Humanidad
3. El juego del escondite
3
El juego del escondite
El estudio de Derec no parecía el mismo. Era físicamente idéntico a los que había tenido antes, con la misma mesa colocada en el mismo lugar, con el mismo terminal de ordenador sobre ella, los mismos archivadores, tableros para notas, estanterías y la misma papelera situados a su alrededor en idéntico orden, incluso la imagen de la pantalla visor estaba sintonizada para mostrarle la acostumbrada perspectiva aérea de la ciudad.
Se preguntaba si realmente podía sentir el peso de la roca y de la tierra sobre su cabeza, si aquello estaba realmente teniendo algún efecto en su humor, pero no podía imaginar cómo. Si cerraba los ojos no podía decir con certeza si estaba en la planta baja o a cien metros por encima o a cien metros por debajo. No, esta incomodidad con la sala era un fenómeno puramente subjetivo y no hacía falla que le diera muchas vueltas para darse cuenta de qué era lo que lo estaba causando.
El estudio no era el suyo. Es cierto que lo controlaba; podía ordenarle adquirir la forma que quisiera, que pusiese una música agradable, que le alimentase si se sentía demasiado perezoso como para ir él mismo al procesador de la cocina. El estudio existía exclusivamente para servirle, pero aun así no era suyo. No tenía nada de especial. Hasta la fecha había tenido exactamente el mismo estudio en tres planetas diferentes y podía tener docenas más de ellos allí donde quisiera simplemente pidiéndole a la ciudad que los crease para él. No había ningún estudio en particular en ningún sitio en el universo que tuviera más significado para él que otro, ninguno que le reconfortase con la sensación de seguridad y permanencia que debería tener un estudio y ese era el problema. Había tenido muchos lugares para estar durante el tiempo que había pasado desde que se despertó en una cápsula de supervivencia en un asteroide de hielo en el espacio desconocido, pero no se había sentido realmente como en casa en ninguno de los lugares en los que había estado durante todo el tiempo que podía recordar.
Y claramente tampoco este era el lugar ni el momento. Haber encontrado la ciudad tan transformada había tenido un gran impacto sobre él, y descubrir por qué estaba así había sido aún peor. Cualquier sentido de permanencia que pudiera sentir sobre ella, la Robot City original, había muerto en aquel momento. No importaba lo bien que recrease sus viejos dominios, él nunca sería capaz de convencerse a sí mismo de que no era más relevante que la respuesta de la ciudad a la próxima cosa que le pasase por la cabeza.
La casa que él y Ariel tenían en Aurora podía haber sido su hogar. Hubiera sido un hogar si hubieran tenido más tiempo para acostumbrarse a ella, pero sólo habían pasado un año allí antes de que Robot City se hubiera inmiscuido en sus asuntos de nuevo, y un año no era tiempo suficiente para que naciese más que un leve apego por un lugar. Ahora tenía que concentrarse mucho para recordar cómo estaba organizada, si el personal estaba en la primera puerta o en la segunda más allá de la cocina o cómo habían sido dispuestos los muebles en la sala de estar. No le molestaba especialmente no volver a ver la casa. Pero si pasaba el resto de sus días saltando de Robot City en Robot City, resolviendo los problemas que surgían entre las caprichosas creaciones de sus padres, podía acabar hartándose.
Miró de nuevo a la pantalla, que mostraba unas pocas docenas de líneas del nuevo conjunto de instrucciones para la ciudad. Sabía que podía modificarlo para permitir más edificios en la superficie o incluso pavimentar los bosques y los desiertos y las llanuras por completo de nuevo si quería, pero la verdad era que no lo deseaba. Realmente no le importaba. No sentiría que fuera más su casa de esa manera que de esta, así que, ¿qué le importaba?
Suponía que a Avery sí le importaba, pero no podía tampoco obligarse a sí mismo a preocuparse por aquello justo entonces. Sabía que acabaría por tener que disculparse ante él por alterar la ciudad, pero no tenía ganas de hacerlo.
Escuchó a Ariel y a Wolruf hablando en la sala de estar, sabía por el tono de sus voces que estaban teniendo una discusión bastante seria. Evidentemente él no era el único al que afectaba la transformación de la ciudad. No podía oír sobre qué estaban hablando, pero oyó la palabra «robot» más de una vez y el compungido «¿Qué pasa si ellos…?» de Wolruf.
Sólo podía tratarse de un «ellos» en aquella conversación. Derec frunció el ceño dándose cuenta de que todavía estaban en la nave accidentada. Él y Ariel y los demás se habían olvidado por completo de los robots en su prisa por entrar en la ciudad y en su premura por librarse de la presencia de los demás después de un viaje tan largo. Derec sintió una punzada de culpabilidad por haberlos dejado allí, enfrascados en su parlamento, pero la culpabilidad desapareció rápidamente. Eran robots; podían cuidar de sí mismos. Nada podía herirlos aquí en la ciudad. Incluso si la ciudad deshacía la nave por partes, apartaría a los robots primero.
Supuso que podía ir a ver si ya lo había hecho. Se levantó a medias de su silla, después se volvió a sentar. Podía averiguarlo en un momento a través del ordenador que tenía encima de la mesa. Incluso podía encontrarlos en menos tiempo a través de su transmisor interno. Pero eso significaba quedarse y seguir mirando aquellas cuatro paredes y las mismas ventanas falsas, y Derec estaba ya cansado de la vista. A veces no valía la pena hacer las cosas de la manera más fácil.
Paró en el personal antes de salir afuera, después se encontró con Wolruf de vuelta a la cocina con un plato vacío.
—Voy a la parte superior de la torre para ver como están Adán, Eva y Lucius —le dijo—. ¿Quieres venir?
