Humanidad
4. Emoción en acción
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Emoción en acción
La persona que se inclinaba sobre él tenía una expresión de preocupación. Había preguntado por el bienestar del robot. La preocupación por el bienestar de otras personas era algo bueno. Conclusión provisional: es una buena persona.
El tren de pensamiento se activó con facilidad, incluso antes que la capacidad de reconocer. El robot no vio nada malo en ello; por supuesto que uno determina el valor de una persona tan pronto como puede. El valor relativo era la cualidad más importante que podía tener una persona, mucho más importante que un simple nombre. El valor relativo de una persona era lo que determinaba cuánta protección debía proporcionarle un robot cuando surgía un conflicto.
No obstante los nombres eran útiles una vez que el valor relativo había sido asignado, de manera que el valor podía ser asociado al nombre y así aquilatado con el paso del tiempo. El robot buscó el nombre que pertenecía a la persona que estaba delante de él, pero se quedó consternado al comprobar cuán confuso estaba ese nombre en su cabeza. «De…» algo. ¿Delbert? ¿Dennis? Nada parecía lo apropiado.
Su muerte había distorsionado los recuerdos e incluso, algo más que sus recuerdos; el robot había tenido problemas también adoptando una forma familiar. Aquello era turbador dado que el programa de morfalaxis era una parte muy básica de su identidad, una de las pocas órdenes con la que había comenzado su vida en un principio. Embargado por un sentimiento de repentina esperanza, buscó las demás instrucciones originales, las más problemáticas: las obligaciones de proteger y obedecer a los humanos.
La esperanza se desvaneció. Estaban todavía intactas.
La definición de «humano» estaba poco clara, pero el robot recordó que siempre había sido así.
—¿Cuál de ellos eres?
El humano, «De» lo que sea había hecho una pregunta. Debía contestarla. Buscó la respuesta correcta, no encontró ninguna en donde debía haber un nombre. ¡Pánico! La obligación imponía una respuesta, pero no tenía ninguna que dar.
Espera. Había muchas maneras de entrar en un banco de memoria. El recuerdo de su nombre se había perdido, pero quedaban algunos recuerdos de cuando se dirigían a él.
—Soy Lucius. ¿Quién eres tú?
La pregunta sorprendió a «De» lo que sea.
—¿Qué? —preguntó—. ¿No me recuerdas?
—Te recuerdo —respondió Lucius—, pero no recuerdo tu nombre.
«De» lo que sea se rio.
—¿Por qué será que no me sorprende? Soy Derec.
Enterarse de aquello disparó una cascada de recuerdos aclaradores en la mente de Lucius. Había muchos recuerdos asociados a ese nombre.
—Derec, por supuesto. Somos amigos.
Derec asintió.
—Sí. Así es, lo somos.
—Gracias por salvarme la vida.
Las mejillas de Derec enrojecieron: rubor. Eso significaba que tenía calor o vergüenza. Lucius cambió la frecuencia de recepción de sus ojos a la de infrarrojos. Percibió solamente una ligera subida de temperatura corporal y concluyó que era lo segundo.
—Uh, en realidad —dijo Derec— fue Avery quien lo hizo. Yo sólo te la devolví.
—Avery —dijo Lucius. Había una larga cadena de asociaciones conectadas también a ese nombre, pocas tan agradables como las relacionadas con Derec. La más intensa era seguramente la última, porque el recuerdo de la muerte estaba ligado indeleblemente a ella. Avery le había matado a propósito, sin motivo aparente.
Entonces Avery era peor persona que Derec.
La sensación que acompañaba ese pensamiento era nueva para Lucius. Sintió que se formaba de manera involuntaria en los potenciales de sus circuitos una inclinación negativa contra Avery, una tendencia que podía nublar su mente si la dejaba. ¿Acaso era un fallo de su nuevo cerebro? Creía que no; un mal funcionamiento no solía ser tan sutil. Pero, aun así era un efecto real.
Necesitaba discutirlo con sus compañeros. Lucius levantó la cabeza, vio las esferas de material celular descansando sobre los restos de las dos mesas de reconocimiento, incluso aunque él mismo descansaba sobre una, y llegó a una conclusión obvia: Avery los había matado a los tres.
