Intimidades
Catorce
Una semana después vi a Antón en el restaurante de al lado del tribunal, donde Bettina me había invitado a comer. Ella no solía tratar con el personal fuera del ámbito profesional, así que debía de querer hablar conmigo de algo al respecto, seguramente mi contrato y si iba a quedarme o no en el tribunal.
Era algo que cada día me pesaba más. Desde el testimonio de la testigo, el tiempo que pasaba en la cabina se había vuelto más difícil para mí y había empezado a ver a mis colegas con otros ojos. Ya no me parecían los individuos bien adaptados que había conocido al llegar. Estaban marcados por fisuras alarmantes, niveles de disociación que no creía que pudieran mantenerse.
Luego estaba la cuestión de Adriaan, para la que no tenía una respuesta real. No sabía si quería quedarme o no. Pero ¿adónde iría si me marchaba? Todavía no era capaz de imaginar una alternativa. Solo por esa razón era importante para mí averiguar si el tribunal iba a prorrogarme o no el contrato.
Sin embargo, Bettina no sacó el tema hasta el final de la comida, y estuve todo el rato en un estado de cierta tensión, disfrutando menos de lo que podría haberlo hecho. El restaurante era italiano, una antigua botica que había sido reformada hacía poco. Nos sentaron a una mesa que estaba cerca de la cocina, desde la que podía ver todo el comedor. Era un restaurante muy solicitado para citas y ocasiones especiales, pero como era pleno día predominaban las comidas de negocios. Aunque ese día no había sesión en el tribunal, me sorprendió la actitud relajada de Bettina, que pidió un entrante y un plato principal. Pensé que una vez que hubiéramos pedido me explicaría el motivo de la salida, pero siguió charlando cuando llegó la comida y mientras nos la comíamos. El restaurante estaba lleno cuando llegamos, pero a las dos horas se vació, nadie más alargó tanto la comida. Aun así, Bettina continuó sin tocar el tema. Solo cuando el camarero nos preguntó si queríamos ver la carta de postres y Bettina respondió por las dos, y acabamos de pedir los postres y los cafés, ella se volvió por fin hacia mí y dijo: Hay algo de lo que quería hablar contigo.
En ese preciso momento Antón entró en el restaurante. Iba con el metre, que se reía con ganas de algo que decía, tal vez le estaba contando una de sus largas historias. El local, que estaba tranquilo, vibró de energía mientras los dos hombres se abrían paso por él hablando y gesticulando con entusiasmo, el afecto del metre parecía genuino y pensé que Antón debía de ser un cliente habitual. Su cojera era casi imperceptible, parecía mucho más vigoroso que la semana anterior en casa de Eline y estaba visiblemente más animado. El metre lo condujo a una mesa de la esquina. Él se sentó, dejó el bastón a un lado y alisó el mantel con las manos, era una mesa excelente y parecía complacido. Los dos hombres siguieron intercambiando cortesías estridentes hasta que el metre le dio finalmente la carta del menú y se retiró. Antón la dejó en la mesa mientras sacaba las gafas de leer, que se colocó en la punta de su nariz extraordinariamente grande. ¿Cómo no me había llamado la atención? Cogió el teléfono y empezó a pulsar con vigor la pantalla antes de dejarlo. La razón por la que la he invitado a comer, dijo Bettina, y me volví. Ella me miraba de una forma peculiar, había guardado silencio un tiempo considerable. Sin duda se preguntaba por qué yo estaba tan distraída. La razón por la que la he invitado es porque nos gustaría prorrogar su contrato y ofrecerle una plaza fija aquí.
Incluso desde el otro extremo de la habitación oí vibrar el teléfono. Me volví bruscamente, en la mesa de la esquina Antón cogió el teléfono y se quedó mirando la pantalla impaciente, esperaba a alguien. Mientras lo observaba, suspiró y se quitó las gafas, había dejado el bastón a un lado y recorría la habitación con los ojos entrecerrados y apremiantes. Me miró y yo desvié la vista, volviéndome de nuevo hacia Bettina. Nos hemos quedado muy impresionados con el trabajo que ha realizado con nosotros este año, continuó ella. Es un período que no está exento de complicaciones, un momento de muchas transiciones para el tribunal.
