Intimidades
Dos
Yo vivía en el centro de la ciudad, en un barrio muy distinto al de Jana. Había encontrado mi piso amueblado por internet antes de llegar. La Haya no era una ciudad barata para vivir, pero lo era más que Nueva York. Como consecuencia, vivía en un piso que era demasiado grande para una sola persona, con dos dormitorios y una sala de estar separada del comedor.
Tardé un poco en acostumbrarme a su tamaño, que el mobiliario tal vez demasiado anodino no hacía sino subrayar. Con un futón plegable en la sala de estar y un juego de mesa y sillas en el comedor, estaba diseñado para ser temporal e impersonal. Cuando firmé el contrato, el espacio vacío me había parecido un lujo, recuerdo haberme paseado por el piso acompañada del sonido hueco de mis pasos, señalando una habitación como dormitorio y la otra como un posible estudio. Con el tiempo esa sensación se desvaneció y las dimensiones del piso ya me parecieron normales. También el aire provisional del alojamiento, aunque cuando volví del piso de Jana esa noche, recordé la naturalidad con que ella parecía haberse instalado en el suyo y sentí cierta nostalgia.
Cuando me desperté a la mañana siguiente todavía estaba oscuro fuera. Me preparé café, me puse un abrigo y salí al balcón, otro atractivo del piso que solía disfrutar incluso en esos gélidos meses de invierno. Había puesto una mesa pequeña y una silla plegable contra la pared, junto a unas pocas plantas en macetas, ya marchitas. Me senté. Era lo bastante temprano para que las calles estuvieran vacías. La Haya era una ciudad tranquila y casi esforzadamente civilizada. Pero cuanto más tiempo pasaba en ella, más inquietud me producían su aire de cortesía, los edificios bien conservados y los parques bien cuidados. Recordé lo que Jana había dicho sobre La Haya, lo fácil que era olvidar que estabas viviendo en una ciudad de verdad. Tal vez era cierto, había empezado a pensar que su apariencia dócil ocultaba una realidad más compleja y contradictoria.
Apenas una semana atrás estaba de compras por el casco antiguo cuando vi a tres hombres uniformados avanzar por la concurrida calle peatonal junto a una gran máquina. Dos de ellos tenían en las manos unas pinzas alargadas mientras que el tercero sostenía una boquilla enorme que sobresalía de la máquina, era como si condujera a un elefante por la trompa. Me detuve a observarlos sin saber muy bien por qué, tal vez porque me intrigaba la clase de actividad que los tenía ocupados.
Al final los hombres se acercaron y vi en qué consistía exactamente su cometido, los dos de las pinzas extraían colillas de entre las grietas del pavimento, una a una, labor concienzuda que explicaba la lentitud de su avance. Bajé la vista y me fijé en la cantidad de colillas que había esparcidas por la calle, a pesar de que solo en ese tramo había varios ceniceros públicos bien situados. Los dos hombres iban sacándolas de las grietas mientras el tercero los seguía con su aspiradora elefantiásica, succionándolas diligentemente. En el tambor del aparato debía de haber varios miles o incluso cientos de miles de colillas, que gracias al trabajo de esos hombres habían desaparecido de la calle.
Los tres hombres eran casi con toda seguridad inmigrantes, probablemente turcos o surinameses. Su labor era necesaria para la estética patrimonial de la ciudad, así como por la desidia de una población adinerada que tiraba las colillas al suelo sin pensar cuando a apenas unos pasos había receptáculos destinados para ello. De pronto vi que había montones de colillas en el suelo justo debajo de los ceniceros. Solo es una anécdota, pero ejemplifica cómo el barniz de civismo que recubría la ciudad se resquebrajaba sin cesar, en algunas partes había desaparecido por completo.
A mi alrededor empezaba a clarear, el horizonte se difuminaba con los colores del amanecer. Entré y me vestí para ir a trabajar. Cuando salí del piso poco después, se me había hecho tarde. Fui corriendo hasta la parada de tranvía más cercana. Jana me llamó mientras lo esperaba, todavía estaba en casa y la oía andar por el piso cogiendo las llaves y reuniendo sus libros y papeles. Me preguntó si había llegado bien la noche anterior y le aseguré que había hecho el trayecto sin ningún problema. Hubo un silencio y oí un portazo, estaba saliendo del edificio. Parecía distraída, casi como si se hubiera olvidado de por qué me había llamado, luego me recordó que me esperaba el sábado con Adriaan para cenar y me preguntó si había algo en particular que a él no le gustara.
