Jane Fairweather
—Yo voy a hacer las maletas —dijo…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
—Yo voy a hacer las maletas —dijo Celine con cara de alivio—.
Estaba empezando a echar de menos a mi marido.
—Yo también —añadió Dorothy tímidamente.
✽✽✽
El médico llegó un rato después y examinó las manos de Jane. Le dio un bote de pomada y le dijo que solo tenía quemaduras leves. Sus hermanas se marcharon poco después, pero Jane estaba tan aturdida que solo sintió una punzada de tristeza y las dejó marchar sin rechistar.
Después de tomar un té, fue a ver a lady Montgomery a su habitación. La encontró tumbada en la cama, con una bandeja de comida intacta a su lado. Angélica y lord Savill también estaban con ella.
Lord Savill estaba sentado en una silla, leyendo en voz alta. Su hermana se hallaba en el sofá de brocado verde, con el rostro crispado por la preocupación.
Jane entró de puntillas y ocupó una silla, al lado de Angélica. Se inclinó hacia delante mientras lord Savill pasaba la página.
Él la miró un instante. Luego bajó la cabeza y reanudó la lectura. Su voz sonaba reticente y llena de incredulidad mientras leía.
—«Y entonces sonrió y pegó un tiro al malhechor en la cabeza. Los otros bandidos sacaron arcos y flechas y le apuntaron. Él les arrojó dieciséis puñales, matándolos en el acto. Quedaba un solo bandido con vida, que se balanceaba colgado del ventilador del techo como un orangután desquiciado y le apuntaba con un rifle de caza cargado. Sonó una detonación, pero esta
vez su esposa había disparado primero. Había llegado como si flotara, ataviada con un precioso vestido de muselina rosa recamado con hilos dorados. Llevaba una pistola humeante en sus delicadas y blancas manos, que temblaban de emoción. El bandido se estrelló contra el suelo con un ruido sordo mientras ella se desmayaba en brazos de su marido, exhalando un leve suspiro».
Lord Savill cerró el libro de golpe.
—Santo cielo, madre, ¿qué clase de bobada es esta? No tiene ni pies ni cabeza.
—Es una novela buenísima, aunque podría haber sido más sangrienta. Además, se han olvidado de describir los zapatos de la joven —
respondió su madre—. Jane, estaba pensando en ti. ¿Qué tal tus manos?
—Bien —contestó, sentándose en el extremo de la cama—. ¿Cómo está usted?
—Tan bien como puedo estar a mi edad. —Lady Montgomery suspiró—. Siento no haber podido despedirme de tus hermanas. Supongo que pronto habré de marcharme con mi marido yo también. Tendré que empezar a hacer el equipaje.
Lord Savill bajó los ojos y asintió.
Al instante, Jane estaba de rodillas junto a él. Le agarró de las manos y le miró.
—¿No puede quedarse aquí? Por favor. Podemos arreglar una de las habitaciones más grandes del ala de invitados para él. Pagar a una persona para que cuide de él, o a diez. Tienes dinero suficiente para contratar a gente que le vigile día y noche. Pero, por favor, no hagas que se marchen.
Cuando la miró, sus ojos eran un cóctel de emociones.
—¿Quieres que mi padre se quede después de lo que ha pasado?
—No estábamos preparados —dijo ella con firmeza—. La próxima vez lo estaremos. Me encargaré de buscar a las personas adecuadas para cuidarle, de mantener a raya las habladurías y de velar por su bienestar.
Confía en mí.
Lady Croft y lady Montgomery se pusieron tensas mientras esperaban la respuesta de lord Savill.
Jane le acarició la mejilla y batió las pestañas.
—Por favor…
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Capítulo Treinta
Lord Savill se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Había parecido conmovido por las palabras de Jane, pero sus ojos se endurecieron de pronto y su boca se tensó formando una línea recta.
—¿Tener aquí a mi padre? Eso sería absurdo.
—Por favor —suplicó Jane.
Angélica asintió.
—Jane tiene razón. Tenemos que buscar a alguien que le cuide. Le romperá el corazón estar lejos de todo lo que le resulta familiar.
—¿Y si la persona que le cuide se queda dormida? —preguntó él.
—Habrá dos cuidadores en todo momento —respondió Jane al instante.
—¿Y de dónde sacaremos personas de confianza para cuidar a mi padre?
Fue Angélica quien le respondió.
—El médico podrá recomendarnos a alguien. O en la facultad de medicina habrá estudiantes dispuestos a trabajar si les pagamos bien.
Él cortó un cigarro y lo encendió. Dio unas cuantas caladas, haciendo temblorosos anillos de humo.
—Jóvenes solteros moviéndose por la casa. No sé si puedo permitirlo.
Jane frunció el entrecejo.
—Me aseguraré de que no toquen tus licores.
Él levantó una ceja.
—Eres tú quien me preocupa.
—Ah. —Ella se sonrojó y apartó la mirada—. Te doy mi palabra.
No coquetearé con ellos.
—Tú no —gruñó él en voz baja—. Pero ellos sí coquetearán contigo.
Jane sintió que todo su cuerpo se sonrojaba al oírle.
—Sobrestimas mis encantos. No soy especialmente atractiva.
Él levantó una ceja.
—Si eso es lo que piensas, una de dos: o tu espejo está empañado o lo están tus ojos.
Lady Croft rompió a reír, recordándoles que no estaban solos.
Lord Savill apartó la mirada de Jane.
—No estoy convencido de que debamos tener a mi padre aquí.
Ahora tenemos la casa de su infancia. Allí será feliz.
Lady Montgomery tomó la palabra por primera vez.
—Yo estaré contenta con cualquier decisión que tomes, Richard.
Jane no quería que su suegra se marchase. No soportaba pensarlo.
Bellmore Hall estaría vacía sin ella.
—Tal vez podamos probar un mes y ver cómo van las cosas —
sugirió lady Croft tentativamente—. De todos modos, la otra casa tardará un tiempo en estar lista.
—Supongo que sí —concedió lord Savill—. Tenéis un mes para demostrarme que esto puede funcionar.
A lady Croft pareció sorprenderla que tuviera en cuenta su opinión.
Jane sonrió, y su sonrisa franca y amplia transformó encantadoramente su rostro.
Él la miró un momento, pestañeando, se meció sobre sus talones y salió de la habitación.
✽✽✽
Trasladaron a lord Montgomery al ala norte, una parte de la casa que solían mantener cerrada simplemente porque no necesitaban el espacio.
Lord Savill no consintió que Jane entrevistara a los jóvenes estudiantes que envió el doctor Johnson. Se ocupó él mismo de hacerlo.
