Jaque al trono

Cristina Muñiz · Capítulo 5 de 38

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Jaque al trono

Capítulo V

 

1

 

Carta de Claire de Brezé a Lucile de Briand

Querida hermana:

[…] ¿Sabes la última? Corre el rumor de que el ministro Calonne ha planteado al rey una reforma fiscal consistente en imponer una contribución territorial a todos los propietarios, sin excepción. Oséase, pretende abolir las exenciones fiscales de nobleza y clero, y de tal forma conseguir mayores ingresos con los que paliar el enorme déficit.

¡Puedes imaginar cómo ha caído la noticia! Muchos son muy liberales y progresistas mientras no les suponga ningún sacrificio, pero ahora no hacen más que criticar el despilfarro de la corte, la pésima administración del gasto… En fin, que el avispero está bien agitado. Y aún se agitará más, porque Calonne ha tenido otra idea, ésta aún más original: como teme, con todo fundamento, que los parlamentos se opongan al registro de la medida, quiere someterla previamente a la consideración de una Asamblea de Notables. ¿Y qué es eso? Confieso que yo tuve que preguntarlo, pues parece que la última tuvo lugar durante el reinado de Luis XIII, ¡imagina la de libros y papeles que ha tenido Calonne que desempolvar para resucitarla.

Bueno, el caso es que la cuestión podría afectarte a ti indirectamente, pues parece que varios diputados de los Estados Provinciales formarán parte de esa Asamblea, y como tu esposo, el duque, lo es de los del Languedoc, es muy probable que lo nombren y tenga que trasladarse a París, con lo que, al menos por un tiempo, tendrás mayor libertad para estar con tus hijos.

Quisiera no tener más que esa buena noticia que darte, pero lamento tener que hacerte también una advertencia, aunque independiente de lo anterior: Courtain te está buscando. Vino a visitarme, y él mismo me lo ha dicho, rogándome que te traslade su petición de entrevistarse contigo. Él creía que estabas en casa de tu esposo, y allí te ha escrito (adivino que el duque no te habrá informado), pero como le eran devueltas todas las cartas sin abrir fue hasta Nuartres mismo, y por fortuna para ti ni te encontró ni le dijeron dónde podía hacerlo (imagino que de esto tampoco te ha informado el duque). Pero ahora sospecha ya que estás en casa de nuestros padres, y me ha preguntado sus señas, que me he negado a facilitarle, como puedes imaginar. No olvides, Lucile, lo que has sufrido por su causa. Aun así me creo en la obligación de decirte, por si no lo sabes, que desde la memorable excursión no se le volvió a ver con la señora de Fontseau y, en realidad, desde entonces no se le ha visto con ninguna otra.

 

Carta de S. M. el rey al duque de Nuartres[1]

Señor:

Habiendo estimado que el bien de mis asuntos y de mi servicio exige que las medidas que me propongo […] sean comunicadas a una Asamblea de personas de diversas condiciones y de las más cualificadas de mi Estado, he considerado, atendiendo al rango del que usted goza, no poder hacer mejor elección que la de su persona, y estoy seguro de que en esta ocasión me dará nuevas pruebas de su fidelidad y de su adhesión. Fijo la apertura de esta Asamblea para el 29 del mes de enero próximo de 1787, en Versalles, donde se presentará usted al efecto, a fin de asistir a dicha apertura y escuchar lo que será propuesto por mi parte […].

Escrito en Versalles, el 29 de diciembre de 1786

Firmado: LUIS

 

Carta de la baronesa de Ostry a Lucile de Briand

Querida niña:

Tu esposo, el duque, ya está en París, y ha tenido la gentileza de aceptar mi invitación a hospedarse en mi casa. Pero esperaba que vinieras con él. ¿Se puede saber, niña, qué haces todavía en el Languedoc? ¿Es que aún no has descubierto que el campo se creó para las bestias y los insectos? A estas alturas, hija mía, debes de estar ya muerta de hastío y repleta de picaduras. ¡Espero tu regreso inmediato! ¿Crees que puedo aguantar yo sola al duque? ¡La apertura de la Asamblea se ha retrasado hasta el 22 de febrero! ¿Qué quieres que haga mientras tanto yo sola con tu esposo ocioso? Excepto la lectura y la música, nada más le divierte. ¡Ni siquiera juega a las cartas! ¿Concibes a alguien más aburrido que un renegado de las cartas? Me culparás a mí por haberlo invitado, y no te falta razón, pero habiendo sido amigo de mi difunto marido me sentía obligada. Yo, en el fondo, soy así, una sentimental.

