Klara y el sol

Kazuo Ishiguro · Capítulo 5 de 8 · parte 1/3

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Klara y el sol

Tercera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

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Esperaba que las sombras de la excursión a la Cascada Morgan ya se hubieran disipado a la mañana siguiente, pero no fue así y la frialdad de Josie se prolongó durante mucho tiempo.

Todavía más desconcertante resultaba el cambio que la excursión a la cascada produjo en la actitud de la Madre. Yo creía que la experiencia había sido positiva y que ahora habría mayor complicidad entre nosotras. Pero la Madre, igual que Josie, se mostró más distante, y si se cruzaba conmigo en el pasillo o en el rellano, ya no me saludaba del mismo modo que lo hacía antes.

Por eso, como es lógico, durante los días siguientes reflexioné a menudo sobre por qué la reunión de interacción no había proyectado sombra alguna y, en cambio, lo de la Cascada Morgan, pese a que yo me limité a cumplir con los deseos de Josie y de la Madre, había traído tantas consecuencias. De nuevo me surgió la idea de que acaso mis limitaciones en comparación con los B3, se habían puesto en evidencia ese día, provocando que tanto Josie como la Madre se arrepintieran de la decisión de haberme elegido. De ser así, tenía claro que lo mejor que podía hacer era trabajar más duro para lograr ser una buena AA para Josie hasta que las sombras se disiparan. Al mismo tiempo, lo que empezaba a tener claro era hasta qué punto los humanos, en su obsesión por evitar la soledad, hacían maniobras que resultaban muy complejas y difíciles de entender, e intuía que era posible que en ningún momento hubiera estado en mis manos la posibilidad de controlar las consecuencias de la excursión a la Cascada Morgan.

Sin embargo, tal como fueron las cosas, dispuse de poco tiempo para elucubrar sobre las sombras proyectadas por la excursión a la Cascada Morgan, porque unos días después de la excursión, la salud de Josie se deterioró de manera ostensible.

Estaba tan débil que no podía bajar por las mañanas para acompañar a la Madre mientras esta se tomaba el café rápido. De modo que la Madre subía a la habitación de Josie y contemplaba a su hija durmiendo; mantenía la espalda muy recta incluso mientras se bebía el café y bajaba la mirada hacia la cama.

En cuanto la Madre se marchaba a trabajar, Melania Sirvienta quedaba a cargo de Josie, desplazaba la butaca para aproximarla a la cama, se sentaba con su rectángulo en el regazo e iba mirando alternativamente la pantalla y a Josie durmiendo. Una de esas mañanas, mientras yo permanecía inmóvil en la habitación, junto a la puerta, preparada para ayudar si se me requería, Melania Sirvienta se volvió hacia mí y dijo:

—AA, te tengo siempre a mi espalda. Me pones nerviosa. Sal fuera.

Dijo «fuera». Me volví hacia la puerta y pregunté en voz baja:

—Disculpa, sirvienta. ¿Quieres decir fuera de la casa?

—Fuera de la habitación, fuera de la casa, ¿qué más da? Vuelve de inmediato si te llamo.

Nunca había salido sola al exterior. Pero estaba claro que, por lo que a Melania Sirvienta respectaba, no había ningún motivo para que no lo hiciera. Bajé con cuidado por la escalera, mientras la excitación se apoderaba de mi mente pese a la preocupación por la salud de Josie.

Cuando puse un pie sobre la gravilla, el Sol estaba en lo alto, pero parecía fatigado. No sabía si tenía que cerrar la puerta después de salir, pero al final, como ahí no había transeúntes y no quería molestar a Josie tocando el timbre al volver, dejé la puerta ajustada sin cerrarla del todo. Y me adentré en el exterior.

A la izquierda veía el montículo cubierto de hierba en el que había conocido a Rick mientras hacía volar a sus pájaros. Detrás del montículo estaba la carretera por la que cada mañana se marchaba la Madre y por la que yo misma había viajado hasta la Cascada Morgan. Pero me alejé de esos lugares y caminé en la dirección contraria, atravesando la zona de gravilla hasta un punto desde el que tendría una buena vista de los campos que había detrás de la casa.

El cielo tenía una tonalidad clara y era inmenso. Como los campos se extendían en un ascenso progresivo por la colina, veía sin problemas el granero del señor McBain, pese a que desde allí no contaba con la altura de la ventana posterior de la casa. Las hojas de hierba eran más fáciles de distinguir desde allí que desde el dormitorio, pero la principal variación era que ahora veía la casa de Rick alzándose sobre la hierba. Me di cuenta de que, si la ventana posterior estuviera solo un poco más a la izquierda, la casa de Rick también sería visible desde el dormitorio.

Pero no me fijé mucho en la casa de Rick, porque de nuevo me rondaba por la cabeza la preocupación por la salud de Josie y en concreto la pregunta de por qué el Sol todavía no le había enviado su ayuda especial como hizo con Mendigo y su perro. Al principio yo esperaba que el Sol ayudase a Josie cuando empezó a sentirse débil días antes de la excursión a la Cascada Morgan. Acabé aceptando entonces que tal vez lo más correcto en ese momento era esperar, pero ahora que Josie estaba mucho más débil y su futuro resultaba incierto, era desconcertante que el Sol siguiera sin actuar.

