Héroes de la frontera
Capítulo 8
8
Josie se despertó al oír golpes en las habitaciones de arriba y supo que eran Sam y las gemelas desayunando, vistiéndose, y rezó para que así fuera, preparándose para salir. No tenía ningún reloj a mano y no quería saber la hora. Solo quería que aquella gente abandonara la casa antes de que despertaran a Paul y Ana. Sam le había dicho que esa mañana trabajaba, guiaba a un grupo de New Jersey, y que las gemelas irían al colegio, de modo que Josie y los niños se quedarían solos hasta la tarde.
La puerta principal se cerró con cuidado y luego la mosquitera con un cañonazo, y Josie se tapó la cabeza con la almohada. Después la puerta volvió a abrirse, la mosquitera golpeó tres, cuatro veces. Era broma, pensó Josie. Pero al final se impuso el silencio y Josie estaba calentita y por un momento pensó que volvería a dormirse, solo para descubrir, al cerrar los ojos, la cara de Jeremy y de la madre del chico, su mirada acusadora. Entre la opción de despertarse demasiado temprano o cerrar de nuevo los ojos y enfrentarse a aquellas caras y sus acusaciones, apartó mantas y almohadas y se levantó.
La planta baja estaba limpia y en silencio. Sam y sus hijas no habían dejado nada desordenado, ningún rastro de que hubieran comido ni habitado en modo alguno aquellas habitaciones hacía solo unos momentos. En casa de Josie los platos no se fregaban después de comer; era mejor dejarlos hasta la mañana siguiente, como si recogerlos y lavarlos demasiado rápido equivaliera a borrar prematuramente el recuerdo de una buena comida. Josie se paseó por la planta y, con la mente despertándose poco a poco, pensó complacida que durante unos veinte minutos podría explorar la casa sin testigos ni interrupciones. Sam no tenía café, de modo que Josie se preparó un té y recorrió la cocina abriendo armarios y cajones.
Le sorprendió tanta organización. Había armarios para vasos, otros para platos y cuencos, y ninguno tenía intrusos: nada de fuentes o copas sueltas. Había un cajón para las bolsas de plástico. Un armario para las ollas. El cajón de la cubertería contenía cubertería y nada más: ni un pelador, ni un pincho para las mazorcas. Los casos atípicos tenían su propio cajón. Josie buscó en vano el cajón o la papelera o el armario donde se guardaban todos los objetos inclasificables o que se escondían en limpiezas apresuradas, pero no lo encontró. La nevera, a pesar de ser vieja, estaba limpia y reluciente y dentro conservaba fiambreras de plástico con restos de pasta y hamburguesas vegetarianas. La leche se había obtenido misteriosamente del cannabis y el zumo de naranja se había exprimido y embotellado en Homer. Un plátano a medias había sido sepultado con cuidado en plástico.
Josie se plantó en la puerta del comedor, sorbiendo té y meditando sobre la extrañeza de estar en una casa. Los niños y ella llevaban fuera solo unos días y ya esa casa grande y de paredes resistentes, paredes tan fuertes que soportaban cuadros y espejos, parecía un templo a la solidez, ajeno e incomprensible. Josie se descubrió tocando las paredes, apoyándose en ellas, regodeándose en su fortaleza. Había una chimenea con aspecto de utilizarse, con una primorosa pared de leña a un lado y una pirámide menor de astillas al otro. En la repisa descansaban las fotografías de familia que Josie ya conocía, una de Sunny y Helen y Josie y Sam, un despliegue previsible de fotos escolares y trofeos de lacrosse de las gemelas y una placa grande que Josie pasó por alto la primera vez solo para comprender, al volver sobre ella, que celebraba la jubilación de Sunny. ¿Cómo es que la tenía Sam?
Oyó aterrizar dos pies pequeños arriba y dedujo de su agilidad que pertenecían a Ana. Por las mañanas a Paul le costaba más reincorporarse al mundo. Habría sido mejor que sus hijos tuvieran un padre como el de Zoe y Becca, heroico y ausente, en lugar del suyo, cobarde y cercano. Era mucho mejor, y Josie intentó reprimir la envidia que empezaba a dominarla. ¿Cómo se permitía Sam un sitio así trabajando de guía tres meses al año? Era ridículo e injusto. ¿Por qué las niñas de Sam, huérfanas de padre, eran tan guapas y fuertes? ¿Por qué Sam había llegado a soluciones fáciles mientras que Josie seguía devanándose los sesos?
