Historia de la Patagonia (Spanish E
Capítulo 2. Los pueblos originarios
CAPÍTULO 2
LOS PUEBLOS ORIGINARIOS
ARQUEOLOGÍA DE LA PATAGONIA:
SITIOS, POBLAMIENTOS Y CULTURAS
“Los primeros años de Elal [Dios y Héroe de los tehuelches] pasaron ignorados en la soledad del desierto. El roedor fue su sostén, le abrigó en su nido de lana de guanaco, le hizo conocer los senderos de la montaña. Elal siguió creciendo, inventó el arco y la flecha [...] Su misión ha terminado, ha hecho el hombre aborigen; ha purgado la tierra de los monstruos que la asolaban; ha echado la semilla primera de moral en el corazón de la criatura humana; le ha enseñado el secreto de la combustión. Le ha dado las armas, le ha dado abrigo de pieles, le ha dado albergue. Ha removido para él todos los obstáculos de la ingrata naturaleza y díchole: Anda: el horizonte es tuyo” (El “mito de la creación”
según Ramón Lista, Una raza que desaparece. Los indios Tehuelches, Buenos Aires, Coni, 1894).
El poblamiento inicial de la Patagonia recoge antecedentes de una antigüedad que ronda los 13.000 años. De diferente origen racial y étnico, distintos grupos habrían llegado desde el norte al extremo más austral de América, presumiblemente provenientes de Asia, antes de que la comunicación entre los continentes se cortara al formarse el estrecho de Bering, o arribando por mar desde las costas del Pacífico o del Atlántico, esto último 23
según las teorías migratorias más recientes que sostienen que las evidencias de poblamiento más antiguas se encontrarían en las áreas del litoral marítimo atlántico, ahora sumergidas. De todas maneras, se habría tratado de un proceso lento y gradual, vinculado con el desplazamiento de pequeños grupos humanos que buscaban nuevos campos de caza de los grandes mamíferos herbívoros de la Edad de Hielo, como el milodón (perezoso gigante que superaba los 3 metros de largo y 1,5 de altura, extinguido hace 10.000 años), el mamut, el caballo americano y el mastodonte o elefante americano, entre otros.
Pese a las divergencias todavía existentes respecto de la antigüedad y procedencia del poblamiento en el área, las evidencias de todo tipo (arqueológicas, genéticas, biológicas, etc.) recogidas por los especialistas parecen confirmar que la colonización del extremo más austral del continente americano fue parte de un proceso muy complejo que comenzó a fines del Pleistoceno, cuando las grandes masas de hielo comenzaron a retirarse, volviendo el clima mucho más benigno y favorable para la instalación humana. El hallazgo de artefactos de uso humano, asociados a restos de la megafauna que se extinguió al final de la última glaciación, hace unos 10.000 años, así lo indica. Hay un consenso generalizado acerca de la importancia de los grandes cursos de agua en la definición de las zonas características del poblamiento prehispánico de la Patagonia: una septentrional, desde los ríos Limay y Negro hasta las proximidades del río Chubut; una central, entre los ríos Chubut y Santa Cruz y, finalmente, una meridional, entre este último y el estrecho de Magallanes. Esto no implica, de ninguna manera, desconocer los contactos e interacciones entre los grupos, sobre todo a partir de las últimas investigaciones.
Siguiendo a los especialistas, pueden distinguirse al menos tres etapas en la historia sociocultural de la Patagonia previa a la llegada de los europeos. Esto no implica niveles evolutivos de desarrollo. De hecho, no hay sociedades más simples que otras. Los desarrollos tecnológicos habrían sido, en cada caso, los adecuados para obtener los recursos necesarios para la supervivencia.
