Humanidad
1. De vuelta a casa
1
De vuelta a casa
Habían llamado a la nave La caza del ganso salvaje porque cuando se subieron en ella para marcharse de su hogar hubo quien dudó de que el viaje valiese para algo. Ahora la nave giraba alrededor de su mundo de origen una vez más y sus pasajeros aún se preguntaban si habían conseguido algo que mereciese la pena.
Y habían conseguido mucho; nadie pensaba lo contrario. Durante sus viajes habían transformado una de las ciudades robóticas mutables del doctor Avery en un juguete para alienígenas inteligentes, habían reprogramado otra ciudad robot para servir a una civilización emergente en otro mundo alienígena, habían formulado un conjunto de normas que describía las motivaciones existentes detrás del comportamiento humano, casi habían encontrado a la madre de cuatro de los miembros del grupo y habían puesto fin a la carrera del pirata alienígena que había seguido sus pasos durante años. No obstante, la palabra clave era «útil» y ninguna de sus acciones recibía la aprobación unánime de la totalidad de la tripulación.
Todos ellos imaginaban que convertir una ciudad en un juguete no era más que una irritante lección de inutilidad. Derec y Ariel también tenían importantes reservas respecto a dejar la otra ciudad robot en manos de los pretecnológicos seres lobo. A ninguno de los miembros humanos de la tripulación, ni siquiera a Wolruf, su compañera alienígena, les preocupaban lo más mínimo las «Leyes de la Humánica» de los robots y aunque Derec estaba entusiasmado ante la perspectiva de encontrar a su madre, su padre albergaba una emoción contraria y, aparte de eso, habían perdido su pista.
Incluso librarse del pirata Aránimas era sólo un éxito a medias porque, aunque no le habían matado, las implicaciones morales inherentes a su método de tratar con él habían conducido a tres de los robots al equivalente positrónico de la catatonía.
Era el momento de regresar a casa y reflexionar sobre las cosas.
Casa significaba en este caso Robot City, un planeta entero cubierto de la metrópoli cibernética eternamente cambiante y mutable del doctor Avery. Al menos eso era lo que había cuando se fueron. Ahora, sin embargo, desde su posición ventajosa en la órbita cercana, parecía como un planeta terraformado esperando pobladores.
Tres humanos, una alienígena y un robot se apelotonaban en la cabina de control de la nave para verlo aparecer en la pantalla visor. Era un grupo variopinto para cualquiera que lo mirase. La alienígena, Wolruf, ocupaba el asiento del piloto, las exigencias de su cuerpo canino alteraban su asiento otorgándole una configuración que un humano hubiera considerado incómoda como poco. Su pelo castaño y dorado había sido cepillado con esmero, mas no llevaba ninguna pieza de vestir u ornamento sobre él.
A su derecha estaba Derec, un joven rubio, de rostro alargado y cuerpo esbelto que tenía la expresión de impaciencia característica de los exploradores. Su ropa era funcional: pantalones sueltos de tela suave, adecuados para cualquier cosa, desde el yoga hasta la reparación de una máquina que pierde aceite. Como parte de arriba llevaba una camisa del mismo material: ambas piezas eran de color azul claro. Acurrucada a su derecha estaba Ariel, igualmente delgada, aunque más disimuladamente, de pelo oscuro y no tan obviamente impaciente como su compañero. Era evidente que había pasado más tiempo delante de su armario que él. Ella también llevaba pantalones y una blusa entallada justo donde era necesario y más suelta donde favorecía su figura. Dejaba ver su piel a la altura del escote y de las caderas, lo suficiente como para resultar sugerente más que provocativa, al tiempo que los suaves tonos amarillos y marrones de su blusa y pantalón ponían una nota de color frente a la uniformidad del atuendo de Derec.
Al otro lado de Wolruf estaba el doctor Avery. Era la versión envejecida de Derec: más bajo, más gordo, más cano, con bigote, su rostro todavía no tenía arrugas pero delataba el paso del tiempo y de la experiencia. Llevaba sus habituales pantalones holgados, una camisa blanca con el cuello con volantes y una chaqueta más grande de la cuenta: hoy, como casi todos los días, de color gris. Su expresión era de perplejidad mezclada con preocupación.
Detrás de los humanos estaba Mandelbrot, el único de los cuatro robots de a bordo presente en la sala de control. Era un modelo antiguo de robot hecho en acero y plástico, salvo por su brazo derecho recientemente reparado, y no llevaba ninguna ropa sobre el enchapado anguloso de su cuerpo, ni sus sensores visuales o la rejilla de su altavoz mostraban ninguna expresión reconocible.
Derec, cuyos ojos iban de la pantalla visor a sus compañeros y viceversa, fue el primero en expresar en voz alta la pregunta que todos ellos se hacían:
—¿Estás segura de que este es el planeta correcto?
Wolruf, girándose levemente en la silla del piloto, asintió con su hermosa cabeza.
—Afirmativo.
—Entonces, ¿qué le ha pasado?
—Ser difícil decir —Wolruf apretó un botón para inmovilizar la imagen de la pantalla visor, después deslizó un control hacia arriba, incrementando la ampliación de la imagen hasta que la superficie moteada del planeta comenzó a mostrar detalles. Allí donde esperaban ver las aristas pronunciadas de edificios y calles, vieron en su lugar las copas, como penachos, de los árboles. Senderos angostos encontraban su paso serpenteando entre ellos y a medida que Wolruf daba más aumento vieron que los senderos ocasionalmente se juntaban en lugares señalados que coincidían con rocas, troncos de árboles muertos o cuevas naturales. No se veía el menor rastro de edificios.