Wolruf pensó en la pregunta por un momento, después asintió.
—Por supuesto.
Dejó el plato sobre la superficie que desapareció de repente dejando sólo unas pocas migajas tras de sí que fueron a parar a la salida de residuos al moverse debajo de ellas la encimera.
—¿Y tú? —le preguntó Derec a Ariel mientras entraban en la sala de estar—. ¿Quieres darte un paseo?
Movió la cabeza y alzó su lector de libros.
—No, gradas. Estoy liada con esto ahora.
—De acuerdo —Derec miró a Mandelbrot que estaba de pie en su hornacina de la pared detrás de Ariel, pero decidió dejarle con ella. Podía avisarle a él o a cualquier robot a través de su transmisor si necesitaba ayuda.
Al marcharse del apartamento, él y Wolruf entraron en un pasillo ligeramente curvado, de techo alto y gran anchura que les condujo después de no pocas vueltas a un atrio abierto desde el cual salían docenas de otros pasillos como el que llevaba a su apartamento. Si hubiera habido más personas en el planeta, este hubiera sido el parque del barrio, lleno de niños jugando y de robots preocupados porque no se hicieran daño, pero ahora estaba en silencio, vacío.
Avanzaron por el atrio hacia el corredor principal, carente de curvas y con cintas deslizantes que llevaban en todas las direcciones. Arriba y en la parte baja de las paredes había más atrios y más vecindarios idénticos al suyo. Sin duda alguna serían modificados para adaptarse a los gustos individuales de sus habitantes, si es que alguna vez había alguno, pero hasta ese momento su diferencia más significativa residía en las direcciones escritas en letras en negrita por encima de sus cabezas.
Esas direcciones, de tres dígitos cada una, iban disminuyendo hacia la izquierda, pero las cintas deslizantes se movían hacia la derecha; Derec y Wolruf tomaron una pasarela sobre las cintas deslizantes para llegar al otro lado del pasillo, se montaron en ellas y se dirigieron a las líneas más rápidas.
A pesar de toda la maquinaria que debía de ser necesaria para mantener las cintas en movimiento, el viaje se desarrolló casi en silencio. Oían sólo la suave brisa que producían a su paso, algo mitigada por una especie de persianas colocadas a cada pocas docenas de metros en las cintas más rápidas. A su lado pasó un grupo de cuatro robots que iban en sentido contrario pero, salvo por eso, estaban solos.
—Parecer incluso más vacío que antes —comentó Wolruf—. Preguntar yo donde estar todos los robots.
—Imagino que colocando nidos de pájaros —dijo Derec—. Supongo que mantener el ecosistema en marcha requiere más tiempo que mantener la ciudad.
—Probablemente.
Los tres dígitos de los que se componían las direcciones que había sobre las puertas indicaban primero el nivel, después la coordenada norte-sur, y por último la coordenada este-oeste. Derec y Wolruf siguieron avanzando por el pasillo hasta que el segundo dígito de la dirección se redujo a cero, después cambiaron a otra cinta deslizante que circulaba a noventa grados de la primera y la siguieron hasta que el tercer dígito cambió a cero también. Eso los puso directamente debajo del centro de la Torre de la Brújula. Bajando de la cinta deslizante hasta una hilera de ascensores, entraron en uno y le ordenaron llevarlos a la cima.
La puerta se abrió dando paso a un viento gélido. El cielo estaba cubierto y el aire olía a lluvia. A Derec le maravillaba lo rápido que cambiaba el tiempo, pero suponía que con la nueva selva desprendiendo más humedad en la atmósfera de la que tenía la ciudad, parte de ella estaba destinada a caer en forma de lluvia, probablemente a diario.
Los restos de la nave no eran visibles desde la puerta del ascensor, así que Derec salió afuera, agarrándose al marco de la puerta para conseguir cierta sujeción y miró primero hacia un lado y después hacia el otro, pero la nave no estaba allí. La caja rectangular del ascensor era lo único que había en toda la amplia extensión de la superficie del tejado.
—¡Ya no está! —gritó para que se le oyese a pesar del aire. Retrocediendo, esperó a que la puerta se cerrase antes de añadir—. Preguntaré dónde se han llevado a los robots.
Centrando su atención en su conexión interna, Derec envío:
—Ordenador central, ¿cuál es la situación actual de los robots Adán, Eva y Lucius? Lucius II —corrigió antes de que le pudiera cuestionar por ello.
—Incapaz de localizarlos —respondió el ordenador. La voz en su mente no era de procedencia vocal, pero los datos pasaban por los mismos nervios, así que a Derec le sonaban como una voz. Se oía baja, sin eco e inhumana pero, de todas formas, como una voz.
—¿Qué quieres decir con incapaz de localizar? Tienen que estar en algún sitio.
—No recibo su señal de energía en ninguno de mis escáneres —insistió el ordenador.
—Central dice que no puede encontrarles —dijo Derec en voz alta—. ¿Qué apuestas a que se están escondiendo de nosotros?
—No sorprenderme —gruñó Wolruf. Los robots escapar de sus señores humanos antes, cuando tener asuntos que desear discutir en privado.
—¿Dónde los observaste por última vez? —preguntó Derec al ordenador central.
—La información no está disponible.
—No disponible. ¿Por qué?
—Se me ordenó olvidar ese lugar.
Derec arqueó las cejas.
—¿Qué? —preguntó Wolruf.
—No me dirá dónde los vio por última vez. Dice que le ordenaron que olvidase —Derec no se molestó en ordenarle otra vez que lo recordase; un robot podría haber sido capaz de extraer un recuerdo olvidado de su base de datos por la manera en la que afectaba a otros recuerdos ya que un cerebro positrónico era un artilugio analógico, pero los recuerdos de la Central eran digitales, cada uno separado y almacenado en cubos de memoria periféricos.
