Historia Secreta de Isabel de Baviera
Primera Parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–Señor -le dijo un día- vuestro gusto y vuestro talento para las armas languidecen en una imperdonable ociosidad; vuestros generales y vuestros soldados se enervan en el seno de la indolencia, y yo veo desde aquí que la blandura borra con sus dedos flexibles las páginas de la historia de un reino que vos podríais hacer más glorioso. Si el más hermoso y el más noble de los proyectos fracasó con san Luis, vuestra majestad conoce las causas: más ocupados de su ambición y del deseo de conseguir reinos, los héroes de las cruzadas sacrificaron a una gloria muy culpable la de la religión; os corresponde reparar esta falta, Señor. Todos vuestros guerreros arden en deseos de seguiros en una expedición tan piadosa. Volad a su cabeza a liberar el sepulcro del Redentor de los hombres; apresuraos a arrancar de las manos de estos infieles, cuya sola presencia mancilla este monumento sagrado de la más respetable de las religiones. El cielo bendecirá la empresa, y estos laureles que por mi voz os invita a coger, formarán la corona celestial que depositaréis un día a los pies del trono de Dios. Me quedaré gobernando vuestro reino, y mis cuidados se partirán entre los que
me impondrán los deberes que me habréis confiado, y las ardientes plegarias que dirigiré cada día al cielo para el éxito de una conquista tan digna de vuestro coraje y de vuestras virtudes.
Isabel conocía bastante el espíritu supersticioso de su esposo para esperarlo todo de esta efervescencia.
–¡Oh, sí, sí! – respondió el rey con entusiasmo- sí, querida esposa, soy digno de reparar las faltas de mis antepasados; vuestra voz celeste acaba de producir en mí la misma impresión que sintió Moisés en el monte de Horeb al recibir de Dios, que se le apareció en la zarza ardiendo, la orden de liberar a sus hermanos del yugo vergonzoso del Faraón.
Carlos lleno de ardor lo dispuso todo; y esta nueva extravagancia iba a ejecutarse, si no se hubiese observado en el consejo muy razonablemente que era preferible trabajar en la reunión de la iglesia, por aquel entonces dividida por un cisma, que partir a la conquista de un sepulcro.
Las resoluciones cambiaron; pero Carlos quiso al menos dirigirse a Italia para obligar a los romanos a someterse a la obediencia del papa Clemente.
En cuanto a Isabel, se consoló al ver fracasar sus primeros planes: en primer lugar por la substracción de las sumas ya retiradas para la expedición de Palestina, que prometió al rey guardar en el caso de que el proyecto se renovase; después por las que, mucho más considerables que las primeras, recibió del papa para fortalecer las nuevas resoluciones que el rey acababa de adoptar.
Una vez decidida la guerra de Italia, se levantó el cuadro de las tropas destinadas a pasar los montes. El rey tenía que conducir cuatro mil lanzas; los duques de Bourgogne y de Berri dos mil lanzas cada uno; el duque de Bourbon mil; el condestable dos mil; y mil tenían en fin que partir bajo las órdenes de Couci y de Paul.
Carlos alentó al duque de Bretagne a que le siguiera; pero éste no hizo ningún caso de una proposición que sus propios intereses le impedían acoger, y que era tan fuera de lugar como inútil.
El duque de Orléans se quedaba, y puede juzgarse hasta que punto Isabel se regocijaba con este arreglo.
«Deja allá estos laureles bendecidos -decía a su amante- unos mirtos más dichosos lo esperan en mi seno. Los intereses de la religión son más sublimes que los del amor, estoy conforme, pero son lo bastante fuertes
como para sostenerse por sí mismos: apoyemos los nuestros sólo, no conozco otros más sagrados.»
Los políticos pudieron observar desde entonces que se formaban dos partidos muy marcados en la corte. A la cabeza de uno estaba la reina, que sólo deseaba, como acabamos de ver, el alejamiento del rey, a fin de aumentar con esto su tesoro y su fuerza. A la cabeza del otro se encontraban los duques de Bourgogne y de Berri, poco peligrosos para Isabel quien, siempre apoyada por el duque de Orléans, estaba segura de aprovechar la ausencia del rey si se alejaba, y de engañarle si se quedaba.
De esta escisión resultó que en lugar de gozar apaciblemente de la paz general, cada uno pensó únicamente en fomentar guerras internas para enriquecerse a expensas unos de otros en las perturbaciones que acarrearían.
El condestable, buen servidor del rey, y por consiguiente gran enemigo de Isabel, no podía conseguir que el duque de Bretagne observase sus compromisos; éste, muy inglés de espíritu y de corazón se encontraba unido al partido de la reina que estaba en buenas relaciones con los enemigos de su reino, cuyos cofres se abrían siempre para ella, sea porque necesitasen guerras, sea por que las temiesen.