Pronto había contratado a cinco jóvenes muy hábiles que le informaban directamente y atendían a lord Montgomery por turnos. A ellos les convenía, porque tenían suficiente tiempo para estudiar y al mismo tiempo ganaban un buen sueldo.
Lady Montgomery se quedó en el ala de la familia por insistencia de Jane y lord Savill. A Jane no le gustaba la idea de que durmiera tan lejos, rodeada de hombres extraños a los que acababan de contratar, y lord Savill le confesó que temía que su padre incendiara el ala norte.
Durante el día, lord Montgomery se reunía con ellos para comer y se sentaba en la sala de estar durante dos horas, como siempre, solo que ahora siempre iba acompañado de uno de sus jóvenes cuidadores. El Señor Williams se negaba a separarse de él y le acompañaba a todas partes.
Jane se alegró de ver la mirada de afecto de lord Montgomery cuando acarició al guepardo. Si ella hubiera permitido que su suegro se fuera, el Señor Williams se habría sentido muy infeliz. El guepardo, además, mantenía a los jóvenes en constante estado de alerta. Trataban al anciano con respeto y no se atrevían a pasarse de la raya, pues sospechaban que, si lo hacían, el gran felino los atacaría.
Pasaron unas semanas hasta que se hicieron todos los arreglos necesarios y la casa volvió a la normalidad. Para entonces, la aguada gris de su nuevo cuadro se había secado y Jane quedó satisfecha con el resultado cuando volvió a pintar.
—Es un retrato encantador —comentó lord Savill al entrar en el cenador.
Jane soltó el pincel y trató de tapar el cuadro.
Él estiró el brazo y posó la mano en su cintura.
El viento, los pájaros y los insectos enmudecieron de pronto y Jane se quedó paralizada.
Sentía el calor de la mano de su marido a través de la fina muselina y el corazón empezó a martillearle en el pecho.
Él la miraba de forma extraña.
Jane tragó saliva.
—Yo... ¿Tienes hambre?
—En cierto modo.
Ella se quedó sin respiración cuando él le apretó la cintura. A lord Savill le brillaron los ojos cuando la levantó sin ningún esfuerzo y la dejó a un lado.
Jane dejó escapar un chillido de enfado al ver que ladeaba la cabeza y miraba el lienzo.
—Lord Posenby.
Ella se retorció las manos.
—Lo siento. Lo tiraré si quieres.
—Al contrario. Me divierte que esté desnudo y sosteniendo estratégicamente esas margaritas. Sus piernas son como velas y su nariz es tan puntiaguda que brilla. En cuanto a su expresión, parece confuso y extrañamente aterrado al mismo tiempo. Te ruego que me dejes comprarlo cuando esté terminado.
—¿Comprarlo? Puedes tenerlo gratis. Después de todo, eres mi...
La miró bruscamente, con intensidad.
—¿Tu qué?
—Quien me mantiene —se corrigió ella.
—¿Soy... quien te mantiene? Creía que eras una mujer independiente.
Ella bajó la mirada.
—¿Un cuaderno de esbozo? —preguntó él, recogiendo el cuaderno que descansaba sobre el banco.
Jane trató de arrebatárselo.
—¿Me dejas verlo, por favor?
—Buf, está bien, adelante. —Jane se mordió el labio, intentando recordar si había dibujado algo que pudiera ofenderle. Miró por encima de su hombro mientras él pasaba las páginas.
—¡Caricaturas! —exclamó él, encantado—. Este soy yo, con la cabeza como un nabo, sentado sobre un montón de joyas. —Se rio—. Has captado muy bien el parecido. Es notable lo que pueden conseguir unos cuantos trazos de lápiz.
Pasó una página y se encontró con una serie de bocetos al carboncillo que representaban las excentricidades de lord Montgomery.
En el primero, lord Montgomery se reía mientras una criada nueva chillaba al ver al Señor Williams bebiendo té. En el siguiente, perseguía a su esposa por la habitación pidiéndole un beso.
La siguiente serie de bocetos mostraba lo que ocurría en las cocinas.
Jane había dibujado a una lechera coqueteando con el mayordomo y una escena enternecedora en la que unas sirvientas arrullaban a un cachorrito de perro que el ayuda de cámara había encontrado extraviado y llevado a la casa.
Por último, lord Savill se detuvo a admirar un boceto grande y detallado que representaba a los criados con cabeza de pollo gritando «¡Ya viene!». Pasteles y tazas de té volaban por el aire. El ama de llaves temblaba de miedo, lady Montgomery y lady Croft daban órdenes y él aparecía en la entrada, apuesto y severo, con el sombrero en la mano y un pie en la puerta.
Cerró el cuaderno y lo dejó en el suelo.
—Me has permitido asomarme desde detrás de las cortinas y ver el caos. —Se volvió para mirarla—. No me había dado cuenta de lo mucho que mi familia y los criados se preocupaban por mi comodidad. Es un placer ver mi casa como nunca la había visto.
Ella inclinó la cabeza.
—Te quieren mucho.
—Ya lo veo. —La cogió la barbilla y le hizo levantar la cara.
Jane se negó a mirarle. Mantuvo los ojos fijos en un botón dorado de su abrigo.
Él bajó la cabeza morena y acercó los labios a los de ella tentadoramente, sin llegar a tocarlos.
Su aroma profundo y viril embargó los sentidos de Jane como el opio y un leve gemido escapó de sus labios. Él estaba muy cerca y, sin embargo, se negaba a salvar la distancia que los separaba.
Ella se puso de puntillas, arrastrada por una cuerda invisible, y se inclinó hacia él como una bailarina ebria. Levantó los ojos y le miró por fin.
Sus ojos oscuros habían perdido por completo su expresión burlona y una emoción sin nombre se agitaba bajo su piel. Jane percibió el poder de esa emoción mientras él luchaba por controlarlo.
Su intensidad, su fuerza y su masculinidad la inundaron, haciendo que cobrara conciencia de su propia fragilidad.
Una rama crujió fuera, pero Jane apenas lo oyó. Lord Savill se inclinó de repente y la besó.
Le dio un beso rápido y duro que la hizo temblar y luego se fue.
Ella arrugó el ceño. Quería más y, como de costumbre, él se había marchado demasiado pronto.
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Capítulo Treinta y uno
Jane se miró al espejo. Llevaba un sencillo vestido de seda azul, el pelo recogido y delicados diamantes alrededor del cuello y en las orejas.
Su cara parecía distinta. Ladeó la cabeza y entornó los ojos. Sus mejillas habían perdido parte de su redondez y sus ojos parecían más grandes. Siempre había sido delgada, pero ahora su rostro armonizaba con la delicadeza de su figura.
