Jane Fairweather
—Entonces es que está loca y se…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
—Entonces es que está loca y se ha mordido ella misma —afirmó tranquilamente lady Montgomery.
Lord Savill agarró a su madre de las manos y dijo con firmeza:
—Padre ha perdido la cabeza. Seguro que te das cuentas. Debemos enviarle lejos, por el bien de todos. Te atacó el otro día... Te confundió con sus huevos del desayuno.
Lady Croft asintió.
—Madre, hace quince días me persiguió con el atizador. ¿Y si Richard no puede salvarme la próxima vez?
Lady Montgomery sacudió la cabeza.
—Era todo una broma. No quería hacerte daño. Tiene un humor extraño. Algunos hombres son así. No le haría daño ni a una mosca. Es tan tierno... Siempre lo ha sido. Bueno, voy a despedir a esa sirvienta mentirosa e intrigante…
Desasiéndose, se dirigió a la puerta.
—¡Madre! —Lady Croft corrió tras ella—. Por favor, no puedes despedirla. No sería justo.
Jane fijó los ojos en lord Savill, que parecía demacrado. Él se acercó a la cama y se sentó.
—Lo siento —dijo ella con voz queda—. Debes de estar muy preocupado por él.
—No me importa que esté loco —contestó él—. Su estado no me afecta. Es mamá quien me preocupa.
Miró el fuego, ensimismado.
Ella le observó un momento, acongojada por su pena. El rostro de su marido comenzaba a reflejar la batalla que se libraba dentro de él. Los músculos se crispaban bajo su piel, agitados, y la vena de su cuello palpitaba visiblemente.
Jane se acercó apresuradamente al pequeño escritorio del rincón y encontró una hoja de papel en blanco y una pluma. Mojó la pluma en el tintero y empezó a dibujar con trazos rápidos.
—Toma —dijo, sentándose a su lado—. Dime, ¿qué ves?
—Mis ojos.
—¿Y?
—Parecen... llenos de tristeza.
—Cada vez que alguien menciona a tu padre, esto es lo que veo. Te preocupas por él. Tus ojos lo dejan claro.
—Le detesto. Cree que soy ilegítimo. Está convencido de que mi madre tuvo una aventura. Se enfurecía con ella constantemente, hasta que perdió la cabeza. Puede que ella lo haya olvidado. Yo, no.
—Pero si sois como dos gotas de agua…
—Él no lo cree así. Y, pese a todo, mi madre se ha quedado a su lado. Ni siquiera ahora que él apenas recuerda quién es quiere abandonarlo.
—¿Por eso trabajas tanto?
Él levantó la mirada, sorprendido.
—¿Cómo lo has sabido?
—Soy pintora. He aprendido a observar y a captar los cambios de expresión y los gestos más nimios. Sé que estiras las piernas cuando intentas parecer tranquilo y en realidad estás preocupado por algo. Cuando inclinas la cabeza hacia un lado, no estás escuchando la conversación, sino pensando en algo totalmente distinto. Cuando vuelves la cara para sonreír, esa es tu verdadera sonrisa, no la que muestras al mundo.
—Me has estado observando.
Jane se sonrojó.
—Observo a todo el mundo.
—¿Con tanta atención?
Ella retorció la falda con los dedos.
—Te esfuerzas tanto por si acaso él le dice a la gente que eres ilegítimo.
Su marido asintió con la cabeza.
—Aunque tuviera que renunciar a mi título, conservaría mi riqueza y podría mantener a mi familia.
Ella le agarró por la barbilla y le obligó a mirarla.
—Tienes que dejar de lado ese dolor. Tu padre era un hombre celoso. Acéptalo. Amaba a tu madre hasta la locura y temía no merecerla, y tal vez no la merecía. Tú has reaccionado de manera parecida. Te has enfurecido conmigo simplemente porque he bailado con lord Chambers. Y
ni siquiera me tienes cariño.
El desvió la mirada.
—Soy como él.
—¿También temes perder la cabeza? ¿Es ese tu otro miedo? —
preguntó ella, apartando un rizo de su frente.
—Puede que sí.
—Prometo que no te enviaré al manicomio.
—Lo sé. Eres un poco como mi madre.
Ella le miró con sorpresa.
—Eso es un gran elogio.
Él se rio.
—Puede que ya haya empezado a volverme loco.
Jane se puso seria.
—Has hecho una montaña de un grano de arena, a partir de unos pocos incidentes de tu infancia. Si eres su vivo retrato, ¿cómo podría negar que eres hijo suyo? Tu madre no se lo reprocha. Perdónale.
—No puedo.
—Claro que puedes. Estás dolido porque le quieres. Piensa en las veces que se ha portado bien contigo. Háblame de eso.
—Algo bueno de él... Una vez talló un caballo de madera para mí.
—Eso es amor.
—Solíamos ir juntos al huerto a recoger manzanas. Después cortábamos flores, hacíamos un ramo para mamá y le dábamos una sorpresa.
Apoyó la cabeza en el regazo de Jane y ella se envaró.
Él no notó el cambio, pero continuó hablando:
—Mamá solía regañar a la cocinera si me daba demasiadas golosinas. Papá la regañaba cuando no me las daba. La pobre mujer no sabía qué hacer.
—Da la impresión de que tu padre te quería mucho.
—Sí, me quería y luego, un buen día, cambió.
—Ese fue el día en que comenzó a manifestarse su locura. No era culpa tuya. Era la enfermedad.
Guardaron silencio después de aquello y, cuando Jane pensaba que se había quedado dormido, él dijo:
—Tantos años de resentimiento no pueden desaparecer en un momento.
Se incorporó y Jane se apartó. Los ojos de Richard brillaban de nuevo, alerta.
Ella le sonrió.
—Tú adoras los retos. Piensa que esto es como tratar de conseguir algo de incalculable valor. Tu paz de espíritu. Es lo más importante del mundo.
Dejó de hablar al darse cuenta de que él ya no la escuchaba, sino que seguía con la mirada la forma de sus labios, de su mandíbula y su nuca.
Jane abrió los ojos desmesuradamente y se sonrojó al sentir que el deseo se deslizaba en la habitación como una serpiente lenta y peligrosa.
Aquel cambio en la atmósfera la sobresaltó. Retorció la colcha y se apartó un poco más de él. Se quedó sin respiración cuando su espalda chocó contra el cabecero de terciopelo de la cama.
¡Con qué rapidez había surgido el deseo! Nada más anunciar su presencia, había sofocado las demás emociones.
Él observó cómo se retorcían sus dedos y cómo subía y bajaba su pecho agitado. Sus ojos brillaron, llenos de regocijo y de un conocimiento mucho más amplio y mundano que él de ella.
