La boca seca
Cuarta parte
El Mariscal dijo que saldrían al amanecer. Un espasmo súbito invadió el pecho de Barredo. Recordó los días en que era escribiente en un cuartel al otro lado del Río Grande, cuando recién egresó del Liceo. Tomó el resto de vino que descansaba en el vaso y se durmió. Al amanecer la caravana tenía todo preparado para salir. El aire estaba frío pero el sol irradiaba una luz potente, como para que los soldados que no se bamboleaban sobre los caballos entre el estupor y la resaca, supieran dónde ponían los pies. Avanzaron algunos kilómetros y el terreno cambiaba abruptamente. El Mariscal paró a la tropa y dio descanso. Se adelantó varios metros para hablar con uno de los hombres que iba leyendo la tierra.
—¿En qué ubicación estamos? —preguntó.
El hombre era un soldado de baja estatura y un tanto desgarbado.
—No estoy seguro, señor —afirmó con tono dubitativo—, ayer al hacer el reconocimiento esta concentración de árboles y plantas no existía.
El Mariscal miró hacia adelante y vio como la selva que se abría a sus pies, crecía a pequeños brincos, metro por metro.
—Mmm —gruñó un poco azorado mirando el terreno con sus binoculares—. ¿Cuántas líneas nos quedan para la ubicación?
—Quince, señor —afirmó el soldado.
—¿Y usted sabe a cuántos kilómetros se encuentra el objetivo?
—Hasta ayer sí, señor. Ahora con este pulmón de vegetación adelante no estoy seguro. El terreno podría haberse ampliado o disminuido. Podríamos haber retrocedido. Los márgenes de error en un terreno de estas características son demasiado variables.
Barredo se acercó hasta donde el Mariscal estaba dialogando con el guía.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—El terreno está variando más rápido de lo que pensábamos — afirmó el Mariscal y le pasó los binoculares a Barredo—. Tenemos que encontrar a Barnes lo antes posible y comenzar el retorno. Podríamos quedar varados acá infinitamente.
Barredo miró con un dejo de estupor la selva que se abría a los pies del barranco desde donde estaban apostados. La manta verde no dejaba de crecer, como un hongo en una pared, con insistencia silenciosa. Y en esa fracción de segundo entendió por qué estaba allí hacía tanto.
—Vamos a tener que hacerlo de otra forma —dijo el Mariscal para después gritar—. Traigan al rastrero.
Las filas se abrieron y de entre la reja que sellaba una de las carretas asomó una mano huesuda que se extendía hacia fuera con un gesto de ansiedad. El soldado que custodiaba la celda dio un bastonazo sobre los barrotes como para que el que estaba adentro se replegara. Después pidió ayuda a otro soldado y abrieron la reja. El cuerpo que se había retirado hacia un rincón, estaba enroscado sobre su propio lomo igual que un perro. El soldado se acercó con cuidado hasta que logró acertar la correa que llevaba, en el cuello sarnoso del chico que lo miraba desde el fondo de sus ojos. El soldado tomó la soga y comenzó a tirar para que la fuerza que hacía el otro no lo arrastrara. Cuando salió, la formación se abrió inmediatamente para darle paso. El chico era rubio, estaba completamente desnudo y tenía la espalda llena de protuberancias, como si le hubiesen implantado bolas de metal bajo la piel. A mitad de la espalda, una deformación que no era del todo deforme, sino más bien armónica, hacía que pareciera encorvado, igual que si un cable lo tensara desde arriba.
—Dios mío —exclamó Barredo con un gesto de horror.
—Otro juguete del ejército ¿no es increíble, Inspector? — preguntó el Mariscal y después de dar un trago largo a la petaca que sacó del bolsillo de su chaqueta, se limpió con la manga y se la pasó a Barredo para decir—: Este es el futuro, inspector. El hombre no necesita más que del hombre.
Se agachó y tomó un puñado de tierra con la mano. Con la otra que tenía libre comenzó a acariciar la melena mugrienta del animal. Llevó la tierra a la boca del chico, que la olisqueó y después sacó la lengua y comenzó a lamerla. La degustó y la escupió en el suelo con su risa de hiena.
—Allá —dijo, con la voz marcada por su lejanía con el mundo, señaló con la cabeza en dirección al sol.
—Fin del descanso —dijo el Mariscal. Y las voces de los soldados repitieron “fin del descanso”, “fin del descanso” como un eco bobo—. Vamos hacia allá. Que Dios nos ampare. El rastrero guiando, adelante —ordenó con frialdad.
Amador rompió uno de los vidrios de la puerta y trató de forzar el pasador de hierro que trababa la reja desde afuera, pero el candado era demasiado grueso y ni siquiera pudo moverlo. Dentro de la habitación, que parecía tallada en la piedra, había una cama, una mesa con una jarra con agua y en la silla, junto a la mesa, un recipiente circular, de loza. En una de las paredes una falsa ventana tras la cual, al abrir sus hojas, Amador descubrió más pared. Una serie de imágenes le atravesaron la memoria. Otra vez estaban como empezaron. Se trataba de estúpido, se preguntaba cómo había caído en la trampa, por qué se había entregado tan fácilmente.
—Si Vivi estuviera con nosotros esto no nos hubiera pasado. Tenía razón, soy un cimarrón —se lamentó en voz alta mientras buscaba algo con lo que hacer palanca para vencer el cerrojo.
