La boca seca

Marcelo Carnero · Capítulo 2 de 4

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La boca seca

Segunda parte

Desde acá, el mundo se hace materia indivisible. Me pregunto cuánto habrá pasado… ¿Qué queda de aquel cuerpo, ahora vuelto, de espaldas, como un recuerdo que se aferra a tu almohada con la húmeda paciencia de los huesos? ¿Qué hay de mí en tus manos? La sombra más pesada pasea las pupilas, ladea su cintura de precarias noticias, te observa desde el mundo del que ya no hay retorno. De haber sabido eso, hubiera preferido no callarme… Nada sé del tiempo acá, dentro del tiempo. Una mínima máquina me sueña y me acorrala. Por las noches, un invierno naranja me deshace la carne. Me despierto temblando, con los labios azules. Estoy muerto en mí, en medio de la nada, la luz clavada al pecho y cayendo. Estoy acá, tan acá que todo es ningún lado. Me acuerdo que en mi infancia, antes de que llegara la epidemia de fiebre, todas las tardes pasaba por una casa con tronadoras en su reja, y veía sentadas a unas ancianas en la vereda. Siempre estaban en silencio. Yo las miraba, tenían las piernas anchas, con todo su peso sobre el mundo. Eran pesadas como árboles. Yo pensaba que el de ellas era un silencio severo, de piedra. Uno de esos silencios que se tejen alrededor de una trama algo ilícita, un rosario de muertes o un engaño. Y hoy, después de tanto tiempo, puedo verlas más nítidas y pienso, aquel silencio habría tardado años en construirse, pero quizá no era una piedra colgando de sus cuellos. Estar en silencio frente a otro es un pacto para pocos. No digo el silencio del hartazgo, digo el silencio de haber pasado por el tamiz todas las cosas. La vida es algo tan grande y siempre se nos escapa, como la arena que ahora trato y no puedo retener con las manos. Yo no he aprendido todavía a estar así. Por las noches, cuando no tengo nada para darme a mí mismo más que las brasas viejas de mis propias palabras, pienso por qué no habré sabido sentarme a tiempo, a mirar. Haber sabido tratar de otra manera a mis restos. Clasificar con nombres al dolor es más difícil que distinguir los tonos de la arena… Hace frío, por las noches, y recrudece en el sueño. La imagen se repite casi siempre: viene Dios y me arranca los ojos y me cose a la vida con puñales. Se me mete en los huesos. Y hablamos de ciudades. Y de aquella tarde en aquella iglesia, donde yo enmudecí frente al abismo de su boca. Grita y soy lejano, más otro, más partible que la arena. Y dice con su voz de trompeta: No hay lugar. Acá no hay peces ni panes ni milagros. Viene Dios y hablamos, y es un murmullo ardido, de cántaro rajado en los oídos. Él no hace preguntas, ni siquiera me juzga. Me mira con sus ojos de perro que no sabe. Yo espero que me diga, que sepa que creí, que pude ser feliz, que nunca supe, pero su amor es flaco y tiene un solo costado. Sacó el último frasco de vidrio que le quedaba. Rodeado de arena como estaba, le pareció una broma del peor gusto. Metió el papel rugoso donde escribió, quizá la última carta. Cerró la tapa con fuerza. Tapa que él soñaba, un día alguien abriera rompiendo el sello de óxido como se rompe el silencio en la boca de un extraño amigo.

Racionó el tabaco que tenía y armó un cigarro.

La carpa temblaba con el viento. La llovizna caía con desmesura. Hacía que la arena se volviera pastosa. Él se divertía haciendo pequeñas esculturas con ella o simplemente mirando las figuras que se desprendían del humo del tabaco. Imaginaba rostros de seres queridos. Nombrando el parecido, sonreía.

Descubrió algunas plantas que recolectaba trabajosamente y que al fumarlas le dejaban, no solo un gusto dulce en la boca, sino también el espíritu con la claridad necesaria para escribir. Así decidió comenzar una serie de cartas. Se imaginaba los frascos naufragando, andando y desandando la marea amarilla.

Hizo un pequeño pozo en la arena y enterró el frasco de vidrio que custodiaría el papel. Luego trató de volver a poner lo excavado en su lugar. Con la palma abierta golpeó firmemente el montículo que sobresalía en relieve.

Se fijó cuánto le faltaba a la llovizna para llenar los cacharros que dejó afuera de la carpa.

Con la lluvia volvería a tomar agua limpia y dulce, y no ese líquido ocre que le costaba tanto conseguir y que tenía gusto a mingitorio. Aunque se había acostumbrado al método, no dejaba de protestar cada vez que hurgaba la arena en aquellos mismos lugares en los que conseguía las plantas.

Escarbaba, hundía un tubito muy largo, apoyaba los labios en el extremo y absorbía con fuerza. Así, después de un buen rato, comenzaba a salir del suelo el líquido que lo salvó varias veces de morir de sed.

La llovizna llegaba a la mitad de los cacharros cuando los controló.

La tormenta, según sus cálculos duraría lo que quedaba de la tarde y hasta la mañana siguiente.

Recostó el cuerpo dentro de la bolsa y pensó qué otra estrategia utilizaría para salir de aquel lugar donde entró un día no sabía cuándo. ¿Pero qué otra cosa podría hacer?

Una tarde se largó a correr, desesperado y llegó al mismo sitio del cual había salido. Porque allí de nada servía correr, era como si nunca se avanzara. Como si no hubiera distancias posibles. Estaba atrapado en un ciclo al que no se le veían las costuras de la repetición, sino que era así, simplemente eso, siempre lo mismo.

Poco quedaba de su ropa, ahora convertida en un trapo lleno de nudos.

El desierto lo sometió, lo llevó lentamente hasta el borde absurdo, poco a poco le incrustó sus humores, sus fríos, sus voces. Cuánta noche pasó afiebrado bajo la luna, ese invierno nocturno que se va con el día y deja el cuerpo con temblores. Porque el asedio que irrumpe por parte del desierto sobre cualquier persona le hace perder toda razón. Muchas veces se despertaba arriba de un medano enorme, un banco móvil que viajara en la noche de una punta a otra. Así también viajaba su humor. Lloraba con facilidad. Allí, para ser, había que hurgarse, acecharse sin medida, hablar solo, preguntarse quién se era. Porque el silencio aterrador de las noches del desierto termina por dejarlo a uno al borde mismo del desierto. Había que ponerse una, mil máscaras y narrarse. Puso la pequeña trampa que construyó para los escorpiones. Los escorpiones, pensó, eran bichos nostálgicos, apesadumbrados. Salían los días de lluvia, caminaban interminablemente. Se encontraban, extendían sus colas y las frotaban, y en esa forma de amor parecía que hablaran. Al principio los observaba con un poco de desprecio, imaginando que tenían una vida estúpida. Después, prefirió no hacerlo.

