Jane Fairweather

Anya Wylde · Capítulo 3 de 3 · parte 2/2

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Jane Fairweather

—Yo voy a hacer las maletas —dijo…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

—Vas a acabar agotada. Siéntate.

Ella se encogió de hombros, desasiéndose.

—Lord Plaskett y lady Berry viven en Londres, a menos de una hora de camino. Podrían haber cogido un carruaje y estar ya aquí. Mi madre, por muy entrometida que sea, vino corriendo de Finnshire en cuanto se enteró de que yo estaba enferma. ¿Qué puede haber más importante que visitar a tu hija enferma?

—Jane, descansa —le ordenó él, obligándola a sentarse—. Georgie se pondrá bien, te lo prometo.

Ella se levantó de un salto.

—Me voy a sentar a su lado toda la noche.

Los ojos de lord Savill brillaron de furia.

—Ya basta. Harás lo que yo te diga. Angélica cuidará de Georgiana.

Tú tienes que dormir.

—¡No puedo!

—No discutas —replicó él con expresión adusta—. Estás un poco mejor, pero eso no significa que puedas agotarte cuidando a tu amiga.

Podrías recaer.

—Por favor.

Él parecía decidido.

—Vas a sentarte conmigo, a cenar y a acostarte.

—Mi cama, iré a dormir a mi cama, al lado de Georgie.

Lord Savill parecía dispuesto a discutir.

—Por favor —suplicó ella de nuevo—. Podría perderla esta noche.

Él desvió la mirada y finalmente asintió en silencio.

Jane suspiró aliviada, se obligó a tragar unas cuantas cucharadas de sopa y se apresuró a regresar a su habitación. Georgie se había quedado dormida y lady Croft estaba sentada en la silla, como de costumbre, leyendo en voz baja.

La suave voz de su cuñada y la cálida y reconfortante mano de lord Savill, que sostenía la suya, no tardaron en adormecerla a pesar de su determinación de permanecer en vela toda la noche. Y, para su sorpresa, pese al miedo a la muerte que impregnaba la atmósfera de la habitación, durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, al despertarse con una sensación de aturdimiento, comprendió que su sopa estaba mezclada con un opiáceo. Se enfureció con lord Savill, pero al ver la cara sonriente de Georgiana su furia se desvaneció al instante.

¡Su amiga estaba viva!

—Me encuentro mejor —le aseguró Georgiana.

Lady Croft, que parecía exhausta, se levantó de un salto y salió precipitadamente de la habitación.

Al observar el rostro de Georgiana, Jane se dio cuenta de lo cerca que habían estado las dos de la muerte. Y también se dio cuenta de otra cosa: no podía vivir temiendo a la muerte, que podía presentarse de muchas maneras. Era tremendamente afortunada y estaba siendo una tonta por poner obstáculos a quienes la amaban.

Había sido una idiota por esforzarse en mantener alejado a lord Savill. Y a decir verdad, no quería seguir haciéndolo.

Lady Croft regresó al cabo de un rato, con aspecto más sereno.

Depositó una gran bolsa de piña confitada sobre la cama y se dejó caer en el sillón, junto a Georgiana.

Jane, al ver que se sonreían, se dio cuenta de que había alguien que sí amaba a Georgiana, aunque ese amor estuviera abocado al fracaso. La escuela las mantendría unidas cuando consiguieran reunir los fondos que necesitaban. Lo que habían ganado vendiendo retratos y paisajes no bastaba, pero algún día lograrían reunir dinero suficiente.

✽✽✽

Pasaron algunas semanas antes de que Jane se sintiera completamente restablecida. La escarcha cubría el suelo y ella volvía a sentirse rebosante de vitalidad y energía. Sacó la cabeza fuera de la colcha con una sonrisa en los labios. Había tenido un sueño maravilloso en el que besaba a una niña que tenía los ojos de lord Savill. Quería que ese sueño se hiciera realidad y para ello tendría que seducir a su marido.

Frunció el ceño. El problema era que no sabía cómo hacerlo.

Saltó de la cama y entró en la habitación de lord Savill. Él estaba sentado junto al fuego.

Jane se aclaró la garganta.

—Te has vestido temprano.

—Ahora que estás bien, tengo que ausentarme por un tiempo.

Ella le miró fijamente.

—No entiendo.

—La finca que me cedió tu hermana, la casa donde se crio mi padre, está en mal estado. Parte del tejado se derrumbó ayer. El hombre al que he contratado para arreglarlo dice que las obras pueden llevar años y quiero verlo por mí mismo para asegurarme de que dice la verdad. Además, quiero llevar a padre a visitar la finca para ver si reacciona favorablemente.

—Iré contigo. —Se dio la vuelta para volver a su habitación a hacer la maleta.

Él le puso una mano en el hombro.

—Has estado enferma. No puedes hacer un viaje tan largo aún.

Estaré fuera un mes o más.

Jane se quedó paralizada un momento. Fijó los ojos en los pies descalzos de su marido y luego en las botas de montar que estaban junto a

la cama.

Cogió las botas y echó a correr.

—¡No puedes irte descalzo!

Él corrió tras ella.

—Deja de comportarte como una niña. ¡Vuelve aquí, Jane! Ya es suficiente.

Ella le sacó la lengua y saltó sobre un sofá del despacho. Él la siguió lentamente.

—Estás atrapada —dijo, sonriendo.

—No es verdad. —Intentó pasar por debajo de su brazo, pero él la agarró por la cintura y la sujetó con fuerza.

Ella le miró fijamente.

—No vas a ir a ninguna parte.

—Tengo que hacerlo. —Lord Savill intentó quitarle las botas.

Jane le mordió el brazo, él soltó un grito y ella echó de nuevo a correr.

—Me pondré mis otras botas —dijo él a su espalda—. Puedes quedarte con esas. Y, si quieres despedirte, ven a la puerta.

Ella bajó los hombros. Su marido tenía otros zapatos, cómo no. Era el hombre más rico de Inglaterra. ¿Cómo no iba a tenerlos?

Se dirigió a la puerta de la casa arrastrando los pies.

Lady Croft y lady Montgomery estaban ya allí, despidiéndose de lord Savill y su padre.

Lord Savill se acercó a ella y le quitó las botas de las manos.

—Son mis botas de montar más cómodas.

Ella permitió que se las quitara.

—No puedes irte.

Él se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.

—¿Por qué no?

—No puedes irte sin mí.

—Tengo que hacerlo.

A ella comenzó a martillearle el corazón de puro miedo. Le miró con los ojos arrasados en lágrimas.

—¿Y si vuelca tu carruaje?

Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

—Les pediré a los caballos que tengan cuidado con dónde pisan.