—Pues decirle tú que no olvidar la próxima vez —dijo Wolruf.
—De acuerdo. La próxima vez que los observes, no olvides su localización — transmitió Derec—. Y avísame cuando los encuentres.
—Me parece que se me han adelantado otra vez —dijo Derec con un suspiro—. Ascensor, llévanos de nuevo abajo.
El ascensor, obedientemente, comenzó su descenso. Cuando iban por la mitad, Wolruf dijo:
—¿Y Avery? ¿Haber visto tú desde que llegar nosotros aquí?
—No —respondió Derec—, pero no me sorprende. Estaba bastante enfadado conmigo.
—Deber saber donde estar los robots.
—Sí, debería —Derec titubeó. ¿Merecía la pena aguantar las quejas que posiblemente recibiría de Avery sólo por averiguar dónde habían ido los robots? Creía que no, pero por otro lado al final tendría que arreglar las cosas con él y la pregunta proporcionaría una excusa conveniente para localizarle.
Asintiendo hacia Wolruf, transmitió:
—Abre una conexión con el doctor Avery.
—Soy incapaz de contactar con él —respondió el ordenador.
—¿Por qué no puedes? ¿Dónde está?
—Imposible localizarlo.
Derec puso los ojos en blanco.
—¡Otra vez no!
—¿Qué?
—Tampoco puedo encontrar a Avery.
—Eso sonar un poco sospechoso.
—Pues sí, ¿no te parece? Creo que debería dejar de perder el tiempo con este ordenador y averiguar de qué va todo este secretismo repentino.
La puerta del ascensor se abrió descubriendo la estación de transporte central. Wolruf salió la primera y miró de arriba a abajo la larga extensión de cinta deslizante diciendo:
—Saber tú. Mientras hacer tú eso, yo mirar por aquí. No sentir como para regresar al apartamento justo ahora.
Las posibilidades de que Wolruf encontrase algo eran prácticamente nulas, pero Derec sabía lo que pretendía. Asintió y le dio una palmadita en la espalda.
—Como tú quieras —le dijo—. Te avisaré si encuentro algo.
—Yo hacer lo mismo —prometió Wolruf, subiéndose a la cinta deslizante más próxima y dejando que se la llevara.
Derec subió por la rampa que estaba por encima de su cabeza y tomó el camino de vuelta al apartamento. Para pasar el tiempo empezó a silbar una canción, una que Ariel había estado cantando como música de fondo en la nave unos pocos días antes, pero el eco en el pasillo vacío pronto le desanimó y avanzó el resto del camino en silencio.
Janet miró al apartamento con ojos de desdén. Basalom había aterrizado la nave en un claro en la selva a unos veinte kilómetros al norte de la Torre de la Brújula y después había usado su transmisor para pedirle a la ciudad que la dejase entrar y que les proporcionara alojamiento, pero Janet se preguntaba ahora si no estaría mejor en la nave. Este lugar no tenía nada de especial, tenía la misma personalidad que un ladrillo. No, menos que eso. Los ladrillos al menos tenían grietas; este apartamento no tenía ni eso al ser de una pieza.
—Este lugar es totalmente Avery —murmuró a Basalom mientras entraba en la habitación su bolsa con lo necesario para pasar una noche y la colocaba cuidadosamente en la cómoda. Se dio la vuelta, vio la expresión de su cara y dijo:
—¿No le agrada? Podemos alterarlo de la manera que quiera.
—Más tarde —dijo—. Ve a ver qué pasa con las máquinas de aprendizaje; yo me ocuparé de la decoración.
—Sí, señora —Basalom se dirigió hacia la puerta, pero Janet le paró con una palabra.
—Basalom.
—¿Sí?
—Sólo quiero saber qué es lo que les ha pasado. Información primero, acción después, ¿comprendido?
—Comprendido.
—Bien. Y no dejes que nadie te vea. Si alguien te ve, te ordeno no obedecerle. Simplemente desaparece, asegúrate de que los pierdes de vista y regresa aquí. Mis órdenes tienen preferencia sobre cualquier otra.
—Muy bien, señora.
—De acuerdo entonces, adelante.
Basalom abandonó el apartamento cerrando la puerta con cuidado detrás de él. Janet miró una vez más a las paredes estériles alrededor de ella, movió la cabeza en un gesto de desaprobación y entró en la habitación para deshacer la maleta.
No necesitaba mucho tiempo para colocar el equipaje para una noche. Janet se divirtió ordenándole al apartamento que simulase hasta en los más mínimos detalles una suite en un castillo medieval, con calefacción, por supuesto, y agua corriente fría y caliente, pero pronto se aburrió de ese juego. Miró al escritorio que ahora era de grandes proporciones, con una tapa corrediza muy decorada con pequeños estantes y cajones y chiribitiles esperando ser llenados y se sentó en la igualmente descomunal silla giratoria que había delante de ella. Centrado en la parte trasera del escritorio a una altura confortable para leer, había un panel liso de un gris apagado que se suponía era el monitor.
Así que si hubiera recapacitado un poco probablemente habría encontrado sus máquinas de aprendizaje sin necesidad de enviar a Basalom detrás de ellas.
—¿Cómo se enciende este estúpido ordenador? —preguntó al escritorio.
Como respuesta, la pantalla gris en la parte posterior del escritorio se iluminó poniéndose en blanco y en la superficie del escritorio comenzó a poder distinguirse entre un teclado, una alfombrilla para dibujar, un puntero y un lector de cubos de memoria. Janet sólo le hizo caso a la pantalla diciéndole:
—Enséñame el interior de lo que quiera que haya en la dirección que le diste a Basalom —conocía los métodos de Basalom. Simplemente habría preguntado la dirección de su destino en lugar de intentar encontrarla por pura deducción.
