Homo Plus
Buena Suerte, Roger, Ya Estamos en Camino.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–No saldré del campo visual-y se marchó hacia unas manchas de color que rodeaban una serie de montículos brillantes e irresistibles. – ¡Es peligroso!
– gritó Brad por la radio-. ¡Espera hasta que acabemos de probar el jeep! Si pasa algo tendremos problemas.
–No pasará nada-dijo Roger.
No podía esperar. Estaba usando su cuerpo para lo que había sido construido, y su impaciencia era irrefrenable. Corrió. Saltó. Se halló a dos kilómetros del lugar de aterrizaje antes de darse cuenta; miró hacia atrás, vio que los otros estaban arrastrándose lentamente tras él y prosiguió. Su sistema de oxigenación aumentó el suministro para compensar el exceso de demanda. No eran sus músculos los que se movían, sino los servomecanismos por los que habían sido reemplazados; pero eran las
delgadas fibras musculares que estaban al final de los nervios las que controlaban los servomecanismos. No suponía esfuerzo alguno correr a doscientos kilómetros por hora, saltar sobre pequeñas hendiduras y cráteres, escalar las elevaciones del terreno. – ¡Vuelve, Roger! – Era Don Kayman, y su voz sonaba preocupada.
Hubo una pausa, durante la cual Roger siguió corriendo; luego, una extraña sensación de movimiento en su campo de visión y otra voz dijo:
–Vamos, Roger, tienes que volver.
Se detuvo bruscamente, anonadado, con las alas abiertas al casi indetectable aire, y estuvo a punto de caerse. La familiar voz susurró:
–Vamos, cariño, sé un buen chico y vuelve.
Era la voz de Dorrie.
Y como surgiendo de la arena, los colores formaron la imagen de Dorrie, dando un soporte a su voz; sonreía y estaba a menos de diez metros; llevaba unos shorts que dejaban al descubierto sus largas piernas y su cabello ondeaba con la brisa.
La voz radiada rió en el interior de su cabeza, esta vez con el acento de Don Kayman:
–Sorprendido ¿verdad?
Roger tardó un momento en contestar.
–Un poco-logró articular.
–Fue idea de Brad. Grabó a Dorrie en la Tierra. Cuando necesites un aviso de emergencia, Dorrie te lo dará.
–Ya-dijo Roger. Mientras miraba, la sonriente figura se volvió borrosa, sus
colores se debilitaron y desapareció. Roger se dio la vuelta y empezó a caminar. El regreso le llevó mucho más tiempo que la euforia anterior, y los colores ya no le parecían tan brillantes Don Kayman condujo el jeep hacia la vacilante figura de Roger Torraway, intentando permanecer en su saltarín asiento sin ser zarandeado demasiado dentro de los cinturones que le sujetaban. No era en absoluto confortable. El traje que habían confeccionado para él tenía ahora partes estrechas y partes holgadas, debido a los largos meses de viaje; o tal vez, pensó, era él quien había engordado un poco en algunos puntos y adelgazado en otros, pues tenía que admitir que no había sido demasiado constante con sus ejercicios. Por otra parte, tenía que ir al aseo. El traje tenía un orificio excretor. Sabía cómo usarlo, pero no quería.
Por encima de la incomodidad, había una sensación de envidia y preocupación. La envidia era un pecado que podía purgar por sí mismo, siempre que encontrara a alguien que escuchara su confesión, y además era, como máximo, un pecado venial, considerando las evidentes ventajas de Roger sobre los otros dos. La preocupación era un pecado más grave, no contra su Dios, pero si contra el éxito de la misión. Era demasiado tarde para preocuparse. Tal vez había sido un error grabar el simulacro de la mujer de Roger para utilizarlo en mensajes urgentes; a la sazón no sabía con exactitud cuán complicados eran los sentimientos de Roger hacia Dorrie.
Pero era demasiado tarde para rectificar.
Brad no parecía tener preocupación alguna. Comentaba satisfecho los logros de Roger. – ¿Te has dado cuenta?-decía-. ¡No se ha caído ni una vez!
Su coordinación es perfecta. Tanto la parte biológica como la mecánica funcionan debidamente. Te digo que es un éxito, Don.
–Es un poco pronto para decirlo-dijo Kayman, pero Brad prosiguió.
Kayman pensó en desconectar la voz de su casco, pero era casi igual de fácil desconectar su atención. Miró a su alrededor. Habían aterrizado poco después del alba, pero habían empleado más de la mitad del día marciano en las comprobaciones previas a la salida y en el montaje del jeep. Estaba cayendo la tarde. Tendrían que volver antes de que oscureciera, se dijo.
Roger podría guiarse por la luz de las estrellas, pero no seria tan fácil para Brad y para él. Tal vez en otra ocasión, cuando tuvieran más práctica…
Deseaba ardientemente pasear por la superficie de ébano en una noche barsaomiana, con las estrellas punteando un cielo de terciopelo negro. Pero todavía no.
Estaban en una gran planicie llena de cráteres. Era difícil determinar su tamaño.