Ella le agarró del brazo y dijo irritada:

—No bromees. ¿Y si un salteador de caminos te aborda y te dispara? ¿Y si nieva tanto que te quedas atrapado y no consigues salir? La escarcha del suelo parece resbaladiza… O podría estar formándose una tormenta descomunal.

Él le puso las manos sobre los hombros y la miró a los ojos.

—Volveré, te lo prometo.

A Jane le tembló el mentón.

—¿Y si no vuelves?

—Volveré. —Le enjugó la lágrima que había resbalado por su mejilla. Acercó los labios a su oído y susurró en tono provocador—: ¿Tanta preocupación por un marido no deseado?

Ella se puso rígida.

—Me preocuparía por cualquiera.

—No te veo rogando a mi padre que se quede.

—Porque las decisiones las tomas tú.

Lord Savill se rio.

—Debes de ser profundamente infeliz, entonces. Llevas meses lejos de tu familia. ¿También les rogaste a tu madre y a tus hermanas que se quedaran cuando vinieron de visita? Habrás llorado durante semanas después. Me extraña haberme perdido semejante espectáculo.

Jane se echó hacia atrás, obligándole a soltarla. Estaba asombrada.

No podía entenderlo. Apenas había echado de menos a sus padres en los meses que llevaba viviendo lejos de ellos y, sin embargo, pensar en separarse unos pocos días de lord Savill hacía que se le retorciera de pena el corazón.

Le miró con fijeza, desconcertada.

La mirada de lord Savill se enterneció, como si intuyera la tormenta que se estaba gestando en su interior. No se mofó de ella. Al contrario; la besó en la frente.

Jane cerró los ojos al sentir su aroma. Se inclinó hacia adelante y levantó la cabeza, deseando más.

—Cuídate —susurró él, y le rozó la mejilla con los nudillos.

Se apartó de ella y Jane sintió deseos de gritar. No quería separarse de él.

Lord Savill se dio la vuelta para despedirse de su madre y su hermana, pero siguió mirando a Jane a menudo mientras reía y charlaba con ellas.

Cuando salió por la puerta, Jane le siguió sin apenas notar el viento cortante y el frío. Lord Savill subió al carruaje y Jane sintió que el corazón se le salía del pecho de un salto y se metía en el bolsillo de su marido.

—Cuídate —dijo, repitiendo lo que le había dicho él, mientras los caballos relinchaban y el carruaje se alejaba.

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Capítulo Treinta y cinco

Jane, Georgiana y lady Croft estaban sentadas en la biblioteca, junto al fuego, después de una espléndida cena.

Lady Montgomery se había retirado temprano.

—Deja de lamentarte como una jovenzuela enamorada —la regañó lady Croft—. Mi hermano lleva semanas fuera. Ya es hora de que te comportes como antes.

Jane se quedó helada.

—No soy una jovenzuela enamorada. Qué idea tan horrible.

Georgiana se rio. Seguía estando muy delgada después de su enfermedad, pero su sonrisa había vuelto a ser tan alegre y contagiosa como antes.

—Jane solo ama sus cuadros, nada más, ¿no lo sabías?

Lady Croft puso los ojos en blanco.

—Por eso no ha cogido el pincel desde que mi hermano dejó Bellmore Hall. Sinceramente, Jane, ¿qué ves en él? A mí me resulta inconcebible que un hombre pueda conmoverme tan profundamente.

—No me conmueve. Y no le echo de menos. —Jane se levantó.

El mayordomo llamó a la puerta.

—Sir Fairfax ha venido a verla, milady.

Jane se quedó boquiabierta. Sir Fairfax era un hombre apuesto, alto, moreno y de expresión reconcentrada e intensa. Se rumoreaba que su madre no era la bella lady Fairfax, sino una mujer mucho más exótica. Su padre era un conocido donjuán, y la piel morena y los ojos almendrados de sir Fairfax daban que pensar.

—¿Ha escrito para anunciar su visita? —preguntó lady Croft.

—Sí. —Jane se dio una palmada en la frente—. Me preguntó si podía visitarme para hablar conmigo sobre la Real Sociedad de Artes.

También quería ver mis obras.

—¿Cómo es posible que no nos hayas avisado? —chilló lady Croft

—. Tenemos un aspecto terrible.

—Mi vestido está manchado —añadió Georgiana, irritada.

—Hágale pasar —le dijo Jane al mayordomo.

—¿Aquí? —exclamó lady Croft.

—La chimenea del salón no está encendida —contestó Jane en tono juicioso.

—Voy a cambiarme. —Lady Croft se levantó y salió a toda prisa.

Georgiana se quedó mirando su falda manchada y luego se encogió de hombros.

—No creo que tenga ojos para nadie, más que para tus cuadros. Es un artista de renombre.

El mayordomo volvió a llamar a la puerta y las chicas se levantaron.

—Lord Plaskett está aquí —anunció el mayordomo en tono de disculpa—. Se ha negado a esperar.

—¿Lord Plaskett? —dijo Georgiana, llevándose la mano al pecho.

El mayordomo se apartó para hacer pasar a los dos caballeros.

Ellas hicieron una reverencia.

Jane miró a Georgiana, que había palidecido. Torció el gesto. Su amiga no parecía alegrarse de ver a su prometido y, ahora que lo pensaba, desde su enfermedad no había vuelto a hablar de él. Georgiana se había quedado en Bellmore Hall porque ella se lo había pedido, pero ahora se preguntaba si no habría algún otro motivo por el que no quería volver a casa.

Echó un vistazo al semblante tenso de lord Plaskett y decidió salir de la habitación. Era un riesgo, pero necesitaban hablar a solas.

—¿Le gustaría ver mi trabajo? —le preguntó a sir Fairfax cuando salieron de la sala.

Tras una breve vacilación, él permitió que le condujera fuera. Jane dejó la puerta entreabierta y le lanzó una sonrisa tranquilizadora a Georgiana, que parecía asustada por el giro que habían dado los acontecimientos.

Su amiga ya llevaba demasiado tiempo languideciendo. El modo en que la había tratado lord Plaskett durante su enfermedad no auguraba nada bueno para su futuro. Si Georgiana no rompía el compromiso, Jane lo haría por ella. ¿Cómo podía confiar en un hombre que no le había enviado ni una

mísera flor y mucho menos había ido a verla para reconfortarla? Una carta educada deseándole una pronta recuperación era lo que enviaba un simple conocido, no un futuro esposo.

—¿Dónde están los cuadros? —Sir Fairfax se aclaró la garganta.

—Algunos están colgados en la galería de lord Savill y otros en el cenador, pero ahora mismo hay poca luz. Lord Savill ha prometido hacer instalar lámparas de aceite en mi taller.