Tenía que responder algo a Bettina, que ya estaba perpleja por mi comportamiento. Asentí y le di las gracias. No era suficiente, pero no sabía qué más decir. Pensé distraída en Adriaan, era iluso pensar que la relación existía y que volvería a mi lado. Lo sabía. Y, sin embargo, en los momentos en que era capaz de ver más allá de mis emociones y mi ego, me veía obligada a reconocer la indigna verdad de que bastaría con una llamada u otra misiva para que resucitara mi esperanza. Si Adriaan me enviara un mensaje en ese preciso momento diciendo únicamente que volvería en unos pocos días, yo sabía que levantaría la vista y le diría a Bettina que aceptaba encantada el puesto, a pesar de la incomodidad que me creaba el trabajo.
Pero a falta de un mensaje así, no sabía qué responder. Tenía poco más que mis perseverantes sentimientos por Adriaan, un apego irracional. En el otro extremo de la habitación, Antón ya no me miraba, estaba bastante segura de que no me había reconocido. Observaba el teléfono con el ceño fruncido, en ese punto en que las expectativas amenazan con dar paso a la irritación y el resentimiento, tal vez había quedado con un cliente importante o alguien que quería venderle un volumen raro, me pareció percibir cierta avidez en su espera. Bettina estaba callada y me obligué a continuar. El juicio ha sido un reto interesante, dije, y ella asintió comprensiva. ¿Qué ha sido de la testigo? ¿Dónde está ahora?, pregunté.
Bettina desvió la mirada. Esa clase de información no suele compartirse. Por supuesto, murmuré. Es un caso complicado, continuó ella. Podría quedar en nada. Pero independientemente del resultado del juicio y de las consecuencias que pueda tener para el tribunal, debería estar satisfecha, ha hecho un buen trabajo. Se detuvo un momento. Me pregunté a qué se refería exactamente, qué consecuencias podría tener. En ese momento una rubia se interpuso en mi campo visual, pasando justo por detrás de Bettina. Iba vestida con un traje chaqueta cruzado de un morado intenso, y llevaba sus piernas musculosas desnudas, con las espinillas brillantes a causa de la depilación. Caminaba con entusiasmo y aprensión a la vez, como si subiera una cuesta resbaladiza. Bajé la vista y vi que llevaba unos zapatos de tacón con la suela roja, de una marca que tenía fama de cara y con los que era prácticamente imposible caminar.
Eran unos zapatos sexis, o al menos hablaban de sexo de un modo explícito, podrían haber sido zapatos ante todo para follar, la clase de zapatos que los hombres regalan a las mujeres. Vi horrorizada que la mujer se acercaba a la mesa de Antón. Tenía una expresión de atolondrada determinación, como si no fuera a permitir que nada se interpusiera en su camino, ni los zapatos de tacón ni la superficie resbaladiza del suelo. En cuanto a Antón, se puso de pie y adoptó una postura de escrupulosa y extasiada atención, exactamente como un gran perro al que se le ofrece un trozo de carne cruda. Ella soltó un gritito jadeante de emoción y apretó el paso, y los tacones hicieron de pronto un gran estruendo.
Bettina seguía hablando. De cualquier modo, nos gustaría mucho que se quedara. Habrá un aumento de sueldo, y el tribunal cuenta con recursos para facilitarle el período de adaptación a su nueva vida aquí, al menos desde el punto de vista administrativo. Me volví hacia ella. ¿La vida aquí?, me pregunté sin comprender, y un momento más tarde, con dolor. Ante mi silencio persistente ella continuó. No se trata de cubrir la baja por maternidad de Amina, hay un puesto permanente para usted. Guardó silencio un momento. Si quiere aceptarlo, claro está.
Asentí. ¿Puedo pensarlo? Ella se recostó, un poco decepcionada. Por supuesto, tómese una semana para pensarlo. Dos incluso. Le di las gracias, y mientras lo decía volví a mirar en dirección a la mesa de la esquina. Antón y la rubia estaban acurrucados en sus asientos. Ella estaba sentada muy quieta, con el escote a punto de derramarse sobre la mesa, mientras que a su alrededor Antón era todo frenesí, parecía incapaz de apartar las manos de ella, le tocaba las mejillas, las manos, el pelo, movía la boca sin parar mientras la ahogaba en su torrente de palabras. Ella asentía de vez en cuando sonriendo con timidez, la pobre parecía abrumada por la atención.
