Jane Fairweather
—Entonces es que está loca y se…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Lady Croft se quedó boquiabierta de asombro.
—No puede ser.
—Ya lo creo que sí.
—No, imposible.
—Que sí, te digo.
—No te creo.
Georgie dio un brinco y abrazó a lady Croft con tanta fuerza que se cayeron del banco y aterrizaron en el suelo.
Riendo, Jane las ayudó a levantarse.
Lady Croft aplaudió con alegría.
—Casi no me lo creo. Que un perfecto desconocido admire mi trabajo hasta el punto de comprar un cuadro… Es maravilloso.
Georgie le cogió la mano.
—¿Por fin te has convencido de que eres una pintora extraordinaria?
Lady Croft sonrió.
—Puede que no sea tan mala.
—Esto es lo que paga el comprador —dijo Jane, y mencionó la cantidad.
Se quedaron pasmadas.
Lady Croft se levantó de un salto.
—¡Dios mío, si sigo vendiendo cuadros a ese precio podría contribuir con una buena suma a la escuela!
Georgiana fingió bailar con un hombre invisible.
—Y cuando yo me convierta en lady Plaskett, también podré contribuir con algo.
A lady Croft se le saltaron las lágrimas y sorbió por la nariz con delicadeza.
—No puedo creerlo y, sin embargo, tú lo has hecho posible, Jane. Te estaré eternamente agradecida.
Jane se encogió de hombros.
—No he hecho nada, excepto conseguir que seas consciente de tu propio talento.
Lady Croft comenzó a pasearse por la habitación.
—He estado hablando con mujeres, solteronas, viudas y damas empobrecidas. La situación es terrible. No pueden trabajar ni tener propiedades y dependen de la generosidad de sus familias. Son como frágiles mariposas que revolotean de una familia a otra y se marchan antes de que sus anfitriones se cansen de ellas.
Georgie volvió a sentarse. Tenía una expresión extrañamente melancólica.
—Ha de ser muy duro tener que pedir dinero constantemente para sobrevivir. Intentan devolverlo tocando música para la familia, pintando retratos, cuidando a los niños o acompañando a los ancianos.
—Sé muy bien cómo se sienten —comentó lady Croft—. Son muy infelices. Imaginaos: vivir solas, desamparadas, sin ningún propósito en la vida... Sin hijos ni marido a los que atender y sin un hogar propio... Vivir como un parásito desagradable y molesto… Nos escondemos en las sombras y nos dejamos ver solo cuando es necesario. Nuestra situación se comenta constantemente. La gente se compadece de nosotras. Creen que estamos condenadas. Que algo habremos hecho algo para merecer esta vida.
Jane la abrazó, y ella se deshizo en sus brazos.
—Shh —susurró Jane en tono tranquilizador—. Nosotras te entendemos, y ahora tienes apoyo, amigas y un propósito. Eres una joven
poderosa y con talento que va a cambiar a mejor la vida de otras mujeres.
Nunca volverás a ser infeliz.
Los ojos de lady Croft brillaron.
—Ayudaré a todas las que pueda.
Georgiana levantó la barbilla y dijo con severidad:
—Pues, entonces, ponte manos a las obra. Monta tu caballete al lado del de Jane y trae tus acuarelas. Quiero ver un cuadro terminado cada semana.
Lady Croft dio unas palmadas.
—Estoy deseando empezar. Pintaré todos los días y luego enseñaré a mujeres a pintar y aliviaré su vida de sufrimiento. Durante unos momentos de felicidad, podrán olvidarse de sus problemas igual que yo y disolverse creando algo bello.
Jane miró a sus dos amigas con cariño.
—Y tal vez incluso lleguen a vender su trabajo y a tomar conciencia de que las mujeres pueden ser algo más que esposas y madres. Que pueden ser artistas.
OceanofPDF.com
Capítulo Veinticinco
Lady Croft se subió al banco y declaró que era una artista. Miró a los pájaros que cantaban en los árboles y les exigió que admiraran sus hermosas acuarelas. Y en cuanto a la estatua de Dioniso que se erguía alta y silenciosa en un rincón de la glorieta, le pellizcó la nariz repetidamente mientras le increpaba por ser un hombre.
Algo en lady Croft había estallado, y emociones reprimidas durante años brotaban ahora de su pecho como lombrices en un día de lluvia.
—Soy una artista —repitió con voz llena de asombro.
—Lo eres, en efecto —le aseguraron Jane y Georgiana con tono de aburrimiento, pues lady Croft llevaba una hora hablando de lo mismo.
—El té está aquí —anunció Georgiana, alegrándose de la interrupción.
Jane suspiró con alivio. Había un número limitado de formas de convencer a alguien de su grandeza, y a ella se le habían agotado las ideas hacía un cuarto de hora.
Georgiana cogió una carta de la bandeja de plata que había traído Bella.
—Jane, esta carta es para ti. Cógela antes de que la empape de té.
Jane la cogió y rasgó el sobre.
—¡Tengo un encargo! —anunció—. Lord Posenby quiere que le pinte un retrato y está dispuesto a pagarme una buena cantidad por ello.
—No puedes aceptarlo —dijo Georgiana de inmediato—. Es un mujeriego vil y rastrero. Una vez intentó besarme y tuve que meterle el abanico en la nariz para escapar.
Jane sacudió la cabeza.
—A ti te deseaba, Georgie, mientras que en mí solo ve a una pintora, no a una mujer. Además, necesitamos el dinero.
—¿Necesitáis dinero? —preguntó la fría voz de lord Savill.
Las chicas hicieron una reverencia. Él respondió inclinando ligeramente la cabeza al acercarse a ellas. Sus labios eran finos; sus ojos, ardientes.
—¿Para qué necesitáis dinero?
—Para cintas y esas cosas —contestó Jane. No quería confesarle que soñaba con abrir una escuela. Se reiría, y no podía soportar que se burlaran de ella.
Lady Croft los miró a ambos y, tras un momento de tensión, agarró a Georgiana del brazo y la llevó fuera.
El tono de lord Savill era cortante.
—No pintarás el retrato de Posenby.
Ah, así que había escuchado esa parte.
Jane levantó la barbilla, desafiante.
—Claro que voy a pintarlo.
—Te lo prohíbo.
—No tienes derecho a prohibirme nada.
—Eres mi esposa. Tengo todo el derecho.
—Me llamas señorita Fairweather.
—Acordamos que nos comportaríamos decorosamente en público.
—Lord Posenby vendrá aquí para que le retrate. No voy a ir a retozar con él por Hyde Park.
—Ya has oído a la señorita Berry. No es de fiar.
—¿Y qué más te da a ti?
En un instante, él estaba a su lado. La agarró del brazo.