La primera de estas etapas se extendería, aproximadamente, desde los 13.000 hasta los 7.000 años antes del presente (A.P.), cuando pequeños grupos cazadores y recolectores habrían usado los refugios rocosos para protegerse de la intemperie, mientras seguían rutas diversas en busca de agua y alimentos. Posibles instalaciones de permanencia anual se han encontrado en la Patagonia septentrional, particularmente el sitio de Monte Verde, a 35 km al sudoeste de Puerto Montt, en la actual República de Chile, con una antigüedad que supera los 13.000 años A.P. Allí se encontraron restos de estacas y pieles que indican 24
la construcción de viviendas, utensilios diversos de hueso, madera y piedra, así como muestras varias del aprovechamiento de los recursos terrestres y marítimos que la ubicación permitía. Otros restos arqueológicos de gran antigüedad (12.600 A.P.), que incluyen instrumentos líticos realizados sobre lascas grandes, raederas y cuchillos asociados a restos óseos de fauna moderna y extinguida, se hallaron al sur del río Deseado, en los niveles inferiores de la Cueva 3 Los Toldos. Asimismo, en la meseta central santacruceña, el sitio de Piedra Museo permitió extraer restos cuyo fechado data de 10.400 A.P. Las investigaciones regionales que se vienen realizando sistemáticamente desde varias décadas atrás han permitido para el área de Santa Cruz la obtención de secuencias cronológicas y culturales de gran valor científico. También la isla de Tierra del Fuego registra ocupaciones de más de 10.000 años de antigüedad, como demuestran los hallazgos realizados en los niveles inferiores del sitio Tres Arroyos, al norte de la sierra Carmen Sylva, donde se asocian artefactos de piedra y restos de fauna actual (guanaco) y extinta (milodón y caballo americano). Numerosos restos de “conchales” —sitios donde se acumulan grandes cantidades de valvas de moluscos mezcladas con artefactos de piedra, restos de cenizas y huesos de animales— han sido encontrados en la costa sur de la isla y en el área del canal de Beagle.
Otros lugares con evidencias arqueológicas antiguas en el norte de la Patagonia —entre 10.000 y 9.000 años A.P.— son las cuevas Epullán Grande, Cuyín Manzano y Traful, cercanas al curso del río Limay, en la actual provincia de Neuquén. Los estratos más antiguos de estos sitios guardan muestras de la fabricación de artefactos líticos para la caza de animales y del uso de pigmentos, incluyendo las pinturas en prácticas funerarias.
En Traful, además, se encontraron cuentas confeccionadas con valvas de moluscos de origen oceánico y otros elementos similares a los que presentan los sitios trasandinos, lo que permite suponer relaciones tempranas a uno y otro lado de la cordillera. En todos los casos, parece tratarse de grupos domésticos de exploradores que permanecían durante algún tiempo en estos refugios rocosos. Más recientemente, en el sitio arqueológico El Trébol, abrigo rocoso de 22 metros de frente y 7 de profundidad, ubicado en la base de un cerro de rocas volcánicas a la vera de la laguna del mismo nombre, dentro del ejido urbano de San Carlos de Bariloche, se encontraron evidencias de la actividad del hombre, como lascas (desechos de la fabricación de elementos de piedra), un punzón de hueso, espinas de pescado, moluscos del Pacífico y restos óseos de los animales que fueron parte de la dieta de los habitantes del lugar: aves, un zorro extinto, un ciervo más grande que el huemul y, lo que es muy importante, fragmentos de huesos y un diente de milodón, lo cual permite suponer una antigüedad del sitio igual o mayor que ese tiempo. Los huesos, 25
con visibles huellas de haber sido cortados con una herramienta de piedra, estaban aprisionados entre los carbones de lo que fue una gran fogata, donde el gigantesco animal habría sido asado con el cuero.