Sin embargo una sensación de bienestar se expandía dentro de la celda. Sin entender de qué se trataba, y como nunca emitía palabra, no reparó en Milagros. La mujer se sentó en la cama, los ojos fijos en la puerta. La luz que irradiaba su mirada no era normal. Parecía que dentro hubiese sido colmada por el rango del fuego. La reja comenzó a dar sacudidas. Amador seguía concentrado en tratar de moverla y pensó que los temblores eran por sus propios movimientos, hasta que los sacudones comenzaron a ser más fuertes y el negro aferrado a la reja con las manos quietas, sintió que le subían por los brazos y se extendían por todo el cuerpo. Dio unos pasos hacia atrás y se asombró cuando vio que la puerta ahora se movía como si fuera a salir despedida en cualquier momento. Se dio vuelta y descubrió detrás suyo que en la habitación todo estaba suspendido en el aire. Del susto cayó sentado en el piso. Estuvo unos segundos aturdido, sin entender qué pasaba. Hasta que los ojos de Milagros, y ese fuego arrasador en el que se habían convertido, se posaron sobre él y comenzó el ascenso. Leve, la esclava lo hizo viajar sentado en el aire por toda la habitación. En vano fue que Amador tratara de bajar de esa burbuja invisible que lo sostenía. Al contrario, lejos de saber cómo hacerlo, empeoraba las cosas, ya que giraba o quedaba parado sobre una nada patinosa. Daba vueltas igual que un astronauta en un simulador espacial. En medio del movimiento, vio que la puerta se abría y parados bajo el marco aparecieron las figuras de Francine, Barnes y dos chicos: el que los había encerrado en aquella celda y otro de mediana estatura pero con bastón, gesto de cansado y cara de viejo. El que se apoyaba en el bastón, se acercó a Milagros y al hacerlo aumentó la intensidad amarilla en los ojos de la esclava.
—Daniel, por favor —dijo Barnes.
El chico se alejó caminando con dificultad mientras le sonreía a Francine buscando su complicidad.
Barnes caminó hasta la esclava y le tocó la frente.
—Está hirviendo —exclamó mirando a los demás. Sacó de su bolsillo una jeringa, presionó apenas el inyector y un chorro corto de líquido salió disparado al aire. Después pinchó el brazo de Milagros que se desvaneció al instante. Al mismo tiempo Amador cayó al piso y chocó contra la piedra, ruidosamente.
El esclavo se levantó como pudo y una vez que logró salir del mareo miró a Barnes con la peor de sus caras.
—Entenderá que este encierro es una precaución que debimos tomar —dijo Barnes, disculpándose.
—Me imagino —contestó Amador todavía mareado por el golpe.
—Se estará preguntando qué es todo esto que acaba de ver, ¿verdad?
Amador miró a Barnes en silencio, esperando la explicación.
—En resumidas cuentas, esta mujer —afirmó el científico señalando a Milagros— es a quien estábamos esperando. Vendrá con nosotros para que podamos examinarla.
Entraron dos chicos que cargaron a Milagros en una camilla. Amador se preparaba para acompañarlos cuando Barnes lo frenó.
—Usted no —dijo poniéndole la mano en el pecho.
—Cómo que… —antes de que pudiera terminar la frase, algo le pinchó el brazo y él cayó al piso.
—Usted va a descansar, amigo mío. Ya veremos en qué puede ayudarnos —dijo Barnes mirándolo mientras cerraba nuevamente la reja.
Cabalgaron bordeando la yunga que había surgido casi delante de sus ojos. El calor agobiante se trenzaba con el borde del verde, que cada tanto tendía su trampa y los dejaba dentro de sus límites. Igual que una planta carnívora que espera un mínimo gesto de la mosca para cerrarse y digerirla. Algo había de bueno en todo eso, y era que a la vera de los árboles podían cabalgar bajo la sombra. Por eso el Mariscal solo hizo caso en parte a lo que el rastrero les indicaba como camino a seguir. Así llegaron hasta un árbol del que colgaban unos frutos amarillos. Los soldados no dudaron en abalanzarse sobre la planta, sin siquiera frenarse ante el grito de alto del sargento, que para que se mantengan a raya tuvo que dar un tiro al aire. Después cabalgó al trote y sin desmontar se paró delante de los tres soldados que se habían anticipado a los demás en su desesperación y, mirándolos uno por uno, se acercó hasta el último y le dio un golpe que lo hizo tambalear e ir a dar de rodillas al piso.
—Idiotas —dijo—. ¿Qué fruta es esa?
Ante la pregunta, los soldados apenas levantaron las cabezas. En parte porque sabían que así quedaban expuestos a recibir una nueva descarga del brazo del sargento, que seguía erguido en el aire y que ante el silencio, se bajó del caballo y tomando a uno de los soldados de las solapas repitió la pregunta:
—¿Qué fruta es esa?
El joven que no llegaba a los quince años, tenía bigotes incipientes y por el miedo mantenía el ceño fruncido. Contestó con un hilo de voz:
—No lo sé, señor.
—Entonces, imbécil, si no sabe de qué se trata, manténgase en la fila —gritó el sargento y lo soltó dándole un empujón—. Esas frutas pueden ser venenosas.
El Mariscal que miraba la escena a unos metros, se acercó y clavó los ojos en los otros.
—¿Nombre, soldado? —le preguntó a uno.
—Iribarne, señor.
—Iribarne, vaya hasta aquel árbol y pruebe esa fruta.
—Pero…
El Mariscal lo miró. No hizo falta más nada para que el hombre comenzara a caminar, transpirando y con las piernas temblorosas.
Barredo, que no quería intervenir en ese tipo de situaciones, miraba la escena cargando con una ira que aumentaba a cada momento.
El soldado llegó hasta el árbol y se dio vuelta. Alcanzó a decir un seco “por favor, señor” mientras que giraba, pero cuando quedó de frente al Mariscal, vio que lo apuntaba con el pistolón.
—Estimo, Iribarne, que conocerá mis habilidades co-mo tirador, ¿verdad?
—Así es, señor.
—Bien, aclarado eso, debo decirle que tiene dos opciones: una es que coma la fruta y tenga una posibilidad de vida de cincuenta y cincuenta. Y la otra es que no lo haga y quede a merced de la certeza de mi pulso. Usted elije.
Ahora la transpiración se hacía evidente en la camisa del soldado que giró para tomar la fruta. La llevó a la boca con las manos temblorosas y dio un mordisco que su propia mandíbula se resistió a dar. Masticó los primeros pedazos con cuidado y después comenzó a comer y a tragar con fruición. Terminó la primera fruta y tomó otra y comenzó a reírse a carcajadas.
—Mmm —gruñó levantando las manos todas chorreadas de jugo en dirección al Mariscal.
Todos se contagiaron y rieron sin dejar de observar a su superior, que también reía satisfecho.
—Muy bien —dijo el Mariscal en tonó conciliador—, ¿terminó?, ¿ha sido suficiente?