—¿Quieres ser mi esposa? ¿De eso se trata?
Ella le miró, confundida.
—Yo… —Se balanceó sobre sus pies—. No, no quería decir que...
Él atrapó sus labios en un beso fugaz. Jane se estremeció hasta la médula de los huesos.
—¿Sabes acaso lo que quieres? —preguntó él, dándole la espalda—.
No va a pintar a ese hombre, señorita Fairweather, y no hay más que hablar.
En cuanto se fue, Jane cogió un frasco de cristal lleno de pintura negra y lo lanzó contra la figura de mármol de Dioniso. El cristal se rompió y la pintura se extendió por el torso de la estatua.
Tal vez habría hecho caso a su marido si la hubiera llamado lady Savill, pero, como la había llamado señorita Fairweather, decidió hacer lo
que habría hecho una Fairweather. Se fue a su dormitorio, sacó una hoja de papel y mojó la pluma en el tintero.
Lord Posenby:
Acepto encantada su encargo. Por favor, venga a Bellmore Hall mañana a mediodía para hablar de ello.
Atentamente,
J.F.
✽✽✽
Lord Savill se sentó junto a ella en la mesa del desayuno.
Jane cogió una tostada, le puso mantequilla y se la ofreció. Él la ignoró. Ella le sirvió una taza de café. Él echó mano del chocolate, haciendo caso omiso del café.
Jane inclinó la cabeza hacia él y le susurró:
—Cálmate o prenderás fuego al desayuno con tu mal humor.
—Escribiste a Posenby y le invitaste a venir —replicó él entre dientes—. Le echaré a patadas.
—No harás tal cosa —dijo Jane—. No lo permitiré.
Él se volvió hacia ella. Sus ojos estaban escarchados como el cristal de la ventana que había detrás de él.
—No olvide su lugar, señorita Fairweather. Discúlpese.
—Jamás —le espetó ella, y le pellizcó el muslo por debajo de la mesa
Lord Savill se puso bizco un momento. La miró con enfado y ella le sostuvo la mirada. Miró a sus hermanas de reojo y volvió a mirarle. Él movió la cabeza como si dijera: «al diablo con ellas».
Jane soltó un suave gemido y se golpeó la cabeza contra la mesa, sobresaltándolos a todos.
—¿Estás bien, querida? —preguntó lady Montgomery, alarmada.
—Tengo jaqueca —respondió mansamente.
Sus hermanas se miraron, y Jane alzó los ojos al cielo y volvió a golpearse la cabeza contra la mesa.
—Por favor, Jane, compórtate —gruñó lord Savill en voz baja.
Jane se dio cuenta de que la había llamado por su nombre. Se sintió rara y enseguida perdió el apetito. Se limpió la cara y tiró la servilleta sobre la mesa.
—Creo que voy a retirarme a mi habitación.
—Excelente idea —dijo lord Montgomery—. Parece que estás perdiendo la chaveta, querida. Dígame, excelencia —añadió dirigiéndose a Penélope—, ¿hay algún excéntrico en su familia?
Jane ahogó una carcajada llorosa y corrió a su habitación.
Era más de mediodía cuando bajó de nuevo y se reunió con lord y lady Montgomery en el salón. Había tomado la costumbre de pasar unas horas con ellos antes de ir a pintar al cenador.
Encontró a lord Montgomery junto a la chimenea, como de costumbre, leyendo un libro, mientras lady Montgomery bordaba un pañuelo para su marido, sentada junto a la ventana.
Hacía frío esa tarde y las chimeneas despedían un calor agradable.
Jane charló un rato con ellos, aunque lord Montgomery no respondió a muchas de sus preguntas. A ella, sin embargo, no le molestó. Ya estaba acostumbrada a sus rarezas.
Se alegró de que sus hermanas estuvieran descansando en sus habitaciones y de que lord Savill no estuviera en casa. Estaba cansada de farsas y aquellos momentos de apacible charla le daban mucha paz.
Lord Montgomery tomó un sorbo de su té, pero antes de que pudiera apoyar la taza sobre la cabeza del Señor Williams, Jane se la quitó y la puso sobre la mesa. A continuación, animó a lady Montgomery a comer otro pastel y habló de cambiar las cortinas en las habitaciones de invitados.
Estaban hablando de moda cuando les llevaron los sándwiches de la merienda y Jane volvió a fijar su atención en lord Montgomery. Le entregó un plato de comida y estuvo hablando con él hasta que se lo comió todo.
Por fin, se limpió las manos en la servilleta y se levantó.
—Creo que voy a ir a pintar un rato antes de que se haga tarde.
—Jane. —Lady Montgomery la agarró de la mano.
Se agachó junto a la anciana.
—¿Sí?
Su suegra le acarició la mejilla.
—Gracias. La forma en que le hablas, le das de comer y le engatusas para que se ponga de mejor humor… Es casi como si fueras su hija.
Jane sonrió.
—Es mi suegro.
Lady Montgomery apartó la mirada.
—También es peligroso y, sin embargo, no muestras ningún temor.
Te tiene mucho cariño.
Jane comprendió entonces que lady Montgomery era consciente de la locura de su marido y que su mayor temor era tener que separarse de él.
Lo vio claramente en sus ojos.
Apretó los dedos de la anciana con cariño, sin saber qué decir.
Lady Montgomery pareció comprender su silencio.
—Jane, por favor, no dejes que Penélope le ceda esa finca a Richard, o mi hijo le mandará allí. Tú sabes que nunca hará daño a nadie.
Jane bajó la mirada, acongojada. Conocía la postura de su marido y comprendía también los sentimientos de lady Montgomery.
Era un grave problema.
Miró a lord Montgomery, que leía tranquilamente un libro con el Señor Williams echado a sus pies, y se preguntó si su suegra tenía razón.
OceanofPDF.com
Capítulo Veintiséis
Jane se dirigió al cenador, con la cabeza inclinada contra el fuerte viento y los pensamientos enmarañados.
Las hojas secas, del color de la puesta de sol, crujían bajo sus botas de montar y el aroma de los setos de romero llegaba hasta ella acariciando su olfato. Una liebre gris apareció en el camino y ambas se sobresaltaron un momento. Después, la liebre se alejó corriendo.
¡Ojalá pudiera ahuyentar los problemas tan fácilmente!
Hacía un año, sus preocupaciones se limitaban a encontrar los pigmentos adecuados para sus pinturas o las cintas perfectas para sus sombreros. Ahora, en cambio, eran mucho más profundas, más oscuras y pesadas de sobrellevar.
Su marido quería esas tierras para salvaguardar a su familia y tener contento a su padre trastornado, y lady Montgomery no quería separarse de su marido. El problema era que ambos tenían razón.