Se enviaron a Rennes unos diputados que se dieron cuenta muy pronto de que el duque les engañaba, y obraba como un hombre seguro de que un acontecimiento muy cercano le libraría muy pronto de sus deberes.
Es necesario observar que en esta época la mala pasada que había hecho el duque al condestable había tenido ya lugar, y que este príncipe subía los impuestos para devolver el rescate que había recibido del condestable.
El marqués de Craon, del que ya hemos hablado, y de cuya inmoralidad es preciso acordarse, desempeñaba un importante papel en la corte. Amigo y confidente de los amores del duque de Orléans y de la reina, ocupaba al lado de este príncipe el mismo cargo de confianza que Bois-Bourdon al de su soberana: únicamente ellos eran los poseedores del gran secreto de esta intriga. El marqués de Craon era pariente del duque de Bretagne, gran enemigo del condestable: esta reunión de circunstancias le adhería al partido de Isabel, y fue por mediación suya que la reina aseguró al duque de Bretagne el calor con que le sostendría en todos los tiempos. A pesar de todos esos motivos para estar profundamente unido a los intereses de los dos amantes, Craon traicionó la confianza que tenían en él. Hizo a Valentina
de Milán algunas revelaciones indiscretas, sin pensar que caía él mismo en las trampas que tendía a los otros. Esto requiere algunas aclaraciones.
Existía entre el duque, Isabel y la duquesa de Orléans una culpable asociación que, por horrible que fuese, preservaba sin embargo, al de Orléans y a la reina de todos los peligros de la indiscreción. Carlos tuvo la misma debilidad que el duque de Orléans: éste amaba a la mujer de su hermano y Carlos amaba a su cuñada. Desde este momento, Isabel cedió de buena gana su esposo a Valentina, con la condición de que ésta le cedería el suyo. Todo iba sobre ruedas, y Carlos, sin sospechar un pacto que le hubiese enfurecido, estaba contento sin embargo, del precio al que sus enemigos le cobraban su felicidad.
Las indiscreciones del marqués no estorbaron, pues nada, se sabía lo que tenía que decir; pero le valieron la completa enemistad de Isabel y por contrapartida la de los otros dos. Se resolvió la venganza y unos pretextos se presentaron fácilmente; la conducta de Craon proveía muchos. El imprudente marqués cayó en desgracia. Encargado, como hemos dicho, de algunas negociaciones de parte de la reina, con el duque de Bretagne, fue en sus estados donde corrió en busca de asilo. Prevenido el duque se guardó muy bien de aclarar nada a Craon; pero encontrándole muy propicio para servir a su venganza del condestable, le persuadió de que sólo a Clisson debía sus desgracias; el marqués lo creyó; se sabrá muy pronto lo que resultó de ello.
Por lo demás, nada tan hábil como el cambio que el duque en esta ocasión supo dar al desgraciado Craon; pues armaba por este medio, uno contra otro, a dos poderosos enemigos de la reina, del duque de Orléans y de él mismo. Existen pocos políticos más sombríos y más flexibles, puesto que el duque se cuidaría con esto de reconciliar, cuando quisiese, a Craon con la reina, y de conservar así un agente siempre seguro de su comprensión con esta princesa. Por lo demás, era probable que ésta perdonase al marqués, puesto que de hecho, no había estropeado nada con sus indiscreciones y que había servido de mucho, armándose, como va a verse, contra Clisson mucho más peligroso que él.
Todo lo que acabo de decir se preparaba en Tours., en una entrevista convocada entre el duque de Bretagne y el rey, y a la que Isabel, presurosa por ver al duque, no había faltado.
Allí, el condestable apareció con una suntuosidad por lo menos parecida al aparato verdaderamente insolente que desplegó el duque de Bretagne. La reina, mediadora de esta entrevista, servía a la perfección a un príncipe de que creía tener tanta necesidad para los proyectos ambiciosos que alimentaba desde hacía tiempo.
Allí el duque la reconcilió con Craon, allí Isabel acordó el matrimonio del duque de Bretagne con una de sus hijas, y se concertó esa pérfida alianza cuyo único fin era dar a Inglaterra un lustro más, aliando a Francia un príncipe que servía tan bien a sus enemigos. Una vez cimentados estos lazos, cada cual regresó a sus estados.
Tan pronto como el duque de Bretagne se encontró en Rennes y siempre por las instigaciones de Isabel, sólo pensó en romper todas las promesas ilusorias que había hecho a su soberano.
A1 regreso de este viaje el rey comenzó a sentir los primeros síntomas de manía. Con otros medios que los que se usaron, quizá se hubiesen prevenido las consecuencias de este accidente; pero como desgraciadamente se tenían muy pocas ganas de lograr esta curación, que unos motivos fáciles de adivinar tenían más bien que retardar en vez de avanzar, sólo se emplearon fiestas y placeres, medio muy insuficiente y que usaban únicamente aquellos que ganaban con fomentar las turbaciones que tenían que resultar necesariamente de un accidente tan funesto.
