Klara y el sol
Quinta parte
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Josie empezó a perder las fuerzas once días después del regreso de la ciudad. Al principio esta fase no parecía peor que las que había pasado con anterioridad, pero fueron apareciendo nuevos síntomas, como un extraño modo de respirar o el estado de semivigilia por las mañanas, con los ojos abiertos pero carentes de vida. Si cuando estaba en este estado yo le hablaba, ella no respondía, y la Madre adoptó la costumbre de aparecer por la habitación cada mañana. Y si Josie estaba en su estado de semivigilia, la Madre se sentaba en la cama y repetía en voz baja: «Josie, Josie, Josie», como si fuese parte de una canción que estuviera memorizando.
Había días mejores, en que Josie se sentaba en la cama y hablaba, e incluso recibía clases en su rectángulo, pero había otros en que se pasaba las horas durmiendo. El doctor Ryan comenzó a venir a diario y ya nunca sonreía. La Madre se iba al trabajo cada vez más tarde por la mañana y ella y el doctor Ryan mantenían largas conversaciones en la Sala Diáfana con las puertas correderas cerradas.
En los días posteriores a la visita a la ciudad, cuando Josie todavía no había empeorado, se decidió que yo ayudaría a Rick en sus estudios, de modo que durante ese periodo él venía a menudo a la casa. Pero en cuanto Josie empezó a empeorar, él perdió todo interés por las clases y se quedaba merodeando por el pasillo, a la espera de que la Madre o Melania Sirvienta le avisasen de que podía subir a la habitación de Josie. Y si eso llegaba a ocurrir, no le permitían quedarse más que unos minutos, de pie en la puerta, para contemplar a Josie durmiendo. En una ocasión en que la estaba mirando, ella abrió los ojos y sonrió.
—Hola, Rick. Lo siento. Hoy estoy demasiado cansada para dibujar.
—No pasa nada. Sigue descansando, te pondrás bien.
—Rick, ¿qué tal están tus pájaros?
—Mis pájaros están bien, Josie. Funcionan de maravilla.
Eso fue todo lo que pudieron decirse antes de que ella volviera a cerrar los ojos.
Al acabar ese encuentro, como Rick parecía tan desanimado, lo acompañé por la escalera hasta la puerta principal. Nos quedamos un momento en la zona de gravilla, contemplando el cielo grisáceo. Noté que quería hablar conmigo pero, quizá consciente de que nos podían oír desde el dormitorio, se mantuvo en silencio, removiendo las piedrecitas con la punta de su zapatilla deportiva. De modo que opté por preguntarle:
—¿Tal vez a Rick le apetecería dar un paseo? —Y señalé hacia la puerta de la verja con aspecto de marco de cuadro.
Cuando nos adentramos en el primer campo me di cuenta de que la hierba era más amarilla que aquella tarde en que lo atravesamos para ir al granero del señor McBain. Caminamos sin prisa por el primer tramo del improvisado sendero, mientras el viento mecía de manera intermitente la hierba y dejaba entrever a lo lejos la casa de Rick.
Llegamos a un punto en el que el sendero improvisado se ensanchaba y desembocaba en una suerte de habitación al aire libre, y allí Rick se detuvo y se volvió hacia mí, con la hierba susurrando a nuestro alrededor.
—Josie nunca ha estado tan mal como ahora —dijo, con la mirada clavada en el suelo—. No parabas de decir que había motivos para la esperanza. No parabas de decirlo como si hubiera alguna razón especial para creerlo. Y me hiciste concebir esperanzas a mí también.
—Lo siento. Tal vez Rick esté enfadado conmigo. La verdad es que yo también estoy decepcionada. Aun así, sigo creyendo que hay motivos para la esperanza.
—Venga ya, Klara. Josie está empeorando. Tú misma puedes ver cómo el médico y la señora Arthur están perdiendo la esperanza.
—Aun así, sigo creyendo que la hay. Creo que la ayuda podría llegar de un lugar que los adultos todavía no han tomado en consideración. Pero debemos hacer algo enseguida.
—Klara, no sé de qué me estás hablando. Supongo que tendrá que ver con ese asunto que no puedes contarle a nadie.
—Para ser sincera, desde que hemos regresado de la ciudad, ya no estoy segura. He estado esperando, dubitativa, esperanzada con que la ayuda especial llegara a pesar de todo. Pero en estos momentos creo que lo único que puedo hacer es volver allí y explicarme. Si hago una súplica especial… Pero no debería seguir hablando de esto. Necesito que Rick vuelva a confiar en mí. Necesito regresar al granero del señor McBain.
—¿Quieres que te vuelva a llevar?
—Debo ir lo antes posible. Si Rick no puede llevarme, iré sola.