Jane miraba su rostro, embelesada por sus duras facciones, que contrastaban vivamente con su boca suave y tentadora. La piel de Richard resplandecía, dorada a la luz del fuego, y su aroma masculino, a especias cálidas y a brandy, se abría paso hasta ella y se dejaba sentir en su lengua.
Sintió que le pesaban los párpados y que su boca se ablandaba, y dejó escapar un suave suspiro.
Él ladeó la cabeza y sus ojos se oscurecieron, triunfantes, al recorrer su semblante. Se inclinó hacia ella, la agarró de la nuca y la besó.
Un beso suave y delicado. Tan fugaz que ella apenas lo notó.
Jane levantó la mano; quería tirar de él, atraerle de nuevo hacia sí, pero no se atrevió a seguir adelante.
—No ha estado tan mal, ¿verdad? —preguntó él con ligereza.
Ella dejó escapar un gemido y negó con la cabeza, y él se rio.
Pasado un momento, se puso serio.
—¿Jane?
Los ojos de ella se agrandaron. ¿Se había dado cuenta de que la había llamado por su nombre?
—Jane —repitió él como si le hubiera leído el pensamiento—.
¿Puedes ocuparte de pagar a la criada lo que le corresponda y procurar que tenga un lugar al que ir?
—La enviaré con mi madre. Necesitaba una doncella nueva.
Él asintió.
—Mandaré que un carruaje la lleve a Finnshire por la mañana.
Ella salió de la habitación, ansiosa por cumplir sus órdenes. Era la primera vez que hacía algo en su calidad de esposa y miembro de la familia, y quería hacerlo bien.
Y por primera vez, mientras sostenía a la criada llorosa en sus brazos y trataba de tranquilizarla, se sintió como una mujer casada. No era una sensación desagradable. En absoluto.
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Capítulo Veintiuno
Lady Montgomery estaba tomando café en el sofá de la sala de estar mientras Jane escribía cartas, sentada en el escritorio.
La mañana era brumosa y una luz difusa entraba a raudales por la ventana abierta. Corría una brisa delicada, perfumada por las últimas rosas de la temporada.
Había una carta de Penélope sobre el escritorio. Jane la levantó con cierta inquietud. Debajo había otra carta, de Celine, y debajo otra de Dorothy. Y, por último, había una carta de su hermana menor, Elizabeth.
Cogió primero la de Lizzy. La señorita Elizabeth Fairweather y ella no se llevaban bien. Se peleaban constantemente, y la mayoría de los días Jane hacía como que no tenía una hermana pequeña. Era más fácil así.
Abrió la carta y leyó su contenido.
Jane:
Te escribo porque papá se ha empeñado en que lo haga. Dice que es mi deber como hermana tuya que soy.
No me gusta tener hermanas. Tardo toda la mañana en escribiros.
No pude asistir a tu boda porque mamá no me despertó. Papá se puso furioso cuando se enteró de lo que había hecho mamá. No se hablan desde entonces.
Yo no destrocé tu cuadro. Me enfadé porque pensaras que era capaz de hacer algo tan horrible y no me esforcé por explicarme.
No sabía que te casarías tan rápido y te irías. Creía que no ibas a casarte nunca o que, si te casabas, te enviarían de vuelta a casa enseguida.
Supongo que ahora pasarás mucho tiempo sin visitar Finnshire.
No te echo de menos y me alegro de que te hayas casado. Ahora tengo tu pianoforte, las sillas de terciopelo verde y el tocador de marfil.
Mamá dice que puedo quedármelo.
También dice que debutaré el año que viene. Estoy contentísima. Me quedaré en casa de Penny durante la temporada. Es a la que más quiero.
¿Vas a volver a casa pronto? Solo lo pregunto porque mamá quiere saberlo, no porque me acuerde de ti.
Mary, la vaca, ha dado a luz a una ternera sana. Tiene las patas muy largas y parece muy torpe cuando anda. Además, tiene cara de loca.
Esperemos que su aspecto mejore a medida que crezca. Estoy pensando en llamarla Jane.
Con cariño,
Elizabeth
Jane leyó entre líneas y no supo si reír o llorar. Por un momento, se sintió transportada a Finnshire, donde todo el mundo sabía su nombre y ella conocía cada sendero y cada árbol.
Lizzy, su hermana pequeña y la más mimada, no se parecía en nada a ella. Mientras que Jane vivía en un mundo de fantasía y trataba de plasmar sobre el papel su caótico mundo interior, Lizzy vivía el momento. No tenía espacio para las mentiras piadosas ni deseo alguno de moderar su lengua afilada. Amaba la vida y disfrutaba de cuanto le ofrecía. Adoraba la ropa, las joyas y la buena comida. Mientras que ella apenas se acordaba de comer, Lizzy decidía lo que iba a cenar mientras todavía estaba desayunando.
Lizzy rebosaba afecto. Abrazaba a la gente sin pensarlo, bailaba como si nadie la viera, cantaba aunque asustara con ello a los animales de la granja.
Mientras que a ella el mundo la aterrorizaba, Lizzy veía la vida como una gozosa aventura.
Jane sonrió. De pronto, sus constantes encontronazos con su hermana le parecían pueriles. Sabía que Lizzy no había estropeado su cuadro; se había enterado más delante de que en realidad había sido la cocinera más joven quien lo había hecho.
Recordó las duras palabras que le había dirigido a su hermana pequeña en un arrebato de furia y sintió una punzada de arrepentimiento. Se apresuró a escribirle, con palabras llenas de calidez.
Nunca había sido una persona efusiva y, sin embargo, al releer lo que había escrito, se dio cuenta de que había cambiado y estaba aprendiendo a expresar sus sentimientos con más claridad y franqueza. Tal
vez hubiera sido el repentino abismo que se había abierto entre ellas después de su boda lo que la había hecho darse cuenta de que, si no decía lo que sentía, nadie la comprendería nunca.
Selló la carta y la puso en la bandeja de plata del correo. Miró a lady Montgomery, que había empezado a rascarse la peluca con un bastón corto.
Una araña apareció en la masa plateada que coronaba su cabeza y desapareció al instante.
Jane se estremeció y abrió la carta de Penélope.
Querida Jane:
Estamos convencidos de que lord Savill te está tratando mal. Nos preocupa habernos precipitado al casarte con él. Fue un gesto egoísta.
Para salvarle la vida al duque, tal vez hayamos arruinado la tuya. Hemos pasado por alto tu felicidad y te hemos metido en una situación muy difícil.
¡Cataplún!
Jane se levantó de la silla bruscamente. Salió corriendo de la habitación y encontró a lady Croft en el suelo, al pie de la escalera. Se agarraba la pierna con las manos y tenía la cara crispada de dolor.
—¡Angélica! —Lady Montgomery se desmayó al verla.