—Sí —contestó el soldado, que ya se limpiaba las manos en el torso de la chaqueta y la boca con ambas mangas y comenzaba su retorno a donde estaba la formación, cuando el otro hizo un gesto rápido con la mano y le clavó un balazo entre ceja y ceja. El cuerpo cayó para atrás sin tener tiempo de torcerse siquiera.
Todos volvieron a montar en total silencio.
—Disciplina —dijo el Mariscal y le dio un escupitajo al piso al pasar por al lado del sargento.
Recostaron a Milagros en una placa de metal y ajustaron las correas a los brazos. Martín, el chico que los había encerrado, se acercó para darle agua. La mujer tenía los labios partidos por la sequedad que le infligía la fiebre.
—Nosotros somos tus pequeños servidores —le dijo el chico a Milagros en el oído, mientras le humedecía los labios con un paño que cada tanto estrujaba haciendo que el líquido goteara dentro de la boca de la esclava.
Barnes giró una manivela y levantó la placa hasta dejarla en posición vertical. Colocó los retenes en los parpados y los hisopos en las sienes. Observó los irises de los ojos.
—Martín —dijo después de meditar unos segundos—, quiero que veas esto.
El joven se acercó y miró a través del tubo un rato largo, como si estuviera viendo dentro de un caleidoscopio.
—Es como mirar dos mundos —dijo con emoción.
—Mhm —contestó Barnes con una sonrisa dibujada en los labios—, es ella. Haremos un estudio de probabilidades.
No había terminado de preparar las cosas cuando la pequeña señal roja que había sobre la puerta comenzó a titilar.
Barnes entendió de inmediato. Corrió los pistilos de la puerta del laboratorio y al mirar por el pasillo vio que Gabriel venía caminando a gran velocidad. Su rostro le confirmó la sospecha.
—Doctor, atravesaron el espectro, están cerca —dijo el chico agitado.
Los días que siguieron a la muerte del soldado, Barredo notó que la actitud del Mariscal cambiaba constantemente. Eran frecuentes sus ataques de ira con sus oficiales cercanos. Una tarde antes de la cena, los soldados cerraron un círculo con sogas y armaron un ring. En el primer turno el cabo Rodríguez le zampó un cross a la mandíbula a uno de los escribientes que le dejó la cara un poco ida hacia un lado y rendido en uno de los rincones. En el segundo turno, Martínez, comió tierra varias veces antes de dar un golpe certero en la oreja de Raga, el cocinero, y dejarlo fuera de combate. Los soldados se quedaron abucheando lo que consideraban pura suerte. Los ánimos y las apuestas subían y bajaban. Muchas veces los turnos eran programados a partir de deudas que unos mantenían con otros. Barredo observaba lo que pasaba desde los fogones donde se cocían los animales, divertido y tomando aguardiente de un botellón. Pero lo que nadie esperaba fue lo que pasó en el último turno. El Mariscal se paró y desabrochó su camisa lentamente. Después pidió que le vendaran una de las manos.
—Bien —dijo parado en el centro del círculo mirando a su alrededor—, ¿quién es el próximo? —Los soldados bajaron las miradas.— Vamos, no me van a decir que le tienen miedo a un viejo con una mano casi inmóvil. Doy demasiadas ventajas como para tenerme miedo —exclamó.
Después de un silencio largo se escuchó una voz detrás de las filas.
—Yo le voy —dijo el sueco. Un morocho enorme que llevaba siempre en el bolsillo de la camisa, la foto de una rubia bastante joven, con poca ropa y que decía que era su madre. Por las noches la alquilaba a cambio de tabaco o aguardiente a cualquiera que se la pidiera para mirarla.
Empezaron a hacer apuestas y el Mariscal se vio bastante desfavorecido en el pizarrón en el que las anotaban.
—Diez a dos arriba el sueco —gritó el cabo Ordóñez.
—¡Ja! —exclamó el Mariscal—, pasan del temor a la desconfianza con una rapidez incuestionable.
Se pararon en el medio del ring. El sueco parecía un mamut, dando pasos pesados hacía que las hormigas subieran de un salto al cielo de polvo para caer lentamente a tierra, bordeando el aire con sus fragmentos de hoja. El Mariscal con un corte de gato que favorecía su figura alargada, buscaba descifrar el misterio que abriera el cuerpo de su contrincante. Comenzaron a caminar alrededor del centro del círculo de tierra. El primero que atacó fue el Mariscal, con una combinación de golpes, amagando con la mano vendada y golpeando con la otra, hizo que la nariz del sueco se respingara varias veces como si tuviese un estornudo germinando en cada agujero. Después un abrazo de oso dejó que los huesos del Mariscal crujieran. Los soldados vociferaban alrededor con los ojos desorbitados. El aguardiente rodaba de mano en mano. Así estuvieron un buen rato, hasta que empezaron a moverse con pesadez. El Mariscal ya no coordinaba las manos y el sueco, cada vez tardaba más en cerrar los brazos. Hasta que casi por casualidad el Mariscal resbaló y el otro le cayó encima con más torpeza que destreza deportiva. Parecía el final de la gresca, ya que el sueco lo tenía tomado a su superior con todo el peso del cuerpo, cuando una flecha le cruzó la garganta. Los soldados se alborotaron y muchos murieron con un grito de sorpresa atravesado. Barredo tuvo reflejos como para esconderse atrás de los animales que estaban cociéndose al fuego y que ya ostentaban en su carne los arponazos lanzados desde los árboles que bordeaban el campamento. Arrastrándose llegó a tomar su cartuchera y sacar el arma para disparar. Lo que se movía en los árboles saltaba de rama en rama sin perder el equilibrio, a una velocidad de sorpresa que no dejaba acertarle más que a las sombras. De a poco los soldados pudieron hacer pie en el desconcierto.
—Suelten los animales —se le escuchó gritar al Mariscal.
