Klara y el sol
Segunda parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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Era especialmente complicado manejarse en la cocina, porque muchos de sus componentes cambiaban su relación entre ellos una y otra vez. Ahora podía apreciar en su justa medida el modo en que en la tienda Gerente —sin duda por deferencia a nosotros— ponía sumo cuidado en mantener todos los objetos, incluso los más pequeños como los brazaletes o la caja de los pendientes de plata, siempre en su sitio. Sin embargo, en la casa de Josie, y sobre todo en la cocina, Melania Sirvienta no paraba de mover las cosas de un lado a otro, lo cual a mí me obligaba a empezar cada vez mi aprendizaje desde cero. Por ejemplo, una mañana Melania Sirvienta cambió de sitio la licuadora cuatro veces seguidas en unos pocos minutos. Pero cuando logré entender la importancia de la Isla, todo empezó a resultarme más fácil.
La Isla estaba en el centro de la cocina, y tal vez para enfatizar su condición de espacio inamovible contaba con unos azulejos marrón claro que imitaban a los ladrillos de un edificio. Hundido en el centro, había un reluciente fregadero y en el lado más largo había tres taburetes en los que los residentes de la casa podían sentarse. En esos primeros días, cuando Josie todavía tenía fuerzas, se sentaba a menudo en la Isla para hacer los deberes o simplemente para relajarse con el lápiz y el bloc de dibujo. Al principio a mí me costaba sentarme en los taburetes de la Isla porque los pies no me llegaban al suelo y, si intentaba balancearlos, topaban con una barra que atravesaba la estructura del taburete. Pero acabé adoptando el método de Josie, consistente en plantar los codos en la superficie de la Isla, y desde entonces me sentí más segura, aunque siempre cabía la posibilidad de que Melania Sirvienta apareciera a mi espalda, abriese los grifos y dejara salir el agua a toda potencia. La primera vez que lo hizo, yo casi pierdo el equilibrio, pero a mi lado Josie apenas se movió, y no tardé en aprender que no había nada que temer de unas gotas de agua.
La cocina era un espacio excelente para que el Sol penetrase. Tenía grandes ventanales que permitían ver el cielo y unos exteriores en los que rara vez se veía tráfico y transeúntes. Desde los ventanales se veía el camino que subía hasta la colina, por detrás de los árboles lejanos. La cocina se llenaba a menudo del mejor nutriente del Sol, y además de los ventanales, contaba también con una claraboya en el techo que se podía abrir y cerrar con un mando. Al principio a mí me inquietaba que muchas veces Melania Sirvienta cerrara la persiana de la claraboya justo cuando el Sol enviaba su nutriente. Pero entendí que Josie enseguida tenía calor y aprendí a utilizar yo misma el mando si las manchas del Sol sobre ella eran demasiado intensas.
Durante algún tiempo me pareció raro no solo la ausencia de tráfico y de transeúntes, sino también de otros AA. Obviamente no esperaba encontrar otros AA en la casa y en muchos aspectos me alegraba de ser la única, ya que de este modo podía poner toda mi atención en Josie. Pero me di cuenta de la gran cantidad de observaciones y cálculos que me había acostumbrado a hacer en relación con otros AA de mi entorno, y esto era algo que debía modificar. Durante esos primeros días, en los ratos perdidos, muchas veces me ponía a contemplar la carretera que discurría por la colina —o la vista de los campos desde la ventana del dormitorio de la parte de atrás— y buscaba con la mirada a otro AA, hasta que caía en la cuenta de lo improbable que era llegar a dar con uno, ya que estábamos muy alejados de la ciudad y de otros edificios.
Al principio de mi estancia en la casa cometí el ingenuo error de pensar que Melania Sirvienta sería una persona muy parecida a Gerente y esto provocó algunos malentendidos. Por ejemplo, yo pensaba que sería tarea suya introducirme en los diversos aspectos de mi nueva vida y, de forma muy comprensible, a Melania Sirvienta le resultaba desconcertante e irritante que yo estuviera siempre merodeando a su alrededor. Cuando un día se volvió indignada y me gritó «¡AA, deja de seguirme, lárgate!», me quedé desconcertada, pero no tardé en entender que su papel en la casa no tenía nada que ver con el de Gerente en la tienda, y yo era la única responsable de esa confusión.