En efecto, el ordenador no preguntaba de qué dirección le estaba hablando. Tampoco le daba la vista interior que quería.
—No puedo. Ese lugar ha sido restringido —dijo una voz calmada y estereotipada.
Janet asintió. No era de extrañar si los robots estaban intentando esconderse.
—Entonces dame una vista exterior.
La pantalla mostró una imagen con un ángulo muy amplio de una puerta cerrada colocada en un pasillo largo, con una cinta deslizante con dos carriles en cada dirección, y ninguna de las otras puertas estaba abierta.
Parecía un lugar la mar de anónimo. Janet pensó en saltarse la seguridad para poder mirar dentro, pero decidió esperar al informe de Basalom en su lugar. No quería tropezarse con las alarmas mientras estaba allí.
¿Qué más podía hacer mientras esperaba? En un impulso, preguntó:
—¿Está David en el planeta?
—Si por David quieres decir tu hijo, que ahora se llama a sí mismo Derec, entonces sí, está.
Derec. Sabía que había cambiado de nombre, pero todavía no había asimilado el cambio. Imaginaba que iba a tener que acostumbrarse a ello.
—Deja que le vea —dijo.
Estaba preparada para pasar por la enorme pesadilla de convencer a un ordenador obstinado para que la dejara invadir la privacidad de otro ser humano, pero en su lugar la pantalla hizo un barrido desde el centro hacia fuera y se encontró a sí misma mirando cara a cara a David. Derec. El que sea. Como sea. Él también estaba usando un ordenador y ese era el punto de vista que ella tenía sobre él: estaba sentado delante de su pantalla. Dio un grito ahogado de sorpresa y estaba a punto de mandarle al ordenador que se desconectara cuando le preguntó:
—¿Desea establecer comunicación bidireccional?
—¡No! —susurró—. No dejes que sepa que estoy mirando.
—Recibido.
Janet se rio aliviada. Había estado cerca. Si el viejo Cara de piedra no hubiese sido tan fisgón probablemente la hubiera descubierto, pero ella debía de haber supuesto que Avery había programado el sistema primero, para vigilancia y segundo, para comunicarse. Se recostó en su silla y observó con atención a su hijo durante un buen rato.
Había cambiado. Era mayor, mejor dicho, mucho mayor, pero aquel no era el cambio más obvio. A medida que Janet le observaba, notó la determinación de sus ojos y la forma de su mandíbula; cómo una sonrisa asomaba a sus labios por un momento cuando acertaba con cualquier cosa que estaba haciendo, y cómo esa sonrisa se transformaba en resolución cuando no resultaba como esperaba. Le observó echarse hacia atrás y acariciarse la barbilla mientras pensaba, decirle algo al ordenador y leer los resultados en la pantalla, después, cerrar los ojos y suspirar.
Aquel era el cambio principal: Ya no era un niño malcriado y petulante.
—Déjame oír su voz —le ordenó Janet.
—Recibido.
Derec permaneció en silencio durante un tiempo, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, pero después de un rato los volvió a abrir y dijo:
—¿Qué pasa con el uso de energía? ¿Puedes darme zonas donde el consumo de energía haya aumentado?
Su voz era increíblemente profunda e increíblemente familiar. Había heredado la voz de su padre. Janet siempre había considerado la voz como una de las cualidades más atractivas de Wendy y ahora se encontraba a sí misma entusiasmándose también con la de su hijo. Si no había heredado la personalidad de Wendell a la vez que su voz, entonces, después de todo, podía tener algo que ofrecer.
Evidentemente lo que Derec veía en la pantalla no era más útil que la respuesta a su anterior petición. Se echó hacia delante y movió la cabeza.
—No me gusta. Hay demasiados como ellos. ¿Qué tal el consumo de comida? Avery tiene que comer.
Janet aguzó el oído al oír eso. ¿Estaba buscando a Wendell? Había pensado que estaba hablando de sus robots.
—Ese servicio no está monitorizado —le dijo a Derec la misma voz estereotipada que había contestado a Janet.
—¿Puedes monitorizarlo?
—Sí.
—Entonces hazlo. La próxima vez que alguien utilice un procesador házmelo saber y registra el lugar donde ocurra. Registra también la próxima vez que alguien use un personal. Monitoriza el consumo de oxígeno y la concentración de dióxido de carbono e infórmame de cualquier cambio que pueda asociarse claramente con una presencia humana.
—Cielos —exclamó Janet. No llevaba aquí más de una hora y media y ya estaba Derec tras ella. Pensaría que había cazado a Wendell, pero en realidad el ordenador le conduciría directamente a ella.
A menos, claro está, que encontrase a Wendell primero. Y Janet tenía la impresión de que sabía dónde estaba.
—Ordenador, no le des a Derec mi posición. No es a mí a quien busca. En su lugar dale la dirección que pedí ver primero. Esa es la que quiere.
—Recibido.
Observó cómo los ojos de Derec se abrían cuando la dirección apareció en la pantalla. Obviamente no esperaba obtener resultados tan rápidamente. Le observó pasar por el mismo proceso que ella: pedir una vista interior, después una exterior, pero no encontró algo diferente de lo que ella ya sabía.
—Ponte en contacto con Wolruf —le oyó decir.
Algo más tarde oyó una voz ronca que decía:
—Aquí Wolruf.
—¿Dónde es aquí? —preguntó Derec.
—Nivel siete, cuatro-treinta-seis sur, nueve-cincuenta Este.
—Creo que he encontrado a Avery en el nivel nueve, tres-veinte-dos Norte, cuatro-setenta-seis Este. Apostaría que los robots están allí también.