—Entiendo —dijo él—. ¿Dónde está su marido?

—Se ha ido a Escocia. Volverá pronto a casa. —Jane apretó el paso.

Sir Fairfax la siguió con facilidad.

—La reunión de la Real Sociedad de Artes se celebrará dentro de quince días. El ingreso oficial consiste en un simple juramento...

Jane le dejó hablar mientras ella seguía pensando en Georgiana, asediada por las dudas. ¿Se tomaría bien lord Plaskett la noticia? ¿Y si intentaba agredir a Georgiana? No se atrevería, estando bajo el techo de lord Savill.

Llegaron a la galería y sir Fairfax se detuvo frente a uno de sus cuadros.

—Los colores son nítidos y brillantes. Veo que sus circunstancias le han permitido conseguir los mejores pigmentos.

—He sido muy afortunada, señor.

—Magnífico —le sonrió él—. Las líneas son pulcras, los colores puros, pero creo que algunas partes de este paisaje están hechas con prisa.

Aquí. —Acarició el lienzo—. Y aquí.

Ella inclinó la cabeza.

—Me ha pillado. Soy impaciente.

—Creo que cuando madure, su trabajo mejorará.

Jane arrugó el ceño.

—No soy tan joven.

Él se rio.

—Me he expresado mal. Quería decir cuando sea más sabia y comprenda las emociones humanas más íntimamente.

—No le entiendo.

—Ya me entenderá. No me extraña que la Real Sociedad de Artes la haya acogido en su seno. Dentro de unos años, su trabajo será brillante.

Confieso que temía que hubiera comprado su ingreso, teniendo en cuenta quién es su marido, pero me alegra comprobar que no es así.

Jane le miró con sorpresa.

—Así que esa es la razón por la que quería verme.

Él asintió.

—Lo siento. Le pido humildemente disculpas.

Ella le sonrió. Un momento después, notó un hormigueo en el cuello y al volverse vio un par de ojos oscuros que la observaban con intensidad.

Lord Savill había vuelto y, a juzgar por su expresión tumultuosa, parecía pensar que ella tenía una aventura.

Mientras charlaban, sir Fairfax le había puesto una mano en el hombro. Jane supuso que su propia sonrisa no había contribuido a mejorar las cosas, y lo mismo podía decirse de la hora y del hecho de que estuvieran solos.

Vio que lord Savill giraba sobre sus talones y se alejaba. Le dio un vuelco el corazón y las lágrimas afluyeron a sus ojos.

—Tengo que irme —le dijo a sir Fairfax, y corrió tras su marido.

No le importaba que la Real Sociedad de Artes pensara que era una necia por despedir sin contemplaciones a un caballero tan importante.

—¡Richard! ¡No es lo que piensas! —dijo al irrumpir en su habitación.

Él arrojó los guantes sobre la cama, con la espalda rígida e inflexible.

Jane comprendió entonces que su marido significaba para ella más que su arte. Más que cualquier otra persona en el mundo. Y la ponía enferma que pensara que le había traicionado.

Le agarró del brazo y le hizo girarse.

—Mírame. Sir Fairfax ha venido esta noche a ver mis cuadros y a hablarme de la próxima reunión con la Real Sociedad de Artes. Lord Plaskett llegó al mismo tiempo y pensé que era mejor dejar que Georgiana hablara con él a solas.

Él la miró con el semblante petrificado. Jane se dio cuenta de que estaba cansado y necesitaba dormir. No pensaba con claridad. De lo contrario, no habría creído tal cosa.

Claro que también había dado por sentado que ella le había tendido una trampa para casarse con él y le había pedido que mantuviera las

distancias y que no esperara ninguna muestra de cariño por su parte.

—Te lo juro. No significa nada para mí.

Él se encogió de hombros, dando a entender que le traía sin cuidado.

Sin embargo, sus ojos brillaban con furia.

A Jane comenzó a latirle con fuerza el corazón. Sintió que él se le escapaba de las manos. Sintió que le perdía y que no podría recuperarle.

—He hecho un largo viaje. Me gustaría retirarme. —Su tono era tan frío que Jane se estremeció.

No pudo soportarlo. Se puso de puntillas, le agarró por el cuello de la camisa y tiró de él hasta que sus labios se encontraron.

Algo se desgarró dentro de ella, inundándola de emoción. El deseo, el dolor y el anhelo se agolparon en su interior, oleada tras oleada.

Él le devolvió el beso como si se hiciera eco de sus sentimientos, pero de repente se apartó.

Parecía conmocionado.

—He hecho un largo viaje —repitió—. Hablaremos por la mañana.

Jane asintió, demasiado conmovida para llevarle la contraria. Esa noche durmió en su cuarto y sus sueños fueron caóticos, sensuales y aterradores.

✽✽✽

Su marido había dicho que hablarían por la mañana, pero al día siguiente ella no tuvo valor para volver sobre el asunto y él se comportó como si no hubiera pasado nada.

Algo, sin embargo, había cambiado. Lord Savill se mostró tan amable como de costumbre, pero la trataba con un extraño distanciamiento que hacía sufrir a Jane.

La sonrisa que le dedicó en la mesa del desayuno era cortés y sus palabras sonaban rígidas y formales.

Jane odiaba aquello, le odiaba a él por hacer que fuera todo tan incómodo. Cogió un huevo cocido y se lo lanzó a la cabeza, sobresaltándolos a todos.

—Me voy a dar un paseo —les espetó cuando la miraron atónitos.

Estaba nevando y ella estaba demasiado enfadada para acordarse de ponerse un abrigo. Empezó a tiritar y el recuerdo de su enfermedad afloró de nuevo. No quería volver a enfermar, pero enfrentarse a aquel hombre insufrible la mataría.

Alguien le echó un chal sobre los hombros, y vio a Georgiana y a su hermana Dorothy mirándola, divertidas.

—Qué sorpresa tan encantadora —masculló Jane—. No te esperaba, Dorothy.

Su hermana sonrió.

—Nunca había visto a la dulce y tranquila Jane temblar de rabia.

—No estoy temblando de rabia. Solo tengo frío, nada más.

Dorothy la enlazó del brazo.

—Johnny, mi hijo pequeño, ha estado enfermo. Hace poco que volvió de África y creíamos que se trataba de una enfermedad tropical que ningún médico inglés era capaz de diagnosticar. No he querido decírtelo porque aún estabas convaleciente. Lord Savill nos buscó un doctor excelente que había regresado hacía poco de la India. Sabía lo que había que hacer y Johnny por fin se ha recuperado. He venido a darle las gracias.

—Esta mañana le ha tirado un huevo cocido —dijo Georgiana tratando de no echarse a reír.

