Jaque al trono

Cristina Muñiz · Capítulo 6 de 38

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Jaque al trono

Capítulo 2

 

Paul Bramont

Cada año la baronesa de Ostry organizaba un baile para celebrar su cumpleaños, a pesar de que las fechas variaban entre sí hasta meses, de forma que nadie sabía a ciencia cierta el día exacto de la efeméride, y mucho menos la edad de la veterana dama. Y yo asistí, por supuesto, como medio París. ¿Quién iba a atreverse a lo contrario?

Aquel día mi principal preocupación no era la Asamblea de Notables, ni el Parlamento, ni los Estados Generales del Reino. Pensaba en Lucile. Su esposo, el duque de Nuartres, había iniciado el viaje de regreso al día siguiente de la disolución de la Asamblea. No se había quedado ni siquiera a la fiesta, a pesar de haber sido huésped de la baronesa, pero a la anfitriona no parecía importarle, lo que me dio a entender que la convivencia entre ellos había llegado ya al límite y que ambos se alegraban de perderse mutuamente de vista cuando todavía se podían seguir llamando, sin reservas ni rencores, «amigos». Quizá su ausencia había decidido a Lucile a acudir, y así me lo había anunciado, insistiéndome en su deseo de hablar conmigo.

¿Qué querría comunicarme que no pudiera anticipar por carta? Algo tan personal que no deseara plasmarlo en un papel. Sólo podían ser dos cosas: o había decidido volver conmigo, o había elegido a Courtain.

—Conde —me estaba diciendo Desmond—, tengo que hablar con usted sobre un tema profesional.

Lucile apareció en ese instante en la verja del jardín, que yo vislumbraba desde mi posición en el salón destinado a comedor. Iba acompañada de su hermana Claire y del marido de ésta, el vizconde de Saltrais.

—¿De qué se trata?

—Por cierto, Desmond —interrumpió mi primo Didier, que estaba conmigo—, ¿no necesitáis otro abogado en vuestra firma?

—Somos un bufete pequeño, de sólo dos socios. No tendríamos suficiente trabajo para alguien de su nivel —lo agasajó—. Lo lamento, porque sería un honor poder contar con su colaboración.

Mientras Didier se sobreponía del amable rechazo, yo observaba a Lucile, que se había detenido junto a la fuente para saludar a unos conocidos.

—Bien, verá —intentó recuperar mi atención Desmond—. Supongo que sabe que es propietario de un inmueble en la calle Saint Denis, a la altura del mercado de Les Halles.

—¿Ah, sí? —repuse sin ningún interés.

—Sí. En la planta baja hay un local que se lo tenía alquilado a un hombre llamado Miraneau. Éste había instalado en él un taller de confección, especialmente de ropa para el hogar, ya sabe, colchas, mantas, sábanas…, cosas así.

—Ya, ¿y?

—Ha fallecido y no tiene hijos varones. Sólo tiene dos hijas… —En esos instantes Lucile estaba saludando a la baronesa de Ostry en el vestíbulo, que yo veía a través de las sucesivas puertas abiertas de doble hoja—. ¿Me escucha, conde?

—Le estoy escuchando… sólo tiene dos hijas.

—El caso es que hace poco la mayor vino a verme al despacho. Es una familia burguesa que siempre ha vivido sin dificultades pero que apenas tiene patrimonio, excepto el piso en el que vive. Todos sus ingresos provenían del taller de confección, pero ni la viuda ni sus hijas tienen idea de llevar el negocio. Así es que las pobres están desesperadas. Se ven en la ruina.

—Tendrán algún pariente que las ayude —respondí.

—Sólo un hermano de la viuda. Un campesino de un pueblo cerca de Rennes. Pero su posición es casi peor que la de ellas. Lo que pretende la viuda es traspasar el negocio y, con lo que consiga, intentar sobrevivir ella y sus hijas hasta casar a alguna de éstas.

—Ya. ¿Y qué pretende, Desmond —me mofé con dejadez—, que me case con una de ellas?

Lucile estaba a punto de entrar en la sala.

—Perdone, maître —lo corté—; ya me lo contará más tarde. Tengo que saludar a una persona.

Ella había traspasado el umbral de la puerta del salón y paseaba inquieta la mirada entre los asistentes. Salí a su encuentro.

—Hola, Paul —me susurró tenuemente.