En medio del desbande un ruido de cerrojos que se abrían desafinando el aire de la tarde, dejó que salieran los demonios propios de las celdas. Al cruzarse se dieron caza por los árboles, y cayendo se devoraron a tarascones. Los soldados acuchillaban a mansalva a propios y ajenos porque eran indistinguibles las pieles salpicadas de manchas amarillas. Barredo se trenzó con uno y estaba a punto de perecer bajo un colmillo, cuando alguien, a quien no llegó a verle la cara, pasó con el cuchillo de lado a lado el cuerpo del que lo atacaba. Todo se volvió de carne. Atrás del sol quedaron los gemidos de los pocos que resistieron. Pudieron reunirse en el centro de la matanza con las manos llenas de colgajos pegados a los dedos.
Barredo, sentado, sostenía su cuchillo al borde del fuego, esperando que volvieran. A lo lejos pudo ver al Mariscal. Comenzó a arrastrarse sobre los cuerpos, cuando descubrió que el otro lo observaba con los ojos desorbitados.
—Hey —gruñó el Mariscal y le pegó un trago largo a la botella. Después estiró el brazo para alcanzársela a Barredo—. Tremenda tarde, ¿no?
—¿Qué clase de mierda es todo esto en lo que estamos metidos? —preguntó Barredo rechazando la botella—. Quiero que me lo aclare ya.
El Mariscal dudó un segundo.
—Es mejor así, Inspector. Usted no tiene idea y le aseguro que no querrá tenerla.
—Pero usted sí. Estos soldados no son más que chicos, no están preparados para una cosa así, los están masacrando —dijo Barredo con esfuerzo, el aire se le clavaba debajo de las costillas—. No puedo pasar por alto un informe —llegó a decir antes que el dolor lo hiciera callar.
Pero el Mariscal ya no escuchaba. Sacó una jeringa de su bandolera y golpeándose lo que le quedaba del antebrazo hizo saltar la vena. La picó y se recostó sobre uno de los cuerpos que yacían en el piso y ahí se quedó, mirando la oscuridad con los ojos perdidos. Amador se despertó con un mareo blanco en los oídos. La puerta giraba dentro de sus ojos igual que una ruleta. A lo lejos escuchó pasos que se acercaban por el pasillo. Se tocó el brazo donde sentía un fuerte pinchazo. Las voces se mezclaban con el sonido de su respiración y las palabras caían como agujas.
—Pronto… Milagros.
Escuchar el nombre de la esclava lo hizo reaccionar. Se aferró al sonido como un naufrago se aferra a una tabla de madera para llegar a la orilla. Alguien abrió la puerta de la habitación y le tiró agua en la cara. Al ver que el esclavo no se movía, volvió a tirar. Amador saltó y de un movimiento ya estaba de pie. Con un manotazo hizo volar el vaso de la mano del otro.
Delante suyo distinguió a contraluz la figura recortada de Barnes, se le fue encima arrinconándolo contra la pared.
—¿Dónde está Milagros? Hijo de una Mandinga —dijo con el puño preparado para golpear.
Barnes giró el cuello todo lo que pudo tratando de que el golpe no le diera de lleno sobre el rostro.
—Martín —dijo casi gimiendo. Amador sintió dos manos que lo tomaban de atrás y lo arrancaban con fuerza. En el movimiento su cabeza dio contra una de las paredes. Otra vez oyó las palabras a lo lejos. El chico que lo había golpeado le ofreció la mano para que se levante del piso.
—Se tienen que ir —le dijo Barnes—, ahora no es tiempo de explicar nada. Tiene que llevarse a Milagros y a Francine. El ejército está a un día de distancia, no hay tiempo.
Amador no entendía. ¿Adónde debía ir? Y ¿por qué todas estas cosas le pasaban a él?
—Cámbiese y vaya hasta el laboratorio. Ahí lo espero.
Barnes salió y volvieron a cerrar la reja.
Cuando estuvo listo, el chico acompañó al esclavo hasta donde estaban Milagros, Francine y Barnes. El científico lo invitó a sentarse.
—Esto es más complejo de lo que usted piensa —dijo Barnes, y le ofreció un vaso de agua—. Tienen que irse de aquí antes de que el ejército llegue, si encuentran el proyecto y a Milagros todo se puede volver una catástrofe.
Amador se hundía en su desconcierto, pero asentía con la cabeza, hipnotizado. Tampoco entendía la ecuación en la que él debía irse de allí, también con Francine.
—Yo no puedo llevar a la chica —dijo.
—Francine es su pasaporte, ella es la que va a hacer el contacto en la ciudad con un colaborador mío, cuando lleguen allí él sabrá qué hacer con Milagros. Si todo sale como pienso, en breve volveremos a reunirnos.
—¿Pero de qué habla? Qué colaborador ni qué proyecto.
Francine miró a Amador y de a poco trató de explicárselo.
El esclavo dio una fuerte carcajada cuando la chica terminó de hablar, y le dio un trago al agua.
—Si usted no se lleva a mi hija de aquí ninguno de los tres va a sobrevivir —dijo Barnes—. No sea imbécil y prepárese para que le expliquemos cómo debe maniobrar el globo.
—¿El globo? —dijo el esclavo, que se atragantó y escupió toda el agua.
Con el Mariscal perdido por unas horas, Barredo se apuró para formar a los que habían sobrevivido al ataque y planear una estrategia para llegar hasta Barnes. La idea era salir de allí lo antes posible. Uno de los soldados le advirtió que la vegetación había crecido hasta rodear a los animales de recambio, que estaban unos cientos de metros más allá del campamento. Barredo se acercó hasta la enfermería que improvisaron para atender a los heridos. Allí pudo hablar con Gancedo, el hombre que estuvo a cargo de las expediciones de reconocimiento y que el Mariscal le había presentado la primera noche que llegó allí. Armaron una mesa en la que desplegaron un mapa y ayudaron a Gancedo a sentarse para que marcase la zona donde estaba el laboratorio. El hombre señaló la entrada.
—No estamos lejos —advirtió, y trazó una línea en el mapa—. Si logramos bordear la yunga antes de que siga creciendo, calculo que estaremos a dos días de cabalgata fuerte.
Barredo se quedó unos minutos en silencio. Gancedo, que entendió lo que estaba pensando, le advirtió:
—Inspector, le comuniqué esto al Mariscal hace más de diez jornadas y no obtuve respuesta. Sepa que si usted hace lo que yo creo que está por hacer, estaría llevando adelante una insoburdinación. Si el Mariscal entiende mal el movimiento, la pena para usted sería el pelotón o el degüello.