Ya le había dado muchas vueltas a este asunto, pero ahora que estaba sola en el exterior, con los campos tan cerca y el Sol en lo alto encima de mí, pude recapitular varias especulaciones que me rondaban por la cabeza. Podía aceptar que, pese a su bondad, el Sol estaba muy ocupado; que había mucha gente, además de Josie, que requería su atención; que incluso al Sol podían despistársele algunos casos particulares como el de Josie, sobre todo si ella parecía bien cuidada por una Madre, una sirvienta y una AA. Me pasó entonces por la cabeza la idea de que para que Josie recibiese la ayuda especial del Sol sería necesario que le llamara la atención de algún modo singular y ostensible.

Caminé por la tierra mullida hasta la valla del primer campo, con su puerta de madera que parecía el marco de un cuadro. La puerta se podía abrir simplemente levantando la cuerda anudada que unía dos postes, y comprobé que si lo hacía podía entrar en el campo sin ningún impedimento. La hierba era muy alta, y sin embargo Josie y Rick se las habían apañado siendo niños para atravesarla y llegar hasta el granero del señor McBain. Vi el inicio de un camino improvisado, creado por los pies de algunos transeúntes, que atravesaba el campo y me pregunté si podría realizar el mismo recorrido. Recordé en ese momento el día en que el Sol ofreció su nutriente especial a Mendigo y su perro y pensé en las notables diferencias entre sus circunstancias y las de Josie. En primer lugar, muchos transeúntes conocían a Mendigo y cuando se sintió débil eso sucedió en una calle muy concurrida, a la vista de taxistas y corredores. Cualquiera de esas personas podía haber llamado la atención al Sol sobre la situación de Mendigo y su perro. Y todavía más importante, recordé lo que había sucedido poco antes de que el Sol le ofreciera su nutriente especial a Mendigo. La Máquina Cootings había estado produciendo su horrible Polución, obligando incluso al propio Sol a retirarse durante cierto tiempo, y fue en el nuevo periodo después de que la horrible máquina hubiese desaparecido cuando el Sol, aliviado y feliz, había proporcionado su ayuda especial.

Permanecí un buen rato ante la puerta con aspecto de marco de cuadro, contemplando la hierba que se mecía de un lado a otro y preguntándome qué otros senderos ocultos habría por allí y cómo podía yo ayudar a salvar a Josie de su enfermedad. Pero todavía no estaba habituada a moverme sola por el exterior y empecé a notar cierta desorientación. De modo que le di la espalda al campo y regresé a la casa.

 

En esa época, el doctor Ryan venía con frecuencia y Josie se pasaba buena parte del día durmiendo. El Sol lanzaba a diario su nutriente y las manchas de sus rayos a menudo caían sobre el cuerpo dormido de Josie, pero seguía sin haber ninguna señal de una ayuda especial por su parte. Aunque, insisto, tal vez que era lógico que el Sol esperara a actuar, porque Josie iba mejorando poco a poco, y un día por fin pudo sentarse en la cama.

El doctor Ryan le había desaconsejado retomar las clases con el rectángulo, de modo que los siguientes días, acomodada entre almohadones, se dedicó a hacer un montón de dibujos con los afilados lápices y el cuaderno. Cada vez que terminaba uno o decidía abandonarlo inacabado, arrancaba la hoja y la lanzaba al aire, dejando que cayera sobre la alfombra; recoger y amontonar esas hojas se convirtió en parte de mi trabajo.

A medida que las visitas del doctor Ryan se iban espaciando, las de Rick se iban incrementando. Melania Sirvienta siempre se había mostrado recelosa de Rick, pero ahora incluso ella veía que sus visitas levantaban el ánimo a Josie. De modo que las permitía, aunque insistiendo en que no se prolongasen más de treinta minutos. La primera tarde que dejaron pasar a Rick al dormitorio, yo decidí ausentarme para proporcionarles privacidad, pero Melania Sirvienta me detuvo en el rellano y me susurró:

—¡No, AA! Quédate en la habitación. Asegúrate de que no se meten mano.

De modo que se convirtió en algo habitual que yo estuviera presente durante las visitas de Rick, pese a que de vez en cuando él me lanzaba una mirada como diciendo que los dejara solos y además casi nunca me dirigía la palabra, ni siquiera para decirme hola o adiós. Si hubiera sido Josie quien me lanzara ese tipo de mirada, no me habría quedado, aun contraviniendo las órdenes de Melania Sirvienta. Pero Josie parecía contenta de mi presencia —incluso diría que la reconfortaba—, aunque nunca me incluía en las conversaciones.

Yo hacía todo lo posible por ofrecerles privacidad, permaneciendo en el Sofá del Botón y fijando la mirada en los campos. Lo que no podía evitar era escuchar lo que se decía a mi espalda y, pese a que en ciertos momentos pensaba que no debía hacerlo, me recordaba que mi obligación era aprender lo máximo posible sobre Josie, y escuchar esas conversaciones me permitía recopilar información que de otro modo jamás estaría a mi alcance.

Las visitas de Rick al dormitorio en esa época se podrían dividir en tres etapas. En la primera, nada más llegar, miraba nervioso a su alrededor y durante los treinta minutos siguientes se comportaba como si cualquier movimiento descuidado pudiera provocar algún daño al mobiliario. Fue durante esta fase cuando tomó la costumbre de sentarse en el suelo justo delante del armario moderno, con la espalda apoyada en sus puertas. Desde el Sofá del Botón yo veía a los dos reflejados en la ventana y, con Rick en esta posición y Josie sentada en la cama, parecían casi sentados uno al lado del otro, solo que Josie estaba más alta.