—Hola —contesté, sin ningún tipo de ceremonia. Me di cuenta, con sorpresa, de que estaba nervioso—. ¿Cómo estás?

—Bien… —inició con embarazo—, ¿por qué no vamos a un sitio más aislado, donde podamos hablar con tranquilidad?

Acepté su sugerencia y la conduje hacia la biblioteca, que imaginé debía de ser, en aquellos momentos, la habitación más desocupada. Mientras nos abríamos paso entre la concurrencia para llegar a nuestro destino, entablé con ella una conversación amable y frugal que nos entretuvo hasta que, detenidos ambos en un rincón de la sala, junto a la balconada que comunicaba con el jardín, consideré llegado el momento de abordar el tema:

—Bueno, Lucile, tú dirás. Yo mantengo la proposición que te hice cuando dejé Versalles. Para mí nada ha cambiado en lo que a nosotros se refiere. Desearía volver contigo, y creo que tú ya has tenido tiempo suficiente para decidir lo que quieres hacer.

Ella parpadeó, azorada. Esa indecisión me anticipó que su respuesta iba a ser negativa.

—Verás Paul, quisiera poder explicártelo de forma que…

—No hay nada que explicar, Lucile —la interrumpí, molesto por el esbozo de conmiseración—. Lo que tienes que decirme se dice en dos palabras. Y cuanto más directas mejor. No necesito circunloquios.

Me miró, y viendo mi expresión, soltó:

—No voy a volver contigo. Estoy enamorada de André Courtain.

Fue como si me hubiera arrojado un cubo de agua helada en pleno rostro. Ni siquiera el sospecharlo consiguió paliar el efecto de aquella verdad desnuda, salida de la propia boca de Lucile. Me pasé la mano por la cara, como si realmente precisara secarla.

—¿Es así como querías que te lo dijera? —dijo ella pesarosa, con la mirada velada.

Luego guardó silencio, con la cabeza gacha. Yo también. Estuvimos uno frente a otro sin pronunciar palabra durante unos momentos.

—Paul…, lo siento; no se me ocurre qué más decir.

—¿Estás con Courtain? —quise saber.

Negó con la cabeza.

—Creí que podría hablar con él también esta noche. He venido expresamente a París para hablar con ambos. La baronesa me ha dicho que lo ha invitado; pero no lo he visto aún. Tú tampoco, supongo.

No, pero no contesté. Estaba empezando a desear que aquella lamentable conversación terminara.

—¿Cómo están tus hijos? —pregunté, para zanjar el tema.

El ardid no hubiese sido necesario, pues Lucile no me escuchaba ya. Estaba con la mirada absorta fijada en un punto situado más allá de la balconada.

Me volví con curiosidad y yo también lo vi. Courtain estaba sentado en uno de los bancos que rodeaban el ornamental pozo del centro del jardín, junto a una mujer con la que departía, tête à tête. con visible agrado. Tenía la mano de ella entre las suyas y estaba vuelto hacia la joven, en una pose corporal que demostraba que le estaba prestando toda su atención.

Reparé en la faz de Lucile. Estaba blanca y petrificada.

—¿Sabe que has venido? —pronuncié.

Negó con la cabeza, aunque apenas la movió, traumatizada.

—Es un bastardo —vomitó ella, sin quitarle sus inyectados ojos de encima.

—No te precipites; a lo mejor es su hermana.

Courtain no tenía hermanas; ambos lo sabíamos. Ella me miró con odio, aunque no era yo quien se lo inspiraba. En ese momento vimos a la pareja levantarse del banco que ocupaba. La mujer se colgó con confianza del brazo de Courtain y juntos avanzaron hacia el interior del edificio.

—He de marcharme —anunció Lucile, súbitamente apremiada—. Por favor, no le digas que me has visto ni que he estado aquí.

—Descuida.

—¡No quiero volver a verlo en mi vida! —Rechinó, con los ojos velados por las lágrimas—. Si te reconforta, Paul, tú me hiciste feliz.

Ten la seguridad de que quien más ha perdido con lo que ha pasado he sido yo.