El resultado le sentaba bien.
Sonrió, complacida por aquel cambio, y bajó a cenar con un poco más de confianza en sí misma, dispuesta a conocer a sus invitados.
Lord y lady Pekham cenaba esa noche en Bellmore Hall. Eran amigos de lord Savill y Angélica. Lord y lady Montgomery habían decidido cenar en sus habitaciones para que los jóvenes se divirtieran solos, para variar.
Jane se detuvo frente a la puerta del comedor y respiró hondo. Había intentado mantener la mente ocupada en asuntos prosaicos como su aspecto físico porque no quería pensar en él.
En él… En lord Savill. Incluso pensar su nombre hacía que le diera un vuelco el corazón. Había empezado a seguirle con la mirada y tenía que hacer un esfuerzo por apartar los ojos de él cuando estaba en la habitación.
Volvió a respirar hondo para armarse de valor. Iba a tener que pasar toda la noche con él. Se le encogió el estómago al pensarlo y, aun así, no tuvo más remedio que obligar a sus pies a moverse y entrar en la habitación.
Su marido estaba sentado a la cabecera de la mesa.
Jane se tensó y contuvo la respiración. Estaba increíblemente guapo.
Ella parpadeó como una tonta durante unos instantes. De repente, el acto de caminar se le antojaba muy extraño.
Él le sonrió.
Jane tropezó con la falda y Belcher la ayudó a recuperar el equilibrio.
—Estás guapísima —dijo lady Croft, mirándola con un brillo de regocijo en los ojos.
—Estoy de acuerdo —repuso lord Savill, y se levantó para entregarle a Jane una copa de champán.
Lord y lady Pekham llegaron justo en ese instante, y Jane dispuso de un momento para recomponerse. Parecían dos plumas de escribir de punta roma. Ambos tenían la cabezas puntiaguda, el pelo revuelto y abundante, la figura esbelta y las caderas cuadradas.
Jane se reprendió para sus adentros. Estaba siendo muy poco amable. Lady Pekham era, de hecho, increíblemente atractiva. Parecía una pluma con la punta roma, era cierto, pero una pluma muy hermosa, y lord Savill era consciente de ello. Se le iluminaron los ojos de placer cuando la vio entrar.
Jane dejó su copa de cristal estriado sobre la mesa para no romperla de tanto apretarla.
Tomaron asiento en la mesa del comedor y Jane, sentada junto a lord Savill, le miró fijamente.
—Estás sonriendo demasiado —le dijo en voz baja.
Él la miró con sorpresa.
—¿Qué?
—Vas a avergonzar a lady Pekham. Deja de enseñarle los dientes.
Antes de que pudiera responder, lord Pekham tomó la palabra.
—Bueno, háblanos de ti —le dijo a Jane con voz retumbante.
Ella retorció la servilleta sobre su regazo.
—Eh…
—Es una pintora maravillosa —sonrió lady Croft.
Lord Pekham se rio.
—Ah, ¿acuarelas? Mi esposa también pinta a la acuarela. Es bueno dejar que las mujeres tengan sus aficiones. Así tienen la cabecita ocupada.
Lord Savill hizo un gesto al mayordomo para que sirviera la sopa.
—Mi esposa es una artista brillante. Intelectuales de todo el mundo ansían poseer sus cuadros.
Lord Pekham volvió a reír.
—Todavía estás en esa fase del matrimonio en que todo lo que hace tu esposa te parece admirable. Lo recuerdo muy bien.
Una vena comenzó a palpitar en la sien de lord Savill.
—Gana una fortuna vendiendo sus cuadros. Y es miembro de la Real Sociedad de Artes.
Lord Pekham frunció el ceño.
—Realmente, no deberías dejarla vender sus cuadros. Se le subirá a la cabeza. En cuanto a que sea miembro de la Real Sociedad de Artes, deberían revocar su admisión. ¿Cómo se puede permitir que una mujer pertenezca a esa institución? Lo siguiente será permitir el ingreso a perros y gatos.
—Su inteligencia —repuso lord Savill en voz baja— es igual, si no superior a la de la mayoría de los hombres, incluido tú, Gilbert.
Jane alargó la mano y agarró la de su marido por debajo de la mesa.
Él la miró y ella sacudió ligeramente con la cabeza.
La conmovía que él la estuviera defendiendo tan enérgicamente, pero estaba acostumbrada a esos comentarios despectivos. Su propia madre solía hacerlos. No quería que la amistad de su marido con lord Pekham se deteriorara por ello.
Lord Savill comprendió su mirada de súplica y se esforzó visiblemente por dominarse. Lady Croft se puso a hablar de la última ópera, dirigiendo la conversación hacia terrenos menos resbaladizos, y pronto lord y lady Pekham olvidaron aquel rifirrafe inicial.
El ambiente se tornó alegre y el mayordomo llegó con el segundo plato. Pero antes de servirlo, levantó la tapa que cubría la bandeja que ocupaba el centro de la mesa.
En lugar de una pieza de venado, vieron la cabeza sonriente y grasienta de lord Posenby.
Alguien gritó y todos se pusieron en pie de un salto. Lady Croft, el mayordomo, tres criadas y los Pekham se desmayaron.
—¿Cómo has podido? —le gritó Jane a lord Savill—. ¿Cómo has podido hacer esto?
—¿Qué quieres decir? —respondió él, irritado—. Le mandé fuera del país. ¿Me estás acusando de haberle decapitado?
—¿De qué, si no?
—¿Por qué iba a hacer algo tan absurdo?
Se oyó un carraspeo, y una voz de hombre dijo:
—Quizás esté celoso.
—¡Ahora no, Posenby! —respondió lord Savill, y luego se quedó helado.
—¡Ha hablado! —Jane se volvió para mirar la cabeza.
Lord Posenby esbozó una sonrisa pringosa.
—Sí, y, antes de que pregunten, estoy bien. Un poco empachado, porque me he comido casi todo el venado.
Lady Croft, los criados y los Pekham volvieron en sí. Se pusieron en pie, aliviados al ver que el hombre estaba vivo.
—No entiendo —dijo lady Pekham con un hilo de voz—. ¿Qué hace este hombre aquí? Dios mío, ¿nos lo vamos a comer? —Se desmayó de nuevo.
Lord Posenby sonrió a Jane.
—Estoy aquí porque, cuando estaba en el barco, me di cuenta de que estaba enamorado de ti. Me colé en la casa esta tarde, hice un agujero en la mesa, quité la bandeja y metí la cabeza bajo la tapadera de plata.
—¡Voy a decapitarle de verdad! —Lord Savill dio un paso hacia él y Jane le agarró del brazo para detenerle.