—Lo sé, pero el ejército me fusiló hace mucho, ¿no cree? Ahora me toca dar a mí. Ni mi situación ni la de ustedes pueden depender de una persona así… Cuando lleguemos a la ciudad, haré mi descargo.
Gancedo sacó su paquete de tabaco. Con un papel y mucha calma armó un cigarro y se lo ofreció a Barredo, armó otro y lo fumó dando caladas profundas.
—Está bien, Inspector, yo lo cubro —dijo al fin—. Contamos con diez animales de carga, llévese alguno. Arme un grupo de tres hombres para que lo acompañen.
Hizo un gesto al soldado que lo secundaba.
—Llame a Gutiérrez. Dígale que prepare su equipo para salir. Que lo esperamos aquí con urgencia.
Después volvió al mapa para seguir explicándole a Barredo.
—Les conviene atravesar la vegetación para no llegar hasta el objetivo desde campo abierto. Cuando encuentren el laboratorio, envíe un mensajero, nosotros trataremos de seguirlos de cerca —dijo Gancedo y concluyó—. Y hágame un favor, inspector, cuídese.
A la hora estaban cabalgando. Barredo y tres hombres, entre ellos el ayudante Gutiérrez. Bordearon la selva unos kilómetros y después se internaron siguiendo la estrategia de Gancedo. Una jornada y media de cabalgata más tarde, lograron divisar la entrada al laboratorio. Barredo describió la situación en una nota y mandó al mensajero. Esperaron un día más pero los refuerzos no llegaban. A Barredo todo comenzó a darle mala espina. Una noche mientras dormían sintió que los caballos se alborotaban, cuando quiso reaccionar, lo habían golpeado y tenía una bolsa de tela en la cabeza.
Lo tuvieron tres días atado de manos, la cabeza cubierta por una arpillera. A causa del golpe no escuchaba bien y algo le supuraba del oído. No lograba reconocer las voces y por el trato que le daban no sabía qué bando lo tenía prisionero. Al cuarto día hicieron un pequeño agujero en la bolsa y comenzaron a darle algo de comida. La garganta era una perla quemada al fondo de su boca. Pidió agua y le trajeron un cacharro con un líquido caliente y salado que quería emular un caldo. Escupió el primer trago y el que se lo daba de tomar le pegó un golpe en la oreja. Gritó, se revolcó de dolor. Pasaron varios días más. Alguien entró y habló con su guardia. Logró reconocer la voz que iba y venía cómo si estuviera caminado.
—Ordóñez… Ordóñez —dijo en un tono casi inaudible. Presintió que el otro escuchó lo que decía porque dejó de moverse. Se mareó y se quedó dormido. Se despertó porque sintió que lo llevaban a rastras. Lo metieron en una habitación de campaña, había un olor fuerte. Pudo ver un resplandor de luz que entraba por la ventana. Alguien abrió la puerta, entró y se sentó en el escritorio. Escuchó como prendía un cigarro. Después se acercó y le sacó la arpillera de la cabeza. Por unos segundos no pudo ver nada, hasta que los ojos se le acostumbraron y reconoció la cara del Mariscal y arriba del escritorio la causa del olor, clavada en una pica, la cabeza de Gancedo macerada por las moscas.
Barnes llevó a Amador hasta el pequeño hangar en donde tenían el globo. El científico entró en la barquilla de junco, desató algunos nudos de las sogas e invitó a subir a Amador.
—¡Es hermoso! —dijo el esclavo—. Pero yo no subo ni muerto a esa cosa.
Barnes observó con cierta nostalgia el bolsón de nailon rojo que se erguía hacia arriba como una llamarada.
—Hace mucho, este viejo amigo, nos llevó a recorrer el mundo a mí y a la madre de Francine. Ahora es el que los va a sacar de aquí. No sea desconfiado, déle una oportunidad —dijo con una sonrisa.
Después de ajustar las cuerdas, abrió la llave de uno de los quemadores. El chorro de fuego lanzó unos lengüetazos como si saludara. Amador entró en la caja tanteando el mimbre con el pie. Una vez arriba, Barnes metió en la cesta las bolsas de arena que servían de contrapeso. Desamarró unos metros las cuerdas que mantenían al globo atado al piso, subió el caudal de los quemadores y equilibró el helio. La barquilla crujió igual que un animal que se despereza luego de invernar un tiempo y comenzó a flotar. Ascendió unos metros y fue contenida por el largo de las cuerdas que seguían amarradas al piso.
—¿Ve? Es muy simple. Este pequeño dispositivo introduce el aire frío que el quemador va a calentar. Al tomar temperatura el aire pesa menos, eso permite que el globo se eleve y flote. Lo único que tiene que saber es dialogar con el viento —dijo Barnes y tocó una bocina que hizo que Amador saltara del susto.
—¿Pero se volvió loco o qué? ¿Qué quiere que me infarte?
Barnes sonriendo y con unas antiparras en los ojos hizo que la bocina sonara otra vez.
Pero lo que sonó la tercera vez no fue la bocina del globo. Sino una chicharra continua que lo hacía mucho más fuerte.
—¿Escucha eso? Es hora de separarnos —dijo Barnes. Sacó un revólver de la cintura de su pantalón y se lo dio al esclavo—. Le encomiendo a mi hija y a Milagros.
Después le tendió la mano a Amador. El esclavo asintió con la cabeza, tomó el arma y no le salió más que darle un abrazo y agradecerle.
—Cómo verá esta reunión no es más que una formalidad, Inspector —dijo el Mariscal—. También se habrá enterado que no me va a temblar el pulso para disolver cualquier desorden. Si no se lo puede preguntar a Gancedo —bromeó señalando la cabeza arriba del escritorio.
Por la paliza que le habían dado, Barredo no lograba mantener los ojos abiertos, pero al cerrarlos el vértigo y las náuseas lo invadían. El dolor le viboreaba el cuerpo como una aguja debajo de las uñas.
—Agua —pidió con lo que le quedaba de voz.
