Héroes de la frontera
Capítulo 7
7
Después de la barbacoa los niños subieron a la parte trasera de la ranchera de Sam, con esta y Josie delante, y se dirigieron a su casa por una ruta flanqueada de pinos jóvenes, subiendo casi dos kilómetros por una colina repleta de casas bien cuidadas. La vivienda, con un césped en pendiente rodeado de pulcras filas de arbustos, disfrutaba de una espléndida vista del resto de Homer, más abajo. Nada de una cabaña de troncos en el interior. Era una casa moderna y respetable, recién pintada, sólida y limpia.
¡Guía de avistamientos de pájaros en Homer! Sam la había clavado. Se había trasladado a Alaska y había montado una empresa de avistamientos de pájaros sin ningún problema, sin pedir permisos. Tenía libre acceso al bosque, a una isla frente a Homer, y se organizó. ¿Se había apartado de la sociedad como pretendía Josie? Sí y no. Sam dirigía un negocio, tenía hijas, las hijas iban a la escuela, pagaba impuestos, mandaba correos electrónicos. Estaba igual de atrapada que Josie, pero Sam tenía un barco y calzaba botas y sus hijas eran unas criaturas de exterior maravillosas con largas melenas color maíz. Sam había solucionado varias cosas. Había simplificado.
Paul y Ana se cambiaron y subieron detrás de las gemelas, que se ofrecieron a acostarlos. Ana estaba entusiasmada, Paul en un éxtasis precavido. Josie había planeado decirle al niño que Sam era su madrina o anunciárselo a Sam, pero ya no lo tenía claro. Confió en que Paul se hubiera olvidado.
—Tengo una sorpresa —dijo Sam.
Había hecho whisky casero y quería que Josie lo probara. Josie nunca había sabido apreciar el licor marrón y estaba segura de que el de Sam no sería bueno.
De todos modos, Sam sacó una botella medieval y sirvió, sirvió demasiado, y, peor todavía, lo sirvió en una taza de café. Josie lo olió, y apestaba más fuerte que el whisky normal: era un olor infame e insondable, depredador. Josie fingió darle un sorbo, fingió una mueca, fingió tragárselo y disfrutarlo con la rudeza que Sam esperaba.
—Caray —dijo Josie.
Sam estaba encantada. El propósito del destilador de whisky, por lo visto, era provocar las náuseas del bebedor.
—Qué rico —dijo Josie.
Todavía no lo había probado.
Sacaron las tazas a la terraza de atrás. Sam cogió una manta gruesa y encendió una estufa de propano y la acercó. La noche era fría y el cielo gris, con nubes bajas. Se sentaron con los pies tocándose, formando una V con los cuerpos de cara a los árboles a oscuras.
Josie supuso que se avecinaba una conversación profunda, de modo que bebió un trago largo de whisky; buscaba sus efectos sin experimentar el sabor. Pero no había forma de escapar al sabor, nauseabundo. Quemaba. Pensó en zapatillas de tenis ardiendo.
—Es espantoso —dijo Josie.
Sam sonrió y le rellenó la taza.
—A ver, ¿qué coño haces aquí? —preguntó Sam.
Josie se rio. Sam se rio. Rieron fuerte, tanto que arriba abrieron una ventana y una de las gemelas, Josie no sabría decir cuál, se asomó y con la cara entre las sombras dijo:
—Silencio, señoritas. Los pequeños quieren dormir.
La ventana se cerró y Sam se volvió hacia Josie.
—¿Así que Carl no ha querido venir? —Bromeaba—. En serio. ¿Mantenéis el contacto? ¿Aún sale en la foto?
Josie le resumió la participación de Carl en las vidas de sus hijos, tardó entre ocho y nueve segundos.
—Qué lástima —dijo Sam—. ¿Te acuerdas cuando llamaba a Ana «Oh, no» y después «He sido yo»? Era divertido. Y tenía buena mano con los niños.