Jane la sujetó justo a tiempo.
—¡Gibbons, Belcher! —gritó—¡Bella!
El mayordomo entró corriendo. Al instante, ayudó a Jane a tumbar a lady Montgomery en el suelo.
—¿Está lord Savill en casa? —Jane apoyó la cabeza de su suegra en su regazo y comenzó a quitarle los alfileres de la peluca.
—No, señora, y lord Montgomery está durmiendo.
Ella tiró la peluca a un lado.
—¿Puede llevar a lady Montgomery a su habitación y pedirle al ayuda de cámara que me ayude a subir arriba a lady Croft?
El mayordomo no perdió el tiempo. Levantó rápidamente a lady Montgomery en brazos y se dirigió a su alcoba.
—Bella —dijo Jane—, rápido, un poco de láudano y un paño frío.
El ayuda de cámara apareció junto a ella y entre los dos llevaron a lady Croft, dolorida, a su habitación.
—El médico —ordenó Jane mientras la arropaba.
—Me duele —se quejó lady Croft, abriendo los ojos.
Jane agarró el frasquito que le tendía Bella y la acercó a la boca de lady Croft.
—Bebe.
Lady Croft no discutió. Bebió un trago generoso.
—Pronto te encontrarás mejor —la tranquilizó Jane mientras le secaba la frente con un paño húmedo.
—Me he caído bajando las escaleras. Mi falda es demasiado larga.
Jane la empujó suavemente hacia atrás para que se recostara en la almohada.
—Chisss, el médico llegará enseguida. No hagas esfuerzos.
—Tengo un bálsamo. Me aliviará el tobillo. —Lady Croft cerró los ojos—. En mi armario.
Jane se puso de pie y empezó a buscarlo. Encontró el ungüento casi enseguida y descubrió además un alijo escondido de retratos.
Sacó uno y sus ojos se dilataron, llenos de sorpresa. Era un retrato de lady Montgomery, y el parecido era prodigioso. Aparte de eso, encontró varias hojas con hermosas acuarelas.
—Pintas —dijo, asombrada.
Lady Croft abrió los ojos de golpe.
—¡Cómo te atreves a hurgar en mis cosas!
—Me has pedido el bálsamo y por casualidad he visto esto.
Lady Croft torció el gesto y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Guárdalo.
—¿Por qué? Es una maravilla. Deberías enseñárselo a la familia.
—¿De qué serviría? ¡Oh, los odio a todos! Sobre todo, a Richard.
Jane sabía que era el láudano el que la hacía hablar así y, sin embargo, había un asomo de verdad en su voz.
Lady Croft continuó con amargura:
—Soy la hermana mayor, una viuda que depende totalmente de su hermano. No puedo decir lo que pienso para no ofenderle y que me eche de casa. Mi madre adora el suelo que él pisa y ahora has llegado tú, la señora de la casa. Me he ocupado de todo hasta ahora y de repente una extraña tiene más derecho sobre esta casa que su propia hermana.
—Nada de eso.
—Es cierto y lo sabes. A mí nadie me preguntó qué quería. Me casaron con un hombre obsesionado con la guerra que luego se dejó matar.
No tengo hijos de los que ocuparme ni un hogar que cuidar, nada. ¿Para qué quiero vivir?
Jane agachó la cabeza, incapaz de decir nada. Sabía que esa era la situación de muchas viudas. Y ella, que era mujer y tan orgullosa como lady Croft, podía comprender lo difícil que era aquello.
Los ojos de lady Croft brillaron.
—Hasta Georgiana te considera su mejor amiga.
Jane parpadeó. ¿Georgiana? ¿Qué tenía ella que ver con esto?
—Tenemos que considerarnos afortunadas —dijo con calma—.
Ambas hemos recibido las mejores herramientas y la mejor educación.
Puedes ocupar tus horas creando hermosas obras de arte y algún día esas obras tendrán el reconocimiento que merecen.
El enfado de lady Croft se disipó.
—Me alegro de que no hayas dicho que no tengo motivos para estar amargada.
—Te entiendo muy bien.
—Ojalá pudiera hacer algo más con mi vida —se lamentó lady Croft.
Jane debatió consigo misma un momento. Por fin estiró el brazo, cogió la pálida mano de su cuñada y se la apretó.
—Tengo un sueño... una idea a la que le he estado dando vueltas.
—¿Cuál?
A Jane le tembló la voz cuando formuló su más profundo deseo en voz alta por primera vez.
—Quiero abrir una escuela de arte para mujeres. Mujeres a las que les guste pintar, pero que no tengan la destreza o las herramientas necesarias para hacerlo. Mujeres viudas y sin dinero, repudiadas por su familia, o simplemente con talento, que necesiten un empujoncito y algunos colores para ganar destreza. Todas serán bienvenidas. Lo que se enseña en una academia para señoritas no tiene nada que ver con lo que aprenden los hombres estudiando con los grandes maestros. Nosotras podemos salvar esa brecha.
Lady Croft se incorporó.
—¿Una escuela de arte solo para mujeres?
—Exacto. ¿Te gustaría ayudarme a hacer realidad ese sueño? No sé cómo hacerlo, qué necesitaría, pero sabemos pintar y lo único que necesitamos es tiempo.
—Yo tengo tiempo de sobra. —Lady Croft agarró la almohada y la abrazó—. ¡Oh, qué idea tan maravillosa, Jane!
—Gracias, lady Croft.
—Llámame Angélica. Después de todo, ahora somos socias.
Jane sonrió y le tendió la mano. Angélica se la estrechó con firmeza.
—Creo que no deberíamos decírselo a nadie hasta que hayamos puesto las cosas en marcha —dijo Angélica, con voz llena de emoción.
Parecía haberse olvidado de su dolor.
—Estoy de acuerdo. Nos llevará un tiempo. He estado pensando en ello e, incluso si juntamos nuestras rentas anuales, necesitaremos unos cuantos mecenas.
—Entonces, será nuestro secreto.
Jane sonrió.
—Un secreto delicioso y extraordinario.
Se volvió al oír que llamaban a la puerta.
El mayordomo estaba en la entrada.
—Ha llegado el médico, señora, y también sus hermanas.
—¿Mis hermanas? —Jane puso cara de extrañeza.
—Sí, señora. Me han pedido que prepare tres habitaciones de invitados. Dicen que piensan quedarse indefinidamente.
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Capítulo Veintidós
Jane y lord Savill entraron juntos en el despacho y se sentaron en el lujoso sofá azul marino. La sombra moteada de las hojas del gran roble que había frente a la ventana temblaba en las paredes, y la aguda luz del sol y la leña que crepitaba en el hogar conferían un calor sofocante a la habitación.