—¿Mamá? —llamó Ana desde arriba sin preocuparse de que su hermano aún durmiera.
—Estoy abajo —dijo Josie, y Ana bajó corriendo las escaleras.
Ana tenía hambre, así que Josie cogió un yogur y se lo comieron entre las dos. También encontraron pasas y galletas y se las comieron. Encontraron huevos y Josie hizo tortillas. Mientras se comía el segundo plato, Ana descubrió la torre de juego del jardín trasero y salió disparada. Paul todavía dormía, de modo que Josie regresó a la nevera, encontró unos bombones de chocolate y se comió seis de los ocho que había. Abrió la puerta delantera confiando en hallar respuesta a la pregunta de si le aguardaba un día infeliz, pero solo encontró el diario de la mañana.
Lo entró a la cocina y lo hojeó mientras vigilaba a Ana, que andaba ocupada buscando los puntos flacos de la torre. Josie sabía que la rompería por algún lado y sabía también que las hijas de Sam eran demasiado mayores para jugar con esa torre. Con Ana, Josie calculaba a diario: ¿cuáles son las probabilidades de que rompa esto? ¿Cuánto costará en tiempo o dinero repararlo? Josie escudriñó la torre para determinar lo peor que podía hacer Ana y llegó a la conclusión de que afectaría a las delgadas cadenas que sujetaban los columpios de unos postes gruesos. Las cadenas eran el punto flaco de la estructura y Ana lo sabía y estaba tirando de ellas con todas sus fuerzas.
Josie se rellenó la taza de té y se concentró en el semanario local. La noticia de portada aludía a un funcionario que se había escapado con veinticinco mil dólares en monedas de veinticinco centavos que había ido sisando de los parquímetros a lo largo de tres años. El semanario se declaraba perplejo, dolido, pero Josie pensó: Menuda planificación y qué puesta en práctica. El tipo tenía talento. Unas páginas más adelante, en la sección de clasificados, destacaban dos palabras en letras grandes: «Nacimientos», acompañada de un sonajero y un biberón, y «Policía», con un dibujo de unas esposas. Las dos palabras y sus dibujos se rozaban, levemente inclinadas, y encabezaban lo que, en esencia, era un fichero policial de extraordinaria claridad.
16/8
Una llamada anónima avisó de la presencia de un camión
articulado que conducía con un neumático incendiado por East End Road y Kachemak Bay Drive.
Una llamada alertó de la presencia de un perro agresivo
en Beluga Cort.
Una llamada informó de una nutria herida en la playa.
Consultado el Centro para la Vida Marítima de Alaska, se aconsejó dejar tiempo para ver si la nutria regresa al agua.
Una llamada se quejó de unos vecinos ruidosos debajo de
la ventana en Ben Walters Lane.
17/8
Una llamada informó de que se había encontrado un
labrador negro en Baycrest Hill.
Un vecino de la calle Svedlund informó de que su mujer
le grita todo el tiempo. No requirió presencia policial.
Una mujer devolvió un bolso que se había encontrado.
18/8
Alguien informó de un tráiler volcado en Ocean Drive
Loop.
Una mujer denunció por teléfono que habían atracado a
su marido mientras caminaba por la carretera.
Una llamada denunció el robo de una fueraborda en
Kachemak Bay Drive.
Una llamada alertó de la presencia de un hombre
maniatado en la carretera.
19/8
Un hombre se personó en comisaría y notificó que creía
que le habían robado el golden retriever.
Una llamada alertó de una nutria herida. Una mujer informó de que una luz cegadora iluminaba su
casa.
Todo muy lúcido y, sin embargo, Josie tenía muchas preguntas. ¿El hombre maniatado guardaba alguna relación con el marido atracado en la carretera? ¿Las nutrias de los días 16 y 19 eran la misma?