Decidió que ese día sería su cumpleaños.

Una hembra cayó. Sabía el sexo porque el líquido venenoso que las hembras poseen en el aguijón brilla en la oscuridad de las trampas.

Esta era una gran hembra. Tenía por lo menos veinte centímetros de largo, desde el aguijón hasta la pequeña cabeza.

La noche se fue acercando. Preparó su plato.

Sacó los cubiertos de un retazo de gamuza en el que estaban envueltos, destapó la petaca que guardaba en su chaqueta y le dio un trago, se limpió los labios y la volvió a guardar.

Logró tres hembras. Comería una, y las otras, más pequeñas, las enterraría en la arena. Con el frío de la noche se conservarían.

Volvió a sacar la petaca y decidió beber eso durante la cena y guardar el agua para el resto del viaje. Estaba borracho cuando decidió cantarse el feliz cumpleaños. Se desnudó y salió de la carpa, la llovizna caía blandamente, las gotas no lastimaban el cuerpo, comenzó a correr y a gritar.

¿Su nombre? Ya no lo recordaba tampoco.

Gritó con fuerza, dando vueltas como un trompo.

—Devolvéme el nombre... —lloraba.

Se levantó un viento fortísimo. La noche lo incrustó en su vientre. Cayó rendido por el mareo y la borrachera.

Después de unas horas, el aguijón del sol le picó los ojos.

—Pablo... Inspector Pablo Barredo... Ese soy —se convenció.

 

El sol era una hornalla de vidrio. Por el lugar donde se ubicaba, sería el mediodía. Amador ayudó a la vieja a bajar a Milagros del caballo. Se detendrían allí hasta que el calor bajara y ella le sacara a la esclava los parásitos que había puesto el médico.

—Este sol nos va a dejar hechos carbón, vieja —dijo Amador.

—No te va costar mucho a vos —contestó Vivi, burlándose.

Bajaron a Milagros y la dejaron recostada a la sombra del animal. Todavía estaba desvanecida.

Dejaron atrás los caminos, internándose allí, para no estar expuestos al olfato de los perros.

Amador pasó la tarde recolectando ramas y raíces secas, para prender un fuego antes de que oscureciera. Vivi se quedó dormida. La sombra que ofrecía el animal alcanzaba apenas, pero la arena allí estaba fresca, rompía la temperatura del cuerpo. Cuando despertó, Amador estaba a unos metros, soplando una pequeña llama que después se hizo grande sobre un montículo de varillas, raíces y plantas.

—¿Dónde conseguiste esas hojas? —preguntó un poco grogui la vieja.

—Allá —señaló el negro estirando el índice—, atrás de aquel medano hay unos yuyales y estas plantitas —Vivi reconoció las hojas inmediatamente.

—No las uses todas, voy a necesitar algunas.

—Está bien, vieja.

Amador soplaba procurando que el fuego no se apagara. La vieja desvistió a Milagros. Los parásitos se veían como dos grandes ganglios guardados por las axilas de la esclava. Vivi se acercó al fuego y comenzó a calentar un cuchillo al rojo, preparó una aguja con hilo de cáñamo, mientras tanto hizo tomar a Milagros un aceite que llevaba en una tripa de carnero. Cantaba sus invocaciones. Con la camisa del negro armó una almohada en la que apoyó la cabeza de la esclava. Despegó los brazos del cuerpo y pidió a Amador que le diera el cuchillo. Bautizó el filo con saliva, lo bendijo y cortó la carne de la negra, que no se movió.

La sangre volcó su espesor. Una bola blanca y carnosa comenzó a intuirse. Vivi extirpó un parásito pesado. Los ojos de Amador estaban desorbitados, la frente se le empalidecía a medida que crecía el trance. La vieja mantenía al parásito en su mano, estaba muerto. Lo apoyó sobre la arena. Cosió el tajo con mano firme. Después hizo un corte en la otra axila. El bicho que la habitaba comenzó a moverse abruptamente. Vivi hundió con tranquilidad la mano en la carne abierta y sacó al animal con cuidado. Una vez que lo tuvo afuera, lo clavó con fuerza en la arena.

El parásito abría la boca en todas sus dimensiones y con su chillido entrecortado parecía maldecir todo lo que estaba a su alrededor. Coleteaba con furia, los ojos tensos y brillantes, las pupilas hasta ahora ciegas de todo lo que no fuera rojo, enloquecidas por la sorpresa de la luz.

Vivi sostuvo al parásito con una mano y con la otra extrajo el cuchillo. El bicho reptó rápidamente, zigzagueante y se detuvo sin vida unos metros después. Desinflado, dejando una estela oscura a lo largo de la distancia.

La vieja terminó de cerrar el cuerpo de la negra y ofreció los parásitos muertos al caballo que los devoró con hambre. Su lengua, en agradecimiento, lamió las manos de la vieja.

La noche se cerró sobre el frío de la arena.

Se sentaron alrededor del fuego a comer raíces. La vieja pasó el alcohol a Amador, que tomó en tragos largos, sin respirar.

—Me quedó la intriga de para qué quería usted las hojas, vieja —dijo con un poco de temor, como si le estuviera faltando el respeto.

—Preguntás mucho y sabés muy poco, negro —contestó Vivi—, ya te vas a enterar.

Terminaron de comer y la vieja picó las hojas y armó un cigarro. Se lo puso en la boca y acercó la punta al fuego. El cigarro se encendió en un chisporroteo y Vivi, después de un largo aspire, soltó por la nariz dos columnas de humo, sonriendo. Chupó del cigarro unas veces más y se lo pasó al negro, que ante el convite dijo que no con la cabeza.

—Mirá que sos amargado, eh, festejá esta libertad conmigo —le reprochó Vivi, con voz nasal.

—Bueno, vieja, está bien —contestó Amador y aspiró suavemente largando el humo en toses nerviosas. Volvió a aspirar varias veces. Una sonrisa se le fue dibujando en los labios. Los cuerpos se pusieron blandos. El cielo descargaba todas sus luces en el ojo del que mirara.

—Estas hojas son bien alegres —dijo Amador.

—¡Sí, negro! —respondió la vieja que estaba fascinada con el cielo.

¿Cuánto hacía que no miraba las estrellas a lo largo de la noche? Estaba desparramada en el piso. El viento débil que corría le acariciaba el cuerpo, la balanceaba en el sopor.

—Somos libres, Amador... somos libres ¡ja ja! —gritaba Vivi.

—Se siente raro vieja, cuando no está patrón para mandar. Patrón come mierda, vieja.