Aun dejando de lado estos equívocos provocados por mí, resulta difícil no pensar que Melania Sirvienta fue reticente desde el primer momento a mi presencia. Pese a que yo me comportaba con ella con la máxima educación, y sobre todo los primeros días intentaba llevar a cabo algunas tareas para congraciarme con ella, jamás respondía a mi sonrisa con otra, ni me dirigía la palabra para nada que no fuera darme órdenes o reñirme por algo. Hoy, al rememorar aquellos días, parece obvio que su hostilidad estaba relacionada con su inquietud por todo lo que sucedía en torno a Josie. Pero en aquel entonces a mí no me resultaba fácil bregar con la gelidez de su trato. A menudo parecía desear limitar lo máximo posible el tiempo que yo pasaba con Josie —lo cual obviamente iba en contra de mis obligaciones— y, al principio, incluso trató de impedir que yo entrara en la cocina mientras ella preparaba el café rápido de la mañana de la Madre y el desayuno de Josie. Solo después de que Josie insistiera con firmeza —la Madre acabó dictaminando a mi favor— se me permitió estar en la cocina en esos momentos cruciales cada mañana. Aun así, Melania Sirvienta trató de imponer que yo permaneciera de pie junto a la nevera mientras Josie y la Madre se sentaban en la Isla, y solo se me permitió unirme a ellas después de nuevas protestas de Josie.
El café rápido de la Madre era, tal como digo, un momento importante de todas las mañanas, y una de mis tareas consistía en despertar a Josie a tiempo para que se uniese a ella. A menudo, pese a mis reiterados esfuerzos, Josie no se levantaba hasta el ultimísimo momento y se ponía a gritar desde el baño de su habitación: «¡Date prisa, Klara! ¡Vamos a llegar tarde!», pese a que yo ya estaba en el rellano, esperándola nerviosa.
Nos encontrábamos a la Madre sentada en la Isla, mirando su rectángulo mientras se bebía el café. Melania Sirvienta merodeaba a su alrededor, preparada para volver a llenarle la taza. La mayor parte de las veces, Josie y la Madre no disponían de mucho tiempo para conversar, pero no tardé en darme cuenta de lo importante que era para Josie poder sentarse con la Madre mientras ella se tomaba el café rápido de la mañana. En una ocasión en que su enfermedad le había fastidiado buena parte de la noche, permití que Josie volviera a dormirse después de haberla despertado, pensando que era mejor para ella descansar un poco más. Cuando se despertó, se puso a gritarme muy enojada, y pese a lo débil que estaba, se arregló a toda prisa para llegar a tiempo de ver a la Madre. Pero cuando salía por fin del baño de su habitación, oímos el ruido del coche deslizándose por la gravilla y nos precipitamos hacia la ventana justo a tiempo para ver cómo se dirigía hacia la colina. Josie no volvió a gritarme, pero cuando bajamos a la cocina, no me sonrió ni una sola vez mientras desayunaba. Fue entonces cuando comprendí que si no lograba ver a la Madre mientras esta se tomaba su café rápido de la mañana, la sensación de soledad podía atormentarla durante el resto del día, aunque hubiera otras cosas con las que distraerse durante la jornada.
De vez en cuando había mañanas en que la Madre no tenía prisa, y pese a que iba vestida con su ropa de trabajadora de alto nivel y a que tenía el bolso preparado al lado de la nevera, se bebía el café con calma, incluso bajándose del taburete y paseándose por la cocina con la taza y el platito. A veces, se plantaba ante los ventanales y los rayos del Sol de la mañana le daban de lleno y hacía algún comentario del tipo:
—¿Sabes, Josie? Tengo la impresión de que has dejado de trabajar con los lápices de colores. Me encantan los dibujos en blanco y negro que estás haciendo. Pero echo de menos los de color.
—Mamá, los dibujos a color eran penosos.
—¿Penosos? ¡Oh, vamos!
—Mamá, que yo dibuje a color es como que tú toques el violonchelo. En realidad, peor.
Ante el comentario de Josie, la Madre sonrió. Era raro ver sonreír a la Madre, pero cuando lo hacía, sorprendentemente su sonrisa era como la de Josie: todo el rostro parecía colmarse de afabilidad, y las mismas arrugas que por lo general conferían a su expresión un aire tenso lo llenaban de pronto de humor y dulzura.
—Eso sí que tengo que admitirlo. Cuando tocaba el chelo, incluso en mis mejores momentos, sonaba como la abuela de Drácula. Pero tu uso del color se parece más a, no sé, a un atardecer de verano. Algo así. Josie, haces cosas maravillosas con el color. Cosas que a nadie más se le han pasado por la cabeza.
—Mamá. La gente siempre opina así de los dibujos de los niños. Tiene algo que ver con el proceso evolutivo.
—¿Sabes qué? Creo que esta reacción tuya está relacionada con aquella invitación estupenda que dibujaste para aquella reunión. La penúltima reunión. Y con el comentario un poco irónico que hizo la hija de los Richard. Ya sé que ya te lo he dicho, pero te lo repito: esa jovencita estaba celosa de tu talento. Por eso dijo lo que dijo.
—De acuerdo. Mamá, si de verdad estás convencida, puede que vuelva a utilizar los colores. Y quizá, a cambio, tú podrías retomar el chelo.
—Oh, no. Eso lo he dejado definitivamente. Solo lo retomaría si alguien me pidiese con mucho empeño una banda sonora para su película de zombis casera.