Mirando a su alrededor a través del visor de su casco, Kayman tenía dificultad en determinar la distancia a la que se hallaban las montañas. Su mente lo sabía, porque conocía cada cuadricula de los mapas marcianos correspondientes a una zona de doscientos kilómetros a la redonda del punto de aterrizaje. Pero la absoluta transparencia del aire confundía sus sentidos. Las montañas situadas al oeste, estaba seguro, se hallaban a cien kilómetros y tenían casi diez de altura. Sin embargo, parecían colinas cercanas.
Detuvo el jeep a pocos metros de Roger. Brad se libró de los cinturones y se deslizó fuera de su asiento, dirigiéndose hacia Roger con paso lento y desmañado. – ¿Todo bien?-preguntó ansiosamente-. Por supuesto que sí, ya lo veo. ¿Que tal tu equilibrio? Cierra los ojos, ¿quieres…? Quiero decir, ya sabes, corta tu visión.
Contempló ansiosamente los hemisferios facetados-. ¿Lo has hecho? Yo no puedo verlo, ya sabes.
–Lo he hecho-dijo Roger a través de la radio que tenia en la cabeza. –
¡Magnífico! No sientes ningún trastorno del equilibrio, ¿verdad?, a pesar de tener los ojos cerrados. Se paseó alrededor de Roger contemplándolo desde todos los ángulos-. Mueve los brazos arriba y abajo unas cuantas veces…
¡Estupendo! Ahora muévelos en direcciones contrarias…
Kayman no podía ver su rostro, pero podía oír la sonrisa en el tono de voz de Brad.
–Estupendo, Roger! ¡Todo perfecto!
–Enhorabuena a los dos-dijo Kayman, ya fuera del vehículo y observando las pruebas. – ¿Roger?
El ciborg volvió la cabeza hacia él, y aunque nada cambió en el aspecto de los ojos, Kayman supo que Roger le estaba mirando.
–Sólo quería decir-prosiguió, inseguro-que… bueno, que lamento lo de haber usado la imagen de Dorrie para mandarte mensajes. Tengo la sensación de que te estamos dando demasiadas sorpresas.
–No te preocupes, Don.-El problema con la voz de Roger, pensó Kayman, era que no se podía deducir gran cosa de su tono.
–Supongo que debo decirte también que tenemos otra sorpresa para ti-dijo Kayman-. Agradable, creo. Sulie Carpenter viene de camino hacia aquí. Su nave llegará dentro de unas cinco semanas.
Silencio, ningún gesto.
–Vaya -dijo Roger, por fin-. Eso está muy bien. Es una persona muy agradable.
–Sí.
No parecía necesario proseguir con aquella conversación, y además Brad estaba impaciente por proseguir las comprobaciones del estado de Roger.
Kayman se concedió a sí mismo los privilegios de un turista. Dio la vuelta, contemplando las distantes montañas, mirando el brillante sol que incluso con el sistema de oscurecimiento automático de su visor resultaba deslumbrante, y luego miró a su alrededor. Se arrodilló y tomó un poco de tierra con su mano enguantada. Al día siguiente comenzaría su trabajo de recolección sistemática de muestras para llevarlas a la Tierra, que era uno de los objetivos secundarios de la misión. Incluso después de media docena de aterrizajes tripulados y de casi cuarenta exploraciones instrumentales,
había aún una insaciable demanda de muestras del suelo marciano por parte de los laboratorios de la Tierra. En aquel momento, sin embargo, se permitió soñar despierto. Había gran cantidad de limonita en aquella arena y los guijarros de cuarzo no estaban redondeados; los cantos no eran cortantes, pero tampoco habían sido desgastados por completo. Escarbó en el suelo. Bajo una caja de polvo amarillento había una tierra más oscura y basta; había guijarros brillantes, semejantes al vidrio. ¿Cuarzo?, se preguntó, y observó atentamente uno de ellos.
Se quedó helado, mientras movía entre sus dedos un irregular globo de cristal.
Tenía un pedúnculo que había estado introducido en el suelo; luego se dividía en dos oscuros y rugosos zarcillos.
Raíces.
Don Kayman dio un salto, gritando a Roger y a Brad: -¡Mirad! – exclamó mientras hacía saltar el objeto en su mano enguantada-. ¡Dios mío, mirad esto!
Y Roger, que estaba en aquel momento agachado, dio un salto hacia él. Una mano golpeó el brillante cristal, lanzándolo a cincuenta metros por el aire.
Kayman sintió un súbito y agudo dolor en el antebrazo y vio la otra mano abalanzarse contra el visor de su casco como la garra de un oso kodiak furioso; eso fue lo último que vio. 16 La percepción de los peligros Vern Scanyon aparcó el coche entre las líneas amarillas que señalaban su propio parking, saltó fuera y llevó un dedo al botón del ascensor. Hacía menos de cuarenta minutos que se había levantado, pero no estaba en absoluto adormilado. Lo que sí estaba era colérico y receloso. El secretario del presidente le había sacado de un profundo sueño con una llamada telefónica para decirle que el presidente había cambiado el rumbo de su vuelo para detenerse en Tonka… para discutir los problemas del sistema perceptivo de Roger Torraway. Para dar patadas, más bien. Scanyon no supo nada acerca del súbito ataque de Roger a Don Kayman hasta que estuvo en su coche camino del edificio del proyecto para entrevistarse con el presidente.