Durante esta primera etapa había una atmósfera relajada y a menudo los treinta minutos pasaban sin que se dijera nada sustancial. Los dos jóvenes solían repasar recuerdos de cuando eran más pequeños y bromear sobre ellos. Bastaba una palabra o una simple referencia para hacer emerger un recuerdo en el que a continuación se sumergían. Cuando lo hacían, se ponían a conversar en una suerte de código secreto, lo cual me hacía preguntarme si eso se debía a mi presencia, aunque no tardé en entender que no obedecía a otro motivo que la mutua familiaridad y que no había intención alguna de impedir que yo me enterase de qué hablaban.

En sus primeras reuniones con Rick, Josie no dibujaba. Pero, conforme se fueron relajando, a menudo se pasaba los treinta minutos haciendo esbozos, arrancando hojas y lanzándolas al aire para que cayeran cerca de Rick. Y fue así como —al principio de un modo muy inocente— se inició el juego de los globos.

El juego de los globos marcó el inicio de la segunda fase de las visitas de Rick. Es posible que ese juego lo hubieran inventado en la infancia, hacía mucho tiempo. Desde luego, cuando apareció por primera vez no tuvieron que establecer sus normas. Josie había empezado a lanzar dibujos hacia donde estaba sentado Rick, mientras seguían conversando de esto y lo otro, hasta que de pronto él se quedó mirando un dibujo y preguntó:

—Vale, ¿vamos a empezar a jugar a lo de los globos?

—Si quieres… Solo si quieres, Rick.

—No tengo lápiz. Lánzame uno de un color oscuro.

—Necesito todos los oscuros. ¿Quién es la artista?

—¿Cómo voy a rellenar los globos si no me prestas un lápiz?

Incluso dándoles la espalda, no me fue difícil imaginar en qué consistía el juego. Y cuando Rick se marchaba después de la media hora de visita, yo podía mirar los dibujos mientras los recogía del suelo. Y fue así como empecé a ser consciente de la creciente importancia que ese juego tenía para los dos.

Los dibujos de Josie eran muy buenos y solían aparecer en ellos una, dos o en alguna ocasión incluso tres personas juntas, con las cabezas dibujadas de manera deliberada más grandes que los cuerpos. Durante las primeras visitas, las caras tendían a mostrar siempre una expresión amable y estaban dibujadas solo con lápiz negro, mientras que, para los hombros y los cuerpos, igual que para el paisaje de fondo, utilizaba lápices de colores. En cada dibujo Josie dejaba un globo vacío encima de alguna de las cabezas —en ocasiones dos globos sobre dos cabezas— que Rick tenía que rellenar con palabras. No tardé en comprender que aun cuando las caras no se parecían a las de Rick o Josie, en ese juego cualquier chica podía representar a Josie y cualquier chico a Rick. Del mismo modo, otras figuras podían representar a personas del entorno de Josie, como por ejemplo la Madre o los chicos de la reunión de interacción u otras personas a las que yo no había conocido. Aunque a mí me resultaba difícil interpretar quién era quién con tantas caras, a Rick eso no parecía suponerle ningún problema. Jamás pedía una aclaración sobre los dibujos que caían sobre él y escribía sin dudar un instante los textos en los globos.

Comprendí enseguida que las palabras que escribía Rick en los globos representaban los pensamientos, en ocasiones las palabras, de las personas representadas, y siendo así su tarea conllevaba cierto riesgo. Desde el principio me preocupaba que algo que dibujara Josie o escribiera Rick pudiera generar tensiones. Pero durante esa etapa el juego de los globos parecía traer solo diversión y recuerdos, y yo los veía reflejados en el cristal, riéndose y señalándose con el dedo. Si se hubieran limitado a jugar como lo hacían al principio —centrando sus conversaciones exclusivamente en los dibujos— tal vez no hubiesen acabado emergiendo las tensiones. Pero mientras Josie seguía dibujando y Rick rellenando los globos, empezaron a hablar sobre otros asuntos no relacionados con los dibujos.

Una tarde soleada en la que las manchas del Sol tocaban los pies de Rick mientras él estaba sentado con la espalda apoyada en el armario moderno, Josie dijo:

—¿Sabes, Ricky? Me pregunto si te estás poniendo celoso. Porque no paras de preguntar sobre el retrato.

—No sé de qué me hablas. ¿Quieres decir que me estás haciendo un retrato?

—No, Ricky. Me refiero a que no paras de sacar el tema de mi retrato. Ese que me está haciendo un tipo en la ciudad.

—Ah, ese. Bueno, supongo que lo he mencionado una vez. Pero eso no es exactamente no parar de hablar de él.

—No paras de sacar el tema. Solo ayer dos veces.

Rick dejó de escribir, pero no alzó la mirada.

—Supongo que siento curiosidad. Pero ¿cómo puede uno ponerse celoso porque te estén haciendo un retrato?

—Parece una bobada. Pero desde luego se diría que tú lo estás.

Ambos permanecieron un rato en silencio, cada uno concentrado en lo suyo. Hasta que Rick dijo:

—No creo que esté celoso. Estoy preocupado. Ese tío, ese artista… Todo lo que comentas sobre él suena, bueno, inquietante.