Paul bajó y algo en su mirada se hizo eco de lo que opinaba Josie de la casa: era cálida y sólida, conseguía que la vida de su familia en el Chateau pareciera una absoluta irresponsabilidad y les restaba humanidad. Josie le preparó una tortilla y le sirvió lo que quedaba de leche de cannabis mientras el niño le preguntaba con la mirada qué estaban haciendo: en la caravana, en Homer. ¿Por qué no podían vivir allí o como los habitantes de la casa? Un gemido ensordecedor rompió la calma del día y Josie miró por la ventana y vio a un hombre ataviado con una especie de propulsor conectado a un aspirador. Oh, no. Un soplador. La manera más fácil de presenciar la estupidez y las vanas esperanzas de la humanidad era contemplar, durante veinte minutos, a un ser humano utilizando un soplador de hojas. Con este ingenio, afirmaba el hombre, mataré la calma. Destruiré el plano auditivo. Y lo haré con una máquina que ejecuta su función con mucha menos eficiencia que un rastrillo.
Sam había dicho que volvería a las tres, así que a las dos, visto que no habían hecho nada en todo el día aparte de comer, Josie se dio cuenta de que tendría que salir a comprar. Vistió a los niños y enfilaron por la carretera, disfrutando de la novedosa experiencia de poder ir a pie al colmado. Josie estaba convencida de que el día anterior había visto un mercado en esa dirección, pero la tienda que encontraron era mitad ferretería, mitad almacén de saldos de alimentación, no lo que ella tenía en mente. Los techos eran altos y los estantes estaban repletos de provisiones al por mayor apiladas de cualquier modo, sacos enormes de arroz y harina y una notable variedad de comida para perros. Todas las marcas eran distintas de las que conocía, no identificaba ninguna. Los niños estaban desconcertados. El pasillo de los cereales no se distinguía del pasillo contiguo, que vendía material de jardinería.
Escogieron lo que pudieron y pagaron una suma disparatada. De camino de regreso, Josie cargada con cuatro bolsas y los niños con una cada uno, fueron remontando la colina bajo una llovizna constante. Todo iba bien hasta que Ana empezó a saltar en los charcos y Josie, imprudentemente, se lo permitió. Al final el agua reblandeció la bolsa de papel de Ana y el contenido se desparramó por el suelo. Los niños se pusieron a recogerlo, pero los coches pasaban por el lado y no había acera, de modo que Josie colocó a Paul y Ana en una estrecha franja de hierba entre la calzada y la cuneta y distribuyó las compras entre las bolsas restantes, le dio una mojada a Paul y ella se quedó todas las demás, después reemprendieron la marcha. Con la dignidad de capa caída.
Al ver la casa, tres manzanas más arriba, Paul se dirigió a Josie:
—¿Por qué suspiras?
—Bostezaba.
—No, suspirabas.
Josie le respondió que no sabía lo que había hecho ni por qué y que espabilara, que estaba lloviendo. Al dar la vuelta a la esquina Josie vio la camioneta de Sam y se le partió el corazón. Sam había vuelto temprano y Josie tuvo la sensación, inconfundible, de que iban a regañarla.
—Parece que has revisado toda la casa, chico, ja, ja —dijo Sam al poco rato, sin atisbo de alegría—. ¡Y os habéis puesto las botas! ¡Sí que teníais hambre!
Josie intentó recordar. ¿Habían abierto cajones sin volverlos a cerrar? ¿Habían dejado armarios abiertos? Debía de ser que sí.
—Hemos comprado comida —dijo Josie, alzando las bolsas.
Las llevó a la cocina y, conforme empezó a vaciarlas, se dio cuenta de que no había pensado en lo que reponía. Había comprado productos básicos, huevos y leche (leche normal, no tenían la de cannabis que tomaba Sam), algunas cosas para los niños y ella, otras que habían elegido los críos y un buen número de productos que ni siquiera ella estaba segura de que fueran a comerse. Pensó en ella hacía tan solo una hora, en la tienda, y no consiguió comprender absolutamente nada de la persona que había hecho la compra.
—Parece que tendré que salir a comprar, ja, ja —dijo Sam.
—Hazme una lista —le pidió Josie—. Ya voy yo.
—No pasa nada.
—Déjame ir, Sam.
—No, está bien. La invitada eres tú. Descansa.