–Buenos días, Vern.-Jonny Freeling parecía también enfadado. Scanyon pasó junto a él y se metió en su despacho.
–Vayamos al grano. Ahora, en pocas palabras, ¿qué ha pasado?
Freeling dijo en tono de disculpa:
–No es mi responsabilidad…
–Freeling.
–Los sistemas de Roger se excedieron un poco. Parece ser que Kayman hizo un movimiento brusco y sus mediaciones lo interpretaron como una amenaza; Roger se defendió y golpeó a Kayman.
Scanyon le miró sorprendido.
–Le rompió el brazo-prosiguió Freeling-. No fue mas que una simple fractura, general. Sin complicaciones. Se lo han entablillado y se le está curando perfectamente… Sólo que no podrá utilizar su brazo durante un tiempo. Es una contrariedad para Don Kayman, claro. No va a estar muy cómodo… -¡AI diablo con Kayman! ¿Por qué no sabe cómo comportarse junto a Roger?
–Bueno, no es que no lo sepa. Encontró algo que pensó era vida indígena.
Estaba muy excitado. Todo lo que pretendía era enseñárselo a Roger. –
¿Vida? – Scanyon parecía más animado.
–Creen que se trata de una especie de planta. – ¿No pueden asegurarlo?
–Bueno, parece ser que Roger se lo arrebató a Gayman de la mano. Luego Brad intentó buscarlo, pero no lo encontró. – ¡Cómo! – gritó Scanyon -.
Freeling, dígame una cosa: ¿Qué clase de incompetentes han estado trabajando con nosotros?-No era una pregunta que tuviera respuesta, de modo que Scanyon no esperó a que se la dieran-. Dentro de unos veinte
minutos -dijo- el presidente de los Estados Unidos entrará por esa puerta y querrá saber punto por punto lo que ha pasado y por qué. Ignoro lo que va a preguntarme, pero, sea lo que fuere, hay una respuesta que no quiero darle, y es "no lo sé". De forma que cuéntemelo, Freeling. Cuénteme de nuevo todo lo que ha pasado, por qué ha habido un error, por qué no hemos pensado que se produciría ese error y cómo diablos vamos a estar seguros de que no va a repetirse.
Costó mas de veinte minutos contárselo, pero no importó; el avión del presidente aterrizó más tarde de lo previsto, y cuando llegó Dash, Scanyon ya estaba convenientemente preparado. Preparado incluso para el furor que se reflejaba en la cara del presidente.
–Scanyon -le espetó Dash nada más entrar-. Le advertí que no quería más sorpresas. Esta vez ha sido demasiado grande. – ¡No se puede poner un hombre en Marte sin riesgos, señor presidente!
Dash le miró fijamente durante un momento y luego dijo:
–Tal vez. ¿Cuál es el estado del sacerdote?
–Tiene roto el radio de un brazo, pero se está recuperando. Hay algo más importante que eso. ¡Piensa que ha encontrado vida en Marte, señor presidente!
Dash movió la cabeza.
–Ya lo sé, una especie de planta. Pero se las ha arreglado para perderla.
–Por el momento. Kayman es un hombre competente. Si dice que ha encontrado algo importante, ha de ser cierto. Volverá a encontrarlo.
–Así lo espero, Vern. Pero no desvíe la conversación. ¿Por qué sucedió eso?
–Un mal funcionamiento del control de sus sistemas perceptivos. Eso, señor presidente, y nada más que eso. Para lograr que sus respuestas fueran
rápidas y positivas, construimos un cierto simulacro. Cuando hay que llamar su atención sobre los mensajes prioritarios, el sistema le hace ver a su mujer hablándole. Para que reaccione ante el peligro, le hacen ver una cosa aterradora. Es así como su cabeza se relaciona con los reflejos que hemos construido dentro de su cuerpo. De otra forma se volvería loco. –
¿Romperle un brazo al sacerdote no es una locura? – ¡No! Fue un accidente.
Cuando Kayman saltó hacia él, lo interpretó como si fuera un ataque real.
Responde bien. Bueno, en este caso, señor presidente, se equivocó, y nos ha costado un brazo roto; pero suponga que se hubiera tratado de una amenaza real. ¡Cualquier tipo de amenaza! Se hubiera enfrentado a ella. ¡Fuera la que fuese! Es invulnerable, señor presidente. Nada podrá cogerle desprevenido.
–Bueno, dijo el presidente, y al cabo de un momento añadió-: Tal vez sea así.-Miró durante un momento por encima de la cabeza de Scanyon y dijo-:
¿Qué hay acerca de ese otro problema? – ¿Cuál, señor presidente?
Dash se removió irritado.
–Según tengo entendido, hay algo que funciona mal en todas nuestras extrapolaciones computadas, especialmente en los sondeos que hemos realizado.
