Kalfukura
Capítulo 3
Los helicópteros levantaron el vuelo antes del amanecer. Iquique, distante cuatrocientos kilómetros al sur de Arica, había alcanzado a recibir confusas transmisiones de radio que hablaban de remolinos de viento, de ataques de cóndores, de agua y de maremotos suspendidos. Eran mensajes de vírgenes de las peñas y de santos patronos; de castigos divinos y acabo de mundo. Todo antes de un espantoso silencio unido a mediciones sismográficas inquietantes y alaridos en frecuencias de onda corta, provenientes de las zonas aledañas. Todos los sistemas de alerta y reacción ante catástrofes naturales se activaron de inmediato. Enviaron un extenso comunicado a las oficinas centrales en Santiago, pero nadie mencionó, sin embargo, que todos los bebés de Iquique lloraron al unísono a la misma hora del terremoto y que algunos perros chocaron contra los muros de la iglesia hasta romperse los huesos.
Una mujer dormida se escribió muchas veces el Padre Nuestro en todo el cuerpo, sin despertar de un sueño donde comía piedras pequeñísimas que sabían escribir. Un hombre lloraba sin consuelo aferrado a un árbol, sin poder explicar que todo su padecimiento se debía a un color horrible que veía cuando cerraba los ojos. Esa noche todos soñaron con guanacos quemándose por dentro y corriendo hacia el mar. Graffitis callejeros pedían devolver las momias a sus wakas y enterrar de regreso todo el cobre extraído a las venas del desierto…, o algo grave se desataría.
Iquique estaba más preocupado de Arica que de los anuncios que ocurrían en sus propias calles.
Pese a que los pilotos salieron a primera hora, de todos modos debieron volar en condiciones difíciles, con la penumbra y la camanchaca que todo lo escondían. Los cuatro helicópteros Puma del Ejército de Chile iban rasantes y a gran velocidad, en paralelo a la línea costera, junto a los acantilados que precedían a la bahía. Al girar el codo que esconde a la ciudad, se encontraron con una sorpresa mayúscula: frente a la costa de Arica el suelo marino se había levantado en cientos de kilómetros cuadrados y, sobre éste, se recortaba con gran nitidez y a pocos metros del antiguo borde, una enorme ciudad incaica, hecha de piedras lisas que brillaban al sol del amanecer; una metrópoli fabricada de gigantescos megalitos tallados y dispuestos en círculo en torno a una plataforma de roca negra, con una gran portilla en el centro, idéntica a la Puerta del Sol de Tiwanaku. El deterioro de las edificaciones era evidente, la antigüedad del conjunto era indeterminable. Los pilotos volaron alrededor como pequeñas moscas asombradas y transmitieron por radio intentando explicar a tropezones lo inexplicable.
Leonardo y Corsina estaban parados sobre los roqueríos admirando la misma imagen: una ciudad completa y desconocida se había levantado desde el fondo marino y los observaba, quizá, con la misma perplejidad. Dos ciudades mirándose frente a frente.
Los helicópteros pasaron sobre sus cabezas tronando con fuerza, pero ellos ni siquiera les prestaron atención.
—Tía Corsina —dijo Leonardo sin dejar de mirar la ciudad—. ¿A qué vinimos a Arica?
La mujer parpadeó mirando los glifos que adornaban los monumentales pilares de entrada a la ciudad. Parecían hombres-cóndor y hombres-jaguar, los poderosos guerreros de la luna y el sol.
—Tu madre no está muerta, Leonardo —le dijo con suavidad—. Está acá, en Arica, e iremos a conocerla.