Pero había otras mañanas en que la Madre permanecía tensa, sin esbozar ni media sonrisa, aunque no tuviera prisa por tomarse el café rápido. Si Josie le hablaba de los profesores del rectángulo, tratando de decir algo gracioso sobre ellos, la Madre la escuchaba con expresión seria y la interrumpía para decir:
—Podemos cambiar. Si ese tipo no te gusta, podemos cambiar.
—No, mamá, por favor. Hablaba por hablar, ¿de acuerdo? La verdad es que este es mucho mejor que el anterior. Y además es divertido.
—Eso está bien. —La Madre asentía, manteniendo la expresión severa en el rostro—. Que siempre quieras darle a la gente una oportunidad. Es una buena actitud.
En esa época, cuando la salud de Josie era bastante buena, todavía le gustaba esperar a que la Madre regresase de trabajar para cenar con ella. Eso significaba que a menudo subíamos a la habitación de Josie para hacer tiempo hasta que volviera la Madre y ver cómo el Sol se dirigía hacia su lugar de descanso.
Tal como me había prometido Josie, la ventana posterior del dormitorio tenía una vista espectacular sobre los campos hasta el horizonte, lo cual nos permitía ver cómo el Sol se sumergía en la tierra al final de su jornada. Aunque Josie siempre hablaba de «el campo», en realidad eran tres campos pegados uno al otro, y cualquiera que mirase con atención podía ver los postes que los delimitaban. Todos los campos tenían hierba alta, y cuando soplaba el viento, la sacudía como si la atravesaran corriendo transeúntes invisibles.
El trozo de cielo que se veía desde la ventana posterior del dormitorio era muchísimo más grande que el pedacito que veíamos desde la tienda, y mostraba sorprendentes variaciones. A veces tenía el color de los limones del frutero y después podía adquirir el tono grisáceo de las tablas de pizarra para cortar alimentos. Cuando Josie no se encontraba bien, podía tomar el color de su vómito o de sus heces amarillentas, o incluso mostrar manchas de sangre. A veces el cielo se dividía en una serie de cuadrados, cada uno de una tonalidad púrpura distinta de la del contiguo.
Había un sofá color crema junto a la ventana posterior del dormitorio, al que yo mentalmente llamaba «el Sofá del Botón». Aunque estaba colocado de cara a la habitación, a Josie y a mí nos gustaba arrodillarnos en él, con los brazos en el mullido respaldo, y contemplar el cielo y los campos. Josie era consciente de lo mucho que yo disfrutaba observando la última parte de la jornada del Sol, e intentábamos asistir a la escena desde el Sofá del Botón siempre que nos era posible. Hubo una ocasión en que la Madre había regresado antes de lo habitual, y ella y Josie estaban conversando en los taburetes de la Isla, y yo, para proporcionarles privacidad, me había colocado junto a la nevera. Esa tarde, la Madre estaba muy animada, hablaba rápido, contaba anécdotas divertidas sobre personas de su oficina y de vez en cuando hacía una pausa para reírse, en algunas ocasiones con prolongadas carcajadas que le hacían quedarse casi sin aliento. En mitad de esta charla, cuando la Madre parecía a punto de estallar en una carcajada, Josie la interrumpió para decirle:
—Mamá, eso que cuentas es muy divertido. Pero ¿te importa si Klara y yo subimos a mi habitación un minuto? A Klara le encanta contemplar la puesta del Sol y, si no vamos ahora, nos la perderemos.
Cuando dijo esto, miré a mi alrededor y vi que la cocina se había llenado de la luz crepuscular del Sol. La Madre se quedó mirando a Josie y pensé que se iba a enojar. Pero de pronto destensó el rostro, esbozó una sonrisa afable y dijo:
—Por supuesto, cariño. Adelante. Id a ver la puesta del Sol. Y después cenamos.
Además de los campos y el cielo, podíamos contemplar otra cosa desde la ventana posterior del dormitorio que despertaba mi curiosidad: una estructura oscura en forma de caja ubicada al fondo del campo más alejado. No se movía cuando la hierba se mecía a su alrededor, y cuando el Sol bajaba tanto que casi tocaba la hierba, la forma oscura permanecía delante de su resplandor. Fue la tarde en que Josie se arriesgó por mí a enojar a la Madre cuando yo se la señalé. Cuando lo hice, ella se alzó un poco en el Sofá del Botón y se puso la mano sobre los ojos para hacerse sombra.
—Oh, te debes referir al granero del señor McBain.
—¿Un granero?
—Tal vez no sea exactamente un granero, porque está abierto por los dos lados. Supongo que es más bien un refugio. El señor McBain guarda allí cosas. Fui una vez a verlo con Rick.
—Me pregunto por qué el Sol se va a descansar a un sitio como ese.
—Sí —dijo Josie—. Una se imagina que el Sol necesita como mínimo un palacio. Tal vez el señor McBain haya hecho mejoras desde que yo estuve.
—Me pregunto cuándo estuvo allí Josie.
