Historia Secreta de Isabel de Baviera
Primera Parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Fuese como fuese, esta noticia puso de luto a toda Francis. A pesar de la mala administración de este reinado, adoraban a Carlos; el pueblo, siempre justo, cuando no se le extravía, separaba sus cualidades de sus debilidades: ameba unas, deploraba las otras, ¡esta es el alma de los franceses! Los errores de sus jefes no significarán nunca nada, tan pronto como las virtudes se los harán olvidar.
Pero este acontecimiento lo cambió todo: los dos tíos del rey gobernaron, y los favoritos de la antigua corte fueron suplantados en seguida.
Cuando ya no se desencadenaba una guerra pare defender a Clisson, tenían que precipitar su pérdida; continuaba siendo el único fin de la reina: tampoco descuidó nada pare lograrlo.
Antes de que se hubiese hablado de la cuestión del reparto entre el de Orléans y los príncipes, estos dijeron que el Consejo decidiría quien tenía que tener la autoridad si ellos dos o Luis, cuya juventud les parecía un poderoso motivo de exclusión.
Aquí, los historiadores nos aseguran que Clisson contaba mucho con la protección y la amistad del duque de Orléans; y si no nos apresurásemos a aclarar este hecho, seguiríamos el juego a quienes trataran de poner en duda todo cuanto presumimos aquí.
¿Cómo podía ser, en efecto, que Clisson, enemigo de la reina y perseguido por ella, fuese sin embargo, el amigo de su amante? Esta amistad del duque de Orléans por Clisson era fingida; era únicamente una
forma hábil con la que el duque, de acuerdo con Isabel, disfrazaba sus horribles proyectos; ambos obraban impulsados por las mismas intenciones:
«perdámosle si podemos, aparentemos protegerle si fracasamos».
Habían fracasado: era preciso, pues, aparentar apreciar al condestable, hasta la posibilidad de aplastarlo por entero.
¿Podían los enemigos de este desgraciado condestable estar ahora mejor servidos que lo estaban por las circunstancias? Ya no había guerras en Bretagne, ya no se forjaban proyectos en su favor, toda la corte estaba irritada por haber hecho demasiado por él, no quedaba ningún deseo de perseguir aún a sus asesinos: ¡Qué momento más propicio para abatir la hidra que se había temido, y cuyo extremo crédito había alarmado a todos los príncipes! Se aprovecharon de ello.
El condestable se dirigió al palacio de Artois para recibir las órdenes del duque de Bourgogne. Desde entonces todos los intereses se encuentran reunidos, su pérdida está decidida; quieren que comience su proceso.
«Clisson -le dice el duque de Bourgogne-, no debéis mezclaros ya en el gobierno, es una gran desgracia que estéis informado de ello, y la prueba es que os sería muy difícil decir como habéis conseguido las riquezas que poseéis.»
Clisson se retira sin responder; pero tan pronto como se encuentra en su casa comprende toda la extensión de] peligro que le amenaza. Quiere consolarse con el duque de Orléans al que cree su amigo; pero Luis le evita, se encuentra con Creil, cerca del rey, su hermano. Clisson ve que ya no existe ningún socorro para él; huye por una puerta secreta de su casa, llega a Monthéry, una de sus plazas fuertes, donde apenas acaba de llegar cuando se entera de las órdenes que hay de prenderle. Corre a sus provincias, donde la cantidad de plazas fuertes que posee allí parecen ofrecerle un asilo. Unos delegados del Parlamento se trasladan a Bretagne para citarle: no le encuentran, es cuanto quiere la reina, su cálculo es simple: «Si aparece -
había dicho-, el rey que le quiere, le concederá gracia; si es rebelde, está perdido.» ¡Ay! ¿Quién conocía mejor que esta mujer hábil el arte de perder a sus enemigos?
Esta pérfida criatura se había dado cuenta igualmente de que sólo podían oponerse a Clisson unos crímenes absolutamente incumbentes a la justicia ordinaria y de la que le absolvía la devolución a la autoridad real.
Estaría seguramente mucho más perdido por una detención; y esta
detención, efectuada prontamente, contenía en sustancia que e1 condestable era «falso, malo, traidor, desleal» con el gobierno. El desgraciado fue condenado en consecuencia a una multa de cien mil marcos de plata y privado de su oficio, que se dio a Felipe de Artois, conde de Eu, yerno del duque de Berri. Fueron a Bretagne a pedirle la espada al condestable; pero no pudieron nunca llegar hasta él, y como no consiguieron ni su dimisión ni su espada, protestó contra el nombramiento que acababa de hacerse; lo que no impidió al titular que ejerciese el cargo y aún menos a Clisson que renovase sus protestas contra el usurpador.
Aquí la política de Isabel y del duque de Orléans necesita aún ser explicada.