Jane se levantó de un salto y abrió la ventana, dejando entrar el viento helado, que le arañó la piel como un manojo de ortigas. ¿Cómo se atrevían sus hermanas a presentarse allí, a instalarse en la casa y a exigirles que comparecieran en el despacho inmediatamente?
Lord Savill sacó su tabaquera y la miró fijamente, hizo una mueca de fastidio y se la guardó de nuevo en el bolsillo. Parecía resignado.
La Señora Williams cacareó con disgusto y Jane le dio una palmadita en la cabeza.
—Han fijado la hora y el lugar, ¡pero esta es mi casa!
—Calla —le advirtió lord Savill—. Mantén la calma. Oigo pasos.
Jane se sentó rápidamente a su lado y procuró recomponerse.
Sus tres hermanas entraron en la habitación como sendos torbellinos. Se habían vestido para intimidar. Su expresión era suave, ocultaban sus emociones y, sin embargo, Jane percibió la furia que les hervía bajo la piel. Un paso en falso y estallarían.
Tragó saliva. Su indignación se desvaneció dando paso al asombro.
Las delicadas manos de sus hermanas tenían un inmenso poder. No creía que nadie pudiera oponerse a ellas y salirse con la suya.
Penélope fue la primera en entrar, con el aspecto de una criatura del bosque que hubiera penetrado por error en una casita inglesa. Su vestido verde oscuro, bordado con hilo dorado, parecía fluir alrededor de su esbelta figura, y el toque de blanco de sus sienes realzaba su aura majestuosa. Miró a lord Savill y ahogó un grito.
Celine, sin un solo pelo fuera de su sitio, apareció a continuación con un hermoso vestido de color morado. Su semblante se alteró mínimamente. Solo alguien que la conociera muy bien se habría dado cuenta de que estaba sorprendida.
Por último, Dorothy entró deslizándose como una bailarina y aplaudió con alegría.
—¡Oh, qué maravilla de mascotas! Un guepardo y una gallina.
—El Señor y la Señora Williams —los presentó Jane.
—¿La gallina es la Señora Williams? —preguntó Celine.
—Naturalmente —sonrió Jane.
Lord Savill había demostrado astucia al traer al Señor Williams. La presencia del guepardo había desconcertado a sus hermanas. De repente, eran ellas las que estaban descolocadas.
Penélope se aclaró la garganta y tomó asiento lo más lejos posible del guepardo. Celine se sentó a su lado. Dorothy se acercó al guepardo con expresión maravillada.
—¿Puedo acariciarlo? —preguntó.
Lord Savill se encogió de hombros.
—Es un gato. Puede morderla o ronronear, dependiendo de su humor.
Dorothy echó una última y anhelante mirada al animal tendido a los pies de lord Savill y fue sentarse junto a sus hermanas.
—Estamos preocupadas —dijo Penélope poniendo su voz de duquesa—. Creemos que no está tratando usted bien a nuestra hermana.
Lord Savill se puso en pie. Jane le agarró de la mano y le hizo sentarse otra vez.
—Eso no es cierto, Penny —respondió Jane—. Y deberíais haber discutido esto conmigo en privado.
—Lo intentamos, Jane —la reprendió Celine con suavidad—. Nos dijiste que no pasaba nada y, aun así, lord Savill te evitó en el último baile.
Se comportaba como si hubiera visto a una pariente molesta cada vez que te veía, y se volvía hacia otro lado. Te hizo un desplante tras otro. Y luego te sacó del salón de la manera más escandalosa cuando estabas bailando con lord Chambers.
Jane tragó saliva. Aquellas palabras le dolían. No se había dado cuenta de que lord Savill la había evitado esa noche. Sus hermanas habían
estado muy pendientes de ella. Procuró que su expresión no se alterase cuando dijo:
—Fue una discusión sin importancia. Como las que tienen la mayoría de los matrimonios.
Celine sacudió la cabeza.
—Casi no has asistido a ningún baile con él, y ha acudido sin ti a la mayoría de la veladas.
—No me gusta salir. Prefiero quedarme en casa pintando —replicó Jane. La verdad era que su marido nunca le había pedido que le acompañara.
—Este es un asunto que solo nos concierne a nosotros —comenzó lord Savill.
Penélope se puso en pie. Un atisbo de ira empezaba a reflejarse en su rostro.
—Es nuestra hermana, una Fairweather antes que lady Savill. Se comporta usted como un hombre soltero. No fue eso lo que acordamos, milord.
—Excelencia —repuso lord Savill—, no he hecho nada...
—Precisamente —le cortó Celine—. No ha hecho nada para que este matrimonio funcione. No ha hecho nada para cortejarla.
—¡Me engañaron para que me casara! —bramó él.
—Ahora tiene una esposa —dijo Dorothy, tomando la palabra por primera vez—. Entiendo que las circunstancias que condujeron a este enlace no fueron las ideales, pero contrajo usted matrimonio. Jane tampoco quería casarse y, sin embargo, no veo que le evite o que les trate mal ni a usted ni a su familia. Incluso ahora está mostrando su lealtad dando la cara por usted, mientras que usted se niega incluso a reconocer su mala conducta.
»Cometimos un error, Jane —añadió Dorothy—. Te forzamos a este matrimonio y ahora tememos habernos equivocado. Quizá deberíamos haber permitido que el duelo siguiera adelante.
Celine se quedó mirando las llamas movedizas de la chimenea.
—¿Y si lord Savill te está tratando cruelmente? No podemos permitir que sufras el resto de tu vida por culpa nuestra. Cuando se casó y pronunció sus votos, esperábamos que los cumpliera. Que hiciera lo
honorable y, sin embargo, no estamos convencidas en absoluto de que sea así. Después de todo, apenas le conocemos.
Penélope dio un paso hacia lord Savill con expresión desafiante.
—Si no la está tratando bien, le obligaremos a cambiar de proceder.
El Señor Williams levantó la cabeza y se sentó sobre sus patas traseras.
Penélope retrocedió y, tras echar una mirada nerviosa al animal, dijo:
—Me temo que tendré que cancelar nuestro acuerdo, milord.
Lord Savill se puso en pie de un salto, y esta vez Jane no le retuvo.
—¡No puede hacer eso! —vociferó.
—Le daré la casa y las tierras con una condición —repuso Penélope con frialdad—. Que nos demuestre en los próximos días que es un buen marido para Jane y que ella es feliz.
—Soy feliz —dijo Jane frunciendo el ceño—. Es un marido encantador. De hecho —añadió con repentina sensualidad—, estamos enamorados.
Lord Savill pareció sobresaltarse. Miró a Jane, que le agarró la mano y se la apretó en señal de advertencia.