El ángulo de visión cambió progresivamente a medida que la nave continuó moviéndose en órbita, hasta que se quedaron de frente a un mar de árboles en lugar de sobre él. La imagen se volvió más y más nítida al cambiar de ángulo y, tras un momento, Derec se dio cuenta de que se debía a que cuanto más bajo fuese su ángulo de visión, más porción de atmósfera tendrían para orientarse.
—Intenta con otra vista —le dijo a Wolruf y la alienígena de pelo dorado retiró la lente de aumento y abandonó su objetivo. La cámara siguió avanzando y la imagen se convirtió en una mancha borrosa en movimiento hasta que de nuevo miraron hada abajo directamente desde la nave.
Una línea irregular, fronteriza entre la selva verde y un trozo de verde más claro de otra cosa llamó la atención de Derec:
—Ahí —dijo—. Amplía eso.
Una vez que Wolruf lo hizo, pudieron ver una vasta pradera de hierba ondulante. No era como el campo de un granjero, toda del mismo tipo y de la misma altura, sino más bien una labor de retazos de varias especies, algunas altas, algunas bajas, con arbustos y árboles ocasionales diseminados entre ellas. De nuevo había senderos, aunque menos que en plena selva y de nuevo la escena carecía de signos que revelasen que estuviera habitada por humanos. A pesar de todo había habitantes: pequeños puñados de animales de cuatro patas pastando bajo la atenta mirada de halcones y águilas que los sobrevolaban en círculo.
—¿Cómo llegaron hasta aquí? —preguntó Avery.
Derec miró a su padre, abrió la boca para responder pero después lo pensó mejor. Se volvió a Wolruf y en su lugar dijo:
—Probemos con otra vista.
Wolruf la mostró. Se veía una extensión desnuda de arena, interrumpida esporádicamente por grupos solitarios de cactus. Cerca del borde de la pantalla un árbol proyectaba su sombra sobre un charco de agua. Algún tipo de animal de cuatro patas más bien pequeño saltó al agua, cerciorándose de la ausencia de depredadores.
—Realmente se lo han tomado en serio —murmuró Derec, rascándose la cabeza desconcertado.
—¿Que se lo han tomado en serio? —preguntó Avery—. Esto es obra tuya, ¿no?
Derec asintió.
—Imagino que debe serlo, aunque ciertamente no esperaba esto.
—¿Qué esperabas? ¿Qué les pediste que hicieran?
Derec titubeó por un momento al principio, finalmente dijo:
—¿Recuerdas nuestra discusión justo antes de marcharnos, cuando quise usar los animales que Lucius había creado como el punto de inicio de un verdadero ecosistema biológico y cómo tú, en su lugar, hiciste que los robots cazadores los mataran a todos? Bien, cuando entramos en la nave, le dije al ordenador que accediera a mis archivos sobre ecosistemas equilibrados, y… bueno… que hiciera uno basado en lo que encontrase allí.
Se notaba que Avery estaba pensando en una respuesta a aquella revelación. Apretaba los puños y los tendones del cuello se le tensaban al tragar. Mandelbrot se acercó a Derec, preparado para proteger a su señor en caso de que Avery decidiera atacarle físicamente.
Avery le vio moverse, frunció el ceño y arremetió con una patada contra el robot. El sonido hueco que hizo el zapato contra el metal recorrió en forma de eco la totalidad de la sala de control. A la vez que daba la patada, Avery gritó:
—¿Por qué siempre tienes que hacerme esto? Justo cuando creo que tengo algo que marcha bien, vienes tú y echas, literalmente, tierra a mis trabajos —señaló la pantalla que todavía mostraba el desierto, pero desde un ángulo tan bajo que las alteraciones atmosféricas entre él y la nave le hacían brillar como si estuvieran verdaderamente bajo el calor del mediodía.
Mandelbrot retrocedió a causa de la patada, absorbiendo el golpe para que así Avery no se hiciese daño en el pie, pero ese fue su único movimiento. Derec miró primero a su padre, después al robot y de nuevo a su padre. De alguna manera, Mandelbrot era el primer logro de su vida. Había reconstruido el robot a base de restos de otros y en los años siguientes, el robot había pasado de ser un sirviente a un compañero. Quizá por esa razón Avery había maltratado a la pobre cosa desde el día en que se conocieron. Derec había estado a punto de disculparse por su error con la ciudad, pero ahora, en respuesta a la pregunta de Avery, dijo simplemente:
—Tal vez sea un rasgo de familia.
Se miraron fijamente durante unos segundos que parecieron eternos, se podía sentir cómo su malestar inundaba la sala antes de que Ariel dijera indignada:
—Chicos.
Sin tenerlos en cuenta, ni a ellos ni a su enfrentamiento, esquivó a Derec para ponerse al lado del asiento de Wolruf y dijo:
—¿Puedes encontrar algún resto de la ciudad?
—Visualmente no —admitió la alienígena—, pero tener otros métodos —durante el tiempo que estuvo operando los controles, la imagen de la pantalla pasó rápidamente de nuevo a un plano general, después se puso borrosa, cambió a imágenes de color falso y mostró lo que debía ser un mapa topográfico con códigos de color.
—Definitivamente estar obteniendo actividad de neutrinos —dijo ella—. Así que haber algo que todavía estar usando transformadores de microfusión.
Derec renunció al enfrentamiento visual que mantenía con Avery para ver mejor la pantalla visor.
—¿Dónde? —preguntó.
—En todas partes —contestó Wolruf—. Haber multitud de fuentes, repartidas por todo el planeta. Incluso haber más debajo de la superficie.