Es seguro que durante la desgracia del condestable y en la época en que se hablaba de declarar la guerra a Bretagne, el de Orléans aseguró a Clisson sus socorros y su protección. ¿Por qué el partido más opuesto a él se ofreció sin embargo, a serle útil? No podemos en este dédalo sino recurrir para
aclararlo al proceso de Bois-Bourdon[11]. Este señor dijo en sus respuestas
que habiendo hecho esta objeción a la reina, esta princesa le respondió:
«Mi dulce y buen amigo, no estáis aún muy ducho en el arte de la política: sabed que no hay ninguna manera mejor de perder a las personas que aparentando serles útil. Por falsedad Luis aparenta servir a Clisson; pero los dos queremos perderle, porque ambos tememos su prestigio.
Nosotros le hemos salvado; nosotros también hemos dictado la orden de detenerle que le pierde.»
Y el favorito, estremecido por este discurso, se retiró sin decir ni una sola palabra.
Sin embargo, la salud del rey obligó a que se tomasen precauciones. Su majestad reunió un consejo en torno a su lecho para poner en claro los medios de prevenir todos los desórdenes que podrían tener lugar si el trono quedaba vacante.
La mayoría de edad de los herederos franceses, según el edicto de Carlos V, se fijó decididamente a los catorce años, y la tutela del joven delfín confiada a la reina, a los duques de Berri, de Bourgogne, de Bourbon y a Luis de Baviera, hermano de la reina. Se asignó para esta tutela las rentas del ducado de Normandía, de la ciudad y el vizcondado de París, de los arrendamientos de Senlis y de Melun. Esta tutela estaba asistida por un consejo compuesto por tres prelados, seis nobles y tres clérigos. Una de las
cláusulas era que si la reina contraía nuevo matrimonio después de la muerte del rey, desde este momento se encontraba desprovista de la tutela.
Isabel se guardó muy bien de testimoniar a otros que no fueran Bois-Bourdon la tristeza que le causaban todas estas cadenas. ¿Cómo, en efecto, tales trabas podían complacer a la que aspiraba a la dominación general y a apoderarse de todas las fortunas? Una cosa le tranquilizaba sin embargo: la regencia no pudo negársele al duque de Orléans; en su calidad de hermano del rey, era imposible que no se le confiriese este cargo, y esta porción de autoridad unida a la que acaba de ser conferida a la reina les colocaba a ella y a su amante en disposición de perjudicar a Francia, tanto como sus intereses podían permitirlo.
Pero la larga duración del reinado de Carlos desbarató un poco sus proyectos. Se vieron obligados a adoptar al menos la máscara de la virtud para abandonarse a todos los extravíos de su detestable carácter.
A pesar de esta hipocresía, apenas estos dos peligrosos personajes gozaron de la autoridad con la cual acabamos de verles revestidos, un acontecimiento extraordinario pudo atraer sobre ellos muy graves sospechas.
Hicieron recomendar al rey por sus médicos que no se preocupase en absoluto por los asuntos de estado, y que se entregase por completo a los placeres. En consecuencia, con ocasión del matrimonio de una de las damas de honor de la reina con un gentilhombre de Vermandois, esta princesa dio en su casa una fiesta seguida de un gran baile. Carlos imaginó disfrazarse de salvaje, llevando con él encadenados a Hugues de Guissai, al conde de Joigni, a Amand de Poitiers, y a Juan de Nantouillet, bastardo de Foix; sus trajes eran de tela embadurnada de pez, sobre la que se habían aplicado estopas. Por un azar, que sólo pueden permitirse llamarlo así aquellos que no quieren profundizar en nada o que son aún más incapaces de juzgar, el fuego se prendió en el traje de uno de esos salvajes, cerca del que se había visto al duque de Orléans bromear con una antorcha en la mano. En un instante el fuego alcanzó a todos los salvajes, y excepto al rey, a quien la duquesa de Berri envolvió con su abrigo, y Nantouillet, que se tiró en una cuba de agua, todos los demás perecieron consumidos.
Ignoramos aquí por qué razón, y contra todos los relatos de los contemporáneos, complació a Villaret aventurar dos mentiras tan absurdas como las que se permite, al decir que el rey no estaba con los salvajes,
mientras que es cierto que él les conducía; después que la reina se desvaneció cuando le contaron la desgracia que acababa de amenazar la vida de un esposo que amaba, mientras vivía con el de Orléans desde hacía varios años, y mientras este príncipe había proyectado en su casa, y con ella, el pérfido suceso de los salvajes, quienes después de las nuevas reflexiones que habían hecho, deseaban mas que otra coca ahora la muerte de un rey, cuya existencia restringía infinitamente la extensión de su poder.
Y, por otra parte, si Carlos no se encontraba con los salvajes, según el relato de Villaret. ¿Cómo puede decir en la página siguiente que la reina tembló por el peligro que su esposo había corrido? ¿Podía comer alguno, puesto que no estaba con ellos? ¡Qué contradicción! ¿Y cómo un grave historiador puede alterar la verdad de hechos capaces de aclarar muchas cocas sobre los más importantes personajes de este siglo? ¿Con esta repugnante adulación se escribe, pues, la historia?