La siguiente etapa se extiende entre los 7.000 y los 2.000 años A.P. Los grandes cambios ambientales terminaron por retraer los hielos del continente, aumentando los territorios habitables y favoreciendo el asentamiento de población con características regionales. A esta etapa corresponderían entonces las primeras concentraciones de población en las áreas más favorecidas, como las inmediaciones de los ríos o las costas marítimas. A los grupos de cazadores y recolectores descriptos anteriormente, se agregaron entonces cazadores especializados que hicieron de los grandes animales, especialmente el guanaco, la base de su alimentación y sustento. El uso de artefactos líticos de mayor complejidad técnica aumentó considerablemente, apareciendo puntas triangulares apedunculadas, raspadores, perforadores, cuchillos e instrumentos de molienda. Las mismas cuevas antes mencionadas muestran, en sus distintos pisos de ocupación, signos de esta colonización con grupos cazadores especializados.
Para esta época, es probable que muchas actividades no se realizaran ya en los abrigos rocosos sino en zonas abiertas, generalizándose el uso de paravientos. Nuevas etapas de expansión parecen haberse producido hace 3.000 años hacia las áreas de meseta, aprovechando cursos de agua de régimen anual como los arroyos Pichi Leufu y Comallo en las cercanías de Pilcaniyeu, en la actual provincia de Río Negro, tal como lo demuestran los sitios de Cueva Sarita y Cueva Visconti, entre otros. De este período es también un sitio arqueológico ubicado en Chenque Haichol, en una cueva localizada a 35
km de la actual localidad de Las Lajas en la provincia de Neuquén. Ocupado desde hace unos 7.800 años, este sitio muestra la importancia que tuvo la actividad recolectora en el lugar. Se han encontrado allí muchas piedras de moler con restos vegetales correspondientes a los piñones de araucaria que abundan en la zona.
La última etapa se extiende entre los 2.000 años A.P. y el siglo XVI. Los grupos antes definidos regionalmente habrían tenido una mayor expansión territorial, intensificándose las relaciones interétnicas y los intercambios de todo tipo. Perduraban, sin embargo, diferencias importantes, como fueron las idiomáticas y las vinculadas con el control de determinados territorios, con derechos reconocidos sobre sitios de caza, cursos de agua, refugios, etc. Esto es clara muestra de la existencia de organizaciones sociales y estructuras de poder más complejas que las originalmente supuestas. Aparecen aquí armas nuevas como el arco y la flecha y el uso de la cerámica, esto último demostrativo de requerimientos alimenticios especiales que suponían desarrollos tecnológicos específicos 26
para el manejo de arcillas y el uso de combustiones adecuadas para la regulación de las temperaturas. El crecimiento poblacional se manifiesta en la aparición de numerosos y variados sitios arqueológicos, con utensilios diversos e innumerables muestras de desarrollo técnico propio de grandes cazadores de vida trashumante, que variaban su localización anual entre sitios de invernada y veranada para un mejor aprovechamiento de los recursos. La abundancia de guanacos permitió a estos grupos aprovechar su carne como principal alimento, su cuero para la confección de vestimentas y toldos, y sus huesos y tendones para la fabricación de variadas armas y utensilios. También el avestruz, entre los grandes animales, proporcionaba carne, grasa y huevos, siendo sus plumas muy codiciadas para la fabricación de tocados. En forma simultánea, los pueblos canoeros del extremo sur patagónico hacían del mar su principal fuente de supervivencia.
Dado el carácter de alta movilidad de estos grupos originarios es muy difícil encontrar restos de arquitectura, pero sí numerosas pinturas elaboradas en las cuevas que regularmente se usaban como refugio, en especial en temporada invernal. Estas pinturas rupestres dan cuenta de la vida doméstica y cotidiana de estos pueblos. La más importante de estas representaciones es la llamada Cueva de las Manos, ubicada en el cañadón del río Pinturas, en la cuenca superior del río Deseado, en el noroeste de la provincia de Santa Cruz, cuyos niveles más antiguos corresponden a los 9.300 años A.P. En este sitio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1999, se encuentra una valiosa serie de representaciones pictóricas a lo largo de más de 200 metros de pared rocosa. Las más antiguas corresponden a los negativos de manos humanas y escenas de caza de guanacos reproducidas con gran fidelidad, incluyendo también motivos geométricos simples. En etapas posteriores de ocupación se representaron otros animales como avestruces, lagartos, huellas de puma y motivos abstractos, valiéndose de colores muy vivos obtenidos de pigmentos minerales y adherentes orgánicos.
