Kalfukura

Jorge Baradit · Capítulo 2 de 46

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Kalfukura

Capítulo 2

Los ariqueños salen de sus escondites con cautela. Son animalitos asustados que asoman entre grietas y puertas desencajadas por el sismo; son hormigas después de la lluvia. Forman grupos, hablan en voz baja, se juntan con otros. Comienzan a caminar hacia el centro de la ciudad, buscando por instinto alguna autoridad que organice su temor. Algunos ayudan a apagar pequeños incendios, otros recolectan agua de grifos y cañerías que sangran haciendo parecer a la ciudad como un gran accidentado contuso, cruzado de heridas expuestas y fracturas bajo la piel.

Leonardo y Corsina también salen de la iglesia, aprovechando las últimas luces de un cielo ahora despejado, azulino, límpido y tranquilo. Los temblores se suceden; aunque son pequeños, les alcanza para hacer llorar a los niños y angustiar a sus padres.

Hay gritos que provienen de la costa. Leonardo y Corsina se miran y siguen a la multitud que avanza hacia la playa llevados por el murmullo y los anuncios de aquéllos que, cargando antorchas y linternas, habían llegado primero.

Nadie estaba preparado para lo que les esperaba.

Corsina se acercó a los roqueríos. El mar estaba demasiado tranquilo, casi no se oía. Avanzó un poco y aguzó la mirada buscando penetrar la incipiente oscuridad. Lo mismo hacía el resto de los ariqueños, comenzaban a murmurar sorprendidos de que el mar no estuviera en su sitio. Ahí, donde debía haber una masa negra cimbrándose contra rocas y rompeolas, ahora no había más que un fondo de arena y basura industrial extendido hasta donde era posible ver.

En ese instante comenzaron los ataques de histeria, los llantos desatados y los gritos de angustia. El sacerdote de la Iglesia de San Marcos los llamaba a viva voz para que se congregaran en torno a su templo; los llamaba a orar por la ciudad y por sus hijos que, separados del resto del mundo, sin comunicaciones ni caminos viables, debían esperar, sin saber hasta cuándo, la aparición de la ayuda y el consuelo como quien se sienta en una isla desierta.

Así les sorprendió la noche plena. Leonardo abrazado a su tía, todos abrazados a todos en torno a unas pocas fogatas en calles y plazas, temerosos de entrar a sus propios hogares y ser aplastados por algún temblor.

Nadie durmió.

Nadie habló.

Nunca hubo tanto silencio en Arica. Ahora ni siquiera se oía el rumor pausado del oleaje marcando los minutos de la noche.