No dudamos en absoluto de que Isabel concibió el horrible proyecto de este incendio y de que el duque de Orléans lo ejecutó.
OceanofPDF.com
Además, veamos lo que se encuentra palabra por palabra en las declaraciones de Bois-Bourdon[12]:
«La reina -dijo-, haciéndome venir, me hizo participe del complot que había formado contra la vida de su esposo en el baile que daba con motivo del matrimonio de una de sus damas de honor con un gentilhombre de Normandía. Primeramente se trataba de emplear unos venenos en los refrescos que se servirían al monarca, pero presentándosele a la reina la obligación de dirigirse a alguien para conseguirlos, obligación que podía ser peligrosa, y si yo me encargaba de ella, podrían fácilmente sospechar de mí, cambió de repente de idea, y propuso el disfraz de los salvajes, vestidos con materias combustibles a las que el señor de Orléans pondría fuego.»
No dice nada más: ya sabemos el recto.
En expiación de la dicha imprudencia[13], el duque de Orléans erigió
una capilla a los Celestinos con los fondos que se le adjudicaron al
confiscar los bienes del marqués de Craon. Se sabe que en aquellos tiempos
de superstición, los mayores crímenes se compensaban con legados
piadosos: como si no se envileciese la majestad del creador al creer que
puede perdonar los crímenes más horribles por medio de algunas rentas o
de algunas capillas; son acciones útiles para los hombres, que reparan el
mal que pudo hacérseles, pero no vanas ofrendas que sólo satisfacen el
orgullo de quienes las presentan y la avaricia de los que las reciben.
Una segunda recaída mucho más fuerte que la del año pasado atacó al rey. Guillermo Martel, aquel de sus chambelanes que facilitó los medios de desarmarle en la fatal jornada de Mans, fue el primero que se dio cuenta de este accidente, del que dio parte al duque Luis. Observaron en esta crisis que los síntomas que la caracterizaban parecían tener por base un alejamiento espantoso que el rey concebía por su mujer: efecto bien singular de los esfuerzos de la naturaleza, que en casi todas nuestras desgracias o enfermedades nos inspira involuntariamente disgusto a odio por las personas o por las cocas que ocasionan nuestros males. Esta observación hecha por la misma reina la conmovió enormemente.
«¿Quién es esta mujer? – decía el desgraciado Carlos, al hablar de Isabel-. Que se vaya de mi vista, me es insoportable; si existe algún medio de librarme de ella., empleadlo, no puedo ni verla ni oírla. Que no se presente más ante mí, lo exijo.»
Luego recorriendo sus habitaciones, por todas partes donde se encontraban algunos emblemas de sus antiguos amores, los arrancaba diciendo que jamás se había casado con aquella mujer.
¡Cuántas lágrimas hubiese tenido que derramar Isabel ante unas escenas tan desgarradoras!, pero era culpable, callaba; con frecuencia incluso sonreía.
No aborrecía como a Isabel a Valentina de Milán, de la que se sospechó falsamente que había cooperado en los maleficios que asediaban al rey.
Recuerden por medio de qué arreglo se había convertido en su amante: el rey la amaba, y nunca la rechazó.
Descartadas las sospechas que habían caído sobre Valentina, se terminó por creer en la corte que las únicas causas del extravío del rey eran producidas por la conducta que observaban con él, o por los pocos cuidados que se le daban. En consecuencia, la reina mando venir a costa de grandes gastos desde el fondo de Guyenne a un famoso charlatán cuyo aspecto exterior era tan piadoso como vana su ciencia.
Este hombre aseguró que devolvería la salud al rey, y que esto le era muy fácil porque poseía un libro que llamaba «Simagorad», por medio del cual estaba seguro de dominar al universo entero. Pretendía que Adán había recibido este libro de las manos de Dios, cien años después de la muerte de Abel, para consolarle de la pérdida de este hijo bien amado; y con estos cuentos pueriles, perfectamente sobornado por la reina y por el de Orléans, este inútil impostor encontró el secreto con que divertir durante mucho tiempo al monarca y a toda su corte.
Con este ridículo expediente no se consiguió nada; se emplearon entonces los votos, las plegarias, los cambios de aposentos. Todo fue inútil, y hasta el fin de sus días, este príncipe infortunado no ofreció ya sino un simulacro de autoridad, del que, después de reflexionar debidamente, se aprovechaban mucho más cómodamente que si hubiese dejado de existir, aquellos que como Isabel y el duque de Orléans tenían tanto interés en mantenerle en este horrible estado. Cuando la naturaleza reclamaba sus derechos, y había un rayo de esperanza para Carlos, en el acto sus hábiles guías le empujaban a unos libertinajes desenfrenados, o a unos excesos, que con la ayuda de los filtros, hundían de nuevo a este desgraciado príncipe en un delirio que no dejaban de aprovechar los monstruos que le asesinaban poco a poco.