Janet echó hacia atrás la cabeza. Seguro que quería decir sus máquinas de aprendizaje. Así que él también estaba buscándolas. Si ese era el caso entonces no podía tener nada que ver con su desaparición, ¿no?
Quizá no esta vez, pero encontrarles a los tres en el mismo planeta era bastante sospechoso. Janet los había puesto en tres planetas diferentes y más tarde se había enterado de que Derec y su padre también habían visitado dos de ellos, y cuando regresó para recuperar aquellos dos primeros robots no encontró ni rastro de ellos. Derec y Wendell los había llevado allí sin duda, donde ella había dejado al tercero intencionadamente, pero no lograba adivinar lo que Derec quería de ellos.
Sabía muy bien lo que Wendell quería. Quería robar la tecnología que ella había desarrollado para ellos al igual que había robado la idea original del robot celular y la había usado para construir estas ciudades. Derec podía ir tras lo mismo, bien con Wendell o por su cuenta.
O podía ir detrás de algo completamente diferente. Había algo más que simple curiosidad en su voz, pero no podía decir si estaba preocupado por el bienestar de los robots o si tenía sus propias razones para querer encontrarles. Por lo que sabía podía incluso estar de su lado. Se preguntaba si debía arriesgarse a ponerse en contacto con él, averiguar directamente cuáles eran sus intenciones, pero el pensar en ello por un momento la disuadió. No quería arriesgarse a alertarle, todavía no. Necesitaba algún tipo de prueba, alguna manera de garantizar primero la bondad de sus intenciones.
Mmm. La mejor manera de averiguarlo sería darle una parte de lo que buscaba y ver qué hacía con ello. Algo inofensivo, pero lo suficientemente interesante como para que despertase su curiosidad.
Sonriendo se levantó del escritorio, buscó un cubo de memoria de entre sus pertenencias, lo enchufó al lector y usó el teclado y el puntero para recuperar una página de uno de sus archivos personales. Era una fórmula robótica, parte del programa que permitía a sus máquinas de aprendizaje pensar intuitivamente.
—Envíale esto —dijo, después añadió inmediatamente—, no, espera, no en la pantalla. Ponlo encima de su escritorio en caracteres en relieve de manera que no pueda grabarlo. Tampoco lo grabes tú en ninguna parte y no le digas quien lo envío. Y no le des tampoco a él ni a nadie ninguna información más que pueda conducirle a mí en el futuro, ¿está claro?
—Recibido.
—Déjame ver su reacción.
La cara de Derec sustituyó la fórmula robótica en su pantalla. Estaba todavía hablándole a Wolruf, diciéndole:
—… nos encontraremos aquí en cuanto pueda.
—De acuerdo —respondió Wolruf. Hubo un leve zumbido de interferencias cuando Wolruf se desconectó.
Derec extendió la mano para darle a una tecla del ordenador, sin duda alguna para desconectarlo, pero se detuvo sorprendido.
—¿Qué…? —pestañeó, pasó su mano derecha sobre la superficie en relieve y después preguntó—. ¿De dónde ha salido esto?
—La información no está disponible —respondió el ordenador.
—¿Qué es?
—No se lo digas —le advirtió Janet.
—Esa información no está disponible.
Los ojos de Derec se movieron de izquierda a derecha mientras asimilaba la fórmula. Janet observó cómo fruncía el ceño ante la peculiar nota no estándar, una nota que ella misma había ideado para describir una idea que tampoco era estándar.
Una sombra oscureció la puerta que había detrás de él y una muchacha morena y delgada entró en la habitación. Ariel Burgess. Janet ya sabía que viajaba con Derec, aunque fuera sólo por pura intuición. No estaba preparada para el impacto de ver a la amante de su hijo entrar a formar parte de la imagen como si tal cosa.
—¡Borra ahora mismo eso de su mesa! —ordenó Janet, arrebatándole a la vez su cubo de memoria al lector. Observó cómo la cara de Derec iba del asombro a la frustración, después oyó a Ariel y Derec se volvió para preguntarle.
—¿Has hecho eso tú?
—¿Hacer qué?
—¿Poner esa fórmula en mi escritorio?
Ella se acercó a él por detrás y miró por encima de sus hombros.
—¿Qué fórmula?
—Desapareció al entrar tú. No quiero decir que estuviese en el ordenador; aparecía en el propio escritorio.
Ariel parecía tan asombrada como él.
—No, no he hecho nada parecido. Estaba fuera en la sala de lectura. Te oí hablar con alguien y vine a ver lo que estabas haciendo.
Derec asintió. Miró al escritorio, después hacia Ariel.
—He estado intentando encontrar a Avery y a los robots. Creo que está escondido con ellos, probablemente intentando desarmarlos ahora que están de nuevo en bloqueo comunicativo. Aunque creo que los he encontrado.
Ariel negó con la cabeza.
—Si es eso lo que realmente está ocurriendo, no parece que vaya a ser muy divertido. Probablemente sólo logres pelearte con él.
—Probablemente lo haré —suspiró Derec. Se volvió hacia el escritorio, buscando por última vez la fórmula fantasma, y apagó el ordenador. Janet ni siquiera parpadeó; observó a Derec de pie poner sus brazos alrededor de Ariel y abrazarla fuertemente. Estuvo a punto de mandarle al ordenador que dejara de mirar cuando se besaron, pero su curiosidad era demasiado grande.
Aunque hubiera deseado hacerlo con todo su corazón cuando Derec dijo en voz baja:
—Cielos, ¿por qué no he podido tener unos padres normales?