El tranvía estaba llegando y le respondí que cualquier cosa estaría bien y que la llamaría más tarde. Colgué y me subí a un vagón, y fui dando sacudidas hasta el tribunal, donde ya había cumplido casi seis meses de contrato. La mayoría de mis colegas habían vivido en muchos países y eran cosmopolitas por naturaleza, su identidad era indisociable de sus dotes lingüísticas. Yo estaba igual de cualificada. Poseía la fluidez de un nativo en inglés y en japonés por mis padres, y en francés porque había crecido en París. También había estudiado español y alemán hasta llegar a dominarlos a nivel profesional, aunque eran, como el japonés, menos importantes que el inglés y el francés, las lenguas utilizadas en el tribunal.
Pero la fluidez no era más que la base de cualquier labor de interpretación, que requería de suma precisión, y a menudo pensaba que era mi inclinación natural hacia esta cualidad, antes que cualquier aptitud lingüística, lo que me convertía en una buena intérprete. Esa precisión era aún más indispensable en un contexto jurídico, y a la semana de trabajar en el tribunal aprendí que el vocabulario era tan específico como arcano, con una terminología oficial que había sido fijada en cada idioma y a la que todos los intérpretes del equipo se ceñían. Eso se hacía por razones obvias: por debajo de las palabras, entre dos o más idiomas, podían abrirse grandes abismos cuando uno menos se lo esperaba.
Nuestra labor de intérpretes consistía en colocar tablones a través de esas brechas. Este procedimiento, que junto con la precisión requería de cierta espontaneidad nativa —a veces era necesario improvisar al abordar una frase complicada, siempre se trabajaba a contrarreloj—, era más importante de lo que cabría pensar de entrada. Sometido a interpretaciones incoherentes, un testigo fiable podía parecer poco fiable, dando la impresión de cambiar su testimonio con cada nuevo intérprete. Eso, a su vez, podía repercutir en el resultado de un juicio, ya que los jueces no solían darse cuenta de si cambiaban los intérpretes de la cabina, aunque la voz sonara de pronto totalmente distinta, y pasara de masculina a femenina o de vacilante a firme.
Ellos solo advertirían el cambio que se había producido en su propia percepción del testigo. Una brecha en la fiabilidad creaba fisuras en el testimonio de dicho testigo, y esas fisuras se convertían en grietas que hacían tambalear su imagen pública. Y todo el que subía al estrado proyectaba una imagen de una clase u otra, su testimonio había sido muy preparado y moldeado tanto por los abogados como por los fiscales, que lo habían llevado al tribunal para desempeñar una función. El tribunal giraba en torno a la suspensión de la incredulidad: todos los presentes en la sala sabían y no sabían que había mucho artificio alrededor de cuestiones que aun así se fundaban en la autenticidad.
En el tribunal estaba en juego nada menos que el sufrimiento de miles de personas, y en el sufrimiento no había cabida para la farsa. Sin embargo, el tribunal era por naturaleza un lugar de gran teatralidad, que no se hallaba solo en el testimonio cuidadosamente preparado de las víctimas. La primera vez que asistí a una sesión me quedé perpleja, tanto el fiscal como el abogado estuvieron desmedidos en sus alegatos, y los mismos acusados a menudo exageraron su papel con una mezcla de arrogancia y autocompasión, eran políticos y generales, personas acostumbradas a ocupar un gran escenario y a escuchar el sonido de su propia voz. Los intérpretes no podíamos prescindir por completo de esos elementos dramáticos, nuestra tarea no era solo traducir las palabras que pronunciaba el sujeto, sino también expresar o indicar la actitud, el tono y la intención que había detrás de ellas.
La voz de un intérprete podía parecer en un primer momento fría y precisa, desprovista de inflexión, pero cuanto más hablaba más matices se percibían. Si se hacía una broma, la labor del intérprete era trasladar el humor o el amago de humor; de igual modo, cuando se hacía uso de la ironía, era importante indicar que no había que tomar las palabras al pie de la letra. La precisión lingüística no bastaba. La interpretación era una cuestión de gran sutileza, un término que se utilizaba en múltiples contextos; por ejemplo, el actor interpretaba una escena y el músico, una pieza musical.