En la cabeza de Scanyon sonaron señales de alarma. Dijo de mala gana:
–Señor presidente, hay un enorme montón de informes en mi escritorio que todavía no he revisado. Ya sabe, hemos estado viajando mucho y…
–Scanyon-dijo el presidente-, ahora tengo que irme. Quiero que antes de nada coja todos esos informes de su escritorio y examine ese al que me estoy refiriendo.
Mañana por la mañana, a las ocho en punto, quiero que esté usted en mi despacho, y entonces quiero saber qué está pasando, especialmente en lo que se refiere a estas tres cosas: primera, quiero oír que Kayman sigue bien; segunda, quiero que se encuentre esa cosa viva; tercera, quiero que todo
vaya bien con las extrapolaciones de la computadora. Todo esto, Scanyon.
Sé que no son más que las cinco de la mañana, pero no se vuelva a la cama.
Para entonces ya podíamos haber tranquilizado a Scanyon y al presidente acerca de una cosa: el objeto que había recogido Kayman era efectivamente una forma de vida. Habíamos reconstruido los datos recogidos a través de los ojos de Roger, habíamos filtrado las simulaciones y habíamos visto lo que él había visto. Ni al señor presidente ni a sus asesores se les había ocurrido que eso podía hacerse, pero era factible. No se podía entrar en detalles minuciosos a causa del número limitado de bits, pero si pudimos apreciar que el objeto tenía la forma de una alcachofa, con unas hojas recias apuntando hacia arriba, y se parecía un poco a un hongo; lo cubría una capa cristalina de material transparente. Poseía raíces, y a menos que se tratara de un artefacto (al menos existia una probabilidad de 0.1) había de ser una forma de vida. No hubiéramos encontrado esto demasiado interesante de no ser porque, claro está, aumentaría el interés general por el proyecto de Marte. En lo que si estábamos considerablemente interesados era en el cálculo dudoso de las simulaciones computadas. Habíamos seguido el desarrollo durante un cierto tiempo, desde que un estudiante llamado Byrne escribiera un programa para 360 sistemas para comprobar que funcionara bien el sistema de revisión de algunos de los datos. Estábamos tan interesados en ello como el presidente. Pero la posibilidad de cualquier consecuencia seria era demasiado pequeña, especialmente teniendo en cuenta que todo lo demás funcionaba bien. El generador MHD estaba ya preparado para las correcciones de rumbo destinadas a llevar a cabo el acoplamiento preorbital; habíamos seleccionado ya el lugar en el que se llevaría a cabo: un cráter llamado Voltaire en la luna Deimos. Tras él estaba, a no mucha distancia, el vehículo que transportaba la 3070 y su tripulación humana, compuesta de dos personas, una de las cuales era Sulie Carpenter.
Y en Marte había comenzado ya la construcción de las instalaciones permanentes. Se encontraban un poco retrasadas. El accidente de Kayman había hecho que se llevaran a cabo con más lentitud, no sólo por la rotura del brazo en si mismo, sino también por lo que Brad, a raíz del incidente, había insistido en hacerle a Roger: desmontar parte de su computadora-mochila para investigar posibles fallos. No había ninguno. Pero le llevó dos días marcianos asegurarse; y después, porque costó encontrar la forma de
vida, y Kayman estaba empeñado en que la buscaran. La encontraron, o más exactamente, encontraron docenas de especímenes de aquella misma cosa.
Y Brad y Roger permitieron a Kayman quedarse en el vehículo de aterrizaje mientras las examinaba, al tiempo que ellos comenzaban la construcción de sus domos.
El primer paso era encontrar un área que tuviera las características geológicas adecuadas. La superficie tendría que ser arenosa, pero la roca no debería encontrarse a mucha profundidad bajo el manto de tierra. Les costó la mitad de un día introducir en el suelo las cargas explosivas cuyos ecos, al estallar, les permitirían asegurarse de que se daban tales características.
Luego procedieron a la laboriosa tarea de extender los generadores solares, y el agua de las rocas del subsuelo fue evaporada. Cuando apareció el primer chorro en la boca del caño, prorrumpieron en vítores. Habría sido fácil no darse cuenta. El extremadamente seco aire marciano arrebataba cada molécula casi al mismo tiempo que salía del caño. Pero acercándose mucho a la válvula que había en el extremo podía verse una neblina irregular que distorsionaba las formas que había tras ella. Era vapor de agua.
El siguiente paso consistía en desplegar tres grandes extensiones de película monomolecular, la más pequeña primero y luego las dos mayores, y fijarlas al suelo a lo largo de su perímetro. Luego llevaron allí las bombas en el vehículo marciano y comenzaron a hacerlas funcionar. La atmósfera marciana era extremadamente tenue, pero existía. Las bombas llenarían los domos en parte con el dióxido de carbono y nitrógeno comprimidos de la atmósfera y en parte con el vapor de agua que evaporaban de las rocas.
Ciertamente, no habría oxígeno, pero tenían la forma de producirlo, exactamente de la misma manera que se producía en la Tierra: por medio de la intercesión de plantas fotosintéticas.