Las dos cosas habían sido ciertas para algunos en determinado momento, pero el hecho de haber desaparecido hacía que, al menos para Josie, Carl pareciera menos divertido y con peor mano para los niños. Cada vez que alguien elogiaba a Carl, ella rememoraba sus delitos cómicos. Carl le había pedido, en más de una ocasión, que fingiera el orgasmo. Josie se disponía a contárselo a Sam, pero Sam había pasado a otro asunto.
—¿Y lo he entendido mal o has vendido la consulta? ¿Ya no eres dentista? ¿No has tenido la cara paralizada un año o algo así? ¿No estarás pensando despeñarte con la caravana por un acantilado, no? Si me paso, dime que me calle.
—No —dijo Josie.
No se le ocurrió nada más.
Pensó: Tú, que huiste a Alaska y estás casada sí pero no… ¿te atreves a juzgarme? Pero optó por callar. No tenía sentido decirlo. Bebió otro trago largo de whisky asqueroso y optó por dejar pasar la noche, aguantar otra hora hasta poder excusarse en el cansancio y acostarse. El aire nocturno estaba templado, los grillos y las ranas emitían sus ruiditos y soplaba la brisa y, a lo lejos, una carretera silbaba una tonada olvidable.
Sam rellenó la taza de Josie.
—O sea que lo has dejado y has vendido la consulta. ¿Y Sunny qué dice? — preguntó Sam, y Josie se alegró de que ya no la llamara «mamá».
La última vez que se habían visto, Sam aún llamaba «mamá» a Sunny. Ni Sam ni Josie la habían llamado así cuando vivían con ella, y emplear el término «mamá» veinte años después o cuando fuera desentonaba: como si Sam hubiera examinado lo que Sunny había representado para ella y le hubiera puesto nombre. ¿Antes no la llamaba Sunsy? ¡Sí! A Sam le gustaba poner nombres, apodos. Esos nombres eran… ayudaban a Sam a definir o redefinir lo que Sunny y ella eran la una para la otra. Le proporcionaban cierto control, como si llamarla Sunsy equivaliera a ponerla en su sitio, el de una mujer menuda y cada vez más vieja, mientras que «mamá» era un título honorífico. Pero ahora volvía a llamarse Sunny. Sunny solo era su nombre. El nombre con el que la habían conocido. Elige uno y no cambies más, quería pedirle Josie.
Sorbió un poco de whisky, miró al cielo de obsidiana. Tal vez la causa de todas las neurosis modernas, pensó Josie, sea la ausencia de una identidad inamovible, de hechos irrefutables. Que todo cuanto consideramos verdades fundacionales esté sujeto a cambio. El agua del mundo se agota. No, en realidad, en el subsuelo hay suficiente para cubrir la superficie terrestre con una capa de casi doscientos metros de agua. Por tanto, ¿no falta agua? Bueno, solo el seis por ciento del agua subterránea es potable. Entonces ¿estamos sentenciados? Bueno… Los rodeos y retrocesos no terminaban jamás. Los peores eran los científicos, los astrónomos. Somos materia. No, vivimos rodeados de materia. Existen nueve planetas. No, ocho. Somos excepcionales, nuestro planeta es el único capaz de acoger vida. No, existen billones de planetas como la Tierra, la mayoría mayores que el nuestro, la mayoría, probablemente, mucho más desarrollados. Sunny. Sunsy. Mamá.
Sam estaba diciendo otra cosa. Josie se concentró en las palabras.
—Estará hecha polvo. Destrozada.
Ah. Josie ya se lo esperaba. Cuando había empezado a estudiar odontología, Sam había sido cruel. «No necesitas lamerle el culo, Joze». Y cuando terminó y abrió su propia consulta, Sam se había quedado lívida. Paralizada. Después se mudó a Anchorage, luego a Homer, y entre Sunny, Josie y Helen triunfó la teoría tácita de que Sam había elegido Alaska para cederle el territorio y la victoria a Josie. Josie había vencido, se había ganado el amor de Sunny y, por tanto, podía quedarse con ella y con todo lo demás por debajo del meridiano 48.
Se oyó un golpe de las botas desatadas de Sam. Sam apoyó los pies, enormes dentro de los calcetines de lana gruesa, en la mesa gris de pícnic.