Había un nivel de tensión que era intrínseco al tribunal y a sus actividades, una contradicción entre la naturaleza íntima del dolor y la esfera pública en la que debía exhibirse. Un juicio era una compleja y calculada representación en la que todos nos involucrábamos y de la que ninguno de nosotros escapaba por completo. La labor del intérprete no era enunciar o representar, sino repetir lo impronunciable. Tal vez esa era la verdadera preocupación entre los intérpretes, el hecho de que nuestra actividad diaria se basaba en la descripción reiterada —descripción, formulación y definición— de cuestiones que, fuera del tribunal, solían ser objeto de eufemismos y omisiones.
El tranvía iba abarrotado y en un momento dado subió un grupo numeroso de estudiantes. Armaban mucho alboroto, pero a diferencia de a los otros pasajeros —que los miraron de reojo y apartaron la vista—, no me importó, al contrario, aproveché para escuchar su conversación, o al menos los fragmentos que podía descifrar.
Cuando me trasladé a La Haya no hablaba el neerlandés, no tenía más que unas nociones básicas, pero eran tantas las similitudes con el alemán que al cabo de seis meses ya tenía cierto dominio del idioma. En los Países Bajos casi todo el mundo hablaba inglés con fluidez, por supuesto, y en el tribunal nunca había oportunidad de practicar el neerlandés, así que lo aprendí sobre todo escuchando por la calle, en un restaurante o un café, o en el tranvía, como en ese momento. Un lugar adquiere un aire intrigante cuando se entiende a medias su idioma, y en esos primeros meses la sensación fue especialmente curiosa. Al principio me movía en una nube de incomprensión, todo lo que oía a mi alrededor era impenetrable, pero se hizo menos elusivo a medida que empezaba a entender palabras sueltas, luego frases y ahora incluso fragmentos de conversación. A veces me topaba con situaciones más íntimas de lo que me habría gustado, la ciudad ya no era el lugar inocente que había sido cuando llegué.
Pero no había nada particularmente invasivo en escuchar en el tranvía, los estudiantes hablaban muy fuerte, casi a voz en grito, querían que nos enteráramos de todo. Mientras los escuchaba recordé el placer que suponía aprender un idioma, desentrañar sus estructuras, poner a prueba su elasticidad y flexibilidad. Hacía tiempo que no experimentaba esa sensación en concreto, pues los demás idiomas los había aprendido de niña o más tarde en el colegio. Los estudiantes hablaban en un neerlandés salpicado de argot, lo que hacía más difícil entenderlos, charlaban sobre todo del colegio, de algún profesor o amigo que les caía mal.
Al cabo de dos o tres paradas me pareció oír a una de las chicas pronunciar la palabra verkrachting, que significa violación en neerlandés. Levanté la vista, sorprendida, hacía rato que mi mente había empezado a divagar y ya no seguía la conversación con tanta atención. La estudiante que hablaba tenía unos doce o trece años, y llevaba los ojos perfilados con una gruesa raya negra y un piercing en la nariz. Siguió hablando, y reconocí la expresión bel de politie, o eso me pareció. Pero entonces la chica con la que hablaba empezó a reírse bobamente y la del piercing se rio con ella, y yo ya no estaba segura de lo que había oído, pues llamar a la policía no era precisamente un asunto de risa. La chica del piercing debió de notar que yo la miraba, porque se volvió bruscamente hacia mí y, aunque siguió riéndose, me sostuvo la mirada con unos ojos duros y vacíos, desprovistos por completo de alegría.
El tranvía se aproximaba a mi parada. Las chicas hablaban ahora de una nueva marca de zapatillas de deporte, y aunque miré varias veces más a la del piercing, ella me ignoró. Inquieta por la situación, me bajé. El tranvía se alejó y vi cómo se erguía ante mí el tribunal, un enorme edificio de cristal enclavado en las dunas de las afueras de la ciudad. Era fácil olvidar que La Haya estaba situada en el Mar del Norte, en muchos sentidos era una ciudad que miraba hacia dentro, dándole la espalda.