—Solo me está haciendo un retrato, nada más. Se muestra siempre respetuoso, siempre está pendiente de que yo no me fatigue.

—Lo de ese tipo no parece muy normal. Dices que no paro de sacar el tema. Bueno, pues si lo hago es porque cada vez que lo menciono, tú dices alguna cosa que me hace pensar: oh, Dios mío, esto resulta cada vez más inquietante.

—¿Qué tiene de inquietante?

—En primer lugar, ¿cuántas veces has estado en su estudio? ¿Cuatro? Pero él nunca te ha enseñado lo que está pintando. Ni siquiera un esbozo, nada. Lo único que parece hacer es sacarte fotos muy de cerca. Esta parte de tu cuerpo, esta otra. ¿De verdad que eso es lo que hacen los artistas?

—Prefiere sacarme fotos porque de este modo yo no me fatigo teniendo que permanecer inmóvil durante horas posando al modo tradicional. De esta manera solo tengo que estar allí veinte minutos como mucho en cada sesión. Él va sacando las fotos que necesita para cada parte del proceso. Y mamá está siempre conmigo. ¿Tú crees que mi madre contrataría a un pervertido para hacer mi retrato?

Como Rick no dijo nada, Josie continuó:

—Ricky, sí que creo que sientes unos pocos celos. Pero ¿sabes qué? Me da igual. Demuestra que mantienes la actitud correcta. Estás siendo protector. Demuestra que estás pensando en nuestro plan. Así que no te preocupes.

—No me preocupo. Es una acusación ridícula.

—No es una acusación. No estoy diciendo que sea algo sexual ni nada por el estilo. Lo único que digo es que ese retrato es parte del enorme mundo que hay ahí fuera y tú temes que se interponga en nuestro camino. Cuando digo que pareces celoso, lo digo en este sentido.

—De acuerdo.

Su «plan», pese a que aparecía con frecuencia en la conversación, rara vez se discutía en detalle. Aun así, fue durante esa etapa —todavía relajada — de las visitas cuando empecé a atar cabos recopilando sus comentarios dispersos al respecto. Comprendí que ese plan no era algo que hubieran preparado de forma minuciosa, sino que más bien se trataba de un deseo difuso para el futuro. También descubrí lo que ese plan iba a significar para mis objetivos: que a medida que se fuera desplegando el futuro, incluso si la Madre, Melania Sirvienta y yo nos manteníamos cerca de Josie a todas horas, sin el plan, ella no lograría desembarazarse de su soledad.

 

Entonces llegó el momento en que el juego de los globos dejó de provocar risas y empezó a provocar miedo e inquietud. Tal como lo veo hoy, fue en ese momento cuando arrancó la tercera y última etapa de las visitas de Rick en aquella época.

Resulta difícil dilucidar cuál de los dos alteró primero el clima. En las primeras etapas, los dibujos de Josie a menudo pretendían evocar incidentes divertidos o felices que ambos habían compartido en el pasado. Ese era uno de los motivos por los cuales Rick era capaz de llenar los globos tan rápido y sin apenas dudar. Pero entonces se produjo un cambio en las reacciones de Rick cuando las hojas le caían encima. Cada vez se pasaba más tiempo mirándolas, suspirando o frunciendo el ceño. Después, cuando escribía los textos, lo hacía con parsimonia y muy concentrado, a menudo sin responder a lo que le comentaba Josie hasta que terminaba. Y las reacciones de Josie cuando Rick le devolvía las hojas eran cada vez más imprevisibles. Podía escrutar la hoja con mirada inexpresiva y después dejarla sobre la cama sin hacer ningún comentario. O, en otras ocasiones, volvía a tirar una hoja ya completada al suelo, lanzándola hacia algún punto fuera del alcance de Rick.

De cuando en cuando, el ambiente se relajaba y volvía al de la etapa previa, y los dos reían y discutían de manera amistosa. Pero cada vez con más frecuencia, o bien el dibujo de Josie o bien las palabras de Rick provocaban un rifirrafe. Aun así, la tranquilidad normalmente se había recuperado para cuando Melania Sirvienta informaba de que ya había pasado la media hora asignada para el encuentro.

 

En una ocasión, Rick se inclinó hacia delante, recogió una hoja, la miró con atención y dejó el lápiz. Siguió contemplando el dibujo durante un rato, hasta que Josie se percató desde la cama de lo que sucedía y dejó de dibujar.

—¿Pasa algo, Rick?

—Hmm. Me estaba preguntando quiénes se supone que son estos.

—¿A quién se parecen?

—Estos personajes que la rodean. ¿Debo entender que son alienígenas? Casi parece que en lugar de cabeza tienen, bueno, un ojo gigante. Lo siento si lo estoy interpretando todo mal.

—No lo has interpretado mal. —Su voz traslucía frialdad y también un poco de miedo—. Bueno, al menos no del todo. No son alienígenas. Son… lo que son.

—De acuerdo. Son una tribu de gente con un ojo en lugar de cabeza. Pero lo que resulta perturbador es que todos la miran a ella.

—¿Qué tiene eso de perturbador?

A mi espalda se hizo el silencio y, en los reflejos en la ventana, vi que Rick seguía mirando la hoja.

—Bueno, dime, ¿qué tiene de perturbador? —insistió Josie.

—No estoy seguro. También contribuye el globo extragrande que has trazado encima de ella. No sé muy bien qué escribir.

—Escribe lo que te parezca que está pensando. No es distinto de los demás dibujos.