—¿La ciudad está bajo tierra? —preguntó Ariel.
—Ver nosotros —Wolruf operó los controles durante unos minutos más a la vez que iba explicando lo que estaba haciendo—. Estar intentándolo con el radar de penetración, buscar puntos huecos. Y en efecto, ahí están —en la pantalla una imagen llena de sombras mostraba las familiares formas rectangulares de la ciudad.
—¿Qué hay en la superficie, sobre ellas? —era Avery hablando con un tono de voz poco educado.
Quizá como recompensa o tal vez fruto de su propia curiosidad, Wolruf sustituyó la imagen de radar por la visual una vez más y de repente estuvieron contemplando el amplio valle de un río de fondo llano. El río que lo había ocasionado serpenteaba perezosamente a través de grupos de árboles, pasaba entre riscos de escasa altura cubiertos de hierba y arbustos, y continuaba, libre de obstáculos, fuera del alcance de la pantalla visor. Ningún resto de la ciudad que una vez cubriera la superficie entera del planeta estropeaba la perfección de la naturaleza que lo ocupaba ahora, y nada que pudiera verse con aquella luz indicaba que debajo hubiese algo más que un lecho de roca.
La vista del suelo desnudo sin la ciudad sobre él volvió a despertar la ira de Avery.
—¿Y ahora cómo se supone que vamos a entrar? —preguntó.
Sin mirarle Ariel dijo:
—Debe de haber trampillas de acceso o algo así.
—¿Y cómo las podemos encontrar?
—Preguntando —Mandelbrot se paró durante el medio segundo o así que le llevó que todo el mundo le mirase y entonces añadió—. Estoy en comunicación con el ordenador central. Confirma la afirmación de Ariel: En la nueva disposición de la ciudad hay ascensores hasta la superficie. Puede dirigimos a cualquiera que queramos utilizar.
Wolruf se echó a reír con la risa gutural típica de los de su especie.
—¿Qué diferencia representar? De todos modos ser todo lo mismo.
—Todo salvo la Torre de la Brújula —dijo Avery. Miró a Wolruf y después a Derec—. Siempre y cuando esté todavía allí.
—Está —respondió Mandelbrot—. La programación original de la ciudad no ha sido alterada en este caso. Es el único edificio en el planeta que permanece sobre la superficie.
—Entonces allí es donde iremos.
Wolruf volvió a los controles.
—Eso estar hecho —dijo—. Cero grados latitud, cero longitud. Sólo ser después del amanecer allí, así que tener luz. Poder hacer en esta órbita si ir ahora.
—Entonces hazlo. Cuanto antes lleguemos abajo, antes devolveré a mi ciudad a la normalidad —Avery dirigió a Derec la última mirada malhumorada y después salió indignado de la sala de control.
Derec miró a Ariel con una sonrisa y se encogió de hombros.
—Buf.
Rio Ariel.
—Buf —repitió Avery—. Cambiáis la superficie de todo un planeta con una orden y eso es todo lo que tienes que decir, ¿buf?
Viniendo de Avery aquellas palabras tenían el claro propósito de resultar ofensivas, pero Ariel no tenía intención de molestarle y Derec lo sabía. Pensó que era divertido, al igual que él. Los robots siempre malinterpretaban sus órdenes, siempre hacían cosas que no esperabas que hicieran; esto era sólo un caso extremo. Aun así, no era nada por lo que hubiera que enfadarse. Averiguarían por qué la ciudad había hecho lo que había hecho, solucionarían el problema y eso sería todo.
—Deceleración empezar en siete minutos —advirtió Wolruf.
Derec miró por la pantalla visor. Wolruf había alineado la nave de tal manera que apuntaban justo sobre el horizonte que quedaba detrás de ellos en órbita. La gravedad interna había impedido que los ocupantes de la nave sintiesen la maniobra o el tirón de la nave al frenar, pero la advertencia de Wolruf llevaba consigo una sugerencia implícita: era el momento de abrocharse los cinturones de seguridad. La gravedad de la cabina compensaba el movimiento programado como, por ejemplo, el de la propulsión de un cohete, pero reaccionaba de manera lenta a los cambios inesperados. La sacudida del aire al efectuar la entrada les zarandearía, al igual que cualquier maniobra que el generador de gravedad no pudiera anticipar.
La nave también comprendió la intención de Wolruf. Una semana antes no lo hubiera hecho, al intentar evitar que la nave respondiese a cada comentario como si fuera una orden, Derec y Avery habían hecho sin querer que también ignorase las órdenes de la alienígena, pero ya lo habían arreglado. La nave había funcionado perfectamente durante todo el camino de vuelta a casa e hizo lo mismo ahora. Cuando Wolruf lanzó su advertencia, dos protuberancias se elevaron en el suelo detrás y a ambos lados de su butaca de control, se moldearon a sí mismas en sillas de un estilo más humano y se giraron para permitir que Derec y Ariel tomaran asiento. Una vez que estuvieron instalados cómodamente, unos resortes de seguridad para las caderas y los hombros salieron de los reposabrazos y reposaespaldas, se cruzaron sobre los ocupantes de los asientos y se unieron de manera invisible para sujetarlos.
Mandelbrot continuó de pie, pero la nave hizo crecer una barra detrás de él para que se sujetara, a la que se agarró con su mano izquierda. Parecía inadecuado, pero con la energía de un transformador de microfusión detrás de esa mano no se movería un ápice.
Sin duda alguna Avery, dondequiera que se le hubiera ocurrido ir, habría sido obligado a sentarse en una silla, y los tres robots prisioneros que no respondían a ningún estímulo estarían también sujetos de algún modo.