El Mariscal agarró la botella que había arriba del escritorio y tomó un trago. Acercó la silla y se sentó al revés, apoyando los brazos en el respaldo.
—¿Agua, dijo? —le dio un trago más a la botella y con el pico le rozó los labios a Barredo, que abrió la boca ardida pero no alcanzó a tomar. Después tumbó apenas el fondo de la botella y dejó que el agua se volcara lentamente en el piso. Barredo se arrodilló y trato de sorber el líquido. El Mariscal que observaba con un gesto placentero, se desabrochó la bragueta y meó en el agua que el otro estaba tomando.
—Miren a la joya negra del ejército —gritó como si hubiera alguien más escuchándolo—. ¡Ja! Ya me lo había dicho la inglesa mientras la montaba como a una perra. Las palabras se encastraron en la cabeza de Barredo como quien termina de recordar un mal sueño. Levantó los ojos y apuñaló al otro con la mirada. El Mariscal se acercó y agarró del pelo a Barredo.
—Oh, creo que eso era algo que no debía mencionar —le dijo.
Empujó con fuerza la cabeza hacia abajo hasta darla contra el piso. Barredo levantó la cara ensangrentada.
El Mariscal llamó al soldado que hacía guardia en la puerta y le ordenó que lo tiraran en un calabozo.
—Esto recién empieza —le dijo a Barredo antes que se lo llevaran.
Barnes entró a la sala donde tenía los documentos de su investigación. Tomó el dispositivo que contenía los estudios y lo colgó del cuello de Milagros. Después apartó a Francine y le dio una serie de indicaciones.
—Todo va a salir bien —dijo el científico al terminar—. Nos vemos en un tiempo en la ciudad. Se dieron un abrazo.
Cuando Amador quiso salir de la sala hacia el hangar donde debía abordar el globo, los soldados habían tomado parte de las instalaciones. La cámara de pruebas estaba incendiándose. A lo lejos pudo ver como Martín era maniatado por dos soldados que lo llevaban a los golpes. Amador sacó el arma y comenzó a disparar. Logró herir a uno, pero la balacera que llegaba desde el lado contrario era tal que tuvieron que guarecerse atrás de unos armarios. De repente los disparos cesaron.
—Van a tener que correr ahora —dijo Barnes—. Yo disparo, ustedes corren.
El científico extendió la mano y dos fogonazos casi se la arrancan. Se quedó con la espalda apoyada en la pared. Miró a Amador y le hizo un gesto con las cejas.
—A la cuenta de tres —dijo.
Contaron y Barnes rodó al suelo del pasillo desde donde disparó. No tenía muchas balas pero las que usó, sirvieron para que Amador y las dos mujeres desaparecieran por el corredor que conducía al hangar. Parecía que tenían el camino despejado y ya habían visto la puerta, cuando unos hombres les salieron al paso. Amador destrozó una de las ventanas de un disparo. Se trenzó a golpes con uno de los tipos. El otro al ver a Milagros y Francine no sabía qué hacer. Las mantuvo apuntadas con el arma hasta que notó que el esclavo estaba ahorcando a su compañero. Se le colgó del cuello al negro que le sacaba varias cabezas de estatura.
—Corran —gritó Amador casi sin aire, pero manteniendo ocupados a los dos hombres.
Las mujeres dudaron un momento, hasta que Francine tomó de la mano a Milagros y huyeron hasta la entrada del hangar. Al girar la cabeza pudo ver que Amador se había zafado de los soldados y corría detrás de ellas. Llegaron hasta el globo y subieron manteniendo la puerta de la barquilla abierta para que el esclavo alcanzara a subir, cuando un cuerpo se lo llevó por delante tirándolo al piso. Francine prendió los quemadores y ya había empezado a cortar las cuerdas que amarraban el globo y Milagros la copió con las que faltaban. Amador no podía zafarse del soldado cuando aparecieron tres más. La chica se acercó a tratar de ayudarlo y el globo comenzó a elevarse con Milagros arriba. Francine corrió y llegó a tomar la mano de la esclava y comenzó a subir colgada en el aire, pero uno de los hombres la agarró de los pies tirándola hacia abajo. Entre la lluvia de golpes y patadas, Amador y Francine pudieron ver cómo Milagros ganaba el aire con el globo, inalcanzable.
El Mariscal entró al lugar donde estaba Barnes para comunicarle la decisión que había tomado. Los fusilarían, a él y a todos los que lo acompañaron en su empresa. Lo encontró sentado en un rincón. Antes de que el militar pudiera decir algo, Barnes se largó a hablar.
—Muchas veces las cosas se articulan de una manera simple pero misteriosa y un movimiento leve desprende una serie de cambios radicales. Yo no soy más que un invento —explicó con la mirada un poco perdida—. Algunos hombres construyen para sí, un pequeño relato de su vida. Lo guardan en cajones llenos de moho a los que vuelven cada tanto, con el insomnio mordiéndole los ojos. Como si detrás de los hechos con los que se muestran al mundo, pudieran hacer vivir al minúsculo ser que los habita. A mí no me fue concedido ni siquiera eso.
—Usted ha matado mucha gente. Esas muertes no son un invento, doctor.
Barnes se paró y caminó hacia la ventana. Lo invadió una sensación contradictoria al escuchar que el militar lo seguía llamando doctor. Sintió que en esa palabra todavía sobrevivía algo suyo que le pertenecía al mundo. Miró cómo afuera los soldados apuntaban con sus armas a un grupo de chicos maniatados en el piso. Los párpados comenzaron a temblarle.
—La realidad está marcada por pulsos que son completamente ajenos a nosotros —dijo siguiendo un monólogo interno—. Alguien extiende la red y quedamos atrapados en ella como pececitos ciegos. Usted lo sabe mejor que yo, Mariscal. Los fragmentos de espejo que nos devuelve el mundo y que recibimos como quien recibe una ostia, no son más que la temperatura con la que nos marcan, una forma con la que se nos dicta la altura, el sueño, incluso el miedo…
—Basura, Barnes —contestó el militar con calma, pero con aspereza—. En todo caso usted es un ejemplo de cómo no se tienen que desbordar las cosas. —Caminó hacia la mesa y hurgando con una mano entre los papeles continuó—: Lo único que me resta pedirle es que me diga dónde están los informes del proyecto.