Se sospechó largo tiempo que la reina había empleado unos polvos para respirar o para tragar que le habían sido proveídos por unos monjes italianos, que se hicieron venir a costa de grandes gastos. Es cierto que se observó desde este momento que las crisis crecían o decrecían en razón de la necesidad que Isabel tenía del delirio o de la razón de su esposo.
¿Pero puede producirse este singular efecto en las facultades intelectuales del hombre?
Si las causas de esta enfermedad son lo bastante conocidas para que pueda curarse, seguramente puede ser provocada; y si ciertos venenos son capaces de alcanzar las facultades físicas. ¿Por qué unos venenos de orden diferente no alterarían sus facultades morales? ¿Son éstas de una clase diferente de las otras y no está demostrado ahora que la unión de unas y otras facultades es demasiado íntima pare que lo que emana de unas no sea una continuación constante de lo que es producido por 1a s otras? ¿No alteran el alma todas las enfermedades del hombre? ¿Y cómo la afectarían
sin su intima unión con el cuerpo? ¿Las facultades intelectuales, en una palabra, son diferentes de las facultades materiales? ¿El cerebro del hombre lesionado por los accidentes de la locura no puede, como la membrana velluda de su estómago, ser corroído por un veneno cualquiera? ¿Y si el acto desorganizador es en el fondo el mismo y sólo difiere por la naturaleza del veneno empleado, quien nos dirá que las búsquedas de la botánica no tienen que proporcionar lo que puede alterar uno, como lo que puede desbaratar lo otro? Una única diferencia nos detiene: ¿Nos equivocaremos en la premisa mayor y en este caso todas las consecuencias serán falsas?
¿Es cierto asimismo que las facultades morales son iguales a las facultades físicas? Esta duda nos conduciría a unos siglos de tinieblas felizmente disipadas para nosotros; no temamos, pues equivocarnos con respecto a este hecho. La locura que ataca las facultades morales sólo las turba porque son físicas; sólo las desbarata por la razón de que todo lo que ataca lo moral lesiona infaliblemente lo físico y viceversa, y la locura como es una enfermedad que ataca a la vez el alma y el cuerpo puede darse, como puede curarse, o para expresarse mejor todavía, darse, puesto que se cura.
Por lo demás, lo que exponemos aquí sólo es el resultado de cuanto dijeron los monjes que vendieron estos venenos- pero no respondemos en absoluto de sus afirmaciones, estamos igualmente muy lejos de poder indicar las plantas que empleaban, y ciertamente si este poder estuviese en nuestras manos, nos guardaríamos muy bien de reveler un secreto de tal naturaleza.
Algunos artículos de las confesiones de Bois-Bourbon apoyan nuestras conjeturas; pero dejamos a nuestros lectores la facultad de pensar lo que quieran al respecto. Quizá tendremos ocasión de responder más abajo a algunas objeciones levantadas contra este artículo, muy importante sin duda en la historia que contamos. Limitémonos ahora al simple papel de narrador.
Es cierto, a pesar de lo que pudiera pasar, que en lugar de calmar a su esposo, la reina hacía todo lo que podía para excitarle más. Por aquel entonces instituyó en Vincennes era indecente «corte amorosa» organizada como las cortes soberanas, y donde se encontraban absolutamente todos los mismos oficiales revestidos con los mismos títulos. Pero lo que sorprendió más a los verdaderos amigos de la moral, es que había entre los miembros de esta escandalosa asociación, no sólo los más grandes señores de la corte,
sino incluso doctores en teología, importantes vicarios, capellanes, cures, canónigos, conjunto verdaderamente monstruoso y que, dicen los historiadores contemporáneos, caracterizaba la depravación de este burdo siglo, «en que se ignoraba el arte tan fácil de ser vicioso al menos con
decencia»[9]. Esta reflexión es muy poco moral: pues, que el vicio esté
escondido, o que se manifieste, ¿no es igualmente peligroso…?, ¿no lo es
incluso más cuando puede confundírsele con la virtud?
Quizá desearían que trazásemos aquí algunos detalles de las reuniones de las que acabamos de hablar, lo haríamos sin duda si no nos hubiéramos prohibido severamente todo cuanto puede herir la decencia. Que se contenten con saber que la «corte amorosa» de Isabel, templo impuro dónde sólo se alababan los extravíos del sentimiento más delicado, estaba muy lejos de parecerse a las «cortes de amor» de Avignon presididas por Laura y cantadas por Petrarca, donde sólo se practicaban las virtudes del dios que se ultrajaba en Vincennes.
Sin embargo, las fiestas no conseguían que se descuidasen las intrigas: el tiempo que se concede a las primeras es casi siempre aquel en que se urden mejor las segundas. Fue solamente entonces cuando el duque de Touraine obtuvo del rey el ducado de Orléans, cuyo nombre llevó siempre a continuación, que para la comprensión más perfecta de esta historia, le hicimos adoptar, quizá, demasiado pronto.