—Mierda, perdona —dijo Sam, y de pronto le plantó la cara delante. Las narices se rozaron—. No estoy enfadada contigo. Ni celosa. No estoy nada. Nada de eso. Pero sé que siempre me has tenido por una amargada. —De repente Josie recordó una época en que Sam la había acusado de dar pasos para heredar la consulta de Sunny. Sam había sido muy desagradable, muy a menudo, siempre con la excusa del qué más daba si todo estaba jodidísimo—. Te quiero. Somos hermanas —dijo Sam, y a Josie se le humedecieron los ojos y Sam rompió a llorar—. Cuéntame lo que ha pasado. Hablar ayuda.
Josie lo consideraba una afirmación discutible. Con frecuencia, hablar no ayudaba. Dolía del carajo. Era como decirle a alguien que estaba hundiéndose en arenas movedizas: «Quedarse quieto ayuda». En este caso Josie estaba segura de que el dolor afloraría, que esa noche, acostada en el plegatín del sótano de Sam, lo sentiría más vívido. Sabía, de hecho, que se tumbaría allá abajo, fría y con la cabeza rebosante de whisky malo, y mentalmente lo repasaría todo otra vez, sin dejar de pensar en los niños, dormidos dos pisos más arriba, que con facilidad podían despertarse en plena noche y querer saber dónde estaba su madre: no se les ocurriría pensar en el sótano y además les aterraría que su madre durmiera allá abajo. Josie estaba segura de que hablar de ello era una idea terrible, hablar de los horrores nunca la había ayudado, siempre le había ido mejor olvidando, estructurando la vida en torno al olvido, pero Sam quería saber y, en un momento de debilidad derivada del whisky, a Josie le pareció una idea fantástica abrir esa herida.
Tenía una cara muy dulce. El pelo blanco, las mejillas sonrosadas, cualquiera que la viera la tomaría por la esposa de Santa Claus. ¿Cómo podía semejante mujer, una mujer llamada Evelyn —¡Evelyn Sandalwood!, ¡un nombre para aliviar a los cansados y los fatigados!—, cómo podía esa viuda con cinco nietos convertirse en tamaño demonio? Josie pensó en los extraños monumentos del desierto, las formas encorvadas y huecas que el viento y los ríos habían esculpido a partir de montañas respetables.
Evelyn había sido paciente de Josie. Años sin el menor problema. Tenía la boca sucia, sí, era una fumadora con el esmalte blando, dos docenas de empastes y encías delicadas. Pero nada fuera de lo normal. Normalmente intuías a los pacientes problemáticos: tenían mil preocupaciones, se revolvían en el sillón, se aferraban a los apoyabrazos, te miraban con resentimiento antes de escupir. Después te acosaban a preguntas, se demoraban más de lo necesario, pedían una segunda opinión de la higienista. Josie había roto con muchos pacientes así en el pasado, los había derivado a dentistas más caros o más baratos, a cualquier parte.
Pero Evelyn era de los buenos. Charlaban del río de cerca de la consulta, de cómo de niña Evelyn solía surcar sus aguas sulfurosas en canoa. Alguna que otra vez mencionaba a su difunto marido con cariño, nada morboso, consciente de que ya no estaba, sintiéndose afortunada por haberlo disfrutado tanto tiempo. No estaba enfadada con nada, no tenía espíritu polémico. Parecía una buena mujer. Así pues ¿por qué había atacado a Josie de aquel modo? Josie intuía otras fuerzas en su entorno. Un yerno abogado especializado en daños corporales. Una sobrina que había visto un documental sobre negligencias. Le llegaban rumores, pero Josie no estaba segura. La ciudad era pequeña, Josie no podía saber qué era verdad, qué ocurría en su casa, qué le pasaba por la cabeza.
Lo que sí sabía era que un día recibió una citación para que entregara el historial de Evelyn Sandalwood. Christy, la recepcionista, abrió la carta, de un abogado conocido por ser el terror personificado, consultó a Josie y esta respondió que, por supuesto, que entregara el historial, lo que fuera. Pero le faltó la respiración. Clavó la vista en el encabezamiento de la citación. Aquel abogado era un animal. Eran las tres de la tarde, solo le quedaba otro paciente, higiene y revisión. Miró la carta, temerosa de leerla, pero vio las palabras «negligencia grave» y «retraso significativo en el diagnóstico» y supo que la consulta no sobreviviría. Dejó que cerrara Christy y pasó por el colmado de camino a casa, se compró una botella enorme de prosecco. Llegó hasta el aparcamiento y volvió a por ginebra.