—Oh, hace mucho. Rick y yo éramos bastante pequeños. Fue antes de que me pusiera enferma.
—¿Había algo raro alrededor? ¿Una puerta? ¿O tal vez escalones que bajaban al interior de la tierra?
—No, nada de eso. Solo el granero. Y la verdad es que nos alegramos de que estuviese allí, porque éramos pequeños y nos cansamos mucho con la caminata hasta la cima. Pero atención, no estaba tan cerca del Sol crepuscular. Si hay una entrada a un palacio, tal vez esté oculta. Quizá las puertas se abran justo antes de que el Sol llegue allí. Una vez vi una película que contaba una historia de este tipo, los malos tenían su cuartel general en el interior de un volcán y lo que parecía un lago de lava en la superficie era una compuerta que se abría justo antes de que llegaran con sus helicópteros. Quizá el palacio del Sol funcione igual. En cualquier caso, Rick y yo no nos pusimos a buscarlo. Fuimos hasta allí sin ningún motivo, teníamos mucho calor y queríamos un poco de sombra. Así que nos metimos en el granero del señor McBain durante un rato y después regresamos a casa. —Me tocó el brazo con suavidad—. Ojalá hubiéramos visto más cosas, pero no fue así.
El Sol se había convertido en una minúscula línea que resplandecía a través de la hierba.
—Ahí va —dijo Josie—. Espero que duerma bien.
—Me pregunto quién era ese niño. Ese Rick.
—¿Rick? Mi mejor amigo.
—Oh, ya veo.
—Eh, Klara, ¿he dicho algo malo?
—No. Pero… ahora mi función es ser la mejor amiga de Josie.
—Tú eres mi AA. Es diferente. Pero Rick, bueno, vamos a pasar juntos nuestras vidas.
Ahora el Sol ya no era más que una marca rosácea sobre la hierba.
—Rick haría cualquier cosa por mí —dijo Josie—. Pero se preocupa demasiado. Siempre piensa en las cosas que se interpondrán en nuestro camino.
—¿Qué tipo de cosas?
—Oh, ya sabes. Todo lo que hay que resolver en relación con el amor y el romance. Y supongo que también está lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—Pero se preocupa por nada. Porque lo mío con Rick se decidió hace mucho tiempo. No va a cambiar.
—¿Dónde está ahora Rick? ¿Vive por aquí cerca?
—Vive al lado. Ya te lo presentaré. ¡Qué ganas tengo de que os conozcáis!
Conocí a Rick la semana siguiente, el primer día que vi la casa de Josie desde el exterior.
Josie y yo habíamos tenido un montón de discusiones amistosas sobre cómo conectaban unas partes de la casa con otras. Ella, por ejemplo, no aceptaba que el armario de la aspiradora estaba justo debajo del cuarto de baño grande. Una mañana, después de una de estas discusiones amistosas, Josie dijo:
—Klara, me estás volviendo loca con esto. En cuanto acabe con el profesor Helm, te voy a llevar fuera. Vamos a comprobar lo que hemos estado discutiendo desde el exterior.
La idea me entusiasmó. Pero primero Josie tenía que atender su clase y contemplé cómo extendía los papeles por la Isla y encendía su rectángulo.
Para proporcionarle privacidad, me senté dejando entre nosotras un taburete vacío. No tardé en darme cuenta de que la clase de ese día no iba bien: la voz del profesor, que escapaba de los auriculares de Josie, parecía lanzarle reprimendas cada dos por tres, y ella iba garabateando cosas sin sentido en las hojas para tomar notas, y a veces las acercaba peligrosamente al fregadero. En cierto momento me percaté de que se había quedado embelesada con algo que había tras los ventanales y ya no escuchaba al profesor. Un momento después, dijo con tono enojado a la pantalla:
—En serio, lo he hecho. De verdad que lo he hecho. ¿Por qué no me cree? ¡Sí, lo he hecho exactamente como me ha dicho!
La clase se alargó más de lo habitual, pero por fin terminó con Josie diciendo sin levantar la voz:
—De acuerdo, profesor Helm. Gracias. Sí, lo haré. Adiós. Gracias por la clase de hoy.
Apagó el rectángulo dando un suspiro y se sacó los auriculares. Y al verme, se animó de inmediato.
—Klara, no me he olvidado. Vamos a salir, ¿de acuerdo? Solo déjame un momento para tranquilizarme. Este profesor Helm, guau, ¡me alegro de no tener que volver a verlo! Vive en algún sitio en el que hace mucho calor, eso seguro. Veo cómo suda. —Se bajó del taburete y estiró los brazos—. Mamá dice que tenemos que avisar a Melania si salimos. ¿Puedes ir a avisarla mientras me pongo el abrigo?
Vi que también Josie estaba entusiasmada, aunque en su caso supuse que se debía a lo que fuera que hubiese visto por el ventanal durante la clase. En cualquier caso, fui a la Sala Diáfana en busca de Melania Sirvienta.