Sin embargo, las miras ambiciosas de la reina y del duque de Orléans se encontraban furiosamente contrariadas por el duque de Bourgogne cuyos proyectos eran bastante peligrosos, y mejor apoyados sin duda, tanto por su gran experiencia como por la inmensidad de sus posesiones.
¡Cuántas intrigas, cuántos cuidados, cuántas luchas preparaba esta concurrencia! Aquí las ramificaciones se pierden, el laberinto se convierte en inextricable, y no podemos hacer otra cosa que reunir los acontecimientos conocidos, que, contados con la más severa exactitud, nos darán sin embargo, un haz de luces suficiente para guiarnos sin cesar hacia la verdad más extrema.
La reina no tenía únicamente que combatir este imperioso poder del duque de Bourgogne, sino que tenía que luchar aún contra la inflexible altanería, la insoportable vanidad de Margarita de Flandes, esposa de este duque. Esta mujer, casi tan hábil como Isabel, era menos criminal sin duda; pero tenía un poder absoluto sobre un esposo del que disponía a su gusto.
Para mantenerse en guardia contra este partido poderoso, la reina deseaba con ardor apoyarse en Inglaterra, por medio de una alianza, o por algunas negociaciones.
En consecuencia, siempre inclinada a las supersticiones, o mejor prefiriendo sacar partido de su impostura para imponerlas a los otros, mandó venir a la corte a un aventurero conocido con el nombre del ermitaño Robert, quien aseguró al rey haber visto a su regreso de Siria una figura más clara que el cristal, la cual le ordenó que se dirigiese a la corte de Francia y que convenciese al rey para que firmase la paz con los ingleses, asegurando que todos los que se opondrían a ello lo pagarían muy caro.
Este embustero vio al rey y consiguió persuadirle. Siguió a los embajadores de Francia a Inglaterra y encontró a Ricardo, como a sus tíos, absolutamente decidido a seguir sus consejos. ¡Con qué facilidad, en estos siglos de ignorancia, los hombres se dejaban cegar! ¡Y qué fácil era, con un poco de destreza, engañarles!
Todas las dificultades se allanaron pues, y esperando la redacción de los artículos, se acordó una tregua de cuatro años.
Otro motivo acabó de consolidar estas resoluciones. Ana de Luxembourg, hija del emperador Carlos IV, murió, y en este momento ya no se vieron obstáculos al matrimonio tan deseado por la reina entre el rey de Inglaterra y una de las hijas de Isabel.
Es esencial ahora no perder de vista ninguna de las maniobras de esta hábil mujer. El objeto de sus deseos no era el bien que la paz podía traer a Francia, sino la ambición desmesurada de reunir estas dos grandes potencias, con la esperanza de llegar a gobernarlas a ambas, y la de atraer para que viniese allí al esposo de su hija a un país del que seguramente un día se ceñiría la corona.
Observemos aquí hasta qué punto se parecían todos los medios que empleaba esta mujer.
El fantasma del bosque de Mans, el charlatán de Guyenne, los sueños del ermitaño Robert. ¿No son del mismo color? ¿No procede todo esto de la misma mano? ¿No es la obra de un mismo espíritu? Sería preciso cegarse terriblemente para resistir a la evidencia de estos hechos, o degradarse por una timidez que deshonraría a la vez al escritor pusilánime que la tomara como excusa, o al lector poco reflexivo que la adoptase.
Pero una circunstancia viene en apoyo de estas reflexiones y las fortifica; terminará de convencernos de que no era en absoluto el bien de Francia lo que quería Isabel, sino su sujeción a los ingleses y esto por todos los motivos de interés que acabamos de explicar.
Sólo le quedaba a la corte de Francia recuperar la provincia de Guyenne, casi enteramente ocupada por los ingleses, y sin embargo, no se hizo nada para conseguirlo. Recobrar antiguas posesiones no es el deseo de aquellos que sólo buscan vender otras, no: ver dominadas estas provincias por los ingleses, ver desmembrada Francia entera, someterla totalmente a sus rivales, estas son las únicas miras de la mujer ambiciosa que la gobierna, y cuyos planes secretos y disimulados superan siempre en destreza a lo: de quienes trabajan por un mismo fin.
Aunque el interior de Francia estuviese tranquilo, las exacciones arbitrarias, los impuestos forzados, todo existía, como si las necesidades del estado exigiesen todavía; y era porque la reina o los príncipes se apoderarían de la mayor parte de los despojos públicos. Fue entonces cuando el amante de Isabel o mejor el cómplice de todos sus crímenes, el duque de Orléans, consiguió que sus tíos le concediesen la misión de pacificar las perturbaciones de Bretagne, lo que, al mismo tiempo que servía los intereses del príncipe más amigo de Inglaterra, favorecía aún más el peligroso proyecto de Isabel, cuyo espíritu la incitaba a unirse a todo lo que tenía relación con Inglaterra, y sobre todo por una alianza que,
formando un contrapeso a la autoridad de los príncipes reales, la conducía directamente a su fin.