—Locamente enamorados —se apresuró a añadir él—. No estoy enfadado; al contrario, estoy encantado. Les agradezco mucho que nos hayan unido. En cuanto a las circunstancias, puede que estuviéramos destinados a estar juntos. El mundo entero se confabuló para que nos encontráramos. Jane, mi querida locuela, mi salserita humeante, no quería casarse y tal vez esta era la única manera de que...
Jane volvió a apretarle la mano para que dejara de parlotear.
Celine puso los ojos en blanco.
—No le creo.
—Entonces, le haremos cambiar de opinión —dijo él, sonriendo—.
Pueden quedarse todo el tiempo que quieran, pero, si acaban por convencerse, me entregarán la propiedad antes de irse en lugar de esperar hasta fin de año.
Penélope consultó con Dorothy y Celine en voz baja. Pasado un momento, dijo:
—De acuerdo, entonces. Nos quedaremos quince días.
Jane miró a lord Savill batiendo las pestañas y apoyó la cabeza en su brazo.
Él se puso rígido.
Ella se enderezó rápidamente y dijo:
—Debo ocuparme de la cena e informar a la cocinera de que tenemos invitadas. ¿Por qué no vais a dar un paseo? Lord Savill ha mandado hacer una pequeña cascada en el jardín oriental. Seguro que te gustará, Penny.
Sus hermanas se marcharon, dejándolos solos. Se miraron el uno al otro y luego miraron la puerta.
Él le cogió la mano y la atrajo hacia sí.
—Hablaremos esta noche —le susurró al oído.
Ella contuvo la respiración hasta que la soltó.
—Les encanta escuchar a escondidas. Tendrá que ser muy tarde.
Él asintió.
—Hasta esta noche, entonces.
—Espera, una cosa más.
—¿Sí?
—No vuelvas a llamarme «salserita humeante» o te saco un ojo.
—Como quieras, querida locuela.
Se rio cuando Jane le lanzó un cojín a la espalda.
El resto del día transcurrió apaciblemente. Jane se acomodó en el sillón de la sala de estar con sus hermanas, Georgiana, lady Montgomery y lady Croft y estuvieron cotilleando hasta bien entrada la noche.
El médico había examinado el pie de lady Croft y había dictaminado que solo tenía una torcedura; no estaba roto.
Mientras bebía una copa de vino, Jane observó a su familia reír y cantar, y aquel instante la llenó de intensa felicidad. Era delicioso tener invitadas de cuya compañía disfrutabas, aunque esas invitadas fueran damas extremadamente poderosas y entrometidas.
✽✽✽
Jane contemplaba por la ventana abierta la gigantesca luna que flotaba en el cielo nocturno como una gota de aceite en un cuenco de agua oscura.
El aroma de la lluvia, la hierba y las rosas llegaba hasta ella. Aspiró profundamente.
Comenzó a soplar una brisa fría y penetrante que hizo parpadear las velas. Se frotó los brazos, lamentando no haberse puesto un grueso camisón de lana en lugar de la fina bata de seda color crema que llevaba sobre la combinación.
Un golpe en la puerta la hizo volverse.
—Jane —dijo Penélope desde la puerta. Sus ojos pasaron de la cama a la ventana abierta—. Me preguntaba si tenías brandy. Estoy un poco constipada.
Jane notó que los ojos de su hermana recorrían la habitación. Se alegró de haber tirado la camisa de lord Savill en la silla.
—Puede que tengamos algo en el armario del salón. Lord Savill lo sabrá.
Penélope se encogió de hombros.
—Bueno, creo que puedo esperar hasta mañana. ¿Tu marido está dormido?
—No —respondió Jane, confiando en que fuera cierto.
—Ya veo. ¿Y vas a reunirte con él?
Jane se sonrojó.
—Sí.
—Os dejaré solos, entonces. Ya buscaré el brandy por la mañana.
Jane la vio marcharse y fijó los ojos en la puerta que conducía a la habitación de su marido. No tuvo que esperar mucho.
Lord Savill entró con paso enérgico. Tenía el pelo alborotado y la camisa medio desabrochada, como si se hubiera acordado de su promesa de encontrarse con ella mientras se desvestía para acostarse. Le brillaban los ojos bajo los pesados párpados y tenía la boca apretada en una mueca de enojo.
Jane le observó acercarse a ella y deseó tener un poco de carboncillo para dibujarle. Estaba magnífico, como un héroe griego que hubiera cobrado vida. Su piel morena, que asomaba por encima de la camisa, era terriblemente tentadora. Deseó poder transformarse en el Señor Williams
por un momento, recostar la cabeza en su regazo y ronronear de placer, y tal vez incluso mordisquearle.
—Bien —dijo él.
—Sí, bien. —Jane se sentó en la cama y volvió a levantarse al instante.
—Estamos en un brete.
—Penélope vino hace un momento pidiendo brandy.
—Ya veo. El espionaje ha comenzado.
—Interrogarán a los sirvientes.
Él contempló su pelo y sus mejillas sonrojadas.
—Tendrás que entrar en mi habitación por la mañana y acostarme en mi cama antes de que se despierten los criados.
Ella tragó saliva.
—Entiendo. ¿Y si no me despierto a tiempo?
—Entonces, tendrás que dormir conmigo.
Jane dio un paso atrás.
—Imposible.
—No te tocaré.
Se hizo el silencio en la habitación, y las palabras quedaron suspendidas pesadamente en el aire. Jane sintió que un sofoco se apoderaba de todo su cuerpo, y se volvió de nuevo hacia la ventana. Agradeció que el frío rozara su piel acalorada.
Celine entró de pronto en la habitación.
—¡Vas a pillar un resfriado de muerte!
—¿Qué quieres? —preguntó Jane, enojada.
—Cierra la ventana y ven aquí.
Jane hizo lo que su hermana le pedía.
Celine se cruzó de brazos.
—Necesito una cinta para mi sombrero.
—¿Una cinta?
—Sí, una cinta azul. No podré dormir hasta que lo arregle.
—Tienes seis sombreros —dijo Jane ,irritada—. Me los has enseñado esta tarde.
—Me gustan los sombreros. —Celine se encogió de hombros.
—¿Para eso has venido, para buscar una cinta para tu sombrero? ¡Es más de medianoche!
—¿He interrumpido algo? —preguntó Celine, mirándolos a ambos.
—¡Fuera! —le espetó Jane—. Te daré el sombrero por la mañana.
—Querrás decir la cinta.
—¿Qué?
—Has dicho que me darías el sombrero. Lo que necesito es una cinta...
Jane no la dejó terminar la frase. La sacó de la habitación.
—¡Buenas noches! —dijo Celine con una carcajada.
—Tus hermanas… —Lord Savill meneó la cabeza.
—¿Qué pasa con ellas? —preguntó ella poniéndose a la defensiva.