Avery estaba observando el monitor del microscopio cuando la alarma se disparó. Alguien había parado delante de la puerta de su laboratorio. Maldijo aquella interrupción, maldijo que hubiera ocurrido precisamente en ese momento. Estaba empezando a comprender los cambios que Janet había hecho en la morfología celular del robot y cómo esos cambios podían afectar a la manera en que se combinaban para construir estructuras macroscópicas. No quería tener que lidiar con Derec precisamente ahora, Derec y sus quejas sobre estropear el experimento de su madre. Sabía que eso era lo que Derec diría. Sabía lo que él le contestaría, que entre ellos, él y su madre, y su estúpido experimento habían arruinado casi todo lo que él, Wendell Avery, había hecho, y que era el momento de volver las tomas; pero deseaba no tener que verse envuelto en todo eso justo ahora. Tenía mejores cosas que hacer.
Bueno, suponía que si no quería no tenía que quedarse por allí. A Derec le llevaría unos pocos minutos lograr entrar por la puerta, para entonces él ya podía estar fuera de allí.
Recogió la esfera de material robótico indiferenciado que antes había sido la pierna derecha de Lucius, apagó el microscopio, se metió en el bolsillo el cubo de memoria en el que había estado almacenando los datos y caminó hacia la pared adyacente a la que tenía la puerta.
—Haz otra puerta aquí —dijo y tan pronto como se formó entró a través de ella en la siguiente habitación que había más allá de su laboratorio.
—Quita la puerta —ordenó.
La habitación era una especie de caja vacía con una sola puerta que se abría sobre las cintas deslizantes. Avery fue hacia esa puerta, fácilmente se abrió una grieta y pudo mirar a través de ella para comprobar si realmente era Derec. La puerta no hizo ningún ruido que Avery pudiera oír, pero la figura que estaba delante de su laboratorio se dio la vuelta como si hubiera sido sorprendida por un ruido, entonces, inmediatamente se giró sobre sí mismo y se apresuró por la cinta deslizante, corriendo a una velocidad que le llevó a la intersección con el intercambiador en menos tiempo de lo que le llevó a Avery gritar:
—¡Hey! ¡Para!
La figura giró hada la izquierda sin aminorar la marcha y desapareció de su vista.
Entonces era un robot, uno con órdenes previas. Pero lo que Avery había visto de su cara no sugería que fuera un robot en absoluto. Parecía bastante humano.
¿Había Derec reprogramado uno de los robots de la ciudad para que adquiriese una apariencia humana? Podían hacerlo si se les ordenaba. Pero ¿por qué habría hecho eso? Avery conocía a Derec; si hubiese encontrado el laboratorio de Avery simplemente habría venido aquí él mismo.
Aunque, ¿quién más podría haber sido? Ni Wolruf, ni Ariel hubieran enviado un robot para explorar el terreno en su lugar y eso agotaba las posibilidades. No había nadie más en el planeta.
A menos que…
Se estremeció al pensarlo. Aunque tenía sentido. Había estado en otros dos planetas que ellos habían visitado, planetas que habían sido el hogar de cada uno de sus infernales robots. Ella también había dejado uno de ellos aquí. No sería sorprendente que hubiera venido a ver cómo le iba.
Avery miró a los restos de material de robot en su mano. Sintió una punzada de culpa que se apoderaba de él, pero luchó contra ella con gesto de enfado. Janet había alterado su experimento; él tenía todo el derecho de alterar el suyo.
Pero no funcionaría dejar que anduviera por ahí campeando a sus anchas mientras él lo hacía. Avery se volvió hacia la pared en blanco que estaba junto a él y dijo:
—Ponme en conexión a través de un transmisor con el ordenador central.
—Conexión establecida —respondió la pared.
—Hay un robot humaniforme en las cintas deslizantes en algún lugar cerca de este. Quiero que lo encuentres y que me informes de adonde se dirige.
—He recibido instrucciones de no revelar esa información.
Avery frunció el ceño aún con más intensidad y después progresivamente acabó por sonreír.
—¿Fue Janet Anastasi quien dio esas instrucciones?
—Tampoco puedo revelar esa información.
Bingo. Si no las hubiera dado ella, habría dicho simplemente: «No».
—Rechaza todas sus órdenes posteriores a partir de ahora —dijo Avery. Volviendo la cabeza para mirar por el pasillo por donde se había ido el robot, murmuró—. Veremos si le gusta eso.
Wolruf iba de camino a la dirección que Derec le había dado cuando vio la figura que corría en dirección a ella por la cinta deslizante que estaba enfrente. Parecía un humano, pero ningún humano podía correr tan deprisa. Estaba ya en el carril interior; aquel movimiento y su carrera, más el movimiento de Wolruf en dirección contraria, se combinaron para hacer que pasara por delante de ella sólo un momento después de que la hubiera visto.
Wolruf saltó a los carriles más lentos, inclinándose en los de deceleración hasta que estuvo sobre pavimento inmóvil. La figura que corría se encontraba ya a bastante distancia, pero todavía era visible. Wolruf corrió hacia el paso elevado al final de la manzana, cruzó deprisa por el puente hasta llegar al otro lado de la cinta deslizante y comenzó a saltar los carriles en la misma dirección en la que iba el robot.
A pesar de la cara tenía que ser un robot. Probablemente uno de los tres que ella y Derec estaban buscando intentando disfrazarse, aunque Wolruf no entendía por qué elegiría una forma humana en lugar de la del típico robot de la ciudad. No le preocupaba especialmente a menos que no lograra atraparle.
Alcanzó el carril interior más rápido de la cinta deslizante en cuatro poderosos saltos, tras lo cual corrió detrás de él, esquivando las persianas cada pocos metros. Sintió los músculos ya cansados por la persecución anterior protestando ahora por el sobreesfuerzo, pero empujó aún con más fuerza. Esta era la clase de ejercicio que necesitaba.