En realidad, fuentes de diversión no faltan por aquí. El duque tiene una inmejorable ocasión para empaparse del descontento general y participar de la envalentonada oposición que se agita por todas partes. Querida, antes confiaba en identificar a los exaltados, pero ahora proliferan tanto que estoy completamente rodeada. Los peores son esos jóvenes con la cabeza llena de pájaros saltimbanquis que quieren el Parlamento de los ingleses y una nueva Constitución. ¡Menudo disparate! ¡Nos van a llevar a la perdición con sus ideas extravagantes! Pero yo, que me tengo con todo fundamento por un modelo de ecuanimidad, debo decir asimismo que, de la misma forma que critico a los exaltados, reprocho al Gobierno el que haya permitido que lleguemos hasta esta situación. Porque lo que tampoco es de recibo, amiga mía, es que después de lo mal que lo ha hecho, ahora se pretenda que los platos rotos los paguemos sólo nosotros, la nobleza y el clero, a base de renunciar a nuestros privilegios económicos, y no ellos, la Corona y el Gobierno, que son, en definitiva, los responsables, y que no parecen dispuestos a renunciar a nada. ¡Si unos tenemos que repartir dinero, otros tendrán que repartir poder, digo yo! Y en eso es comprensible el enojo de muchos y el vendaval de oposición que se ha levantado. ¡Pero sin perder el buen juicio! Calma y serenidad, calma y serenidad. ¿Será tan difícil?

CATHERINE

 

Extractos de las Memorias del duque de Nuartres

22 de febrero de 1787

HÔTEL DES MENUS-PLAISIRS, VERSALLES

SESIÓN INAUGURAL DE LA ASAMBLEA DE NOTABLES[2]

—Señores —pronunció el rey ante todos: príncipes de sangre, nobles, consejeros, miembros del alto clero, presidentes de parlamentos, miembros de la Cámara de Cuentas, de la Cour des Aides, diputados de los Países de Estado, lugartenientes civiles y jefes municipales de diversas villas; en total ciento cuarenta y cuatro notables—, los he escogido de entre los diferentes órdenes del Estado para hacerles partícipes de mis proyectos […]. Los proyectos que les serán comunicados por mi parte son grandes e importantes. […]. Como todos ellos tienden al bien público, […] cuento con que […] ningún interés particular se levantará contra el interés general.

—Debo reconocerlo, no me he cuidado de disfrazar nada —confesó el ministro Calonne posteriormente—, el déficit anual es muy considerable.

Siguieron estólidas explicaciones sobre las causas del insostenible déficit, ninguna de las cuales se debían, según su versión, a su política errática de gastar a manos llenas para intentar incentivar la economía. Gasto de unos fondos que el Tesoro no tenía y que el ministro había tenido que obtener recurriendo a la misma desastrosa solución que sus antecesores: la emisión de empréstito tras empréstito que no se podía reembolsar sino con la emisión de otro nuevo para cubrir el anterior más sus correspondientes intereses, en una sucesión fatal que nos ha llevado prácticamente a la bancarrota.

—Es imposible dejar al Estado en el peligro inminente al cual le expone un déficit como el existente —siguió Calonne—; […] imposible hacer ningún bien, de seguir ningún plan de economía, de procurar a las gentes ninguno de los alivios que la bondad del rey les destina, mientras subsista este desorden. […]. Su Majestad se ha sensibilizado vivamente de la necesidad de […] aportar el remedio. Pero ¿cuáles pueden ser estos remedios?

Nos removimos inquietos en los asientos. No conocíamos las medidas exactas que iba a proponer Calonne, pero sí su orientación.

—Tomar más dinero a préstamo —introdujo— sería agravar el mal y precipitar la ruina del Estado. Aumentar los impuestos sería castigar a las gentes que el rey quiere aliviar. Economizar hace falta sin duda: Su Majestad lo quiere, hace, y hará, cada vez más; […] pero el economizar sólo […] no será suficiente […]. ¿Qué queda que pueda suplir todo lo que falta […] para el restablecimiento de las finanzas?… los abusos. Sí, señores, ¡es en los abusos mismo donde se encuentra un fondo de riqueza que el Estado tiene derecho a reclamar y que debe servir para restablecer el orden! ¡Es en la proscripción de los abusos donde reside el solo medio de subvenir a las necesidades!

Ahora los asientos ya nos quemaban. ¡Llamar abusos a nuestros ancestrales privilegios pecuniarios!

—Tales son los abusos cuya existencia pesa sobre la clase productiva y laboriosa —siguió alegando en un ambiente que ya no atendía a sus razones—; los abusos de los privilegios pecuniarios, las exenciones a la ley común, y tantas exenciones injustas, que no pueden liberar a una parte de los contribuyentes sin agravar la suerte de los otros […]. Su Majestad se ha volcado […] en establecer el mismo principio de uniformidad y de igualdad proporcional en el reparto del impuesto territorial, sin admitir ninguna excepción […]. ¡Recordad —terminó diciendo a un público que se le había vuelto completamente hostil— que se trata de la suerte del Estado, y que los medios ordinarios no pueden ni procurar el bien que el rey quiere procurarle, ni preservarlo de los males que quiere prevenir […]!