Para dejarlo lo más claro posible y comportarse como la mayor cretina que podía ser, Sam cogió las llaves y salió a la compra al instante.
Al cabo de una hora regresó con las manos cargadas de comida nueva, mejor, y una amplia sonrisa en la cara. Era como si, después de demostrar lo que quería —que a Josie no podía encargársele nada—, se hubiera apoderado de ella una enorme bondad. Parecía convencida de que Josie y ella habían vuelto a confraternizar, que el rapapolvo que le había echado a Josie hacía una hora era merecido y justo y había sido asimilado debidamente. Sonriendo como si estuvieran en pijama y todavía compartieran dormitorio, Sam le propuso un plan para la noche consistente en que las gemelas cuidaran de Paul y Ana y ellas salieran por la ciudad. Cuando los niños se enteraron de la posibilidad de quedarse a solas con Zoe y Becca, pedir pizza y ver la tele, el tema quedó zanjado.
Al poco, Josie estaba en la camioneta de Sam camino de un bar que, según insistía Sam, era solo para lugareños, como si lo que quisiera y necesitara Josie más que nada en el mundo fuera beber con lugareños, como si beber con turistas o cerca de ellos no estuviera bien.
—Estás en mi casa —dijo Sam, y Josie asintió con admiración.
Parecía un bar de excombatientes. El bar de Sam. Sam lo llamaba su casa. Cuadros de barcos pesqueros y de guerra decoraban las paredes. Debía de ser un momento capital y lamentable cuando tenías un bar al que llamabas casa, y que el bar fuera como aquel. Sam pidió margaritas, pero no al camarero, sino a Tom. Era un hombretón de cara rosada que parecía estar marchitándose prematuramente, como una figura de cera a medio derretir.
—Estuvimos liados —le explicó Sam a Josie, lo bastante fuerte para que la oyeran Tom y todos los demás.
Tom se sonrió mientras colocaba un vaso bocabajo sobre un montón de sal.
—Chinchín —dijo Sam, y brindó con Josie.
De adolescente, Sam no bebía. En la universidad, tampoco: era una joven puritana que se alimentaba de la sensación de control, de su capacidad de evitar toda clase de sustancias y tentaciones. Sunny no conseguía ni que se tomara una aspirina. Y ahora esto. Sam había vaciado medio margarita y se había ligado al camarero. ¿Cuándo?
Por encima de la barra, un partido de fútbol estaba en plena celebración.
—Míralos —dijo Tom.
Pero no era touchdown. Los jugadores ahora celebraban cada jugada. Fueran ganando o perdiendo, cada vez que hacían algo, encontraban motivo de celebración.
—Tengo que sacar a las niñas del colegio —dijo Sam sin apartar la vista del televisor, donde un macho adulto embutido en licra plateada danzaba con una toalla y una pelota—. ¿Has oído lo de las chicas que hacen mamadas arcoíris?
No. Tom se había parado a escuchar sin disimulo, tan concentrado que le habían crecido en la frente dos arrugas diagonales gemelas desde las sienes al puente de la nariz. Se moría por saber lo que eran las mamadas arcoíris.
—Por lo visto va así —explicó Sam—. Una chica se pinta los labios de rojo y le marca un anillo rojo al tío en la polla. Luego su amiga se pinta los labios de naranja y le deja otro anillo. Después otra hace lo mismo con amarillo y otra con verde, azul… Luego va el azul, ¿no?
Tom asintió enérgicamente. Sí, azul.
—Pues ya tengo otra cosa en la que pensar —dijo Sam apurando la copa y pidiéndose otra—. ¿Alguna de mis hijas andará haciendo mamadas multicolor? No tiene solución. O les permito hacer lo que quieran y les da por las mamadas arcoíris o intento controlarlas y, por mucho que diga, harán mamadas arcoíris.
Nada de eso parecía posible en Alaska, y menos aún aquellas chicas. Todas las chicas que Josie había visto, en especial las gemelas de Sam, parecían de otro mundo, de otra época, alejadas de las tonterías adolescentes contemporáneas, mucho más proclives a aparejar y montar una ballena que a quedarse en casa con minipenes adolescentes.
—¿Qué edad tienen? —preguntó Josie.