—Eh, para el carro. Por supuesto que te ayudaré. No sé de qué manera esto puede ayudar a Josie, pero si dices que lo hará, desde luego que te ayudaré.
—¡Gracias! En ese caso, debemos ir cuanto antes, esta tarde. Y, como la última vez, tenemos que llegar allí en el momento en que el Sol se está ocultando para descansar. Rick tendría que encontrarse conmigo aquí, en este mismo lugar, a las siete quince de esta tarde. ¿Lo harás?
—Puedes estar totalmente segura de que lo haré.
—Gracias. Hay una cosa más. Cuando llegue al granero, presentaré mis disculpas. Cometí el error de subestimar la magnitud de mi tarea. Pero debo disponer de algo más, alguna cosa extra con la que fortalecer mi súplica. Por eso debo preguntarle algo a Rick, aunque suponga entrometerme en el ámbito de su privacidad. Debes decirme si el amor entre Rick y Josie es genuino, si es verdadero y duradero. Debo saberlo, porque si la respuesta es sí, tendré algo que ofrecer, independientemente de lo que sucedió en la ciudad. De modo, Rick, que por favor piénsalo con cuidado y dime la verdad.
—No necesito pensarlo. Josie y yo crecimos juntos y somos el uno parte del otro. Y tenemos nuestro plan. De manera que por supuesto que nuestro amor es genuino y para siempre. Y para nosotros es indiferente quién ha sido mejorado y quién no. Esta es la respuesta, Klara, no hay otra.
—Gracias. Ahora tengo algo muy especial que ofrecer. Así que, por favor, no lo olvides: nos encontraremos aquí a las siete quince. En el mismo lugar en el que estamos ahora.
Como ya tenía experiencia previa montando sobre la espalda de Rick, de vez en cuando estiraba una mano para apartar la hierba. Ahora la hierba no solo estaba más amarillenta que en nuestro anterior recorrido, sino que era más blanda y flexible, e incluso las nubes de insectos del anochecer se apartaban de mi cara conforme avanzábamos a través de ellas. En esa ocasión, los campos en ningún momento se dividieron en bloques, y en cuanto dejamos atrás la tercera puerta con aspecto de marco de cuadro, vi con claridad el granero del señor McBain ante nosotros, con el amplio cielo anaranjado encima y el Sol ya cerca de la punta del tejado triangular.
Cuando llegamos a la zona en que la hierba estaba segada, le pedí a Rick que se detuviera y me dejara bajar. Nos quedamos los dos allí plantados, contemplando cómo el Sol se iba hundiendo cada vez más y la sombra del granero, como había sucedido en la anterior ocasión, se fue estirando hacia nosotros a través de la hierba segada. En cuanto el Sol se situó por detrás del tejado, recordé lo importante que era no invadir más de lo necesario su privacidad y le pedí a Rick que se marchara.
—¿Qué pasa ahí dentro? —me preguntó, pero antes de que yo pudiese responderle me tocó el hombro con suavidad y dijo—: Te esperaré en el mismo sitio que la otra vez.
Se marchó y me quedé sola, esperando a que el Sol reapareciera por debajo del nivel del tejado y lanzase sus últimos rayos a través del granero abierto. En ese momento pensé que no solo el Sol podía estar enojado por mi fracaso en la ciudad, sino que además tal vez esa era mi última oportunidad para pedirle su ayuda especial, y pensé en lo que podía significar para Josie si yo fracasaba. El miedo se apoderó de mi mente, pero recordé la gran bondad del Sol y, dejando atrás cualquier duda, caminé hacia el granero del señor McBain.
Como en la anterior ocasión, el granero se llenó de una luz anaranjada y al principio me costó ver con claridad lo que tenía alrededor. Pero no tardé en visualizar las balas de heno a mi izquierda y pude comprobar que la pila que formaban había bajado. Seguía habiendo partículas de heno en el aire, que los rayos del Sol iluminaban. Pero ahora, en lugar de flotar mansamente, se movían de forma agitada como si una de las balas de heno acabase de golpear contra el suelo de madera y se hubiera desintegrado. Cuando estiré el brazo para tocar esas partículas en movimiento, vi que mis dedos proyectaban sombras que se alargaban hasta la entrada del granero.
Detrás de la pila de balas de heno estaba la pared y me tranquilizó comprobar que los Estantes Rojos de nuestra antigua tienda seguían allí, aunque esa tarde se los veía torcidos, inclinados de manera muy evidente hacia la parte posterior del granero. Las tazas de café de cerámica seguían todas en fila, pero también mostraban ciertos signos de desbarajuste: por ejemplo, en uno de los estantes vi un objeto que era sin duda la batidora de Melania Sirvienta.