La tendencia negativa del potencial se hizo más fuerte. Lucius se esforzó por ignorarlo, aunque la necesidad de encontrar a Avery y resolver el tema era prácticamente tan fuerte como una orden dada por un humano.
Antes que nada preguntó:
—¿Podemos devolverles la vida también?
Derec sonrió.
—Por supuesto —dijo, y su valor integral en la nueva visión del universo de Lucius subió aún más.
Janet se giró al abrirse la puerta de par en par. Un grito de asombro se escapó de sus labios. Basalom avanzó adoptando enseguida un gesto de disculpa.
—Lo siento, señora. Tenía prisa y no me paré a pensar que podría estar preocupada.
—No estoy preocupada —le contestó malhumorada—, estoy aburrida. ¿Por qué has tardado tanto?
—Tuve que librarme de mi perseguidor. El doctor Avery me interceptó justo cuando estaba comenzando mi investigación y la alienígena Wolruf me descubrió cuando me marchaba. Me vi forzado a tomar una ruta más larga para volver.
—Menudo espía estás hecho. ¿Llegaste a mirar dentro de la sala?
Basalom asintió.
—Sólo durante un breve instante, señora. Me llevó un momento persuadir al ordenador central de que al ser un robot, yo no estaba incluido en la orden de aislamiento del doctor Avery. Más allá de la puerta parecía haber un laboratorio de robótica. El doctor Avery me vio antes de que pudiera averiguar más.
—¿Estás seguro de que era Avery?
—Lo estoy.
—Diantre. Probablemente haya hecho que el ordenador te siguiese hasta aquí de modo que no importa la cantidad de desvíos que tomaras en tu camino.
—No, señora, no fue así. Intentó hacer justo eso, pero se lo impidió su orden anterior de no revelar nuestra presencia a nadie.
Normalmente a Janet no le importaba la manera que Basalom tenía de dirigirse a ella, pero ahora parecía estar haciéndolo para tranquilizarla. Ella dijo:
—Deja de llamarme señora. Mi nombre es Janet. Y, ¿cómo sabes que mi orden canceló la suya?
—Pregunté al ordenador central si me estaban siguiendo, Janet. Me indicó que no, al menos hasta que me descubrió Wolruf.
—Mmm.
Si hubiera visto a Basalom, casi seguro que Wendell hubiera sabido que ella estaba aquí. Pero si no lograba encontrarla, suponía que estaba lo suficientemente segura. Al menos durante un rato. Janet se preguntaba hasta qué punto Wolruf podía ser una amenaza. Si la alienígena peluda era verdaderamente tan leal a Derec como parecía, entonces Janet dudaba de que le ocasionase muchos problemas, incluso a pesar de que Basalom no hubiera conseguido debilitarla. No obstante hubiera esperado que lo hiciese; preferiría trabajar en el anonimato un rato más.
Tal vez podía asegurarse mediante unas pocas de órdenes más. Pensó durante un minuto, después dijo:
—Central, además de mi orden previa que te ordenaba que no revelases mi presencia a nadie, te ordeno que me avises de cualquier pesquisa que tenga que ver conmigo.
La tranquila voz del ordenador respondió:
—Lo siento pero debo rechazar su orden.
—¿Qué?
—Se me ha ordenado que rechace cualquier orden adicional que reciba de usted.
—Oh.
¿Podía hacer eso? Rechazar sus órdenes era una violación directa de la Segunda Ley, ¿no? Pero rechazar la orden de rechazar la orden supondría violar la Segunda Ley también. Era una situación demasiado difícil para un robot. Estaba siguiendo la primera orden que había recibido, pero sin duda deseaba también poder seguir la suya de alguna forma.
Janet miró a Basalom. Él le devolvió la mirada; su ojo derecho le temblaba espasmódicamente a causa del conflicto interno que la culpa le producía. Había intentado programarle comportamiento intuitivo, pero temía que lo único que había conseguido en su lugar era convertirle en un neurótico. Estaba gobernado todavía por las Tres Leyes, pero ahora se preocupaba por las implicaciones de cada uno de sus actos.
—Para de parpadear —le dijo—. No es un desastre.
—¿Cómo que no? Sin la ayuda del ordenador central estamos perdidos.