Josie debería haber detectado el tumor. Eso reclamaba la demanda. En cualquier chequeo Josie hacía una revisión rutinaria de cáncer oral, y con alguien como Evelyn, fumadora, dedicaba más tiempo. Había levantado y examinado aquella lengua sucia, del color y la textura de una alfombrilla de coche. Recordaba vívidamente haberlo hecho, recordaba no haber encontrado nada, recordaba apuntar «negativo» en la gráfica.
Pero dieciséis meses después Evelyn tenía un cáncer en fase 3 y exigía dos millones de dólares. Josie no sabía a quién llamar. Llamó a Raj. «Ven a verme después del trabajo», le dijo Raj. Raj también tenía consulta en la ciudad y los dos hablaban a menudo, se consultaban sobre endodoncias y, para divertirse, se mandaban mutuamente a los pacientes más molestos. Raj era un tipo orondo de casi sesenta años y voz atronadora, propenso a filosofar sin fundamento y a todo volumen. Se plantaba con las piernas separadas, como dispuesto a resistir un súbito vendaval, y decía cosas del tipo: «Adoro mi trabajo, no puedo negarlo, ¡porque amo a la gente!». O, si no tenía el día feliz: «El único problema de nuestra profesión, Josephine, es la gente y sus bocas asquerosas».
En esta ocasión, al llegar a la consulta Josie se lo encontró de pie en el vestíbulo vacío, con los brazos extendidos. Pero en lugar de abrazarla, se arrancó con una de sus declaraciones. «Se lo he dicho a mis hijas: ¡No estudiéis medicina!». Estaban los dos solos, pero Raj hablaba tan fuerte como en un mitin al aire libre. «¿Te lo imaginas? ¿Un indio aconsejándoles a sus hijas que no sean médicas? ¡Son los pleitos! La culpa constante. ¡La cultura de la queja! ¡Que no otorgamos la inmortalidad! ¡Nos equivocamos! ¡Somos humanos!». Josie le preguntó si alguna vez había recibido una citación de un paciente y Raj le contestó que claro, una vez, en Pennsylvania, pero en Ohio no conocía a ningún buen abogado. Josie pasó el resto de la hora escuchándole hablar de sus pacientes problemáticos, de las docenas de veces que había esquivado una demanda por los pelos.
Cuando por fin Josie encontró abogado, una joven recién salida de la fiscalía de Cincinnati, supo que estaba derrotada. Había contratado a una niña abogada para defenderse de una anciana moribunda de cáncer, una mujer que encima se parecía a la señora Claus. No tenía ninguna oportunidad. Era cuestión de pactar una cantidad.
La idea de renunciar a la consulta se le ocurrió un día llegando al trabajo. En el instante en que la llave giró en la cerradura, Josie tuvo una revelación bella y simple. Entregaría el negocio a Evelyn Sandalwood. La mujer lo había contaminado, que se lo quedara. Su abogado perseguía un acuerdo de dos millones de dólares. El seguro de Josie cubría hasta uno, así que les ofreció un canje. Les cedería todo, equipo, clientela, todo, y se marcharía. Podían obtenerlo todo, millón y medio, ahora o esperar eternamente a recibir menos.