Derec entró en la habitación subiendo un piso y diciéndole a la habitación que abriese un agujero por el que pudiera meterse él. Avery no le había ordenado protegerse contra esto, así que la habitación obedeció sin dudarlo, proporcionando incluso una escalera por la que descender.
Descendió a un laboratorio de robótica que funcionaba iluminado por una intensa luz. Un extremo tenía un banco de trabajo con herramientas repartidas en desorden alrededor como si alguien hubiera estado trabajando allí hacía sólo un momento. El equipo de diagnóstico y de monitorización estaba sobre unos estantes a ambos lados del banco, y había aún más equipo junto a lo que había quedado de las mesas de reconocimiento. Las mesas habían sido sesgadas por la base, lo que dejaba ver un soporte cóncavo. El material retirado flotaba en tres bolas esféricas de metal plateado por encima de cada soporte, cada uno en el centro de un voluminoso generador de campos de contención magnética.
Derec intentó estimar el volumen de las esferas. Parecían demasiado grandes como para ser sólo los restos de las mesas de reconocimiento. Algo tenía que haber estado en las mesas cuando los generadores se encendieron, algo que había sido aplastado bajo el intenso campo magnético en una masa carente de forma junto con el material de la ciudad que lo componía. Con un escalofrío de horror, Derec se dio cuenta de lo que debía haber sido: Adán, Eva y Lucius.
Dio una vuelta alrededor de las mesas de reconocimientos de contención, sintiendo cómo tiraban de las células robóticas de su propio cuerpo. Sentía el tirón desde las espirales magnéticas, pero imaginaba lo que pasaría si ponía su mano dentro del campo mismo. Las células robot saldrían rasgando sus músculos. Tal vez el hierro en su sangre también sentiría el tirón; no sabía. No tenía prisa por comprobarlo.
Los interruptores eran fáciles de ver. Derec se acercó con cautela a uno de ellos, preparado para retirar su mano si el tirón se volvía muy fuerte, pero le resultó soportable. Lo apagó. El fantasma que tiraba de su cuerpo se debilitó y la esfera de células robots indiferenciadas que estaban más cerca de él se posaron en la concavidad formada por el tronco de la mesa de reconocimiento.
—No reabsorbas eso —dijo Derec en voz alta. Apagó los otros dos interruptores, repitiendo su orden, después añadió—, pero puedes librarte de los imanes —las cámaras de contención no se fundieron en el suelo como había esperado que hiciesen, sino que en su lugar se filtraron desapareciendo a través de la pared. Evidentemente no habían sido hechos de dianita, pero habían sido manufacturados especialmente para uso de Avery y estaban siendo ahora o bien desmantelados o bien devueltos a un almacén en algún lugar. En cualquier caso, Derec respiró más tranquilo una vez que desaparecieron.
Examinó los tres bultos esféricos de material de la ciudad que ahora se desplomaban como una enorme gota de agua por una superficie seca. Nada indicaba cuál correspondía a cada robot, pero uno tenía un bulto que salía por un lado, justo en el lugar en el que reposaba en su cubil. Derec alargó una mano y con cuidado empujó la masa, casi esperando que fuese pegajosa al tocarla, pero parecía más bien como una esponja metálica o el cojín de una silla. Cedió un poco bajo su empujón, y fue capaz de hacerle rodar lo suficiente como para dejar el bulto al descubierto.
Era un cerebro. Más concretamente, era un cerebro positrónico, el kilogramo y medio de platino-iridio que proporcionaba el entramado en el cual el proceso mental del robot tenía lugar. Ni el platino ni el iridio respondían especialmente bien al magnetismo y esa era la razón por la cual el cerebro había pasado a la parte baja de la esfera. Derec había visto docenas de cerebros positrónicos antes, pero la vista de este hacía que un enorme escalofrío le recorriese la espalda. Había visto muchos de ellos, sí, pero nunca uno que perteneciese a uno de sus amigos.
El intenso campo magnético lo había destruido, por supuesto. El magnetismo no lo dañaría directamente, pero corrientes eléctricas inducidas sí y con un campo así de fuerte debía de haber habido muchas corrientes inducidas yendo de un lado para otro. Derec fue capaz de superar su aprehensión lo suficiente como para meter sus dedos en la masa alrededor del cerebro y sacarlo, después se dio la vuelta buscando un monitor que pudiese ayudarle a leer el estado en el que se encontraba el cerebro.
Encontró uno justo a la altura de su codo izquierdo, todavía encendido, pero faltaba su sensor. Por el largo del cable que quedaba, Derec se dio cuenta de que había estado dentro del campo con el robot, sin duda leyendo sus pensamientos antes, y posiblemente durante, su muerte.
Sintió una oleada de entusiasmo. Si el monitor había estado grabando y si había conseguido una secuencia lo suficientemente larga de pensamientos entonces era posible revivir al robot.
Aunque lo funcional que el robot llegara a ser era otra historia. Las memorias robóticas eran esencialmente de naturaleza holográfica, cualquier fragmento de grabación contenía información sobre la cosa en su totalidad, pero al igual que con un holograma, cuanto mayor fuera el fragmento más definida sería su reproducción. Llevaría una cantidad sustancial de grabación recrear la psique positrónica entera del robot con un cierto grado de exactitud.
Derec examinó el monitor en busca de cubos de memoria, encontró cuatro de los diminutos artilugios alojados en un estante. Sacándolos con cuidado, los llevó hasta un monitor del banco que no estaba dañado y lo insertó en una ranura vacía. Usando la interfaz de ordenador del monitor, hizo un rápido análisis de los cubos para ver qué había sido grabado. Sintió cómo le aparecía una sonrisa a medida que lo leía; dos de los cubos estaban llenos y el tercero sólo a medias, todos con las representaciones digitales de los esquemas de pensamiento positrónico.