Los que estaban en la cabina de control observaban cómo el planeta se deslizaba por debajo de la nave mientras se terminaba la cuenta atrás; después el motor de descenso se encendió y lo vieron pasar un poco más despacio. Podían oír el rugido suave de los motores nucleares a través del casco que no estaba insonorizado, pero aquello y la perspectiva cambiante a medida que iban cayendo hacia el planeta eran la única indicación de que algo estaba ocurriendo.
A medida que perdieron velocidad orbital y cogieron velocidad descendente su velocidad aparente comenzó a aumentar. El horizonte se hizo más llano y parecieron estar alejándose de él más y más deprisa. Wolruf le dio la vuelta a la nave hasta que estuvieron de nuevo encarados en la dirección del movimiento, y el resto del camino cayeron en la atmósfera. El zumbido del aire pasando a gran velocidad a su lado reemplazó el rugido del motor de descenso.
Wolruf era un piloto excelente. Tenía que serlo; si no lo hubiera sido la nave robótica no la hubiera dejado ni arrimarse a los controles, ya que la nave podía haber aterrizado perfectamente sin su participación. Que la dejara hacerlo sin su ayuda era un enorme cumplido y Wolruf probó que lo merecía sólo segundos antes de aterrizar.
Habían descendido a través de una capa de nubes altas y delgadas y ahora estaban planeando con unas alas que la nave había hecho crecer una vez que alcanzaron un espesor de aire suficiente para usarlas. La nave había reconfigurado su motor en un reactor atmosférico, que Wolruf no había utilizado mientras aprovechaba lo que quedaba de su velocidad orbital. A través de la pantalla visor podían ver pasar cada vez más rápido un mar ondulante de copas de árboles y en la distancia una pirámide resplandeciente con la parte superior plana que tenía que ser la Torre de la Brújula. Wolruf giró la nave hacia la derecha de la pirámide, balanceándola en un amplio círculo alrededor de la torre mientras examinaba la selva en busca de algún lugar adecuado para el aterrizaje.
No había ninguno. La bóveda que formaban los árboles estaba completamente cerrada. Al finalizar el círculo, Wolruf volvió la cabeza hada Mandelbrot y preguntó:
—¿Dónde se supone que deber aterrizar?
—En el… —Mandelbrot comenzó a responder, pero Derec, que no había apartado la mirada de la pantalla visor vio una repentina señal de movimiento directamente delante de ellos y gritó:
—¡Cuidado!
Se produjo un fuerte golpe y una sacudida no compensada por la gravedad interna. Wolruf se golpeó la cabeza contra la pantalla visor justo cuando otra forma negra avanzó hacia ellos aleteando y otro porrazo sacudió la nave.
Al instante el aire pareció llenarse de obstáculos que batían sus alas de forma frenética. Era una suerte de pájaros enormes, fácilmente de tres o cuatro metros de largo. La nave se zarandeaba sometida a los repetidos impactos y las secciones irregulares de la pantalla visor se oscurecieron a medida que los sensores exteriores eran destruidos o simplemente cubiertos por los restos que quedaban. Wolruf profirió lo que sin lugar a dudas era un elaborado juramento en su lengua, forzó la palanca del acelerador todo lo que pudo y tiró de los controles de vuelo para elevar la nave por encima de la bandada. Tres pájaros más volaron hacia ellos. Wolruf descendió pero los pájaros hicieron lo mismo; entonces la nave recibió un nuevo impacto, como un mazazo, y de repente empezaron a inclinarse y caer.
—Fallo del motor —anunció el piloto automático.
—Crecer a ti otro —ordenó Wolruf.
—Fabricándolo.
Wolruf se esforzó en enderezar la nave, consiguió que planeara de nuevo e intentó ver entre los trozos oscuros de la pantalla visor.
—Tener muy poca altura —murmuró—, darte prisa con ese motor.
—Estoy metamorfoseando a máxima velocidad. El motor estará operativo en cuatro minutos.
—¡No tener cuatro minutos! —bramó Wolruf, después inmediatamente añadió—. Dar a mí más ala.
—Expandiendo la superficie del ala.
Derec miró a Ariel y se encontró con que ella le estaba mirando con los ojos muy abiertos.
—Lo lograremos —dijo, sorprendido por lo calmado que parecía al hablar. Ella asintió en silencio pues evidentemente no confiaba en su propia voz y extendió una mano hacia él. Derec se dio cuenta de que no importaba lo calmado que hablara, se agarraba con tal fuerza a su asiento que dejaría la marca de sus dedos en su blanda superficie. Liberó su mano y tomó la de Ariel sujetándola con mucho más cuidado. Juntos volvieron a mirar la pantalla visor.
Las copas de los árboles parecían estar sólo unos pocos metros por debajo de la nave. La vista que quedaba justo en frente estaba oscurecida; Wolruf inclinó la nave hacia delante y hada atrás para ver qué había en su camino. Entre un movimiento y otro un árbol singularmente alto surgió al parecer de la nada, dándole sólo tiempo suficiente para maldecir y ladearse de repente para esquivarlo. La nave se tambaleó al rozar el ala más baja contra la copa de otro árbol, pero el ala demostró ser más resistente que la madera, y siguieron volando. Wolruf los niveló de nuevo y tiró hacia atrás suavemente del control de vuelo para darles más altitud. Todavía estaban moviéndose bastante deprisa, pero su velocidad ahora disminuía ostensiblemente.
—Realmente necesitar ese motor —dijo Wolruf.
—Dos minutos y medio —respondió el piloto automático.