El negro acentuaba las palabras con el movimiento de una de sus manos. Se reían.

A lo lejos, detrás del médano, se escuchó el crujido de una rama.

—Ha de ser el viento —advirtió la vieja viendo que Amador paraba la oreja.

El filo de la faca del esclavo cortó la oscuridad de la noche. Pasaron unos minutos de silencio y otra vez el crujido. Amador se levantó.

—Vaya con Milagros —ordenó a la vieja.

Vivi fue a agacharse al lado de la esclava que dormía recostada contra el caballo.

Una voz deforme, aguda, entonaba una canción. El sonido crecía como si se estuviese aproximando, pero el negro no sabía si era un efecto del viento y estiraba el cuello sin entender.

—¿Quién vive ahí? —preguntó Amador.

La voz se acercaba y alejaba en lapsos muy cortos. El negro rápidamente tomó un manojo de ramas y le prendió fuego por la punta. Dio unos pasos en dirección a la voz. Pudo ver a una chica que articulaba las piernas con mucha dificultad y cuando llegaba a la mitad del recorrido se patinaba por la arena para abajo, después volvía a comenzar el ascenso. Eso era todo lo que lograba.

—¡Ehhh! —gritó el negro y volvió a repetir—. ¡Ehhh!

Los gritos se grabaron en la multiplicidad del espacio nocturno.

La chica levantó la cabeza y los ojos fijos se posaron sobre el cuerpo de Amador, que adelantaba la antorcha para tratar de ver mejor con quien hablaba.

—¿Qué esperás? ¡Ayudame! —dijo deslizándose con la espalda apoyada en la arena y dando largas carcajadas al llegar a lo más bajo.

—¿Eh? —dijo sorprendido Amador.

—Dije que me ayudes —gritó la chica.

Amador soltó la antorcha, se agachó y estiró el brazo como para que la otra lo tomara.

—Por la oscuridad que me parió —dijo el esclavo, y tuvo el reflejo de sacar la mano como quien se quema con hielo.

No hizo falta demasiada fuerza para que, de un tirón del brazo, Amador depositara a la chica arriba, donde él estaba.

—Señorita, ¿que está haciendo aquí a esta hora?

—Preguntás mucho y sabés muy poco, negro... ya te vas a enterar.

—Válganme todos los mandingas —gritó Amador, más asustado que sorprendido al ver el color de sus ojos—. Vivi... Vivi... —de inmediato apareció la vieja, que no imaginó nunca con qué se encontraría.

—Válganme... —la vieja tomó su amuleto de hueso entre las manos.

—Esas hojas que me diste, negra, ya no me traen ninguna alegría —le protestó Amador a la vieja frotándose los ojos.

—Qué hojas, estito es bien real —contestó Vivi, desairando las protestas.

—Por favor, se los suplico —dijo la chica y volvió a tender la mano para decir—: Perdón, Francine.

Los esclavos la miraban mudos. Francine sostuvo su mano con insistencia por unos segundos. Finalmente la vieja la saludo mientras decía:

—Sentémonos alrededor del fuego y hablemos más tranquilos.

—Estoy perdida hace muchos días, sin encontrar el camino de retorno a casa —dijo la chica—. ¿Podrían ayudarme? —Vivi y Amador se miraron con asombro.

—Por favor —insistió al borde del llanto—. Mi padre los va a recompensar. Cuando lleguemos, serán mis huéspedes de honor.

—¿Y dónde queda tu casa? —preguntó Vivi.

—Creo... que es... para allá —dudó Francine y señaló con el dedo hacia algún lugar.

Los esclavos giraron los cuellos y vieron lo mismo que si no los hubieran girado.

—Ustedes ¿hacia dónde van?

—Nosotros vamos para... para... dígaselo usted, Vivi —dijo al fin Amador, viendo que todos parecían el mismo lado.

La vieja giró la cara para un lado y para el otro, para por fin decir:

—Creo que mejor va a ser que te acompañemos.

 

La mañana le golpeó la cara con todo el furor de frente. Un mazazo amarillo se le partió en los ojos. Se paró y después de desprenderse el pantalón, abrió las piernas para orinar. Un chorro largo humedeció la arena, el arco disminuyó hasta mojarle la punta de los pies. Levantó los trastos y comenzó a caminar en zigzag para errar la carne del aguijonazo de algún escorpión. Un olor nauseabundo se estiró por el aire. “Olor de tripas con varios días al sol” pensó, y se alegró. Supuso que podría ser de un animal en descomposición, un caballo o algo así. Y que si sus conjeturas eran ciertas podría estar cerca de algún asentamiento. Las imágenes se le desparramaron en la cabeza. Podría pedir ayuda, agua, ubicación y que alguien le explicara cómo era que esa extensión por la que avanzaba sin llegar a ningún lado, no estaba indicada en los mapas. De todas las amenazas que había vivido o los padecimientos de los que fue testigo a lo largo de su vida, la desazón de su niñez, la di eria en una misión en las yungas, ver cientos de chicos carcomidos por el hambre y las vinchucas en la humedad de los esteros, en el colmo de la burocracia y la civilización, caer rendido de sueño una noche o una tarde y despertarse rodeado de perros y cadáveres, ahora le tocaba esta atrofia sensorial de estar encerrado en un desierto y sentía que nada podría ser más terrible. A medida que pasó la mañana, el olor se hizo insoportable y dejó crecer dentro de sí un zumbido potente, un aleteo de clamor de guerra. De repente vio una nube negra que se cerraba sobre el cielo. Pero no una nube de agua, sino un enjambre que avanzaba a gran velocidad, en dirección contraria a la que él se dirigía. Logró armar la carpa nuevamente y meterse adentro. Luego tuvo que taparse los oídos porque el ruido era insoportable y el hedor que se desprendía de la nube, también. Primero escuchó un toc-toc aislado sobre la cubierta y después un sonido seco, duro, de cuerpos que caen constantemente. Abrió el cierre apenas, como para ver de qué se trataban los golpes que estallaban contra la lona y se encontró con todo el suelo cubierto por cadáveres de langostas. Como si la tierra fuera un espejo de lo que se veía arriba, en el cielo. Parecía que en medio de aquel viento que teñía el aire, la carpa estuviera naufragando en un mar oscuro. Bajó el cierre de metal y se tiró en su interior. Armó un cigarro y fumándolo, recordó un verano, en su pueblo, en que las langostas aparecían en mangas interminables. Volaban cubriendo el cielo, la tierra, las casas. Se comían las cosechas, los árboles, la ropa de los tenderales. Cuando la música terrible del aleteo comenzaba a escucharse, la gente corría a los establos a guardar los animales y rezaba, llorando. Se las trató de combatir de todas las formas. Las envolvían en nubes de veneno, caían en masa. Se las atacaba mientras copulaban, mientras nacían, mientras dormían, pero no había caso, porque además cuando les rociaban el veneno, todo quedaba teñido de olor y gusto a insecticida. La carne de las vacas, cuadradas, inamovibles, con el cuero agujereado por las picaduras, la carne de los cerdos, que se volvía verde, fluorescente y con gusto rancio, porque se comían los cadáveres de los insectos que caían al piso. Fue una guerra tremenda. Cuando parecía que las mangas estaban acabadas y retrocedían, la gente se dormía celebrando sobre los mostradores de las cantinas, agotada por el esfuerzo del combate. Los hombres andaban a caballo por los campos. Tiesos como muñecos de trapo, con los ojos brillosos, disparaban a distancia, sin acertarle a nada. Y de repente reaparecían las nubes clamorosas, aleteando, como si estuvieran batiendo los tambores y llamaran a sus congéneres a devorarlo todo o morir en el intento. Entonces todo el mundo tomaba posiciones y marchaba a librar otra batalla. Hasta que alguien les habló de las moscas. Unas moscas, negras, peludas, grises, dijo. Las trajeron como quien compra a un ejército de mercenarios. Llegaron en un cajón lleno de celdas de alambre tejido. El olor que salía de aquel cajón era insoportable, a carne muerta, como el que Barredo volvía a oler ahora. Pusieron una langosta junto a una mosca en una caja de vidrio. Al principio se estudiaron como gallos de riña. Pero después, frente a la desesperación de la langosta que buscaba por todos los rincones de la caja, algún resquicio que le permitiera salir, la mosca comenzó a sobrevolarla, se acopló en su lomo y la inoculó durante varios minutos. Los ojos de la langosta se inflaron como dos globos de mercurio. Las dejaron allí tres días, la caja cubierta con un paño negro. Cuando volvieron, las larvas que había puesto la mosca, habían deteriorado todo el aparato reproductor del insecto hasta vaciarlo. La langosta estaba estúpida, como si le hubieran comido el espíritu. Así de vacíos estaban los cadáveres de las langostas que inundaban el piso alrededor de la carpa. Cuando terminó de recordar, el silencio afuera volvía a ser total. Abrió la carpa y un corredor de estrellas estaba sostenido sobre el cielo. No pudo evitar compararse. El desierto le comía el espíritu, como si una mosca le desovara sus larvas. Volvió a pensar que otra vez tendría que salir y seguir caminando sin sentido, sin dirección.