Serian necesarios cuatro o cinco días para que el domo exterior se llenara con el cuarto de kilo de presión previsto. Luego comenzarían a llenar el
segundo, hasta un kilogramo (que incrementarla la presión en el espacio que quedaba entre ésta y el sano exterior en casi medio kilo). Finalmente, se llenaría el domo interior hasta que alcanzara una presión de dos kilogramos, de forma que todo ello crearía un entorno en el que se podría vivir sin trajes de presión e incluso respirar tan pronto como las plantas les proporcionaran el oxígeno necesario.
Claro está que Roger no necesitaba nada de eso. No necesitaba oxigeno, ni tampoco plantas para comer, o al menos no muchas ni durante mucho tiempo. Podría vivir de la luz del sol, que le proporcionaba la mayor parte de su energía, además de la que recibiría, por medio de microondas, del generador MHD una vez estuviera en su lugar. Todo lo que necesitaba para la minúscula parte animal que le quedaba podría extraerlo de los alimentos concentrados que había en la nave, y que le bastarían para mucho tiempo.
Sólo al cabo de un par de años marcianos tendría que comenzar a depender de lo que saldría de los tanques hidropónicos y de las semillas que ya estaban creciendo en receptáculos cerrados y a bajas temperaturas dentro de los domos.
Todo eso les llevó varios días, puesto que Kayman no podía ayudarle demasiado.
Salir y entrar en un traje de presión era una auténtica agonía para él, de modo que le dejaban en el vehículo de aterrizaje la mayor parte del tiempo.
Cuando llegó el momento en que hubo que sacar los tanques de excrementos cuidadosamente recogidos, desde sus toilettes para llevarlos al domo, Kayman echó una mano.
–Exactamente una mano-dijo, mientras intentaba sostener el rastrillo con mango de magnesio rodeándolo con su brazo sano.
–Lo estás haciendo muy bien-le alentó Brad.
Había suficiente presión en el domo interior, de forma que se elevaba por encima de sus cabezas; pero no la bastante como para que pudieran quitarse sus trajes de presión. Lo cual estaba muy bien, consideró Brad; así no
podrían oler lo que estaban esparciendo por el este al suelo.
Cuando el domo estuvo totalmente hinchado, la presión en su interior había ascendido a cien milibares. Era la presión que había en la atmósfera de la Tierra a una altura de unos ciento cincuenta kilómetros sobre el nivel del mar. No es un ambiente en el que un hombre desnudo pueda sobrevivir y trabajar durante mucho tiempo, pero si uno en el que sólo morirá si alguien le mata. La mitad de esta presión tendría unos efectos instantáneamente letales; la temperatura del cuerpo haría que sus líquidos hirvieran hasta evaporarse.
Pero cuando la presión interna alcanzo el nivel de los cien milibares, los tres penetraron a través de las tres compuertas sucesivas y Brad y Don Kayman se quitaron ceremoniosamente sus trajes de presión. Ambos se colocaron unos aparatos en la nariz para poder respirar; todavia no había el oxigeno suficiente para poder hablar dentro del domo. Pero tomaron oxigeno puro de los tanques que llevaban a la espalda, y con ellos fueron, por primera vez, casi tan libres como Roger, en el interior de aquel trozo de Tierra trasplantado que tenía cien metros de diámetro y que era tan alto como un edificio de diez pisos.
Y en su interior, en líneas ordenadas, las semillas que habían plantado ya estaban comenzando a asomar sus tallos.
Entretanto…
El vehículo que transportaba el generador magnetohidrodinámico había llegado a la órbita de Marte y, con la ayuda del general Hesburgh, alcanzaba la órbita de Deimos y luego se posaba en el cráter. Fue un acoplamiento perfecto. El vehículo sacó sus patas plegables y éstas tocaron la roca de la luna, la barrenaron y luego quedaron firmemente sujetas a ella Un ligero rotor del sistema de maniobras probaba su estabilidad: ahora era una parte de Deimos. El sistema de energía comenzó a emitir su frecuencia hasta alcanzar una forma totalmente operativa. El radar alcanzó su objetivo en el vehículo de aterrizaje y luego el domo. La energía comenzó a emanar. La intensidad del campo de energía era lo suficientemente baja como para que
Brad y Kayman pudieran moverse en su seno sin notarlo, y para Roger era como un cálido rayo de sol. Pero las delgadas láminas del domo exterior captaban la microonda de energía y la canalizaban hacia las bombas y las baterías.
Tenían combustible de fusión para cincuenta años. Durante ese tiempo al menos, habría energía suficiente para Roger y su computadora-mochila en Marte, pasara lo que pasase en la Tierra.
Y entretanto…
Hubo otros acoplamientos.
En la larga espiral que tenían que trazar desde la tierra, Sulie Carpenter y su piloto, Dinty Meigham, tenían bastante tiempo libre y encontraron una forma de emplearlo.
El acto de la copulación en caída libre presenta ciertos problemas. En primer lugar, Sulie tuvo que atarse por medio de un cinturón y luego Dinty la rodeó con los brazos y ella a él con las piernas. Sus movimientos eran lentos, como si estuvieran bajo el agua.