Luis encontró encendida la guerra desencadenada entre el condestable y el duque de Bretagne.
El duque de Bourgogne, dicen los historiadores poco clarividentes o bien mal instruidos, favorecía al bretón mientras que el de Orléans tomaba el partido del condestable. Hemos visto ya por qué camino tortuoso caminaba el duque de Orléans: si parecía servir a Clisson, era únicamente para perderle mejor, así estos dos príncipes Bourgogne y el de Orléans, cuyas casas no estaban todavía divididas, servían sin lugar a dudas la misma causa y quizá ambos con las mismas miras, lo que hacía que los dos se observasen, tratasen de adivinar sus pensamientos y que no tuviesen otro fin que el de asegurar de la mejor manera su prestigio.
Entretanto, el marqués de Craon reapareció más encarnizado que nunca contra un enemigo al que trataba de vencer, al no haber podido matarle.
Por otra parte, Clisson amargado por su desdicha y encerrado en su castillo de Josselin, estaba preparado para sucumbir cuando un convenio lo pacificó todo, y el condestable, por medio de algunas renuncias y de mucho dinero, consiguió recobrar un poco de reposo.
Si citamos esta anécdota que no tiene ninguna relación con nuestra historia, es para convencer hasta qué punto el de Orléans, que dictó los artículos de la capitulación, continuó siguiendo su camino oblicuo y tenebroso.
Pero esta pacificación no podía durar mucho tiempo; no era esto lo que deseaban, y las hostilidades empezaron de nuevo muy pronto; se batieron de nuevo, se formaron otros proyectos de tratado cuando la vejez del duque de Bretagne, estado de donde nacen comúnmente los remordimientos, llevó a este soberano a algunos arreglos que le reconciliaron por fin con su antiguo amigo, y el de Orléans regresó a la corte, muy poco satisfecho al ver que sus argucias se haban frustrado. Pero la virtud dejaría de ser el atributo de la divinidad, si los manejos de la maldad consiguieran vencerla siempre.
Muy pronto cambió Isabel sus maniobras, y lo que no había logrado por un lado lo intentó por otro. Desde la última prórroga de la tregua, Ricardo no había perdido la esperanza de aliarse con Carlos, y este deseo cálidamente secundado por la reina no tardó en cumplirse.
En el mes de julio de 1394 aparecieron los embajadores de Inglaterra, encargados de negociar esta unión. Los príncipes querían que un tratado de paz fuese su sello; pero no era de esta forma que Isabel lo había planeado; así sus proyectos no se hubiesen cumplido. Se contentaron pues con una tregua de veintiocho años, y la princesa Isabel de Francia fue destinada a Ricardo II.
Cuando el matrimonio estuvo determinado, los embajadores muy bien aconsejados por la reina hicieron una protesta cuyo objeto era establecer los derechos quiméricos del rey de Inglaterra a la corona de Francia, y ciertamente era fácil ver en esta maniobra hasta qué punto se encontraban halagadas la ambición, el odio y la venganza de Isabel, puesto que era entonces suegra del rey que pretendía la corona de Francia; lo que, como se ve, doblaba una autoridad, muy diferente de la que le provenía del simple título de esposa de un príncipe imbécil cuyos tíos obstaculizaban cada día cuanto ella concedía para engrandecerse. Una dificultad se presentó sin embargo: ¿Este matrimonio no le provocaría un rompimiento con el duque de Bretagne, al que estaba prometida la mayor de sus hijas? Pero Isabel presumía arreglarlo todo dando al bretón por esposa a una de las hermanas de la que se casaba con el inglés. Aquí puede observarse a placer la bondad de nuestros historiadores.
Isabel, dicen, dadas las frecuentes recaídas de su esposo, vivía en el palacio de Saint-Paul, mientras que el rey permanecía en el Louvre: ¿No exigía la gravedad de los males de su esposo su presencia cerca de él?
¡Hasta qué punto estos grandes especuladores se apartan del motivo de este alejamiento! ¿Y por qué no ver que si la reina vivía lejos de su esposo, era con el fin de negociar más cómodamente con aquellos que trataba de seducir y de unirse a ellos incluso por los medios más ilícitos? Sin embargo, así escriben la historia las buenas personas, y así los tontos creen todo cuanto escriben las buenas personas.
Fuese como fuese, los embajadores de Inglaterra reaparecieron el 9 de marzo de 1395 con la aceptación de todas las cláusulas propuestas para concluir este célebre hímnico que se puede mirar con razón como una de las más vergonzosas épocas de nuestra historia, puesto que por medio de este pacto ignominioso se consentía en perder la mitad de Francia y en privarse de los medios de entrar en ella durante veintiocho años… sólo al precio de una alianza que iba a poner nada menos que el resto del reino bajo el
dominio de un soberano cuyo único interés era formar con ella la mejor parte de sus estados; y de esta forma trabajaba esta reina, contra la que se contentan con lanzar invectivas sin dignarse a probarnos hasta qué punto las merecía.