—Si se refiere a Bretó, eso no está a su alcance, Mariscal. Informaré sobre ese tema solo al tribunal que me juzgue. De cualquier forma, sobre esa información tendré mis exigencias.
—No va a haber ningún tribunal, doctor. Ni ninguna exigencia. Entenderá que el gobierno central no puede tomar ese riesgo. Usted no va a salir de aquí con vida. Me va a entregar la información quiera o no. Piénselo, después de esto muchos van a caer por su propio peso —se puso a observar los frascos que estaban en los estantes—. Toda esta porquería es un asco. Pero acá estamos —dijo cambiando el tema abruptamente—, yo para hacer mi trabajo, usted, con suerte, para ser la tapa del diario de mañana, ¿verdad?
—Entonces hágalo y terminemos de una buena vez con esto — concluyó Barnes—. Lo único que le pido es que deje que a mi hija la mate yo.
—¿Otra vez? —preguntó el militar con frialdad.
Barnes esbozó una sonrisa triste y cayó sentado en una de las sillas. La habitación se había vuelto fría y el olor de la pólvora comenzaba a ser irrespirable.
—Tiene diez minutos para entregarme lo que le pido — sentenció el Mariscal.
—Ya le dije que no pienso dar esa información a nadie que no sea un tribunal competente —aseguró el científico levantado el tono de voz.
El Mariscal se acercó y le pegó un revés con la mano abierta, que hizo que la silla dónde estaba Barnes diera un giro.
—Idiota —murmuró para sí. Después abrió el cajón del escritorio y lo sacó dándolo vuelta y desparramando su contenido sobre la mesa. Encontró un pequeño dispositivo—. ¿Por esta pequeñez arriesga un hombre su vida?
—Esa pequeñez contiene parte del futuro de este lado del mundo.
El militar miró el dispositivo con un brillo seco en los ojos.
—Bien, ya le dije, diez minutos, no más —dijo y salió de la habitación meditativo y en silencio. Volvió a entrar con Francine, que no paraba de llorar.
—Shh, shh, mi chiquita —dijo Barnes, abrazándola, tembloroso y limpiándose el hilo de sangre que le caía por la nariz para que ella no lo viera. La condujo de la mano hasta una mesa dónde había un mapamundi. Le hizo una seña con la mano al militar que ante el gesto abandonó la habitación. Barnes se volvió sobre Francine—. Vamos a ver dónde pasaremos nuestra próxima vida.
—dijo sonriendo con los ojos vidriosos. Hizo rodar el globo.
—Allí —cantó Francine. Y apoyó la punta del índice sobre un lugar. Un espacio delimitado por dibujos de montañas.
—Es ahí, mi chiquita. En medio de la soledad de un páramo blanco por la nieve, rodeados del sueño del invierno. Ahí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Voy a levantar una casa con mis manos. Echaremos la madera al fuego, que la consumirá como a nosotros va a consumirnos la alegría. Alguien vendrá a visitarnos y traerá luz y podremos ver todas las cosas de este y del otro mundo.
Barnes hablaba lento y casi susurrando en el oído de Francine. Tomó el pañuelo violeta con el que ella se recogía el pelo y lo pasó por su cuello.
—Yo voy a abrigarte de todos los fríos y en medio del calor de nuestro amor, nada va a haber que pueda distinguirnos. Seremos nosotros, como quisimos siempre. —Después la hizo girar y le besó los labios con levedad y con la misma levedad ya estaba tirando de las puntas del pañuelo. Las lágrimas de Barnes mojaron el rostro de Francine, que se desdibujaba en un gesto de asombro. La sujeción fue amorosa, pero tan decidida y con firmeza, que antes de que se diera cuenta, los ojos de la chica ya estaban cerrados. Barnes flexionó las piernas con lentitud hasta llegar al suelo, donde sin soltar las puntas del pañuelo, depositó el cuerpo, llorando, pero con calma.— Ya voy mi chiquita, ya voy. —Se lamentó. Después sacó un arma de un cajón del escritorio y la puso dentro de su boca.
Desde afuera el Mariscal escuchó el martillazo.
—Terminó —dijo con tono celebratorio uno de los soldados que lo acompañaban. Entraron al cuarto y envolvieron los cuerpos en bolsas de plástico, después los llevaron hasta el barranco, para quemarlos.
—Al negro no lo maten —dijo el Mariscal—, lo quiero como trofeo.
Lo llevaron y lo tiraron en la mierda del calabozo. Adentro, entre la oscuridad y el olor insoportable, escuchó una respiración. Estiró el brazo y tocó una pierna. El cuerpo se movió apenas y gimió. Amador estaba muy golpeado, retiró la mano y se recostó contra una de las paredes hasta que se desmayó.
Pasaron los días y una mañana, al despertarse, vislumbró que el otro estaba sentado frente suyo tratando de cruzarle los ojos en la penumbra.
—Parece que no tuvimos suerte —dijo Barredo.
—Cualquier cosa que le vaya a pasar, seguro va a ser mejor que lo que me pase a mí —contestó Amador.
Al escuchar que hablaban, el guardia apostado afuera le dio un golpe a la puerta con la culata del rifle. Barredo estiró la mano y se presentó.
—Inspector Pablo Barredo —susurró.
—Amador —contestó el esclavo un poco sorprendido por tener de compañero de calabozo a un militar, y levantó la mano con desgano.
—Hey —dijo Barredo tratando de acercarse, pero dolorido por las palizas que había recibido. Le habían arrancado las insignias a su uniforme y estaba todo sucio—. Tenemos que salir de acá. No importa cómo, pero creo que si nos ponemos de acuerdo podemos hacer algo juntos.
El guardia abrió la puerta.
—¿Pueden hacer silencio? Esto no es una reunión. Van a terminar en el cagadero —les gritó con una intolerancia exagerada. Después volvió a cerrar la puerta.
—¿Ve lo que le digo? Este idiota con tal de hacernos notar su pequeña autoridad, va a abrir la puerta por cualquier estupidez.
Amador escuchaba sin decir nada.
—Si usted me ayuda podríamos lograrlo. ¿Qué dice?