Era un asunto muy gris. Gris como un huevo cocido en exceso.
Se detuvo en la entrada del cenador y respiró hondo para calmarse.
Tal vez pintar un poco la ayudara a ordenar sus pensamientos.
Empujó la puerta y encontró a lord Posenby recostado en el banco.
¡Santo cielo! Se había olvidado por completo de que le había invitado.
Tenía el mismo aspecto que en el último baile: el pelo largo, oscuro y lustroso, una nariz tan puntiaguda que se podía cortar un pastel con ella, los ojos pequeños y de un verde nebuloso y, por último, una boca fina e irónica.
En cuanto a su ropa, no llevaba ninguna.
Jane se quedó pasmada, se le humedecieron los ojos y se le sonrojaron las orejas.
Él movió las cejas.
—Empieza a hacer frío aquí. Ciertas partes de mi anatomía se están encogiendo como uvas en un día de verano.
Jane le dio la espalda.
—Lo siento, pero soy una dama y no me está permitido estudiar o pintar desnudos. Por favor, vístase para que podamos empezar con el retrato.
—¿El retrato?
—Creía que quería que pintara su retrato.
—¡Por Dios! ¿Cómo iba a creer eso?
—¿Qué quiere decir, señor?
—Eres una mujer —contestó él con sencillez.
—No le entiendo.
—Tenía curiosidad. ¿Por qué te había elegido el hombre más rico de Inglaterra? Quería probar un poco de ese bocado.
—No soy un pollo relleno, milord.
—Aun así, me apetece un mordisquito.
Ella montó en cólera.
—Márchese de inmediato.
—Ah, conque te gusta hacerte la estrecha —le espetó él—. Me gusta ese juego.
Se abalanzó hacia ella y Jane se dio la vuelta para salir corriendo de la habitación. Él la agarró por la parte de atrás del corpiño y se lo rajó.
A Jane se le paró el corazón y el terror le paralizó los miembros.
Lord Posenby sonrió y luego frunció el ceño.
El Señor Williams entró en el cenador con paso lento y firme. Se detuvo junto a Jane, se frotó contra ella y ronroneó.
Por primera vez, Jane se alegró de ver al gran gato. Le puso una mano sobre la cabeza, diciéndose que el guepardo era el animal menos peligroso que había en aquella sala.
Lord Posenby soltó un chillido y dio un paso atrás, chocando con un lienzo.
La Señora Williams asomó la cabeza por detrás y cacareó.
Lord Posenby palideció cuando la gallina levantó las alas y voló hacia él.
Picotazo.
—¡Auu!
Cacareo.
—¡Mi... gluurg! ¡No…!
Picotazo.
—¡Auu! ¡Esa parte es muy sensible!
Picotazo.
—¡Dios mío!
Jane observó con regocijo cómo la gallina perseguía al hombre por la habitación. Hasta el Señor Williams parecía sonreír viendo el espectáculo.
—¡Aparte a ese pájaro! —le gritó lord Posenby.
Jane le lanzó su ropa. Él la cogió en el aire y se la puso a toda prisa.
La Señora Williams perdió el interés enseguida. Al parecer, tenía fuertes principios morales y los hombres desnudos ofendían su sensibilidad.
Jane estaba impresionada por la rectitud de su gallina. Se volvió para mirar a aquel sinvergüenza.
—Váyase —le ordenó—. O le achucho al gato.
Él entornó los ojos. Miró al guepardo y luego a ella.
—Acabaré por conquistarla, lady Savill. Adoro los desafíos.
Se fue y ella se dejó caer de rodillas, aliviada.
El Señor Williams la empujó suavemente por el hombro, haciéndola caer de lado. Ella se rio y lo abrazó.
—Gracias, gracias, gracias, mi felino de brillante armadura. Contigo a mi lado, no necesito un hombre.
✽✽✽
Había pasado una semana desde aquel desagradable incidente. Desde entonces, Jane se sobresaltaba ante cualquier ruido, chillaba al ver moverse una sombra y vigilaba furtivamente su entorno. Tenía los nervios a flor de piel, pero poco a poco el tiempo fue aplacándolos, surtió su efecto sedante y el rostro amenazador de lord Posenby se convirtió en una imagen borrosa.
Se daba cuenta de que él había lanzado esas amenazas en el calor del momento. No tenía intención de ir más allá y persistir en su comportamiento escandaloso. Sin duda, temía que ella se lo hubiera
contado a su marido y se habría escondido detrás de las faldas de alguna mujer casada y solitaria.
Con esa idea halagüeña en la cabeza, salió de la bañera, se puso una suave combinación de color crema y echó mano de su bata.
Una mano pálida se la ofreció desde el oscuro hueco del armario de caoba.
Jane se la puso y luego se quedó helada. No podía ser... Abrió el armario de un tirón y se quedó boquiabierta. Lord Posenby, en ropa interior, estaba sentado entre un montón de enaguas, cintas y encajes.
—¡Ese es mi mejor vestido, milord, suéltelo! —gritó ella.
Él salió de un salto del armario y le tapó la boca con la mano.
—Querida, te he echado de menos.
Jane le mordió la mano, haciéndole gritar.
Él la miró con reproche.
—Los juegos amorosos son divertidos, pero me gustan más las mujeres dulces. Nada de mordiscos.
Ella abrió la boca y volvió a gritar.
Él puso los ojos en blanco.
—Los sirvientes están en la cocina, tus hermanas están fuera visitando a un pariente enfermo, tu marido está trabajando en su piso de Londres, y lord y lady Montgomery están paseando por el jardín.
Sus palabras dejaron helada a Jane. Sabía que el Señor y la Señora Williams también estaban con Bella en la cocina. Esta vez estaba sola de verdad.
Trató de ocultar su miedo al decir:
—Lord Posenby, entendió usted mal mi carta. Solo acepté pintar su retrato.
Él dio un paso hacia ella, con los ojos puestos en el nervio que se agitaba en su cuello tenso.
—Ahora estás casada. No tienes por qué ser tímida. Estos devaneos son muy comunes, querida. Acabo de salir de la alcoba de la señora Woodly y aquí estoy ahora.
Ella retrocedió unos pasos con cautela y acercó la mano al pomo de la puerta mientras hablaba:
—Yo le soy verdaderamente fiel a mi marido. Por favor, váyase. De lo contrario, tendré que informar de esto a lord Savill cuando vuelva.
Él alargó la mano y le acarició la piel.
—Empiezo a entender por qué se casó contigo. Tu piel es como la mantequilla y tu boca deliciosamente tentadora. Además, sé que vas a guardar el secreto. Es lo que hacen siempre las mujeres.
Jane se apartó de él, abrió la puerta de un tirón y huyó.