Recordé cómo esperé al Sol la vez anterior, sentada en la silla metálica plegable, y me volví hacia el otro lado del granero, con la esperanza de volver a encontrar no solo la silla, sino también la hornacina de nuestra tienda y tal vez incluso a un AA metido orgullosamente en ella. Lo que en realidad vi fueron los rayos del Sol enfocados hacia mí, siguiendo una trayectoria casi horizontal desde la entrada trasera hacia la delantera. Era casi como contemplar el tráfico en una calle concurrida, y cuando logré enfocar la mirada hacia el fondo, descubrí que el espacio estaba fragmentado en numerosos bloques de dimensiones irregulares. Tardé unos segundos en vislumbrar la silla plegable —o más bien, diversas partes de ella, divididas entre varios bloques—, y como recordaba lo cómoda que había estado en ella la última vez, empecé a caminar hacia donde se encontraba. Pero en cuanto crucé por delante de los rayos del Sol, me vino a la cabeza la idea de que, si quería llamar su atención antes de que desapareciese, no podía perder ni un segundo. De modo que, todavía de pie bajo la intensa luz, empecé a formar palabras en mi mente.
«Debes de estar muy cansado, siento molestarte. Recordarás que vine aquí en verano y tú tuviste la amabilidad de dedicarme unos minutos de tu tiempo. Me he atrevido a volver esta tarde para hablarte del mismo asunto importante».
En cuanto estas palabras empezaron apenas a formarse en mi cabeza, me vino el recuerdo del día de la reunión de interacción de Josie y la madre furiosa que irrumpió en la Sala Diáfana gritando: «¡Danny tiene razón! ¡Tú no tendrías que estar aquí!» De forma casi simultánea, me percaté de la presencia en uno de los bloques a mi derecha de rabiosas letras de cómic como las que había visto desde el coche en un edificio de la ciudad. De todas maneras, permití que palabras a medio formar circulasen por mi mente.
«Sé que no tengo ningún derecho a presentarme aquí de este modo. Y sé que el Sol debe estar enojado conmigo. Le he fallado al fracasar por completo en mi intento de detener la Polución. De hecho, soy consciente de lo idiota que fui al no pensar que habría una segunda máquina terrible para seguir fabricando Polución sin descanso. Pero ese día el Sol estaba observando en aquel solar, de manera que sabrá con qué empeño lo intenté y el sacrificio que tuve que hacer, que de todos modos hice a gusto, pese a que ahora mis habilidades tal vez ya no sean lo que fueron. Y tuviste que ver cómo me ayudó el Padre y lo puso todo de su parte, pese a no saber nada sobre mi trato con el Sol, solo porque vio mi esperanza y tuvo fe en mí. Me disculpo con toda sinceridad por haber subestimado la magnitud de la tarea. Ha sido culpa mía y de nadie más, y aunque el Sol tiene derecho a estar enojado conmigo, le pido que tenga en cuenta que Josie no tiene culpa alguna. Al igual que el Padre, ella jamás ha sabido de mi trato con el Sol y sigue sin tener ni idea de este asunto. Ahora que está cada día más débil, he vuelto aquí esta tarde porque no he olvidado jamás lo bondadoso que puede ser el Sol. Si pudiera mostrar su gran compasión hacia Josie, como hizo ese día con Mendigo y su perro… Si pudiera enviarle su nutriente especial a Josie, que tanto lo necesita…»
Mientras estas palabras se deslizaban por mi mente, pensé en el terrible toro con el que nos cruzamos camino de la Cascada Morgan, en sus cuernos y sus ojos, y en la sensación que tuve en ese momento de que se había producido un gran error para que esa criatura tan llena de ira anduviera libre por la soleada hierba. Oí la voz de la Madre a mi espalda en el camino, gritando: «¡No, Paul, ahora no, y no en este maldito coche!», y vi a la mujer solitaria sentada en el café del señor Vance, de cuya presencia ni siquiera se había percatado el Encargado de la Cafetería, y vi cómo esa mujer apoyaba la frente contra el cristal del ventanal, mirando hacia la oscura calle del exterior del local, y pensé que esa mujer se parecía mucho a Rosa. Pero caí en la cuenta de que no podía permitirme distraerme, porque el Sol iba a desaparecer de un momento a otro, y dejé que más pensamientos pasaran por mi mente, pero ya no los transformé en palabras solemnes.