En esta época igualmente Craon consumó contra el condestable el crimen que dejamos presentir ya, con el fin de conocer de antemano las razones que determinaron esta execración, debida si se quiere a la barbarie, a la depravación del siglo, pero que nunca bajo ninguna excusa tenía que haber manchado la mano de un gentilhombre francés.
Craon, desde hacía mucho tiempo, reunía en su palacio, en secreto, armas de toda especie. Algunos días antes de la ejecución de lo que proyectaba, cuarenta facinerosos se introdujeron allí con el mismo misterio; casi todos eran bretones.
«Amigos míos -les dijo la víspera-, se trata ahora de vengar a vuestro príncipe, conocéis las faltas del condestable de Clisson con respecto al duque de Bretagne. En posesión de sus secretos, los traicionó todos, y creyendo que la verdad no lograría aún perder a Carlos de Blois en el espíritu del rey de Francia, unió a ella la calumnia más insigne: se atrevió a decir que vuestro soberano negociaba una culpable alianza con los ingleses
contra Carlos VI, mentira atroz que no tenía otro fin sino empujar al monarca a declarar la guerra a Bretagne, y todo esto con la única intención de vengarse del duque, que lo describió al rey como merecía; tratando sobre todo de desvelar la pérfida ambición que le empujaba a llevar la guerra a Bretagne sólo para encontrar medios con que ilustrarse. Si el duque de Bourgogne hubiese continuado en el gobierno de Francia nunca Clisson, nunca este hombre pérfido hubiese conseguido adquirir una consideración que el rey sólo le concede porque no le conoce. En una palabra, Clisson estaba perdido, sin la humanidad del duque de Bretagne, que sólo consintió en soltarle por medio de un rescate que su mala fe no pagó nunca. Carlos de Bretagne era el dueño de su vida, se la concedió, y el ingrato se convierte aún en más culpable con respecto a su libertador. Amigos, ha llegado la hora de vengar a vuestro señor; tengo orden de no tratar con miramientos a este gran culpable; armaos contra un traidor y cumpliréis el deber de las personas honradas. El condestable pasará mañana cerca de este palacio; golpeadle cuando aparezca, y que el mentiroso expire a vuestros pies. Esta legítima acción a la que os exhorto tiene que ser agradable al cielo, cuya justicia quiere que el crimen sea castigado: tiene que complacer a nuestro soberano al que venga y más aún a Carlos VI al que libra del mortal más peligroso.
»Si hay uno solo a quien repugne esta acción que no se arme. Aquí hay mazas, espadas, puñales para los demás…» Y apoderándose Craon en persona de una de estas armas gritó: «Ojalá pudiera este hierro vengador que veis aquí, guiado por mis manos justicieras, hundirse el primero en el corazón del culpable. Que ningún remordimiento, ningún terror turbe vuestros espíritus, tanto como debemos temblar ante un asesinato ilegítimo, tanto debemos enorgullecernos del que venga de un golpe a Dios, al honor y al rey.»
Se cogieron todas las armas y todos los que se apoderan de ellas juran obedecer.
El día elegido para realizar esta infame acción era el de la fiesta del Santísimo Sacramento. La superstición de estos tiempos de ignorancia afectaba preferir para la ejecución de los más horrorosos complots los días consagrados por la religión, como si los culpables quisiesen asociar al cielo con su ferocidad.
Llegó la noche. Fue precedida por una tempestad que cubría aún París entero con las tinieblas más espesas.
Lejos de prestarse a las infamias proyectadas se hubiese podido decir que el cielo obscurecía únicamente el horizonte con sus sombras para asustar mejor a.los culpables. Ni un alma circulaba por las calles de la capital de Francia, el silencio que reinaba en ellas era la imagen de la muerte.
Esta noche había tenido lugar una fiesta en el palacio de Saint-Paul, donde se encontraba ordinariamente la corte, y el baile que siguió a la cena había llenado la mitad de la noche.
El condestable acababa de abandonar la corte; se retiraba a su palacio situado en el lugar que ocupó más tarde el palacio de Soubise. Era la una de la madrugada, cuando escoltado por ocho hombres llevando antorchas encendidas, Clisson atraviesa la calle Culture Sainte-Catherine. Algunos asesinos, mezclándose con los criados de Clisson, apagaron las antorchas de éstos, el condestable no viendo ya con quien tiene que habérselas, pero cuya franqueza y lealtad no pueden sospechar un mal que sería él mismo incapaz de cometer, cree que esta escena es sólo una broma del duque de Orléans.
«Os adivino, mi príncipe -grita- y perdono a vuestra juventud una broma, que sin embargo, no nos conviene ni a vos ni a mí.»
Ante estas palabras, Craon se da a conocer: «Condestable -dice-, no es el duque de Orléans, soy yo…, yo que quiero librar a Francia de su más mortal enemigo; sin cuartel, es preciso morir. Matadle, matadle -prosigue este cobarde dirigiéndose a los que le seguían-, y no dejéis con vide a ninguno de los que le defenderán.»
