Historia de la Patagonia (Spanish E
La articulación comercial
multimillonarios, muchos de ellos estadounidenses, que decidieron invertir en la compra de tierras, algunos incluso sin intención de explotarlas. Grandes superficies fueron vendidas a compañías de capitales extranjeros como la constituida por los hermanos Luciano y Carlo Benetton, que en 1996 compraron tierras en el sur y el norte de la Patagonia y se convirtieron en los mayores terratenientes de la región. Para esta empresa, que ha logrado la integración vertical de la actividad al abarcar la industria textil —
radicada en China e Italia— y la comercialización mundial de sus prendas, la producción de lanas en la Patagonia sigue siendo rentable, más en la actualidad, cuando ha habido un aumento significativo en los precios internacionales. Estas empresas intentan revertir, con grandes superficies en producción simultánea, la degradación excesiva de los campos que produjeron los extensos períodos de sobrepastoreo a que fueron sometidas las mesetas patagónicas, para así lograr aumentar los rendimientos. Otra alternativa para muchas de las explotaciones ovinas fue su conversión en estancias turísticas, donde a un costo importante en moneda extranjera los visitantes pueden alojarse en los imponentes cascos y gozar de un buen cordero patagónico servido en antiguas vajillas inglesas.
LA ARTICULACIÓN COMERCIAL
Respecto de la articulación de los circuitos mercantiles puede decirse que, en lo que respecta al área andina que comprende la parte occidental de Neuquén, Río Negro y norte de Chubut, el movimiento general de comercio y transporte era activo y sostenido particularmente con Chile, hecho que habría perdurado sin mayores variantes al menos hasta 1920. Esto último facilitado, según ya adelantamos, por la accesibilidad de los pasos fronterizos y la presencia de grandes ciudades y puertos del lado chileno (Puerto Montt, Valdivia, Temuco, Victoria, Los Ángeles, Chillán, San Carlos, Concepción, etc.), donde se realizaban las más concurridas ferias anuales de venta de productos agropecuarios. Con la llegada del Ferrocarril Sud a Zapala en 1913 y la construcción del ramal entre San Antonio e Ingeniero Jacobacci en 1917, comenzó a orientarse más definidamente la salida de lanas y animales del área norpatagónica hacia los puertos del Atlántico. Sin embargo, remanentes importantes de las prácticas comerciales orientadas hacia el mercado trascordillerano se mantuvieron en las áreas andinas, con mayor o menor intensidad, hasta épocas posteriores.
Para explicar este proceso, cabe recordar que en la segunda mitad del siglo XIX, a 219
instancias de la creciente demanda de California y Australia primero y de Inglaterra después, la producción agrícola chilena llegó a cuadruplicarse, siendo, junto con el cobre, uno de los rubros de exportación más favorecidos. Ello habría provocado un vuelco de las tierras regables del valle central chileno, antes destinadas a la ganadería extensiva, hacia la producción de cereales, impulsando la ocupación de las tierras de la Araucanía hacia la década de 1880. La especialización cerealera se extendió entonces al sur del Biobío, en el área lindante con Neuquén —para 1910 esta región concentraba más del 50% de la superficie sembrada en ese país—, aumentando en consecuencia la demanda de carne y derivados para consumo y exportación a otros países sudamericanos con costas sobre el Pacífico Sur, como Perú y Ecuador, cuyos trabajadores agrícolas —muchos de ellos de origen oriental—, en estado semiservil, eran grandes consumidores de tasajo. Una significativa cantidad de vacunos en pie fue entonces requerida como materia prima indispensable para distintas actividades de transformación (saladeros, graserías, fábricas de velas y jabón, etc.), situadas en el valle central chileno y en el área de Valdivia. En esta última localidad se ubicaba, además, la industria de curtiembres más importante de Chile, que surtía de suelas al ejército y a las poblaciones mineras del norte, exportando su producción a los mercados de Europa central.