Jane se enterneció. Su marido había estado ayudando a su familia sin decírselo.

Dorothy la besó en la mejilla.

—Voy a hablar con él. Abrígate bien y discúlpate. Es demasiado bueno para que le tiren huevos.

Cuando Dorothy se fue, Jane encontró un banco frente al lago y se dejó caer en él. Georgiana se sentó a su lado.

Jane suspiró.

—¿Rompiste tu compromiso con lord Plaskett?

—Sí.

—¿Se lo tomó bien?

—No.

—¿Tengo que matarle y enterrarle en el huerto?

Georgiana sonrió.

—Intentó violarme. Angélica entró blandiendo un atizador y le echó. No volverá a molestarme.

—¿Estás disgustada?

—Aliviada, más bien.

—Me alegro. Era un papanatas. Dime una cosa, Georgie.

—¿Sí, Janey?

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

—Desde que me enamoré.

—¿Crees que yo soy sabia?

—Todavía no, pero estás a punto de serlo. Un empujoncito y caerás de ese lado.

—Da miedo pensarlo.

—Sí, así es.

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Capítulo Treinta y seis

Jane movió los hombros e hizo crujir sus nudillos. Estaba lista para pintar.

Agarró el pincel y miró con atención el óleo sobre lienzo a medio terminar.

Había estado trabajando en una escena que representaba un baile.

Esta vez no se centró en las cortinas ni comprobó si el brillo dorado de las lámparas de gas era fiel a la realidad. Ignoró el delicado encaje que bordeaba la enagua de la joven danzante y el sombreado de las botas de cuero del hombre. La técnica era impecable, los colores intensos, las líneas perfectas y, sin embargo, faltaba algo.

Ladeó la cabeza y frunció el ceño, concentrada. El cuadro le parecía plano, no porque no hubiera aplicado bien las capas de pintura o porque la composición estuviera mal, sino porque la escena representaba a unas cuantas parejas bailando, nada más.

De repente se dio cuenta de que ya no quería centrarse en cómo pintaba, sino en por qué pintaba algo. Ahora que comprendía las emociones más profundas —la pasión, el anhelo, la desesperación y el dolor—, quería plasmar esas realidades en el lienzo.

Dejó el cuadro a un lado y cogió un nuevo lienzo. Quería pintar para suscitar sentimientos, para mostrar la verdad descarnada, para hacer que el espectador se removiera incómodo al hallarse frente a las emociones puras representadas en el cuadro.

Cogió un carboncillo y empezó a dibujar. Una sensación de euforia se apoderó de ella, haciéndola temblar. Eso era. Esa era la diferencia entre un buen pintor y un maestro. Cuando uno comprendía el oficio por completo, podía romper con la tradición y traspasar las líneas prohibidas.

Sacó las acuarelas y trabajó con frenesí, sin centrarse en la composición, el sombreado o la elección de los colores, sino en las crudas emociones que quería trasladar al lienzo. Se sentía como si se hubiera disuelto en la joven a la que estaba pintando, una muchacha encantadora

con un sencillo vestido blanco, que miraba desde el lienzo sosteniendo un melocotón perfectamente maduro. Sus ojos reflejaban un sinfín de emociones. Su piel se asemejaba a la del rosado melocotón y su pelo se rizaba, indomable, alrededor del rostro.

No hacía falta nada más.

Ni un fondo complicado, ni pinturas o pinceles caros. La belleza estaba en la sencillez.

Cuando terminó, se apartó para contemplar su obra. Le dio un vuelco el corazón al comprender que aquel sería uno de sus mejores trabajos.

—Una chica enamorada —comentó lady Croft al entrar en el cenador—. Es maravilloso.

—¿Qué has dicho? —Jane sintió que se le secaba la boca.

—Esa chica está enamorada. Está claro como el agua. Una emoción difícil de capturar y aun así lo has hecho maravillosamente con unas pocas líneas llenas de inteligencia.

Jane miró el cuadro con sorpresa. No podía haber pintado una emoción que nunca había sentido.

Lady Croft siguió hablando sin darse cuenta de la tormenta que se había desatado dentro de Jane.

—Hace más calor aquí. Me alegro de que Richard haya conseguido que instalen las chimeneas. En ninguna otra habitación habrías tenido tanta luz natural…

Jane se dejó caer en el banco y volvió la cara. Había intentado mostrar al mundo la verdad desnuda, aunque desagradable, pintando el tumulto que sentía dentro de sí y, en cambio, había dibujado su secreto más profundo y aterrador. Estaba enamorada y ya no podía negarlo.

Ahora que pensaba en ello, había ciertas pequeñas cosas que deberían haberle revelado la verdad sobre sus sentimientos. La forma en que se había apoyado en lord Savill durante su enfermedad, cómo le buscaba con la mirada en cuanto se despertaba por la mañana, su preocupación por él cuando se marchó a Escocia…

El modo en que él había cuidado de su familia y ella de la suya. El hecho de que se hubiera acostumbrado a sentir el peso de su brazo enlazándola mientras dormía y de que él sintiera la necesidad de acariciarle la mejilla con los nudillos cada vez que la veía.

Incluso los celos ardientes que reflejaban sus ojos cuando la había sorprendido con sir Fairfax y la necesidad desesperada de ella de explicarse eran indicios que ardían cegadores frente a ella, tratando de demostrarle la seriedad con que se tomaban ambos sus votos matrimoniales y lo profundo que se había vuelto el lazo que los unía.

Georgiana entró en ese momento, sacándola de sus cavilaciones, y empezó a aplaudir.

—¡Qué preciosidad! —exclamó, observando el boceto.

Jane se volvió hacia ella con ojos brillantes.

—No puedes pedirle a un médico que te tome el pulso y cuente los latidos de tu corazón para saber si amas o no a alguien. Es su preocupación por ti lo que revela cuánto te ama.

Georgiana la miró pensativa.

—La falta de interés de lord Plaskett por mi bienestar me hizo comprender que no me amaba en absoluto. Nunca me amó. Las palabras floridas, los regalos trillados y los gestos superficiales de nuestro noviazgo carecían de sentido, porque, cuando llegó el momento de demostrar que me amaba, fracasó. Al igual que mi familia.

Jane la abrazó.

—Yo soy tu familia. Todos lo somos. Te adoramos y puedes quedarte aquí para siempre, si quieres. Eres mi hermana, si no de sangre, sí de espíritu.

Georgiana sonrió.

—A veces, los amigos y la familia que una hace en la vida son mucho más valiosos que los que te tocan al nacer.

—¿Damos un paseo? —preguntó lady Croft, enlazando su brazo con el de Georgiana.