El abogado de Evelyn tachó la propuesta de ridícula, imposible, hasta que la exfiscal le explicó cuánto tardaría su representada en sacarle la misma cantidad a Josie en metálico. La casa, aunque la vendiera, solo le pertenecía a medias y después de la venta, el reparto, las tasas y los impuestos reportaría unos ciento cincuenta mil. El resto se iría deduciendo del sueldo de Josie mientras viviera, y Josie había dejado claro que no volvería a ejercer de dentista, por lo que nunca recuperaría su nivel de ingresos. El negocio era de Evelyn si lo quería. Era la oferta de Josie. Y fue idea de Josie concederle a la gente de Evelyn setenta y dos horas para decidir. En esos tres días la gente de Evelyn mandó expertos a inspeccionar el edificio, a determinar el valor del equipo, las luces, el instrumental. En pleno proceso, Raj telefoneó. «Te lo compro por un millón», ofreció. Josie le dijo que no valía tanto. «¡Pues yo creo que sí!», rugió él. Por teléfono hablaba aún más alto. Josie le contestó que era un santo. «¡Quiero que seas feliz, Josie! —bramó Raj—. ¡Que olvides este espanto y encuentres la paz! ¡Por fin eres libre!».
Ya antes de Evelyn el trabajo había dejado de ser divertido, no era ni siquiera tolerable. Un día al llegar al despacho Josie se encontró una nota pegada a la puerta. «¿Cómo has sido capaz?», preguntaba en robustas mayúsculas manuscritas. La nota la aterrorizó durante semanas. ¿Quién la había escrito? ¿Qué significaba? ¿Aludía a Jeremy o alguien se quejaba de los precios? Josie se volvió asustadiza. Empezó a farfullar. Le daba miedo dar consejos, impartir sabiduría que podría ocasionar la muerte de alguien en un solitario valle afgano, no decía casi nada. ¡La angustia de la influencia! En su país, en ese momento desquiciado en particular, una dentista tenía el poder de mandar a un joven a la muerte. ¡Una dentista! Había elogiado descontroladamente la capacidad de Jeremy de cambiar el mundo y le habían matado de un disparo. Luego, Josie había tomado el camino contrario, había marcado la casilla de «negativo» y su gesto había provocado, o eso afirmaban Evelyn y su familia carroñera, el cáncer de la anciana enferma. Bueno, pues basta. Era mejor no decir nada, evitar a la gente. Se había hartado de bocas, empezando por la suya.
«No te preocupes», le dijo Raj. Estaban recorriendo la consulta vacía. Se habían ido todos. Raj la relevaría enseguida, volvería a contratar a la mayoría del personal. Josie lo quería por eso. «Josie —dijo Raj, cogiéndola de las manos como si fueran a bailar—, los desahuciados siempre se alimentarán de los competentes. Igual que alguien que esté ahogándose se agarrará del que camina por encima del agua».
La última reunión con Evelyn y su gente… fue desagradable. Habían pasado varios meses desde la primera citación y la anciana había adelgazado casi catorce kilos. No podía hablar y su mirada, tan dulce en el pasado, se había endurecido. Josie quería apiadarse de ella, pero no sintió nada. Quería irse. Evelyn aceptó el acuerdo, cogió el dinero, su yerno miró cómo firmaba los papeles con los dedos atrofiados, amarillentos.
Y Josie se liberó.
—¿Y por eso se te paralizaba la cara? —preguntó Sam arrastrando las palabras.
Habían rellenado las tazas un par de veces durante el relato.
—No lo sé —dijo Josie—. Supongo.
Josie miró hacia la negra noche.
—¿Es así como hay que vivir?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sam, y se levantó y miró hacia la noche, tratando de ver lo que veía Josie.
—¿Tienes la impresión de estar haciendo lo que debes? ¿De aprovechar el tiempo como es debido?
Josie se rio para quitarle importancia a lo que acababa de preguntar, pero sabía, incluso borracha, que constituía el pensamiento central que había ocupado su mente durante la mayor parte de los últimos veinte años. Dondequiera que estuviera, podía estar satisfecha, cumplir con el trabajo o alimentar a sus hijos o enamorarse temporalmente de un hombre como Carl y vivir en la ciudad donde vivía, en el país donde había nacido, pero a diario se le presentaban otras mil vidas que parecían igual de valiosas o más.
Sam no contestó. Entonces Josie se dio cuenta de que no había pronunciado las palabras en voz alta. Había querido decirlas, pero la ocasión había pasado y ahora ya no era posible.
En su defecto dijo:
—Está bien.
