Intimidades
Seis
Esa misma mañana recibí otro mensaje de Adriaan. Se le había ocurrido llevar comida de un restaurante indonesio que estaba a la vuelta de la esquina de su piso, para ahorrarle a Jana tener que cocinar. Lo leí y me acurruqué de nuevo en la cama. La llegada de esos mensajes, tan corrientes, me había infundido una seguridad que no sabía que necesitaba. La agitación de la noche anterior me había afectado más de lo que pensaba.
Esa sensación aún no me había abandonado cuando me desperté al mediodía. Era sábado, el tribunal probablemente lo anunciaría el lunes, yo no podría hablar de lo ocurrido la noche anterior durante un poco más de tiempo. Mientras estaba tumbada en la cama me pregunté si el acusado se habría despertado del sueño profundo en el que había caído de forma inesperada —si es que era profundo y no había fingido— y se habría sobresaltado al encontrarse en ese lugar extraño y hostil, después de haber estado en otra parte en sueños. Si había tenido la abrumadora sensación de no estar donde debía. Comprendí que yo misma había experimentado eso en menor medida mientras me encontraba en la celda, incapaz de entender lo que él decía, incapaz de llevar a cabo la tarea que se me había encomendado, como atrapada en un caso de identificación errónea.
Cogí el teléfono y contesté al mensaje de Adriaan. Le dije que era un gesto muy de agradecer que llevara la comida, y que se lo diría a Jana. Él respondió enseguida y me propuso quedar directamente allí. Le dije que llamara si tenía algún problema para encontrar el piso. Pero, tal como resultaron las cosas, si Adriaan se hubiera perdido, se hubiera equivocado de camino o le hubiera pasado algo, si me hubiera llamado para preguntarme si iba bien o hubiera girado donde no debía, yo no habría podido ayudarlo, ni siquiera habría podido contestar el teléfono. Me había quedado en un estado catatónico en el sofá, con un libro en el regazo y la cabeza echada hacia atrás, y el teléfono en la habitación de al lado donde no lo habría oído sonar. Si Adriaan me hubiera llamado. Pero cuando desperté, ya pasadas las ocho, no había llamadas perdidas ni mensajes, y ya estaba oscuro fuera. Había dormido gran parte de la tarde.
Me vestí con prisas y les envié a Adriaan y a Jana un mensaje para avisarles de que llegaría tarde. Ya era de noche, las calles rebosaban de expectativas. Tomé un taxi, ya llevaba media hora de retraso y Adriaan sería puntual. Mientras el taxista se adentraba en el tráfico —más denso que de costumbre, o tal vez me lo parecía por mi impaciencia—, fui consciente de que Jana y Adriaan se habrían visto forzados a estar juntos en circunstancias más incómodas e íntimas de lo previsto; me eché hacia delante y miré por la ventanilla, a ese paso tardaría al menos veinte minutos en llegar a casa de Jana.
El tráfico no mejoró, y cuando llegué al piso de Jana ya eran casi las nueve y Adriaan llevaba una hora allí. Llegas tarde, dijo Jana al abrir la puerta. El tono estaba lejos de ser de reproche, y sonreía, más relajada de lo habitual. Me chocó su aspecto, estaba tan cambiada que casi no la reconocía. Se quedó delante de la puerta más tiempo de lo normal como para impedir que yo entrara, por un momento pensé que tenía que decirme algo. Detrás de ella vi a Adriaan de pie en la cocina con una copa de vino. Nos observaba intrigado, y me pregunté qué le había contado Jana.
Pasa, dijo ella por fin, y retrocedió casi a regañadientes. Volví a mirar a Adriaan con expresión extrañada mientras me quitaba el abrigo y dejaba el bolso, pero él no se dio cuenta o prefirió pasarlo por alto, se acercó con la copa de vino y me besó con toda naturalidad. Yo era consciente de que Jana nos estaba observando y en el último momento volví la cara, con lo que el beso fue a parar en mi mejilla en lugar de en mis labios. Noté que me sonrojaba. Siento llegar tarde. Él se encogió de hombros y dijo que no importaba, parecía divertido, se quedó revoloteando a mi alrededor de una forma extrañamente protectora y lamenté de nuevo haber llegado tarde.