Dijo con frialdad:
—Le golpeé en la cabeza, le até e hice que le echaran del país. No podría haber dejado más claras mis intenciones.
—Exactamente. —Lord Posenby sonrió con aire soñador—. Él me dijo que el verdadero amor no es fácil. Ninguna otra mujer me había rechazado así. Mis encantos derriten a todas las mujeres en las que pongo mis miras, excepto a la suya. Él me dijo que no me rindiera, que luchara hasta el último aliento. Dijo que era la magia de las Fairweather.
—¿Quién demonios le ha llenado la cabeza con estas tonterías? —le espetó lord Savill.
Lord Posenby se lamió la grasa que brillaba en la comisura de sus labios.
—El mayor poeta de todos los tiempos, Philbert Woodbead.
—¡No! —exclamó Jane.
—Sí —respondió Posenby—. Me ha infundido tal pasión que ni tu maldito pajarraco picoteándome mis partes podría disuadirme de mi empeño.
—La Señora Williams. —Jane cerró la boca, horrorizada—. ¡Salga de ahí de una vez!
Posenby soltó una risita y se puso a cantar una canción.
Bailo con las gallinas,
el cordero y la ternera hervida.
Te quiero, querida, por la mañana
y soñando en la madrugada.
—¡Sáquenlo! —le rugió lord Savill al mayordomo—. ¡Ahora mismo!
El lacayo se apresuró a ayudar al mayordomo, y entre los dos sacaron a Posenby de debajo de la mesa del comedor y le levantaron.
—Te quiero, Jane —gritó mientras se le llevaban—. No me rendiré.
Jamás. Él me enseñó esta canción. La cantaré hasta el día de mi muerte.
Bailo con las gallinas, el cordero y la ternera hervida...
Su voz se fue desvaneciendo cuando le sacaron de la casa y le metieron en el carruaje para llevarle de nuevo al puerto.
En Bellmore Hall, los Pekham, como es lógico, perdieron el apetito y se marcharon enseguida. Lady Croft se retiró también a su habitación, y lord y lady Savill se miraron por encima de los restos de la cena y rompieron a reír a carcajadas.
Había sido un día memorable.
Más tarde, al meterse en la cama junto a lord Savill, Jane cayó en la cuenta de que no tenía por qué seguir durmiendo con él. Sus hermanas se habían ido y nadie los vigilaba.
Miró la espalda de su marido, que dormía ya, y dudó. La cama le parecía tan cálida y acogedora estando con él... Su habitación, en cambio, se le antojaba muy fría. Además, él no había dicho que no pudieran compartir la cama.
Bostezó, demasiado fatigada para luchar consigo misma. Se metió bajo las sábanas y cerró los ojos. Un momento después, él la rodeó con un brazo y, bajo su peso reconfortante, Jane se quedó dormida al poco rato.
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Capítulo Treinta y dos
El afilado sol de la mañana aguijoneó los ojos de Jane al entrar por la ventana. Cuando se despertó, descubrió que lord Savill ya se había marchado. Se bebió el té, ya tibio, que había sobre la mesilla de noche y miró por la ventana.
Una niebla fría y gris se cernía sobre el lago y grandes nubes de tormenta llenaban el cielo. Sintió frío a pesar de que las tres chimeneas de la alcoba estaban encendidas.
Las cosas habían ido tan bien hasta que llegaron sus dichosas hermanas y lo estropearon todo… Ahora tendría que dejar de dormir en aquella habitación. La situación se le estaba yendo de las manos.
La extraña sensación que se apoderaba de ella cada vez que miraba a su marido tenía que desaparecer. Le flaqueaban los miembros, se le nublaba la mente y su corazón empezaba a aletear como una mariposa atrapada.
Apartó la sábana y se vistió. Notaba en los dedos un hormigueo de inquietud que solo se disiparía pintando. Su mente bullía, llena de una urgencia que en ocasiones se apoderaba de ella. No podía esperar hasta la tarde. Tenía que empezar ya.
Un ataque, lo había llamado su madre una vez.
Aparecía de repente y entonces trabajaba con frenesí, hasta que el agotamiento la obligaba a parar finalmente.
Corrió al cenador después de dar instrucciones a las criadas de que no la molestaran.
No tardó en enfrascarse en el aroma de la pintura y el aceite de linaza. El aire fresco y vigorizante de la mañana le sentó de maravilla en la piel, y trabajó con absoluta concentración, impulsada por una alegría pura.
Sin que se diera cuenta, una sonrisa se dibujó en sus labios. Su esbelta figura, envuelta en un vestido de suave muselina color crema,
resultaba aún más atractiva cada vez que echaba mano de una pintura, de un trapo o de un nuevo pincel.
A última hora de la mañana, sintió un cosquilleo en el cuello. Al girarse, vio a lord Savill observándola.
Vestía un abrigo azul muy bien cortado y estaba apoyado en la puerta. Llevaba un sombrero oscuro en la mano enguantada y sus ojos, ligeramente entornados, estaban fijos en el rostro de Jane.
La miraba como si fuera suya. De su propiedad.
Aquella idea enfureció a Jane y la aterrorizó al mismo tiempo. Sabía que él nunca le haría daño y, sin embargo, ese extraño temor seguía agitándose en sus entrañas.
Un trueno retumbó en el cielo, seguido por un relámpago que la hizo saltar, asustada.
—Deja de mirarme así —dijo con labios temblorosos.
Él esbozó una sonrisa.
—No has desayunado esta mañana.
Comenzó a acercarse a ella, y Jane retrocedió un par de pasos. Él la agarró del brazo para detenerla.
—Para. Has estado a punto de tirar el lienzo.
Jane tardó un momento en poder articular palabra.
—Quería pintar.
—Mi madre ha pensado que tal vez te encontraras mal. Me ha pedido que lo comprobara. —Lord Savill se sacó una naranja del bolsillo.
—Estoy bien. Perfectamente. Mejor que nunca.
—¿Puedo mirar? —preguntó él, señalando la tela.
Ella se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—Me da igual. ¿Quieres sentarte en el banco?
—Prefiero estar de pie. —Se colocó detrás de ella, con los ojos fijos en el lienzo—. Un tema curioso.
Jane apartó la mirada de él y volvió a fijarla en el lienzo.
—Es Semele con la cabeza inclinada.
—Enfrentándose a Zeus en su forma divina —asintió él—. Ya lo veo.
—¿Cómo te has dado cuenta?
—Por la silueta del pequeño Dioniso cosida al muslo de Zeus.
—Acabo de empezar a trabajar en él. Me sorprende que hayas podido distinguirlo. —Jane masticó y tragó. Él le había metido en la boca un gajo de naranja sin que se diera cuenta.