—Son maravillosas —sonrió él.
Jane se derritió.
—Esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
Lord Savill dio un paso hacia ella y le cogió la mano con cuidado.
Se quedó mirando sus dedos tanto tiempo que Jane empezó a inquietarse.
—Gracias —dijo él finalmente.
—¿Por qué? —Le miró con sorpresa.
—Por salvar a mi madre. Por cuidar de mi hermana cuando se torció el tobillo. Por mantener en secreto la verdad sobre nuestro matrimonio y, sobre todo, por decirle a tu hermana que me entregue las tierras en cuanto termine esta farsa.
—¿Por qué son tan importantes esas tierras para ti?
Él le apretó la mano casi hasta hacerle daño.
—Mi abuelo pasó por un bache económico y tuvo que vender su casa, la casa en la que se crio mi padre. Antes de perder la cabeza, papá quería volver a comprarla. Había sido feliz allí. El hombre que la compró había estado enamorado de mi madre. Se negó a venderme el terreno por más dinero que le ofrecí.
Jane respiró hondo.
—Ya veo.
Lord Savill dio un paso más hacia ella y habló con seriedad.
—No quiero enviar a mi padre al asilo de Bedlam. Quiero que viva cómodamente, pero lejos de esta casa. Se está convirtiendo en un peligro para todos nosotros. Si su estado sale a la luz, será un escándalo. Quería comprar esa casa para que viviera allí con todo el servicio que fuera
necesario. Yo estaría pendiente de él, mi madre estaría más tranquila y él sería feliz.
Los ojos de Jane se llenaron de lágrimas.
—Convenceré a mis hermanas —dijo enérgicamente—. Haré todo lo propio de una esposa. Te cortaré los cigarros, te compraré corbatas, te mancharé la camisa y le pediré al ayuda de cámara delante de mis hermanas que la lave. Haré todo lo que he visto hacer a mi madre por mi padre y a Penélope por el duque.
—Eres muy amable. —Lord Savill le acarició cariñosamente la mejilla con los nudillos.
—Soy una tonta con el corazón muy blando —convino ella.
Él soltó su mano y tomó asiento.
—Si hacemos esto, tenemos que hacerlo bien. Tenemos que hablar cada noche y descubrir qué nos gusta y nos desagrada a cada uno.
—Esas diablillas son muy astutas —asintió ella con fervor—. No se dejarán convencer fácilmente.
—Tendré que tomarte de la mano o besarte en la mejilla.
Ella se agarró la bata y la retorció.
—Deberíamos practicar lo de tomarnos de la mano para que parezca natural.
—Y también los besos.
—Los besitos —puntualizó ella.
La expresión de lord Savill se volvió repentinamente intensa.
—Tienes que contármelo todo.
Jane tragó saliva con nerviosismo. La turbia mirada de su marido le estremecía el corazón.
—Lo haré.
—¿Quién es lord Chambers y por qué parecías tan feliz en sus brazos la otra noche?
Ella parpadeó.
—¿Aún lo recuerdas?
—Responde.
Le sorprendió su repentino tono cortante.
—Lord Chambers se ocupa de mi obra. Administra mis finanzas y busca compradores para mis cuadros. Tú tienes algunos cuadros míos.
Debes de haber tratado con él.
—Fue hace tiempo y había olvidado con quién negocié la compra.
Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Por qué estabas tan contenta?
—La Real Sociedad de Artes está considerando aceptarme como miembro.
Los ojos de lord Savill centellearon. La agarró por los hombros.
—¿La Real Sociedad de Artes? ¿De verdad?
Ella asintió.
—¡Eso es maravilloso! —Sonrió, la levantó en brazos y la hizo girar.
Jane se rio, encantada con su reacción. Era tan inesperada… Había supuesto que se enfadaría. En cambio, parecía radiante de alegría y orgullo.
—¡Bájame! —chilló, riendo.
Él lo hizo, pero lentamente, dejando que se deslizara a lo largo de su cuerpo.
Y entonces la besó. Fue como si el pedernal golpeara el hierro.
Jane ahogó un gemido contra sus labios y él la besó con más ardor.
Su boca se movió sobre la de ella con una ternura insoportable.
Jane le agarró de la camisa y lo atrajo hacia sí. Quería más. Sin darse cuenta, se puso de puntillas y empezó a perder el control. Una niebla se apoderó de su mente. Ya solo podía pensar en él; no sentía ni percibía ninguna otra cosa.
La puerta se abrió de golpe y Dorothy apareció en el umbral.
Jane se echó hacia atrás para apartarse de su marido y se tambaleó.
Él la sujetó por la cintura, como si supiera que se caería si la soltaba.
—Seguid, seguid —dijo Dorothy con una sonrisa—. Solo he venido a espiar.
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Capítulo Veintitrés
Lord Savill se fue a su habitación para desvestirse y acostarse y Jane decidió ponerse un ligero vestido de muselina blanca en lugar de su fino camisón.
Habían decidido que era preferible que ella compartiera su cama en lugar de entrar en su alcoba todas las mañanas para reunirse con él antes de que se levantara el servicio.
Cuando entró en su dormitorio, sintió un cosquilleo en el estómago.
Él estaba tumbado en la cama, con la colcha subida hasta los hombros. La miró con los ojos entornados.
—Prefiero este lado de la cama —dijo Jane con voz un poco vacilante—. Está más cerca de la chimenea.
Lord Savill se encogió de hombros y se cambió de lado.
Jane lamentó que no se hubiera puesto a discutir. Habría facilitado las cosas. Ella había llegado erizada como un caniche enfadado, dispuesta a arrancarle la cabeza de un mordisco, pero él no parecía dispuesto a picar el anzuelo.
Jane se acercó a la cama y él se subió la colcha hasta la barbilla.
Ella frunció el ceño.
—No voy a abalanzarme sobre ti.
—Eso espero —refunfuñó él.
Jane metió en la cama con un resoplido y le dio la espalda.
La leña crepitaba en la chimenea y el viento aullaba fuera al chocar contra Bellmore Hall, intentando encontrar la manera de entrar.
Lord Savill se apoyó en el codo y, cuando apagó la vela de un soplido, el aroma familiar de la cera de abeja llenó el aire. Volvió a tumbarse y todo quedó en silencio.
Jane sabía que estaba despierto y que sabía que ella también lo estaba.
Se quedaron mirando cada uno una pared, deseando dormirse.
Un silencio incómodo flotaba en el aire, como un babuino colgado de la cola en un árbol. Jane sentía el cuerpo tenso, como si se estuviera preparando para algo. Le dolían los hombros y el cuello por la tensión y no lograba respirar con calma.
Él soltó un ronquido, y ella sintió que sus músculos se derretían y se relajaban por fin.