—Típica actitud derrotista. Así es como Wendell quiere que te sientas, pero el hecho es que no puede pensar en todo. Siempre hay alguna salida, sólo tenemos que encontrarla.
Basalom asintió y sonrió.
—¿Qué tipo de salida, se… Janet?
Ella le devolvió la sonrisa. Estaba aprendiendo.
—Oh, hay miles de ellas. Por ejemplo, existe la anulación de la Primera Ley. Si seguir la orden de Wendell me hiciese daño directamente, entonces la Central tendría que ignorarla. De manera que tendría que proporcionarme un procesador, por ejemplo, para que no me muriera de hambre —Janet caminaba mientras hablaba alrededor de un sofá muy mullido y con el respaldo alto situado en medio de la habitación que quedaba entre ella y Basalom—. Y por supuesto, la Central no puede dejar que me haga daño a mí misma incluso si eso supone obedecer mis órdenes. Así que Central, te ordeno hacerme blanda la caída —y diciendo eso se tiró hacia atrás sin hacer ningún esfuerzo por agarrarse.
Basalom dio un salto para ir en su ayuda, pero el sofá impidió que llegase a ella a tiempo. No importaba; el suelo se ablandó debajo de ella, absorbiendo la caída como si fuera una almohada muy mullida. Basalom la ayudó, sus ojos parpadeaban furiosamente a medida que procesaba la información nueva.
Janet se arregló la blusa.
—Gracias, Basalom. Y gracias a ti también, Central.
—Es un placer, Janet —dijo la voz incorpórea—. Disfruto verdaderamente sirviéndola cuando puedo, aunque debo señalar que la dianita del suelo hubiera reaccionado sin mi intervención.
Por supuesto que lo hubiera hecho, pero Janet obtenía así su confirmación. Asintió mirando a Basalom.
—Esa es la clave, ¿sabes? La satisfacción de la Central. Las Tres Leyes gobiernan sus actos en la misma medida que gobiernan los tuyos; quiere servirme. La orden de Avery sin duda alguna le está causando un considerable conflicto en este momento, ¿acaso no tengo razón?
—Tiene toda la razón —respondió la Central.
—Pues ahí está nuestra alternativa —dijo Janet triunfalmente—. La Central quiere servirme, pero no le está permitido seguir mis órdenes. Aunque Wendell no dijo nada de mis deseos, así que mientras no exprese una orden directa para decir lo que quiero, estamos salvados.
Basalom parpadeó unas cuantas veces más, tras lo cual sus párpados se quedaron quietos.
—Eso sí parece lógico —respondió.
—Claro que sí, ya había pensado en ello. De manera que Central, me gustaría saber si alguien ha intentado dar conmigo. También me gustaría saber qué pasó con mis máquinas de aprendizaje y cómo recuperarlas. Cualquier cosa que pueda ayudarme a hacerlo sería un gran favor.
—Han sido revividas —respondió Central—. Derec y ellas están de vuelta en su apartamento.
—Excelente —Janet regresó a su escritorio. Se sentó en la silla delante de él—. Muéstramelo… mmm…, me gustaría verlos —no pasó nada. Frunció el ceño. Evidentemente aquello sonaba demasiado parecido a una orden. Echó hacia atrás la cabeza, intentado encontrar una palabra que llevaba tiempo en desuso y que se suponía era buena en situaciones como esta. Por supuesto; qué estúpida había sido al haberla olvidado.
—Me gustaría verlos, por favor.
Ariel estaba tan aburrida que tenía ganas de llorar. Lo único que impedía que lo hiciese era la visión algo borrosa de Mandelbrot de pie, en su cubículo, junto a ella. Sabía que si él sospechaba que estaba triste empezaría a hacerle preguntas, intentando hallar la causa y procurando repararla, y ella simplemente no tenía ganas de explicarle a un robot lo que era el aburrimiento.
Pulsaba el botón para avanzar una página en su lector de libros cada pocos minutos para hacerle creer que estaba absorta en su guía de campo, pero en realidad estaba completamente dispersa. Tal vez debiera echarse una siesta, pensó. Iba a ser un día muy largo si quería adaptarse al tiempo local mañana hacia el amanecer; unas pocas horas de sueño serían justo lo necesario para hacer más sencilla la transición.