Entonces algo, tumultuoso como un reloj fuera de hora, se contrajo en su pecho y se quedó dormido.

 

El frío de la noche en el desierto es entrar a un tubo de vidrio por el que se resbala a otras regiones. Una voz despertó a Amador en medio del cansancio. Francine movía los labios. Dormida, decía frases incomprensibles.

—... no... no sé nada... tiempo... dentro... tiempo... mi nombre... devolvéme.

Bajo los párpados, las bolillas de los ojos bailaban con fuerza. El negro estuvo observando un rato y después despertó a la vieja.

—¿Qué pasa? —dijo Vivi, molesta.

—La chica…

La vieja se sentó y trató de prestar atención.

—Qué importa... mañana… noticias precarias... ladea su cintura... sombra pesada.

Vivi se sentó a pensar unos segundos. Sin saberlo, la vieja, imaginaba texturas, expandía su sombra y se colaba en el sueño de Francine, como un papel deslizado bajo el filo de una puerta. Adentro podía intuirse la tristeza, la ausencia de un sentido. Así se dibujaba un sortilegio difícil de resolver. Anduvo adentro del sueño, descalza, cortando plantas, y encontró a un hombre. Lo invitó a fumar y mientras lo hacían, hablaron sin tiempo. La lluvia caía en lombrices recortadas y lentas. Se sintieron cerca, como dos ángeles sin fuerza de salvarse uno a otro y que se encuentran después de mucho tiempo en un cielo que no entienden. Por momentos se abandonaban al silencio, para mirarse y reírse, sin saber que uno era el espejo del peligro del otro.

Barredo soñó que estaba sentado en una habitación amarilla, llena de pequeños hombres con rostros iguales al suyo, que eran como estatuas de carne y hueso rodeadas de objetos de porcelana. Los pisos tenían un brillo que enceguecía. Él permanecía sentado en un gran sillón rojo, apostado sobre un montículo de piedras a las que levantaba y comenzaba a lanzar haciendo puntería con los hombrecitos. Cada vez que acertaba, el hombrecito golpeado le decía algo, como si fueran pistas o indicaciones, pero él no lograba retener las palabras y le quedaba una sensación de que se estaba perdiendo la posibilidad de armar un mapa. Un mapa de palabras que lo ayudaran a salir de allí. Cuando erraba y rompía un objeto, los hombrecitos decían: “Uhhh” al unísono, como cuando en un estadio alguien yerra un tanto demasiado fácil de hacer. Desesperado comenzaba a tirar más piedras, pero cada vez le quedaban menos y más pequeñas y no lograban romper las cosas ni hacer decir nada a los hombrecitos. Entonces las palabras sonaban lejanas y deformes como si los hombrecitos las ladraran. Hasta que se quedaba sin piedras y comenzaba a llorar torpemente y los hombrecitos con su rostro corrían a abrazarlo y lo consolaban hablándole en un idioma incomprensible.

 

Caminaron de sol a sol, días y noches sobre el manto de raspe. De noche se quedaban en silencio bajo el hueso grisáceo de la luna. Con la sombra quemada sobre la arena fría. Vivi estaba más vieja, la piel llena de surcos, era un tótem. Del corazón, como un gusano, comenzó a brotarle el viento. Dijo que era tiempo. Atrás habían cruzado algunas poblaciones abandonadas. Allí se refugiaron, pero la tremenda sequía que cubría la tierra, hacía que las construcciones, por lo general de madera y en ruinas, se prendieran fuego de repente. Sacrificaron al caballo y cargaron todo lo que pudieron de la carne y de la sangre. Así, dijo Vivi, no morirían de hambre ni de sed. Andaban cubiertos de tierra, con los labios morados de la sangre que tomaban. Milagros era como una muerta en vida. Con los ojos abiertos, la mirada perdida e inconsciente de todo lo que pasaba. Hasta la mañana en que encontraron la piedra y la vieja dijo me quedo acá, y no caminó más. También les dijo que siguieran, que era tiempo y que no había nada que pudiera contra eso. Entonces, le besó la frente a Amador y le pidió que cuidara de Milagros y de Francine. Después cerró los ojos. El negro, con la mirada húmeda comenzó a caminar con la chica de la mano, Milagros los seguía. Antes de cruzar el medano, Francine pudo ver a lo lejos cómo el montículo de cenizas que se había hecho sobre la piedra, comenzaba a esparcirse con el viento. Esa mañana encontraron la entrada a la casa.