La Sala Diáfana era la habitación más grande de la casa. Tenía dos sofás y varias piezas rectangulares mullidas en las que se podían sentar los residentes: también almohadones, lámparas y un escritorio esquinero. Cuando ese día abrí las puertas correderas, el mobiliario formaba una serie de bloques interconectados y la figura de Melania Sirvienta era casi indistinguible entre esa compleja trama. Pero logré verla, sentada muy recta al borde de una pieza rectangular mullida, enfrascada en algo con su rectángulo. Alzó la cabeza y me lanzó una mirada hostil, pero cuando le dije que Josie quería salir, dejó el rectángulo y abandonó la sala pasando por mi lado.
Encontré a Josie en el recibidor, poniéndose la chaqueta acolchada marrón, una de sus prendas favoritas, que en ocasiones, cuando no se encontraba bien, llevaba incluso por casa.
—Klara, no me puedo creer que lleves todo este tiempo en la casa y no hayas salido nunca.
—No, no he salido nunca.
Josie me miró un instante y dijo:
—¿Quieres decir que no has salido nunca? ¿Ni de aquí ni de ningún otro sitio?
—Correcto. Estuve en la tienda. Y de allí vine aquí.
—Guau. ¡Entonces para ti esto va a ser todo un acontecimiento! No hay nada que temer, ¿de acuerdo? No hay animales salvajes ni nada por el estilo. Así que vamos allá.
Cuando Melania Sirvienta abrió la puerta, noté que entraba en el recibidor aire fresco y el nutriente del Sol. Josie me sonrió, con una expresión afable, pero de pronto Melania Sirvienta se interpuso entre nosotras y, antes de que yo me diera cuenta de lo que estaba haciendo, cogió el brazo de Josie y lo entrelazó con el suyo. Josie también se quedó perpleja, pero no protestó, y supuse que Melania Sirvienta consideraba que yo no sabría proteger a Josie de manera adecuada mientras estuviéramos fuera debido a mi nula familiaridad con el entorno. Así que salieron las dos juntas y yo las seguí.
Caminamos hasta la zona de gravilla, que supuse que era deliberadamente áspera para el coche. El viento soplaba suave y era agradable y me pregunté cómo era posible que los árboles de lo alto de la colina se curvasen y sacudiesen por su impacto. Pero enseguida tuve que poner toda la atención en mis pies, porque en la gravilla había muchos baches, tal vez producidos por las ruedas del coche.
La panorámica que tenía ante mí me era familiar por la vista desde la ventana delantera del dormitorio. Seguí a Josie y Melania Sirvienta hasta la carretera, que era lisa y dura como el suelo de la casa, y caminamos por ella durante un rato, y de vez en cuando aparecía hierba cortada a ambos lados. Yo quería darme la vuelta para contemplar la casa, pero Josie y Melania Sirvienta seguían caminando, cogidas del brazo, y no me atreví a detenerme.
Pasado un rato ya no tuve que estar tan atenta a mis pies y alcé la mirada para observar el montículo cubierto de hierba a nuestra derecha y la silueta de un niño que se movía cerca de la cima. Calculé que tenía quince años, aunque no estaba segura, porque no era más que una silueta recortada contra el cielo claro. Josie se acercó al montículo y Melania Sirvienta dijo algo que yo habría oído si hubiéramos estado dentro de la casa, pero allí fuera el sonido se comportaba de un modo diferente. En cualquier caso, percibí que se había producido un desacuerdo. Oí a Josie decir:
—Pero quiero que Klara lo conozca.
Hubo más palabras que no logré oír, y Melania Sirvienta dijo:
—De acuerdo, pero solo un momento. —Y soltó el brazo de Josie.
—Ven, Klara —dijo Josie, volviéndose hacia mí—. Vamos a hacerle una visita a Rick.
Mientras subíamos por la verde ladera del montículo, Josie se quedó sin aliento y se agarró a mí con fuerza. Eso supuso que solo pude volverme para mirar atrás un instante, pero descubrí que detrás de nosotras no solo estaba la casa de Josie, sino que había también una segunda casa que se alzaba más al fondo en los campos; una casa vecina que no era visible desde ninguna de las ventanas de la de Josie. Estaba deseando observar con detenimiento el aspecto de ambas, pero tenía que concentrarme en evitar que Josie sufriera algún percance. En la cima del montículo ella se detuvo para recuperar el aliento, pero el chico no nos saludó, ni siquiera nos miró. Sostenía en las manos un artefacto circular y miraba el trozo de cielo entre las dos casas, donde una bandada de pájaros volaba en formación, y no tardé en darme cuenta de que eran pájaros artificiales. Él no les quitaba ojo, y cuando tocaba el mando, los pájaros respondían cambiando la dirección del vuelo.
—Guau, son preciosos —dijo Josie, aún falta de aliento—. ¿Son nuevos?