Se produjo un nuevo silencio. Los destellos del Sol en el cristal me dificultaban ver sus reflejos y estuve tentada de darme la vuelta, aunque eso les redujese la privacidad. Pero antes de que pudiera hacerlo, Rick dijo:

—Los ojos de los tipos que la miran son muy inquietantes. Y lo que resulta todavía más inquietante es que parece que ella quiere que la sigan mirando.

—Ricky, esto es enfermizo. ¿Por qué iba a desear algo así?

—No lo sé. Dímelo tú.

—¿Cómo quieres que te lo diga yo? —La voz de Josie sonaba irritada —. ¿Quién es el encargado de rellenar los globos?

—Tiene una media sonrisa. Como si interiormente estuviera disfrutando.

—No, Ricky, te equivocas. Esto que planteas es enfermizo.

—Lo siento. Lo debo de haber interpretado mal.

—No pasa nada por malinterpretar. Así que vamos, date prisa y rellena el globo. Ya tengo casi terminado el siguiente. ¿Rick? ¿Me estás escuchando?

—Quizá sea mejor que este no lo rellene.

—¡Oh, vamos!

Ahora el Sol ya se había retirado y vi el reflejo de Rick en el cristal dejando caer la hoja encima del desordenado montón acumulado cerca de la cama de Josie.

—Rick, estoy muy decepcionada.

—Pues no dibujes cosas como esta.

Se produjo un nuevo silencio. Yo veía a Josie en la cama, simulando estar concentrada en el siguiente dibujo. En cambio, ya no veía muy bien el reflejo de Rick, pero sabía que permanecía inmóvil, apoyado contra el armario moderno, y miraba, más allá de donde yo estaba, por la ventana posterior.

 

Cuando terminaba la visita de Rick, lo habitual era que Josie se sintiera fatigada y lanzase los lápices, el cuaderno y las hojas sueltas al suelo y se tumbara boca abajo en la cama para descansar. En ese momento yo me levantaba del Sofá del Botón para recoger todo lo que había quedado desparramado por el suelo y entonces podía enterarme de los temas que habían surgido durante la visita.

Josie, aunque estuviera con la mejilla aplastada contra la almohada, no dormía y a menudo seguía haciendo comentarios con los ojos cerrados. De modo que era del todo consciente de que yo miraba los dibujos mientras los recogía y estaba claro que no le importaba. De hecho, es probable que en realidad deseara que los mirase todos.

En una ocasión, recogiendo las cosas del suelo, me topé con una hoja en la que, pese a mirarla solo de pasada, de inmediato me di cuenta de que estaban dibujadas Missy y la niña de los brazos largos de la reunión de interacción. Había, como era de esperar, varias inexactitudes, pero la intención de Josie quedaba muy clara. Las dos hermanas, con aire antipático, ocupaban el centro del dibujo, mientras que otros rostros menos acabados se amontonaban a su alrededor. Y pese a que no había ningún detalle del mobiliario, deduje que el escenario era la Sala Diáfana. De no ser por el enorme globo que tenía encima, hubiera sido fácil no percatarse de la presencia de una pequeña e imprecisa criatura aplastada en el espacio entre las dos hermanas. A diferencia de la Missy Dibujada y de la Niña de los Brazos Largos Dibujada, esta criatura carecía de los habituales atributos humanos, como rostro, hombros y brazos, y parecía más bien uno de esos charquitos de agua que se formaban en la Isla, cerca del fregadero. De hecho, de no ser por el globo que tenía encima, ningún transeúnte que pasara por allí y lo viera imaginaría que esa forma pretendiese representar a una persona. Las dos hermanas ignoraban por completo a la Persona Charquito de Agua, pese a que la tenían pegada a ellas. En el interior del globo Rick había escrito:

«Estas listillas se creen que no tengo forma. Pero sí la tengo. Solo que la mantengo oculta. ¿Porque por qué iba a querer que la vean?»

Pese a que yo solo eché un vistazo rápido al dibujo, Josie sabía que lo había recogido y, con voz somnolienta, me dijo desde la cama:

—¿No te parece que lo que ha escrito es muy raro?

Como yo me limité a sonreír y continué ordenando la habitación, añadió:

—¿Crees que se ha quedado con la idea de que pretendía representarlo a él con esa cosa? ¿El chiquillo entre las dos niñas repelentes? ¿Crees que por eso ha rellenado el globo con estos comentarios?

—Es posible.

—Pero tú no lo crees, ¿verdad que no, Klara? —Y añadió—: Klara, ¿me estás escuchando? Vamos. ¿Podemos hablar de esto?

—Tal vez resultase más lógico pensar que esa personita era Josie.

No volvió a abrir la boca mientras yo iba apilando las hojas en pequeños montones y los iba dejando encima de otros en un hueco debajo del tocador. Pensé que por fin se había quedado dormida, pero de pronto preguntó:

—¿Por qué lo dices?

—No es más que una suposición. Creo que Rick pensaba que la personita era Josie. Y creo que Rick intentaba ser amable.

—¿Amable? ¿Por qué iba a querer ser amable?

—Creo que Rick se preocupa por Josie. Por cómo parece cambiar en según qué situaciones. Pero en este dibujo Rick está siendo amable. Porque está sugiriendo que Josie es lo bastante lista para protegerse a sí misma y en realidad no está cambiando.