—Trece años. Tengo una amiga, ya mayor, que se ha ofrecido a que vivan con ella en el bosque. Un poco como hizo Sunny con nosotras.
Sam vio a alguien al otro lado del bar y saludó.
—Un viejo amigo —dijo a modo de explicación.
Al instante el amigo se acercó; era tal cual lo había descrito: viejo. Sesentón. Al aproximarse fue envejeciendo. Sesenta y cinco, setenta.
—Un amigo viejo —dijo Josie, y Sam tardó un segundo en reaccionar, como si estuviera decidiendo si fingir que el comentario era gracioso o fingir que era ofensivo.
Optó por parpadear varias veces.
Al llegar a la mesa, el amigo aparentaba setenta y cinco años. Era una especie de Leonard Cohen alasqueño, alto y guapo, pero sin sombrero.
—Robert —se presentó, y estrechó la mano de Josie. Al tacto era arrugado y aceitoso, como un pez moribundo. Miró a Sam y Josie varias veces, asintiendo—. ¡Es mi noche de suerte! —comentó en alto, con voz aguda y renqueante.
Tom lo oyó, pero no sonrió. Josie intuyó que se encontraba en medio de un cuadrado amoroso inclinado (¿un paralelogramo?), pero o Robert no se enteraba o no consideraba a Tom digno del juego.
Josie volvió a mirar al televisor. De nuevo los jugadores parecían celebrar un logro menor. Al principio ofendía a la vista, luego Josie lo comprendió. Era justo lo que le faltaba a la vida, pensó. Celebrar cada momento, como los idiotas esos de la tele.
—Chupitos de Jager para las damas —le pidió Robert a Tom.
La cara cérea de Tom se tensó, como si luchara contra la realidad, contra el hecho de que no le quedaba otra opción más que servir. Había elegido una vida donde tenía que servir a toda clase de seres humanos, tenía que confiar en que un mal hombre le dejara propina.
Robert, desde luego, parecía un mal hombre. Algo en él, todo en él, resultaba desagradable, poco de fiar, libidinoso y lascivo. Llevaba la camisa abierta hasta el pliegue donde el pecho, hundido, se encontraba con la inesperada barriga.
—Por las hermanas —brindó, empleando el término «hermanas» en un tono extrañamente obsceno.
Sam le guiñó el ojo a Josie por debajo de la copa alzada. Debía de haberle dado la explicación más sencilla, le habría dicho que eran hermanas.
Robert pidió otra ronda, pero Josie escondió la mitad de su segundo chupito detrás del codo. Robert no lo vio o no le importó.
—Josie ha venido desde Ohio —dijo Sam.
—¿Ah, sí? —dijo Robert tomándose la información geográfica como excusa para repasar a Josie de la cabeza a los pies. Al llegar a los ojos, soltó lo que seguramente consideraba la agudeza de la noche—: Algún día me gustaría ir allá abajo.
Sam por lo visto no entendió el doble sentido.
—Vale —dijo Josie tratando de bostezar—. Creo que voy tirando.
—No te vayas —pidió Robert intentando cogerle la mano.
Josie la apartó tan rápido que golpeó al hombre de detrás.
—Lo siento —se disculpó.
—No lo sientas —dijo Robert—. Quédate.
Sam no estaba al caso de la conversación. Se había bebido dos margaritas y dos chupitos y ahora cogía a Robert de la mano y parecía dispuesta a pasarlo en grande con el Leonard Cohen alasqueño. Tom estaba en la otra punta de la barra, viendo la tele desde lo que parecía un ángulo bastante incómodo.
—Venga —dijo Sam—, aquí podrías conocer a un montón de gente.
Robert quería un trío y Sam quería estar a solas con él. Escudriñó la barra en busca de alguien a quien endosarle a Josie sin éxito.
—Nos vemos en casa —dijo Josie.
Josie dio media vuelta sin esperar que Sam la dejara marcharse. Cuando alcanzó la puerta, se giró y vio a Robert hundiendo su lengua de setenta años en la joven garganta de Sam.