¿Qué tal vosotros, habéis congeniado?, les pregunté. Se miraron y sonrieron, yo no observaba a Adriaan sino a Jana. Llevaba pintalabios y rímel, y tal vez era el simple hecho de que no solía molestarse en maquillarse y yo no estaba acostumbrada a verla así, con las facciones tan realzadas. Luego pensé que probablemente se había maquillado por Adriaan; por mí desde luego que no. Me pregunté qué debía de sentirse siendo hombre, rodeado tan a menudo de rasgos tan deliberadamente acentuados y más expresivos que al natural.
Mi mirada iba de Jana a Adriaan, y vi que entre ellos había surgido cierta intimidad. No me sorprendió, de hecho era algo que debería haber previsto, siendo los dos tan sociables e incluso seductores. Pensé que eso tal vez explicaba la misteriosa transformación que se había operado en Jana, al fin y al cabo no podía atribuirla al pintalabios y al rímel, eso solo era la manifestación física de un cambio más intangible. De pronto se me ocurrió que pegaban juntos, Gaby probablemente era como Jana, segura y franca, una persona en quien Adriaan podía verse reflejado. Las parejas a menudo funcionan así, incluso cuando de entrada no hay ningún parecido. Con recelo observé cómo ellos seguían mirándose, esta vez mucho más tiempo del que parecía necesario. Jana sonreía bobamente, o eso me pareció.
Sentí una punzada de celos. Muy bien, respondió Adriaan, y el tono era despreocupado. Se volvió hacia mí con una sonrisa afectuosa, no parecía tener nada que ocultar. Me ha sometido a un interrogatorio riguroso, pero estoy bien, he sobrevivido. Aunque seguía mirándome con su cara afable y transparente, esas palabras me parecieron una prueba más de la complicidad que había surgido entre ambos. Jana seguía mirándolo y esta vez se rio demasiado fuerte, sacudiendo el pelo con un gesto extravagante que yo no le conocía, como si se hubiera reinventado por entero para la ocasión.
¡No es verdad!, exclamó ella con coquetería. No he hecho nada de eso. Solo te he preguntado un par de cosas, soy muy protectora con mi amiga, ya sabes que está totalmente sola aquí…, palabras que hicieron que me sintiera como si no perteneciera a esa ciudad o país, ni siquiera a esa habitación. Me rodeó los hombros con un brazo, un gesto sin duda cariñoso pero que resultó extraño y desmedido, no solía derrochar muestras de afecto físico. Me atrajo hacia ella en un abrazo que me recordó mi encuentro con Kees en la fiesta, cuando me enteré de que Adriaan estaba casado. Debí de parecer incómoda, o Adriaan tal vez reparó en la similitud entre los dos abrazos, porque frunció un poco el entrecejo y al cabo de un momento ella bajó el brazo. Carraspeé antes de preguntar si no deberíamos empezar. Jana se volvió bruscamente. Adriaan ha traído comida indonesia, de un restaurante que no conozco, comentó.
Había puesto la mesa con manteles individuales, servilletas de tela y velas. Vamos a cenar, dijo. Tengo la comida en el horno para que se mantenga caliente. No sabíamos cuánto tardarías. Caí en la cuenta de que ninguno de los dos me había preguntado el motivo de mi retraso. Empezó a sacar recipientes de aluminio del horno, y cuando me ofrecí a ayudarla, sacudió la cabeza y nos pidió que nos sentáramos.
Adriaan y yo nos quedamos de pie junto a la mesa de comedor en silencio, mirando las velas parpadeantes que Jana, o él mismo, se había tomado la molestia de encender. ¿Qué tal el trabajo? ¿Cómo te va?, me preguntó Jana a gritos. Estaba metiendo mucho ruido al sacar la comida del horno, abriendo y cerrando la puerta con brusquedad y haciendo entrechocar las fuentes. Bien, le grité a mi vez, una respuesta que ella apenas pareció registrar. Una parte de mí se alegró, me habría costado hablar de mi trabajo sin mencionar la detención, me habría visto obligada a eludir algo que ocupaba hasta tal punto mis pensamientos que a ellos no les habría pasado inadvertido.