—¿Y qué hay de malo en que a veces yo quiera comportarme de un modo distinto? ¿Quién quiere ser igual a todas horas? El problema de Rick es que siempre me critica cuando hago cualquier cosa que a él no le gusta. Y lo hace porque quiere que yo siga siendo igual que cuando éramos pequeños.

—No creo que sea eso lo que Rick quiere.

—¿Pues entonces de qué va todo esto? ¿Todo este rollo de la persona informe, de la ocultación? No veo dónde está la amabilidad. Este es el problema de Rick. No quiere crecer. O al menos su madre no quiere que madure y él le sigue la corriente. La idea es que va a vivir con su madre eternamente. ¿Cómo va a ayudar eso a nuestro plan? Cada vez que muestro que intento madurar, él empieza a refunfuñar.

Yo no respondí y Josie siguió echada con los ojos cerrados. Al final se quedó dormida, pero antes de hacerlo dijo en voz baja:

—Tal vez sí. Tal vez pretendía ser amable.

Me pregunté si Josie sacaría a relucir ese dibujo en concreto —y las palabras en el globo— durante la siguiente visita de Rick. Pero no lo hizo, y me percaté de que había una suerte de norma tácita entre ellos de no hablar directamente de ninguno de los dibujos ni de las palabras de los globos una vez que los habían terminado. Tal vez ese pacto era necesario para poder dibujar y escribir libremente. Aun así, como ya he dicho, desde el principio me pareció que el juego de los globos estaba lleno de peligros, y fue eso lo que acabó provocando el repentino final de las visitas de treinta minutos de Rick.

 

Era una tarde lluviosa, pero, aun así, los rayos de Sol entraban, aunque débiles, en el dormitorio. En los días previos se habían sucedido varias visitas bastante relajadas y esa tarde se respiraba buen ambiente. Hasta que doce minutos después de empezar la visita —estaban de nuevo jugando a los globos— Josie preguntó desde la cama:

—¿Qué pasa ahí abajo? ¿Todavía no has terminado?

—Aún estoy pensando.

—Ricky, la gracia del juego es no pensar. Se trata de escribir lo primero que te pasa por la cabeza.

—De acuerdo. Pero este dibujo requiere darle unas vueltas.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de diferente? Date prisa. Ya casi he terminado el siguiente.

En el reflejo de la ventana, veía a Rick en su lugar habitual en el suelo, con las piernas flexionadas para apoyar el dibujo en ellas y las manos a los lados. Miraba el dibujo que tenía ante él con cara de desconcierto. Al cabo de un rato, sin dejar de dibujar, Josie dijo:

—¿Sabes?, siempre te lo he querido preguntar. ¿Por qué tu madre ya no conduce? Todavía tenéis ese coche, ¿verdad?

—Hace años que nadie lo ha puesto en marcha. Pero sí, sigue en el garaje. Quizá cuando me saque el carnet de conducir reviso en qué estado está.

—¿Es porque tu madre tiene miedo de los accidentes?

—Josie, ya hemos hablado de eso.

—Sí, pero ya no me acuerdo. ¿Es porque le entró mucho miedo?

—Algo así.

—Mi madre es todo lo contrario. Conduce demasiado rápido. —Como Rick no decía nada, Josie le preguntó—: Ricky, ¿todavía no has rellenado el globo?

—Estoy en ello. Dame un momento.

—No conducir es una cosa. Pero ¿a tu madre le da igual no tener amigas?

—Sí que tiene amigas. Esa tal señora Rivers viene a todas horas. Y también es amiga de tu madre, ¿no?

—No me refiero a eso. Todo el mundo puede tener uno o dos amigos individuales. Pero tu madre carece de sociabilidad. Mi madre tampoco tiene muchas amigas. Pero sí posee sociabilidad.

—¿Sociabilidad? Suena muy raro. ¿Qué quiere decir?

—Quiere decir que cuando entras en una tienda o te metes en un taxi la gente te toma en serio. Te trata bien. Ser capaz de desarrollar la sociabilidad es importante, ¿no crees?

—Escucha, Josie, ya sabes que mi madre no siempre está bien. No es que esta situación haya sido decisión suya.

—Pero sí toma decisiones, ¿no? Por ejemplo, tomó una decisión contigo. Cuando fuera que fuese eso.

—No sé por qué estamos hablando de esto.

—¿Sabes lo que creo, Ricky? Dime que me calle si te parece injusto. Tu madre nunca te ha dejado madurar porque te quería solo para ella. Y ahora ya es demasiado tarde.

—No sé por qué estamos hablando de esto. ¿Y además qué importa? ¿A quién le importa lo de la sociabilidad? Nada de todo esto tiene por qué interponerse en la vida de uno.

—Ricky, sí que se interpone. Para empezar, se interpone en nuestro plan.

—Escucha, hago lo que puedo…

—Pero no es suficiente, Ricky. No paras de hablar de nuestro plan, pero ¿qué haces realmente por él? Cada día que pasa nos hacemos más mayores y van sucediendo cosas. Yo hago todo lo que puedo, pero tú no, Rick.

—¿Qué no hago y debería estar haciendo? ¿Acudir a más reuniones de interacción de las tuyas?

—Al menos podrías intentarlo con más empeño. Podrías hacer lo que dijimos. Estudiar más. Intentar entrar en Atlas Brookings.

—¿A qué viene hablar ahora de Atlas Brookings? No tengo ni la más remota posibilidad.