 

Escuchó voces y cuando salió de la carpa se encontró con un cuadro que no se esperaba.

¿Cinco o seis? Uno eran dos. La cara rajada tenía. Una cicatriz que le partía, que le multiplicaba los labios.

Chiquitos, flacos, harapientos. Corrían, venían corriendo. ¿Habían robado? ¿Tenían hambre? Pero el hambre, robando, gusano largo se hace. Teje su finura. El silencio en cambio es una tela que al principio da calor, después se petrifica como una mala sombra. O es como el hambre, una vez que se lo tocó, todo se vuelve inútil, inhallable y torpe.

Un tipo gordo, como para cerrar círculo, los perseguía.

—Ya le dije, son convictos.

—Yo me hago cargo, Inspector...

—Inspector Pablo Barredo... ¿Verdad? —lo interrumpió el otro.

—¿Me conoce usted?

—No.

—¿Y el nombre?... ¿De dónde sacó el nombre?

—Me lo dijo usted, antes.

Barredo sacó el pistolón como para que el otro entendiera. El tipo hizo un gesto, dio vuelta el caballo y se fue por donde había venido.

—Loco —gritó antes de desaparecer.

—Son responsabilidad mía, ahora —alcanzó a decirle.

Nadie, nada, le iba a sacar la posibilidad de volver a hablar después de tanto.

Un alivio enorme le recorrió las manos, la nuca, las encías.

Estuvieron un rato largo tratando de abrir los grilletes que tenían en los tobillos. Después hicieron un fuego y alrededor se sentaron a fumar y charlar. Comieron, él los miraba. De a uno se fueron durmiendo. El de la cicatriz seguía despierto.

—¿Dónde van? —preguntó Barredo.

—A ningún lado.

—Todo el mundo va hacia algún lugar —dijo.

—Crecimos acá, nacimos acá, ¿dónde vamos a morir?

—Morir ¿de qué hablas?

—Mi padre nos mandó a una guerra, cientos de nosotros quedamos atrapados de este lado de las cosas. Vimos morir a nuestros hermanos y hermanas en las manos de cerdos como el que nos perseguía. —Y después de darle un mordisco a la carne y masticar apurado, prosiguió—: Nosotros no tuvimos ni infancia, ni panes ni milagros. Hace mucho, antes de que llegara la epidemia de fiebre, yo pasaba todas las mañanas por una casa con tronadoras en su puerta…

Barredo se atragantó con el agua que estaba tomando. Después lo agarró de la camisa y lo zamarreó hasta que vio que el chico no tenía ningún tipo de expresión en el rostro. Cayó para atrás, exhausto. No entendía, no sabía qué hacía allí, no podía dilucidar si estaba volviéndose loco o qué.

El chico extendió la mano con las costuras de la palma del lado del cielo. Barredo la miró con terror. El chico cerró la mano.

—¿Conocés la salida? —preguntó.

—Falta poco… el borde se sufre, es la peor parte. Para salir hay que llenar una ausencia

—¿Una ausencia? ¿Y vos qué sabés lo que es la ausencia? —gritó Barredo y dio una carcajada irónica.

Se hizo un silencio, la noche se quebraba de larga.

Poco antes de dormirse el chico susurró:

—La ausencia necesita un testigo.

 

Despertó sintiendo que se moría ahogado. Alguien le meaba la cara con acertado entusiasmo. Medio grogui como estaba por el golpe que le dieron, dos brazos de considerable volumen lo levantaron de un tirón y comenzaron a arrastrarlo. ¿Así se terminaba su soledad? Pensó en que le hubiera gustado un nuevo contacto con la civilización un tanto más elegante, más solemne, en un desfile por las calles de la capital, bajo la mirada marcial, pero orgullosa de los generales. Algo que le asegurara que su tarea no había sido en vano y fuera premiada con el más alto galardón. Pero no, era así. A cambio de no sabía cuántos años de vagar por esa extensión llena de nada, persiguiendo a los que con el tiempo se convirtieron en seres imaginarios, recibía una orinada en la cara y una visión del mundo en subibaja. Vio que de la cartuchera le faltaba el pistolón y le habían sacado también la bandolera. Así que decidió dejarse arrastrar cómodamente, aunque tampoco atinó a resistirse ni a preguntar nada a los que lo hacían. Sin embargo trató de mirar qué era lo que había alrededor y de dónde venían aquellas voces. Lo invadió la tos, cuando el humo de la bosta que estaban quemando se le metió en la nariz. Un campamento se extendía hasta alrededor de cien metros a la redonda. Parecía una compañía en misión de algo, ya que tenían preparado todo un arsenal de artillería, como si fueran a entrar en batalla en cualquier momento. Hombres a caballo, algunos cañones y también unas cuantas mujeres bien predispuestas lavando ropa en unos fuentones de zinc. Lo arrastraron una decena de metros y lo dejaron frente a un escritorio improvisado en el medio de la nada. Apoyado en uno de los bordes del escritorio un hombre joven, delgado, con charretera de sargento, lo miró un largo rato con indiferencia mientras fumaba. Después se sentó en la silla y comenzó a leer, a firmar y sellar papeles. Pasó así una media hora en que el hombre ni se dignó volver a mirarlo. Barredo comenzó a toser nuevamente porque cada determinado tiempo el humo de la bosta lo invadía todo, como si alguien para mal de males, lo aventara. El hombre levantó la vista por sobre los lentes e hizo un gesto, como si de repente descubriera que ahí, tirado y lleno de polvo estaba el teniente inspector Pablo Barredo.

—¿Nombre? —preguntó con una dulzura casi irónica.

Barredo terminó de toser y lo observó con dureza.

—Quiero hablar con el responsable de todo esto —dijo.

—Muy bien —contestó el otro acomodándose los lentes, para inmediatamente volver a sellar papeles, como si esa mínima charla nunca hubiese existido.

Entonces Barredo se levantó, seguro de que tenía que hacer valer su grado frente a ese patán de campaña.

—No sé qué cargo ocupará usted en esta empresa, pero le aseguro que no va a ser divertido cuando se invierta la situación y me tenga que dar explicaciones en privado, ¿señor?...

El sargento lo volvió a mirar de arriba abajo para después decir:

—Voy a hacerle el favor de explicarle algo. Acá importa poco el grado que lleve arriba de los hombros, usted es un total desconocido, un trasnochado que amenazó a uno de mis hombres y se puso ilegalmente en custodia de un manojo de asesinos y además de todo eso, dejó que se escaparan.

Barredo enfureció.