Por lo demás no podemos quejarnos por esta negligencia: ¿Qué nos hubiese quedado si nuestros predecesores lo hubiesen dicho todo?
Una de las cláusulas vivamente solicitadas por los plenipotenciarios y que termina de probar hasta qué punto era inmenso el favor concedido por la reina a los asesinos del condestable fue la gracia de Craon que pidieron y que obtuvieron.
El duque de Bretagne, al reconciliarse con Clisson, se había descuidado de estipular el perdón del traidor; la reina que veía otro medio de obtenerlo no quiso ni siquiera hablar de ello al duque de Bretagne y los embajadores determinaron este arreglo.
Pero Craon tenía en la corte de Francia otros enemigos, de los que Isabel se había olvidado de protegerle. Apenas este traidor reapareció, cuando la reina de Sicilia acordándose de todas las estafas que había hecho al duque de Anjou, del que era la viuda, le mandó detener y, condenado a una restitución muy por encima de sus fuerzas o a permanecer en prisión hasta el pago, fue encerrado en la Torre del Louvre.
Bois-Bourdon, que antes había tenido algunas relaciones con el marqués, solicitó vivamente a la reina que le devolviese su libertad, probándole, y esto era cierto, que podría obtenerla incluso sin pagar la deuda reclamada por la reina de Sicilia; esta es la respuesta de Isabel poco más o menos como la encontramos en los papeles de este desgraciado favorito[14]:
«Bourdon -le dijo la reina- hace mucho tiempo que sólo estimo a los hombres por su utilidad. Craon tuvo antes mis favores: como sólo consintió a ese precio en el asesinato de Clisson, participé al duque de Orléans la singular recompensa que exigía; recuerdo también como ya hacía tiempo había abusado de nuestra credulidad. El duque me objetó que no podíamos dudar entre la vida de Clisson y el precio que exigía Craon para quitársela, y como Craon conocía con todos los detalles el crimen proyectado y era necesaria su ejecución, era preciso conservarle a toda costa. Craon fue, pues afortunado… un día sólo, estoy de acuerdo, pero lo fue, y nos sirvió. El duque quiso en seguida perderle y le abandonamos al duque de Bretagne;
ya sabes el resto. Nuevas necesidades nos han obligado a llamarle; esta obligación es la del crimen, es cruel, pero es necesaria. Craon regresó, a íbamos a emplearle todavía, sin creernos obligados a pagar sus servicios tan caros; estábamos lejos de temer la venganza de la reina de Sicilia, ella se ha apoderado de él, que se lo guarde; en rigor, podemos pasar sin él y ya no tenemos porque temer sus indiscreciones. No me hables, pues de este hombre, que perezca, puesto que no ha tenido la fuerza suficiente para salvarse.»
Aquí, Bois-Bourdon no respondió nada, o, al menos, las objeciones que pudo hacer no se encuentran en sus papeles. No se habló más de este asunto, del que contamos los escandalosos detalles para que se conozcan todos los matices del carácter que hemos prometido desvelar, lo que era imposible para aquellos que no estaban provistos, como nosotros, de los documentos esenciales para justificar lo que decimos.
No obstante, el matrimonio del inglés se concluyó en la capilla del palacio; el festín que siguió fue uno de los más suntuosos que se habían visto hasta entonces. Sus majestades asistieron a él con la mayor pompa. Se observó, no sin alguna sorpresa, que los señores ingleses que representaban a Ricardo precedían a los príncipes franceses. Se adivina fácilmente quien había ordenado un ceremonial tan insolente. En este mismo año encontramos una de las más singulares anécdotas de esta corte astuta, en donde los crímenes más negros se disfrazaban o se ahogaban siempre con arte, mientras sus autores hacían sospechar de aquellos que jamás habían imaginado que pudieran atribuírseles.
Los ataques del rey se redoblaban y la extrema compasión que inspiraba su mal, fijaba más particularmente la atención general sobre todos los que creían culpables de haber provocado un estado que no parecía natural a nadie. Las antiguas sospechas que habían recaído sobre Valentina de Milán se reprodujeron, y lo que es más sorprendente en esta absurda injusticia es que entre dos mujeres, de las cuales una, Valentina, quería al rey y la otra, Isabel, le detestaba, fuese precisamente sobre la «amiga» del monarca de la que se sospechase, mientras que nadie se atrevió a hacerlo ni por un instante de la «enemiga».