Jane asintió. Se le agolpaban tantos pensamientos en la cabeza que le dolía. Se puso el abrigo y salió del cenador. Apretó el paso, deseosa de estar sola por el momento.

Llegó al lago, cogió una piedra y trató de hacerla saltar sobre el agua, pero se hundió.

Cogió otra y la frotó con el pulgar. Estaba enamorada de lord Savill.

Le amaba más que a nadie o a nada en el mundo. Y su oficio no se había quedado en la cuneta por el simple hecho de que se hubiera

enamorado, sino que se había visto potenciado por la intensidad de sus sentimientos.

Al dibujar a aquella joven, la emoción, la alegría y la intensidad de sus sentimientos le habían hecho desear que el proceso de dibujo durara más de lo que había durado. Por primera vez, había disfrutado tanto creando que no quería que esa sensación terminara. Cada trazo había hecho que su corazón latiera más aprisa y que la embargara una oleada tras otra de intensa emoción.

Apretó los puños y cerró los ojos cuando la imagen de lord Savill apareció una vez más en su cabeza.

Recordó la espera mientras se secaba el óleo y las capas de gesso se infiltraban en el lienzo, las largas horas que había pasado machacando y mezclando pigmentos. De repente, se imaginó haciendo todas esas cosas junto a lord Savill.

El rubor coloreó sus mejillas cuando se le imaginó besándole el cuello mientras ella molía flores secas.

Era maravilloso tener aspiraciones, pero aún más emocionante era enamorarse.

Georgiana le tocó el hombro.

—¿Estás bien?

Jane se rio, un poco delirante.

—La meta es ser feliz, no ser famosa. Es manejar el pincel como una artista y no pensar en cuántos cuadros he terminado y cuánto he tardado en hacerlos.

Esta vez, cuando lanzó la piedra, esta rozó el agua sin esfuerzo y rebotó ocho veces antes de hundirse.

La voz de Lord Savill sobresaltó a las dos jóvenes.

—Su madre está aquí, lady Berry. Prepárese.

Apenas miró a Jane, y ella sintió que un vasto océano se abría entre ellos. Richard le había dicho que no quería que le amara. Había dicho que el suyo era un matrimonio solo de nombre. Tal vez solo era un hombre bondadoso que creía su deber cuidar de su esposa enferma.

Quizá no la amara.

Sería humillante admitir que se había enamorado solo para que él la rechazara y luego tener que verle todos los días y acordarse de su rechazo.

✽✽✽

Entraron en la casa y comenzaron a quitarse los sombreros y los abrigos.

—Me pregunto qué querrá.

Las palabras de Georgiana interrumpieron el ensueño de Jane.

—Llevarte a casa, querida. La gente está empezando a hablar —dijo lady Berry al entrar.

Las chicas la siguieron al salón y se sentaron. Sobre la mesa, frente a ellas, había una bandeja de plata con té, café y galletas. Los lirios de la cofia de lady Berry se estremecían, irritados, y sus diamantes relucían ofendidos.

—¿Sirvo el té? —preguntó Jane.

—No voy a ir contigo, madre. —A Georgiana le tembló la voz al hablar.

—Pero llevas meses en esta casa —repuso lady Berry. Sus mejillas carnosas parecieron marchitarse de pronto y su boca se torció hacia abajo.

—Soy más feliz aquí —dijo Georgie con firmeza.

—La estamos cuidando bien —afirmó lady Croft.

—Tienes que volver a casa. —Lady Berry se levantó y clavó la sombrilla en la alfombra—. No quiero oír ni una palabra más. Has roto tu compromiso y ni siquiera nos has informado. He recibido cartas y visitas preguntando si nuestra hija se ha escapado.

Georgiana se levantó lentamente.

—No te molestaste en venir cuando estuve enferma y te presentas aquí en cuanto la gente ha empezado a hablar. Está claro que tu imagen y tu posición social son más importantes para ti que la felicidad y el bienestar de tu hija. He sido una buena hija, pero tú has sido una madre espantosa. La tía Agatha me dejó algún dinero. He estado viviendo de él durante los últimos dos meses y soy muy feliz así. Puedes volver a casa.

—Nosotros somos tu familia.

—No, ellos son mi familia —dijo Georgiana, enlazando su brazo con el de lady Croft.

Lady Berry hizo una mueca.

—No entiendo qué te ha pasado. Nunca has sido así.

—Ahora soy más valiente y me siento a gusto. Ya no tengo miedo de decir lo que pienso.

—Tendré que llevarte a casa por la fuerza —le advirtió lady Berry.

—Entonces, en cuanto tenga oportunidad, me fugaré con un mayordomo o un lacayo.

Lady Berry retrocedió tambaleándose.

—No serás capaz —dijo llevándose una mano al corazón.

Su hija se encogió de hombros.

—¿Por qué no me pones a prueba?

—Te aburrirás de esta nueva independencia.

—Entonces volveré a casa.

Lady Berry tuvo que conformarse con eso. Salió de la habitación sin decir siquiera adiós.

—Vaya, eso ha sido impresionante. —Jane se secó el sudor de la frente.

A Georgiana le brillaron los ojos.

—Me siento feliz. Absolutamente libre y feliz.

Lady Croft la abrazó.

—A veces hay que escucharse a una misma en lugar de seguir las reglas que marca la sociedad.

Georgiana volvió a sentarse.

—Penélope mencionó una encantadora casita de campo en Bath. No está lejos de aquí, tiene unas vistas preciosas y está dentro de mis posibilidades. Podría vivir allí el resto del año y venir a Londres para la temporada.

—Has pensado en todo —dijo Jane, sorprendida.

—Yo viviré contigo —repuso lady Croft—. Tengo suficiente dinero propio para no necesitar el apoyo de mi hermano. No puedo vivir toda la vida en esta casa. Quiero un hogar propio.

—¡Qué divertido! —Georgiana sonrió.

Jane las observó, entristecida. Iban a marcharse. Pero compuso una sonrisa y las animó a seguir haciendo planes.

—Vendremos de visita. —Georgiana no se dejó engañar por su sonrisa.

—A menudo —asintió lady Croft.

Jane se enjugó una lágrima.

—Os quiero mucho a las dos.

Georgiana le apretó la mano.

—Vamos a abrir una escuela. Tendremos que escribirnos constantemente.

Esa noche, cuando Jane se retiró a su dormitorio, abrió la ventana y se sentó en el escritorio.

La vela parpadeaba, pero necesitaba que la brisa invernal refrescase su piel. Estaba enamorada e iba a hacer algo al respecto. Ver la valentía de Georgiana, la forma en que había luchado por su felicidad, la había impulsado a hacer lo mismo. No podía seguir soportando aquella situación.