En vano los ocho criados del condestable trataban de hacerlo; ellos y su señor fueron asaltados y golpeados por todos lados. Los criados se escaparon, y Clisson que se quedó sólo en medio de sus asesinos, hubiese sucumbido infaliblemente sin la coca de malla que llevaba bajo sus vestidos. No hay manera de reconocerse unos a otros…, la oscuridad es tan profunda, que algunos cobardes se apuñalan entre ellos. Otros, asustados por el horror gratuito que les hacen ejecutar y por las peligrosas equivocaciones de las que la oscuridad les convierte en víctimas, y más aún sin dude por el valor con el que Clisson se defiende, emprenden la huida, desperdigándose por las canes adyacentes, o regresan al palacio de Craon.
Únicamente uno más encarnizado que los otros, lama a Clisson un golpe tan
terrible, que le hace caer de su caballo y va a parar a la puerta de un panadero, aún entreabierta, y que hunde el peso de su cuerpo. La débil luz que sale de esta tienda termina de llenar de terror el alma de los culpables; todos emprenden la huida, Clisson se queda solo y sin conocimiento.
Algunos de sus servidores se acercan entonces; uno de ellos come a advertir al rey de lo que sucede. Carlos iba a acostarse: sin vestirse de nuevo, sube a la grupa detrás del emisario cuyo caballo fustiga con todas sus fuerzas. Llega a case del panadero, y ve a su condestable ahogado en medio de su sangre, que se esfuerzan por parar. «¡Oh, mi querido Clisson! –
le dice-, ¿quién pudo ponerte en este estado?» «Señor -responde el condestable- son vuestros enemigos tanto como míos: pues sabéis cuanto quiero a vuestra majestad, y estos desgraciados no me lo perdonan.» «Pero,
¿quién, pues, amigo mío? Nombradle.» «Señor, es Craon, le he reconocido; es él quien cobardemente me ha hecho asesinar: sólo le nombro porque los que me tratan así no sabrán amarle.» «Condestable -dice el rey- este doble motivo es inútil para que castigue a este vil asesino. Vengaría quizá con menos calor vuestro ultraje si me ocupaba del mío.»
Sin embargo, los doctores llegan. «Miren a mi condestable -les dice Carlos-, y que yo sepa lo que debo esperar; pues sus dolores son los míos propios: les recompensaré más por curarle, que por los cuidados que pudiesen prestarme a mí…» Y el buen Carlos, inclinándose sobre el condestable, mojó con sus lágrimas las llagas de su amigo. «Señor -le dijo Clisson enternecido- si siento perder esta sangre que vuestras lágrimas paran, es por la imposibilidad en que su efusión va a colocarme de poder terminar de perderla por vuestra majestad vertiéndola en el campo del honor.» «Condestable, tú no morirás.» «Y bien, mi príncipe, mi último suspiro será, pues, para vos -prosiguió Clisson estrechando las manos de su señor- y esta esperanza me consuela por todo.»
Esta escena emocionante inflamó las llagas y los cirujanos suplicaron al rey que se retirase. «Consiento en ello -dijo Carlos-, pero con la condición de que me respondéis de él, no le dejaré sin esto.» «Sí, señor, respondemos de él.» «Me voy pues tranquilo -dijo el rey-. Adiós condestable; reconoceré si tú me quieres por los cuidados que tomarás de tu persona», y lo abrazó…
¡Qué cuadro el de un rey, mezclando sus lágrimas con la sangre de uno de sus mejores oficiales derramada antes en su servicio; cuántos derechos
adquiere sobre el que se la ofrece aún, y qué título para la adoración de sus pueblos!
En el mismo instante las órdenes más severas se dieron al preboste de París para que detuviese a los asesinos de Clisson. Pero estaban a salvo: buenos caballos les permitieron escapar de la justicia de los hombres, y no a la de Dios, que deja pocas veces crímenes tan grandes sin castigo. Se detuvieron a algunos inocentes, entre otros a un canónigo de Chartres, en casa del que se había hospedado Craon; pero el culpable no pudo ser alcanzado. Huyendo a uña de caballo, llegó a Sablé, una de sus ciudades en los confines del Maine y de Bretagne: allí se enteró de que Clisson no había muerto. Desde entonces sin creerse seguro en su castillo, se refugió en las posesiones del duque de Bretagne, que se burló de él, y le reprochó haber dejado escapar una ocasión tan buena para vengarse. «Monseñor -le dijo al duque-, es preciso que el diablo se mezclase en ello, pues mis servidores le propinaron más de sesenta heridas.» «Habéis cometido dos grandes equivocaciones -respondió el duque- la de haberle atacado y otra mucho mayor la de haber fallado el golpe.»
El proceso de Craon se hizo de acuerdo con todo el rigor de las leyes.