—No tengo la menor idea de lo que está hablando —gritó con un dejo de angustia—. Hace no sé cuánto tiempo estoy vagando por este desierto y no sé nada de lo que está pasando aquí.

Al decir esto todos los que estaban escuchando la discusión a distancia pero sin mirar, se dieron vuelta y comenzaron a observarlo un poco asombrados y otro poco con una pena actuada. Después soltaron las carcajadas.

—Mire, no me complique más las cosas. La mañana está linda y vamos a tener la tarde libre. Dígame su nombre y si no quiere resultar lastimado, entre en el calabozo, cierre la puerta y trabe el candado de adentro hacia fuera —contestó el militar con tono de burla.

Los dos hombres que lo habían arrastrado hasta allí, comenzaron a acercarse con cara de pocos amigos. Eran grandes como roperos.

Barredo apretó los puños con fuerza y comenzó a ponerse morado de rabia, se tiró encima del sargento, lo derribó y una vez en el piso lo abofeteó ante la mirada sin expresión de los dos custodios que ya se acercaban con los puños cerrados, de rompe huesos. Barredo se levantó en silencio y antes de que alcanzaran a golpearlo se escabulló al calabozo, cerró la puerta y trabó el candado de adentro hacia afuera.

 

El túnel se abría en la tierra delante de ellos. Francine comenzó a saltar de alegría.

—Mi casa —gritó con entusiasmo y apuntó con el dedo índice, la rampa que descendía a sus pies.

—Entremos —dijo Amador.

Tomó la soga que se extendía unos metros y terminaba en el cuello de Milagros. Aunque no le gustaba, tomó la decisión de atarla después de encontrarla varias veces alejándose en otra dirección. Se internaron en el túnel. En el piso había antorchas que hacían visible el camino. Adelante se levantaba una construcción de piedra. Dos jóvenes de rasgos marcados custodiaban la entrada.

—¿Francine? —dijo uno de ellos al verla.

Francine se adelantó unos metros y los abrazó. Ellos observaron que detrás venía Amador, se soltaron rápidamente poniéndose en posición de ataque.

—Son amigos —dijo la chica.

Amador no entendía qué pasaba, pero sentía tranquilidad. Los guardias volvieron a abrazarse con Francine. Después dieron dos golpes y la puerta se abrió lentamente. Detrás apareció una hilera de pequeñas construcciones. Un corredor las separaba por el medio. Por ese corredor caminaron, observados por varios pares de ojos que se encendían en la oscuridad de los cuartos. Algunos salían a abrazarse con Francine, otros miraban con recelo a Amador y Milagros. Al final del camino apareció un hombre. No era muy alto, pero rodeado por los jóvenes, que eran más bien de baja estatura, parecía enorme. Extendió los brazos, esperando. Francine corrió y se estrecharon en un abrazo.

—Hija, hija querida, volviste —dijo el hombre y tomó a la chica por los hombros. Francine sonrió y volvió a abrazarlo.

—Padre Barnes, estoy tan cansada.

Después se dio vuelta para hacer un gesto a Amador que se acercó un poco desconfiado.

—Oh —dijo Barnes con cierta sorpresa al ver a Milagros—, esos ojos. —Se acercó y tomándola de las mejillas, con los pulgares de las manos bajó apenas la piel para observar el color del iris de los ojos de la esclava.— Qué ejemplar interesante —exclamó mordiéndose los labios como quien descubre un secreto ya sabido—. Bien —dijo luego con un gesto despreocupado para cambiar de tema abruptamente—. Imagino que estas personas son huéspedes tuyos, ¿verdad? Y si no me equivoco, estarán cansados. Acompañálos a darse un baño y ubicálos en las habitaciones, después los espero para cenar y charlar. Quiero que me cuenten de qué manera llegaron hasta acá.

La construcción no era grande pero sí laberíntica. Después de caminar unos minutos, desembocaron en un pequeño patio. De un lado las habitaciones, del otro, una suerte de depósito y una mesada larga sobre la que descansaban herramientas y otros materiales. Amador encaró para ese lado y el joven que lo guiaba lo hizo desistir tomándolo del brazo con fuerza.

—Las habitaciones, por aquí —dijo con una sonrisa pero con tono firme.

Amador se sorprendió con la fuerza del chico y de inmediato entendió que su curiosidad no era bienvenida. Volvió a tomar la soga de Milagros y caminó detrás del joven que no le sacaba los ojos de encima a la esclava. Se internaron en un pasillo oscuro en el que casi no se veían las caras. Al final del pasillo el chico sacó un juego de llaves y abrió una puerta.

—Aquí es la habitación —aseguró, haciendo un gesto con la mano.

Amador entró y respiró un fuerte olor a humedad y pensó en que rápidamente debían salir de allí. Detrás suyo sintió como la puerta se cerraba y una llave entraba en el cerrojo, girándolo.

En el salón se quedaron Barnes y Francine.

—Es ella —dijo la joven, con los ojos vidriosos de excitación.

—Lo sé, hija. Pero todavía no es el momento —contestó Barnes.

 

…El Mariscal es un hombre extraño. Alto, frágil, pero con una mirada que arrasa todo lo que tiene adelante. Como si dentro suyo morara un animal lento pero seguro de su secreto. La piel del color de un hongo y amarilla como una cáscara. Algo vivió en ese cuerpo en otro tiempo, pero ya se ha marchado. Está consumido por la droga. Y, paradójicamente, es lo único que lo mantiene en pie. Me convidó a pasar a su tienda. Era un cuarto amplio, de madera, con un escritorio al fondo con folios, sellos y un plumón a tinta. De las paredes colgaban algunos cuadros un tanto deteriorados por la travesía. A un costado, al lado de la ventana, había una biblioteca con volúmenes sobre tácticas militares que reconocí rápidamente. Me llamó la atención un pequeño libro de versos. Me quedé ojeándolo. Nos sentamos y me ofreció un puro. Después hizo entrar a uno de sus asistentes que nos sirvió una copa de vino a cada uno. Inmediatamente entró otro con una bandeja en la que traía algo envuelto. El Mariscal deshizo el envoltorio y sacó una jeringuilla, y ante mi mirada atónita, sostuvo la jeringa con los dientes y se sujetó el brazo con una tira de cuero para hacer saltar la vena. Después procedió a inyectarse.