No opiné al respecto. Lucile solicitó a un sirviente que le trajera su capa, y esperó la prenda retorciéndose las manos de impaciencia, temiendo que Courtain pudiera descubrirla en cualquier momento. Estaba al borde de una crisis de nervios y de llanto, y casi me compadecí de ella. En ese momento me resultó evidente que estaba enamorada; quizá, reconocí con pesar, más de lo que nunca lo había estado de mí. Estuve a punto de pronunciar alguna frase exculpatoria referente a Courtain a fin de consolarla, pero el conato murió en mi garganta. No iba a ser yo quien posibilitara el emparejamiento de ambos, ni tampoco quien apostara por su comportamiento en tema de faldas.

Por fin llegó la capa. Lucile se cubrió con ella apresuradamente. En su desgracia, sintió de pronto un ramalazo de afecto hacia mí y me besó en la mejilla.

—Adiós, Paul. Escríbeme, por favor. Me quedaré a vivir en casa de mis padres, ya lo he decidido. No voy a volver a París.

—De momento… —maticé—. Nada es para siempre.

No replicó. Se cubrió la cabeza con la capucha y desapareció como una sombra, avanzando veloz por el jardín hacia la salida.

Me quedé mirándola mientras se alejaba. Ella no me quería cuando me fui de Versalles, no me había querido estos últimos meses en que yo había alimentado la esperanza de recuperarla. Lo amaba a él. Estaba confirmado. La idea se fue haciendo cada vez más y más corrosiva en mi alma, hasta que el deseo de abandonar aquella estúpida fiesta se hizo irresistible. ¿Qué demonios hacía allí?

Pero en ese momento se anunció una audición de fragmentos de ópera que se iba a interpretar en la sala de baile. Faltar era impensable, pues sin duda la baronesa estaría tomando nota mental de los ausentes para no volver a invitarlos jamás. Entré segundos antes de que el lacayo se dispusiera a cerrar la puerta, en un salón que estaba ya lleno a rebosar. La orquesta y los cantantes esperaban al fondo sobre una tarima, y la baronesa estaba sentada junto a ésta, orientada al público en lugar de hacia los músicos, vigilándonos a todos con semblante autoritario en clara advertencia de que le declararía la guerra al primero que se atreviera a abandonar la sala, a hacer ruido, a silbar o a llevar a cabo cualquier acción que entorpeciera el concierto. Y no era, en realidad, en balde tal medida, pues las piezas de ópera elegidas por la baronesa eran nada menos que de Orfeo y Eurídice. del maestro alemán Gluck, el antiguo profesor de clavicordio de María Antonieta cuando ésta era todavía archiduquesa de Austria, el gran protegido de la reina cuando estrenó en París su ópera Ifigenia. y su defendido a ultranza cuando se entabló el encendido enfrentamiento entre los defensores del tradicional Piccinni y los del reformista Gluck. Era por tanto éste el compositor favorito de María Antonieta, y de ahí que la baronesa lo hubiera escogido y nos obligara a todos a escucharlo sin toser, en reprimenda por la reciente actitud de rebeldía hacia la Corona y el Gobierno de sus exaltados invitados.

Cuando después de la última nota se acallaron los débiles aplausos —pues una cosa era ofender a la baronesa y otra renunciar a los propios principios— y los lacayos abrieron la puerta para dejar salir a los prisioneros, seguí la corriente de los evacuantes y me dirigí nuevamente a la biblioteca. Mi intención era deslizarme por su abierta balconada, tal y como había hecho Lucile minutos antes, pues era una salida mucho más discreta que la principal. Atravesé las diversas estancias, cuidando de no posar la vista en alguien que pudiera verse animado a saludarme, y llegué sin tropiezos a mi meta. Allí estaba, por fin, el balcón abierto y despejado, invitándome a ir en pos de la soledad y de la tranquilidad de la noche, y me lancé contenida y disimuladamente hacia él.

—¡Bramont!

Me detuve en seco.

Era el vizconde de Saltrais. Estaba sentado en el extremo de un confortable sofá Luis XV ubicado frente a la chimenea, en compañía de Desmond, que ocupaba el otro extremo, y de Didier, que lo hacía en una butaca del mismo estilo. Los tres me observaban sonrientes, invitándome con su expresión a unirme a ellos. Pensé en alegar cualquier excusa para marcharme, pero hacerlo a tan temprana hora hubiese despertado su curiosidad, y no deseaba especulaciones ni comentarios sobre mi persona. Sólo me hubiese podido ir de haber pasado desapercibido.

—Siéntese, por favor —dijo Saltrais—. Estoy poniendo en práctica un experimento, y lo necesito.