Rick mantuvo la mirada fija en los pájaros, pero dijo:
—Los dos de la punta son nuevos. Se ve porque no acaban de combinar bien con los otros.
Los pájaros descendieron en picado hasta sobrevolar por encima de nuestras cabezas.
—Vale, pero los pájaros de verdad tampoco son todos iguales —dijo Josie.
—Supongo que no. Al menos he conseguido que toda la bandada responda a las mismas órdenes. Vale, Josie, mira esto.
Los pájaros artificiales empezaron a descender y aterrizaron uno a uno sobre la hierba delante de nosotros. Pero dos de ellos se mantuvieron en el aire y Rick, frunciendo el ceño, pulsó de nuevo el mando.
—Dios. Sigue sin funcionar bien del todo.
—Pero, Rick, son preciosos.
Josie se había colocado sorprendentemente cerca de Rick, aunque sin llegar a tocarlo, pero tenía las manos alzadas justo detrás de su espalda y el hombro izquierdo.
—A estos dos hay que recalibrarlos por completo.
—No te preocupes, al final lo conseguirás. Eh, Ricky, te acuerdas de lo del martes, ¿verdad?
—Me acuerdo. Pero escucha, Josie, no he dicho que vaya a venir.
—¡Oh, vamos! ¡Dijiste que sí!
—Y una mierda acepté. Además, no creo que a tus invitados les guste demasiado mi presencia.
—Yo soy la anfitriona, así que puedo invitar a quien quiera. Y mamá no pondrá ningún problema. Vamos, Rick, ya lo hemos hablado. Si vamos a tomarnos en serio el plan, tenemos que hacer este tipo de cosas juntos. Tienes que ser capaz de manejarlo igual de bien que yo. ¿Y por qué iba a tener que enfrentarme a esa multitud sola?
—No estarás sola. Ahora tienes a tu AA.
Los dos últimos pájaros ya habían aterrizado. Rick pulsó el mando y todos se pusieron en modo durmiente sobre la hierba.
—¡Oh, vaya, ni siquiera os he presentado! Rick, ella es Klara.
Él siguió concentrado en su mando y ni me miró.
—Dijiste que nunca tendrías una AA —le recriminó a Josie.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Dijiste que nunca tendrías una.
—Bueno, pues he cambiado de opinión, ¿vale? Klara no es una AA cualquiera. Klara, dile algo a Rick.
—Dijiste que nunca tendrías una.
—¡Venga ya, Rick! No siempre cumplimos lo que dijimos de pequeños. ¿Por qué no iba a poder tener una AA?
Ahora Josie tenía las dos manos posadas sobre el hombro izquierdo de Rick, apoyando en él su peso, como si quisiera conseguir que la altura de él se redujese y ambos estuvieran al mismo nivel. Pero a Rick no parecía importarle tenerla pegada —de hecho, se diría que lo asumía como algo normal— y pensé que tal vez, a su manera, ese chico era tan importante para Josie como la Madre, y que sus objetivos y los míos podían ser en cierto modo paralelos, y que debía observarlo con atención para entender cómo encajaba en la vida de Josie.
—Estoy encantada de conocer a Rick —dije—. Me gustaría saber si vive en la casa vecina. Es raro, pero hasta ahora no me había dado cuenta de la existencia de esa casa.
—Sí —respondió él, todavía sin mirarme—. Vivo allí. Vivimos mi madre y yo.
Nos volvimos para mirar las casas y por primera vez pude ver con tranquilidad el exterior de la de Josie. Desde allí resultaba un poco más pequeña y los bordes del tejado eran un poco más angulosos, pero por lo demás se asemejaba mucho a como la había imaginado desde dentro. Las paredes estaban construidas con tablones cuidadosamente yuxtapuestos todos pintados de un blanco roto. La casa consistía en tres cajas separadas que se conectaban en una sola unidad compleja. La casa de Rick era más pequeña, y no solo porque estuviera más alejada. También estaba construida con tablones de madera, pero su estructura era más simple: una única caja, más alta que ancha, que se elevaba sobre la hierba.
—Creo que Rick y Josie deben haber crecido juntos —le dije a Rick—. Como vuestras casas.
Él se encogió de hombros.
—Sí. Juntos.
—Me parece que el acento de Rick es inglés.
—Tal vez un poco.
—Me alegro de que Josie tenga un buen amigo. Espero que mi presencia jamás se interponga en esta amistad.
—Espero que no. Pero hay montones de cosas que se interponen en las amistades.
—¡Bueno, ya basta por hoy! —gritó la voz de Melania Sirvienta desde el pie del montículo.
—¡Ya bajamos! —respondió Josie. Y le dijo a Rick—: Escucha, Ricky, tengo tan pocas ganas como tú de celebrar esta reunión. Te necesito allí. Tienes que venir.