Antes de mi llegada, cuando solicité y me fue concedida la plaza en el tribunal, este había existido en mi mente como una construcción casi medieval a la manera del Binnenhof, el edificio del Parlamento que está a solo tres kilómetros del centro de la ciudad. Una vez allí y durante el primer mes de trabajo, cada vez que me encontraba con el edificio me llevaba una sorpresa. Sabía perfectamente que el tribunal era un invento reciente, ya que hacía apenas una década que se había fundado, pero la arquitectura moderna todavía me parecía incongruente, quizá hasta le faltaba la autoridad que yo había esperado.
Seis meses después no era más que el lugar donde trabajaba: la capacidad de asombro se agota con el tiempo. Saludé a los guardias mientras entraba y pasaba por el detector —un par de preguntas sobre sus familias, algún comentario acerca del tiempo—, pues era en estas ocasiones cuando podía practicar mi neerlandés. Recogí el bolso y me dispuse a cruzar el patio y entrar en el edificio. Delante de mí vi a Robert, otro intérprete del tribunal, que se había detenido para esperarme. Era un inglés corpulento, afable, extrovertido y encantador; mi carácter relativamente reservado era poco común entre los intérpretes. Si la labor de interpretación es una forma de actuar, los que se dedican a ella tienden a ser seguros y locuaces. Robert, que jugaba al rugby los fines de semana y participaba en obras de teatro de aficionados, era un buen ejemplo de esas cualidades. Nunca habíamos coincidido en la cabina, pero a veces me preguntaba qué clase de compañero sería, debía de ser difícil no sentirse eclipsado por su presencia, no intentar igualar las cadencias y florituras de su voz, que era increíblemente meliflua, fruto de su clase social y de una niñez modelada en internados ingleses.
Mientras nos dirigíamos a la oficina, Robert me informó de que no habría sesión en ninguna de las salas ese día, lo que, con franqueza, era un alivio. Daba por sentado que yo estaba tan atrasada en el papeleo como él. Saludamos a nuestros colegas mientras nos acercábamos a nuestros escritorios, los intérpretes trabajábamos en un único espacio de planta abierta, con la excepción de nuestra jefa, Bettina, que tenía su propio despacho. En el departamento se respiraba un ambiente de compañerismo, debido en parte a que casi todos habíamos ido a los Países Bajos para trabajar en el tribunal después de haber adquirido en otros lugares la experiencia que se requería. Algunos estaban en mi misma situación y no sabían cuánto tiempo iban a quedarse en el tribunal y en el país, otros en cambio estaban más o menos afincados allí, como Amina, que se había casado hacía poco con un holandés y estaba embarazada.
En ese momento estaba sentada ante su escritorio, revisando los documentos que tenía delante con expresión serena. Si la mayoría de los intérpretes podíamos ponernos nerviosos o hasta exasperarnos, y en algún caso llegábamos a pedir al testigo que hablara más despacio, Amina nunca perdía la calma, era capaz de interpretar con una coherencia y a una velocidad extraordinarias, en cualquier circunstancia. Conforme se acercaba a la última etapa del embarazo, se mostraba aún más imperturbable si cabía, su actitud era perpetuamente tranquila. Si los demás nos peleábamos con las peculiaridades del habla o la pronunciación, Amina nunca parecía experimentar dificultades.
Pero los elogios la incomodaban, y a menudo insistía en que estaba lejos de ser infalible. Mientras me sentaba ante mi escritorio, recordé una anécdota que ella misma me había contado poco después de mi llegada al tribunal y que me había dado que pensar. Le habían encargado que interpretara al acusado, que hablaba en swahili, pues durante un tiempo ella había sido la única que lo hablaba con la fluidez necesaria para llevar a cabo la tarea. Su compañera de cabina no dominaba el idioma, y le confesó en privado que durante las sesiones largas perdía la concentración, escuchaba el inglés y el francés de partida pero no prestaba tanta atención a la interpretación de Amina.