Una tenue sonrisa de alivio jugueteó en sus labios. Todo saldría bien. Podía manejar aquella situación. Solo era cuestión de unos días.
Cuando se despertó, era de día.
El sol entraba por la ventana y el polvo bailaba entre sus rayos. El extraño mobiliario y el olor masculino de la habitación la pusieron alerta de inmediato. Se sobresaltó al descubrir que tenía la cabeza apoyada en el hombro de lord Savill.
Le miró. Estaba dormido. Sus suaves pestañas descansaban sobre sus mejillas. Ya no parecía un lord, sino un joven muy apuesto. Tenía una cicatriz en la frente y pequeñas pecas de color canela en la aristocrática nariz.
Respiró hondo suavemente y trató de zafarse de sus brazos. Él la apretó con más fuerza.
¡Dios santo! ¡Pensaba que era su amante!
Lord Savill giró la cabeza y le besó la frente, adormilado.
Ella se quedó paralizada, como un pajarillo entre las fauces de un depredador. Cuando él empezó a acariciarle el cuello, dijo con voz aguda:
—Te estás propasando.
—¿Qué? —Él se despertó, parpadeando.
—Me has besado. Pensé que habías dicho que no lo harías.
—No te he besado.
—Sí que lo has hecho.
—¿Por qué estás en mis brazos?
Ella se apartó.
—Debo de haberme girado sin querer mientras dormía.
—Es probable.
Jane le miró con enfado.
—Me sorprende que puedas caminar con esa cabezota pegada al cuello y no te desplomes.
—Soy irresistible. No has podido evitarlo. Te perdono.
—No me gustas.
—Acércate. —Dobló el dedo y lo movió—. Y veremos quién tiene razón.
Ella se levantó de un salto de la cama.
—Mis hermanas deben de estar esperando. Tengo que irme.
Él se rio, triunfante.
✽✽✽
Sus hermanas fueron implacables. Durante los días siguientes, lord Savill y Jane las encontraron escondidas en jarrones gigantes, detrás de las cortinas e incluso aferradas a la hiedra junto a la ventana de su dormitorio.
Jane, por su parte, representó a la perfección el papel de esposa cariñosa y abnegada. Untaba las tostadas de lord Savill con mantequilla, le servía café, batía tanto las pestañas que algunas se le caían y se sonrojaba cada vez que él le sonreía.
Le agarraba de las manos hasta que empezaban a sudarle, le susurraba tonterías al oído y se reía de todo lo que decía.
Él le correspondía, como una pelota rebotando de un lado a otro. Si Jane le sonreía, él la besaba en la mejilla. Si hacía algo por él, la besaba en la frente o en la mano.
Era encantador, Jane tenía que admitirlo, y actuaba mejor que ella.
Le traía pequeños regalos, flores, dulces y cintas, y la miraba como si fuera la criatura más maravillosa del mundo.
Una mañana hizo que los sirvientes esparcieran pétalos el camino que iba de la alcoba a la salita de desayuno, para que Jane comenzara el día con el perfume de las rosas de damasco.
La familia se alegraba de aquel cambio. Pensaban que la pareja por fin se estaba enamorando.
Jane y lord Savill no estaban tan contentos. Se estaban cansando de actuar y de medir siempre sus palabras.
Un día, al salir a pasear con lord Savill, Jane dio una patada a una piedra del camino, lanzándola al lago. Hacía bastante frío, y el intenso olor
del agua helada y de las hojas que se iban marchitando anunciaba la llegada del otoño.
Luego dio un puntapié a un montón de hojas y las vio volar junto con su zapato.
Lord Savill se detuvo.
—No te muevas.
Se quedó helada cuando él agachó, le levantó el pie y le puso el zapato, sonriéndole.
—Todavía nos están siguiendo.
Jane miró hacia atrás y vio que un arbusto que correteaba tras ellos se paraba de repente.
—Quiero que se vayan a su casa.
Él suspiró. El esfuerzo que le costaba mantener la farsa empezaba a entreverse en su mirada.
—¿Cuánto tiempo tenemos que seguir paseando? El sol está empezando a quemarme la piel.
—Yo también estoy cansada.
—¿Crees que ellas lo estarán? —preguntó él, señalando con la cabeza el arbusto.
—Es hora de averiguarlo. —Jane se acercó a la bola de hojas y ramas—. ¡Largo de aquí!
Sus hermanas se levantaron y la miraron compungidas. Parecían acaloradas y sedientas, y tenían ramitas y hojas que les sobresalían del pelo.
Jane apoyó una mano en la cadera. Sus ojos ardían de furia.
—Tenéis que dejar de seguirnos.
Penélope enderezó la espalda.
—Solo intentamos saber si te trata bien.
Lord Savill pasó a su lado discretamente.
—Voy a decirle a la cocinera que prepare un pudin de grosellas.
Aprovechando que nadie le miraba, emprendió la huida.
Jane agarró la mano de Dorothy.
—Tenéis que confiar en mí. Soy feliz aquí y estáis estropeando las cosas en lugar de arreglarlas. Todo iba perfectamente hasta que llegasteis.
Dorothy frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Jane desvió la mirada, incapaz de explicarles que lo que ella deseaba era un matrimonio sin amor. Aquella farsa estaba empezando a confundirla.
Ya no sabía qué era real y qué inventado. No quería sentirse atraída por su marido y si las cosas seguían así... Se estremeció. Las consecuencias serían terribles.
El otro día, sin ir más lejos, él le había quitado una miguita del labio, y la forma en que la había mirado... Cruzó los brazos y se apartó de sus hermanas.
—Queremos que seas feliz —dijo Celine.
—Soy feliz. ¡Sois vosotras quienes me estáis haciendo desgraciada!
—soltó Jane.
—Eres muy tímida y nunca te abres —repuso Penélope—. Eres frágil. Nos preocupamos por ti.
Jane las fulminó con la mirada.
—¿Creéis que no tengo el ímpetu de una Fairweather? ¿Que soy una mansa ovejita?
—Eres como un cachorro perdido y tembloroso —respondió Dorothy—. No te gustan los enfrentamientos, te asustas con facilidad, y tu figura y tu piel delicada no contribuyen a mejorar las cosas. Dudo que pudieras ahuyentar ni siquiera a una ardilla un poco traviesa.
La voz de Jane sonó tan fría como el viento del norte.
—Puede que no me gusten las multitudes, los bailes y las fiestas, pero, si alguien me hace daño, tengo el valor de defenderme.
—Eres demasiado tierna —objetó Celine.
Una especie de rabia se apoderó de Jane. Se le pusieron las orejas coloradas y apretó los labios en una mueca de rebeldía. Sus hermanas no tenían derecho a tratarla como a una niña apocada. Era hora de ponerlas en su sitio.