Rick volvió a toquetear el mando y los pájaros alzaron el vuelo todos juntos. Josie los contempló, todavía con las dos manos sobre el hombro de él, de forma que ambos formaban una única silueta recortada contra el cielo.
—¡Vamos, date prisa! —azuzó Melania Sirvienta—. ¡Sopla demasiado viento! ¿Es que quieres morirte ahí arriba?
—¡Vale, ya bajamos! —Y en voz baja Josie le dijo a Rick—: El martes a la hora de comer, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Buen chico, Ricky. Lo has prometido. Klara es testigo.
Apartó las manos del hombro de Rick y se alejó de él. Me agarró del brazo y emprendimos el descenso del montículo.
Bajamos por una ladera distinta de la que habíamos subido, y vi que esta nos iba a dejar frente a la casa de Josie. Por este lado la pendiente era más pronunciada y desde abajo Melania Sirvienta empezó a protestar, pero enseguida lo dejó correr y rodeó a toda prisa el montículo para encontrarse con nosotras. Mientras descendíamos a través de la hierba baja, miré hacia atrás y vi la silueta de Rick recortada contra el cielo. No nos miraba, estaba concentrado en sus pájaros que volaban en el aire grisáceo.
Cuando entramos en casa, Josie se quitó la chaqueta acolchada, Melania Sirvienta le preparó un batido de yogur y las dos nos sentamos en la Isla mientras se lo bebía con una pajita.
—No me puedo creer que sea la primera vez que has salido al exterior —me dijo—. ¿Qué te ha parecido?
—Me ha gustado mucho. El viento, los sonidos, todo ha sido muy interesante. —Y añadí—: Y por supuesto ha sido estupendo conocer a Rick.
Josie pellizcaba la pajita muy cerca de donde emergía de la bebida.
—No creo que te haya dado muy buena impresión. A veces es un poco arisco. Pero es una persona especial. Cuando me pongo enferma y trato de pensar en cosas bonitas, pienso en lo que vamos a hacer juntos. Ha quedado claro que va a venir a la reunión.
Esa noche, como solían hacer durante la cena, apagaron todas las luces excepto las que enfocaban directamente la Isla. Yo estaba presente, tal como le gustaba a Josie, pero para proporcionarles privacidad me quedé de pie en la zona de sombra, mirando a la nevera. Durante un buen rato escuché a Josie y a la Madre manteniendo una conversación liviana mientras comían. De pronto, sin alterar el tono ligero de la charla, Josie preguntó:
—Mamá, si saco tan buenas notas, ¿de verdad tengo que ser anfitriona de esta reunión de interacción?
—Por supuesto que sí, cariño. No basta con ser lista. También tienes que aprender a relacionarte con los demás.
—Mamá, ya sé relacionarme con los demás. Pero no con esta multitud.
—Resulta que esta multitud son tus pares. Y cuando vayas a la universidad, vas a tener que convivir con todo tipo de gente. Cuando yo entré en la universidad, llevaba años relacionándome con otros niños a diario. Pero para ti y los de tu generación va a ser muy duro, a menos que empecemos a practicar ahora. Los chicos a los que no les va bien en la universidad resultan ser siempre los que no asistieron a suficientes reuniones.
—Mamá, falta mucho para la universidad.
—No tanto como crees. —Y con un tono más cariñoso, la Madre añadió —: Vamos, cariño. Puedes presentarles a Klara a tus amigos. Les encantará conocerla.
—Mamá, no son mis amigos. Y si voy a tener que ser anfitriona de esta reunión, quiero que esté Rick.
Se hizo un silencio a mi espalda. Hasta que la Madre dijo:
—De acuerdo. Podemos invitarle.
—Pero te parece una mala idea, ¿verdad?
—No, para nada. Rick es una buena persona. Y es nuestro vecino.
—Entonces puede venir, ¿no?
—Solo si él quiere. Tiene que ser él quien tome la decisión.
—¿Crees que los otros niños van a ser groseros con él?
Se produjo otro silencio, hasta que la Madre respondió:
—No veo por qué. Si alguien se comporta de un modo inapropiado, eso solo va a demostrar lo retrasado que va ese chico.
—Entonces no hay ningún motivo para que Rick no pueda venir.
—Josie, el único motivo sería que él no quisiera.
Más tarde, en el dormitorio, cuando estábamos Josie y yo a solas y ella ya estaba en la cama, lista para dormirse, me dijo en voz baja:
—Espero que Rick venga a esa horrible fiesta.
Pese a la tardanza en sacar el tema de la reunión de interacción, me alegré de que lo hiciera, porque yo tenía muchas dudas al respecto.
—Sí, yo también lo espero —dije—. ¿Los demás también traerán a sus AA?
—No. No se acostumbra a hacer. Pero el AA que vive en la casa sí que suele estar. En especial si es nuevo, como en tu caso. Todos querrán inspeccionarte.
—Entonces Josie querrá que yo esté presente.
