volver? Ya se las apañarían. Sobrevivirían. No la necesitaban.
A veces disfrutaba con la gente. Con algunos niños, algunos adolescentes. Los adolescentes prometedores, con una pureza de rostro, voz y esperanza capaz de borrar cualquier duda acerca de los sospechosos motivos y fracasos de la humanidad. Jeremy había sido el mejor. Pero Jeremy había muerto. Jeremy, un adolescente, estaba muerto. A Jeremy le gustaba decir: «Relájate». El adolescente muerto había dicho «Relájate».
El mediodía era el momento más bajo. El sol de mediodía exigía respuestas, las preguntas eran obvias y aburridas e imposibles de responder. ¿Estaba llevando la mejor vida posible? La sensación de que debería dejar el trabajo, de que la consulta estaba maldita, de que carecía de inspiración, de que estaría mejor en cualquier otra parte. ¿No sería maravilloso mandarlo todo a paseo? ¿Quemarlo todo?
Después, el almuerzo. Tal vez al aire libre, en algún patio frondoso, el aroma de la hiedra acanalada, con una vieja amiga que acababa de tirarse al carpintero. Risas a gritos. Miradas de amonestación de los que comían cerca. Unos sorbos al chardonnay de la amiga, luego un puñado de caramelos mentolados y planes para salir juntas el fin de semana, con los niños, no, sin los niños, promesas de mandar fotos del carpintero, de compartir cualquier mensaje sugerente que le enviara.
El empuje de después de comer, el subidón de ánimo de la una a las tres de la tarde, El rey y yo retumbando por los minúsculos altavoces, la sensación de que su trabajo, la odontología, era importante, de que la consulta formaba parte integral de la comunidad —tenía mil cien pacientes, que no eran pocos, era significativo, esas familias dependían de ella para una parte crucial de su bienestar— y un poco de diversión cuando todas se percataban de que Tania, la última incorporación de Josie, había echado un polvo durante el almuerzo y resplandecía y olía a sudor animal. Luego, las tres y media y el derrumbe absoluto. La sensación de desolación y desesperanza, todo se había perdido, ¿qué era tanta mierda? ¿Quiénes eran esas personas de mierda que la rodeaban? ¿Qué era todo eso? No importaba, y todavía debía mucho dinero de aparatos, era esclava de todo ello, quiénes eran esas empleadas de mierda que no tenían ni idea de que la deuda le atornillaba el cráneo.
Luego el alivio de cerrar a las cinco… o incluso de marcharse a menos veinte. ¡Terminar a las cinco menos veinte! La liberación mientras conducía hacia casa, pensando en su luminosa casita, el sofá mugriento, la escoba del rincón cubriendo lo que había barrido la noche anterior pero no había conseguido recoger y tirar. Espera. Quizá hubieran salido flores nuevas en el jardín trasero. A veces aparecían entre las nueve y las cinco. Podían crecer en un día, ¡brotar y florecer! Le encantaba. A veces sucedía. Aparcar en la entrada. Ni flores ni colores nuevos. Luego abrir la puerta, decirle hola y adiós a Estaphania, quizá extenderle un talón, con ganas de recordarle la suerte que tenía de cobrar así, sin impuestos, en frío dinero. ¿Ya ahorras lo suficiente, Estaphania? Deberías, teniendo en cuenta lo que te pago en negro.
Después abrazar a los niños, oler su sudor, el pelo enmarañado, mientras Ana enseñaba un arma nueva que había hecho o encontrado. El repunte bebiéndose un cabernet mientras cocinaba. La música puesta. Tal vez bailar con los niños. Tal vez dejarlos bailar en la encimera. Adorar sus caritas. Adorar lo mucho que adoran tu generosidad, tu abandono, tu diversión. ¡Eres divertida! Eres una de las divertidas. Contigo cada día es diferente, ¿a que sí? Estás repleta de posibilidades. Eres salvaje, eres maravillosa, estás bailando, mirando al techo, desmelenándote, viendo la sonrisa de placer y horror e inseguridad de Paul; estás desatada, cantando, ahora con la cabeza gacha, los ojos cerrados, y entonces oyes que algo se rompe. Ana ha roto algo. Un plato, cientos de fragmentos en el suelo, y no pide perdón. Ana baja de la encimera, sale corriendo, no ayuda.
Otra vez el derrumbe. La sensación de que tu hija ya se ha descarriado y en adelante solo empeorará. En un destello, la ves como una adolescente asilvestrada, una adolescente radiactiva, una explosión de furia invisible y expansiva. ¿Dónde se ha metido? Ha huido, no a su cuarto, a otro sitio, un armario, siempre se esconde en lugares inquietantes, propios de un cuento de hadas alemán. Crees de corazón que la casa es demasiado pequeña para todos vosotros, que deberíais vivir al aire libre, en una yurta rodeada de cien hectáreas de terreno: ¿no sería mejor si los niños estuvieran fuera, donde no pudieran romper nada, donde pudieran entretenerse cazando alimañas y recogiendo leña? La única opción lógica sería mudarse a una granja. A una pradera de mil kilómetros. ¿Tanta energía y tantas voces chillonas entre cuatro pequeñas paredes? No era sensato.