 

Carta de la baronesa de Ostry a Lucile de Briand

Querida niña:

No quieras saber cómo está París. Si no quieres dejar el campo por miedo a añorar a los animales, pierde cuidado, aquí los encontrarás de todas clases, especialmente asnos. Tengo los oídos sordos de tanto oír rebuznar. Principalmente esos exaltados, el marqués de La Fayette, al que llaman el héroe de la independencia americana, que ojalá se hubiese quedado allí, y otros varios de su calaña, a quienes Calonne ha tenido el dudoso tino de nombrar miembros de la Asamblea. Si esperaba encontrar un rebaño de ovejas mansas, se ha encontrado con uno de cabras locas. Uno se levanta para tildar el tributo de ilegal, el otro para exigir el presupuesto exacto de la nación, el siguiente para denunciar la mala gestión del Gobierno… Lo importante es oponerse, y el que primero toma la palabra envalentona al siguiente, y éste al otro que la dice un poco más gorda, y así cada vez el discurso y los ataques a Calonne suben de tono. Hoy hay más gente en los clubes y en los cafés que en el teatro, tal es la agitación reinante. Y la moda es oponerse, oponerse y oponerse. ¡Si vieras la de panfletos que revolotean por toda la ciudad ridiculizando a Calonne y a los notables!

¡Ah!, y tengo que hablarte del duque de Orleans sin falta. ¿Sabes cuál es su último escándalo? ¡Durante una cacería persiguió a un ciervo por toda la ciudad, con todo su séquito y jauría de perros incluidos, hasta la misma plaza Luis XV! ¿Puede imaginarse semejante extravagancia? ¡Y en ése es en quien los exaltados ven un posible nuevo rey, un sustituto para Luis XVI! ¿Puedes creerlo? ¡Bonito cambio! No es que Luis me entusiasme, pues sin duda le faltan luces y sobre todo carácter, pero a aquél le falta seriedad y responsabilidad.

Cambiando de tema, no puedo tampoco privarme de mencionarte al joven Courtain, que vino a visitarme con el principal objetivo de preguntarme tu dirección actual, dato que le he negado. Espero, querida, haber respetado con ello tu voluntad, aunque te confieso que tanto empeño me enternece, ¡Hasta se la ha preguntado al joven Bramont! Puedes imaginar la cara que habrá puesto éste… No sé, ¡digo yo que tanto tesón debe de basarse en sentimientos auténticos!; ¿estás segura de que no quieres replantearte tu postura? En fin, a mí no me hagas caso; como te dije, soy una vieja sentimental incorregible. Tú haces muy bien en mantenerte firme, aunque eso te haga desgraciada. ¿Qué importa la felicidad, después de todo?

Bien niña, te dejo ya, que mi vista se cansa si la fijo mucho rato. Espero verte en París y en mi casa en la celebración de mi cumpleaños, ¡y date por amenazada con la pérdida de mi amistad en caso contrario!

Agrega mis mejores sentimientos y besos para ti y para tus encantadores hijos.

CATHERINE

 

Extracto de las Memorias de Paul François Bramont, conde de Coboure

25 de mayo de 1787

Inicio, a sugerencia de mi padre, este Diario —que no será personal ni tampoco escribiré diariamente, por lo que acabará perdiendo tal nombre— para consignar los acontecimientos que considere de relevancia política y de los que tenga conocimiento directo por el cargo que ostento en el Parlamento de París, a fin de continuar la similar labor que mi padre ha realizado durante todos sus años de magistrado, y por si la misma pudiera servir algún día para mejor ilustración de la Historia o de quienes la estudien y reconstruyan, si es que se me puede perdonar tan ambiciosa pretensión.

Principio en el día de hoy, 25 de mayo de 1787, por ser la fecha en que ha sido disuelta la Asamblea de Notables convocada a instancias del ministro Calonne; pues no quiero privarme de exponer mi visión de lo que ésta ha sido y ha representado.