Estas coloridas imágenes se repiten en otros sitios ocupados en el primer milenio de la era cristiana, asociadas a la cerámica y a los restos funerarios, lo cual permite dar cuenta de la percepción del mundo de lo sagrado. Aun cuando no quedan demasiados restos arqueológicos que permitan reconstruir la cosmovisión de estos pueblos y su concepción de la vida y de la muerte, lo cotidiano y lo sagrado aparecen permanentemente ligados en las formas de representación del arte rupestre. Los primeros registros de empleo de la alfarería surgen tardíamente en la región, entre los 1.500 y 1.000 años A.P., y sus manifestaciones más importantes se encuentran en el área más septentrional de la Patagonia. Esto se debería a la influencia de pueblos sedentarios ubicados en la región de Cuyo, en las sierras centrales y en el litoral, lugares desde donde se habría difundido la 27
técnica cerámica. El ascendiente cultural de los pueblos ubicados en el occidente cordillerano habría incrementado la utilización de vasijas de cerámica a partir del siglo XVII.
Tradicionalmente, los arqueólogos reconocían, en términos generales, la presencia de industrias de utensilios y artefactos específicas y diferentes entre el extremo sur y la Patagonia central, partiendo del supuesto de que habrían permanecido aisladas durante varios miles de años. No obstante, como ya dijimos, una mayor especialización hacia la caza de grandes presas se evidencia en ambas áreas, en tanto que hoy se reconoce la presencia de intercambios regulares entre las zonas marítimas y las mediterráneas, tal como lo demuestra la presencia de utensilios varios de los pueblos canoeros (pendientes, cucharas y cuentas de valva, puntas de arpón, etc.), provenientes tanto del Atlántico como del Pacífico, en el interior patagónico. Otro tanto sucede con los datos arqueológicos (restos de rocas, pigmentos minerales, etc.) que prueban la existencia de circuitos inversos de intercambio entre los cazadores terrestres del interior de la meseta y los pueblos de la costa. Por lo menos desde la etapa anterior, alrededor de 8.000 años A.P., se evidencian contactos entre los grupos que ocupaban uno y otro lado de la cordillera, aunque puede decirse que los intercambios culturales se incrementaron notablemente en tiempos cerámicos, alrededor de los 1.500 años A.P. En el norte de la Patagonia, por su parte, los restos arqueológicos muestran evidencias de mayores contactos con grupos instalados en las áreas pampeana y andina circundantes.
A comienzos de la era cristiana pueden observarse en el conjunto patagónico ciertos rasgos de una cultura común, denominada por los arqueólogos tehuelchense, propia de los llamados tehuelches históricos, posiblemente como producto del aumento demográfico y los mayores contactos. Tehuelches en el área continental y onas en Tierra del Fuego son las denominaciones con que usualmente se conoce a los dos grandes grupos indígenas de la Patagonia argentina a partir de ese momento. Fiordos y canales, al sur y al oeste de la cordillera, desde la isla de Chiloé hasta el extremo austral de la Patagonia chilena, fueron el hábitat de otros pueblos navegantes, como los chonos, guaicurúes, alacalufes y yámanas. Más al norte, siempre en el área occidental de la cordillera, se practicaba una agricultura diversificada que no se habría generalizado como cultivo al conjunto patagónico, entre otras cosas por las características del terreno. En la antigua laguna de
“El Juncal”, en el área de Viedma, la actual capital de Río Negro, un grupo conocido como cráneos negros, proveniente del sur de Brasil, había ya desaparecido a la llegada de los europeos.
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