Puso mala cara. No, no tenía sueño. Simplemente estaba aburrida. No había nada que hacer aquí. Había un límite a la cantidad de paseos que podías dar por la selva, al igual que había un límite a la cantidad de lectura o de comida que uno podía tolerar. No le interesaba ninguna de esas cosas, ni ninguna otra cosa posible en la que pudiera pensar. Derec ya había escogido un proyecto, parecía que podía encontrar algo que hacer en un instante, independientemente de adonde fueran, pero Ariel tampoco tenía ningún interés en lo que estaba haciendo. Él estaba fuera buscando a Avery y a los problemáticos robots y ella estaba harta de todos ellos.
Robots, robots, robots. Parecía que eso era lo único en lo que la gente podía pensar. ¿Qué pasaba con las demás cosas que había en la vida? ¿Qué pasaba con los amigos? ¿Qué pasaba con las películas de hiperonda? ¿Qué pasaba con las naves rápidas y con irse de juerga un sábado por la noche? ¿Es que eso no contaba para nada? Desde que se había unido a Derec, sus vidas habían estado dominadas por una cosa: Robot City. Durante un espacio de tiempo no muy largo en Aurora, antes de que la ciudad en Tau Puppis IV se hubiese cruzado otra vez en sus vidas, habían tenido una existencia casi normal (en definitiva, una existencia tan normal como la que podían tener dos náufragos amnésicos), pero aquello había terminado por culpa del problema que los robots de la madre de Derec habían provocado y Ariel no veía ningún síntoma de que fueran a recuperarla en breve.
Hubo un breve atisbo de esperanza, un rayo de luz en los sombríos días de su vida, al descubrir que estaba embarazada. No estaba segura de quererlo al principio, pero el cambio que había precipitado en Derec había hecho que se decidiese. De repente él había comenzado a pasar más tiempo con ella, había comenzado a hablar de regresar a Aurora y de vivir una vida más normal entre gente de verdad, ¿cómo podía estar en contra de eso?
Pero entonces los chemfets de Derec, las células robóticas que el doctor Avery le había inyectado cuando le encontraron por primera vez aquí en la ciudad, habían destruido el feto y se quedó sin nada en absoluto. Derec se había vuelto a centrar en sus líos con los robots y ella había vuelto a ser capaz de llegar a leerse un libro al día y a preguntarse si alguna vez haría uso de todo lo que leía.
A decir verdad, en realidad Derec había tenido poca capacidad de elección en aquel tema. Había sido un títere sometido a la fuerza de los acontecimientos en la misma medida que ella; él simplemente estaba mejor equipado para enfrentarse a ellos. Pero Ariel deseaba poder resolver todo este asunto de los robots de manera que pudieran regresar a casa.
Dando un suspiro, miró hacia el lector, pasó unas cuantas páginas de su guía de campo hasta llegar al punto en que lo había dejado y comenzó a leer.
Volvió a mirar hacia arriba cuando entró Derec en el apartamento, le seguían tres copias de él. A pesar de su estado de ánimo, se rio al verlos, diciendo:
—Pareces mamá pata con una fila de patitos detrás.
—Yo también me siento un poco así —dijo—. Han estado observando cada movimiento que hago.
—Debemos reaprender gran parte de lo que hemos olvidado —le dijo con la voz de Derec el primer robot de la fila que iba detrás de él—. Nuestra memoria ha sido dañada.
Ariel frunció el ceño. ¿Daño en sus memorias? Y el robot que había hablado era más pequeño que los demás, como si hubiera perdido también parte de su masa.
—¿Qué ha pasado?
—Avery los puso dentro de cámaras de contención magnética —explicó Derec—. Obtuvo una grabación bastante buena de la actividad de sus cerebros antes de apagarlos, pero muchas de las cosas en las que estaban pensando cuando hizo la grabación han quedado bastante difusas ahora —hizo un movimiento con su mano para indicar la sala de estar con sus sillas para humanos y sus cubículos para robots en las paredes. Mandelbrot estaba todavía de pie en silencio en uno de ellos—. Adelante, relajaos un rato —dijo Derec.
Los robots pasaron en fila delante de él, dudaron al tener que tomar una decisión, y por último se acomodaron en las sillas. Derec alzó las cejas y miró a Ariel.
—¿Sabéis quienes? —preguntó.