Características físicas de singular importancia, como ya dijimos, hacían de las áreas andinas norpatagónicas un lugar dotado de excelentes condiciones para satisfacer tal demanda, favorecido por la presencia de numerosos valles transversales que facilitan el tránsito de un lado a otro de la cordillera durante la mayor parte del año. Chile, en cambio, posee en igual latitud áreas muy boscosas, poco aptas para la ganadería, con la sola excepción de los valles que ya estaban ocupados, según vimos, por la agricultura. Al mantenerse e incrementarse la demanda de carne, una vez sometidos los grupos indígenas que la abastecían, las corrientes de población instaladas en las áreas andinas del norte patagónico desarrollaron naturalmente la misma actividad. Esta situación se habría visto asimismo favorecida por el hecho de que Mendoza, tradicional proveedora de ganado vacuno a Chile, aumentase alrededor de 1880 su producción vitivinícola transformando sus potreros alfalfados en campos de vides. Por las mismas razones, la principal moneda circulante en el interior rural cordillerano hasta avanzada la década de 1920 —al menos en el caso de Neuquén— era la de ese país, mientras que la de origen argentino casi no se utilizaba. Por supuesto era otra la realidad en las áreas más próximas a la costa, donde Carmen de Patagones y Bahía Blanca eran proveedores habituales.
En Chile se colocaban animales en pie, lana, pelo, cueros, sal, grasa, quesos, oro en pepitas y algunas plumas de avestruz, en un circuito comercial que ofrecía una serie de 220
variantes. Podía hacerse a través de agentes comerciales chilenos que periódicamente visitaban puntos estratégicos de la región y compraban la producción; también mediante arreos de los productores a las principales ferias ganaderas chilenas, como la que anualmente realizaba la Sociedad de Abasto de Concepción; o en acuerdos comerciales realizados en la misma frontera, donde los productores trashumantes aprovechaban a colocar hacia fines de la temporada de verano la hacienda engordada en los campos altos de la cordillera. De los bienes antes mencionados, el ganado vacuno en pie era sin duda el más representativo, constituyendo alrededor del 60% de los productos exportados hacia fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX y abarcando el área comprendida entre las localidades chilenas de Linares al centro y Puerto Montt al sur. Asimismo, la población residente en las áreas andinas aprovechaba el verano para comprar en el país trasandino buena parte de los bienes que consumía durante el resto del año, ya fueran productos de ese país (harina, azúcar, miel, arroz, fósforos, fideos, frijoles, papas y legumbres, vinos y aguardiente, velas, jabón, tabaco, cigarrillos, conservas de frutas y mariscos, calzados, maderas de construcción, herramientas, cal, carros y ruedas para carretas, pellones, monturas y correajes) o importados (café, yerba del Paraguay, géneros de lana y algodón, mercería y ferretería, loza y utensilios de metal, cristalería, hierro galvanizado para techos, pinturas, sulfato de potasio para el baño de lanares, parafina y sombreros de paño). Los estancieros más importantes realizaban grandes arreos de ganado con 20 ó 30 mulas cargadas, lo cual demostraba sus mejores condiciones económicas. Los pequeños crianceros, en cambio, vendían directamente en las veranadas a los compradores chilenos, entregando durante el invierno parte de su producción (lanas, cueros, pelo de chivo) al comerciante local —o “bolichero”— a cambio de los artículos de consumo familiar básico.
Sólo algunas rudimentarias fábricas de queso y uno que otro saladero procesaban en la región parte de la producción ganadera para el consumo local y regional . Con el cereal cultivado se fabricaba también harina de inferior calidad en molinos habilitados a ese fin en distintos puntos del interior rural. Sin duda que el escaso desarrollo de la producción local de cereales tuvo que ver con las difíciles condiciones del terreno y con el gran crecimiento alcanzado por la agricultura chilena con la cual era imposible competir. De hecho, la harina de mejor calidad se importaba de ese país. La diferencia en fletes era notable con respecto a bienes de consumo que pudiesen llegar, eventualmente, desde Buenos Aires, Bahía Blanca o General Roca. El estado de los caminos y las distancias por recorrer eran también obstáculos para aumentar el intercambio con otras regiones del país, como Mendoza.