A Sulie le costó un largo y soñador tiempo alcanzar el orgasmo, y a Dinty incluso más.
Cuando acabaron, apenas estaban fatigados. Sulie se estiró y bostezó, arqueando su estómago contra el cinturón que la sujetaba.
–Qué agradable -decía lentamente-. Lo recordaré.
–Ambos lo recordaremos, cariño-dijo él, malinterpretándola-. Creo que ésta es la mejor forma de estrecharnos. La próxima vez…
Ella sacudió la cabeza, interrumpiéndole.
–No habrá próxima vez, querido Dinty.
El echó la cabeza hacia atrás para mirarla. _ ¿Qué?
Ella sonrió. Su ojo derecho estaba quieto a unos centímetros del izquierdo y curiosamente en escorzo. Ella se acarició cuidadosamente la mejilla.
El se separó, sintiéndose súbitamente desnudo. Tomó sus pantalones de la percha en donde los había colocado y se los puso.
–Sulie, ¿qué pasa?
–Nada. Oue estamos a punto de entrar en órbita. Eso es todo.
El se inclinó hacia atrás para poder verla mejor. Ella merecía ser contemplada. Su cabello había vuelto a ser rubio y sus ojos eran castaños sin los lentes de contacto; y aunque llevaban ya casi doscientos días sin ver a nadie más que a si mismos, Dinty Meigham no se había cansado de ella.
–No creo que te falte ya nada con lo que sorprenderme-dijo asombrado.
–Nunca se puede decir eso, tratándose de una mujer. – ¡Vamos, Sulie! ¿A qué viene todo esto? Parece como si estuvieras planeando… ¡Eh! – le asaltó un pensamiento-. ¡Tú te ofreciste voluntaria para esta misión… no para ir a Marte, sino para reunirte con algún tipo! ¿No? ¿Uno de los que están allí?
–Eres muy agudo, Dinty -dijo ella afectuosamente. – ¿Quién es? ¿Brad?
¿Hesburg? ¿No será el cura..? ¡Oh, espera un minuto! – Asintió-. ¡Claro!
Ese al que han estado preparando en la Tierra. ¡El ciborg!
–El coronel Roger Torraway, el ser humano-le corrigió ella-. Tan humano como tú, sólo que con algunos aditamentos.
El se echó a reír, con más resentimiento que buen humor.
–Con demasiados aditamentos y sin pelotas.
Sulie se contuvo.
–Dinty-dijo dulcemente-, he gozado del sexo contigo, te respeto y has sido un compañero tan agradable como posiblemente nadie ha tenido en este maldito e interminable viaje. Pero hay cosas que no quiero que digas.
Tienes razón. Roger no tiene testículos en este momento. Pero es un ser humano y puedo respetarlo y quererlo, y es el único que he encontrado últimamente. Y, créeme, lo he buscado. – ¡Gracias!
–Oh, no te pongas Así, querido Dinty. Sabes perfectamente que en realidad no estás celoso. Vas a casarte dentro de poco. – ¡El año que viene! Aún queda mucho.-Ella se encogió de hombros, sonriendo-. ¡Ah, pero hay algo en lo que no puedes engañarme! ¡Te gusta hacer el amor!
–Me gusta el contacto físico y la intimidad-le corrigió ella-. Y alcanzar el orgasmo. Pero prefiero hacerlo con alguien a quien yo ame, Dinty. No te ofendas.
El frunció el ceño. – ¡Pues te queda una larga espera, cariño.
–Tal vez no.
–No digas tonterías. Yo no veré a Irene hasta dentro de nueve meses. Pero tú… tú no regresarás más de prisa que yo; y luego la cosa no habrá hecho más que comenzar.
Tendrán que ponérselos para ti. Suponiendo que puedan ponérselos. Todo eso tiene el aspecto de suponer una larga espera.
–Oh, Dinty. ¿Crees que no he pensado en todo eso?-le dijo ella dándole una palmada mientras se dirigía a su armario-. El sexo no es sólo el coito. Hay más formas de llegar al orgasmo sin necesidad de introducir un pene en mi vagina. Por no hablar del amor. Roger-siguió diciendo mientras se ponía su traje, no tanto por recato como por los bolsillos- es una persona muy cariñosa, lo mismo que yo. Nos arreglaremos como sea, hasta que aterricen el resto de los colonos. – ¿El resto?-preguntó desconcertado-. ¿El resto de
los colonos? – ¿Todavía no te habías dado cuenta? Yo no regresaré con vosotros, Dinty, y no creo que Roger lo haga tampoco. ¡Vamos a ser marcianos!
Y entretanto, en el Salón Ovalado de la Casa Blanca, el presidente de los Estados Unidos se ha llaba reunido con Vern Scanyon y con un joven de piel de color café, con gafas oscuras y aspecto de jugador de fútbol.
–Así que es usted-dijo, examinándole-el que piensa que no sabemos llevar a cabo un estudio de computadora.
–No, señor presidente-dijo el joven-No creo que sea ése el problema.