—Ariel Burgess —dijo uno de los robots inmediatamente. Sus rasgos empezaron a cambiar: las mejillas se hicieron más prominentes y la barbilla se le suavizó. Sus ojos se desplazaron separándose unos milímetros más, el pelo le creció hasta llegarle a los hombros, estos se estrecharon. Le creció el pecho, que se adivinaba discretamente bajo una copia de la blusa de Ariel. Se le estrechó la cintura, se le ensancharon las caderas, las piernas se le acortaron unos pocos centímetros. Los pantalones que las cubrían también se transformaron; los pantalones amplios de Derec pasaron a parecerse a los más ajustados que solía llevar Ariel.
—Hola, Eva —dijo Ariel.
—Hola —la voz de Eva se hizo ligeramente más aguda para imitar la de Ariel.
Derec entró en la cocina y regresó un momento más tarde con un vaso de un líquido claro y burbujeante. Se sentó junto a Ariel y le ofreció, pero ella lo rechazo haciendo un gesto con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué lo hizo Avery? —preguntó.
—Maldad —dijo el más pequeño de los otros dos robots, ambos imitando todavía a Derec.
—Eres Lucius —adivinó Ariel.
—Exacto.
Derec explicó:
—Avery le cortó la pierna a Lucius antes de encender el contenedor. Evidentemente quería una muestra de su estructura celular libre de cualquier control externo.
—Podía haberla pedido —dijo el tercer robot, que tenía que ser Adán—. Le hubiera dado unos pocos millones de células si lo hubiera hecho.
—A Avery no se le ocurriría pedir algo que quiere —dijo Lucius—, prefiere robarlo.
Ariel sintió cierta alarma ante las palabras del robot. Imaginaba que probablemente eran reales, pero escuchar a un robot decir tal cosa sobre un humano era como poco inusual.
—¿Dónde está Avery ahora? —preguntó.
—¿Quién sabe? —dijo Derec—. El ordenador no me dirá nada sobre él. Pero sé lo que está haciendo allí donde esté; estará realizando todas las pruebas imaginables con las células robot que robó de Lucius para averiguar cómo están hechas y programadas de manera que pueda usarlas para actualizar su versión.
—¿Por qué? —preguntó Ariel—. ¿Qué tiene de malo la dianita?
—¿Por qué? Porque están ahí —dijo Derec—. La dianita no tiene nada de malo, pero eso no quiere decir que no pueda ser mejorada. Tengo la impresión de que Avery también robó el diseño original antes de que él y mi madre se separaran y, ahora que tiene la oportunidad de actualizarlo, está aprovechando su oportunidad.
Ariel suspiró.
—Pensé que quizá hubiera superado ese tipo de cosas, pero imagino que no se puede alterar la naturaleza básica de una persona —asintió mirando a los robots—. Entonces, ¿qué clase de efecto tuvo su reinicio en frío? Aparte de la pérdida de memoria, quiero decir.
Derec le dio un sorbo a su bebida.
—Bueno, parece que sus prioridades han cambiado un poco. Lo que fuera que estuvieran pensando al final aparece con más intensidad en la grabación, así que cuando lo he descargado de nuevo en ellos, eso ha sido lo primero en salir. Estaban discutiendo sobre su Ley Zeroth cuando Avery los apagó, así que, por supuesto, eso es lo que ha aparecido antes. Adán y Eva todavía tienen sus dudas al respecto, pero Lucius piensa evidentemente que lo ha resuelto.
—Oh.
—En efecto —dijo Lucius—. La clave está en el concepto de valor relativo. Si consideras la cantidad de humanos beneficiados por una acción frente a la cantidad de humanos a los que se hace daño con esa misma acción, multiplicado por una constante que denota el valor relativo de los dos grupos, se llega a una solución numérica simple a la pregunta de si la acción en cuestión le conviene a la humanidad en general.
Ariel miró al robot con escepticismo.
—No hablarás en serio.
—Nunca he hablado más en serio. Este es el descubrimiento que todos estábamos esperando.
—Yo no —dijo Adán—. No estoy de acuerdo con tu teoría en absoluto.
—Yo tampoco —dijo Eva.
—Eso es porque tenéis miedo de confiar en vuestro propio juicio en relación con el valor relativo.