Con eso quería decir que Sam y ella deberían tratarse mejor. Todos deberíamos tratarnos mejor. Evelyn no debería haber enfermado de cáncer y no debería haberse quedado con el medio de vida de Josie como recompensa y ¿cómo era que Josie no sabía nada de su padre desde hacía once años y que Jeremy había muerto? ¿Cómo iba a ser aceptable algo así?
—¿Qué miras?
—Está bien —repitió Josie, y luego añadió—: Hora de dormir.
Pero no durmió. Bajó al sótano y se acostó en el sofá cama. Su negocio se había esfumado, sin placas ni agradecimientos. Sus empleadas la culpaban a ella, no a Evelyn Sandalwood, no al clima de canibalismo judicial, no al abismo del orden moral, sino a Josie, por la desaparición de la consulta y la pérdida de sus empleos. Tania la había reñido por no tener el seguro adecuado. ¡Tania! ¡A la que había asegurado! Todas aquellas jóvenes… acudían a Josie en busca de trabajo, sí, pero, sobre todo, querían un seguro. La consulta de un dentista tendría la mejor cobertura. Tenían una lista de condiciones previas y no podían contenerse: preguntaban por el seguro médico a los diez minutos de entrevista. Josie se ocupó de Tania y Wilhelmina y Christy, se ocupó de todas ellas y ninguna perdió dinero. Todo el dinero que se perdió era suyo, y las chicas cobraron su paga y se sintieron estafadas. No había ninguna razón para montar un pequeño negocio y contratar empleados. A esa gente la habían criado para ofenderse con cualquier patrón, para sentirse estafada con cada paga. Josie había propuesto repetidamente fundar una cooperativa, un sistema mediante el cual todas compartirían beneficios y riesgos. Nadie quiso participar. Prefirieron seguir ofendidas.
Josie cerró los ojos.
Y se encontró con el rostro de cierta entusiasta de la escuela, la de la bufanda, siempre llevaba bufanda, que tenía a Josie por una vaga. «¿Cómo podríamos conseguir que te implicaras un poco más?», preguntaba, con los ojos saltones de loca y el pelo negro enmarañado como una escoba de zarzas. No, no. Cambio de pensamiento. Jeremy. Jeremy no. Otro. Carl no. «¡Me he leído un libro sobre html! — gritó una vez Carl, la única que Josie lo oyó chillar—. ¡De cabo a rabo!». Esto para él era una especie de trabajo. Eso justificaba su pereza. Tal vez hubiera sido su mayor hazaña fuera del retrete. ¿Recuerdas la vez aquella que compró dos paquetes de doce rollos de papel higiénico? A la fuerza; gastaba un rollo diario. No. Basta de Carl. Josie lo apartó. ¿Patti? ¿Qué había sido de Patti, su amiga de la guardería? Patti estaba bien. Patti era divertida, descarada, llamaba a las cosas por su nombre. Con una punzada, Josie comprendió que era culpa suya: Patti había contactado con ella a menudo la primavera pasada y Josie ¿qué había hecho? ¿Se había olvidado de contestar? De llamar. No, Patti se había mudado. Se había divorciado y se había mudado. ¿Por qué no recordaba esas cosas? Dirigir un negocio aniquila tu capacidad de comportarte como la clase de amiga que la gente espera o merece. Pasaban días y semanas y no podías cumplir. Sus mejores amistades eran las más antiguas, que ya no esperaban un contacto constante. El resto se decepcionaba.
Era la principal reacción que despertaba en los demás: decepción. Sus empleadas estaban decepcionadas por el horario y el sueldo, sus pacientes decepcionados por el servicio, las caries, en realidad, por sus bocas sucias y su esmalte frágil y sus escurridizos seguros médicos. El buzón de sugerencias, idea del personal, había resultado un desastre. «Una decepción». «Muy decepcionado». «Superdecepcionada». Josie retiró el buzón, disfrutó de unos años de felicidad y luego aparecieron las páginas web con opiniones de los clientes, por Dios, cuántos agravios, montones de pacientes anónimos se vengaban de cualquier resbalón, de cualquier momento imperfecto. Decepcionados por el trato humano. Decepcionados por el diagnóstico. Decepcionados por las revistas de la sala de espera. Cada decepción, un crimen.