—Vamos, haz como si no estuviera aquí.
Jane empuñó el pincel y descubrió que no podía continuar; le temblaban demasiado los dedos. Frunció el entrecejo. Mucha gente la había mirado mientras pintaba. Era el único momento en que se sentía perfectamente segura de sí misma y podía abstraerse del mundo que la rodeaba. Nunca le había molestado que la miraran.
Obligándose a ignorar el calor que despedía lord Savill, acercó el pincel al lienzo. Se centró en el lago que centelleaba detrás de Zeus y añadió un toque de azul.
Se detuvo y miró a su marido. Él le dio otro trozo de naranja e inclinó la cabeza hacia el lienzo como diciendo: «Sigue».
Ella asintió. Trató de concentrarse una vez más y fracasó. El pincel quedó suspendido sobre el lienzo, presa de un nerviosismo repentino.
Él le tocó el hombro con un dedo.
—¿Sueles tardar tanto? Te he dado tres naranjas enteras y solo has pintado un puntito en el lienzo.
Jane le miró con sorpresa.
—¿Tres naranjas?
—Te has saltado el desayuno. Parece que mi presencia te distrae de tu trabajo. Quizá deba irme.
Ella se puso rígida.
—Nada de eso.
Él carraspeó.
—¿Jane?
—¿Hmm?
—Tienes que pintar en el lienzo.
—Lo sé.
—Pero llevas un buen rato mirándome fijamente.
Se puso colorada y apartó la mirada.
—No es cierto. Estoy pintando. He hecho ese punto. ¿Lo ves?
Lord Savill se rio y la hizo volverse para que le mirara.
—Creo que sé lo que te pasa. —Le acarició la mandíbula. Posó los ojos en su cuello.
Jane levantó el hombro, fingiendo despreocupación.
—¿Qué... qué pasa?
Él bajó la cabeza hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de los de ella y escudriñó su rostro.
El corazón de Jane empezó a latir casi dolorosamente. Su pecho subía y bajaba mientras luchaba por respirar.
Lord Savill esbozó lentamente una sonrisa devastadora y sagaz.
—Puedo leerte la mirada. Estás pensando en esto.
Y entonces rozó con los labios la comisura de su boca. Un roce delicado, ligero como una pluma, provocador.
Aquello bastó para que Jane se encendiera. Volvió la cara hacia él y besó de lleno sus labios, fundiéndose como la nieve al sol.
Tras dejar escapar un suave gemido de sorpresa, lord Savill la atrajo hacia sí y estrechó la esbelta figura de Jane contra su cuerpo grande y poderoro.
Ella agarró su abrigo con su delicada mano, como si no quisiera dejarle escapar. Sintió la sacudida de un rayo, pero no supo si la había atravesado o si había restallado a su alrededor.
La lluvia comenzó a golpear las paredes de cristal del cenador, imitando el fragor de la sangre en sus oídos. El calor que despedía lord Savill era tan intenso que temió derretirse como la cera. La ropa le arañaba la piel sensibilizada y sus dedos encontraron la piel desnuda de su marido bajo la camisa y le acariciaron el pecho.
Él levantó la vista y sacudió la cabeza.
—Basta.
—Yo… —Ella parpadeó, confundida—. ¿Qué?
Él le acarició la mandíbula, con expresión repentinamente distante.
—Creo que he empeorado las cosas. —Retrocedió unos pasos—. No hago las cosas a medias, querida, ni en el trabajo ni en el amor.
Ella le observó alejarse, con los dedos apoyados sobre la boca, en la que todavía notaba el cosquilleo del beso. Una parte de su ser quería pedirle que volviera. Era una parte muy grande. Era, de hecho, todo su ser. Pero aquella bruma se disipó tan rápidamente como había surgido y su mente se despejó.
Un momento después, tiró los pinceles al suelo y soltó un suave grito de frustración. Aquel hombre endemoniado hacía que se derritiera por
dentro.
No podía creer que por un momento hubiera querido ser una pirata sin escrúpulos, echársele al hombro y llevarle a la alcoba.
¡Santo cielo! Llena de horror, se tocó las mejillas sonrosadas y calientes. ¿Qué locura era esta? ¿Por qué cuando estaba con él su cerebro se convertía en una especie de engrudo?
Y lo peor de todo era que era ella quien deseaba abalanzarse sobre él, mientras que el pobre hombre había intentado mantener las distancias.
Tendría que hacer algo al respecto. Le rogaría a Georgiana Berry que se quedara con ella un tiempo y le sirviera de carabina.
✽✽✽
—No lo entiendo.
Georgie estaba recostada en el banco del cenador, comiendo uvas.
La luz de la tarde hacía brillar los hilos dorados de su vestido de color lavanda claro. A su alrededor, la luz se filtraba a través de la vidriera formando sombras moteadas en el suelo. Jane sacudió la cabeza para despejarse. No era momento de estudiar el juego de luces.
—Necesito que me hagas de carabina.
—¿Y de quién se supone que debo salvaguardar tu virtud?
—¿De mi marido?
—¿De tu marido?
—Sí. ¿Lo entiendes ahora?
—No, no lo entiendo.
—Tienes que ser mi carabina.
—Estáis casados. Las carabinas son para las vírgenes solteras.
—Tú solo tienes que evitar que me acueste con él.
—Ah.
—¿Lo entiendes ahora?
—No.
—No quiero morir de parto.
—Nuestras madres no murieron.
—Pero yo podría morir.
—También podrías morir de tisis.
—¿Vas a ayudarme o no?
—Sí, aunque no puedo quedarme mucho tiempo.
Jane suspiró.
—Lo sé. Ya se me ocurrirá otra cosa cuando llegue la hora de que te vayas.
Lady Croft entró en ese momento.
Jane le hizo un rápido gesto a Georgie indicándole que mantuviera el asunto en secreto. No estaba preparada para contárselo a nadie más.
—¿Estás pintando? —preguntó su cuñada, acercándose al lienzo.
Jane negó con la cabeza.
—No, no consigo concentrarme.
Lady Croft sacó una hoja de dibujo.
—Iba a hacer un boceto. Hace calor para estar en invierno.
El rostro afilado de Angélica, su pelo dorado y su vestido negro almidonado contrastaban vivamente con los rizos rojos y la suave silueta de Georgie. Jane se preguntó si podría convencerlas para que posaran juntas para ella.
Georgie le quitó el carboncillo de la mano a lady Croft.
—Mejor vamos a hablar de la escuela.