—Por supuesto que la tienes, Ricky. Eres listo. Hasta tu madre dice que tienes posibilidades.

—Una posibilidad teórica. Los de Atlas Brookings la magnifican, pero es de menos del dos por ciento. Eso es todo. El porcentaje de no mejorados que aceptan es de menos del dos por ciento.

—Pero tú eres más listo que cualquiera de los otros no mejorados que puedan intentar ser admitidos. Así que ¿por qué no vas a intentarlo? Te lo diré. Porque tu madre quiere que te quedes con ella para siempre. No quiere que salgas del cascarón y te conviertas en un verdadero adulto. Eh, ¿todavía no has terminado? Ya tengo listo el siguiente.

Rick permaneció en silencio, con la mirada fija en el dibujo. Josie, pese a su anuncio, continuó trabajando en el nuevo.

—En cualquier caso —continuó—, ¿cómo va a funcionar? Me refiero a nuestro plan. ¿Cómo va a funcionar si yo tengo capacidad de sociabilidad y tú no? Mi madre conduce demasiado rápido. Pero al menos tiene coraje. Con Sal todo salió mal, pero después de eso reunió el coraje para seguir adelante conmigo. Hace falta coraje para hacerlo, ¿no crees?

De pronto Rick se inclinó hacia delante y empezó a escribir en el dibujo. En ocasiones usaba una revista como soporte, pero esta vez vi que apoyaba la hoja directamente contra su muslo y se le iba arrugando. A pesar de eso siguió escribiendo a toda prisa, se incorporó y dejó caer el lápiz al suelo. En lugar de entregarle el dibujo en mano a Josie, lo lanzó sobre la cama y la hoja aterrizó en el edredón, delante de ella. Sin dejar de mirar a Josie con unos enormes ojos llenos de rabia y temor, Rick retrocedió hasta situarse cerca de la puerta.

Josie se volvió hacia él sorprendida. Dejó el lápiz y agarró la hoja. Se quedó un buen rato mirándola con aire inexpresivo, mientras Rick la observaba desde la puerta.

—No me puedo creer que hayas escrito esto —dijo ella por fin—. ¿Por qué lo has hecho?

Yo seguía sentada en el Sofá del Botón y juzgué que la tensión había llegado a un punto tal que ya no estaba justificado concederles privacidad, de modo que me volví para mirarlos. Tal vez Rick se había olvidado de mi presencia, porque mi movimiento pareció sobresaltarlo. Me miró un instante, con los ojos todavía rebosantes de rabia y temor, y salió a toda prisa de la habitación. Oímos sus pasos bajando la escalera.

Después de oírse el ruido de la puerta principal, Josie bostezó, tiró al suelo todo lo que había encima de la cama y se acostó boca abajo para dormir, como si la reunión hubiese acabado como cualquier otra.

—A veces resulta agotador —dijo con la cara aplastada contra la almohada.

Me levanté del Sofá del Botón y me puse a ordenar la habitación. Josie permaneció con los ojos cerrados y no dijo nada más, pero yo sabía que no se había quedado dormida. Mientras iba recogiendo, eché un vistazo al dibujo que había provocado la tensión.

Como era de esperar, en él aparecían versiones de Josie y Rick. Había muchas inexactitudes, pero suficientes parecidos como para no tener dudas sobre las identidades que el dibujo pretendía representar. La Josie Dibujada y el Rick Dibujado parecían flotar en el cielo, con los árboles, carreteras y casas en miniatura muy abajo. Detrás de ellos, en otra parte del cielo, se veían siete pájaros volando en formación. La Josie Dibujada sostenía con ambas manos un pájaro mucho más grande y se lo ofrecía como regalo especial al Rick Dibujado. La Josie Dibujada mostraba una amplia sonrisa y al Rick Dibujado se lo veía entusiasmado.

No había globo para el Rick Dibujado. El único globo era para los pensamientos de la Josie Dibujada, y en su interior Rick había escrito:

«Ojalá pudiera salir y caminar y correr y montar en monopatín y nadar en los lagos. Pero no puedo porque mi madre tiene Coraje. Así que en lugar de hacer todo eso me tengo que quedar en casa y estar enferma. Me alegro. Me alegro de verdad».

Añadí el dibujo al montón que había ido recogiendo y me aseguré de que no quedase encima. Josie seguía inmóvil y en silencio, con los ojos cerrados, pero yo sabía que no estaba dormida. En los días previos a la excursión a la Cascada Morgan tal vez en una situación como esa podría haber hablado con Josie y ella me habría respondido con sinceridad. Pero ahora la relación entre las dos había cambiado, así que opté por no decir nada. Me acerqué al tocador, me incliné y dejé la última pila de dibujos junto a las otras, debajo del mueble.

Rick no regresó ni el día siguiente ni el posterior. Pero cuando Melania Sirvienta preguntó: «¿Adónde ha ido el chico? ¿Se ha puesto enfermo?», Josie se limitó a encogerse de hombros y no respondió.

A medida que pasaban los días y seguíamos sin visitas de Rick, Josie empezó a ponerse más nerviosa y sus gestos me indicaban que era mejor que me mantuviera alejada de ella. Continuaba dibujando en la cama, pero sin Rick y el juego de los globos el entusiasmo fue decreciendo, y a menudo lanzaba al suelo dibujos sin acabar, se tumbaba en la cama y se quedaba un buen rato mirando al techo.