—Usted dirá —respondí sin interés, mientras hacía como me pedía.

—Estábamos hablando de la señora de La Motte —introdujo Saltrais.

—¿La señora de La Motte? —pregunté extrañado. Hacía tiempo que no oía hablar de ella—. ¿La del collar?

—Sí, la del collar.

—Creía que ese tema había quedado ya resuelto.

Saltrais esbozó una semisonrisa y se recostó satisfecho en el respaldo, demostrando que era la respuesta que esperaba.

—¿Lo veis? —exclamó—. ¿Qué os decía? Ahí lo tienes. Ya nadie habla de ello. Pero si no se habla de ello, se olvidará. ¿Y qué habremos conseguido con esa sentencia? Hemos de aprovechar ahora que la opinión pública está sensibilizada para acabar de movilizarla. El Gobierno presentará la reforma fiscal al Parlamento, y éste necesitará del apoyo incondicional de aquélla. Pero la reforma fiscal es un tema muy árido y demasiado técnico para despertar el interés popular. Necesitamos otro más vulgar. Y el asunto del collar lo es, y no deberíamos desaprovecharlo. Durante y después del proceso, todos estaban entusiasmados. Aún se prolongó un poco el interés gracias a la colecta que organizó el duque de Orleans a favor de La Motte, y todo el mundo se volcó a visitarla a la prisión. Pero hace tiempo que no ocurre nada nuevo. La gente, para mantenerse interesada, necesita espectáculo, espectáculo constante. ¿Os imagináis que ahora la reina liberase a La Motte? ¡Qué gran acontecimiento sería! Una fuente constante de espectáculo. Primero, todas las suposiciones apuntarían a que La Motte protegió a la reina a cambio de inmunidad. Y después, ¿os imagináis a esa pájara guardando secretos? Extendería la mano al primero que estuviera dispuesto a pagarle por contar la verdad, o mejor, «su verdad». La verdad de La Motte puede ser muy explosiva y terriblemente beneficiosa para nosotros.

—Pero Saltrais —lo ridiculizó Desmond—, la reina no va a liberar a la señora de La Motte sólo para que usted tenga el placer de aniquilarla políticamente.

—Hay muchas formas de conseguir que la reina libere a la señora de La Motte — dijo Saltrais con aire enigmático.

—¿Formas? ¿Qué formas? —Inquirió Desmond—. Ninguna legítima, sin duda. Ha sido condenada por el Parlamento. La reina no está legitimada para liberarla.

—¿Legítimas? —Despreció Saltrais—. Amigo mío, estamos hablando de política, ¿entienden? De política. ¿Qué tiene que ver la legitimidad con la política? ¿Es legítimo que estemos sometidos a la autocracia de una reina que sólo mira por su interés personal y no por el de su reino, y al de un rey cuyo mal gobierno ha llevado al país prácticamente a la bancarrota? ¿Qué es más ilegítimo? ¿Intentar derrocar ese sistema para sustituirlo por otro mejor, o seguir sosteniéndolo aun a sabiendas de que es dañino y perjudicial? A mí me hace mucha gracia la gente que se llena la boca con las palabras Libertad e Igualdad y que después no está dispuesta a hacer nada por conseguirlas.

—Yo no soy de ésos. ¡Haría cualquier cosa por ello! —prorrumpió Didier con calor.

—¿Cualquier cosa? —Ahondó Saltrais, subrayando sus palabras—. Eso está muy pronto dicho. Piénselo bien. ¿Qué estaría, en realidad, dispuesto a hacer? ¿Estaría, por ejemplo, dispuesto a transgredir la ley? ¿A convertirse en un fugitivo de la Justicia? ¿A tenerse que exiliar? ¿A perder su fortuna o su vida?

—Póngame a prueba y lo sabrá —repuso Didier.

—¿Y usted, conde? —me preguntó directamente—. ¿Qué estaría dispuesto a hacer?

—¿Qué está usted tramando, Saltrais?

—¿Yo? Nada. Yo soy sólo un pensador. Me limito a incentivar malas acciones en los demás —replicó con cinismo.

—Por cierto —interrumpió Desmond, como si acabara de recordar algo—. Tengo que acabar de explicarle aquel asunto, conde.