Pasaron el resto de la tarde hablando de ese tema. Charlaron mientras tomaban abundantes tazas de té, pasteles y galletas. Trajeron mantas para arroparse cuando empezó a hacer demasiado frío y pusieron ladrillos calientes bajo sus pies.
Jane miró las estatuas, las plantas y los lienzos iluminados por la luz invernal y oía la risa tintineante de sus amigas.
Posó los dedos de los pies en el cálido ladrillo y dobló las piernas para apoyar la cabeza en las rodillas. Habría sido un día encantador, de no ser porque otra vez echaba de menos a su marido.
Maldita sea.
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Capítulo Treinta y tres
Al día siguiente llegó el equipaje de Georgiana, momentos después que ella.
Jane estaba encantada. La noche anterior había conseguido dormir en su habitación, a pesar de las ganas que tenía de dormir con lord Savill.
Apenas había pegado ojo y estaba molesta consigo misma por haberse habituado hasta ese punto a la compañía de su marido.
Se vistió y al entrar en el cuarto de invitados encontró a Georgiana mordiéndose el labio y paseándose de un lado a otro.
El Señor Williams entró en ese momento y se acurrucó en la cama de Georgiana.
Jane le acarició la cabeza.
—Es un encanto. A veces me olvido de que es un guepardo y no un gatito.
Georgiana acarició el lomo del animal y el Señor Williams se estiró y ronroneó.
—Me encanta. Está empezando a gustarme tu casa más que la mía.
—Se rio y se levantó de un salto—. Un paseo —anunció poniéndose el sombrero—. He estado media hora sentada en el carruaje y, aunque tiene buenos ejes, rebotaba un poco.
—Como quieras —dijo Jane, agradecida—. Gracias por venir a quedarte conmigo.
—Me lo paso bien aquí.
Salieron por la puerta justo cuando el cielo se cubrió de nubarrones.
El viento heló de inmediato la nariz y las orejas de Jane.
—¿Un pequeño cortito, quizá ?—sugirió con nerviosismo.
Georgiana no respondió. Estaba de un humor extraño.
Jane la agarró del brazo:
—¿Qué ocurre?
—No consigo entender por qué me siento más a gusto en tu casa que en la mía.
—Porque me quieres más que a toda tu familia, por eso.
Georgiana apretó un poco el paso y Jane casi tuvo que correr para no quedarse atrás.
—Ve más despacio. Tienes las piernas muy largas. ¡Georgiana!
Entonces se puso a llover a cántaros, pero Georgie siguió caminando.
El sol se convirtió en una vela parpadeante tras un velo de nubes oscuras. La lluvia punzante y fría empapó la falda de Jane, volviéndola incómoda y pesada.
Se secó los ojos y gritó:
—¡Georgie, para! —Se plantó delante de su amiga y la zarandeó por los hombros—. Basta, tenemos que volver a casa.
Georgiana la miró con asombro, como si la sorprendiera encontrarse chorreando como un cachorro empapado. Se rio.
—¡Te echo una carrera!
Jane se remangó las faldas y echó a correr antes de que su amiga acabara la frase.
Esa noche se sentaron acurrucadas frente a la chimenea de la alcoba de Jane y bebieron brandy caliente.
Lady Croft las miró con preocupación.
—Tenéis mala cara.
—Estamos bien —dijo Georgiana, y estornudó.
—Me voy a morir —gimió Jane, y luego tosió y se pasó la lengua por los labios febriles. Se sentía fatal y no tenía ánimos para ser valiente.
—Voy a llamar al médico. —Lady Croft se puso en pie—. Vosotras meteos en la cama. Ahora mismo.
El doctor Foster llegó al poco rato y examinó a las chicas. Les sonrió y les dijo que descansaran.
Jane se levantó a buscar un vaso de agua cuando oyó la voz del doctor al otro lado de la puerta. Se agarró al tocador, sintió que le daba vueltas la cabeza y empezó a ver estrellitas. En cuanto se encontró mejor, se centró en la conversación.
—¿Cuánto cree que van a tardar en recuperarse? —preguntó lord Savill.
—No puedo decírselo con exactitud. Están ardiendo —respondió el médico.
—¿Debo preocuparme?
—Debe estar atento.
Jane no pudo aguantar más y se arrastró de nuevo hasta la cama.
Bebió un sorbo de la taza y cerró los ojos.
✽✽✽
Jane insistió en que Georgie compartiera su habitación. Era lo bastante grande para las dos y no quería que su amiga estuviera sola mientras se encontrara mal.
Jane se despertó varias veces esa noche y encontró a lord Savill sentado a su lado en una silla. Él le dio agua cuando lo necesitó y procuró que el fuego siguiera encendido y que la colcha le tapara los hombros toda la noche.
Lady Croft también pasó la noche velándolas. Atendió a Georgiana como si fuera de la familia. Jane se sintió conmovida por los cuidados que les dispensaban ambos hermanos.
Por la mañana, las criadas las ayudaron a quitarse el camisón empapado de sudor y a ponerse un vestido ligero.
Incluso cepillarse el pelo era un esfuerzo. Jane apoyó la cabeza dolorida en la almohada y agradeció el té caliente. Solo consiguió dedicar una débil sonrisa a lord y lady Montgomery cuando fueron a verla.
Esa misma tarde, sus hermanas irrumpieron en la habitación llevando cestas de flores y fruta. Penélope quería llevarse a Jane a su casa y solo la intervención del médico y de lord Savill consiguió disuadirla.
Las chicas empeoraron al caer la tarde. Jane ya no sabía quién entraba y salía. Cuando por fin tomó conciencia de lo que sucedía a su alrededor, descubrió con asombro que había estado durmiendo dos días seguidos.
Al despertar encontró a sus hermanas allí, con sus respectivos maridos. Cuando vio el rostro de Penélope lleno de lágrimas, comprendió que había estado muy enferma. Charlaron con ella como si se tratara de una
visita corriente, pero por la forma en que vigilaban cada uno de sus gestos adivinó que había estado al borde de la muerte.
Su madre y su hermana pequeña, Elizabeth, vinieron a visitarla desde Finnshire. Su hermana se quedó sentada en silencio; cada vez que miraba a Jane, sus ojos dejaban traslucir el temor que sentía. Jane comprendió entonces que, a pesar de las discusiones que tenían, su hermana la quería muchísimo.
Jane la agarró de la mano y la hizo sentarse a su lado mientras hablaba con su madre.
—Te he traído pastel de carne —dijo su madre jovialmente.
Jane sonrió, incapaz de hablar. Tenía la garganta en carne viva de tanto toser.
Su madre la miró con cariño.
—Me alegro de haberte casado. ¿Verdad que era un buen plan?
¡Mira qué feliz eres!