Lord Posenby la persiguió y la agarró por el pelo, obligándola a detenerse.
Ella gritó, dolorida.
Él la agarró por el cuello y la hizo volverse.
—¿Fiel a tu marido? Qué encantador.
Jane agarró su sombrilla y él bajó la cabeza con la clara intención de besarla.
Ella respiró hondo, le golpeó con la sombrilla detrás de la cabeza y le metió dos dedos en la nariz.
Él se puso bizco y se desmayó.
Jane llamó al mayordomo y luego, usando el cinturón de su bata, ató las manos a lord Posenby.
Oyó un carraspeo detrás de ella. Al girarse, vio a lord Savill mirándola.
—Le has golpeado —comentó su marido.
Ella asintió, insegura.
—Bien hecho —sonrió él.
—¡Menos mal que has venido! —gritó ella, y se lanzó a sus brazos.
Él la abrazó.
—Te he oído gritar.
—Se negaba a creerme. Pensaba que yo quería... con él... —Empezó a temblar, sacudida por la impresión de lo que acababa de suceder. Se aferró a la camisa de su marido—. He tenido que golpearle con la sombrilla.
—Shh, ya estoy aquí. —Lord Savill le acarició el pelo—. Es un engreído. Me imagino perfectamente sus delirios. No tienes que darme explicaciones, pero sí que tienes que aprender a hacer nudos. Podría usar los dientes para desatarse. La próxima vez, amordázale.
Jane escuchó su voz tranquilizadora y se obligó a concentrarse solo en él. Su voz, su calor, su fuerza. Se dio cuenta de que confiaba en ella, y esa idea consiguió aquietar su corazón.
Él le levantó la barbilla y la miró con preocupación.
—No te ha hecho daño, ¿verdad?
Jane negó con la cabeza.
Él escudriñó su rostro.
—¿Te... te ha tocado?
—No, escapé a tiempo.
Lord Savill le besó la frente, aliviado, la levantó en brazos y la llevó a su habitación. La depositó suavemente sobre la cama y llamó al mayordomo.
Cuando llegó Belcher, le ordenó que sacara a lord Posenby de la casa con la mayor discreción posible.
Una vez hecho esto, se sentó junto a Jane y le ofreció un sorbo de agua. Ella se llevó el vaso a los labios, pero comenzó a temblarle la mano.
Lord Savill puso su mano sobre la de ella para tranquilizarla. Jane le observó de soslayo mientras bebía.
Él sonrió.
—Bien hecho, mi valiente cucharita de miel.
Ella hizo una mueca.
—No me llames así.
—¿Y pichoncito?
Ella intentó reprimir una sonrisa.
—Ya basta.
—¿Y matachinches?
Ella se rio y dejó el vaso a un lado.
—Ahora, duerme —dijo él, arropándola con la colcha—. Te has llevado un susto terrible. Te sentará bien descansar un rato.
Ella se puso seria y le agarró de las manos cuando él se levantó para irse.
Los ojos de su marido se oscurecieron al ver su expresión. Volvió a sentarse.
Había comprendido su súplica silenciosa.
—No voy a ningún sitio —le prometió, y le acarició suavemente la mejilla con los nudillos.
Jane cerró los ojos y se quedó dormida con la cabeza apoyada en la palma de su mano.
OceanofPDF.com
Capítulo Veintisiete
Era la noche siguiente. La luz de la luna se colaba entre las cortinas e iluminaba el dormitorio de Jane con un resplandor misterioso.
Hizo un gesto de dolor cuando Bella le quitó las horquillas y comenzó a peinarla enérgicamente. Ese mismo día había recibido una carta de lady Beetles, una afamada cotilla, informándola de que lord Posenby se había marchado a Francia.
Nadie sabía por qué se había embarcado tan apresuradamente. Se rumoreaba que al escapar del país solo llevaba puesto una bata de seda roja, unas medias desparejadas y el sombrero de plumas de avestruz de su madre.
Muchos maridos habían sentido alivio al conocer la noticia.
Bella sacó un camisón y el gorro de raso color crema a juego. La chica, normalmente tan parlanchina, estaba muy callada tras la dura jornada de trabajo. Jane la dejó marchar y terminó de desvestirse sola.
Se alegró de estar sola un momento. Sus pensamientos le parecían demasiado íntimos para meditar sobre ellos en presencia de otra persona, y cualquier cosa relacionada con lord Savill se convertía en un pensamiento íntimo, cada vez con mayor intensidad.
Algo había cambiado entre ellos después del incidente con lord Posenby. Lord Savill y ella habían empezado a confiar el uno en el otro, y su animosidad se había disipado en parte, como si el tiempo la hubiera erosionado.
Ella no había corrido verdadero peligro, de eso se dio cuenta más tarde, pero el miedo le había nublado el cerebro y había empañado su ingenio.
Tal vez el desvarío de lord Posenby hubiera cerrado una grieta en su vida conyugal. Una brecha que le preocupaba mucho más de lo que había creído hasta entonces.
Se levantó con un suspiro y se dirigió a la habitación de lord Savill.
Él estaba tumbado boca abajo, profundamente dormido. La sábana de seda de color negro se había enrollado a la altura de sus riñones y su espalda desnuda brillaba a la luz de las velas.
Jane se balanceó, con los ojos empañados. Contempló con ojo experto las curvas y las líneas de su espalda, ansiando plasmar aquella imagen en un lienzo.
Se metió en la cama y se giró para mirarlo. Era injusto que fuera tan endiabladamente guapo.
Recordó cómo le habían abrazado su madre y su hermana después de que lord Montgomery mordiera a la criada. Él había hablado con tono suave pero firme, las había tranquilizado y se había hecho cargo de la situación a pesar de que se le estaba rompiendo el corazón.
Había sido igual de amable con ella. Le había advertido que no invitara a Posenby, y ella no le había hecho caso. Y, aun así, la había tranquilizado en lugar de regañarla.
Después de aquello, no había cambiado de actitud y, sin embargo, sus ojos reflejaban una nueva dulzura cuando la miraba.
No era tan malo, pensó Jane soñolienta. No era tan malo en absoluto.
Una emoción desconocida se apoderó de ella, y golpeó la almohada, haciendo volar unas cuantas plumas de ganso.
Él se despertó sobresaltado.
—¿Has golpeado la almohada?
Jane miró su cara adormilada.
—Sí. Lo siento.
—Te estás sonrojando.
Ella tiró de la colcha para ocultar su rostro, presa de una insoportable timidez. ¡Maldita sea! Se estaba comportando como una idiota.
¿Qué demonios le pasaba?
—Estás muy rara —comentó él, medio dormido—. Pero ahora estoy demasiado cansado para intentar comprender qué pasa dentro de esa cabecita.