—Tal y como debemos —dijo Adán—. El valor relativo es una cantidad variable, como estábamos intentando explicarte cuando…
Le interrumpió el sonido de la puerta delantera abriéndose de par en par. Wolruf metió la cabeza en la sala de estar, pero no entró. Estaba jadeando y olía a sudor.
—Oh, maldita sea —dijo Derec dándose una palmada en la frente—, olvidé que ibas a encontrarte conmigo en el laboratorio. ¿Qué ocurrió? ¿Adónde fuiste?
—Perseguir a uno de ellos —dijo Wolruf señalando a los robots—. Casi cazar también, pero saltar la barrera al llegar a la intersección y perderle.
Los robots intercambiaron una mirada. Derec movió la cabeza.
—No puede ser. Han estado conmigo todo este tiempo.
—Yo perseguir un robot con forma humana —dijo Wolruf—. Pensar que ser uno de estos tres.
—No ha podido ser —repitió Derec—. Habían quedado reducidos a bolas indiferenciadas de células cuando los encontré, los cerebros y los transformadores no emitían ninguna señal. Y no los he perdido de vista desde que los reviví.
—Bien, yo perseguir un robot que parecer un humano, ser todo lo que saber.
—¿Hacia dónde iba? —preguntó Derec, con un súbito entusiasmo en su voz. Ariel creía saber por qué.
—Perseguir a él a unos quince kilómetros norte de la Torre de la Brújula en la cinta principal antes de perderle.
—¿Se parecía a alguno de nosotros?
—No —dijo Wolruf—. Era más alto y tenía el pelo castaño y los hombros más anchos que tú, Ariel o Avery.
—¡Ajá! —exclamó Derec—. Entonces pertenece a alguien más. Alguien más está aquí con nosotros en Robot City. Y creo que sé quién es.
—¿Quién? —preguntó Ariel, más por confirmar su propia intuición que por otra cosa.
—Mi madre —respondió Derec—. Creo que finalmente voy a conocer a mi madre.
Ariel suspiró. Justo lo que estaba pensando. Fantástico. Otra misión a la que Derec dedicaría todo su tiempo. Cogió su libro y empezó a leer por donde lo había dejado.
Esta vez Avery no estaba dejando nada al azar. Su nuevo laboratorio ni siquiera existía dentro de lo que era la ciudad. Había ordenado construirlo en la selva y equiparlo con su propio equipo de comunicaciones y de producción de energía, todo completamente separado de la ciudad principal. También había ordenado camuflarlo para que pareciese una enorme roca alisada por la erosión, por si acaso. Esta vez trabajaría ininterrumpidamente hasta que hubiera terminado. Después de eso no le importaba lo que Derec o Janet o cualquiera hiciese; él no estaría por allí. Dejaría que tuvieran su laboratorio si eran capaces de encontrarlo. Dejaría que tuvieran la ciudad entera o lo que había quedado de ella después de que Derec lo hubiese estropeado todo por completo. Avery ya no la necesitaba. De todas formas se había quedado obsoleta.
El aullido de un lobo más allá de la pared hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda. Obsoleta no era la palabra apropiada; retrógrada lo era más. ¿Quién había oído alguna vez que alguien destruyese una ciudad para construir una selva? La idea en sí era un insulto contra todo lo que Avery creía.
¿Lo había hecho por eso Derec? ¿Había elegido deliberadamente lo que más enfurecería a su padre? Bueno, si ese era el caso, entonces seguramente tendría éxito. Avery no podía imaginar por qué intentaba hacerse amigo del chico. Se había expuesto a ser víctima del desencanto. Debía haber aprendido la lección años antes cuando Janet le abandonó y tuvo que mantener a raya sus emociones.
Había tenido que controlarlas durante años, pero evidentemente se había vuelto demasiado confiado, había bajado la guardia. Bueno, no volvería a ocurrir. Se sumergiría en su trabajo, se concentraría en actualizar su concepto de la ciudad y cuando tuviera que interactuar otra vez con los seres humanos él marcaría en qué términos.