Mientras estaba allí sentada, parpadeando confundida, vi que a pesar del potente magnetismo que emanaba su cuerpo, tenía un rostro poco agraciado, sus facciones consideradas por separado eran vulgares. Pero Antón no se equivocaba al estar encantado con su buena suerte, ella encerraba una promesa carnal de no poco valor. Estaba en un estado de tal excitación que parecía que en cualquier momento iba a estallar, le apretó la mano a la rubia con tanta fuerza que ella dejó escapar un gritito. Lo miraba con una expresión de genuina adoración mientras él le cogía la mano y, con una sonrisa perversa, se la llevaba a los labios. Mientras los observaba comprendí que Antón era un hombre atractivo, con un poder de seducción nada desdeñable.
¿Tiene alguna pregunta? ¿Alguna aclaración que pueda ayudarla a tomar la decisión? Volví la cabeza de nuevo hacia Bettina. Parecía indecisa, mi comportamiento la había desconcertado. Se recostó en la silla. ¿Dónde está su familia?, me preguntó. Caí en la cuenta de que Bettina nunca me había preguntado nada sobre mi vida privada. Mi madre se fue a vivir a Singapur hace unos años. Mi padre murió. Lo siento, dijo Bettina, y yo negué con la cabeza. Hace varios años de eso y no fue algo inesperado. En cierto modo fue un alivio, llevaba mucho tiempo enfermo. Ella carraspeó. ¿Y en Singapur está su hogar?, me preguntó, y yo volví a hacer un gesto de negación. No creo que haya pasado más de un par de semanas allí. Antes de venir aquí vivía en Nueva York.
Sí, dijo Bettina, en el tribunal hay muchos empleados con historias familiares similares, casi parece que un requisito para el trabajo sea sufrir un cierto desarraigo. Asentí. Con el rabillo del ojo vi que Antón se ponía de pie y tiraba de la mano de la mujer rubia para levantarla de su silla. Ella se tambaleó y me pregunté si ya estaba borracha, Antón había pedido champán y ambos habían vaciado rápidamente sus copas. Cruzaron el comedor, él se apoyaba en su bastón y ella lo seguía un poco detrás, repiqueteando con los tacones en el suelo. Seguramente estaban saliendo para fumar un cigarrillo. Me volví hacia Bettina y le dije que le contestaría algo lo antes posible, que no la haría esperar. Ella asintió, y entonces le pregunté cuánto tiempo llevaba viviendo en los Países Bajos.
Una década.
Era mucho tiempo, pero menos del que me pensaba. Sentada frente a mí, parecía ser de esa ciudad, entendía el idioma y las costumbres y las ideologías tácitas de su cultura. Al final solo hacía falta una década para formar parte de un lugar, no era tanto tiempo.
Tuve que adaptarme, añadió mientras el camarero dejaba los postres en la mesa. Esperó a que se alejara para coger el tenedor. No es una ciudad muy accesible, y el paisaje es como a escala pequeña, al menos comparado con el de donde vengo. Vuelvo allí siempre que puedo. Necesito estar en el lugar donde crecí y Alemania está a solo unas horas en coche. Pero me gustan los holandeses, son personas muy neutrales, aunque incluso eso es algo a lo que también hay que adaptarse.
En ese momento Antón y la rubia entraron tambaleándose en el comedor. Él le rodeaba la cintura con un brazo y ella apoyaba todo el cuerpo en él, sin tener en cuenta su estado físico. Él lo soportaba sin queja alguna, más erguido de como yo lo había visto nunca. La rubia bajó recatadamente la cabeza hacia el hombro de él y vi que tenía la piel de la nuca enrojecida y el pelo despeinado. Al pasar por nuestro lado se inclinó para colocarse bien la falda.