La voz de Jane sonó apagada cuando dijo:
—Gracias por lo amable que fuiste ayer.
—Tú misma te deshiciste de ese individuo odioso. Actúas como si te hubiera salvado de unos asesinos sedientos de sangre.
Jane se aclaró la garganta.
—Creo... Creo que me gustaría que fuéramos amigos.
—¿Perdón?
—Sé que no me aceptarás como esposa… y tampoco te pido que lo reconozcas, pero, ¿no podemos ser amigos? Estoy cansada de que nos peleemos.
Él bostezó y se estiró.
—Me estás ayudando a convencer a tus hermanas para algo que me beneficia. Supongo que eso es lo que hace una amiga. —Tras un momento de silencio, añadió con una sonrisa en la voz—: Amigos, entonces. ¿Algo más?
—¿Estabas soñando?
—¿Quieres saber si estaba soñando? ¿Me has despertado para preguntarme eso?
—Los sueños siempre me han fascinado. Son tan absurdos. Me encanta plasmarlos en un lienzo.
—Si te digo lo que estaba soñando, te pondrás furiosa o te caerás de la cama. Ahora, déjame dormir. Tengo que levantarme temprano para visitar a los arrendatarios.
—Lo siento. Duérmete. Me quedaré quietecita.
Pasado un rato, cuando su respiración se volvió acompasada, Jane levantó la cabeza. Las velas se habían apagado y las brasas blancas e incandescentes de la chimenea eran la única fuente de luz.
El terror, que había estado acechando en las sombras, se levantó y comenzó a arrastrarse hacia ella. Posenby la había asustado más profundamente de lo que creía. Se estremeció y un sudor frío brilló en su piel.
Se volvió para mirar a lord Savill una vez más, acompasó su respiración a la de él y cerró los ojos. Unos instantes después, deslizó la mano para agarrar la de su marido y por fin se quedó dormida.
✽✽✽
La despertó el sonido de un violín. Abrió los ojos, medio dormida todavía, y vio el sol de la mañana brillando más allá de la ventana. El lago relucía a lo lejos y los árboles esparcían hojas rojas y doradas que se mecían con la brisa.
Saltó de la cama dando un suave chillido. Era tarde y lord Savill ya había salido de la habitación. Corrió hacia el aguamanil, se lavó la cara con agua fría y se secó con un paño de muselina.
Esta vez, oyó el sonido titilante de un arpa. Frunció el ceño, cogió la bata de seda azul que descansaba sobre la silla y se la puso. Tropezó camino de la puerta al darse cuenta de que se había puesto por error la bata de lord Savill.
Abrió la puerta y se encontró con un hombre con un violín frente a ella. El violinista tocó una nota cuando la vio.
Jane cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella. ¿Estaría soñando? Sin duda no había visto lo que creía haber visto.
Volvió a abrir la puerta y, esta vez, se encontró con toda una orquesta en pie fuera de la habitación. Empezaron a tocar en cuanto se abrió la puerta.
Cerró la puerta. Dejaron de tocar. Abrió la puerta y volvieron a empezar. Hizo lo mismo varias veces y después salió y exigió saber qué estaba pasando.
Estaba ya completamente despierta y era consciente de que todo aquello era real.
La música sonaba atronadora tan cerca de sus oídos sobresaltados.
Llamó a gritos al mayordomo y a la criada, pero el estruendo ahogó su voz.
Bajó las escaleras con paso enérgico y la dichosa orquesta la siguió.
Por fin, vio a lord Savill parado en el último escalón, con una sonrisa de oreja a oreja.
Arrugó el ceño.
Él le hizo señas de que se acercara.
Jane le clavó un dedo en el pecho, enojada. Él levantó una mano y la música se detuvo.
—Toma —dijo entregándole una carta.
Jane la cogió, adorablemente desconcertada.
—¿Es de...?
—La Real Sociedad de Artes.
—Es una invitación —dijo echando un rápido vistazo a la carta—.
¡Dios mío! ¡Me han aceptado! Quieren que forme parte de la institución. La ceremonia de investidura es esta noche.
—¡Enhorabuena!
—¡Por eso la orquesta! —rio ella y, de repente, se puso de puntillas y le besó en la boca.
Él se quedó sorprendido, pero le devolvió el beso con entusiasmo.
La orquesta empezó a tocar una balada romántica.
Al cabo de un momento, una cuerda del violín se rompió con un chirrido y ellos dos se separaron de un salto.
—El violinista es nuevo —murmuró alguien, disculpándose—. Se ha dejado llevar un poco con el punteo.
Jane se sonrojó y se apartó.
Él la agarró de la mano para retenerla.
—Esa bata te queda mucho mejor que a mí.
Jane giró la muñeca, tratando de escapar.
—Todavía no —dijo él con un brillo en los ojos—. Tengo otra sorpresa.
Salieron de la casa, atravesaron el césped y entraron en el cenador.
La bata de Jane arrastraba hojas y tierra, y el brazo de lord Savill, que le rodeaba los hombros, la mantenía caliente.
Pensó fugazmente en su madre, que se habría escandalizado al verla con una bata de hombre fuera de su alcoba. Se echó a reír de repente, sintiéndose deliciosamente feliz.
En el cenador encontró botes de pinturas caras, bandejas llenas de pinceles y lienzos ya preparados con gesso.
—¿De dónde has sacado los lienzos? —preguntó encantada.
—Unos artistas pobres los tenían por ahí, sin usar, porque no tenían dinero para pinturas. Les di dinero suficiente para comprar lo que necesitaban, a cambio de los lienzos. Sé lo poco que te gusta tener que esperar a que se sequen.
Jane vio a unas mujeres sentadas en el banco.
—¿Quiénes son?
—Tus abanicadoras.
—¿Perdón?
—Abanicarán tus obras todos los días para que se sequen más deprisa.
—Eso es absurdo.
Él se encogió de hombros.
—Las elegí porque parece que tienen los brazos fuertes.
Jane se rio. Él, no.
¡Hablaba en serio!
La agarró de la mano y la llevó al ala este. Al lado de la biblioteca había una sala espaciosa. La había convertido en una especie de laboratorio.
Jane miró las pipetas, los frascos, las hierbas, los aceites y los pigmentos desplegados y comprendió que era un taller para que mezclara las pinturas.
Él señaló todo aquella panoplia de cosas.
—Allí te mareabas con los vapores. De este modo puedes mezclar las pinturas en una habitación y pintar en otra.
—Te has fijado mucho en mi trabajo.
—Me he fijado mucho en ti —puntualizó él, y añadió antes de que ella pudiera reaccionar—: Las ventanas son un poco pequeñas y necesitarás que corra bien el aire mientras trabajas. Le he pedido al carpintero que se ocupe de ello. Vendrá esta tarde.