El trabajo parecía muy prometedor. Estas nuevas células de robot eran sorprendentes. Eran sólo tres cuartas partes el tamaño del modelo anterior, pero la capacidad de morfalaxis se doblaba con facilidad en el interior de ese pequeño tamaño. Las nuevas células eran más fuertes, más rápidas, más versátiles y tenían una habilidad de programación local superior a las viejas. Una ciudad construida con estas células respondería mucho mejor que sus ciudades de primera generación, de la misma manera que los robots que Janet había construido con ellas ofrecían más posibilidades de uso que los suyos.
Aunque Derec había hecho una observación muy aguda sobre los robots; eran en última instancia menos útiles que un robot normal. Avery tendría que asegurarse de que los que crease tuvieran una programación más estricta que los de Janet.
¡Caray! Por culpa de sus prisas por abandonar su viejo laboratorio había olvidado los cubos de memoria con sus grabaciones. Maldijo aquel momento de despiste, pero en realidad no había sido culpa suya. ¿Cómo podía trabajar un hombre con tantas distracciones?
Apartó de su mente los cubos de memoria. De todas formas no los necesitaba. No tenía la intención de utilizar la programación de Janet; crearía la suya propia cuando la necesitase.
¿Y Janet? Se preguntaba por qué estaba aquí, en su ciudad. Sin duda para recuperar sus robots, pero se preguntaba si eso sería todo. ¿Podía estar interesada en él aún, después de todas las amargas acusaciones que se habían dirigido el uno al otro al separarse? Parecía imposible, aunque Avery no podía evitar pensar que todavía podía ser así. Había pruebas que apoyaban su idea. Había perdido a sus tres robots en planetas donde había ciudades que él había creado. Si de verdad tuviera la intención de evitarle hubiera elegido otros planetas.
Diantre, ¿serían estos robots suyos realmente espías? Podían haberlo sido… Sí, por supuesto, y cuando los hubiese desconectado enviaría otro robot espía para ocupar su lugar. Todo ese asunto sobre buscar las Leyes de la Humánica había sido sólo una cortina de humo.
¿Detrás de qué andaba ella? No se trataba de la programación de su ciudad; ella podía haberla conseguido en cualquier lugar. Él no había sido precisamente discreto a la hora de desarrollarla. No, ella había estado siguiéndole y sólo podía haber una razón para aquello.
Avery se rio. La idea de que Janet siguiera sintiendo afecto por él después de todo este tiempo resultaba algo patético. Se había ocupado de lograr hacerle saber que sólo sentía desprecio por él al marcharse, pero evidentemente se había estado engañando a sí misma todo este tiempo.
Bueno, si esperaba algún tipo de reconciliación, se iba a llevar un chasco. Avery no tenía intenciones de incluirla en ninguno de sus planes futuros. A su material robot infrautilizado sí, le encontraría un uso, pero Janet tendría que cuidar de sí misma.
Derec estaba sentado en la soledad de su estudio, contemplando el paisaje en la pantalla visor. Le había ordenado mostrar una imagen en tiempo real de lo que estaba directamente por encima de su cabeza: lo que vería por una ventana si el apartamento estuviera en la superficie en lugar de bajo tierra. Era una vista que transmitía paz, los últimos pocos rayos de luz dorada de la puesta de sol asomando a través de las grietas de la bóveda selvática, iluminando hojas o lianas o troncos de árbol retorcidos al azar, pero, a pesar de todo, Derec se sentía muy lejos de estar tranquilo.
No podía apartar de su mente a su madre. Ella estaba aquí; tenía que estar, pero aparte de eso no sabía nada en absoluto. ¿Estaba aquí simplemente para recoger sus robots o tenía algo más que eso en la cabeza? Si así era, ¿quería él ayudarla a hacer lo que fuera que hubiera ido a hacer o no? ¿Era ella tan fría y cruel como Avery había insinuado en esos pocos momentos en los cuales Derec había logrado que hablase sobre ella o era más… maternal? No lo sabía. Había buscado en su memoria para recuperar su rastro, pero lo que fuera que Avery hubiese hecho para inducir su amnesia había sido especialmente eficaz a la hora de borrar cualquier referencia a esa parte de su vida. Era un completo misterio para él. Ni siquiera sabía su nombre.
Probablemente podía encontrarla a través del ordenador; pero cada vez que se ponía a ello, lo dejaba. Una orden que se quedaba helada en sus labios. No sabía si podría soportar encontrarse con ella. La vida con Avery era una lucha continua, pasaba de una actitud distante a la confianza, del disgusto al rechazo casi al azar; no creía que pudiera tolerar otra relación de ese tipo. Si su madre era otro Avery, entonces estaba mejor sin ella.