«No me importa haber perdido mi precioso fluido. Habría cedido más de buen grado, lo habría dado todo, si eso significara que ofrecerías tu ayuda especial a Josie. Como sabrás, desde la última vez que estuve aquí, me he enterado del otro modo de salvar a Josie, y si no queda otro remedio, yo pondré todo de mi parte para llevarlo a cabo. Pero no tengo claro que este otro modo vaya a funcionar, por mucho empeño que ponga, y por eso lo que ahora mismo deseo con toda mi alma es que el Sol muestre una vez más su enorme bondad».
La mano que tenía extendida mientras atravesaba los rayos del Sol entró en contacto con algo duro y me di cuenta de que estaba aferrando el respaldo de la silla metálica plegable. Me alegré de haber dado con ella, pero no me senté por si podía parecer irrespetuoso. En lugar de eso, permanecí de pie detrás de ella, agarrando el respaldo con ambas manos.
Los rayos del Sol procedentes de la parte posterior del granero eran demasiado intensos para mirarlos directamente, de modo que, aunque pudiera interpretarse como un gesto maleducado, ladeé la mirada una vez más hacia las oscilantes formas a mi derecha, tal vez con la esperanza de ver a Rosa sentada en la solitaria mesa del café. Pero de pronto las manchas del Sol cayeron sobre la hornacina y la iluminaron momentáneamente, y lo que vi en ella no fue a un AA, sino una enorme fotografía oval colgada en la pared. Mostraba un campo verde en un día soleado, con algunas ovejas, y al fondo reconocí a las cuatro ovejas especiales que había visto desde el coche de la Madre durante el trayecto de regreso de la Cascada Morgan. Parecían todavía más afables de como las recordaba, alineadas como formando una fila impecable y con las cabezas gachas para comer hierba. Esas criaturas me llenaron de felicidad aquel día y me ayudaron a borrar el recuerdo del terrible toro, y me alegré de volver a verlas, aunque fuera en esa fotografía oval. Pero había algo raro: pese a que las cuatro ovejas estaban colocadas en fila, en la misma formación en que las había visto desde el coche, ahora se las veía extrañamente suspendidas, de manera que no parecían estar asentadas sobre la superficie del campo. El resultado era que, al bajar la cabeza para pastar, sus bocas no tocaban la hierba, lo cual daba a esas criaturas, aquel día tan felices, un aire de desolación.
«Por favor, no te marches todavía», dije. «Por favor, concédeme un minuto más. Sé que he fracasado en lo que te prometí llevar a cabo en la ciudad y no tengo ningún derecho a pedirte nada más. Pero recuerdo lo encantado que estabas el día en que la Mujer Taza de Café y el Hombre de la Gabardina se volvieron a encontrar. Estabas tan encantado que no podías evitar mostrarlo. De modo que sé lo mucho que te importa que la gente que se quiere pueda reencontrarse, aunque sea muchos años después. Sé que el Sol siempre les desea lo mejor y tal vez incluso les ayuda a reencontrarse. Por eso te pido por favor que pienses en Josie y Rick. Todavía son muy jóvenes. Si Josie fallece ahora, estarán separados para siempre. Si pudieras proporcionarle tu nutriente especial, como vi que hiciste con Mendigo y su perro, Josie y Rick podrían continuar juntos durante sus vidas adultas como siempre han soñado. Doy fe de que su amor es fuerte y duradero, como el de la Mujer Taza de Café y el Hombre de la Gabardina».
Me percaté de pronto de la presencia, a unos pasos de la hornacina, de un pequeño objeto triangular en el suelo. Por un momento pensé que se trataba de una de las porciones de tarta que el Encargado de la Cafetería tenía en el mostrador transparente. Y recordé la voz agria del señor Vance diciendo: «Si no buscas algún tipo de favoritismo, ¿por qué estoy sentado delante de ti?», y a la señora Helen replicando rápidamente: «Sí que estamos pidiendo que ejerzas cierto favoritismo, por supuesto que sí». Pero entonces me di cuenta de que el triángulo del suelo no era un pedazo de tarta, sino una esquina del libro de bolsillo de Josie, el que había dejado caer al suelo desde el sofá del Apartamento del Amigo mientras esperaba al Padre. De hecho, no era para nada triangular, tan solo me lo había parecido porque solo se entreveía una esquina asomando de entre las sombras. A la izquierda de la hornacina, los bloques oscilaban y se superponían como si los sacudiera el viento. Vi en muchos de ellos destellos de colores vivos y me di cuenta de que contenían, aunque fuera en el fondo, el juego de botellas que había visto en el nuevo escaparate de la tienda. Las botellas estaban iluminadas con colores muy diversos y en algunos bloques también vislumbré partes del cartel que decía «Iluminación empotrada». Sabía que se me estaba agotando el tiempo, así que continué a toda prisa.