—Por supuesto que quiero que estés presente. Aunque puede que no te lo pases muy bien. Estas reuniones son horribles, esa es la verdad.
La mañana de la reunión de interacción, Josie estaba muy nerviosa. Se volvió a meter en la habitación después de desayunar para probarse nuevos modelos, e incluso cuando ya se oía llegar a los invitados y Melania Sirvienta la avisó por tercera vez, ella continuaba peinándose. Finalmente, ya con un barullo de voces abajo, le dije:
—Tal vez deberíamos bajar a reunirnos con los invitados de Josie.
Solo entonces dejó el cepillo en el tocador y se puso en pie.
—Tienes razón. Es hora de enfrentarnos a la fiesta.
Al bajar por la escalera, vi que el vestíbulo estaba lleno de desconocidos manteniendo animadas conversaciones. Eran los adultos acompañantes, todo mujeres. Se oían voces más jóvenes procedentes de la Sala Diáfana, pero las puertas correderas estaban cerradas, de modo que todavía no podíamos ver a los invitados de Josie.
Josie, que bajaba por la escalera delante de mí, se detuvo cuando le quedaban cuatro escalones. Incluso hubiera llegado a dar media vuelta de no ser porque uno de los adultos la llamó:
—¡Hola, Josie! ¿Cómo estás?
Josie saludó con la mano y en ese momento la Madre, abriéndose paso entre los adultos del vestíbulo, le señaló la Sala Diáfana.
—Entra —le dijo—. Tus amigos te están esperando.
Pensé que la Madre iba a añadir algo más para reforzar su mensaje, pero varios adultos la rodearon hablando y sonriendo y se vio obligada a darnos la espalda. Josie se armó de valor, bajó los escalones que le quedaban y se metió entre la multitud. La seguí, esperando que se dirigiera hacia la Sala Diáfana, pero en lugar de eso pasó entre los adultos en dirección a la puerta principal, que estaba abierta y dejaba entrar aire fresco. Josie avanzó con la decisión de quien tiene claro adónde va, y si un transeúnte se la hubiera cruzado habría pensado que iba a hacer un recado importante para alguno de los invitados. En cualquier caso, nadie le bloqueó el paso, y mientras la seguía oí un montón de voces a mi alrededor. Alguien decía: «Puede que el profesor Kwan sea estupendo como profesor de física matemática de nuestros hijos. Pero eso no le da derecho a ser maleducado con nosotros», y otra voz decía: «Europa. Los mejores sirvientes siguen proviniendo de Europa». Otras voces iban saludando a Josie a su paso y por fin llegamos a la puerta principal y recibimos el aire fresco.
Josie miró al exterior, con los pies en el umbral, y gritó:
—¡Vamos! ¿Qué haces? —Se agarró al marco de la puerta y se asomó —. ¡Date prisa! ¡Ya están todos aquí!
Rick apareció en la puerta, Josie lo cogió del brazo y lo metió en el vestíbulo.
Iba vestido igual que en el montículo cubierto de hierba, con tejanos y un jersey, y los adultos se percataron de inmediato de su presencia. No dejaron de hablar, pero bajó el volumen de las voces. La Madre se abrió paso entre la multitud.
—¡Hola, Rick! ¡Bienvenido! Pasa. —Le puso la mano en la espalda y le hizo avanzar hacia los invitados adultos—. Atención todos, este es Rick. Nuestro buen amigo y vecino. Algunos de vosotros ya lo conocéis.
—¿Cómo estás, Rick? —le preguntó una de las invitadas—. Es estupendo que hayas podido venir.
Los adultos saludaron al unísono a Rick, haciendo todo tipo de comentarios amables, pero percibí una extraña cautela en sus voces. La Madre, alzando la voz entre las demás, dijo:
—Dime, Rick, ¿tu madre sigue bien? Hace tiempo que no la veo.
—Está bien, gracias, señora Arthur.
Cuando Rick respondió, el vestíbulo se quedó en silencio. Una mujer alta detrás de mí preguntó:
—¿He creído entender que vives por aquí cerca, Rick?
Rick recorrió el vestíbulo con la mirada hasta localizar a la persona que acababa de hablar.
—Sí, señora. De hecho, nuestra casa es la única que verá si sale al exterior. —Dejó escapar una sonrisilla y añadió—: Aparte de esta, claro.
Todos se rieron a carcajadas ante este añadido final y Josie, a su lado, sonrió nerviosa como si hubiera hecho el comentario ella. Otra voz añadió:
—Si algo abunda por aquí es el aire fresco. Seguro que es un sitio estupendo para criarse.
—No está mal, gracias —dijo Rick—. Hasta que un día quieres pedir una pizza a domicilio.
Todos se rieron, con carcajadas incluso más estruendosas, y esta vez Josie se unió al regocijo general, sonriendo muy feliz.
—Adelante, Josie —le dijo la Madre—. Acompaña a Rick dentro. Ya es hora de que recibas al resto de los invitados. Entra ya.