Se arrasó su palacio; el terreno que ocupaba el mismo se destinó para cementerio; es el que lleva hoy el nombre de Saint-Jean. La calle de Craon que lindaba con su palacio se la llamó calle de los «Mauvais-Garlons», hombre que lleva aún hoy día. Sus bienes se confiscaron, el duque de Orléans percibió una buena parte de los mismos. Se arrasaron como su palacio todas las casas que había habitado. Asistir a todas esas ejecuciones se convertía en una manera de granjearse el favor del rey; pero la adulación se perdona cuando tiene el carácter de un homenaje a la virtud.
Juana de Châtillon, mujer del culpable, así como su única hija, fueron expulsadas casi desnudas de su casa; trato muy cruel, sin duda, puesto que alcanzaba a la inocencia, pero que excusaba sin embargo, la atrocidad del crimen que el monarca había prometido vengar.
Tan pronto como se supo el refugio de Craon, Carlos envió mensajeros a reclamarlo al duque de Bretagne, cuya respuesta negativa y poco mesurada incitó al Consejo a declarar en el acto la guerra a sus estados.
No todos se ponían de acuerdo en encontrar el crimen del marqués tan grande como era. Clisson tenía muchos enemigos en la corte: se le reprocharon sus inmensos bienes, se le acusó de rapacidad y sobre todo lo
hacían aquellos que le veían en posesión de cuanto hubiesen querido apoderarse ellos mismos, como los duques de Berri y de Bourgogne[10].
Aquí tenemos que aclarar a nuestros lectores quien fue la verdadera instigadora de este delito y es nuestro deber mostrar que ella no obraba lo más seguro sino por los mismos motivos de los que se valían para deprimir a Clisson los envidiosos de su fortuna.
Recordamos que en principio se peleó con Craon, cuando éste abusó de la confianza del duque Luis, su amante. Tenemos que acordarnos igualmente de su reconciliación con este facineroso cuando el duque de Bretagne le hizo ver que el daño que le hacía el condestable, tanto por su ascendiente sobre el espíritu del rey como por las inmensas riquezas que iban a parar cada día a sus manos, era infinitamente más peligroso para ella que todas las indiscreciones de Craon tan fáciles de paralizar, y que Craon se convertía, de hecho, en el único hombre lo bastante temerario para desembarazarla de un enemigo mucho más de temer como era el condestable, y sobre todo cuando le hizo entender que el marqués era la causa de las desgracias que el condestable tenía que aguantar en la corte.
Sabemos muy bien que Isabel, naturalmente vengadora, tan pronto como comprendió todo esto se aferró ardientemente a un medio que se adaptaba tan bien a sus proyectos. En efecto, de dos cosas, una: o Craon triunfaba, e Isabel se veía desembarazada de un hombre que se convertía por su conducta en el más gran enemigo que pudiese tener; o fallaba el golpe, y entonces ella se libraba de un hombre que la había traicionado.
Este plan se trazó en las conferencias de Tours; y el duque de Bretagne, que lo aconsejaba, ganaba con él también por su parte, puesto que perdía a Clisson, del que todo lo que hemos visto le había convertido en uno de sus más crueles enemigos. El suceso contrario le era igualmente favorable, pues el marqués de Craon era un hombre peligroso para aquellos que le empleaban; una prueba de ello era la traición que hizo al duque de Anjou.
Así, y absolutamente como la reina, el duque de Bretagne se veía beneficiado por este crimen, cualquiera que pudiese ser su desenlace.
Apenas Isabel hubo tomado estas resoluciones cuando hizo partícipe de ellas primeramente a su favorito Bois-Bourdon quien las aprobó, después al duque de Orléans con el cual continuó viviendo en la más grande intimidad; y, persuadida de que la asociación con un cómplice tal sólo puede ser muy útil en el cumplimiento del crimen que proyectaba, hizo considerar la
aventura al duque, bajo la doble vertiente que acabamos de observar. Le prometió compartir con él a medias los bienes de una o de otra de sus dos víctimas; y el de Orléans, seducido por las riquezas con las que se halagaba su avaricia, no sólo aprobó el proyecto, sino que se ofreció incluso a secundarlo con todo su poder.