Así, mientras que para su compañera esos días fueron bastante relajados, Amina estuvo sometida a una presión considerable, soportando sesiones maratonianas que eran mucho más largas de lo normal. Ella estaba sentada en la cabina situada en la entreplanta, y el acusado, justo debajo de ella, en la sala. Él todavía era joven, un excabecilla de una milicia vestido con un traje caro, y estaba repantingado en una silla de oficina de diseño ergonómico. Aunque se le juzgaba por delitos atroces, solo tenía una expresión huraña y tal vez un poco aburrida. Es bastante común que los acusados vayan trajeados y se sienten en sillas de oficina, la diferencia estaba en que allí los acusados no eran meros delincuentes que se habían vestido bien para la ocasión, sino hombres que habían llevado durante mucho tiempo el manto de autoridad en forma de traje o uniforme, hombres que estaban acostumbrados a su poder.
Y poseían una especie de magnetismo que era innato y al mismo tiempo fruto de las circunstancias. El tribunal era incapaz, por lo general, de poner bajo custodia al acusado sin la cooperación de organismos o gobiernos extranjeros, y sus facultades para detenerlos eran bastante limitadas. Había muchas órdenes de detención pendientes, y muchos de los acusados se hallaban en prisión preventiva en otros países, no era que entre nosotros hubiese un exceso de criminales de guerra. Los acusados que llegaban a La Haya lo hacían por tanto con un aura, habíamos oído hablar mucho de ellos (casi siempre eran hombres), los habíamos visto en fotografías y vídeos, y cuando finalmente aparecían en el tribunal, eran los protagonistas de la función, no había otra forma de expresarlo, toda la situación era una escenificación de su carisma.
En el caso de ese hombre en particular, no solo era joven e indiscutiblemente atractivo —muchos de los hombres a los que se juzgaban eran de edad avanzada, habían dejado muy atrás la juventud, y aunque transmitían credibilidad, no eran físicamente impresionantes—, sino que irradiaba autoridad, incluso fuera de la sala del tribunal, era fácil entender la razón por la que tantos hombres habían obedecido sus órdenes. Pero ni siquiera era eso, explicó Amina, sino la intimidad de la labor de interpretación, ella actuaba de intérprete para un solo hombre, y cuando hablaba por el micrófono, le hablaba a él. Cuando aceptó el puesto en La Haya, sabía perfectamente que los casos del tribunal serían más oscuros que los de las Naciones Unidas, donde había estado trabajando anteriormente. Al fin y al cabo, el tribunal se ocupaba exclusivamente de genocidios, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Pero Amina no había contado con esa clase de cercanía: aunque nunca estaba cara a cara con el acusado, sino protegida detrás del cristal de la cabina de los intérpretes, era consciente en todo momento de que el acusado y ella eran las dos únicas personas en la sala que entendían ese idioma, el equipo de la defensa estaba compuesto de abogados ingleses que no tenían conocimientos de francés ni de la lengua materna de su cliente.
En el transcurso de esas primeras sesiones, la inquietud de Amina fue en aumento. Hubo muchos testimonios sobre atrocidades horribles, y hora tras hora ella los trasladó de un idioma a otro. En algún momento se encontró esforzándose por controlar el temblor de su voz, le pareció que se estaba emocionando demasiado. Pero hacia el segundo día, por motivos que no acababa de comprender, la frialdad se apoderó de ella, descubrió un nuevo tono mordaz, no exactamente neutral, tal vez incluso de reproche. En cierto momento, mientras exponía los detalles de una operación de desfalco, algo moralmente cuestionable pero que al lado de los demás cargos que le atribuían al acusado resultaba insignificante, se encontró utilizando un tono de fría desaprobación, como el de una esposa regañando a su marido por un pequeño descuido doméstico, como no lavar los platos, por ejemplo, en lugar de abordar su fragrante infidelidad o el hecho de haber apostado los ahorros de toda su vida.
En aquel momento vio con sorpresa cómo el acusado volvía la cabeza y miraba en dirección a los intérpretes. Hasta ese momento había permanecido casi inmóvil en su silla, mirando fijamente al frente, como si el juicio no le atañera, como si todo el asunto estuviera por debajo de él, aunque el resultado, a los ojos de Amina, no era una apariencia de dignidad; más bien parecía un adolescente hosco al que se reprende por alguna falta de la que se niega a arrepentirse. En las cabinas situadas en la entreplanta había una media docena de intérpretes, era casi imposible que supiera cuál lo interpretaba a él, ella nunca lo había visto levantar la mirada hacia ellos. Se obligó a mantener la voz serena y a concentrarse en la tarea que tenía entre manos, lo último que quería era distraerse. Aun así, no pudo evitar observar con disimulo al acusado cuando este recorrió con la mirada las cabinas acristaladas por la parte delantera.