Llegó más estruendo de la cocina, y tras lanzar una mirada a Adriaan, volví a entrar diciéndole: Deja que te ayude, y entre las dos empezamos a llevar las fuentes a la mesa. La comida tenía un aspecto muy apetitoso y Jana se apresuró a elogiar a Adriaan por su selección, yo nunca habría pedido tan bien, dijo. Era un cumplido peculiar y un poco tonto, y no me extrañaría que falso, pues a Jana le encantaba cocinar y comer fuera, y en cualquier caso no era una hazaña especialmente brillante pedir comida para llevar. Jana alzó la copa de vino. Bueno, ya estamos todos. Seguía sonriendo y le tembló la voz a causa de la tensión. Adriaan asintió y alzó la suya, y le dio las gracias por haberlo invitado a su casa, de los tres él era el único que parecía realmente cómodo.
Jana y yo lo observamos mientras servía la comida. Por un momento nos convertimos en dos mujeres admirando la destreza de un hombre, una situación horrible y absurda. Él solo estaba sirviendo noodles, arroz y trozos de carne en nuestros platos, pero yo también me sorprendí contemplándolo con ojos apreciativos, tal vez porque era consciente de la admiración de Jana. Sabía muy bien que su excitación se debía a que se sentía atraída por Adriaan, podía ser competitiva y debía de haber sentido la necesidad de dejar clara su superioridad en unas circunstancias que, después de todo, ella misma había propiciado al proponer esa cena.
En cuanto a Adriaan, podría haber estado pensando o sintiendo cualquier cosa. Yo no podía saber qué opinión le merecía Jana o toda la situación. Tal vez creía que había sido un error acudir a una cena en la que no había más invitados que nosotros, era evidente que Jana la había organizado para echarle un vistazo, por así decir. Por otro lado, ella estaba teniendo cuidado en evitar tocar el tema del matrimonio y la separación de Adriaan, se interesó por su trabajo, el barrio donde vivía, preguntas inofensivas de las que ya sabía las respuestas, no se aventuró a entrar en ningún terreno que pudiera ser comprometedor.
Todo el ejercicio parecía un esfuerzo inútil y falso. Adriaan seguro que era consciente de que Jana estaba al corriente no solo de su trabajo y del barrio donde vivía, sino también de su matrimonio con Gaby todavía pendiente de resolver. La apariencia ingeniosa de la conversación de Jana tampoco ocultaba que sabía que Adriaan sabía que ella lo sabía, un hecho que reverberaba por toda la habitación. Sin embargo, nuestro comportamiento no era particularmente extraño, las personas actuamos continuamente con esa deshonestidad consciente o inconsciente. O tal vez la deshonestidad era más concreta, pensé de pronto, y estaba en algo que me estaban ocultando, una discusión o un acuerdo entre ambos, y entonces me pregunté si había surgido en cuanto Adriaan había llegado, si Jana lo había invitado a pasar y luego le había dicho: Oye, quiero saber qué hay entre vosotros, quiero que me digas exactamente cuáles son tus intenciones.
Ella era más que capaz de hacer algo así; al igual que Adriaan, podía ser sorprendentemente directa. En ese momento Jana se volvió hacia él. Sé que no apruebas que una mujer joven viva en este barrio, dijo con picardía, y yo levanté la vista sobresaltada, yo nunca se lo había dicho y sin embargo no andaba muy desencaminada en su apreciación, así era como él se sentía respecto al barrio, ella había intuido un conservadurismo que dudaba que él mismo reconociera. Y es cierto, continuó, no es tan seguro como otras partes de la ciudad, el otro día sin ir más lejos hubo un incidente. Atracaron a un hombre justo delante de la puerta de mi casa.
Adriaan dejó el tenedor en el plato como para prestarle toda su atención.
¿La noche que yo estuve aquí?, le pregunté. Ella asintió.
El hombre está en el hospital. Jana guardó silencio un momento. Podría haber sido uno de nosotros, podrías haber sido tú, dijo, mirando directamente a Adriaan. De hecho no era muy diferente de ti, me he informado y era rico, profesional, probablemente estaba en el barrio para cenar con unos amigos, casi exactamente igual que tú.