—¿Y después qué? Morirnos quemados por el sol en medio de la nada. Mi viaje termina acá.
—No se rinda tan rápido, amigo.
—Yo no soy su amigo.
—¿De dónde viene? Le estoy ofreciendo la posibilidad de liberarnos. Yo solo no podría, tengo una mano casi rota.
Barredo sacó un poco de tabaco que tenía en uno de los bolsillos. Como pudo armó el cigarro y después de prenderlo comenzó a fumar. Se lo ofreció a Amador que lo aceptó y le dio unas cuantas caladas.
—Vengo del otro lado del Río Grande, de la hacienda de Correa.
Cuando Barredo escuchó el nombre acribilló la oscuridad con los ojos.
Toda la noche la pasó pensando si era posible. Pero ¿qué podía hacer? Necesitaba del otro para salir de ahí. Cuando escaparan, trataría de averiguar sobre el destino de la esclava. Despertó a Amador en medio de la noche.
—Está por amanecer —le dijo.
El esclavo abrió apenas los ojos. Se sentó.
—Entonces, ¿se acuerda lo que dijimos? Yo comienzo a toser y usted hace como que me asiste, le pide ayuda al guardia, trate de no levantar demasiado la voz, la idea es que no tengamos que lidiar con ninguno más de estos idiotas —explicó el inspector.
Siguieron el plan y no tuvieron que esforzarse mucho para maniatar al guardia. Un golpe de Amador bastó para que el otro entregara el arma.
Caminaron tratando de no hacer ruido hacia el lugar donde estaban los animales de reserva, si lograban sacar dos sin que los caballos se alborotaran, tenían la salida asegurada. Cuando estaban por llegar pasaron a unos metros de la tienda del Mariscal.
—Ya vengo, tengo una última cosa por hacer —dijo Barredo—, vaya agarrando los caballos, es un segundo.
—No sea estúpido —le contestó Amador—, si nos vuelven a agarrar nos matan. Si no viene en cinco minutos voy a tener que irme.
—Cinco minutos, está bien. Si no llego en ese tiempo, se va solo. Amador hizo un sonido gutural, desaprobándolo.
Barredo abrió la puerta de la tienda, escuchó la respiración reumática del Mariscal. Se acercó hasta verle la cara. Después como si cambiara de plan se dirigió hasta el escritorio. Revolvió unos papeles que había arriba. Abrió uno de los cajones, otro, hasta que encontró las cartas.
Una, dos, tantas cartas de Jane Rose dirigidas al Mariscal. Una desazón terrible le llenó el pecho. Estaba por levantarse de la silla cuando escuchó la voz del otro que le hablaba en la oscuridad.
—Usted no se cansa de ser estúpido —dijo el Mariscal apuntándolo con el pistolón.
Barredo se tiró hacia uno de los costados. El Mariscal disparó y le pegó al escritorio.
En medio de la oscuridad Barredo se le tiró encima y el arma salió disparada hacia un rincón. Le dio la cabeza contra el piso al Mariscal hasta dejarlo inconsciente. Arrastró el cuerpo hasta la cama y con una sábana lo ató al colchón. El Mariscal abrió los ojos, hizo un último esfuerzo para tratar de zafarse de las ataduras. Barredo agarró la jeringa, se acercó hasta la cama, le tiró la cabeza hacia atrás y clavó la jeringa en el cuello. La yugular del Mariscal se inflamó. El cuerpo dio unos corcoveos hasta que la cabeza, en un espasmo, se desvaneció hacia el costado. Una baba blancuzca se le derramó por la nariz. Antes de salir, Barredo tomó una de las cartas. Disparó al sol de noche que explotó dejando que el fuego comenzara a subir por las cortinas. Afuera ya se escuchaba que los soldados salían aturdidos, gritando por el ruido y el color del fuego. Al escuchar el disparo Amador montó uno de los caballos, tomó otro y sin saber por qué, cabalgó en sentido contrario al desierto. En el camino lo cruzó a Barredo, que venía corriendo a su encuentro.
—Le debo una, amigo —dijo el inspector montando al otro caballo.
—Yo no soy su amigo —contestó Amador.
Barredo sonrió, iluminado por las llamas.
Diez días cabalgaron bajo el sol, con el diente de la muerte rasgándoles los talones. Primero perseguidos por soldados del Mariscal. Después los soldados se espantaron como si esa muerte fuera demasiado grande para ellos y decidieran ofrendársela al destino, seguros de su elección. La falta de agua hizo que se desviaran bajando a las dunas. Descendieron la pendiente y decidieron pasar la noche cobijados por el lomo de arena. Barredo escribió algo en un papel. A falta de frasco donde encerrarlo lo dejo correr al viento. Se recostaron.
—¿Qué escribe? —preguntó Amador.
Barredo lo miró, dudando si decirle o no. Después como si no hubiera escuchado la pregunta se puso a armar un fuego.
—Mañana deberíamos cabalgar toda la jornada —dijo.
Amador escuchó las palabras al borde del otro mundo. En medio de la noche soñó que Vivi le hablaba. La veía joven y con la cara de Milagros, pero sabía que era Vivi.
—La estrella —decía la vieja. Sonriendo le señalaba el cielo con la mano.
Amador abrió los ojos y en lo alto, vio un círculo rojo pasando sobre ellos. Dudó unos segundos porque no entendía si estaba dormido o despierto.
—La estrella, la estrella —gritó despertando a Barredo.
Barredo abrió los ojos pensando que los atacaban. Se sentó y miró el cielo sin lograr ver nada.
—Lo único que faltaba. Se ha vuelto loco, amigo —dijo en un bostezo.
Pero Amador estaba tan convencido de lo que decía que lo agarró por las axilas y comenzó a tirarlo hacia arriba para que el otro se pare.
Cabalgaron esas horas en que la arena es fría como si el sol no existiera. El lomo de los caballos arrastrándose y sudando igual que babosas. Antes del amanecer, llegaron a la pendiente desde donde pudieron ver las primeras fogatas a la entrada de la ciudad.
Pararon los animales al borde del barranco y se miraron con un dejo de duda en los ojos, después comenzaron el descenso, lentamente.
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