No podía vivir bajo el mismo techo que Richard sin saber qué sentía por ella. Tan pronto estaba convencida de que la amaba como achacaba sus actos a simple bondad.

Su miedo al parto le parecía de repente ridículo. Se imaginó abrazando a un niño pequeño con la nariz de lord Savill y sonrió. El amor había triunfado sobre sus temores. La felicidad de Richard era más importante para ella que cualquier otra cosa en el mundo, y sabía que tener un hijo le haría inmensamente feliz.

El problema era que había estado evitándola desde la visita de sir Fairfax. Abandonaba la habitación en cuanto ella entraba y, si intentaba hablar con él, la rechazaba suavemente.

Con un sollozo ahogado, sacó una hoja, mojó la pluma en el tintero y empezó a escribir.

Queridas hermanas:

Necesito vuestra ayuda. Me gustaría seducir a mi marido y tener catorce hijos. Este es el plan…

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Capítulo Treinta y siete

Era más de medianoche. Jane se paseaba por la habitación con las manos metidas en un manguito de piel.

—¡Silencio, Dimbercove!

El corazón le dio un brinco al oír aquella voz. Se apresuró a abrir la puerta.

Había dos personas encapuchadas esperando en las sombras.

—Nos envía Jimmy, el honorable salteador de caminos —dijo un joven—. Soy su hijo, Dimbercove.

Jane frunció el ceño.

—¿Dónde está Jimmy?

—Le chasqueaba horrores la rodilla. Y le dolía a rabiar. A papá le afecta mucho el frío. Le daba pánico subir las escaleras, así que nos ha enviado a nosotros. —La persona que estaba a su lado le dio un codazo.

Dimbercove se apresuró a continuar—. Está esperando en la entrada.

Jane miró al otro desconocido preguntándose quién sería, pero un gruñido y un chillido la hicieron salir a toda prisa.

Las velas aún no se habían apagado y las lámparas de aceite arrojaban una luz tenue. Se asomó por entre los barrotes de la barandilla y vio a una criatura embozada en un chal oscuro corriendo por el vestíbulo, perseguida por el Señor Williams mientras la Señora Williams le picoteaba los tobillos.

El Señor Williams consiguió agarrar el chal y se lo quitó de un tirón.

—¡Alto, Señor Williams! —gritó Jane, y bajó corriendo las escaleras—. Es Jimmy, un amigo.

El guepardo la miró ladeando la cabeza, como si le preguntara si estaba segura.

Jane puso una mano en el hombro de Jimmy.

—Sí, es un salteador de caminos, pero honorable. Ahora, apartaos.

Necesito hablar con él.

De mala gana, la Señora Williams dejó de picotear los tobillos del bandido y se alejó a toda prisa mientras el Señor Williams se sentaba y los observaba con recelo.

Jimmy inclinó la cabeza.

—Lamento haber participado en el engaño para casarte con lord Savill. El haberte traicionado me tortura el alma. No puedo dormir, ni comer ni beber. Mira mis ojos. —Se levantó los párpados con los dedos.

Ella dio un respingo.

Él gimió.

—Lo siento, pequeña. No quería hacerlo, pero Penny me obligó.

—Lo entiendo. No estoy enfadada.

—¡Yo sí! Estoy furioso conmigo mismo. Debería haberte preguntado, haber hablado contigo y haber tratado de convencerte. No secuestrarte y echarte a los lobos.

—Son mi familia. Querían lo mejor para mí.

—¡Ay, he pecado! Me tumbaré en el suelo y puedes pedirle a esa bestia feroz que me devore empezando por el dedo gordo del pie. La gallina puede picotearme los ojos.

—Calla y deja de lamentarte. Vas a despertar a la familia. He dicho que te perdono. Ahora no es momento de pensar en eso. Ven a tomar el té otro día y hablaremos tranquilamente.

—Había olvidado que soy bienvenido aquí durante el día —gimió él

—. ¡Cuánto amor y respeto se me otorga a mí, a un delincuente, a un ladrón y un bandido! No lo merezco. Pídele a ese ser, a ese gato salvaje y gigantesco, que me coma. Dile que soy un ratón sabroso. Un pequeño tentempié.

—Levántate —ordenó Jane.

Jimmy se puso de pie, con la cabeza gacha.

Ella le tomó del brazo y le arrastró afuera.

—Bueno, ¿dónde está tu carruaje?

—Más arriba.

Jane estremeció cuando empezaron a caer copos de nieve del cielo.

La brillante luz de la luna iluminó el carruaje, que estaba en las sombras

bajo un gran roble. Condujo a Jimmy hasta él, agarrándole firmemente del brazo.

—Lo siento —dijo el bandido.

—Ya te he dicho que te perdono. Bien, ¿dónde tienes a mi marido?

—Penélope se ocupó de buscar la casa. No está lejos.

—Espero que no hayas sido demasiado duro con él.

—Le he tratado como si fuera un corderito travieso.

—Tú comes cordero.

Jimmy puso los ojos en blanco.

—Soy un delincuente profesional. Sé atar a un hombre sin hacerle daño. Ahora, vamos. ¡Dimbercove! ¡Elizabeth! ¡Subid al carruaje enseguida!

Todos se quedaron parados.

Jane se giró despacio y miró a las figuras encapuchadas.

—¿Has dicho Elizabeth?

Jimmy tragó saliva.

—¿Eso he dicho? Soy un anciano. Mi memoria ya no es la que era.

Digo muchas tonterías. No me hagas caso. No quise decir Elizabeth, sino Gizabith.

—Eso no es un nombre.

Él se encogió de hombros.

—Tampoco lo es Dimbercove y ahí lo tienes. A las mujeres les gusta poner nombres extraños a los niños. Conozco a un deshollinador que se llama Calderilla.

Jane se abalanzó sobre la figura más pequeña y le quitó la capucha.

—¡Elizabeth Fairweather! Lo sabía.

—¡Malditas sean mis nalgas! —refunfuñó su hermana.

—Ha dicho «nalgas». —Jimmy abrió los ojos de par en par y se desmayó, seguido por su hijo.

Jane dejó escapar un suspiro al verlos aterrizar en el suave suelo nevado.

Elizabeth sonrió.

—¿No te alegras de que esté aquí para ayudarte, hermanita? Bueno, yo le agarro por las muñecas y tú por los tobillos y a la de diez le subimos al carruaje.

Jane entornó los ojos y dio una palmada. El cochero se presentó al instante.

—O podemos dejar que lo haga él.

Elizabeth se encogió de hombros.

—No te enfades. La última vez me perdí toda la diversión. No podía perderme esto también.

—¡Pero hacerte pasar por un ladrón! ¡Qué vergüenza, Lizzy!

Elizabeth hizo un mohín.