—Si gusta… —dijo ofreciéndome la otra jeringa que estaba en la bandeja. Y ante mi negativa, concluyó—. Tiene suerte, si yo pudiera haría lo mismo que usted, pero a este paso, ella me va a dejar antes a mí. ¿Sabe qué? —continuó—. No hay hombre que se resista una vez que la haya probado. La posibilidad de dejarla es de una en cien, es una relación impresionante, ¿no cree? Hay gente que lo ha intentado y termina como mínimo con una bala en la cabeza. Si no se la ponen ellos mismos, se la ponen los revendedores a los que se les termina el negocio. Porque no es solo el dolor de la abstinencia, como dicen por ahí los publicistas de la salud. No. Es el placer de encontrar vida en todas las cosas. Pero por sobre todo, la sensación de poder sentir un resquicio de vida en uno mismo. Ahora, una vez pasado ese período de romance, se muestra como realmente es, un pulpo, una alimaña que lo toma todo. Es como si una uña que nos acariciaba con complacencia, de repente comenzara a hacerlo con más fuerza hasta hacernos sangrar. El brote de la sangre nos impresiona, pero a la vez, esa demostración de que todavía podemos hacerlo, de que todavía somos humanos —dijo y continuó—: Yo no soy nadie, todo lo que le estoy diciendo no es más que lo que ella quiere que le diga. Soy una cáscara. En breve voy a dejar de tener todas estas reflexiones y voy a entrar en un territorio blanco, quemado, que es el territorio de los adictos, donde las cosas no son más que lo que parecen. ¿Pero acaso la realidad no es eso? Ella en cambio es una pared enorme, fuerte y gruesa, y nosotros, con suerte, solo podemos habitar en alguna de sus grietas. Míreme si no. En medio de la nada persiguiendo, matando, mandando hombres a matar en nombre de qué. En nombre de la historia, supongo. Qué otra cosa podemos pretender nosotros, gente de a caballo que no sabe nada, y qué pretensión ¿verdad? Acá no va a sobrevivir nadie, sin embargo todos quieren asegurarse un lugar, aunque más no sea mínimo. Una pequeña bolilla en un programa estudiantil, el nombre de una placita en medio de un pueblo perdido en la soledad de la pampa donde los borrachos vayan a mear. Sabe lo único que puede tener apenas un pequeño acercamiento a la vida, la poesía. Por ahí le suena romántico. —Y señaló con su mentón en dirección al libro que yo había dejado sobre una de las sillas—: Sabe qué, mi alarmado compagnon… Estamos en el día del conejo, en la noche del elefante en descanso —dijo con tono elegíaco.

Yo pensaba que el tipo se había vuelto completamente loco y también me preguntaba si era posible tener tanta mala suerte de venir a cruzarme con esta sarta de dementes en medio del desierto. Lo único que quería era salir de allí. El Mariscal continuó:

—La Ciudad está podrida, llena de muertos. Y no digo de esos que en las historias de los diarios opositores en los que se burla al gobierno central dicen que comen cerebros. Porque por ahí, una ingesta de materia gris les generaría un efecto productivo. Digo muertos en vida que quieren droga. La que sea. Algo con lo que puedan relacionarse de forma dependiente. —Y musitó—: Ah, la dependencia, ahí está la verdadera pica de los lobos.

La noche comenzaba a caer y habíamos quedado casi a oscuras. Los ojos del Mariscal tenían un brillo extraño, como si dentro contaran con el frondoso favor de las luciérnagas. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, me comentó:

Es una característica de los adictos… Por un efecto químico de la droga, los ojos brillan en la oscuridad. ¿Qué paradoja, verdad? Como si realmente pudiéramos ver algo que los demás no. Pero le aseguro que no es nada especial. Estamos ciegos, cansados y ciegos.

Un sirviente entró y prendió los soles de noche, después le comunicó a su jefe que la cena estaba lista.

—Pasemos a comer —me conminó con cierta displicencia.

En un cuarto continuo, pequeño pero bien dispuesto, en una mesa que ocupaba bastante del espacio del cuarto, se encontraba sentado el sargento al que había abofeteado la mañana que me trajeron al campamento. El hombre se levantó de su asiento al vernos entrar, y luego de saludar con un gesto de disciplina al Mariscal, extendió su mano hacia mí. El gesto me tomó por sorpresa y respondí extendiendo la mía y saludándolo con un dejo de torpeza. El hombre parecía no darme por conocido, así que yo hice lo mismo y después de que nuestro anfitrión lo hiciera, me senté en la mesa.

Comimos alumbrados por velas. La comida estaba deliciosa y el vino que sirvieron de unas pequeñas garrafas, estaba dulce y helado. Cómo deseé que estuvieras allí, habría dado cualquier cosa en ese momento para que pudiéramos mirar estrellas fugaces sin lograr hacérselas notar al otro. Para reírnos en el fondo de las copas del vino. ¿Te dije ya, cuánto extraño nuestras caminatas por los puentes? ¿O nuestras charlas bajo el crisol de los colores en octubre? Creo que no.

El Mariscal es un hombre de modales refinados, cosa que me asombró sobremanera, ya que por lo general las personas que ocupan estos cargos en épocas de guerra, fuera de las ciudades o en las fronteras, son carniceros sin ton ni son. Mercenarios a los que se les paga por salir a cazar enemigos. Y que solo reciben órdenes de los comandos centrales y llevan adelante su tarea con un desgano que solo se ve favorecido por la venganza con que le hacen pagar a sus dirigidos, el tener que estar en esa situación. Pero en este caso era evidente que algo era distinto.

—Le voy a ser sincero, Inspector —dijo de repente, con un semblante totalmente distinto al que tenía un rato antes—. ¿Usted debe estar ansioso por saber qué es lo que pasa allá afuera, verdad? La situación no es la mejor. Hace algunos años, el gobierno central estaba llevando adelante una serie de investigaciones científicas en relación a la cadena genética en monos y ratas. El especialista que estaba a cargo de la investigación, el doctor Barnes, un científico eximio que repatriamos para el proyecto, era un hombre del riñón del gobernador. Barnes tenía una hija que murió en un accidente en medio de las investigaciones. Cuando esto ocurrió, Barnes se volvió un tipo huraño y ensimismado. Se obsesionó con el cadáver de su hija, lo conservó congelado y comenzó a hacer réplicas del cuerpo. En eso, usó los procedimientos que obtuvo de las investigaciones, para hacer un experimento que le dio resultados positivos. En un principio el gobierno central trató de disuadirlo argumentando que su proyecto interfería con el bien común de la nación y bla bla bla. Se le pidió que abandonara las investigaciones, lo sacaron del proyecto y le ofrecieron ser un consultor. Se lo premió con todo lo que había y lo mandaron a su casa a embalsamar pajaritos. Pero como imaginará, a esa altura, Barnes contaba con demasiada información, instrumental y también demasiados secretos, así que decidió desoír totalmente las recomendaciones que le hiciera en su momento el gobernador. ¿Me sigue?

—Sí, pero prefiero que vaya al grano, por favor —le respondí, ya que necesitaba saber. Una ansiedad terrible me había trepado por las piernas y me agitaba el pecho.