—¿Qué asunto? —Rememoré—. ¡Ah sí!…, ¡el de la viuda! —Suspiré con cansancio—. Lo último que recuerdo es que querían traspasar el negocio. Lo que no acabé de captar es qué pinto yo en todo esto.

—Es que si no lo consiguen no podrán pagar el alquiler. Necesito su consentimiento para condonarles el pago hasta que encuentren un nuevo inquilino.

—¡Ah! El alquiler… —desdeñé. ¿Sólo se trataba de eso? Pero Desmond me observaba con tanto interés que hice un esfuerzo por fingir que me tomaba en serio la cuestión—. ¿Siguen trabajando en el local?

—No. Está vacío e inactivo. Despidieron a todos los trabajadores. No podían pagar los sueldos.

—¿Y de qué período de tiempo hablamos, aproximadamente?

—Indefinido. Me temo que por el momento no hay nadie interesado.

—Aquí hay algo que yo no acabo de entender, si permiten que me inmiscuya — intervino Saltrais—. Lo habitual es que cuando un inquilino no paga la renta se le desahucie, ¿no es así? Entonces, ¿qué es lo que tiene de especial este caso? ¿Acaso la viuda le ha enternecido el corazón porque es joven y guapa?

Desmond enrojeció de tal manera que comprendí que estaba a punto de perder la paciencia.

—Un trimestre —resolví para concluir—. Les doy un trimestre para que consigan el traspaso. Si en ese tiempo no hay perspectivas de ello, que desalojen el local. ¿Conforme?

Desmond asintió con la cabeza, lanzando una contrariada mirada a Saltrais, que se la devolvió jocoso.

Estaba ya pensando en deshacerme del grupo y ensayar otra vez mi plan de fuga, cuando apareció la baronesa intempestivamente para requerirnos a todos los caballeros que estábamos allí refugiados que nos presentáramos de inmediato y sin excusa alguna en el salón de baile, donde éramos del todo necesarios para hacer honor a dicho divertimento. Era imposible zafarse de la distinguida dama, que se quedó allí marcial comprobando la ejecución de sus órdenes. En escasos instantes sus presas fuimos conducidas, cual manso rebaño azuzado por su cayado, hasta la sala en cuestión, donde vinimos a reforzar los efectivos masculinos existentes en el lugar, ciertamente minoritarios. Y una vez allí, armándome ya de absoluta resignación, tuve que cumplir con el deber social de someterme al tedio de participar en tres piezas de baile seguidas.

Entre vuelta, paso y giro descubrí a Courtain, también dedicado a la danza. En una ocasión su pareja fue la joven desconocida del jardín, pero en las demás distribuyó sus atenciones equitativamente entre otras, jóvenes y no tan jóvenes, incluida la propia baronesa, a la que con su desvergonzada insistencia consiguió arrastrar al centro del salón, mérito remarcable teniendo en cuenta que la pobre mujer no bailaba ya nunca, y hasta tal extremo fue apreciada la excepción que, tras el baile, el esfuerzo de la anciana, acalorada y risueña, y por extensión, el logro de su galán, fueron premiados con calurosos aplausos.

Después de ese glorioso momento, que sin duda fue el culminante de la fiesta, la orquesta hizo un descanso, y tuve ánimos para aproximarme a Courtain y felicitarlo por su atenta hazaña. Tras intercambiar con él algunas frases triviales, pasó cerca de nosotros la joven causante del disgusto de Lucile.

—¿Quién es? —no pude resistirme a preguntarle.

—Lo siento, conde —repuso—; si ha despertado su interés debo advertirle que es de las pocas mujeres casadas que conozco que es feliz en su matrimonio.

—Esa deducción, ¿se debe a que no ha sucumbido a las artes seductoras de usted?

—No. —Sonrió—. Yo ya no ejerzo, Bramont; ya tengo el corazón robado, como usted bien sabe. Nos hemos encontrado por casualidad; no sabía que estaba en París. Es una amiga de la infancia, casi de la familia; fue la prometida de mi hermano mayor.

Callé. Su hermano había muerto en la guerra de la independencia americana.

El conocimiento de la equivocación de Lucile acabó de arruinar aquella nefasta velada, así que esta vez decidí marcharme a pecho descubierto, dispuesto a batallar contra cualquiera que intentara impedírmelo. Rehuí a la baronesa, aun a riesgo de ganarme su enojo, y sin despedirme de ella, ni de nadie, salí con paso ligero y directo por la puerta principal.