El estado de ineptitud, en el que Isabel deseaba que estuviese su marido, era, ya lo sabemos, de un gran interés para ella, pero poco importante para Valentina. A los motivos que impulsaban a la reina a obrar así con respecto
a Carlos, fueron a unirse otros para perder a Valentina y por consecuencia para sobrecargarla. En efecto, a pesar del arreglo inmoral realizado entre ella, el de Orléans y Valentina con respecto al rey, Isabel se daba cuenta de que ésta continuaba cuidando al duque de Orléans, su esposo, de una manera de la que Isabel estaba celosa; y, con esto, ¿no había de hacer recaer, como lo reconoció después, sobre su rival las sospechas que se despertaban, provocadas por la imposibilidad de atribuir a una causa natural la dolorosa situación del rey?
Se puede objetar sin duda que para deshacerse de una rival, una mujer como Isabel tenía que encontrar en el veneno un medio más seguro y más rápido. Esto es cierto en un sentido; pero la culpable atraía entonces las miradas; al recaer una sospecha sobre ella, las demás se precipitaban por añadidura en el acto, y nuestra heroína era demasiado hábil, estaba demasiado ejercitada en el crimen, para no saber perfectamente cuanto era necesario a la vez para cometerlo con seguridad, y para desviar la opinión pública, cuando parece fijarse en los culpables.
Desde entonces, Isabel señaló al duque de Orléans lo peligroso que estaba convirtiendo para su asociación el conservar en ella a una mujer que, aunque fuese la amiga del rey, acababa sin embargo de emplear contra él y sin su participación unos medios violentos de los que sin duda quería aprovecharse sola.
«Pero estos medios -respondió el de Orléans-. ¿No los hemos empleado de común acuerdo?» «Si, de acuerdo -dijo la reina- pero lo mujer ha obrado sola, sin decirnos nada, y ciertamente tiene unos proyectos, que se guarda muy bien de comunicarnos.»
El de Orléans, seducido, relegó inmediatamente a la duquesa a Neuf-Châtel-sur-Loire.
Esta desgracia, como es fácil imaginarlo, terminó por atraer sobre Valentina las sospechas que se reanimaban, y se creyó con demasiada ligereza que era, por sí sola, la causa de los desórdenes de la salud del rey, mientras que todo no era sino una continuación de las infernales maquinaciones de Isabel, quien, por celos, tenía tanto interés en separar a Valentina del duque de Orléans, como en que, debido a su propia seguridad, sus crímenes recayesen sobre esta mujer, desembarazándose pérfidamente de su imputación.
¡Y qué momento tan feliz escogía Isabel para hacer caer en sus trampas a aquella cuya presencia le resultaba tan prodigiosamente gravosa! El momento en que Galéas de Visconti padre de Valentina, se oponía con gran calor a las agradables ofertas que la república de Gênes hacía a la corte de Francia, y que consistían en ponerse bajo la protección de esta corte.
Poniendo de relieve esta conducta al rey Isabel le consoló de la pérdida de una mujer, que, no contenta con traicionarle en favor de Galéas, su padre, al que había excitado para que se opusiese a la gloria de Francia, seguía, por otra parte, una conducta bastante irregular para atraer sobre ella la animadversión de su esposo; de este modo cuando los dos hermanos tuvieron una explicación sobre lo que acababa de suceder, ambos, gracias a la reina, encontraron justo el castigo que Valentina sufría.
A1 ver a Isabel comportarse en todas partes con tanta astucia y falsedad.
¿Nos extrañaremos de lo que vamos a ver realizarle a continuación?
Afanosa por unirse a todo lo que podía estrechar sus lazos con Inglaterra, o con los amigos de esta potencia, Isabel al mismo tiempo que daba a su hija mayor a Ricardo, casaba a Juana, la segunda, con Jean de Montfort, hijo mayor del duque de Bretagne. Este himeneo decidió al padre del joven esposo a acompañar a la corte a Calais, donde Ricardo fue en persona a buscar a la princesa que le había sido designada.
Nada tan pomposo como este viaje: se gastó la dote de la joven reina.
Isabel amaba de la misma manera el fausto como estaba inclinada hacia el crimen; parece ser que el mal obra con más seguridad, cuando un lujo insolente le rodea y le esconde, y eso es lo que convierte los excesos de los príncipes siempre más peligrosos que los extravíos que resultan del infortunio o de la necesidad.
En 1396, la reina dio luz a un hijo que se llamó Luis, y a quien apadrinó el duque de Orléans, de quien se pretendió que tenía que ser hijo, con mucha más seguridad que de Carlos.
Este matrimonio de la joven Isabel con Ricardo, rey de Inglaterra, no tuvo éxito en Londres; los ingleses veían con muy malos ojos esta unión con Francia; temían que ella tuviese como resultado la obligación de devolver las plazas fuertes que Inglaterra poseía aún en nuestras costas; pero ésas estaban muy lejos de ser las intenciones de la reina; no sólo deseaba ver en manos de los ingleses nuestras plazas fuertes sino a Francia entera; de ello nos convencerá muy pronto la continuación de esta historia.