—Ya —dijo el Mariscal, y después de encender un puro, continuó—: El doctor Barnes encontró una forma muy sencilla de hibridar células madre y de esa manera por medio de un proceso que sería más largo y complejo de explicar, está fabricando, si se me permite un término tan burdo para referirme a algo así, una población de niños a los que recluta para llevar adelante esta guerra descabellada. Son asesinos sofisticados y sádicos, con una inteligencia superior. Ha armado una secta de asesinos que hace peligrar la integridad de cualquier ciudadano del país.

—Nuestros ingenieros trabajaron sobre un terreno virtual, y lograron crear un desierto hasta donde se lo llevaría a Barnes y a su pequeño ejército. La idea era sacarlo de la ciudad lo más rápido posible. Una vez adentro, el sistema estaba preparado para activar una explosión que los borraría del mapa. El método y el plan eran perfectos. ¿Se imagina lo que sería para las guerras futuras un sistema así? —dijo mientras miraba la noche—, pero evidentemente algo no funcionó y el diseño no se activó nunca, dejándonos a todos a la deriva en esta tierra.

—Estamos acá por una sencilla razón —dijo levantándose, y tomando un puntero marcó una zona en el mapa que el sargento había desplegado en una de las paredes—. El laboratorio de Barnes se encuentra en algún punto de este desierto. No sabemos todavía ni la magnitud del asentamiento ni si como sospechamos, se encuentra debajo de la tierra. Hemos perdido muchísimos hombres antes de llegar aquí y según los últimos informes, estamos cerca de hallarlo.

—¿Y qué pasó con la ciudad? —me apresuré a preguntar. No podía dejar de pensar en vos, Jane Rose.

—Está prácticamente sitiada. Por eso el gobierno central propuso que cada provincia tomara el control y decidiera independientemente de las demás, de acuerdo a cómo se fueran desarrollando los hechos dentro de sus límites. Pero esto también trajo algunos problemas. Que cada provincia decidiera de manera independiente, despertó ciertas suspicacias y también algunos antiguos rencores que se creían enterrados. Algunos gobiernos del interior han hecho alianzas para, llegado el caso, desconocer totalmente la centralidad de La Ciudad y sacarse de encima no solo a la población militar, sino dejar que esta peste limpie de una vez y por todas a la población civil. Culpan a La Ciudad de promover una política de exclusión y hacer la vista gorda frente a los negocios de las bandas que trabajan en la clandestinidad, pero a plena luz del día, y enriquecerse entre otras cosas con la venta de carne y sangre en el mercado negro, donde la mayor cantidad de desaparecidos son ciudadanos del interior sin que se haya resuelto ni el uno por ciento de los casos. Resumiendo, acusan al gobierno central de ser socio en el tráfico de sangre y órganos.

Alguien golpeó la puerta.

—¿Sí? —preguntó el Mariscal, con un gesto grave y después de dejar el puntero sobre la mesa se dirigió rápidamente hasta el otro cuarto. Un soldado entró y luego de cuadrarse, le susurró algo que no llegue a oír.

—Hágalo pasar —le ordenó el Mariscal al soldado.

Inmediatamente entró un hombre al que el Mariscal saludó afectuosamente.

—Perdón —dijo el hombre. Estaba sucio y con el uniforme raído —. No podía esperar para comentarle el parte de las expediciones, señor.

El hombre, de apellido Gancedo, era el jefe de la división a la que todos conocen como “Topos”, y que se encarga de hacer el trabajo de seguimiento y ubicación del enemigo. Se les llama así porque para no ser descubiertos trabajan cavando túneles bajo la tierra. El Mariscal le ofreció un vaso de vino helado. El hombre se lo tomó de un trago y comenzó a balbucear como si continuara una especie de monólogo.

—Divagué entre los cuerpos tratando de encontrar una razón —dijo —. En la tierra no cabría tanto, pensé. Despertamos. No dormir al principio fue fácil, con solo pensar que eso nos salvaría. Pero el sueño es traidor, el sueño viene cuando uno más espera. Viene y arrebata el cuerpo. Sueño puerco y espejismo. Nos dejaba ver con los ojos semiabiertos. Si afuera todo se había detenido, si no había testigo de mi cuerpo durmiendo: cristal, una playa invadida de plumas.

Nos pateábamos unos a otros. Los perros huían. Los colmillos blancos contra los soles de noche. Y de repente vigilia. Un ataque de vigilia, donde todos, que a esa altura era cifra vedada y compartida, nos desquiciábamos los ojos con la sal del agua. Corríamos a un lado y otro, aguantando, felicitándonos estúpidamente. Los fuertes. Cantábamos desesperados, pedíamos. Viendo que era la vigilia, una forma de preparación. Como si ahora la muerte nos quisiera arrebatar lo más vivos posible.

El tiempo se llena de gusanos cuando lo que tenemos alrededor desaparece. Cuando todos son llevados y nosotros nos quedamos esperando. El filo es un péndulo perfecto. Pero a esa altura de un lado y el otro, el filo está en el medio, nunca se sabe quién se quedó sin qué —dijo hipnotizado, las manos sudorosas—. Las tropas de Barnes iban conociendo nuestro paradero porque seguían el rastro de los muertos que se desprendían de las filas y quedaban caídos igual que migas de pan que alguien tirara para no perderse de su propia tumba. Para cavar, usábamos los omóplatos de los caballos muertos que caían en las trampas, quebrándose las patas después de sacrificarlos y comerlos. Los soldados tienen miedo, señor, no quieren pelear. La mayor parte de los enfrentamientos se da por las noches. ¿Usted se imagina qué nivel de cordura puede tener estar bajo tierra, en medio del desierto a mitad de la noche, luchando cuerpo a cuerpo con esta especie de asesinos? En realidad somos como fantasmas. —Y largó una carcajada—: ¡Fantasmas! —dijo de inmediato, con gravedad.

El sargento se había quedado dormido con la cabeza apoyada en la mesa, sin que nos diéramos cuenta.

—Todo esto es una locura de la que no vamos a salir con vida —dijo finalmente el Mariscal después de darle una última pitada, seca y larga al cigarro que fumaba.

Alguien volvió a llamar a la puerta, entró y le dijo unas palabras al oído. Yo seguía entendiendo muy poco.

—Pero entonces, ¿en qué territorio estamos? —se me ocurrió preguntar.

El Mariscal se paró y caminó hacia la puerta y antes de salir se dio vuelta para decirme:

—En ninguno. Esto no le interesa a nadie.

 

Barredo enrolló y lacró el papel, lo ató con una cinta, para después meterlo en el tubo de vidrio y dejar que el viento lo hiciera rodar por la tierra, hasta perderse.

 

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