—Para entonces haber caído —murmuró. Miró a su izquierda, fuera de una sección de la pantalla visor relativamente clara y llegó a una decisión. Al grito de «¡agarrarse!» llevó la nave hacia la izquierda, sostuvo la inclinación hasta que estuvieron dirigidos directamente hacia la Torre de la Brújula y la niveló de nuevo.
—La torre es demasiado estrecha —empezó a decir el ordenador—. La velocidad relativa de vuelo es demasiado alta como para aterrizar en ella sin un fuerte golpe — pero era demasiado tarde. La Torre de la Brújula venía hacia ellos, una pared inclinada se elevaba por encima de sus cabezas, visible ahora a través de las zonas claras a ambos lados y por encima. Wolruf mantuvo su ángulo de aproximación hasta que pareció que estaban a punto de estrellarse de cabeza contra él, después en el último momento tiró hacia atrás con fuerza de la palanca de control y los puso casi paralelos a la pared inclinada.
La torre con forma de pirámide se elevaba por encima de la jungla con un ángulo de alrededor de sesenta grados. Se golpearon a unos cincuenta grados más o menos. La violenta sacudida del impacto arrojó a todos contra los dispositivos de seguridad que los sujetaban e incluso Mandelbrot tuvo que desplazarse para evitar perder el equilibrio; después, con el chirrido de metal deslizándose sobre metal derraparon resbalando hacia el otro lado de la torre.
La gravedad de la cabina había desaparecido por completo en la colisión. Sintieron una desagradable ingravidez y después una sacudida más al aplastarse de lado sobre la lisa cúspide y continuar deslizándose a lo largo de su superficie. Los cuatro ocupantes de la sala de control observaban con mórbida fascinación a medida que se acercaban el extremo más lejano.
—Cielos, deber ir yo de esquina a esquina —gruñó Wolruf, y por un momento pareció que eso fuera su epitafio, pero a medida que se deslizaron a través de ella la superficie de la torre se hizo más y más áspera delante de ellos y la nave se paró cuando le quedaban cuatro o cinco metros por delante.
Derec se dio cuenta de que había estado casi a punto de estrujar la mano de Ariel. Lo habría hecho si ella no le hubiera estado agarrando casi con tanta fuerza como él. Respirando profundamente, ninguno de ellos tenía ganas de hablar todavía, se soltaron y flexionaron sus doloridos dedos.
Wolruf dejó escapar un suspiro, soltó los resortes de seguridad de su asiento y se preparó para ponerse de pie sobre el suelo inclinado.
—Bien —dijo—, bienvenidos a casa.
Unas horas más tarde, Wolruf estaba en la base de la torre y escudriñaba la densa jungla que la rodeaba. Se había excusado de la cena de felicitación que Ariel había propuesto, diciendo que estaba mal del estómago y disculpándose para ir a darse una carrera que le permitiera estirar los músculos. Por supuesto que pretendía irse a correr, aunque sólo fuera para garantizar su soledad, pero en realidad la razón de que quisiera estar a solas no eran los retortijones que sentía sino la vergüenza. A pesar de las felicitaciones de sus compañeros (incluso Avery la había elogiado por su habilidad como piloto y no había hecho ni una sola alusión a que Derec hubiera creado los pájaros que habían hecho necesaria dicha habilidad), sin embargo, a pesar de su sentido agradecimiento, Wolruf sabía que era ella, no Derec, la responsable última del accidente.
«Estúpida, estúpida, estúpida, volar en círculos a escasa distancia de una selva y no tener cuidado con los pájaros. Especialmente en una selva desconocida, llena de especies extrañas e imprevisibles».
Si hubiera hecho algo semejante en casa, la hubieran expulsado de la academia de entrenamiento tan rápidamente que ni siquiera le hubiera dado tiempo a la puerta a entallarle el rabo al cerrarse. Sí, después había demostrado gran rapidez mental, les había librado de una buena, pero todas las alabanzas que obtuvo por su extravagante pilotaje simplemente la irritaban aún más. Su fallo inicial casi los mata a todos.
—Así aprender de tus errores —gruñó en su propia lengua, citando una de las frases favoritas de su viejo instructor, pero escuchar los sonidos guturales de su lengua le trajeron de repente el recuerdo de su tierra natal y echó para atrás la cabeza dejando escapar un aullido largo y lastimero.
Los árboles le devolvieron su eco. Entonces, débilmente, procedente de lo más recóndito de la selva, escuchó otro aullido como respuesta.
Un escalofrío recorrió su espalda. No era exactamente una respuesta, no en palabras, de ningún modo, pero el significado era tan claro como el de su alarido. No estás sola.
¿Y quién podía haber proferido semejante grito en este planeta que hasta hacía poco había estado sólo lleno de robots? Wolruf no tenía ni idea. No había ninguna posibilidad de que fuera un miembro de su propia especie; era la única de su clase en el espacio humano y lo sabía. Pero cualquiera que hubiera sido la boca que profirió aquel grito pertenecía a una criatura que era al menos similar a ella y le había dirigido una invitación clara de compañía.
En ese momento no se sentía muy exigente. Tomó aire, inclinó la cabeza hacia atrás y aulló de nuevo, renunciando a palabras de significado más profundo: Ya voy. Sin esperar una respuesta, se adentró en la espesura.
Ariel escuchó su aullido desde la habitación del apartamento que habían elegido prácticamente al azar de entre los miles que había en la ciudad subterránea. Las ventanas eran pantallas visores, programadas en ese momento para mostrar la escena desde la parte superior de la Torre de la Brújula y por supuesto también transmitían sonido. Ariel había estado cepillándose el pelo; se detuvo con el cepillo todavía enredado en una mata de rizos oscuros, se aproximó a la ventana y escuchó. Se oyó otro aullido resonando por toda la selva y otro más. Uno era sin lugar a dudas de Wolruf, pero no ambos. Un pájaro añadió un chillido de alarma, o quizá de burla, al intercambio.