En el cielo había nubes bajas y blancas y nubes grises como un barco de vapor, pero también se veían las estrellas y una luna blanca inmaculada. Josie enfiló colina arriba, pensando en la cara de Sam, en la cara de Leonard Cohen. Estaba sobria y furiosa, y estaba emocionada por haber escapado del bar y agradecidísima de haberse ahorrado la imagen del inevitable baile que Robert querría con Sam, el delicado balanceo beodo que los viejos verdes gustan de marcarse en público, sus giros, sus manoseos: ya no se molestaban en ocultarse. Josie confiaba de manera intermitente en que llegaría a casa sin perderse y enseguida se convenció de que vislumbraba la iglesia al final de la calle de Sam, pero entonces miró el reloj y vio que eran solo las nueve y media. Los niños todavía estarían despiertos y pensarían que su madre no quería concederles espacio, tiempo a solas con las gemelas.
Se paró al borde del camino y pensó en varias cosas, como la certeza de que, a pesar del orden hogareño y el barco de Popeye y el primor de niñas, Sam era un monstruo, un animal inmoral, y que no quería saber nada más de ella. Y también pensó: ¿Sam era fan de Leonard Cohen? ¿De ahí la atracción por Robert? Josie concluyó que no deberían haber ido a Homer.
Coherencia. Tengo que ser coherente, pensó. El sol, la luna, eran coherentes. La vida en la tierra prospera porque puede confiar en que el sol saldrá y se pondrá, en que las mareas irán y vendrán. Sus hijos solo necesitaban predictibilidad. Pero entonces ¿por qué los había llevado a Alaska, a un sitio nuevo cada noche? Tenía que ser coherente. La misma hora de acostarse. El mismo tono de voz. ¡Qué simple! Pero ¿qué pasaba con no ser simple? ¿Qué pasaba entonces con ser interesante? Los padres no podían ser interesantes, ¿no? Los mejores padres se levantaban y caían como soles y lunas. Giraban con la predictibilidad de los planetas. Josie comprendió con claridad meridiana la verdad irrefutable: la gente interesante no puede criar niños. La propagación de la especie depende de los monótonos. En cuanto descubres que eres diferente, que tienes cambios de humor, que tienes antojos, que te aburres, que quieres ver la Antártida, no deberías tener hijos. ¿Qué les pasa a los hijos de gente interesante? Salen mal, es inevitable. Machacados. No han tenido soles y lunas predecibles y por tanto sufren carencias, están desesperados y son inseguros: ¿mañana saldrá el sol? Joder, pensó. ¿Debería entregar a mis hijos a un sol de fiar? No me necesitan. Necesitan buena alimentación y alguien que los bañe cuando toca y que limpie la casa no por obligación, sino porque quiere. No a alguien que los pasea en una autocaravana de conglomerado con la vajilla en la ducha y las heces en un depósito.
Un momento, pensó Josie. Tal vez podrían vivir aquí. Tal vez venir a vivir aquí, cerca de Sam, su compañera asilvestrada, era cosa del destino y la simetría. Pero ¿quién podría vivir aquí? Es bonito, sí, pero seguro que los inviernos son un puto horror. Las nubes continuaron avanzando por encima de ella como tropas en formación.
Debería irse de Homer mañana mismo, decidió, pero no sabía adónde. En esta ciudad, porque contenía a personas como Robert, no se podía vivir, no era mejor que la ciudad que había dejado atrás, y esa ciudad había sido tomada. ¿Qué había ocurrido en su pequeña ciudad? «En serio que tengo que salir de aquí —dijo un día Deena—. Ya no soporto más este lugar». Se había criado allí. En otro tiempo era un lugar de verdad, una ciudad pequeña con una plaza de adoquines de verdad donde los niños montaban en patinete perseguidos por perrillos penosos, perversiones de la reproducción selectiva, sin correa y sin parar de ladrar. Ahora el lugar estaba atestado, no había sitio para aparcar, mujeres con coleta circulaban a velocidades de vértigo camino de la clase de yoga o de pilates chupando rueda de otros conductores, pitando, saltándose los stops en los cruces. Se había convertido en un lugar desdichado.