Desvié la mirada con la cara encendida. Había algo grotesco y morboso en toda la escena, y supuse que habían ido al aseo para echar un polvo rápido, apoyados contra la pared del cubículo. O tal vez ella se había arrodillado en el suelo para hacerle una mamada mientras él se apoyaba en la pared, o ella se había encaramado en el lavabo, con el culo encajado en la pila. Ocuparon de nuevo sus sillas con aire satisfecho y un poco acalorados, también un poco menos interesados el uno en el otro. El camarero no tardó en llegar con los entrantes y me pareció ver a Antón exhalar mientras contemplaba el plato que tenía delante. No habían empezado siquiera, tenían toda una comida por delante antes de que pudieran despedirse de forma razonable.
La rubia cogió el tenedor con desgana y suspiró. Antón le apretó la mano, como si se compadeciera. Hablaban en voz baja y en holandés, y yo no tenía especial interés en oír lo que decían. Sin embargo, me llegaron fragmentos de su conversación: él vuelve mañana y es un lugar bonito, y luego mejor que Sampurna. El nombre de Sampurna me resultó familiar y caí en la cuenta de que era el nombre de un restaurante que no quedaba muy lejos del piso de Jana, había pasado varias veces por delante de él y me había fijado en el rótulo sin detenerme nunca. Me volví bruscamente para mirarlos. Antón estaba ocupado llevándose el tenedor a la boca y la rubia comía deprisa. Relájate, dijo él, e incluso desde el otro extremo del restaurante percibí la irritación en su voz. Aquí nadie te conoce. Bajé la cabeza de forma instintiva, como para ocultar mi rostro. Esa mujer era, sin duda, la razón por la que Antón había ido al barrio de Jana, tal vez la razón de su reticencia a hablar del atraco.
Miré de nuevo hacia su mesa, hacia esa pareja tan extraña e improbable. Pensé entonces en Miriam, la mujer de Antón, que volvía a estar fuera y que estaba siendo tan despreocupadamente traicionada en el comedor donde yo me encontraba ahora. Pensé en Eline, en el afecto con el que había hablado de ella, llegando a decir que era como una madre para sus hijos. Pero mientras los observaba comer —Antón por fin estaba callado, y el único sonido que llegaba de su mesa era el tintineo de la loza y los cubiertos—, comprendí que lo preocupante no era la infidelidad. No, lo que me preocupaba era el secreto que la rodeaba, esas corrientes ocultas que permanecían sin revelar, incluso a las personas más íntimas. Recordé su visible incomodidad cuando Eline volvió a preguntarle si recordaba qué lo había llevado a un barrio que no era el suyo y al que no tenía motivos para ir, excepto el que en esos momentos estaba sentado a su lado en ese restaurante de la otra punta de la ciudad.
De pronto me recorrió un escalofrío; si Antón no podía contarle ni a Eline la razón por la que había estado allí, ¿no era por Miriam? ¿No era porque, pese al atraco al que él mismo había dado pie, había en la idea de su matrimonio algo sagrado, una ilusión que no soportaba romper, por muy apartada que estuviera de la realidad? Ese era el poder del matrimonio, y en ese momento pensé en Adriaan y en Gaby, y en mí. A pesar de que yo ya no estaba en su piso y de que algo había aprendido, seguía creyendo que podía tener noticias de él, que regresaría de Lisboa libre y sin trabas, que volvería a instalarme en su piso y aceptaría el puesto en el tribunal que acababa de ofrecerme Bettina.
Por fin comprendí que tenía que aceptar lo que era y había sido evidente durante tanto tiempo. Adriaan no volvería a La Haya sin Gaby. Su matrimonio había resucitado con renovados bríos. Todo lo que dijo Kees había resultado ser cierto. Adriaan había ido a Portugal para salvar el matrimonio, para conseguir que los hijos crecieran con los dos progenitores juntos bajo el mismo techo, para conquistar de nuevo a Gaby. Una de dos, o él me había engañado desde el principio, o no había sido consciente de sus propias motivaciones en el momento en que se fue, cuando me pidió que me quedara en el piso y me dijo esas cosas. Tal vez solo al llegar a Lisboa y reunirse con Gaby, sorprendido por la profundidad de sus propios sentimientos, había comprendido que no había querido decírmelas, que la invitación a que me quedara, las llaves que había dejado en la encimera, todo había sido un error.
¿Pasa algo?, preguntó Bettina. Negué con la cabeza mientras me daba cuenta de que estaba llorando, de que tenía los ojos tan llenos de lágrimas que veía borroso.