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Aun cuando, naturalmente, la débil presencia estatal facilitaba la perdurabilidad de estos circuitos, la cuestión del manejo del comercio fronterizo fue una preocupación manifiesta de los distintos gobernadores territoriales. Por aplicación del Código Rural se intentó imponer controles al ganado en tránsito, exigiendo la presentación de la guía que debía ser expedida por los jueces de paz de cada jurisdicción, previo pago del sellado correspondiente. En éstas se dejaba constancia de la procedencia del ganado transportado, su cantidad, destino y propietario con marca registrada. Pero la escasez de personal de vigilancia y de juzgados habilitados, las dificultades en las comunicaciones y la inexistencia de caminos y puentes impidieron el cumplimiento efectivo de tales obligaciones. En octubre de 1895 el Poder Ejecutivo Nacional autorizó la instalación de receptorías de aduanas en algunos sitios cercanos a la frontera donde se debía pagar un sellado para la comercialización de los animales. Pero la imposibilidad de controlar la gran cantidad de pasos que permitían el cruce libre de la cordillera impidió la efectivización de los controles. Por otra parte, los pobladores locales demandaban permanentemente la liberalización del tránsito habida cuenta de la importancia del mercado fronterizo.
En el caso de Neuquén, la llegada del Ferrocarril Sud a la confluencia de los ríos Neuquén y Limay en 1902 y su posterior extensión a Zapala en 1913 no interrumpieron definitivamente estas formas de intercambio. Sus efectos no parecen haber sido concluyentes en el interior del territorio, al menos de inmediato y particularmente para el área del noroeste, que no tuvo acceso por camino directo a la última punta de rieles mencionada hasta mediados de la década de 1920. Por contraposición, una importante cantidad de ovinos en pie, así como lanas, cueros, cerdas y pieles, procedentes del centro y sur del territorio, se embarcaban por ferrocarril con destino a Bahía Blanca y Buenos Aires. Como dato significativo, cabe destacar que muy poco ganado vacuno en pie se registraba en las cargas ferroviarias, al menos hasta que se comenzaron a introducir cuantiosos aranceles aduaneros para el comercio cordillerano sobre fines de la década de 1920.
En el resto de las áreas andinas del norte patagónico se desarrollaron comportamientos similares, sobre todo en los contrafuertes andinos rionegrinos y chubutenses más próximos a las zonas chilenas puestas en ese momento en producción. En dirección al sur, un gran vacío productivo caracterizaba al área chilena comprendida entre Puerto Montt y la región magallánica, donde la influencia de Punta Arenas, según vimos, era innegable.
El sector más austral de la Patagonia proveía de lanas y carne ovina congelada a los mercados europeos a través de ese puerto magallánico y de su industria frigorífica. Sobre 222
fines de 1910 puede ubicarse el momento de mayor auge de esta actividad en la ciudad del estrecho, cuando la provisión de ovinos argentinos constituía hasta el 50% de los animales sacrificados con destino a los mercados de ultramar. También otros derivados eran absorbidos mayoritariamente por ese centro chileno. La posibilidad de comunicación directa, facilitada por la inexistencia de impuestos aduaneros y la débil presencia estatal en ambos sectores, habría propiciado tal proceso de articulación mercantil. La perdurabilidad de estos circuitos puede extenderse hasta aproximadamente 1920, con manifestaciones que, en algunos casos, alcanzan hasta los años 1930 y 1940. Esto en coincidencia con las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la implantación de impuestos aduaneros y otros motivos derivados del tráfico marítimo internacional que afectaron la rentabilidad de las empresas ganaderas, obligándolas a reorientar de manera definitiva sus intercambios hacia los puertos del Atlántico. La apertura del canal de Panamá en 1914 significó una importante pérdida para la navegación del estrecho. Prueba de ello es la instalación de la casa central de “La Anónima” en Buenos Aires pocos años después y la creación del frigorífico de Río Grande por parte del grupo Menéndez Behety, antes mencionado, cuya primera producción de carne congelada se embarcó con destino a Inglaterra en 1918. Los cueros, sebos y otros subproductos empezaron a salir más frecuentemente por los puertos atlánticos con rumbo a Europa y los Estados Unidos.