El crimen de las señoras de la coleta consistía en que siempre iban con prisas, prisa para hacer ejercicio, prisa para recoger a los niños de capoeira, prisa para consultar las notas del programa de inmersión en mandarín del colegio, prisa para comprar germinados en la nueva tienda ecológica cubierta de hiedras, de la nueva cadena dominante a nivel nacional fundada por un megalómano libertario, una tienda donde se comisariaba la comida, por donde circulaban a toda velocidad las mujeres con coleta y sonreían con fiereza cada vez que les cortaban momentáneamente el avance del carrito. En su evolución radical hacia una educación, salud y alimentación mejores, la ciudad se había convertido en un lugar triste, y el colmado ecológico era el lugar más triste de aquella ciudad deprimente. Los de la caja no estaban contentos de estar allí y los que llenaban las bolsas echaban humo. Los carniceros parecían contentos, los charcuteros parecían contentos, pero todos los demás parecían amargados. Las mismas mujeres (y hombres) horribles que conducían de forma agresiva de camino a yoga, conducían con la misma agresividad hacia la tienda ecológica y aparcaban enfadadas: robaban la última plaza libre a ciudadanos ancianos que iban a la farmacia de allí al lado, salían corriendo del coche, lívidas, para comprar havarti y prosecco y hamburguesas vegetarianas. Esa gente ahora estaba por toda la pequeña ciudad de Josie, ponía en peligro a sus hijos con su estilo depredador de conducción y su furia apenas contenida.
La ciudad, verde y montañosa y surcada de ríos, no muy lejos de una fundición abandonada, había sido descubierta por esas hordas y su ira, su dinero nuevo y su rabia nueva habían culminado en el incidente de la Bomba de Bicicleta Lisiante — solo Josie lo llamaba así, pero, en fin— en el centro de la ciudad. En el incidente se habían visto involucrados un hombre en furgoneta y un hombre en bicicleta y había resultado en una pelea que había dejado medio muerto a uno de los dos. Pero no había sido el hombre de la furgoneta el que había pegado al de la bici, no en ese momento, no en esa ciudad; no, se trataba de la inversión contemporánea, de la versión donde el ciclista, vestido de licra y montado en una máquina de cinco mil dólares, triunfaba sobre el jardinero bondadoso en su furgoneta herrumbrosa. Por lo visto el ciclista se había sentido ofendido por el conductor de la furgoneta, que se ganaba la vida cortando céspedes y con pequeños encargos de paisajismo y quien supuestamente no había cedido suficiente espacio al ciclista. Los dos circulaban por la calzada, paralelos a una laguna minúscula que un grupo medioambiental había preservado para las garzas y los patos migratorios. Así pues, en la señal de stop, el ciclista había parado y había gritado unas cuantas palabras exquisitas, momento en que el conductor se había bajado de la furgoneta y había recibido un golpe en la cabeza con la bomba de la bici. El conductor cayó y recibió un golpe tras otro hasta que el ciclista, con sus mallas de licra y su calzado especial, le abrió el cráneo y la sangre cubrió la cara del jardinero y salpicó el rododendro que hacía poco había plantado en la mediana el Club de Jardineros Jubilados (CJJ), que había reemplazado a la Asociación de Jubilados Verdes. Era el mundo al revés, un claro retroceso, pero del todo emblemático de esa nueva gente airada que iba corriendo de un lado para otro, siempre apurada para salir a correr agresivamente, explicar agresivamente, exponer agresivamente, explotar cuando la interrumpían o ralentizaban, pronta a la decepción. ¡Esa gente!, anotó en su cabeza Josie. El ciclista, el lisiador, aparecería en su musical Decepcionado. ¿Podría incorporar algún guiño a La tía Mame? ¿Sería excesivo?
Josie conocía al tipo, al ciclista. Era paciente suyo. La primera vez que había acudido a la consulta, unos años atrás, había llegado con planes propios: «¿Podemos saltarnos la limpieza? Sé lo que quiero». Quería sustituir seis empastes de plata por cerámicos. La plata estaba casi negra y la joven con la que se había casado consideraba que necesitaba arreglarse la boca, de modo que el ciclista reservó dos citas para dos tardes de viernes sucesivas, se presentó en bicicleta de punta en blanco, zapateando por el suelo de piedra con su calzado naranja especial y las mallas de licra y la camiseta de carreras empapada en sudor. Era un individuo diminuto y prieto que consultó el teléfono mientras se secaban los nuevos empastes cerámicos y pidió que bajaran un punto la música, gracias (aquel día sonaba Oklahoma!). El tipo era una abominación y no pisó la cárcel después de lisiar al jardinero. Se enfrentaba a una demanda civil, pero no tenía motivos para preocuparse.