«Sé que el favoritismo no es deseable. Pero si el Sol hace alguna excepción, ¿quién se lo merecería más que dos jóvenes que se amarán toda la vida? Tal vez el Sol podría preguntar: “¿Cómo puedo estar seguro? ¿Qué saben los niños del verdadero amor?” Pero los he observado con detenimiento y tengo la certeza de que su amor es genuino. Han crecido juntos y están muy unidos. Me lo ha dicho el propio Rick hoy mismo. Sé que fracasé en la ciudad, pero, por favor, vuelve a mostrar tu bondad y proporciónale tu ayuda especial a Josie. Mañana, o pasado mañana, por favor échale un vistazo y proporciónale el nutriente que le diste a Mendigo. Te lo pido, aunque pueda ser favoritismo y pese a que fracasé en mi misión».
Los últimos rayos del Sol empezaron a apagarse y dejaron en el granero el inicio de la oscuridad. Pese a que había tratado de no apartar la mirada de la entrada trasera, de donde procedía su luz, desde hacía un rato era consciente de la presencia de otra fuente de luz a mi espalda, por encima de mi hombro derecho. Al principio pensé que era una manifestación más del juego de botellas coloreadas, pero cuando se fue reduciendo la luz del Sol en el granero, ya no pude seguir ignorando la nueva fuente de luz. Me volví para mirarla y me sorprendió ver que el propio Sol, lejos de marcharse, se había metido en el granero del señor McBain y se había instalado, casi al nivel del suelo, entre la hornacina y la entrada delantera. Este descubrimiento fue tan inesperado —y la presencia del Sol en esa parte baja de la esquina tan cegadora— que por un momento corrí el peligro de desorientarme. Reajusté la visión, ordené la mente y me di cuenta de que el Sol en realidad no estaba en el granero, sino que alguien había dejado allí algún objeto reflectante que atrapó su reflejo durante los últimos instantes de su descenso. En otras palabras, algo estaba actuando como espejo del Sol, del mismo modo que a veces lo hacían las ventanas del Edificio RPO y de otros edificios. Mientras me dirigía hacia la superficie reflectante, la luz perdió intensidad, aunque siguió proyectándose un resplandor anaranjado entre las sombras circundantes.
Solo cuando estuve encima de él, se me reveló la naturaleza del objeto reflectante. El señor McBain —o alguno de sus amigos— había dejado apoyadas contra la pared, amontonadas unas encima de otras, varias láminas rectangulares de cristal. Quizá el señor McBain tenía planeado hacer algo con las paredes que faltaban y tal vez pensaba poner ventanas. En cualquier caso, vi reflejado en los rectángulos de cristal —conté siete en total, amontonados casi verticalmente— el rostro del Sol al anochecer. Me acerqué todavía más y casi verbalicé a gritos estas palabras:
«Por favor, muéstrale tu bondad especial a Josie».
Me quedé mirando los cristales. Mientras los observaba con más atención, el reflejo del Sol seguía siendo de un intenso color anaranjado, pero ya no resultaba cegador. Estudié detalladamente el rostro del Sol en el interior del primer rectángulo y me di cuenta de que no estaba mirando una única imagen, porque había una versión diferente del rostro del Sol en cada una de las superficies de cristal, y lo que al principio había tomado por una imagen unificada eran de hecho siete imágenes separadas y superpuestas unas a otras en las que mi mirada penetraba desde la primera lámina hasta la última. Aunque su rostro en el primer cristal era intimidante y gélido, y el siguiente resultaba incluso más hostil, los dos que venían a continuación eran más relajados y amables. Había detrás todavía otras tres láminas de cristal, y aunque era difícil ver lo que aparecía en ellas al estar al fondo, intuí que esos rostros mostraban expresiones divertidas y amables. En cualquier caso, fuera la que fuese la imagen en cada cristal, cuando las miraba en conjunto el efecto era el de ver un solo rostro, pero con diversos contornos y emociones.
Seguí mirando con atención y de pronto todos los rostros del Sol empezaron a desvanecerse al mismo tiempo y la luz en el interior del granero del señor McBain fue perdiendo intensidad y ya ni siquiera veía el triángulo del libro de Josie o a las ovejas que estiraban sus bocas hacia la inalcanzable hierba. Dije: «Gracias por recibirme de nuevo. Siento no haber sido capaz de llevar a cabo lo que te prometí. Por favor, considera mi petición». Pero incluso hablando mentalmente dije estas palabras en voz baja, porque sabía que el Sol ya se había marchado.
Durante los días siguientes, el doctor Ryan y la Madre discutían a menudo en la Sala Diáfana sobre si Josie debía o no ser ingresada en el hospital y, aunque sus voces colisionaban —las oía a través de las puertas correderas —, siempre acababan estando de acuerdo en que meterla allí solo contribuiría a hacerla más infeliz. Pese a mostrarse de acuerdo sobre eso, cada vez que venía el doctor Ryan se metían en la Sala Diáfana y volvían a discutir sobre lo mismo.