Scanyon tosió.
–Byrne -dijo- es un estudiante del MIT. Su tesis versa sobre metodología de muestreo, y le hemos permitido el acceso a parte del, eh, material secreto.
Especialmente lo relacionado con los estudios de la opinión pública sobre las actitudes hacia el proyecto.
–Pero no con una computadora-dijo Byrne.
–Con una grande-le corrigió Scanyon-. Tiene su propio ordenador de datos.
El presidente se impacientó.
–Continúe, Scanyon.
–Bueno, sus resultados son diferentes. De acuerdo con sus interpretaciones, la posición de la opinión pública con respecto a la cuestión global de la colonización de Marte es de apatía. ¿Recuerda, señor presidente, que en su día hubo algunos problemas acerca de los resultados? Los resultados brutos no eran en absoluto alentadores. Sin embargo, cuando los sometimos a análisis se volvieron positivos en… ¿cómo lo llaman ustedes? Dos sigmas.
Yo nunca supe por qué. – ¿Los comprobó? – ¡Claro, señor presidente! Pero
no yo -añadió Scanyon rápidamente-. No era responsabilidad mía. Sin embargo, me ocupé de que se verificasen los estudios.
Byrne intervino: – -En tres ocasiones diferentes con tres programas distintos. Aparecieron variaciones menores, claro está. Pero demostraron que eran significativos y válidos.
Sin embargo, cuando los repetimos en mi computadora los resultados no fueron los mismos. Y es así como ha de hacerse, señor presidente. Si usted procesa los esquemas en cualquier computadora grande obtiene un resultado. Si lo hace en una pequeña, obtendrá otro diferente.
El presidente tamborileó sobre la mesa con la punta de los dedos. – ¿Cuál es la conclusión a la que ha llegado?
Byrne se estremeció. Tenía veintitrés años y su interlocutor le intimidaba.
Miró a Scanyon en busca de ayuda y no encontró ninguna; entonces dijo:
–Eso tendrá que preguntárselo a otro, señor presidente. Yo lo único que puedo ofrecerle son conjeturas. Alguien se está burlando de nuestra red de computadoras.
El presidente se froto la aleta izquierda de la nariz pensativamente, Asintiendo.
Miró a Byrne durante un momento y luego dijo sin levantar la voz:
–Entre, Carousso. Señor Byrne, lo que usted vea y oiga en esta habitación es altamente secreto. Cuando salga, el señor Carousso se encargará de que sea informado detalladamente de lo que esto significa para usted; básicamente, no tiene que hablar con nadie de esto. Con nadie. Nunca.
La puerta de la antesala del presidente se abrió y por ella entró un hombre alto y fornido con aire de gran precaución. Byrne le miró sorprendido: Charles Carousso, el jefe de la CIA. – ¿Qué hay acerca de esto, Chuck?-
preguntó el presidente-. ¿Qué hay acerca de él?
–Hemos investigado al señor Byrne, por supuesto-dijo el hombre de la CIA.
Sus palabras eran precisas y sin inflexiones-. No hay nada significativo en contra suya…
Supongo que le agradará saberlo, señor Byrne. Y lo que dice es cierto. No se trata sólo del control de la opinión pública. Las proyecciones del riesgo de guerra, procesadas en nuestras computadoras dan un resultado, procesadas en calculadoras particulares dan otro. Estoy de acuerdo con el señor Byrne. Nuestra red de computadoras ha sido manipulada.
Los labios del presidente estaban tan apretados que parecían estar intentando impedir que lo que iba a decir le saliera de la boca. Todo lo que dejó escapar fue:
–Quiero que averigüe lo que ha sucedido, Chuck. Pero la cuestión es
¿quién? ¿Los Asiáticos? – ¡No, señor! Ya lo hemos investigado. Es imposible. – ¡Una mierda, imposible!-aulló el presidente. Sabemos que ya han interferido en nuestras líneas una vez, con la simulación de los sistemas de Roger Torraway!
–Señor presidente, ése es un caso totalmente diferente. Encontramos esa interferencia y la neutralizamos. Fue en cables subterráneos. Los circuitos de comunicación de nuestras grandes máquinas son absolutamente a prueba de fugas. – Miró a Byrne-. Usted tiene un informe sobre las técnicas implicadas, señor presidente; estaré encantado de enseñárselo en otro momento.
–Oh, no se preocupe por mí-dijo Byrne, sonriendo por primera vez-. Todos saben que las conexiones están muy mezcladas. Si me han estado investigando estoy seguro de que habrán encontrado que muchos de nosotros, los estudiantes, estamos locos intentando interceptarlas, pero nadie lo ha conseguido.
El hombre de la Agencia asintió.
–De hecho, señor presidente, nosotros toleramos eso; es una buena forma de probar nuestra seguridad. Si personas como el señor Byrne no han podido hacerlo, dudo que los Asiáticos lo logren. Y los bloques son a prueba de fugas. Tienen que ser así. Controlan los circuitos que van a la máquina de guerra de Butte, a la de la Oficina de Censos, a la de la UNESCO…
–Espere un minuto-le interrumpió el presidente-. ¿Quiere decir que nuestras máquinas se relacionan con la de la UNESCO, que utilizan los Asiáticos, y con la máquina de la guerra?
