Jaque al trono
Capítulo XXIX
1
Extracto de las Memorias de Paul François Bramont, conde de Coboure
Este 20 de junio he acudido, por vez primera desde la inauguración de los Estados Generales, al Palacio de Menus-Plaisirs. Pero la sala de los comunes estaba cerrada. Un cartel en la puerta lo anunciaba y un cuerpo de guardias la custodiaban.
El desconcierto reinaba entre los seiscientos diputados que se aglomeraban a la entrada sin poder franquearla y el público asistente que los rodeaba. El pretexto de la reforma de la sala para acondicionarla en vistas a la próxima sesión real no engañaba a nadie. Que el rey pretendía disolver los Estados e impedir, mientras tanto, que la Asamblea Nacional siguiera reuniéndose, era la medida que se adivinaba tras ese anuncio. El señor Bailly, nombrado hacía poco presidente de la Asamblea, protestó formalmente, y algunos diputados, enardecidos, hasta parecían dispuestos a entrar por la fuerza, pero el oficial que comandaba a los guardias advirtió que ordenaría a sus hombres hacer uso de las armas si era menester.
En medio del tumulto, se propuso seguir la reunión en otro lugar. Se oyó sugerir la plaza de Armas, a la entrada del Palacio de Versalles, o incluso bajo los balcones del rey en muestra de reivindicación y protesta. El doctor Guillotin sugirió ocupar la sala del juego de pelota, que aquel día estaba vacía. La idea fue aceptada enseguida. La sala en cuestión, que estaba destinada a la práctica por los cortesanos del ancestral juego de pelota con raqueta, se encontraba cerca, y allí nos dirigimos con indignada rebeldía la numerosa procesión.
La estancia era rectangular, alargada, de techos altos, abiertas sus paredes en la parte alta por ventanales, a los que consiguieron encaramarse desde fuera algunos espectadores, y como estaba dedicada al juego carecía de mobiliario, excepto unos cuatro o cinco bancos. Entramos. Una especie de mesa fue colocada en el centro, a guisa de tribuna o lo que se terciase. Los demás, de pie, la rodeábamos.
Había que decidir lo que hacer tras la clausura de la sala de Menus-Plaisirs. El abad Sieyès sugirió trasladar la Asamblea a París. El presidente Bailly lo consideró poco prudente. El abogado Mounier, diputado por el Delfinado, propuso que, ante el temor de que los Estados fueran disueltos, los diputados prestaran juramento de no separarse hasta que redactaran una Constitución para el reino. La propuesta fue acogida con entusiasmo. Era una solución inmediata, que podía adoptarse en aquel mismo instante, de una fuerza simbólica indiscutible, que enfervorizaba los ánimos tras el golpe recibido y que suponía un paso adelante después de haberse autoproclamado Asamblea Nacional. El abad Sieyès, ayudado por el abogado Mounier, redactó en unos minutos el texto del juramento. Pasaron el escrito a Bailly, quien le dio lectura en voz alta subido sobre la improvisada tribuna, rodeado por todos los diputados:
—[…] La Asamblea Nacional[16](…) resuelve que todos sus miembros prestarán, en este mismo instante, solemne juramento de no separarse jamás y de reunirse cuando así lo exigieran las circunstancias, hasta que la Constitución del reino sea establecida y afirmada sobre fundamentos sólidos, y que, habiendo prestado dicho juramento, todos los miembros, y cada uno de ellos en particular, confirmarán con su firma esta resolución inquebrantable.
Encendidos aplausos me ensordecieron. Me emocioné, lo confieso. Yo aún me sentía más espectador que protagonista. Ellos llevaban reuniéndose diariamente desde hacía mes y medio, ya se conocían, habían oído los discursos de unos y otros, habían vivido día a día la pugna con los otros dos órdenes, habían acabado por seguir el camino menos cómodo, el rompedor, el revolucionario. Viéndolos, sintiendo su determinación, me maravillaba. Mostraban una firmeza inquebrantable, que iba mucho más allá de un puro afán de rebelión. Las rebeliones pueden sofocarse, pueden transigirse. Pero estos hombres se levantaban cada mañana con el convencimiento de que estaban llamados a cumplir una misión encargada por toda una nación. Con esa convicción, su voluntad era un coloso que las fuerzas conservadoras no conseguirían detener.
Y, sin apenas darme cuenta, me vi a mí mismo firmando el solemne juramento junto con todos los demás asistentes; todos menos uno, cuya oposición levantó agrios reproches.
A la salida, todavía conturbado por la escena que había vivido, tropecé accidentalmente con un diputado al pasar por el dintel de la puerta.
—Lo siento —me disculpé.
—No lo había visto antes —comentó él, observándome—. ¿Es diputado de los comunes?