Jane la fulminó con la mirada. Estaba pálida, no podía hablar, se había debatido entre la vida y la muerte ¿y su madre pensaba que era feliz?
¡Qué disparate!
—Hay que ver cómo te cuida lord Savill… —Su madre dio palmas, llena de regocijo.
El ruido hizo estremecerse a Jane. Aún le dolía la cabeza.
Su madre se volvió hacia Georgiana, que estaba sentada en la cama, mortalmente pálida.
Georgiana le mostró el bordado que había estado haciendo.
—Lo he hecho para mi madre, este es para mi hermano y este para mi hermana —dijo sonriendo tímidamente. Tenía la voz ronca y daba la impresión de que iba a romperse en cualquier momento.
«Qué frágil es», pensó Jane, preocupada de repente. Su amiga intentaba mostrarse animosa, pero aun así Jane veía el dolor y el sufrimiento que había en su mirada.
La señora Fairweather entornó los ojos y se puso a reprenderla.
—Deberías estar descansando. Ya bordarás regalos para tu familia cuando estés mejor. ¿Dónde está lady Berry? ¿Está en la casa?
Georgiana se animó visiblemente.
—Estoy segura de que mi madre llegará pronto. Ya la han informado.
La señora Fairweather se fue a tomar el té con lady Montgomery, pero Elizabeth se quedó por insistencia de Jane.
En cuanto estuvieron solas, Jane la abrazó.
—Estoy bien —le aseguró.
A Elizabeth le tembló la barbilla.
—¿Eres feliz, Janey?
—Sí, lo soy.
Su hermana examinó atentamente su rostro.
—Tienes tan mal aspecto que no sé si estás diciendo la verdad. ¿Le amas?
Jane desvió los ojos.
—No puedo hablar. Me duele la garganta.
—Puedes asentir con la cabeza.
Jane le metió una galleta en la boca.
—Come.
—Mmm tmm mmieme. —Elizabeth masticó y repitió—: Él te quiere.
Jane se puso colorada.
—Es amable, nada más.
Elizabeth la miró pensativa.
—Penny dice que estáis locamente enamorados, pero yo sé que algo anda mal y, antes de irme, pienso averiguar qué es.
—¡Lizzy! —siseó Jane en tono de advertencia—. No te metas donde no te llaman. Va todo bien.
Elizabeth sonrió y una expresión pícara iluminó su bonito rostro.
—Yo lo arreglaré, hermana. Haré que todo vuelva a su cauce.
Jane se alegró cuando sonó la campana que anunciaba la cena y su madre y Elizabeth se marcharon. Quería a su madre, pero solo podía tomarla en pequeñas dosis, como un dulce excesivamente empalagoso. Si se excedía, empezaba a ponerse enferma.
En cuanto a Elizabeth, si hubiera pasado un momento más en la casa, habría descubierto todos sus secretos y habría empezado a entrometerse en sus asuntos.
✽✽✽
A la mañana siguiente llegaron dos cartas para Georgiana.
—Son de mi madre y de lord Plaskett.
—Ábrelas —dijo Jane con avidez. Se sentó en la cama y se volvió para mirar a su amiga.
Georgiana leyó las dos y se quedó extrañamente quieta.
Jane frunció el ceño.
—¿Georgie?
Su amiga tardó un momento en contestar.
—Están bien, lo que es un alivio. Pensaba que alguien de mi familia se había puesto enfermo y que por eso no habían venido a verme.
—¿Y por qué no han venido? —se vio obligada a preguntar Jane.
—Mamá cree que estoy en buenas manos y espera que me sienta con fuerzas para volver pronto a casa. Mi hermano ha venido de la Marina a pasar unos días de permiso. Viene tan pocas veces que mi madre quería pasar algún tiempo con él. Ah, y mi hermana tiene un pretendiente. Mi madre opina que pronto sonarán campanas de boda.
Jane apartó su sopa. Había perdido el apetito.
—¿Y la otra carta? ¿Era de tu padre o de tus hermanos?
Georgie se inclinó para recoger su cesta de costura y metió las cartas dentro mientras contestaba:
—Era de él. De lord Plaskett. Dice que lamenta mucho mi estado y me pregunta si es contagioso.
Jane se sintió enferma de rabia.
—¡Pero es tu prometido! Debería venir a verte.
—Si mi familia no ha creído necesario venir, ¿cómo voy a reprochárselo? A fin de cuentas, él acaba de llegar a mi vida y ellos me conocen desde el día en que nací — repuso Georgie en voz baja—. Creo que voy a dormir un rato.
Jane la miró con impotencia a su amiga y sintió que se le rompía el corazón al ver su cara de tristeza.
La siguiente vez que las hermanas Fairweather visitaron la casa, se interesaron por Georgie tanto como por Jane. Nadie mencionó a lady Berry ni a lord Plaskett y, sin embargo, esos nombres permanecían suspendidos en el aire como fantasmas molestos.
Jane sabía que sus hermanas tenían buena intención, pero la lástima con que miraban a Georgie solo empeoraba las cosas. Aquella noche, por primera vez, oyó que Georgie lloraba y trataba de sofocar sus sollozos.
Jane fingió dormir, sabedora de que su amiga no quería que la compadecieran.
Ese madrugada, lord Savill se sentó junto a su cama. La cogió de la mano cuando se despertó en plena noche.
Ella arrugó el entrecejo.
—Estás pálido. ¿Te encuentras bien?
Él asintió.
—Tienes mejor aspecto.
—Me siento fatal —se quejó ella—. Me duele la cabeza.
—Pediré que te traigan té.
—Y me duele la garganta.
—¿Brandy?
—Y el cuerpo también.
—¿Besos?
Ella se rio y luego dejó escapar un gemido.
—Vete. Estás haciendo que me duela más la cabeza.
Lord Savill sonrió y se levantó. Jane le agarró de la mano y tiró de él.
—No lo decía en serio. Quédate.
Él se rio por lo bajo y le sostuvo la mano obedientemente.
Georgiana habló con voz débil y suave:
—Delante de tu madre te haces la valiente, pero con él eres tan sincera como un bebé.
Jane frunció el ceño al oír las palabras de su amiga. Georgie tenía razón. Desde hacía un tiempo se sentía extrañamente cómoda con lord Savill. La forma en que la había velado y se había ocupado de ella y la paciencia que había demostrado habían hecho que confiara en él más que en cualquier otra persona. Con él no sentía la necesidad de esconderse y fingir.
Era tan extraño... Le miró y vio que la estaba observando. El corazón le dio un vuelco. ¿Acaso le consideraba de pronto más importante que su propia familia?