Una tarde, mientras permanecía en esa postura con la mirada perdida, le dije:

—Josie, si quieres, podemos jugar al juego de los globos. Si Josie hace los dibujos, me esforzaré por pensar en las palabras más adecuadas.

Ella siguió mirando al techo. De pronto se volvió y me dijo:

—Mira, no va a funcionar. Da igual que hayas estado escuchando, no puedes sustituir a Rick. Es imposible.

—De acuerdo. Lo siento. No debería haber propuesto…

—No, no deberías haberlo hecho.

A medida que pasaban más días sin visitas de Rick, Josie se fue aletargando y a mí empezó a preocuparme que volviera a debilitarse. Pensé que era el momento idóneo para que el Sol enviase su ayuda especial, y cada vez que sus manchas en el dormitorio se alteraban de forma repentina, o cada vez que emergía de pronto en el cielo de entre las nubes, yo observaba con especial atención. Pero pese a que seguía enviando su nutriente habitual de manera constante, la ayuda especial no llegaba.

 

Una mañana, regresé al dormitorio después de bajar su bandeja del desayuno y me la encontré sentada en la cama, apoyada en los almohadones, dibujando muy concentrada, con el entusiasmo de antaño. Tenía una expresión seria que no le había visto nunca mientras dibujaba, y cuando intenté entablar una conversación, no me hizo ni caso. Cuando, mientras ordenaba la habitación, me acerqué a la cama, ella cambió de postura para impedir que pudiera echar un vistazo a la hoja.

Al cabo de un rato, la arrancó del cuaderno, la arrugó hasta convertirla en una bola y la dejó en un pliegue del edredón entre ella y la pared. Empezó un nuevo dibujo, con los ojos muy abiertos y atentos. Me senté en el Sofá del Botón, esta vez de cara a ella, para dejarle claro que estaba dispuesta a conversar cuando quisiera.

Después de casi una hora, dejó el lápiz y se quedó un rato contemplando el dibujo.

—¿Klara? ¿Ves el cajón inferior de la izquierda? ¿Me puedes traer un sobre? Uno de los grandes acolchados.

Mientras me inclinaba ante el cajón, vi que Josie volvía a coger el lápiz y, por sus movimientos, deduje que no estaba dibujando sino escribiendo. Dobló el dibujo y colocó una hoja en blanco entre ambas mitades para evitar que se manchara, cogió el sobre acolchado e introdujo con cuidado su obra. Estiró la cinta de papel que protegía el adhesivo y cerró el sobre, presionando los bordes para asegurarse de que quedaba bien sellado.

—Me alegro de haberlo terminado —dijo, haciendo girar el sobre entre las manos, como si eso la reconfortase. Pero cuando empecé a alejarme de la cama, me lo tendió.

—¿Puedes meterlo en el cajón del que has sacado el sobre? El de abajo a la izquierda.

—Por supuesto. —Lo cogí, pero no lo metí de inmediato en el cajón. Me quedé en mitad de la habitación, con el sobre en las manos, y la miré.

—Me pregunto si este dibujo es un regalo especial de Josie para Rick.

—¿Por qué lo dices?

—Es solo una suposición.

—Bueno, pues tu suposición es correcta. Lo he hecho para Rick. Para cuando vuelva a aparecer.

Se produjo un silencio, durante el cual ella me observaba, sin que yo supiera a ciencia cierta si estaba impaciente por que yo metiera el sobre en el cajón que me había indicado, o estaba esperando a que dijera algo más sobre Rick y sus visitas. Al final comenté:

—Quizá vuelva pronto.

—Tal vez sí. Aunque de momento no lo parece.

—Creo que a Rick le encantará ver el dibujo. Verá que Josie ha tenido un detalle con él.

—No he tenido un detalle con él. —Me miró enojada—. Me estaba aburriendo y he hecho un dibujo. Eso es todo. Pero tienes razón. Es para Rick. El problema es que va a tener que venir para que se lo pueda dar. Y ya no viene por aquí.

Continuó mirándome. Yo seguía plantada en mitad de la habitación.

—Josie —dije pasado un rato—. Si quieres, se lo puedo llevar.

Vi sorpresa y también entusiasmo en sus ojos.

—¿Quieres decir que se lo llevarías a su casa?

—Sí, después de todo es la casa de al lado.

—Supongo que no sería tan raro que se lo llevaras. Los AA de otras personas se pasan el día haciendo recados, ¿no?

—Estaré encantada de hacerlo. Creo que seré capaz de encontrar el camino hasta su casa.

—¿Lo podrías hacer hoy? ¿Antes de comer?

—Cuando quiera Josie. Si quieres, puedo entregárselo ahora. Ahora mismo.

—¿Te parece que es una buena idea?

Alcé un poco el sobre acolchado.

—Estaría encantada de poder llevarle a Rick el dibujo de Josie. Será interesante para mí explorar el exterior. Y si Rick recibe este dibujo especial, puede que perdone a Josie y vuelva a ser su mejor amigo.

—¿Qué quieres decir con «perdonar»? Soy yo la que tiene que perdonarle. Klara, este comentario ha sido una idiotez. Me parece que ya no quiero darle esto ahora.

—Lo siento. Ha sido error mío. Todavía no entiendo el funcionamiento del perdón. Aun así, creo que será mejor llevarle ahora el dibujo. Creo que le gustará.

Seguir: parte 2 de 3