—Jimmy es de la familia. No habría dejado que nadie me hiciera daño.

Jane suspiró.

—Entra. Tengo que ir a rescatar a mi pobre marido.

—¿Pobre? Es el hombre más rico de Inglaterra. Y, Jane, ¿por qué llevas un vestido de baile tan elegante? ¿Quién se viste así después de secuestrar a su propio marido?

Jane se recogió la falda de seda color crema y se deslizó en el suave asiento de terciopelo rojo. El cochero depositó a los dos hombres en el suelo mientras Elizabeth se sentaba frente a ella. Las chicas golpearon las paredes del carruaje y este se puso en marcha.

Jimmy y Dimbercove volvieron en sí al poco rato. Se sentaron y miraron a Elizabeth con enfado. Ella sonrió y batió las pestañas.

Jane se aclaró la garganta.

—Entraré en la casa sola. Jimmy, ¿te asegurarás de que mi hermana vuelva a casa sana y salva?

Él asintió.

—Para mí es como una hija.

—Deberíamos echársela de comer a los lobos —refunfuñó Dimbercove al mismo tiempo.

Elizabeth le dio un golpe en la cabeza.

—A ti sí que debería echarte a los lobos, tontorrón.

—¡Papá! —gritó Dimbercove.

Jane se alegró cuando el carruaje se detuvo. Estaba deseando escapar de aquellos dos adolescentes traviesos y peleones.

La casa que tenía enfrente era preciosa. Bajó rápidamente del carruaje y le hizo un gesto al cochero para que arrancara.

✽✽✽

La nieve que cubría el suelo, las ramas y las hojas hacía que la casa y su jardín parecieran aún más hermosos.

Abrió la puerta principal y entró con cautela.

—¡Hola! —gritó.

Su voz resonó como si la casa estuviera vacía, pero lord Savill apareció frente a ella al instante y la miró con asombro.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—¿Cómo te has desatado?

—¿Cómo sabías que estaba atado?

—Eh…

—¿Jane?

—Jimmy me ha secuestrado —balbuceó ella—. Y me ha dicho que te había secuestrado también a ti y que te había atado.

—¿Y luego te ha dejado marchar?

—Algo así.

Él la miró con sospecha.

Jane se frotó los brazos. Estaba terriblemente nerviosa. No sabía cómo expresar todo lo que quería decirle. Curiosamente, se le había quedado la mente en blanco.

Él le hizo un gesto para que le siguiera.

—Tendrás frío. Ven, he encendido la chimenea del dormitorio. Creo que esta casa hace tiempo que no se usa. No hay sirvientes, ni siquiera un guarda.

Jane arrastró los pies tras él, preguntándose qué debía hacer ahora.

Estaban en una casa vacía, solos, lejos de todos sus conocidos. El carruaje volvería al día siguiente, pero, hasta entonces, estaban atrapados el uno con el otro.

Ella estaba contenta, pero él no.

La habitación a la que la llevó era muy hermosa. El papel pintado con motivos florales era de tonos azules y crema, y el mobiliario de madera oscura, la exquisita ropa de cama de encaje y los jarrones repletos de rosas de tallo largo eran, evidentemente, obra de sus hermanas.

Aquel no parecía sitio para un secuestro, y Jane sospechaba que lord Savill se había dado cuenta de que había gato encerrado.

—¿Cómo te desataste? —preguntó de nuevo mientras se acercaba a la ventana.

Se quedó boquiabierta ante la vista. El mar estaba solo a unos metros de distancia. Oyó el fragor del oleaje y apoyó la cabeza en el frío cristal de la ventana.

—Jimmy me dejó suelto.

—¿Jimmy? ¿Quién es Jimmy?

—El amigo de tu familia. Jimmy, el salteador de caminos.

—¿Estás segura de que ha sido él? ¿Por qué haría una cosa tan extraña? —A Jane le dieron ganas de abofetearse. Poco antes se había felicitado por un trabajo bien hecho; ahora, en cambio, todo parecía desmoronarse ante sus ojos.

—Me acabas de decir que Jimmy te secuestró y te trajo aquí. ¿Ya lo has olvidado? —Lord Savill se acercó a ella con una sonrisa en los labios

—. Puede que lo haya organizado todo tu hermana.

Jane se aferró a sus palabras.

—Sí, sí, creo que ha sido ella quien ha mandado que me secuestren y me traigan aquí. Me pregunto por qué lo habrá hecho.

—¿Has visto eso? —La agarró del hombro y la hizo girarse—.

Creo que es uno de tus cuadros.

Jane se volvió para mirar lo que le señalaba y vio el cuadro del farolero colgado en la pared.

—¿Cuándo lo pintaste? —preguntó él.

—Antes de conocerte.

Él pareció extrañado.

—¿Me habías visto antes?

—No, nunca.

—Entiendo.

Jane sintió el impulso de decirle que estaban destinados a estar juntos, pero se mordió la lengua.

Él la miraba fijamente, con expresión pensativa. Ella tragó saliva y desvió los ojos.

—Debo tener un aspecto horrible. Me han raptado cuando estaba a punto de irme a la cama.

Él ladeó la cabeza y contempló su pelo cuidadosamente peinado, su vestido de seda y sus labios sonrosados.

—Tu belleza reside en tu naturalidad, sin cosméticos ni artificios.

Cuando tu piel está limpia y ruborizada por la emoción y no por el colorete, y tus ojos brillan de alegría y no por los afeites... ¡Oh, al diablo! Angélica me dijo esta mañana que hablara poéticamente para cortejarte, pero luego me secuestraron, y ahora todo me suena espantoso en vez de lírico…

El corazón de Jane empezó a latir con fuerza.

—¿Para cortejarme?

—¿Estás enfadada?

—Soy muy feliz.

—Ya veo.

Ella tragó saliva.

—Bueno, creo que es hora de que confiese.

—¿Sí?

—Te hice secuestrar. Te negabas a escucharme, salías de la habitación cada vez que entraba yo... No me ha quedado otro remedio.

Quería explicarte lo de Fairfax...

—Shh, ya te he dicho que confío en ti. —Le puso una mano en los labios—. No hablemos más de él. Sé que esa fue la única vez que le has visto.

—Ah. Entonces este secuestro no ha servido para nada.

—Yo no diría eso.

—¿Estás enfadado?

—No, solo un poco aterrado por las hermanas Fairweather. Tenéis una forma muy singular de conseguir lo que queréis. —Fijó los ojos en los labios de Jane y luego miró hacia cama—. Creo que debería dejarte descansar un poco.

—¿Y tú?

—No tengo sueño. Iré a dar un paseo.

—¿En plena noche?