La Asamblea se dividió en siete comisiones para estudiar las propuestas de

Calonne que éste presentó en forma de informes.[3] «Indefinido, desproporcionado y dispendioso» es como calificó la comisión presidida por el duque de Orleans el llamado impuesto territorial. La presidida por el príncipe de Conti exigió «antes que nada, la remisión de las cuentas de 1786 y 1787 y de las economías propuestas». La oposición fue general. La verdad es que resulta incomprensible la negligencia con la que el ministro ha llevado todo este asunto. La idea de convocar una Asamblea de Notables había surgido para combatir la esperada oposición de los parlamentos, y su ventaja consistía en que sus miembros podían ser escogidos por la Corona y de tal forma asegurarse su adhesión. Pero parece que Calonne creyó cumplido su objetivo con la sola ocurrencia de su convocatoria, olvidando que la Asamblea le tenía que ser afín. Podría haber tanteado a los posibles candidatos para nombrar a los que le fueran adeptos, o, como mínimo, podría haber tenido la astucia de evitar que la Asamblea estuviera dominada por las clases privilegiadas, pero, asombrosamente, nada de esto hizo. ¿Qué diferente reacción esperaba de una composición tan o más conservadora que la de los propios parlamentos?

Sin embargo, a pesar de la soliviantada oposición que provocó su propuesta de reforma, lo que lo enterró definitivamente fue su famoso Manifiesto.

—Pienso [4] —había pronunciado el hermano del rey, conde de Provenza, en la segunda sesión tenida en la Asamblea de Notables, que se celebraba a puerta cerrada —, que sería bueno (…) guardar el secreto de lo que pase tanto en nuestras asambleas generales como en nuestras asambleas particulares. Es la conducta que yo pienso seguir, y no puedo, señores, sino exhortarles a actuar de igual forma.

Pero Calonne, quebrando este general entendimiento de guardar reserva sobre lo que se debatía, enrabiado por la oposición que estaba encontrando, difundió públicamente las medidas que pretendía aplicar en un Manifiesto en el que acusaba a los notables de poner trabas a su proyecto progresista simplemente por defender sus privilegios.

Y esto ya no se lo perdonaron. A partir de este momento, Calonne estaba acabado. Sin duda tenía razón: el motivo de fondo es ése, pero unido al descontento por un régimen que había entrado en decadencia y que exigía nuevos sacrificios sin perspectivas de mejorar la política ni la administración, algo que obviamente silenció el ministro. Calonne pidió al rey la disolución de la díscola Asamblea, pero en el pasillo contiguo los influyentes pidieron exitosamente a Luis la destitución de aquél.

Para sustituirlo en el cargo, los notables apoyaron a uno de los suyos, Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse, pero éste, sin saber cómo combatir el déficit, modificó en algo la propuesta de su antecesor y se presentó ante la Asamblea para pedir como ministro la aprobación del plan que como notable había combatido. Aquéllos se sintieron decepcionados de que uno de los suyos, que había accedido al ministerio gracias a ellos, defendiera el maldito impuesto por el que habían hecho frente a Calonne, pero ahora no podían arremeter contra su defendido como habían hecho contra aquél, de forma que buscaron otras formas de oposición.

Y la más trascendente fue la planteada por el sector liberal.

—Afortunadamente para la Asamblea[5] —pronunció el marqués de La Fayette ante la Comisión de la que formaba parte, presidida por el hermano menor del rey, el conde de Artois—, no es ella la que sancionará nuevos impuestos. Este derecho imprescriptible de determinar las cargas públicas pertenece solamente a los representantes de la nación […] —esta idea, en sí misma revolucionaria, no era aceptada por la Corona—, la época es tal que debemos suplicar a Su Majestad […] la convocatoria de una asamblea nacional.

—¡Cómo, señor! —exclamó asombrado el conde de Artois—. ¿Pide la convocatoria de los Estados Generales?

—Sí, señor, e incluso algo mejor que eso.

El silencio acogió sus palabras, pero éstas no cayeron en saco roto. Los Estados Generales del Reino eran una institución histórica que había reunido ocasionalmente, a iniciativa del rey, a los tres estamentos del Estado: clero, nobleza y comunes, para someterles a consideración determinadas cuestiones. Pero La Fayette había hablado de algo «incluso mejor»; había hablado de una asamblea nacional auténticamente representativa… que decidiría en materia de impuestos…, es decir, por tanto, con poder legislativo; y esa idea no iba a ser fácilmente olvidada.

Dado el cariz que tomaban las cosas, Brienne propuso la disolución de la Asamblea de Notables, que ha tenido lugar en el día de hoy. Ahora el debilitado Gobierno presentará la reforma fiscal a los parlamentos para su registro, ahora que ya ha sido rechazada por una primera institución y se ha fortalecido y alentado la oposición.

Y la cuestión es, ¿qué hacer? Los magistrados sólo tendremos dos opciones: o la aceptamos, o siguiendo la idea lanzada por el marqués de La Fayette exigimos la convocatoria de los Estados Generales. La primera sería la conservadora, la segunda la liberal y arriesgada, pues no sabemos a dónde podría llevarnos invitar a los comune. a esta fiesta.