Jane le miró fijamente, con un brillo en los ojos.
—¿Por qué has hecho esto?
Lord Savill se encogió de hombros.
—Eres de la familia.
A ella le dio un vuelco el corazón.
—Eres demasiado generoso. Tienes que dejar de cortarte trocitos y de repartírselos a todo el mundo o acabarás por desaparecer.
—No soy un trozo de pastel, querida.
—Siento discrepar.
Él contuvo la respiración y Jane se tapó la boca con la mano.
Se miraron fijamente, sin acercarse el uno al otro. De repente, la habitación parecía insoportablemente pequeña. Jane sintió que le ardía la piel, y la bata resbaló por un hombro.
Se le tensaron los músculos. Tenía la sensación de que lord Savill le había robado el aliento. Fue un momento de incertidumbre, lleno de posibilidades.
De pronto se oyó fuerte cacareo que los sobresaltó a ambos. La Señora Williams entró corriendo en la habitación y se puso a picotear la rodilla de lord Savill con denuedo, entornando los ojos en señal de desaprobación.
Lord Savill esbozó una sonrisa tensa.
—Por lo visto, tienes una carabina —comentó.
Ella respondió con una sonrisa igual de tensa.
—Debería alquilarla en los bailes.
—Entonces, las viejas solteronas tendrían que retirarse.
—Habría gallinas por todas partes.
—Pero no asadas, sino acompañando a las señoritas.
—Tendrían un nuevo futuro.
—Esto se está volviendo absurdo.
—¿La conversación o lo nuestro?
—Las dos cosas.
Jane hizo una reverencia. Él entendió la indirecta y la dejó sola.
OceanofPDF.com
Capítulo Veintiocho
Jane iba en el carruaje, camino de la reunión con los miembros de la Real Sociedad de Artes. Lord Savill iba sentado a su lado. Había decidido acompañarla para asegurarse de que entraba en la mansión de lord Wellmore, donde se celebraba la reunión, ya que no confiaba en que lo hiciera si iba ella sola.
Tenía buenas razones para dudar de ella. Se había pasado el día entero buscando excusas para no asistir. Después del primer arrebato de felicidad, el miedo se había apoderado de ella. Tendría que hablar con la gente. La mirarían, la inspeccionarían, la juzgarían.
Jane había decidido no ir y él había decidido que tenía que hacerlo.
No le que daba más remedio que asistir.
Primero, Jane había fingido desmayarse; luego se había escondido en el armario de su marido y, por último, se había subido a un árbol. Lord Savill la había encontrado en ambas ocasiones. Finalmente, la había amenazado con vestirla él mismo si no se avenía a razones.
Jane se había puesto un vestido de cuello alto, de color marrón púrpura, con enagua de encaje. Él la había levantado en brazos, había bajado las escaleras, había salido por la puerta y la había depositado en el carruaje. Le había entregado un chal de cachemira negra y se había sentado a su lado.
Jane estaba furiosa. Su marido se había mostrado tan maravilloso esa mañana, con la música y el taller mezclas… Ahora, en cambio, volvía a parecerle odioso.
—No quiero ir —le dijo con aspereza.
Él encendió un cigarro y expelió el humo.
—Tienes que hacerlo.
—No soy una niña.
—Entonces, deja de comportarte como si lo fueras.
—¿Por qué me obligas a hacer esto?
—Es una oportunidad única. Si no la aprovechas, lo lamentarás toda tu vida.
—Dios mío, esto es una tortura.
Él se inclinó hacia delante y la agarró de la barbilla.
—Jane, todo el mundo se pone nervioso cuando empieza algo nuevo. Debes enfrentarte a ese miedo o te impedirá crecer.
—¡No, no y no!
—El anonimato de la multitud es cómodo, pero te roba tu identidad.
Ella le sacó la lengua.
—Es mi identidad. Si quiere fundirse con las sombras, que así sea.
No me importa.
—Si no asistes, te quitaré los lienzos y no podrás pintar durante todo un mes.
Ella le miró con horror.
—¡No te atreverás!
—Soy tu marido. Puedo hacer lo que quiera.
La idea de no pintar aunque fuera solo una semana la llenaba de angustia, ¡y él amenazaba con no permitirle acercarse a un lienzo durante un mes entero! Jane sabía, además, que era muy capaz de hacerlo. Se le saltaron las lágrimas. Él fingió no darse cuenta mientras la ayudaba a salir del carruaje.
Habían llegado demasiado pronto.
Lord Savill le dio un rápido beso en los labios antes de llamar a la puerta con la aldaba. Se marchó en cuanto se abrió la puerta y dejó a Jane mirando al mayordomo que apareció frente a ella.
El mayordomo la condujo al salón, donde había varias personas hablando, con una copa en la mano. El fuego de la chimenea, los cortinajes y los cojines de terciopelo granate, los muebles de palisandro oscuro y el hecho de que la inmensa mayoría de los presentes fueran hombres hicieron que el corazón le latiera con violencia en el pecho.
—Señorita Fairweather… Disculpe, lady Savill. —Un anciano caballero se acercó a ella y la saludó con una inclinación de cabeza.
—Lord Rushmore. —Jane hizo una reverencia, casi tropezándose con su falda—. Recibí su carta. Gracias por este inmenso honor.
Él le entregó una copa de vino.
—Dígame, querida, el impresionante azul de su cuadro El baño, ¿de qué está compuesto?
Una mujer de mediana edad, vestida de negro y con un gorro torcido sobre un montón de rizos, se unió a ellos.
—Y para la niebla de Más allá del horizonte, ¿qué técnica empleó?
—Milord, el pigmento era ultramarino. Es caro pero maravilloso, si se puede conseguir. Y, señorita Coster, utilicé un esmalte en sfumato. Adoro sus cuadros. Sobre todo, la serie de los valles escoceses.
Cuanto más hablaba, más se daba cuenta de que aquello no era un baile. A nadie le importaba si su vestido era de color marrón o escarlata.
Dudaba que aquellas personas fueran a fijarse en si había llegado sin guantes o si llevaba un vestido escandaloso.
Querían hablar de pigmentos, de pinceladas y técnicas pictóricas, un tema con el que se sentía sumamente cómoda. Ella, a su vez, podía hacer preguntas y aprender cómo lograba lord Grey pintar un cristal que pareciera perfectamente transparente y cómo pintaba lady Gerard esos melocotones tan realistas.
Cuando llegó la hora de irse, le sorprendió descubrir lo mucho que había disfrutado. Incluso había encontrado un nuevo proveedor de pigmentos con el que trabajaban la mayoría de los artistas.