Vivimos una época vengativa. ¿Se han olvidado el pato a la naranja o el arroz pegajoso que has pedido? ¿Y ya estás en casa? ¿Así que tendrás que conducir de vuelta para llevarte el pollo a la naranja o el arroz pegajoso que habías pedido? ¡Qué injusticia! Por tanto, venganza. ¡Véngate de los crímenes del dueño! Era nuestra versión contemporánea del equilibrio, de cantarle las cuarenta al poder. ¡Véngate del dueño en la página de opiniones de la clientela! ¡Corrige el desequilibrio! Josie también lo había hecho. Lo había hecho en tres ocasiones y, cada vez, se sintió bien un par de minutos y luego vil, destrozada. Al mundo no le importaba. Olvídalo. ¿Cómo había aguantado tanto tiempo en el negocio? Yo también estoy decepcionada, quería decir. Decepcionada por tu halitosis, por la erección cuando Tania aprieta los pechos contra tu hombro pubescente al inclinarse. Decepcionada por la forma en que te aferras al reposabrazos como si te hiciera daño, no me jodas, si ni te he tocado. Lloricas. Nenazas. La mamá peloescoba estaba decepcionada. Evelyn era la más decepcionada de todos. Mierda: era un espectáculo. Decepcionado: el musical.
Piénsalo: el público se marcha Decepcionado. ¿Qué has visto? ¿Qué te ha parecido? «Una decepción». ¡Si era el anuncio! «Tras este espectáculo, saldrá Decepcionado». No podía fallar. Tumbada en el sótano, lejos de niños dormidos y babeantes, Josie, con los ojos abiertos, se planteó ir a por una libreta. No, se acordaría. Era mejor que ¡Noruega! Cada canción de Decepcionado: el musical consistiría en una letanía de quejas sobre un fondo de música desenfadada. El escenario, una orgía caleidoscópica de colores y productos, era la inimaginable panoplia de objetos y comodidades a nuestra disposición que, no obstante, no bastan, nos decepcionan. Productos con los que decepcionarse. Nuestros amigos: decepcionantes. Nuestros padres: decepciones. Las compañías aéreas: decepcionantes. Nuestros países y líderes, todos, decepciones. El musical mostraría la decepción en cuatro dimensiones. Los actores cantarían y bailarían ataviados con un vestuario fenomenal que no obstante se quedaría corto. Las butacas del teatro serían cómodas, claro, pero podrían ser mejores. En el intermedio se serviría un refrigerio, pero no estaría a la altura y el descanso antes del segundo acto no sería bastante largo para disfrutar de las bebidas. El precio de las entradas: no llegaría a abusivo, pero sería decepcionante. La disponibilidad, también decepcionante. El espectáculo duraría demasiado.
Evelyn sería la estrella. Quienquiera que la interpretara tendría más de setenta años, pero el número inaugural giraría en torno a todo lo que le quedaba por vivir, todas las posibilidades que tenía por delante. Veríamos a una mujer achacosa, una mujer con dificultades para moverse por el escenario —y además fumaría y hasta era posible que no se moviera en absoluto, que permaneciera sentada en un taburete—, que cantaría una canción como una vivaz recién llegada a la gran ciudad: sobre todo lo quería hacer. Pero entonces. Entonces iría a la dentista, ajena a todo, que de algún modo le provocaría cáncer, y ese sería el final del primer acto: la dentista provoca cáncer por omisión. El segundo solo sería un tema trágico sobre horizontes perdidos, el tiempo finito, la decepción. La sensación del musical sería la canción «Toda decepción es un crimen», para la cual se sumarían a Evelyn sus hijos y sus nietos, todos lamentando el destino de la anciana, pero confiando en obtener cierta reparación cuando se hiciera justicia, cuando se castigara y expulsara a la dentista negligente (¿tal vez caería por una trampilla del escenario?). El espectáculo terminaría así, con la dentista descendiendo al tiempo que Evelyn ascendía: Evelyn ascendería a los cielos entre cantos de cornetas y trompas y luego, por supuesto, allí también se llevaría una decepción.