Rick venía cada día y se sentaba un rato en el dormitorio para vigilar a Josie mientras la Madre y Melania Sirvienta aprovechaban para descansar un poco. A esas alturas, ambas adultas habían dejado de mantener sus horarios habituales y solo dormían cuando les vencía el cansancio. Mi presencia, aunque apreciada, era considerada por algún motivo como insuficiente, pese a que la Madre sabía que yo era capaz de detectar las señales de peligro antes que nadie. En cualquier caso, a medida que pasaban los días, la Madre y Melania Sirvienta empezaron a estar tan agotadas que se les notaba en cada movimiento que hacían.
Y entonces, seis días después de mi visita al granero del señor McBain, el cielo se ennegreció muchísimo después del desayuno. Digo «después del desayuno» aunque para entonces todas las rutinas de la casa se habían alterado y ya ni el desayuno ni el resto de las comidas se hacían en los horarios habituales. Esa mañana en particular el sentido de desorientación se incrementó por la oscuridad del cielo y la llegada de Rick fue una de las pocas cosas que me recordó que ya no era de noche.
A medida que avanzaba la mañana, el cielo se iba oscureciendo más, las nubes eran cada vez más densas y el viento empezó a soplar con mucha fuerza. Algún elemento suelto del exterior de la casa comenzó a golpear en la parte trasera y, cuando eché un vistazo a través de la ventana delantera, vi que los árboles de la parte alta de la carretera oscilaban y se torcían.
Pero Josie seguía durmiendo, ajena a todo, y su respiración era superficial y acelerada. A mitad de esa oscura mañana, mientras Rick y yo vigilábamos a Josie, apareció Melania Sirvienta, con los ojos entrecerrados por la fatiga, y nos dijo que venía a reemplazarnos. Observé cómo Rick bajaba por la escalera delante de mí, con los hombros caídos por la tristeza, y vi que se sentaba en el primer escalón. Decidí que era aconsejable proporcionarle unos minutos de privacidad, y estaba pasando junto a él en dirección al pasillo cuando la Madre salió de la Sala Diáfana. Llevaba todavía el fino salto de cama negro de la noche, que dejaba a la vista la fragilidad de su cuello, y se dirigió a toda prisa a la cocina como si necesitara con urgencia un café. Pero al llegar a la puerta se volvió y, al ver a Rick sentado en el escalón, se quedó mirándolo. Rick tardó unos instantes en percatarse de que la Madre lo observaba, pero cuando lo hizo le sonrió animoso.
—Señora Arthur, ¿cómo está?
La Madre siguió mirándolo. Y por fin dijo:
—Ven aquí. —Y desapareció en la cocina. Rick me miró desconcertado mientras se ponía en pie. Pese a que la Madre no me había invitado también a mí, pensé que era mejor que lo siguiera.
La cocina tenía un aspecto diferente debido a la oscuridad del cielo. La Madre no había encendido ninguna luz y, cuando entramos, estaba mirando por el ventanal hacia la carretera que tomaba para ir al trabajo. Rick se detuvo dubitativo junto a la isla y yo me coloqué junto a la nevera para proporcionarles privacidad. Desde esa posición veía el ventanal y, detrás de la silueta de la Madre, la carretera que ascendía a lo lejos y los oscilantes árboles.
—Quiero preguntarte algo —dijo la Madre—. No te importa, ¿verdad, Rick?
—Por favor, adelante, señora Arthur.
—Me preguntaba si ahora mismo te sientes ganador. Como si hubieras salido victorioso.
—No la entiendo, señora Arthur.
—Siempre te he tratado bien, ¿verdad, Rick? Espero haberlo hecho.
—Por supuesto que sí. Siempre ha sido muy amable conmigo. Y una buena amiga de mi madre.
—Por eso te lo pregunto. Rick, te pregunto si te sientes ganador. Josie entró en el juego. Bueno, fui yo la que tiró los dados por ella, pero iba a ser ella, no yo, la que al final ganara o perdiese. Apostó alto, y si el doctor Ryan está en lo cierto, no va a tardar mucho en perder definitivamente. Pero tú, Rick, tú optaste por no apostar. Por eso te lo pregunto. ¿Cómo te sientes ahora? ¿De verdad te ves como el ganador?
La Madre le dijo todo esto sin dejar de contemplar el oscuro cielo, pero hizo una pausa y se volvió hacia Rick.