—Hoy brilla la luna. Necesito alejarme un rato. —Cerró los puños y sus ojos se enturbiaron, llenos de deseo.

Ella comprendió.

—¿Vas a renunciar a tu sueño de tener un heredero?

—Por tu felicidad, sí. —Se alejó un paso de ella—. No quieres tener hijos, lo sé.

—He decidido que quiero catorce retoños, ni uno más.

Él la miró con sorpresa.

—¿Qué quieres decir? Estoy... ¿Qué insinúas?

—Estoy dispuesta a correr ese riesgo si tú también lo estás. No puedo seguir viviendo con miedo. Antes era terriblemente egoísta.

—No eres nada de eso. Tu contribución al mundo del arte, tu ingreso en la Real Sociedad de Artes lo demuestran. A un hombre no se le cuestionaría, sino que se le alabaría por anteponer su trabajo a su familia.

Jane le miró asombrada.

Richard estaba muy serio.

—Creo que deberías abrir una escuela de arte para mujeres. Tienes espacio, tienes tiempo y...

Ella le besó en la boca.

—Te quiero.

Él abrió los ojos desmesuradamente y dio un paso atrás.

—¿Has dicho que me quieres? Creo que he oído mal.

Jane rompió a llorar.

—Mm mmm mm —farfulló con voz ahogada.

—¿Qué? Lo siento. ¿Se supone que no debía preguntarlo? ¿No me quieres?

—Sí que te quiero —repitió ella con voz más clara.

—¡Oh, yo también! Quiero decir que yo también te quiero. —Volvió a mirar la cama—. Pero tal vez no deberías habérmelo dicho.

Ella se secó las lágrimas y se sonó la nariz.

—¿Por qué?

—Me va a resultar muy difícil tener las manos quietas ahora que has dicho lo que has dicho.

—¿Que te quiero? —sonrió ella—. ¿Y por qué quieres tener las manos quietas?

—Te aterra dar a luz.

Jane le agarró de la mano y le llevó a la cama.

—Todas las mujeres tienen miedo al parto. Pero estuve a punto de morir de un resfriado. ¿Significa eso que debo dejar de salir en invierno?

—Pues entonces… —Richard abrió los brazos de par en par—.

¡Pongámonos manos a la obra ahora mismo para tener a nuestro primer pequeñín!

Jane soltó una risita y se abalanzó sobre él.

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Epílogo

Penny bebió un sorbo de té en la salita de mañana de la mansión Blackthorne y se recostó en los cojines. Miró a Celine, que estaba sentada frente a ella, y dijo tranquilamente:

—No debería haberme metido hasta ese punto en los asuntos de nuestra hermana, pero fíjate en lo bien que ha salido todo. Tiene tres retoños y un cuarto en camino. Creo que tengo talento para esto.

Celine asintió.

—Es una pena que solo nos quede una hermana.

—¡Elizabeth! —dijo Dorothy irrumpiendo en la habitación.

—Sí, Elizabeth —sonrió Penélope—. Debemos idear un plan para encontrarle marido.

—¡Han pillado a Elizabeth robando el carruaje de lord Snyder! —

gritó Dorothy—. ¡Oh, Penny, creo que ni siquiera tú podrás salvarla esta vez!

Penélope se incorporó.

—¿Robando, has dicho?

Su hermana asintió.

—Se disfrazó de salteador de caminos y, junto con Dimbercove, intentó asaltar a lord Snyder. Por desgracia, él llevaba una pistola e iba acompañado de dos fuertes lacayos, y los han atrapado.

—¿Dónde está Lizzy? —preguntó Celine, angustiada.

—En casa —respondió Dorothy—. Cuando lord Snyder se dio cuenta de quién era, la dejó marchar, pero amenaza con contarlo todo a menos que...

Penélope se inclinó hacia delante.

—¿A menos que?

—Quiere casarse con Elizabeth.

Celine ahogó un grito.

—¡Ese hombre es tan viejo que podría ser su abuelo!

Dorothy se retorció las manos.

—¿Qué vamos a hacer?

Penélope se frotó las sienes.

—Se acabaron los secuestros. Tendremos que pensar en otra cosa.

—¿Y si la casamos con otra persona? —sugirió Celine—. Así lord Snyder no podrá hacer nada.

Dorothy negó con la cabeza.

—Jane tuvo suerte. No quiero volver a correr ese riesgo.

Penélope levantó la cabeza.

—Tengo un plan. Con un poco de chantaje, algunas amenazas y unos cuantos huesos rotos se arreglará todo.

Celine arrugó el ceño.

—Ni hablar de huesos rotos. Lo demás me parece bien. Pero ¿qué pasa con Elizabeth? Tenemos que hacer algo para frenar a esa chica.

Jane se aclaró la garganta desde la puerta. Tenía la cara sofocada y el vientre muy abultado por el embarazo.

—Conozco el sitio ideal al que enviarla hasta que se calmen las cosas. Y conozco al hombre que la llevará por el buen camino.

—¿Quién? —preguntó Penny llena de curiosidad.

Jane sonrió.

—Lord William Edmond Darby.

Celine pareció extrañada.

—¿Ese erudito gruñón?

—El nuevo cuñado de su mejor amiga —repuso Jane, e hizo una mueca—. Acabo de romper aguas. De todos modos, estoy segura de que es el más indicado para enderezar a nuestra hermana. Creedme. Elizabeth le desprecia y él no es de los que aceptan tonterías infantiles.

—Supongo que no hay nada de malo en intentarlo. —Penélope se levantó y condujo suavemente a Jane a una habitación de invitados mientras Dorothy y Celine pedían a gritos agua caliente y toallas.

Lord Savill entró corriendo en la habitación.

—¿Es la hora?

—Sí —dijo Jane antes de soltar un grito.

Su marido se desmayó y Celine, que ya estaba preparada, le sujetó y le tumbó en el sofá.

—Cualquiera pensaría que ya estaría acostumbrado.

—Es un hombre —repuso Penélope con toda naturalidad—. ¿Qué se puede esperar?

Las hermanas pusieron cara de fastidio al unísono y se prepararon para traer al mundo al nuevo bebé.

Era una niña sana, con la nariz y las pestañas de lord Savill. Jane tomó a su hija en brazos y contempló su dulce rostro con deleite. Estaba deseando empuñar sus pinceles de marta y ponerse a pintarla.

Fin

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Sobre la autora

Anya Wylde vive en Irlanda con su marido, su hijo (un bebé adorable) y un caniche regordete que ahora está a dieta. Prepara un curry espectacular y su idea de hacer ejercicio consiste en estirar los dedos de los pies de cuando en cuando. Es graduada en Literatura inglesa y le apasiona leer y escribir.

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Terminaste Jane Fairweather

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