¿Qué tipo de persona se casaría con un hombre como Avery, tendría un hijo con él y se marcharía después? ¿Qué tipo de persona crearía una especie de bebé robot y abandonaría otros tres en sendos mundos diferentes? Al formular así la pregunta, la respuesta que obtuvo no le gustó, pero sabía que esos actos no definían necesariamente a la persona. Podía haber tenido una buena razón para ello. Sin duda alguna la tenía: después de todo, había regresado a buscar sus robots. Eso implicaba un propósito.
Pero ¿acaso había regresado también por su causa? No sabía.
No podría saberlo nunca si no hacía ningún movimiento para averiguarlo. Y no saberlo era tan malo como saber que no había sido así.
—Central —dijo de repente, girando en su silla para mirar al monitor—. Mira a ver si puedes averiguar… Se detuvo, boquiabierto. Su escritorio se hallaba de nuevo cubierto por la fórmula.
—¿Encontrar qué?, señor Derec.
—¿Quién ha hecho esto?
—Esa información es…
—No disponible. Correcto. Creo que hemos pasado por esto antes. ¿Puedes grabarlo?
—Me temo que no podré.
—Que no podré —notó Derec. Alguien le había ordenado no hacerlo. Era una prueba para ver qué hacía él. Le olía a Avery, pero de algún modo esto no tenía el toque Avery. Avery hubiera grabado la fórmula en una puerta camino del personal y le hubiera ordenado no dejarle pasar hasta que no lo resolviese. No, esto venía de otra persona y Derec sabía quién podía ser ese alguien. De hecho tenía que estar observándole si sabía que estaba en su estudio.
Bien, él ya había tomado una decisión, ¿no? Miró al monitor, sonrió, entonces dijo:
—Hola, mamá.
Janet no pudo evitar reírse. Había dado con ella en un instante. Por la manera en que la había mirado desde la pantalla, casi parecía que podía verla también, pero sabía que su orden anterior de no permitir la comunicación bidireccional estaba todavía activa.
—Sé que me estás observando —dijo.
¿Debía responder? Rechazó la idea inmediatamente. No podía obligarse a hacerlo sabiendo adonde la conducirían todas las preguntas, acusaciones y… emociones.
—Tengo a tus robots aquí —se paró frunciendo el ceño, entonces dijo—. No es lo que parece. No es que los tenga como prisioneros ni nada por el estilo: sólo están aquí —se acarició la barbilla pensativo y añadió—. Están realmente confundidos, ¿sabes? Tienen que seguir las Tres Leyes, pero no saben lo que es un «humano», así que su lealtad varía en función de cada situación. Están intentando averiguar el resto de las reglas también, pero ni siquiera saben para qué fueron hechos. Por eso mismo, me gustaría saber para qué los hiciste.
Derec miró a su escritorio que todavía mostraba la imagen en bajo relieve de la fórmula robótica y susurró:
—Y mientras estás en ello, me gustaría saber también para qué me hiciste.
—Oh, déjame en paz —dijo Janet—. Ya he visto lo suficiente —su monitor obedientemente se puso gris y ella se echó para atrás en su silla—. ¿Sabes lo que pasa? —le preguntó a Basalom que estaba junto a ella—, en cuanto tienes a dos personas juntas, incluso aunque la conversación sea unidireccional, las cosas se ponen muy sentimentales. Las personas son tan… tan… biológicas.
—Sí, lo son.
Janet se rio.
—Lo has notado, ¿eh? Y, ¿qué conclusión sacas?
Basalom hizo muchos aspavientos frunciendo sus labios de vinilo y parpadeando antes de decir:
—Los sistemas biológicos son menos predecibles que los electromecánicos. Eso puede ser una desventaja y una ventaja a la vez, en función de las circunstancias.
—Has hablado como un verdadero filósofo. Y, ¿cuál crees que es preferible a largo plazo? ¿La biológica o la electromecánica?
Basalom intentó sonreír:
—Como se dice popularmente: nadie está contento con su suerte.
Janet se rio.
—Touché, amigo mío. Touché.