—Porque, Rick, si te sientes ganador, querría que reflexionases sobre esto. En primer lugar: ¿qué crees que has ganado exactamente? Te lo pregunto porque todo en Josie, desde la primera vez que la sostuve en mis brazos, me transmitía la idea de que tenía hambre de vivir. El mundo la estimulaba. Por eso supe desde el principio que no podía negarle su oportunidad. Pedía un futuro digno de su ímpetu. Es a eso a lo que me refiero cuando digo que apostó alto. ¿Qué me dices de ti, Rick? ¿De verdad crees que eres tan listo? ¿Crees que de los dos tú te has convertido en el ganador? Porque si es así, hazte esta pregunta: ¿qué es lo que has ganado? Echa un vistazo. Echa un vistazo a tu futuro. —Movió la mano y señaló el ventanal—. Hiciste una apuesta baja y lo que has ganado es minúsculo y mezquino. En estos momentos te debes de sentir ufano. Pero yo estoy aquí para decirte que no tienes ningún motivo para sentirte así. Ningún motivo en absoluto.
Mientras la Madre hablaba, algo había prendido en el rostro de Rick, algo peligroso, porque su mirada era ahora muy parecida a la que puso durante la reunión de interacción cuando retó a los chicos que querían lanzarme a través de la sala. Dio un paso hacia la Madre y de pronto también ella pareció sentirse alarmada.
—Señora Arthur —dijo Rick—. La mayoría de las veces que he venido aquí estos últimos días, Josie no estaba en condiciones de hablar. Pero el pasado jueves tuvo uno de sus días buenos y yo me senté cerca de la cama para oírla bien. Y me dijo que quería darme un mensaje. Un mensaje para usted, señora Arthur, un mensaje que todavía no estaba preparada para que usted lo escuchara. Lo que quiero decir es que me pidió que lo retuviese hasta que fuera el momento adecuado de comunicárselo. Bien, pues creo que tal vez ha llegado ese momento.
La Madre abrió mucho los ojos y en ellos se vislumbraba el miedo, pero no dijo nada.
—El mensaje de Josie —continuó Rick— era algo así: dice que independientemente de lo que suceda, independientemente de cómo acabe todo, ella la quiere y siempre la querrá. Está muy agradecida de que sea su madre y jamás ha deseado tener otra. Eso es lo que comentó. Y dijo más cosas. Sobre lo de haber sido mejorada, quiere que sepa que no hubiera deseado ninguna otra opción. Si pudiera volver a hacerlo y esta vez dependiese de ella, asegura que haría lo mismo que hizo usted, y usted siempre será la mejor madre que ha podido tener. Eso es lo que dijo al respecto. Como ya le he explicado, no quería que se lo comentase hasta que llegase el momento adecuado. Así que, señora Arthur, espero haber acertado al comentárselo ahora.
La Madre miraba a Rick con rostro inexpresivo, pero mientras él hablaba vislumbré algo —algo probablemente muy importante— a través del ventanal detrás de ella, y entonces, aprovechando el momentáneo silencio de Rick, alcé la mano. La Madre me ignoró y siguió mirándolo a él.
—Vaya mensaje —dijo por fin.
—Disculpe —dije.
—Dios mío —exclamó la Madre, y dejó escapar un suspiro quedo—. Vaya mensaje.
—¡Disculpe! —Esta vez casi grité, y tanto la Madre como Rick se volvieron hacia mí—. Siento interrumpir, pero está ocurriendo algo en el exterior. ¡Está saliendo el Sol!
La Madre miró por el ventanal y se volvió hacia mí.
—Pues sí. ¿Y qué? ¿Qué te pasa, cariño?
—Debemos subir. ¡Debemos ir a la habitación de Josie de inmediato!
La Madre y Rick me habían estado mirando perplejos, pero cuando dije eso se asustaron, y en cuanto empecé a moverme en dirección al pasillo, los dos salieron disparados y me adelantaron, así que acabé corriendo escaleras arriba detrás de ellos.
Es probable que no hubieran entendido por qué yo había dicho lo que había dicho, y tal vez creyeron que Josie estaba en peligro inminente. De modo que cuando entraron en tromba en el dormitorio, debieron quedarse muy aliviados al ver que Josie seguía dormida y respiraba con ritmo acompasado. Estaba echada de costado, como hacía con frecuencia, con el rostro oculto casi por completo por el cabello que le caía por encima. No se adivinaba ningún signo inesperado en Josie, pero la habitación era otra cosa. Las manchas del Sol cubrían diversas partes de la pared, el suelo y el techo con una intensidad inusual; se veía un triángulo anaranjado sobre la cómoda, una reluciente línea curva atravesaba el Sillón del Botón y unas intensas líneas verticales cruzaban la alfombra. Pero Josie, en la cama, permanecía entre sombras, como otras muchas zonas del dormitorio. De pronto las sombras empezaron a moverse y me di cuenta —ajustando mi visión a la luminosidad del espacio— de que las creaba Melania Sirvienta, plantada ante la ventana mientras movía la persiana y las cortinas. La persiana ya estaba completamente bajada y ahora estaba cerrando las cortinas para crear una doble protección frente a la luz, y aun así la intensa luz seguía atravesando los bordes y creaba formas por toda la habitación.