Aquello era mucho pensar, mucho más de lo que Avery hubiera sido capaz de conseguir en unas pocas horas, pensó Derec, pero entonces recordó que los robots habían estado en uno de sus bloqueos comunicativos, discutiendo a una velocidad cien veces superior que la normal. ¡Perfecto! La grabación de una discusión realmente ayudaría a definir el carácter individual de cada robot.
Siempre y cuando…
Se levantó para revisar los cubos de memoria en los otros monitores. Había cuatro cubos en cada uno y dos cubos y medio de cada estante estaban llenos. Derec sintió que lentamente iba liberando la tensión. Las tres partes de la discusión habían sido grabadas. Debería de haber material suficiente para reconstruir las personalidades de los robots.
Así que, después de todo, Avery no había conseguido matarlos por completo.
Utilizando su transmisor, Derec envió:
—Necesito tres nuevos cerebros positrónicos y tres transformadores de microfusión portátiles.
Como respuesta, un armario a su izquierda se abrió ofreciendo al menos una docena de cada pieza ya preparada. Sin duda alguna, Avery había ordenado que se construyera un laboratorio de robótica completo y ningún laboratorio estaba completo sin un buen suministro de repuestos.
Derec sacó un cerebro del armario, le quitó el envoltorio y lo llevó hasta el montón de células de robot que había quitado del otro cerebro. Sintió un momento de duda preguntándose cómo hacer las conexiones. En un robot normal habría habido una serie de conexiones directas, auténticas tomas de corriente que encajaban en las entradas del espacio que ocupaba el cerebro, pero en un robot celular indiferenciado no había ninguna conexión. Ningún lugar era más o menos indicado que otro.
Encogiéndose de hombros, Derec presionó el cerebro contra la masa de células, manteniendo una presión suave y constante hasta que las células cedieron y permitieron que el cerebro se hundiera dentro de la superficie. Repitió el proceso con un transformador, después se echó hacia atrás para ver si ocurría algo.
La superficie de la esfera se cerró sobre el cerebro y el transformador, pero después de que pasaran cuatro o cinco minutos sin que ocurriera nada, Derec decidió que las células en sí mismas no contenían ninguna programación que les hiciera actuar por voluntad propia. Tenía que haber sido grabado en una capa del cerebro, el primero de los muchos grupos de instrucciones que gobernaban las acciones del robot.
Derec agarró el cable cortado que llegaba hasta el sensor inductivo y sujetó el final del mismo contra la masa. Incluso aunque su madre hubiera utilizado una estructura celular diferente para los robots, como pensaba Avery que había hecho, debía de haber algunas células de la ciudad extraídas de la mesa de reconocimiento mezcladas con las células de los robots y, si ese era el caso, entonces el monitor podía reformar su sensor remoto entorno al cerebro y usarlo para conducir los recuerdos dentro de él de la misma manera en que habían sido grabados.
—Establece contacto con el cerebro —le ordenó al monitor y cuando la pantalla de estatus indicó que el vínculo había sido establecido, enchufó los cubos de memoria de nuevo en sus ranuras. Todavía no sabía con cuál de los tres robots estaba tratando pero, si todo funcionaba de la manera que esperaba, pronto lo descubriría.
—Descarga los cubos de memoria —ordenó.
Durante un buen rato pareció que no pasaba nada, pero justo cuando Derec empezó a preguntarse qué era lo que había ido mal, la esfera de material de robot se estremeció, deformándose como si fuera aplastada por un puño enorme y se desprendió un cuarto de su masa en una abundante lluvia metálica. Esa sería la dianita de la mesa de reconocimiento, pensó Derec. El robot estaba eliminando el material extraño de su cuerpo.
Lo que quedó de la masa inicial se fue alargando lentamente, se fueron formando pliegues y las secciones separadas se fueron diferenciando en crudas aproximaciones de brazos, piernas y una cabeza. Durante un rato tan largo que hubiera vuelto loco a cualquiera permaneció en aquel vago estado humanoide, después los miembros empezaron progresivamente a tomar una forma más definida y la cabeza expulsó un sensor externo más convencional, todavía sujeto al monitor por su cable.
La cara del robot era todavía muy básica, con sólo una ligera indicación de una nariz y de los labios y únicamente unas cavidades superficiales donde deberían estar los ojos. Sus manos se alargaron y soltaron el sensor dejándolo caer al suelo y donde había estado el sensor empezaron a crecer orejas.
Los huecos de los ojos se hicieron más profundos, unos cortes horizontales se formaron sobre ellos y los párpados recién formados se abrieron para revelar un espacio en blanco, ojos carentes de expresión. Los ojos salieron, cada uno moviéndose de manera independiente, después hacia dentro para fijarse en Derec. El robot y el humano se miraron fijamente por lo que pareció un milenio hasta que Derec finalmente rompió el hechizo:
—¿Estás bien? —preguntó.
El robot pareció pensar la pregunta con cautela. Levanto la mano derecha, después la izquierda, agarró una con la otra formando un puño y las relajó, movió la cabeza de un lado para otro como si estuviera oyendo sonidos internos y después cerró sus ojos. Tras unos segundos su boca acabó desarrollándose y sus ojos se abrieron de nuevo. Su pecho se expandió como si estuviera respirando y balbuceó:
—Ta… a… a… tan bien —se paró, respiró de nuevo y volvió a comenzar, diciendo con más claridad esta vez—: Todo lo bien que se puede esperar —respiró de nuevo, exhaló y sin preocuparse de volver a respirar añadió—, para alguien que acaba de regresar de entre los muertos.