—Sí. No he podido asistir hasta ahora a las sesiones por motivos personales. Mi nombre es Paul François Bramont —me presenté, tendiéndole la mano.
—Bienvenido entonces —dijo estrechándomela—. El mío es Maximilien de Robespierre.
Hoy, 23 de junio, ha tenido lugar la sesión real anunciada, en la sala común del Palacio de Menus-Plaisirs. La escenografía era la misma que en la de apertura, pero no existía ahora la alegría y el entusiasmo que debía de haber reinado en la anterior, cuando los Estados iniciaban su andadura. En la presente, sus miembros estaban abiertamente enfrentados entre sí. La tensión se cortaba con cuchillo. Se desconfiaba del rey, de quien se temía la disolución de los Estados. Se sabía que la nobleza, el alto clero y los cortesanos habían intrigado cerca de él a tal fin. Las tropas armadas rodeaban el Palacio de Menus y los alrededores. La facción conservadora de la nobleza y del clero miraba a los comunes con mezcla de desdén, temor y odio contenido. Algunos nobles, nerviosos, habían acudido armados, espada al cinto. Necker no aparecía, y se decía que no lo haría como muestra de su oposición a las intenciones del rey. Se había prohibido taxativamente la presencia de público en el interior de la sala, pero una muchedumbre soliviantada rodeaba a su vez el Palacio de Menus y exclamaba vítores a favor de la Asamblea Nacional y contra los aristócratas, lo que inquietaba a los guardias, que, fusil en mano, se veían rodeados por aquella multitud alterada.
En el interior, a los comunes se nos destinó nuevamente la puerta trasera de la sala, ante la que los seiscientos tuvimos que esperar apretados durante más de hora y media en la angosta galería, pues fuera llovía, mientras los miembros de los otros dos órdenes entraban por la puerta principal. El presidente Bailly protestó por la demora, y cuando al fin se abrieron las puertas, la irritación impulsó a que, siguiendo a éste, entráramos directamente de dos en dos, negándonos a supeditarnos al largo trámite de las llamadas por bailías. Después hizo su entrada el rey con su cortejo de príncipes y cortesanos. Esta vez ninguna dama lo acompañaba, ni siquiera la reina, lo que demostraba cuán distinto era el ambiente de aquella sesión ceremonioso de la de apertura.
—Señores[17] —comenzó el rey ante un profundo silencio—, creía haber hecho todo lo que estaba en mi mano por el bien de mis súbditos cuando tomé la decisión de reunirlos […], [pero] los Estados Generales están abiertos desde hace casi dos meses y todavía no han podido entenderse sobre los preliminares de sus operaciones. Una perfecta inteligencia debería de haber nacido del solo amor a la patria, y [sin embargo] una funesta división arroja la alarma sobre todos los espíritus […]. Debo al bien común de mi reino, me debo a mí mismo, el hacer cesar estas funestas divisiones. Es con esta resolución, señores, […] que vengo a restablecer el verdadero espíritu, que vengo a reprimir los atentados que se hayan podido producir.
Pronunciada esta desalentadora introducción, cedió la palabra a uno de los secretarios de Estado:
—El rey quiere que la antigua distinción de los tres órdenes del Estado se conserve por completo como parte esencial de la constitución de su reino […]. En consecuencia, el rey declara nulas las deliberaciones tomadas el 17 de este mes por los diputados del orden del Tercer Estado —es decir, la de constituirse en Asamblea Nacional—, así como las que hayan podido seguirse, por ilegales e inconstitucionales […].
Tras este golpe, dio anuncio a las reformas que deseaba fueran abordadas por los Estados Generales. Algunas de ellas eran de envergadura, tales como la igualdad fiscal, la libertad de prensa, la reforma de la Administración de Justicia, la supresión de las lettres de cachet, la formulación y publicidad de los presupuestos del Estado y el sometimiento de nuevos impuestos a la aprobación de los Estados Generales.
—Acaban de escuchar, señores —pronunció Luis—, el resultado de mis disposiciones y de mis deseos; son conformes al vivo deseo que tengo de operar el bien público; y si, por una fatalidad lejos de mi pensamiento, me abandonan en tan bella empresa —amenazó— yo solo haré el bien de mi pueblo, sólo yo me consideraré su verdadero representante. […] Les ordeno, señores —terminó—, que se separen inmediatamente y que mañana por la mañana cada uno asista a la cámara asignada a su orden para continuar sus sesiones.
Terminada su intervención, que fue ferviente y triunfalmente aplaudida por clero y nobleza en medio del completo silencio de los comunes, el rey se retiró seguido de todo su séquito y con todo su majestuoso aparato, y lo mismo se apresuraron a hacer, con visible satisfacción, los diputados de la nobleza y del clero.