Algún instinto primitivo disparó sus reflejos hormonales, liberando adrenalina por su torrente sanguíneo, preparándola para luchar o escapar en caso de necesidad. Sintió como su pulso se aceleraba, sintió el acaloramiento repentino de su piel.
Los aullidos se repitieron.
Sintió el sabor del miedo en su boca. ¡Estaba a diez niveles por debajo del suelo!
—Resulta tan extraño escuchar sonidos de animales en este lugar —murmuró.
Derec estaba tumbado en la cama, tenía un brazo sobre los ojos y el otro estirado a su lado. Apartó el que tenía sobre la cara lo suficiente como para poder ver a Ariel y dijo:
—Lo es. Aunque creo que me gusta.
—A mí también —otro alarido la hizo estremecerse y añadió—. Siempre y cuando yo esté aquí dentro.
—No te encariñes con esto. Avery probablemente lo tendrá todo convertido en ciudad de nuevo en el plazo de una semana.
Ariel continuó acicalándose, desenredó el cepillo y continuó peinándose.
—¿De verdad crees que lo hará?
—Lo imagino. Parece bastante decidido.
—¿No podrías pararle? Tu orden tiene prioridad. Si les dices a los robots que quieres que siga de la misma manera, te obedecerán, ¿no?
—Tal vez. No sé si merece la pena.
—Mmm —dijo Ariel.
Tal vez no. Igual que viene se va y todo eso. Además Avery había comenzado a actuar como un ser humano antes de que descubriera el proyecto de ecosistema de Derec; quizá mereciera la pena dejarle devolver la ciudad a la forma originalmente planeada si eso hacía que fuese más fácil tratar con él.
—¿Adónde iría si no? —preguntó Ariel.
Derec dejó caer su brazo de nuevo sobre sus ojos.
—Al centro de ordenadores, ¿dónde más?
—Por supuesto —Ariel se dio la vuelta apartándose de la ventana y caminó hacia el espejo. Siguió cepillándose el pelo, pero observó el reflejo de Derec no el suyo. Podía haberle mirado directamente ya que tenía los ojos cerrados, pero de algún modo le gustaba hacerlo en el espejo, como si pudiera ver algo en él que no podría observar de otra forma.
Lo que observó le gustaba tanto como para que no le importase la forma. Derec era de complexión atlética, con los músculos bien definidos y resultaba atractivo para casi cualquiera que le viera. Indudablemente lo era para Ariel. Hasta la fecha se había enamorado de él dos veces, sin pasar por las complicaciones del desgaste de una relación entremedias. La amnesia tenía esas ventajas.
Y él también se había enamorado de ella dos veces. Al menos eso era lo que ella creía. Una había sido la definitiva y esa era esta, así que ¿qué importaba si la primera vez se trataba de un capricho pasajero como ella sospechaba? La amaba ahora, ¿no?
Como si pudiera leer su mente, le vio levantar el brazo de nuevo y mirarla desde esa posición y la sonrisa tan cariñosa que se dibujó en su cara fue todo lo que necesitó saber. Él se levantó de la cama ágilmente y se acercó para besarla en el hueco que quedaba entre su cuello y los hombros, y susurró:
—Bueno, ¿y por qué no cogemos un manta y nos vamos de paseo por la selva mientras todavía está aquí?
El doctor Avery se había ido por supuesto al centro de ordenadores, pero sólo el tiempo necesario para usar un terminal personal y ordenarle a la ciudad que crease un laboratorio de robótica completamente equipado. Mientras hacía eso, dispuso un equipo de seis robots de servicio general y los guio de vuelta a los restos de la nave en lo alto de la torre.
—En la bodega de carga de ese amasijo —les dijo apuntando aproximadamente en su dirección— encontraréis tres robots en bloqueo comunicativo. Quiero que los saquéis de ahí y que los llevéis a mi laboratorio. No intentéis despertarles bajo ninguna circunstancia. ¿Está claro?
—Sí, señor Avery —le contestó el robot que estaba más cerca de él.
—Bien. Adelante.
Los robots entraron en fila en la nave, usando una conveniente abertura en el casco en lugar de la cámara estanca. Avery sonrió al verlo ya que la presencia todavía abollada de los restos significaba que su plan se estaba cumpliendo. Le había ordenado a la nave que no se reparase, que no hiciera nada hasta que él sacase a los robots. No se habían despertado al estrellarse, pero ¿quién sabía lo que podía provocar que lo hicieran? Era mejor pecar de exceso de cautela. Esta era sólo la segunda vez que entraban en bloqueo en su presencia y había desperdiciado su oportunidad de estudiarlos en detalle la primera vez. No iba a dejar pasar esta oportunidad también.
Derec no lo aprobaría, él había sido quien había convencido a Avery para que no lo hiciera la primera vez, rogándole que no interfiriera con su desarrollo, pero realmente a Avery no le importaban lo más mínimo los deseos de Derec ahora. Ni le importarían en el futuro. Durante un tiempo había llegado a pensar que podía realmente interesarse por su hijo de nuevo, pero al descubrir que durante todo este tiempo el muchacho le había estado engañando, distrayéndole con su estúpido planeta mientras su aparentemente inofensivo programa borraba la mayor creación de Avery, cualquier sentimiento que pudiera tener por él había quedado borrado por la traición.
Y por extensión por Janet también, aunque nunca había sido tan loco como para creer que pudiera sentir apego por ella otra vez.