Entró en Bellmore Hall llena de alegría y con las mejillas sonrojadas. Lord Savill la estaba esperando en el salón junto con sus suegros, Georgiana, lady Croft, sus hermanas y los maridos de estas. La rodearon de inmediato, pero ella solo tuvo ojos para lord Savill mientras tomaba el primer sorbo de champán.
Su marido le había dado ánimos y había reunido a sus seres queridos para celebrar su éxito. Le observó mientras él le quitaba la bandeja a Belcher y animaba a sus hermanas a tomar una copa. Después, se acercó a los cuñados de Jane y no tardó en enfrascarse en una conversación con ellos.
Tenía la cabeza agachada, los ojos fijos en el líquido dorado que centelleaba en la copa que tenía en la mano y los labios apretados con gesto pensativo mientras el duque le hablaba.
Jane apartó la mirada, sacudida por un intensa emoción. Tan pronto pensaba que era odioso como le adoraba. ¿Por qué su marido era tan difícil de entender?
Como si sus pensamientos hubieran conjurado su presencia, él apareció frente a ella y le tendió la mano.
—¿Bailas? —le preguntó.
Ella asintió.
La agarró por la cintura y la lanzó al aire, haciéndola reír.
—No paro de darte las gracias. —Jane le sonrió cuando volvió a agarrarla—. No puedo evitarlo. Parece que sabes lo que necesito mejor que yo misma.
Lord Savill la hizo girar y, cuando volvió a tenerla en sus brazos, le dijo alegremente:
—Has trabajado mucho. Te mereces este éxito.
Ella bajó los ojos.
—No hay muchos maridos que sean tan alentadores.
Él se encogió de hombros.
—¿Qué es la vida sino una serie de decepciones y victorias? Cuando fracasas, te sientes desgraciado, pero, cuando ganas, hay que celebrarlo. Si no, ¿qué sentido tiene vivir?
No le dio tiempo a responder, sino que la dejó en brazos del duque de Blackthorne, el marido de Penélope, para el siguiente baile.
Jane pasó el resto de la noche cantando, bailando y bebiendo champán en abundancia. Nunca olvidaría aquel día. Había ingresado en la Real Sociedad de Artes y su marido había hecho todo lo posible por que el día fuera perfecto, desde el momento en que se había despertado esa mañana hasta el final de la jornada, entre música y risas.
✽✽✽
Al día siguiente, al entrar en el salón, se encontró a sus hermanas arropadas en el sofá, con las manos en la cabeza.
Lady Croft estaba echada en el diván y lady Montgomery recostada en la mecedora con un paño frío y húmedo sobre los ojos. Hasta lord Montgomery parecía estar un poco mareado.
—¿Alguien quiere desayunar? —preguntó Jane.
Un escalofrío colectivo recorrió la sala .
—Café —gimió Penélope.
—Té —suplicó Dorothy.
—Nada de huevos —murmuró Celine.
Lady Montgomery dejó escapar un gemido.
—No digas esa palabra.
Jane, que se sentía como todas, dio instrucciones en voz baja al mayordomo para que les llevara té y café y se sentó con mucho cuidado en un sillón.
Pasado un momento, lord Montgomery se levantó, dio una vuelta por la habitación y dijo:
—Señorita Bloom, un beso.
Lady Montgomery se incorporó rápidamente y se quitó el paño de la frente.
—¿Perdón?
Lady Croft abrió un ojo.
—Ese es el apellido de soltera de mi madre.
Lord Montgomery se enderezó, dejando ver un destello de su yo juvenil.
—No puedo seguir ocultando mis sentimientos por más tiempo, señorita Bloom. He de besarla.
A lady Montgomery se le derrumbó la peluca.
—Milord, estamos casados.
—¿Casados? —Él frunció el ceño—. La boda tendrá lugar después de que te corteje.
—Ya me cortejaste. Está todo hecho. —Lady Montgomery se levantó lentamente.
—Dame un beso, entonces. —Su marido dio un paso hacia ella.
—Aquí no. —Lady Montgomery se sonrojó—. Las niñas están mirando.
—¡Pues que miren! —gritó él, y se abalanzó hacia ella.
Lady Montgomery soltó un chillido y empezó a correr por la habitación. Lord Montgomery la persiguió encantado.
—¡Quiero mi beso! —exigió.
—¡No! —gritó ella.
Angélica escondió la cabeza debajo de un cojín.
—Me da vueltas la cabeza.
—¿Padre? —Lord Savill entró en la habitación y se detuvo, pasmado—. ¡Qué escandalo! No puedo permitir semejante comportamiento en mi casa. ¡Nada de besos!
Angélica puso los ojos en blanco.
—Si no se hubieran besado y más, no estaríamos aquí.
Lord Savill se puso pálido.
—¡Por Dios santo, mujer! ¡No hables de eso!
Jane y sus hermanas se echaron a reír mientras lord Montgomery estrechaba a su mujer entre sus brazos y lord Savill huía despavorido.
Se besaron, un beso suave y casto, y las mujeres suspiraron al unísono. Lord Montgomery apoyó la frente en la de su esposa y el tiempo pareció detenerse.
✽✽✽
Más tarde, esa misma noche, después de que tomaran todos un poco de sopa, lord Savill entró con el señor Hoggs, un pintor famoso y extremadamente guapo.
El señor Hoggs era un hombre encantador y muy tranquilo, pero la forma en que lord Savill animaba constantemente a Jane a hacerle preguntas la llenaba de vergüenza. La insistencia de lord Savill en que le prestara atención estaba agobiando al pobre señor Hoggs, cuya incomodidad saltaba a la vista.
Esa noche, cuando se acostaron, Jane miró a su marido con enfado.
—¿Crees acaso que voy a enamorarme de él y que así te dejaré en paz?
Él levantó la cabeza y la apoyó en la palma de la mano.
—¿Te refieres al señor Hoggs?
—Sí, a él.
—¿Por qué? ¿Acaso quieres enamorarte de él y dejarme en paz?
A ella le tembló la barbilla y apartó la mirada.
—Te has pasado toda la velada insistiendo en que hablara con él.
—Quería que aprendieras de él. Es un artista maravilloso. Rara vez visita a nadie, y esta noche has tenido la suerte de sentarte a su lado durante
la cena.
Jane le miró los labios mientras hablaba.
—Si tú lo dices —murmuró en voz baja.
Él se inclinó y tomó su cara entre las manos.
—Una cosa he aprendido sobre las hermanas Fairweather. Si algo puede decirse de vosotras, es que sois muy leales. Confío en ti.
Jane se quedó con la boca abierta. Él le puso la mano debajo de la barbilla y se la cerró. Luego se recostó en la almohada y miró el techo pintado.