Mientras esperaba, Isabel se preparaba a descubrir tan altas pretensiones por medio de la princesa que acababa de casar con Ricardo. Es cierto que, para alcanzar el fin propuesto, su primer deseo fue colocar a su yerno en el trono de Francia, lo que fue la causa de todas las perturbaciones que tuvieron lugar en Gran-Bretaña y durante las cuales las crueldades de Ricardo inmolaron a una multitud de señores descontentos de su conducta, entre otros a Arondel y Warwick, pero cuya muerte sólo sirvió para precipitar las desgracias de quien la había ordenado.
Isabel se encontraba mal secundada en Inglaterra; su hija no era ni tan atrevida ni tan depravada como ella.
Sin embargo, el estado de Carlos empeoraba; este príncipe infortunado era únicamente un objeto de piedad para aquellos que le rodeaban, y desgraciadamente sentía que lo que le sucedía no era natural.
«Los males que sufro -exclama a veces- son obra de los que me detestan. ¡Ah! ¡Por piedad, que se acaben mis días, es la única gracia que les pido!», y tan pronto como el ataque empezaba a apoderarse de él:
«Apartad de mí toda clase de armas -decía- prefiero morir mil veces que causar mal a alguien.»
El crimen se espanta siempre; es el primer castigo que le reserva la virtud. Cuando Isabel oía a su desgraciado esposo exclamar que lo que sentía era obra de sus enemigos, temblaba; el remordimiento, al nacer, parecía restablecer el equilibrio, pero muy pronto las pasiones recuperaban su imperio, les cedía los derechos que ya no tenía la fuerza suficiente para disputarles. ¡Hasta qué punto este funesto ejemplo tiene que convencer de la necesidad de dominarse desde la infancia! ¡Ay! ¡Por qué acariciar, pues, aquello que puede perdernos! ¡Por qué ceder a los venenos de la vida, cuando pueden gustarse las mieles!
Isabel rehuía con sumo tacto los deberes que le prescribía el himeneo, y, para indemnizar al rey, introdujo, en el lecho del monarca, a la hija de un vendedor de caballos.
Desde este momento, no guardó ya ninguna medida con el duque de Orléans; de esta manera esa culpable mujer, profanando por una parte el lecho nupcial y deshonrándole por otra, parecía querer redoblar el crimen de la adúltera abandonándose sin vergüenza a lo que impunemente obligaba a cometer a su esposo. ¡Hasta qué grado de perversidad tiene que llegar una mujer para poner en juego semejantes horrores!
Se llamaba «la pequeña reina» a la criatura a la que nuestra heroína hacía desempeñar el papel infame que acabamos de explicar. Bois-Bourdon asegura que Isabel le había dicho varias veces que recomendaba encarecidamente a su suplente que agotase a su marido, a fin de desembarazarse de él más pronto, habiéndole enseñado, dice el texto,
«todas las formas de obrar; para que el rey se holgase de tal manera que se hartase y apresurase su fin»[15].
«Existen, ya lo sé, medios más rápidos -decía a su favorito-; pero independientemente de las consecuencias, que hemos reconocido, he observado que era mejor que este hombre viviese aún algún tiempo; Luis y yo necesitamos a este fantasma; dejemos hacer a la que me representa.» En consecuencia colmaron a esta joven de bienes. Tenía una casa en Créteil, otra en Bagnolet, y cuando para colmar su impudicia, dio una hija al rey, se le asignó como dote la tierra de Belle-Ville en Poitou.
Parecidas ignominias tuvieron lugar en un reinado más cercano a nosotros, ya lo sabemos; pero estas criminales complacencias fueron la obra de la amante de un soberano, nunca de su esposa. La historia no ofrece ningún ejemplo de una prostitución tan horrible ejercida por reinas; orgullosas de su dignidad, ninguna la envileció de tan indigna manera.
Siempre secundando las pérfidas intenciones que acabamos de observar en el alma de Isabel, dos monjes llegaron de Guyenne, enviados, dijeron, por el mariscal de Sancerre. Uno se llamaba Pedro, otro Lancelot; ambos poseían, decían, medios seguros con que curar al rey: parecieron creerlo, y en consecuencia se albergaron cerca del palacio de Saint-Paul, donde los mayores cuidados les fueron prodigados. Plegarias, invocaciones mágicas, brebajes compuestos con plantas, a los que se añadió en seguida perlas destiladas, todo se probó, sin ningún éxito. Desde este momento la desconfianza se apoderó de todos los espíritus, se observó a los pretendidos médicos; su conducta escandalosa, los desenfrenos a los que se abandonaban, cambiaron en certeza lo que en principio sólo fueron sospechas, y se emplearon unos medios más severos cuando se vio que estos miserables hacían suceder suplicios a inocentes remedios: se permitieron hasta escarificaciones sobre la cabeza del rey. Les detuvieron, y durante los tormentos que sufrieron, confesaron que el duque de Orléans les mandaba obrar.