Luego el dolor de cabeza, el deslumbre, lo inenarrable. La estaca partiendo de la nuca y asomando por encima de la cavidad ocular derecha. Pedirle a Paul un Tylenol. El niño regresa, en casa no hay Tylenol. Y es demasiado tarde para salir a comprarlo, es la hora de cenar. Túmbate mientras se cuece el arroz. Ana no tardará en volver. Ríñele por lo del plato. Haz algún comentario general sobre que no cuida las cosas bonitas, que es imprudente y nunca escucha ni ayuda ni limpia. Mírala salir de la habitación. Pregúntate si está llorando. Con sumo esfuerzo, con la cabeza convertida en un sumidero que se traga una casa feliz, levántate y ve a su cuarto. Está allí. Mírala, arrodillada, escúchala hablar sola, con las manos en la colcha de la Guerra de las Galaxias, impertérrita, jugando tiernamente, poniendo voz de Iron Man y Linterna Verde, ambos suenan muy amables, muy pacientes en su compasión ceceante. Cobra conciencia de que es indestructible, mucho más fuerte que tú. Ve con ella y descubre que ya se le ha olvidado o ha perdonado, es un acorazado sin memoria, así que bésala en la cabeza y en la oreja y en los ojos, y luego basta de besos, dirá Ana, y apartará a su madre, pero su madre desafiará el empujón y levantará la camisa de Ana y le besará la tripa y oirá la risa gutural de Ana y la querrá tanto que no podrá soportarlo. Lleva a Ana a la cocina y súbela otra vez a la encimera y déjala probar el arroz mientras Paul sigue por los alrededores. Abraza también a Paul, apura la copa de vino y sírvete otra y plantéate si después de copa y media de vino tinto no eres mejor madre en todos los sentidos. Una madre achispada es una madre cariñosa, una madre sin reservas en la alegría, el afecto, la gratitud. Una madre achispada es todo amor y ninguna restricción.
Una ristra de luces atravesó el bosque delante de ella. Josie salió del Chateau, olió el aire ligeramente tóxico por los incendios invisibles y corrió a la carretera, donde vio un convoy de camiones de bomberos, rojos y amarillos, desfilar a toda velocidad. Los bomberos del interior eran solo siluetas borrosas hasta el último camión, el séptimo y el menor, donde una cara, en la segunda ventanilla, parecía estar mirando una lucecilla, tal vez un cuadro de mandos, tal vez el teléfono, pero sonreía y parecía muy contento, un joven bombero de camino a alguna parte, con el casco calado. Josie lo saludó como una europea de algún pueblo liberado en la Segunda Guerra Mundial, pero el bombero no levantó la vista.
De todos modos, estaba harta. De la ciudad. Del oficio, de los empastes cerámicos, de las bocas imposibles. Estaba harta, se acabó. Se había acomodado y la comodidad es la muerte del alma, que por naturaleza es introspectiva, insistente, insatisfecha. Esta insatisfacción empujaba al alma a marcharse, a desaparecer, a perderse, a luchar y adaptarse. Y la adaptación es crecimiento y el crecimiento es vida. Un humano tiene que escoger entre ver cosas nuevas, montañas, cascadas, tormentas y mares y volcanes mortíferos o ver infinitamente reconfiguradas las mismas cosas hechas por el hombre. Metal con esta forma, con la otra, cemento así y asá. ¡También la gente! Las mismas emociones recicladas, reconfiguradas, a la mierda, se había liberado. ¡Libre de los enredos humanos! Hacía un año, al comienzo de la espiral judicial, había estado un mes con la cara paralizada. No sabía por qué y en urgencias tampoco le dieron respuesta. Pero había ocurrido. Durante un mes su cara permaneció entumecida y Josie no conseguía levantarse de la cama. ¿Cuándo fue? El año anterior, no fue un buen año. Había mil razones para salir de debajo del meridiano 48, dejar al país perdiendo el tiempo, un país que esporádicamente acometía alguna incursión en el progreso y la iluminación pero, por lo demás, carente de inspiración, por lo demás tendente al canibalismo, a devorar a los jóvenes y los débiles, a señalar y quejarse y distraerse, y propenso a la eclosión volcánica de odios ancestrales. Y marcharse se había vuelto inevitable a causa de la mujer que la había demandado por provocarle un cáncer. O bien por no contener el envite de la marea de carcinoma que acabaría matándola (aunque todavía no). Y Elias y Evelyn y Carl y sus planes goebbelsianos. Pero, sobre todo, el joven, paciente desde niño, que ahora estaba muerto, porque le había contado que se alistaba para construir hospitales y escuelas en Afganistán y Josie le había dicho que era honesto y valiente, y a los seis meses el chico había muerto y ella no conseguía evitar sentirse cómplice. Ahora no quería pensar en Jeremy, y aquí nada se lo recordaba. No. Pero ¿de verdad podía renacer en una tierra de montañas y luz? Era una posibilidad remota.