—Todo el mundo tiene grandes sueños y fantasea con el éxito, pero los que de verdad triunfan son los que nacen con estrella. Tú, querida, eres una de esas personas. Ahora, duérmete.
OceanofPDF.com
Capítulo Veintinueve
Jane se frotó los brazos. El frío traspasaba el fino vestido de georgette azul que llevaba puesto. Era mediodía y, sin embargo, una luz tenue y gris llenaba el pasillo, como si una criatura gigantesca se irguiera allí cerca, proyectando su sombra sobre Bellmore Hall.
Se detuvo en la puerta de la sala de estar y la observó con ojo crítico. Lady Croft y sus hermanas estaban sentadas junto a la ventana, cuchicheando y haciendo encaje. Lord y lady Montgomery estaban sentados junto al fuego. Tenían delante una bandeja cargada de sándwiches, pasteles de aspecto delicado, bizcochos, panecillos recién hechos, té y café.
Observó que el cenicero que lord Montgomery utilizaba para sus puros estaba lleno y la taza de lady Montgomery vacía. Entró, le sirvió más té a su suegra y llamó a la criada.
Lord Montgomery arrojó un leño a la chimenea y se estremeció.
Jane frunció el ceño, miró hacia la puerta y luego volvió a mirar a su suegro.
En vista de que la criada no llegaba, se dispuso a salir de la habitación para ir a buscar un chal para él, pero un suave gemido de terror la hizo dar media vuelta.
Lord Montgomery estaba sacando brasas de la chimenea con el atizador y depositándolas sobre la alfombra. En cualquier momento, la alfombra empezaría a arder.
Angélica y las hermanas de Jane se pusieron de pie con expresión de horror. Lady Montgomery, por su parte, se había quedado paralizada por la sorpresa.
Al ver que un tizón rodaba hacia la falda de lady Montgomery, Jane entró en acción. Agarró las brasas y empezó a arrojarlas de nuevo a la chimenea. Sus guantes eran finos y apenas la protegían, pero aun así siguió recogiendo las brasas mientras Angélica le quitaba el atizador a su padre.
Lord Montgomery le dirigió una extraña mirada vacua. Tembló y se acercó al fuego que rugía en la chimenea. Su bufanda quedó colgando cerca de las llamas y los extremos se prendieron.
Alguien gritó. Jane le quitó la bufanda y se puso a pisotearla.
Sus hermanas intervinieron entonces, vertiendo té, café y chocolate caliente sobre las brasas mientras lady Montgomery empezaba a gritar pidiendo ayuda y tocaba enérgicamente la campana para llamar al mayordomo.
La puerta se abrió de golpe y lord Savill entró en la habitación junto con el mayordomo. Comprendiendo de inmediato lo que ocurría, agarró a Jane por la cintura y la apartó de la bufanda, que seguía ardiendo. Sus grandes botas de montar sofocaron las llamas rápidamente.
Llegaron los sirvientes y empezaron a ayudarles; Bella, la doncella, llevó a lady Montgomery a su habitación mientras el ayuda de cámara convencía a lord Montgomery de que fuera a la biblioteca. Los demás criados se pusieron a limpiar.
Pronto solo quedó una mancha oscura en la alfombra para recordarles el incidente. Jane se dejó caer en un sillón, temblando todavía por la conmoción.
Celine, su hermana, que era un prodigio en momentos de crisis, se hizo cargo de la situación rápidamente. Preparó tazas de té bien dulce e insistió en que todos bebieran un poco. Una vez hecho esto, le recordó a lord Savill que mandara llamar al médico.
Él, que había permanecido en silencio hasta entonces, levantó la cabeza con expresión furiosa. Dio orden al mayordomo de que mandara recado al doctor Johnson de inmediato y luego se volvió hacia Jane.
La miró con enfado y ella tragó saliva. Gracias a la resistencia de su juventud, ya había empezado a reponerse de la impresión.
—No ha sido culpa mía —dijo, nerviosa—. No he hecho nada para animarle. Por favor, créeme...
—¿Has bebido? —la cortó él.
—No.
Él ladeó la cabeza, echando chispas por los ojos.
—Dígame, excelencia, ¿se cayó su hermana de cabeza cuando era niña?
Penélope levantó la vista, sorprendida.
—No, que yo recuerde. ¿Por qué?
—Porque está claro que no le funcionan bien ciertas partes del cerebro. —Se puso en pie y empezó a acercarse a Jane—. ¿Cómo se te ha ocurrido recoger las brasas con las manos?
—Oh. —Ella abrió la boca—. No lo he pensado.
—¿No lo has pensado? ¡Valiente estupidez! —Sus duras palabras contrastaban con sus actos. Se agachó junto a ella, le agarró suavemente las manos y les dio la vuelta para examinarlas—. No puedes lastimarte las manos. ¿Cómo vas a pintar, si no?
Jane se puso tensa.
—Pero tu padre podría haberse quemado. O tu madre. Las brasas estaban cerca de su falda. No podía permitirlo.
—Usa una taza vacía la próxima vez, maldita sea —le espetó él.
Jane apartó la mirada. Se sentía como una tonta.
—Ha sido todo muy repentino, milord. No he tenido tiempo de pensar lo que hacía.
Él bajó la cabeza para ocultar su rostro.
—Mi padre tiene que irse —dijo con voz ronca y quebradiza.
—¡No! —exclamó Jane.
—Tiene que irse. Por su culpa te has lastimado, Jane. ¿Y si yo no hubiera llegado a tiempo? ¿Y si hubieras estado sola con él?
Una lágrima se deslizó por la mejilla sofocada de Jane.
El rostro de lord Savill parecía lleno de pesar cuando le enjugó suavemente la lágrima con el pulgar.
Tras un momento de silencio cargado de asombro, Penélope dijo:
—Supongo que ya no podemos dudar de que la ama.
Jane miró fijamente a lord Savill, que parecía tan aturdido como ella.
Él le soltó la mano y se incorporó.
—¿Qué?
Dorothy asintió.
—Mandar a su propio padre lejos de casa por ella... Es extraordinario.
Jane estuvo a punto de negarlo, pero se contuvo. ¿No era eso precisamente lo que querían? ¿Que sus hermanas creyeran que estaban
locamente enamorados? Y, sin embargo, la forma en que había ocurrido... la molestaba.
Lord Savill se acercó al mueble de las bebidas. Parecía preocupado.
Sirvió un poco de whisky en un vaso, pero, antes de que pudiera llevárselo a los labios, Jane se lo arrebató y lo apuró de un trago.
Mientras ella tosía y balbuceaba, sus hermanas se pusieron a hacer planes.
—Haré los arreglos necesarios para transferirle la propiedad —dijo Penélope.