Durante una temporada Josie había ido a trabajar en bici, esperaba que así variaría el trayecto. Y más o menos funcionó una semana. Después, se acabó. Intentó coger el autobús, que la dejaba a casi un kilómetro de distancia y tenía que caminar por la carretera como una autostopista quijotesca. Pero daba igual cómo viajara, seguía pasando por delante de los mismos edificios, de los mismos aparcamientos. ¿Cómo lo soportaba la gente? Tras sus padres y su atomización, Josie siempre se había identificado con los que se quedaban, con los colonos. Pero no conocía a nadie que permaneciera en ninguna parte. Incluso en Panamá, la mayoría de los lugareños que conoció estaban dispuestos a mudarse a otro lugar y muchos le preguntaban, disimulada o directamente, cómo conseguir el visado para entrar en Estados Unidos. Así que ¿quién se quedaba? ¿Había que estar loco para quedarse en un sitio? Los que se quedaban eran la sal de la tierra, la razón por la que existían familias y comunidades y continuidad de cultura y de país, o eran unos idiotas redomados. ¡Cambiamos! ¡Cambiamos! Y la virtud no está solo en los inmutables. Puedes cambiar de opinión, de ubicación, y mantener la integridad. Puedes irte sin ser un cobarde, un fantasma.
Aquella ciudad de Ohio, por tanto, formaba parte del pasado de Josie. El pasado, acabar con algo, con un lugar, podía ser una delicia. Llegar al final y ser capaz de empaquetarlo, principio, medio, fin, meterlo todo en una caja y almacenarlo. En otro tiempo en su ciudad vivían hippies, hippies de Ohio, que a Josie le parecían exageradamente agradecidos, todos ellos, eran felices porque había árboles, felices porque había ríos y arroyos y pájaros, por sus vidas y la existencia de la marihuana y el sexo fácil. Construían sus viviendas con barro y ramas, con alguna que otra cúpula y algún que otro jacuzzi. Pero ahora los hippies eran mayores y se marchaban o se morían, y los reemplazaban los ciclistas, las conductoras veloces con coleta que lo deseaban todo, que querían tanto que no aceptaban limitaciones, interrupciones, bebés en restaurantes ni patinetes por las aceras. Ohio, cuna de la mayoría de los presidentes del país, acogía ahora a la mayoría de sus capullos.
SI TÚ NO, ¿QUIÉN? Otro cartel de esos. Este pintado a mano, clavado en el terraplén. ¿También aquí corrían riesgo de un incendio forestal? Josie vio la casa de Sam más adelante. Parecía un hogar feliz, y se le fue hinchiendo el corazón conforme se acercaba. SI TÚ NO, ¿QUIÉN? Josie sonrió ante la bella estupidez de la pregunta. ¿Qué tal tú y yo? ¿Yo y tú? ¿Por qué la negatividad? ¿Por qué dividirnos? De pronto sucumbió al viento frío, el cielo de granito, las nubes rápidas, y se sintió firmemente asentada en el mundo. El mundo de Sam era sólido, era nuevo para ella, pero era sólido, de hondas raíces, lógico. Los hijos de Josie estaban dentro de aquella casa sólida, contentísimos de estar con sus primas. Se quedarían unos días. Aparcaría el Chateau en la manzana de Sam. Sus niños y las hijas de Sam desayunarían juntos. Disfrutarían de semanas, meses de felicidad. Era demasiado pronto para pensar en buscarles colegio, pero bueno. Sam podía ser su ancla. Lo de esa noche había sido una casualidad, algo diferente. Lo importante era recordar la larga historia compartida, su relato común. ¿Cuántas jóvenes se emancipaban como habían hecho ellas? Era ruin y una locura renunciar tan fácilmente a Sam, ¿verdad? Necesitaba ligarse a este mundo, a este mundo sólido y racional que había creado Sam. Podía hacerlo y lo haría. Pero ¿qué era ese estruendo, esa horrible luz blanca?