Respiró hondo y, soltando un grito que sonó tribal y primitivo, empujó a Celine, a Dorothy y por último a Penélope, tirándolas al gélido lago.
—A ver si así escarmentáis y veis por fin la verdad —dijo abriendo de golpe su sombrilla—. Que paséis buena tarde.
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Capítulo Veinticuatro
Bella descorrió las cortinas y la luz de la mañana entró de repente, golpeando a Jane como una bofetada. Al espabilarse, encontró su té junto a la cama y su cabeza apoyada de nuevo en el hombro de lord Savill.
Intentó controlar su respiración. No quería que él se despertara y la encontrara así. Su olor era embriagador, una mezcla de madera, cuero y tabaco caro.
Se descubrió acariciando su brazo y se le desorbitaron los ojos, horrorizados. Saltó de la cama y decidió que tenía que alejarse de él por un tiempo.
Miró su cara dormida una última vez y luego ordenó a sus piernas que se movieran y la llevaran a su habitación.
«Eres una desvergonzada», se reprendió a sí misma. Pensamientos horribles, en los que se veía besándole o acariciando su piel, saltaban en su cabeza de vez en cuando como ranas en un estanque.
Necesitaba salir de la casa. Tal vez un paseo enfriara su imaginación calenturienta.
Se puso un vestido azul de paseo y salió.
Hacía un día precioso. El sol brillaba tenuemente en el cielo, como una vela a través de un suave paño de muselina gris, y una leve niebla matutina se había acumulado sobre los árboles y el lago.
Los jardines le parecían mucho más encantadores y bellos en otoño que en verano. Era como si alguien hubiera cogido un pincel y, de la noche a la mañana, hubiera pintado minuciosamente de rojo y dorado las hojas verdes.
Soplaba un viento del este, fuerte, cortante y veloz, que tiraba de sus faldas y de las horquillas de su pelo. Deseó haberse puesto un abrigo de invierno. El frío traspasaba el chal que llevaba sobre los hombros, haciéndola tiritar.
Se acercó a la orilla del lago y observó cómo incidía la luz en el agua y los diferentes tonos de azul, gris y verde que se entrelazaban en las ondas de su rutilante superficie.
Se agachó y metió los dedos en el agua helada, tratando de olvidarse de sus mejillas sofocadas y de cómo se había sentido al estar acostada junto a lord Savill.
El recuerdo de su marido empezaba a obsesionarla.
Richard era como una cebolla cruda, pensó exhalando una bocanada de vaho blanco. Se le había metido en los poros de la piel, había impregnado su aliento y de vez en cuando se alzaba para excitar sus fosas nasales.
Inclinó la cabeza y disfrutó por una vez del viento cortante, que la distraía de los fuertes y reconfortantes brazos de su marido, del estremecimiento que sentía cuando la besaba, de su deseo de estrujar sus glúteos redondeados, firmes y jugosos...
Se puso en pie de un salto al oír los cascos de un caballo no muy lejos de allí.
¡Por Dios! Estaba perdiendo la cabeza.
Había estado pensando en él y ahora le veía cabalgando por el camino de herradura.
Montaba un hermoso semental negro y vestía un largo abrigo azul con botones dorados y pantalones de ante.
Vio que tiraba de las riendas, se inclinaba y acariciaba al caballo.
¡Qué estampa tan bella componían la luz de la mañana, el lago rebosante de colores otoñales y sus ropajes azules! Deseó tener un lienzo para plasmar aquel instante.
Se le erizó la piel y, sin embargo, permaneció inmóvil. Le recorrió con la mirada, admirando su fina nariz y sus negras pestañas. Su pecho era ancho y fuerte; sus piernas, largas y poderosas…
Se bajó del caballo y miró hacia allí.
Jane se escondió de un salto detrás de un sauce llorón, confiando en que no la hubiera visto. Mejor dicho, en que no la hubiera sorprendido observándole. Deseó con toda su alma que desde esa distancia no pudiera distinguir la expresión de su rostro, que sin duda era atroz. No le cabía duda de que estaba babeando, como el Señor Williams cuando veía su cena.
Sus pisadas crujieron sobre la hojarasca.
Jane sintió que se le aceleraba el corazón y se aferró a la corteza del árbol con desesperación.
¿Podía morirse si le latía tan rápido el corazón?
Cerró los ojos y deseó transformarse en sirena y zambullirse en el lago. Si ella había visto sus pestañas con toda claridad, él tenía que haber visto la expresión de su cara.
—¿Estás bien? —Lord Savill apareció ante ella.
—Tengo retortijones —murmuró Jane.
—Sí, tienes un aspecto un poco extraño.
—Te has levantado temprano. —Su voz sonó un poco jadeante.
—Tú también.
—Sí, bueno, por los retortijones. —Le miró y deseó no haberlo hecho.
Él se estaba riendo.
Avergonzada, se dio la vuelta para irse. Él alargó la mano y la agarró por la muñeca.
Un instante después, ella estaba en sus brazos, temblorosa.
—¿Qué estabas haciendo hace un momento?
Jane se revolvió cuando le apretó la cintura.
—¿Cuándo?
—Hace un momento.
—Estaba disfrutando de la vista —respondió ella, y se sonrojó—.
Quiero decir que el lago está precioso, ¿verdad?
Trató de zafarse de sus brazos, pero él la apretó con más fuerza y la estrechó contra sí. Al instante, Jane se ablandó en sus brazos, como si se hubiera bebido una copa de champán de un solo trago y se sintiera de pronto embriagada y sofocada.
Se miraron fijamente y, tras lo que pareció una eternidad, él retrocedió con el ceño fruncido.
—Tengo que irme —dijo.
Jane asintió en silencio porque no se fiaba de su voz.
—Deberías tomarte algo —añadió él.
—¿Para qué?
—Para los retortijones.
Ella asintió de nuevo, pero sus labios se negaron a esbozar una sonrisa.
Él le lanzó una mirada sombría antes de alejarse con su caballo.
✽✽✽
Las hermanas de Jane se habían ido de compras. Aprovechando aquel momento de calma, Jane se fue al cenador a pintar y encontró a lady Croft y a Georgiana admirando su último cuadro, que representaba Bellmore Hall.
—Tengo noticias —les dijo.
—¿Has encontrado las semillas de rosa? —preguntó Georgiana, esperanzada.
Jane puso cara de fastidio.
—No, Georgie, no he encontrado las semillas para tu madre. Y de todos modos ya no tiene espacio en el jardín para más rosales.
—¿Qué ocurre, entonces? —preguntó Georgiana.
—Lord Chambers ha encontrado comprador para la acuarela de Angélica. El retrato de pilluelo callejero.