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Capítulo Treinta y cuatro
A la mañana siguiente, Jane se despertó envuelta en el aroma de la lavanda y las rosas. Sonrió, se desperezó y se sentó en la cama. Estaba rodeada de regalos, flores y golosinas y, lo que era más importante, ahora podía oler y saborear aquellos regalos. Tenía las fosas nasales despejadas, la tos se había reducido a un cosquilleo y la fiebre había desaparecido por completo.
Se le borró la sonrisa cuando miró a Georgie y vio que estaba sentada tratando de tejer. No había recibido ni una sola flor, ni un mensaje o un regalo de su prometido o de su familia. Se le encogió el corazón de pena y, por un momento, quiso coger todas aquellas flores y tirarlas.
—Los días se me hacen eternos —se quejó Georgiana—. Cada minuto me parece una hora. Me siento como si llevara un año en la cama.
No he podido pegar ojo. Me he pasado toda la noche dando vueltas. Espero no haberte molestado.
—No, Georgie, tú nunca me molestas.
Jane cogió la taza que tenía a su lado y bebió un sorbo de té caliente.
Comprendió lo que estaba insinuando Georgie. Quería salir de aquella habitación. Cada día se veía obligada a presenciar cómo se desvivía la familia de Jane por su amiga y cómo llegaban las muestras de cariño, mientras que a ella nadie iba a visitarla y apenas recibía cartas interesándose por su estado de salud.
Jane no podía imaginar lo horrible que debía de ser darse cuenta de que significabas tan poco para tus seres queridos que ni siquiera se molestaban en visitarte cuando estabas enferma o en enviarte un obsequio para demostrar que pensaban en ti.
Lord Savill y lady Croft llegaron en ese momento, y el pesado manto de melancolía que cubría la habitación se levantó un poco.
Jane apretó la mano de su marido.
—Quiero salir.
Él asintió.
—Creo que ya estás bien. Un poco de aire fresco y algo de sol es justo lo que necesitas. ¿Señorita Berry?
Georgie estaba desmenuzando su tostada.
—Me duele la cabeza.
A Jane se le llenaron los ojos de lágrimas. Su amiga se había dado por vencida. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, porque lord Savill le echó un chal sobre los hombros, le puso un sombrero y la levantó en brazos.
—Me preocupa Georgie —confesó Jane cuando la sentó en los escalones del patio.
Apoyó la cabeza en el hombro de su marido y él giró la cabeza y le dio un beso fugaz en el pelo.
—Se pondrá bien —la tranquilizó.
Pasado un momento, Jane añadió:
—Creo que apesto.
Él se rio.
—¿Qué?
—He estado sudando toda la noche.
—Dices unas cosas rarísimas. —Le cogió la mano y le puso un anillo en el dedo.
Jane se incorporó y miró el rutilante zafiro.
—¿Qué es esto?
—Un regalo.
—Es precioso y parece muy caro.
—Me ha costado una fortuna, pero tu felicidad es mucho más valiosa que unos cuantos trozos de papel y unas monedas.
—Gracias.
Advirtió de pronto que él tenía ojeras y había perdido peso. Arrugó el ceño, preocupada.
Él le sonrió.
—Cuanto antes te recuperes, más regalos recibirás.
—¿Intentas sobornarme para que me ponga bien?
Su marido se encogió de hombros.
—Es el único idioma que entiendo. —Le apartó el pelo de la cara y le acarició la mejilla con los nudillos—. Estaba preocupado, Jane. Muy
preocupado. No vuelvas a darme un susto así. No me sienta bien.
—¿Qué quieres decir?
—Me duele el estómago cuando te encuentras mal.
Ella se echó a reír.
—Eso es lo más dulce y extraño que me han dicho nunca.
—Somos los dos muy extraños —convino él con una sonrisa—.
Hacemos buena pareja.
Más tarde, cuando Jane volvió a su habitación, encontró a Georgie profundamente dormida. Se sentó a su lado y le tocó la frente. Estaba ardiendo.
Sus oscuras pestañas, posadas sobre sus mejillas, contrastaban con su piel pálida. Había perdido tanto peso que estaba casi esquelética.
Jane sintió que la muerte se cernía sobre su amiga dormida y apartó la mirada. Posó los ojos en la pequeña cesta que había en el suelo, llena de pañuelos que Georgiana había bordado para su familia, y en el librito de recetas que había estado haciendo para su madre.
No pudo evitar que se le escapara un sollozo. Georgie siempre había pensado en los demás; siempre estaba haciendo pequeñas cosas para hacer sonreír a su familia y, a cambio, ellos la habían tratado cruelmente cuando más los necesitaba. No lograba entenderlo. ¿Cómo era posible que su familia y el hombre que decía amarla la trataran con tanta insensibilidad?
Georgiana abrió los ojos y sonrió.
—Ya estás mejor —dijo.
Jane asintió, pensando que era injusto. Georgiana debería haber mejorado antes que ella. Eres muy injusto que siguiera enferma y tuviera que acordarse constantemente de lo sola que estaba en el mundo.
Georgiana pareció leerle el pensamiento.
—Tienes suerte de que te quieran tanto. Cuando estabas enferma, tu familia y tu marido se esforzaron por llenar tus días de felicidad. Hicieron todo lo posible por que estuvieras cómoda y entretenida. Eso es algo que no tiene todo el mundo, Jane.
A Jane se le saltaron lágrimas. Abrazó a su amiga. Entendía lo que Georgiana estaba tratando de decirle y apreciaba que pensara en ella incluso en un momento tan duro como aquel.
Ese mismo día, Georgie empeoró y cayó en una especie de estupor delirante. Jane y lady Croft intentaron por todos los medios que comiera y
bebiera algo, pero fue en vano. Era como si la muchacha se hubiera rendido y no tuviera ningún deseo de mejorar.
La fiebre se agravó, su piel se tornó gris y los ataques de tos se hicieron frecuentes. El médico acudió y la examinó rápidamente. Torció la boca e inclinó la cabeza.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Jane con urgencia.
Él la miró y dijo sin rodeos:
—Me temo que estamos en un momento crítico. O supera esta noche o...
Lady Croft se tambaleó al oír la noticia, llevándose una mano al corazón. Lord Savill se acercó rápidamente a ella mientras Jane se agarraba a la sábana, conmocionada.
Se envió recado a la familia una vez más.
Unas horas más tarde, Jane estaba en la alcoba de lord Savill cuando llegó una misiva de lady Berry informándoles de que pronto se reuniría con ellos.
Jane la leyó, la arrugó y la tiró al suelo. Comenzó a pasearse con rabia por la habitación.
Lord Savill la sujetó por los hombros para calmarla.