Sus robots eran otra cosa…
Sí, a él interesaban mucho los robots que ella había creado. No es que le gustaran, pero indudablemente le interesaban. ¡Eran unas criaturas tan extrañas! Infinitamente maleables, incluso más que sus robots proteiformes; estos tres robots de Janet no eran sólo físicamente mutables sino mentalmente mutables también. Nunca sabías con qué nueva y extraña idea te iban a sorprender la siguiente vez. Su programación inicial era radicalmente diferente de la de un robot normal y tenían la asombrosa habilidad de integrar las experiencias de su vida directamente en esa programación, modificando sus motivaciones básicas con cada una de las nuevas situaciones a las que se enfrentaban. Eran las primeras máquinas de aprendizaje heurístico que Avery había visto.
No estaban libres de fallos, por supuesto. La típica ejecución atolondrada de Janet de una idea brillante había dejado sus psiques marcadas sin posible reparación, pero la idea en sí misma era exquisita. Al igual que el concepto mismo de los robots celulares, daba lugar a un número infinito de posibilidades, pero darse cuenta de ellas dependería del genio de Avery.
Los robots de servicio general salieron de entre los restos de la nave de dos en dos, cada pareja llevaba un robot inerte, rígido como una estatua. Avery examinó cada uno de ellos al pasar delante de él.
Primero vino Lucius II, así se había autodenominado el sucesor del primer robot creativo de Robot City. Como el original no existía, ninguno se preocupaba de utilizar el numeral. Lucius se parecía un poco a los robots que le transportaban: liso y carente de cualquier rasgo en el torso y en los brazos y piernas, poco más que una figura humanoide idealizada, optimizada en pro de su eficiencia. Sin embargo, no estaba tan bien definido como ellos. Sin una dirección consciente, su apariencia física había comenzado a retroceder a la forma de su primera copia, pero había llegado demasiado tarde para Lucius. Había pasado las primeras semanas como una masa sin forma y esa experiencia se revelaba ahora en la forma redondeada, casi pastosa, de su cuerpo.
Su rostro estaba mejor articulado. También se había suavizado un poco, como el de una figura de cera que hubieran dejado mucho tiempo al sol, pero todavía se podía reconocer el rostro de Derec en ella.
A Avery no le sorprendía. El muchacho había sido siempre una fuerte influencia en el robot. Lucius había incluso propuesto que los dos se tratasen como amigos con todos los derechos y obligaciones que aquello implicaba; no era de extrañar que el proceso de copia hubiera descendido al nivel instintivo.
A continuación venía Adán. Un examen poco detallado hubiera conducido a quien le mirase a creer que Adán había copiado en primer lugar a Wolruf, ya que era a quien más se parecía el robot, pero el observador ocasional estaría equivocado. Los rasgos caninos de Adán tenían su origen en su temprana copia de los seres-lobo, los alienígenas lobunos primitivos, aún en la Edad de Piedra, que incluso ahora delimitaban su territorio en una de las ciudades abandonadas de Avery. El parecido de Wolruf con los seres lobo era pura casualidad, a menos que uno considerara la evolución paralela como algo más que coincidencia.
Tal vez lo fuese, pensó Avery. La evolución separada de dos especies de lobos, tres en realidad, si se tenía en cuenta a los lobos terrestres también, era una prueba lo bastante buena de que la forma canina era un hogar eficiente de una inteligencia al menos moderada. Avery dudaba de que fuese mejor que la forma humana, pero era lo suficientemente científico como para darse cuenta de que ahí demostraba sus prejuicios. Tal vez la forma canina era más eficiente. Ahora mismo la evidencia estaba en tres contra uno. Uno y medio, quizá, si se incluía al pirata Aránimas como marginalmente humanoide, pero los humanoides eran aun así superados.
No obstante era una muestra lamentablemente pequeña como para emitir un juicio. Necesitaban estudiar muchos más alienígenas antes de estar seguro.
¿Era eso lo que Janet intentaba hacer con sus robots? ¿Los había abandonado a su suerte, sin forma y sólo con la programación más básica, en lo que ella pensaba que eran mundos vacíos, para ver qué forma imitarían de entre las inteligentes? ¿Estaría haciendo sus propios alienígenas para estudiarlos?
Si así era, entonces había triunfado al menos parcialmente en aquella ambición. Sus robots se comportaban de una manera lo suficientemente extraña como para ser alienígenas.
Los robots de servicio sacaron al tercer robot inerte de la nave. Este, Eva, era el que parecía más humano de todos, pero Avery sabía que era sólo un fenómeno superficial. Su primer encuentro con un ser orgánico había sido con Ariel y a ella se parecía ahora, pero sus experiencias desde entonces hasta ahora habían sido muy similares a las del resto. Era igual de peligrosa, igual de impredecible que los demás.
Con los robots fuera de la nave, Avery no la necesitaba más.
—Dile al ordenador central que limpie estos restos —le dijo a uno de los robots de servicio.
—Sí, señor —respondió el robot y casi inmediatamente la nave empezó a convertirse en un charco de dianita no diferenciada, las células robots de que se componía la ciudad. Las células de la nave se unieron a las células de la torre regresando al inventario general. Las pocas partes que no estaban hechas de dianita, en su mayoría fragmentos del motor, fueron absorbidas enteras para ser transferidas internamente al centro de reciclaje.