—¡Maldito Sol! —gritó Melania Sirvienta—. ¡Largo de aquí, maldito Sol!
—¡No, no! —Me dirigí a toda prisa hacia Melania Sirvienta—. ¡Tenemos que abrir, tenemos que abrirlo todo! ¡Tenemos que dejar que entre el Sol para que pueda hacer su trabajo!
Traté de arrebatarle las cortinas, que todavía tenía agarradas, y aunque en un primer momento no las soltó, acabó haciéndolo, con una mirada de perplejidad. Para entonces Rick ya había aparecido a mi lado y, dejándose llevar por la intuición, me ayudó a subir la persiana y abrir las cortinas.
El nutriente del Sol entró con tal intensidad en la habitación que Rick y yo nos echamos hacia atrás y casi perdemos el equilibrio. Cubriéndose los ojos con las manos, Melania Sirvienta repitió: «¡Maldito Sol!» Pero ya no intentó bloquear la entrada de su nutriente.
Me aparté de la ventana, aunque no sin antes percatarme de que el viento en el exterior era más intenso que nunca y no solo los árboles seguían agitándose, sino que había montones de pequeños cilindros y pirámides —cada uno de ellos parecía dibujado a lápiz— volando a toda velocidad por el cielo. Pero el Sol se había abierto paso entre las oscuras nubes y de pronto —como si todos los presentes en la habitación hubiésemos recibido un mensaje— nos volvimos a mirar a Josie.
El Sol la iluminaba, a ella y toda la cama, con una potente medialuna anaranjada, y la Madre, que era la que estaba más cerca de la cama, tuvo que alzar las manos para protegerse los ojos. Rick parecía sospechar qué estaba ocurriendo, pero yo estaba sobre todo interesada en comprobar si la Madre y Melania Sirvienta entendían qué pasaba. Durante unos instantes todos permanecimos inmóviles, mientras el Sol lanzaba una luz todavía más intensa sobre Josie. Observamos y esperamos, e incluso cuando llegó un punto en que parecía que la medialuna anaranjada podía empezar a arder, nadie hizo nada. Josie se movió bajo las sábanas y, con los ojos entrecerrados, alzó una mano.
—Eh, ¿qué es esta luz? —dijo.
El Sol siguió iluminándola implacable y ella se giró hasta quedar boca arriba, con la cabeza apoyada sobre los almohadones.
—¿Qué pasa?
—¿Qué tal te encuentras, cariño? —le preguntó la Madre en un susurro, mirando a Josie con cara de asustada.
Josie hundió la cabeza entre los almohadones hasta quedar casi mirando al techo. Pero, por cómo se movía, era obvio que había recuperado las fuerzas.
—Eh —dijo—. ¿La persiana se ha encallado o qué pasa?
El elemento suelto de la estructura de la casa seguía golpeando en alguna parte, y cuando volví a mirar por la ventana la oscuridad estaba de nuevo invadiendo el cielo. Y vimos cómo las manchas de Sol sobre Josie se iban extinguiendo, hasta que quedó envuelta en la grisura de una mañana nublada.
—¿Josie? —dijo la Madre—. ¿Cómo te encuentras?
Josie la miró con aire fatigado y se incorporó un poco para vernos mejor. La Madre, al ver el movimiento, se le acercó, tal vez con la intención de obligarla a recostarse de nuevo. Pero cuando llegó hasta Josie cambió de opinión y la ayudó a encontrar una postura más cómoda sentada en la cama.
—Cariño, tienes mejor aspecto —dijo la Madre.
—Escucha, ¿qué pasa aquí? —preguntó Josie—. ¿Por qué está todo el mundo en la habitación? ¿Qué estáis mirando?
—Eh, Josie —dijo de pronto Rick, con un tono de voz entusiasta—. Tienes un aspecto horrible.
—Gracias. Tú también estás estupendo. —Y añadió—: Pero ¿sabes qué?, me encuentro mejor. Aunque un poco mareada.
—Ya está bien por ahora —intervino la Madre—. Tómatelo con calma. ¿Quieres beber algo?
—Quizá un poco de agua.
—Muy bien, no demos nada por hecho —dijo la Madre—. Vamos a afrontar esto paso a paso.
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