–No existe la más mínima posibilidad de que se produzca una fuga. – ¡Pues ha habido una, Carusso!
–No han sido los Asiáticos, señor presidente. – ¡Usted acaba de decirme que hay un cable que sale de nuestra máquina y enlaza con la máquina de la guerra y con otra que va directamente a los Asiáticos, dando un rodeo a través de la UNESCOI -Incluso así, señor presidente, tengo la absoluta garantía de que no han sido los Asiáticos. Nosotros lo sabríamos. Todas nuestras computadoras mayores están interconectadas en cierta medida. Lo cual significa que hay un camino que va de todas partes a todas partes. Es cierto. Pero hay bloqueos de carreteras. No hay forma de que el NPA pueda tener acceso a la máquina de la guerra, o, al menos, a la mayoría de sus estudios. Pero aunque fuera así, si lo hubieran interceptado, lo sabríamos por medio de fuentes secretas de información. No lo han hecho. Y-continuó-, en cualquier caso, señor presidente, ¿encuentra usted alguna razón por la que el NPA quisiera distorsionar los resultados con el objetivo de animarnos a colonizar Marte?
El presidente aumentó el ritmo de sus tamborileos, paseando la mirada por la habitación. Al fin dijo:
–Me inclino a aceptar su lógica, Chuck. Pero si no han sido los Asiáticos los que han alterado nuestras computadoras, ¿quién entonces?
El hombre de la Agencia permaneció en silencio.
–Y gruñó Dash-, en nombre de Cristo, ¿por qué? 17 Un día en la vida de un marciano Roger no podía ver la suave lluvia de energía que procedía, por medio de microondas, de Deimos; pero la sentía como un baño de calor.
Cuando estaba en su seno exponía sus alas en ella, empapándoselas. Fuera de su campo, se llevaba parte de ella con él, en sus acumuladores. No había razón para atesorarla ahora. Seguiría vertiéndose energía desde el cielo siempre que Deimos estuviera sobre el horizonte.
No había más que unas pocas horas al día en las que ni el sol ni la luna más lejana estaban en el cielo, y su capacidad de almacenamiento bastaba de sobra para cubrir esos períodos. Claro que dentro de los domos la antena de metal le robaba la energía antes de que le alcanzara a él. Por eso limitaba el tiempo que estaba con Brad y Kayman. No le importaba. En realidad, lo prefería así. Cada día crecía el abismo abierto entre él y los otros dos hombres. Ellos regresarían a su propio planeta. Roger se quedaría en el suyo. No les había hablado todavía de eso, pero había tomado esa decisión.
La Tierra había comenzado a parecerle un agradable, pero extraño lugar que había visitado una vez y que no le había gustado mucho. Los dolores y los peligros de la humanidad terrestre ya no eran los suyos. Ni siquiera cuando habían sido sus dolores personales y sus propios miedos.
En el interior del domo, Brad, con unos slips y un tanque de oxigeno, plantaba alegremente semillas de zanahorias entre las hileras de avena siberiana -¿Quieres echarme una mano, Rog? – Su voz era desagradablemente aflautada en aquel aire tenue; tomaba frecuentes bocanadas de oxígeno del respirador que colgaba cerca de su barbilla, y cuando respiraba, su voz se hacía algo más profunda, pero seguía siendo extraña.
–No, Don me ha pedido que recoja algunos especímenes más para él. Estaré de vuelta por la noche.
–Muy bien-dijo Brad, más interesado en sus semillas que en Torraway, el cual ya no estaba muy interesado en Brad. A veces se recordaba a sí mismo que aquel hombre había sido el amante de su mujer, pero solamente para acobardarse de que había tenido una mujer. Pero el esfuerzo no le valía la
pena. Mucho más interesante era el desafío del valle que había tras la línea más lejana de colinas, y su propia granja.
Durante semanas había estado llevándole muestras de vida marciana a Don Kayman.
No había muchas (dos o tres en un área cercana y nada más en varios cientos de metros a la redonda). Pero no eran difíciles de encontrar… al menos, no para él. Una vez que hubo aprendido a reconocer su especial color… la longitud de onda de los ultravioleta que sus cubiertas de cristal reflejaban, única forma de sobrevivir en aquel ambiente de fuerte radiación, filtraba sus bandos de visión para ver únicamente la de ese color, y luego podía verlas hasta a un kilómetro de distancia.
Había traído ya docenas de ellas; parecía que había cuatro variedades distintas, y Kayman le dijo que ya no necesitaba traer más. Tenía todas las muestras que necesitaba para su estudio, y media docena más de cada una en formalina para enviarlas a la Tierra, y su tierno corazón se resentía ante aquel atentado a la ecología marciana. Roger comenzó a plantar algunas de ellas cerca del domo. Pensó que así comprobaría si el excedente de energía procedente del generador dañaba de alguna manera aquellas formas de vida.