Pero ¿cómo lo sabes?, pregunté. Leí el nombre en un artículo, dijo ella. No había mucha más información, pero ya sabes cómo es internet, a partir del nombre puedes saberlo todo. Es un librero, se llama Antón de Rijk y tiene un negocio en el casco antiguo que va muy bien. Probablemente viva en la misma parte de la ciudad que tú, le dijo a Adriaan. Aunque el tema había adquirido de pronto un cariz serio, el coqueteo persistía pero estaba adoptando una forma burdamente agresiva, no era muy amable plantear que podría haber sido Adriaan quien estuviera en una cama de hospital.
Sí, continuó ella, seguramente estaba yendo a ver a unos amigos o se dirigía a una cena, solo que nunca llegó, ¿cuánto tiempo creéis que esperaron sus amigos antes de sentarse a cenar? ¿Una hora? ¿Hora y media? Se interrumpió, como si recordara que no hacía mucho ellos mismos habían estado esperando a que yo llegara, que podrían haberse sentado a cenar sin mí. Estás viviendo una vida corriente, con sus altibajos, y de pronto todo se desmorona y nunca más vuelves a sentirte seguro. Te pasas los días mirando por encima del hombro, tu percepción del mundo cambia, pasa a ser un lugar precario y lleno de hostilidad.
Cogió el tenedor y empezó a comer, apenas había tocado aún su plato y se notaba que tenía hambre. Adriaan dijo que así funcionaba la violencia, que esa era la razón por la que resultaba tan eficaz a la hora de trastocar la sociedad, era la razón por la que el terrorismo servía a su propósito. Jana tragó saliva y dejó el tenedor para coger la copa. Por supuesto, dijo bruscamente.
Aun así, algo debió de torcerse, continuó Adriaan. No hay motivos para golpear a un hombre si solo vas por su dinero. Si un hombre te amenaza con violencia, y te pide la billetera y el móvil, se los das y punto, eso lo sabemos todos.
Sí, pero las cosas se tuercen, respondió Jana. Hasta el delincuente más avezado puede entrar en pánico e ir más lejos de lo que pretendía, el cuerpo es más resistente y al mismo tiempo más frágil de lo que uno espera, incluso los que están acostumbrados a la violencia pueden ser pillados por sorpresa. O tal vez era un delincuente sin experiencia y subestimó sus propias fuerzas. O simplemente actuó con malicia, eso tampoco es imposible, ¿no? Se encogió de hombros. En cierto modo la intención no importa, porque tanto si el asaltante —o asaltantes, supongo que podrían haber sido más de uno— actúa con malicia como si lo hace llevado por el pánico, el resultado es el mismo, el pobre hombre todavía está en el hospital y han pasado varios días, solo cabe pensar que ha sido gravemente herido.
¿Ya han cogido al que lo hizo?, pregunté.
Estoy segura de que el asunto está controlado, respondió ella, probablemente tienen a un sospechoso, hay cámaras de seguridad en el edificio y ahora todo queda registrado. Siempre he odiado las cámaras, pensaba que era sintomático de un estado de vigilancia. Pero he descubierto que gracias a ellas me siento un poco más segura, supongo que así es como la gente se vuelve conservadora. Parecía un poco más serena que antes. Ser propietario, quieras o no, te cambia la perspectiva. Incluso un pequeño piso es suficiente para conseguirlo, cuesta no contaminarte, no es lo mismo vivir en teoría que en la práctica.
Hablaba como si el hecho de ser propietaria la hubiera transformado por completo, como si la hubieran emparedado en su piso y su vida se hubiera osificado. Pero yo sabía que no era cierto, que la situación de Jana seguía siendo incierta, que la estabilidad que nos rodeaba solo era una cuestión de apariencia. Así debía de haberse sentido Adriaan al volver a su casa y encontrar el piso vacío, pensé. Lo miré. Así debió de sentirse cuando reunió a los niños y los hizo sentar, y buscó las palabras para decirles que su madre se había ido. Cualquier certeza puede derrumbarse sin previo aviso. Nadie ni nada se libraba de esa regla, ni siquiera Adriaan.