Él se detuvo, tal vez al advertir los ojos de ella sobre él, y se volvió en su silla para mirarla directamente. Amina no pudo evitar que se le trabara la lengua, se disculpó, casi perdió el hilo de lo que decía. Él continuó mirándola con una sombría expresión de satisfacción en su rostro atractivo, tal vez porque había logrado intimidarla y hacerla titubear. Ella percibió de pronto, incluso a través de la pared de cristal que los separaba, toda la fuerza de voluntad de ese hombre. Se estremeció y bajó la mirada. Continuó traduciendo, garabateando en el bloc como si tomara notas. Cuando volvió a levantar la vista él se había vuelto y miraba de nuevo al frente, con una expresión tranquila y meditabunda.
No volvió a mirarla. Pero ella notó que le había cambiado la voz, no había podido evitar acobardarse. La siguiente vez que tuvo que recitar la letanía de las atrocidades cometidas por el acusado, adoptó un tono suplicante, al que el acusado respondió con una sonrisa casi imperceptible. Por alguna razón ahora le incomodaba presentarle todos sus crímenes, esas atroces acusaciones que ella solo se limitaba a pronunciar en nombre del tribunal. No disparéis al mensajero, estuvo a punto de añadir, hasta que recordó que eso era precisamente lo que hacía el acusado, podría haber estado incluso en la lista de sus delitos. Aunque sabía que el hombre no podía hacerle nada, tenía que admitir que estaba asustada, era un individuo que le inspiraba miedo, que aun sentado inmóvil irradiaba poder.
Pero no era exactamente miedo lo que sentía sino culpa. Se sentía culpable en presencia del acusado, un sujeto deleznable sobre el que no tenía ninguna responsabilidad, aparte de traducir debidamente lo que se decía en la sala y hacer su parte para asegurarle un juicio justo. Ella no era responsable de su felicidad, aunque dudaba que hubiera sido feliz desde que lo había detenido el tribunal. Era un hombre sin moral de ninguna clase, y sin embargo lo que ella sentía hacia él era de orden moral. Era ilógico, carecía por completo de sentido. Llegó a la conclusión de que era el magnetismo del hombre lo que había inducido a miles de personas a cometer terribles actos de violencia; de nuevo, no había en él nada burocrático ni banal. Era un cabecilla en todos los sentidos de la palabra, pensó ella mientras se inclinaba hacia el micrófono y continuaba traduciendo, sin prisa pero sin pausa. Él no se volvió para mirarla, no la miró más después de ese instante. Pero a posteriori ella comprendió que ese había sido su primer encuentro con el diablo.
El día transcurrió sin incidentes y ya anochecía cuando me fui del tribunal. Estaba lloviendo y, mientras abría el paraguas mirando al cielo, me sonó el teléfono. Volvía a ser Jana. Casi antes de que yo contestara, me dijo que acababa de llegar a su edificio. Hay cinta policial, añadió.
El ruido de la lluvia sobre el paraguas era casi ensordecedor y me costaba oírla. Me estaba llamando alguien más. Bajé el móvil y vi que era Adriaan. Llovía con más intensidad ahora. Volví a llevarme el teléfono al oído mientras seguía vibrando.
¿Qué quieres decir?
En la calle lateral, el pasaje. ¿Sabes de qué hablo? Lo tomo a menudo al volver del tranvía. Está cerrado con cinta policial. Anoche debió de pasar algo.
El teléfono seguía sonando. Jana, dije, tengo otra llam…
No hay señales ni nada. Pero el pasaje está cortado.
El teléfono había dejado de vibrar.
Jana…
Luego te llamo.
Colgó, y antes de que pudiera guardarlo, vibró de nuevo, era un mensaje en el que se me informaba de que tenía una llamada perdida, y lo seguía un segundo mensaje, de Adriaan, diciendo que llegaría diez minutos tarde y disculpándose por adelantado.