Pocos años después, una producción anual de 4.000 toneladas de carne ovina envasada se exportaba desde esta zona al mercado inglés. Al norte de Santa Cruz, la vinculación con el Atlántico siempre fue la característica dominante, por cuanto la salida de los productos de la meseta central sólo era posible a través de los puertos y de las comunicaciones marítimas.
Sin duda que la débil vinculación de los centros portuarios con las áreas andinas, expresión asimismo de la señalada falta de presencia estatal, favoreció la supervivencia de corrientes comerciales centrífugas orientadas hacia el Pacífico, por encima del interés de constituir un mercado nacional más o menos consolidado. Esas tendencias, por su parte, perduraron en la región, coexistiendo con otras orientaciones alternativas, justamente hasta que el propio Estado nacional hizo sentir, recién en las décadas de 1930
y 1940, por influjo de tendencias nacionalistas y de nuevas políticas económicas derivadas de la necesidad de consolidar el mercado interno para el proceso de industrialización por sustitución de importaciones, iniciado en esos años, una presencia más firme en la Patagonia.
De hecho, el régimen de “cordillera libre” para el comercio ganadero logró imponerse con algunas breves interrupciones hasta la Primera Guerra Mundial. Fue entonces cuando 223
en Chile comenzaron las presiones más firmes para revisar las políticas arancelarias y eliminar la liberación impositiva, por considerar que el tema de la libre internación de ganados por la vía cordillerana era un factor especialmente desfavorable a la hora de lograr un desarrollo nacional autónomo. Intentos anteriores habían fracasado dada la importancia que tal comercio tenía. En el año 1905 se había producido incluso en Santiago una gran manifestación popular que reclamaba la baja de los impuestos a la carne importada de la Argentina para abaratar el costo de los alimentos. Este episodio, más conocido en la historia social chilena como la “semana roja”, derivó en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad que produjo más de 250 muertos.
El gobierno argentino también gravó la exportación de animales en agosto de 1917. Sin embargo, la inexistencia de aduanas en la cordillera volvió prácticamente imposible controlar su cumplimiento. Otras medidas de protección se tomaron desde Chile en los primeros años de la década de 1920 sin mayores resultados, pero fueron suspendidas al poco tiempo por entenderse que el desarrollo de la ganadería nacional no permitía todavía la imposición de derechos a todos sus productos. Las fuentes regionales indican que, para el caso específico de Neuquén, el tránsito por los pasos cordilleranos fue absolutamente libre entre los años 1903 y 1926, abonándose sólo el 3‰ en concepto de derechos de estadística.
Sobre la segunda mitad de la década de 1920 el debate respecto del establecimiento del régimen de “cordillera libre” seguía vigente en Chile. El gobierno de ese país, presionado por los grupos que controlaban la comercialización y distribución del ganado argentino, insistía en mantenerlo para el intercambio de productos nacionales entre ambos países sobre la base del estudio de las compensaciones posibles, en tanto que los grupos industrialistas nucleados en la SOFOFA —Sociedad de Fomento Fabril— clamaban mayor protección. Según los estudiosos de la economía chilena, fue justamente a partir de 1925 cuando el país debió plantearse la reforma de sus estructuras tradicionales tendiendo a una intervención estatal cada vez más rígida, no por un renunciamiento a seguir creciendo “hacia afuera” sino por una insuficiencia dinámica de sus posibilidades reales en esa circunstancia histórica —colapso de las economías cerealera y salitrera—. Tal situación coincidió con una caída general de las exportaciones que aumentó la posición marginal de Chile en el comercio mundial. Consecuentemente con ello, disminuyó notablemente el comercio internacional con la Argentina. Modernas versiones historiográficas ubican también en este punto el origen más firme de la sustitución de importaciones en ese país. Como producto de tal situación finalmente se dictó, en el año 1927, la ley N° 4.121, que establecía nuevos derechos de internación para animales vivos, 224