Pero los comunes permanecimos inmóviles en nuestros bancos. La perorata del rey había durado media hora escasa. Las reformas propuestas por Luis eran considerables, pero llegaban demasiado tarde. Lo anunciado, frente a la intención manifestada en solemne juramento de dictar una nueva Constitución, que en la mente de todos debía establecer la separación de poderes, la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la regeneración de todo el régimen, era muy poca cosa, era prácticamente nada. El tono paternalista y severo de Luis, insuficiente para intimidar pero bastante para irritar, el ambiente conminatorio creado, las fuerzas armadas rodeando el edificio, la sensación de connivencia del rey con los órdenes privilegiados, la impresión de cerco contra los comunes, no ayudaba a que nadie se moviera de sus asientos. Hacerlo era signo de sometimiento, de retroceso, de pérdida de todo lo conseguido tan arduamente. Ni siquiera podía confiarse en que las reformas anunciadas por el rey llegaran a buen puerto, como no lo habían hecho ninguna de las que había intentado en los últimos tiempos, que habían chocado siempre con la oposición de las clases privilegiadas.
Permanecimos así, quietos en nuestros asientos, durante un largo rato. A medida que discurrían los minutos, la consternación daba paso a la indignación y al resurgimiento de ese espíritu indómito que yo ya les conocía.
Al cabo entró el gran maestro de ceremonias, Dreux-Brézé. Dos piquetes de guardias se hicieron visibles en la puerta.
—Señor —dijo, dirigiéndose a Bailly en su calidad de presidente—, ¿no han oído la orden del rey?
Bailly vaciló un instante. Ciertamente se trataba de una orden del rey.
—Señor, la Asamblea se ha prolongado después de la sesión real —contestó, apurado, pero firme—; no puedo disolverla sin que haya deliberado.
—¿Es ésta su respuesta? —lo retó—. ¿Se la puedo participar al rey?
—Sí, señor. —Luego, dirigiéndose a los que lo rodeaban, dijo—: Creo que la nación reunida en Asamblea no puede recibir órdenes.
El conde de Mirabeau saltó en su apoyo y, en tono desafiante, aseguró que sólo por la fuerza de las bayonetas abandonarían la sala.
Las bayonetas de las que hablaba Mirabeau estaban allí mismo. Pero Dreux-Brézé no se atrevió a recurrir a ellas para evacuar a la fuerza a seiscientos diputados con un gentío que los aclamaba en el exterior, ni probablemente una decisión de tal envergadura formara parte de sus competencias como gran maestro de ceremonias. Así que, altivo, se limitó a retirarse para informar al rey.
Mis colegas no esperaron la decisión de éste. Aprovecharon para iniciar la sesión y comenzó el debate sobre el discurso pronunciado por Luis. El abad Sieyès se levantó entonces y dijo:
—Señores, hoy son lo mismo que eran ayer.
Esta breve frase, que demolía de un solo golpe cuanto de conminatorio habían tenido las palabras del rey, fue acogida con atronadores aplausos. Recuperada toda la confianza, que había zozobrado en algún momento, ratificamos nuestra constitución en Asamblea Nacional y el juramento de no separarnos hasta promulgar una nueva Constitución. Asimismo, para protegernos de la posible reacción ministerial, la Asamblea proclamó «inviolables» a sus miembros y declaró «infames, traidores a la nación y culpables de crimen capital» a quienes los persiguieran o detuvieran.
Pero no hubo reacción alguna. La reunión terminó pacíficamente sin que nadie nos molestase. Más tarde supe que, habiendo sido informado Luis de la situación y advertido también sobre la posibilidad de que la expulsión por la fuerza de los diputados del Tercero provocara altercados violentos, había exclamado: «Pues bien, foutr., que se queden.»
Paul Bramont
La consternación de los otros dos órdenes al enterarse de lo ocurrido, ellos, que habían creído todo peligro conjurado, fue de órdago.
Si el Tercero se había atrevido a desobedecer, más que eso, a contradecir tan abiertamente las órdenes del rey, y si éste lo había tolerado sin mover un solo dedo por intentar imponer una autoridad tan ventilada minutos antes, es que la batalla estaba perdida. El clero deliberó su unión al estado llano, y la mayoría vino a unirse a la Asamblea Nacional. Lo mismo hizo la minoría liberal de la nobleza, entre ellos el duque de Orleans, que entró por la puerta de la sala común, entre el alborozo de bienvenida de los comunes. Los más recalcitrantes de los conservadores se mantenían tenazmente en su sala, en la confianza de que su actitud permitiera tildar de nulas las disposiciones del Tercero, pero el propio Luis los invitó, con gran pesar, a que se unieran al estado llano.