En seguida Isabel le acerca al marqués, asiste a sus deliberaciones, los dirige, los anima y desde este momento se conviene en que el de Orléans, mezclado entre los asesinos, dará muerte, si puede, al desgraciado con sus armas, cuyos bienes le tientan. ¡Qué cálculo! Es horrible, estamos de acuerdo, pero se llevó a cabo, y aquí tenemos que acordarnos que el condestable, al oír la orden de apagar las antorchas de sus criados creyó reconocer, como autor de esta orden, al duque de Orléans, hasta tal punto que le rogó que acabase con una broma que no les convenía ni a uno ni al otro. Recordaremos también que el último golpe, el que precipitó a Clisson contra la tienda del panadero, parecía venir de aquel que tenía más interés en la culminación del crimen. Los rumores que circularon por París al día siguiente concordaron por otra parte perfectamente con esta opinión; y cuando se trató de saber quien le había herido el último se nombró al de Orléans mucho antes que a Craon. ¿Pero cómo éste, viéndose castigado él mismo, no fue indiscreto con respecto al duque…?, porque muy pocas veces un cómplice traiciona al que le emplea: mientras podrá sacar beneficio de ese servicio, se guardará muy bien de hacer algo que se lo hiciese perder todo. Está, pues muy claro que el de Orléans, heredero de los bienes de la víctima cualquiera que ésta fuese, tenía que apresurar la muerte y lo hizo. Ninguna de las medidas propias para la ejecución del crimen fue descuidada por él; perfectamente guiado por Isabel, las estableció todas con la más extrema exactitud, y Craon hizo lo mismo. En cuanto a la reina.
¿Infringía por su parte alguno de estos pérfidos preceptos? ¿Al revestir a su amante con los despojos del muerto, no se ponía al abrigo de la sospecha de un crimen del que conseguía todo el beneficio, al débil precio de una víctima que podía perderla si vivía?
Isabel, lo sabemos y nos convenceremos más de una vez de ello aún, recibió de la naturaleza, con su horrible inclinación al crimen, toda la flexibilidad necesaria para disimularlo.
Cesemos, pues de buscar en otra parte a los provocadores y autores de este delito: sólo pueden encontrarse entre aquellos que tenían el mayor
interés en cometerlo. Ahora bien. ¿En quiénes este interés era más vivo que en los duques de Bretagne, de Orléans y en la reina? Sin duda es penoso adoptar unas opiniones semejantes; pero el deber de un historiador no consiste sólo en narrar unos hechos que todos saben, consiste aún más en seguir el hilo de los acontecimientos y si se rompe, tiene que anudarlo con las verosimilitudes, cuando no puede unirlo con las verdades conocidas. Sin esto sería lo mismo leer unas cuantas fechas y cronologías. Pero aquí no se trata de eso, lo repetimos; y cuando unas probabilidades se apoyan en las declaraciones hechas al morir un confidente o de un cómplice, seguramente desde entonces adquieren toda la fuerza de la verdad.
Isabel en una palabra tenía que ser la enemiga del condestable y de Craon, las verosimilitudes lo demuestran, las confesiones de un hombre condenado certifican los crímenes que resultan de ello: ¿Qué más hace falta para creerlos y atestiguarlos?
Sin embargo, en todas partes se realizan preparativos para la guerra de Bretagne. Carlos había tomado la venganza del condestable demasiado a pecho, para desistir de tomar parte en esta expedición. Tenemos que destacar que el duque de Bourgogne no compartía en absoluto la idea de esta guerra; y no obstante. ¿No parecía que estuviese todavía en la confianza de la reina?, pero es verosímil que ambos, teniendo los mismos intereses, seguían el mismo camino, sin comunicarse nada aún.
Todo se puso en juego, pues para deshacer este proyecto formado por el rey de ponerse él mismo a la cabeza de sus fuerzas, hasta que los consejos de los médicos declararon que la salud del rey no le permitía participar en esta empresa.
Sin embargo, Carlos estaba tan arraigado a este proyecto que, a pesar de lo que pudiesen decir los médicos, precipitó más ardientemente que nunca la ejecución y sobre todo cuanto le dijeron que Craon ya no estaba en Bretagne y el mismo duque le aseguró que se encontraba en Aragón. No viendo en estos subterfugios sino el proyecto de traicionarle y de salvar el marqués, protestó que nada le impediría vengarse y declarar la guerra al insolente vasallo que quería engañarle.
Se fijó, pues para la partida de las tropas el 5 de abril de 1393.
Isabel, durante este tiempo, irritaba los espíritus. De acuerdo con los príncipes, hacía ver a todos, así como al mismo rey, lo ridículo que era que Francia entera se preparase a una guerra por la causa de un hombre, más
expoliador que ninguno de aquellos a quienes se acusaba de parecidos errores. No consiguió nada: el ejército se puso en marcha, esperando no obstante algún acontecimiento que lo obstaculizase todo.
Lo que siguió dejó ver muy claramente estas conjeturas difíciles de desenredar entonces, pero muy fáciles de adivinar sin embargo, por los que hubiesen querido anudar el hilo de todos estos acontecimientos y quienes, como acabamos de decir, hubiesen sabido unirlo a las verosimilitudes, y sobre todo cuando se trataba de una de las más interesantes anécdotas de nuestra historia.
La opinión de los médicos se realizó demasiado bien: la salud del rey se desequilibró totalmente. Sombrías apatías sucedían a unos accesos de furor, de los que sólo salía para desesperarse del estado en que se veía reducido.