Avery no se quedó a mirar. Siguió a los robots de vuelta en el ascensor y los llevó abajo, muy por debajo de la torre, al nivel de transporte, utilizando las cintas deslizantes que se movían hacia el laboratorio recién fabricado. Dio un resoplido de disgusto al pasar del carril exterior al interior que era más rápido, después esperó pacientemente a que el más veloz les llevara a su destino. ¡Tecnología terrícola! Las cintas deslizantes estaban bien para mover grandes multitudes de gente, pero eran ridículamente ineficaces para una ciudad de robots. Avery miró a ambos lados, hacia delante y hacia atrás, y vio sólo tres pasajeros más, lo suficientemente lejos como para ser pequeñas manchas en la distancia.
¿Por qué habían construido cintas deslizantes? Se preguntó, pero la respuesta se le ocurrió casi inmediatamente. Porque habían puesto la ciudad bajo tierra para cumplir con las órdenes de Derec y la única ciudad subterránea que figuraba en los archivos, la megalópolis tan ancha como el planeta Tierra, tenía cintas deslizantes.
Otra prueba de que los robots no eran buenos para pensar por su cuenta: como si Avery necesitara que alguien se lo recordase.
Pensó ordenarles que reconstruyeran la ciudad en la superficie de la manera en que él la había diseñado originalmente, pero después de un momento de reflexionar sobre ello decidió no hacerlo. Estaba demasiado ocupado como para enredarse en detalles. Dejaría que Derec tuviera su ecosistema, si aquello le mantenía ocupado.
Condujo a los robots a través de un intercambiador con un espacio de intersección muy ancho, avanzó por él durante un rato, después se montó en una cinta más lenta para tomar la conexión con un pasillo más pequeño que corría paralelo al primero. Este tenía una única cinta deslizante que se movía en ambos sentidos, y al ir en dirección norte Avery contó las salidas, para finalmente bajarse en el pavimento estático delante de una puerta sin marcar a unos dos tercios del largo total de la manzana.
Detrás de esa puerta debía estar su laboratorio. Avery había instruido al ordenador central para que lo construyera aquí, en este lugar totalmente anónimo, y después olvidara donde se encontraba y eludiera cualquier pregunta sobre él también, esperando evitar que su inquisitivo hijo lo encontrase tan fácilmente como podría de otra manera. Avery sabía que Derec acabaría por encontrarlo, pero sólo necesitaba privacidad durante un poco de tiempo. Lo suficiente para desarmar estos tres robots de Janet y ver qué era lo que les hacía funcionar.
A unos cientos de kilómetros sobre él, Janet Anastasi observaba por la pantalla visor una escena muy parecida a la que el doctor Avery y Derec habían contemplado justo antes. No obstante su reacción fue considerablemente diferente a la suya. Esperaba una ciudad completamente asolada, un planeta saqueado y ocupado por las monstruosidades maquiavélicas de su marido, pero cuando encontró lo que parecía ser naturaleza en estado virgen, apenas podía creer lo que veían sus ojos. ¿Wendel Avery había dejado algo en paz por una vez en su vida? Increíble.
Casi se arrepentía de la misión que la había llevado una semana fuera de su camino antes de llegar aquí.
Su impulso original, al ver el estropicio que Wendell había hecho con Tau Puppis II y los alienígenas, que se llamaban a sí mismos los seres lobo, había sido buscarle y pedirle que parase de usar su invención para entrometerse en los asuntos de los alienígenas pero tan pronto como se hubo calmado se dio cuenta de lo inútil que hubiera sido. Él nunca la había escuchado; ¿por qué iba a empezar ahora? Era mucho lo que se necesitaba para hacerle cambiar de opinión.
Sabía qué resortes accionar para hacerlo, pero después de ver este despliegue increíble de concienciación ecológica comenzó a tener sus dudas. Tal vez había subestimado al viejo caradura. Quizá debería aguantarse de momento y ver qué otros cambios había experimentado en los años que habían mediado desde que se separaron.
¿O era esto que veía el fruto de la influencia de David? ¿Se había convertido su hijo en un romántico? Que noción tan interesante. Pensar que ahora podía ser un ser con capacidad para pensar en lugar del pedazo de protoplasma llorón, que vomitaba y excretaba y que ella había dejado tan contenta al cuidado de los robots cuando se había escapado de Wendy y de la vida doméstica tantos años atrás. Un adulto ahora. El concepto mismo casi la dejaba boquiabierta.
Asintiendo, dijo en voz baja:
—Sí, creo que debemos echar un detenido vistazo a esto.
—Por supuesto, señora —el robot que estaba a su lado tomó los controles de la nave, giró un botón y la pantalla visor comenzó a ofrecer una ampliación de las cumbres de las montañas debajo de ellos.
Sin muchas ganas dijo:
—No, no, Basalom, quiero decir la situación entera. Aterriza y echa un vistazo alrededor, mira lo que están haciendo ahí abajo.
El rostro humaniforme de Basalom continuó carente de expresión, pero sus labios se movieron en silencio formando las palabras: «Mira lo que están haciendo ahí abajo». Parpadeó, primero cerró un ojo y después el otro, tras lo cual asintió con la cabeza y sonrió diciendo:
—Por supuesto, señora.
A Basalom le había dado por asentir con la cabeza y sonreír cuando no comprendía lo que le decía. Janet pensó en intentar explicarle lo que quería decir, pero supuso que su reacción era probablemente una defensa contra dicha explicación y como las cosas no solían empeorar lo dejo estar. Él estaba aprendiendo. Bien. Por eso ella había dejado a propósito espacios en blanco en su programación: para ver si podía llenarlos usando procesos de pensamiento intuitivos. Aparentemente lo estaba haciendo, aunque no en la manera en la que esperaba.
No era de sorprender. Nada en este proyecto estaba marchando de la forma que ella esperaba.