El hombre enajenado no es desgraciado, mientras sus ilusiones se sostienen:
¿Cae la venda? Se convierte en el más infortunado de los hombres… y lo que habían hecho tomar al rey pare sumergirle en este cruel estado no era lo suficientemente violento como para mantenerle en él sin cesar.
Nunca la salud de este príncipe había atravesado una crisis tan difícil como el día en que salió de Mans: apenas probó los alimentos que le sirvieron. Una parte del ejército había tomado ya el camino hacia Angers, cuando se puso en marcha.
A pesar del ardor del sol, Carlos se había arropado extraordinariamente; y pálido, triste, soñador, atravesaba así el bosque lejos de su séquito que se había apartado de él para no incomodarle.
De golpe un fantasma vestido de negro se adelanta surgiendo de entre los árboles, y coge la brida del caballo que montaba el monarca. «Rey -le dice con una voz sepulcral-, no cabalgues hacia adelante, sino regresa, pues te han traicionado.»
Este personaje era horrible; una repugnante mezcla de interés y de extravío contraía los músculos de su rostro y le hacía espantoso.
Carlos tembló…, gentes de su séquito se adelantan y, golpeando las manos de este repugnante individuo, le obligan a dejar la s riendas del caballo; pero no se le detiene… ¡No se le detiene! ¡Cuántas ideas sugiere este descuido! No se le pregunta ni quién es; parece que sólo haya hecho lo que tenía que hacer, y que cumplida su misión, tenían que abandonarle a sí mismo.
Apenas salieron del bosque cuando el paje que llevaba la lanza del rey la deja caer imprudentemente sobre la cabeza de su compañero. En este alboroto Carlos cree reconocer la verdad de lo que acaba de decirle el fantasma; exclama que se halla rodeado de traidores, y con una espada en la mano, se lama impetuosamente sobre cuanto le rodea…, cuatro de sus servidores caen bajo sus golpes. El duque de Orléans corre hacia su hermano para desarmarle; pero el duque de Bourgogne se lo impide:
«¡Tened cuidado -dice a su sobrino- os matará también!» En este momento, Martel, gentilhombre normando, y chambelán del rey, salta ligeramente sobre la grupa del caballo de su señor, le coge por los brazos, mientras le desarman y le hacen descabalgar pare conducirle a Mans, en una carreta uncida con bueyes, que el azar hizo que se encontrase allí. Estaba sin conocimiento. «Regresemos todos a la ciudad -dicen los príncipes-, la campaña ha terminado.» La orden de retroceder se da al instante, y cuando el rey llega a Mans, el estado en que se encuentra hace temer por su vida.
Se cree que le han envenenado; el vino y los alimentos que se le habían servido por la mañana se probaron, no descubrieron nada; se trataba de otra clase de veneno el que habían utilizado para cometer el crimen.
Al ser consultados los médicos lo achacaron todo a la fatiga que consumía al rey, ya sumergido en un estado de debilidad y abatimiento. Los príncipes lo atribuyeron a un sortilegio, y no se vio, o no se quiso ver, que la mano pérfida que suscitaba esta espantosa aventura era la misma que la que acababa de impulsar el asesinato de Clisson.
En este momento, decían, la reina llevaba en su seno las pruebas de su culpable relación con el duque de Orléans y, ciertamente, tenía que cuidar en él al padre de la criatura de la que estaba encinta y al hombre que como hermano de Carlos tenía verdaderos derechos al trono, en el caso de la muerte del rey. Ahora bien, ¿no era preferible para Isabel, un amante como el de Orléans que un esposo imbécil que, suponiendo que se quedase en este estado, estaría siempre en la dependencia de sus tíos proveídos de la autoridad provisional, que perderían infaliblemente cuando el rey ya no existiese? La reina presumía que la escena del bosque, cuya autora había sido ella, costaría la vida a Carlos; pero sus opiniones cambiaron cuando sus esperanzas quedaron defraudadas. Desde entonces, se abandonó a las reflexiones del duque de Orléans quien, para consolarla le aseguró que de hecho, vigilando bien las operaciones de los tíos, quizá sería mejor para sus
proyectos que el rey estuviese siempre en una especie de imbecilidad no lo bastante pronunciada para que fuese reducido a una perfecta nulidad, pero sí lo bastante fuerte sin embargo, para hacerle hacer cuanto querrían; y por eso las cosas se quedaron aquí.
Pero, ¿tenía, pues, Isabel los medios de mantener a su marido en este estado? Seguramente, los tenía. Recuerden lo que hemos dicho ya al respecto; incluso suponiendo que no los hubiese utilizado aún, lo que parece difícil de creer, conocía bastante bien la debilidad de espíritu del rey pare estar muy segura de que la aparición del espectro tenía que ocasionar un efecto prodigioso, y este espectro podía moverse fácilmente.
Los únicos autores de esta farsa política eran, pues, Isabel y el duque de Orléans. La dude se convierte en imposible con una serie de pruebas tan contundentes como las que presentamos aquí.