La cabeza de Balboa
Once
Al día siguiente, Pedro Mártir se encaminó al salón privado del Papa, temeroso de que el enjuiciamiento de Lutero afectara la continuidad del relato. Al llegar se encontró a León X paseándose de un lugar a otro del salón con las manos cruzadas a la espalda.
—Buenos días, Pedro. Si no tuvierais inconveniente, antes de iniciar nuestra sesión me gustaría escuchar vuestra opinión sobre la decisión que deberá tomar muy pronto el Vaticano en relación con Martín Lutero.
—Buenos días, Santidad —respondió un muy asombrado Pedro Mártir—. A pesar de mis pobres conocimientos del tema no puedo rehusar el gran honor que me concedéis.
—Sois un humanista y un profundo conocedor de la fe cristiana. Además, os movéis en un mundo más terrenal que aquel en el que nos desenvolvemos los papas y los altos jerarcas de la Iglesia, por lo que apreciaré vuestra opinión como la de un católico que mira el tema desde un ángulo más cercano a los fieles. Como seguramente sabéis, desde junio de este año emitimos la bula Exsurge Domine para exigir a Lutero la retractación de sus ataques contra el papado y la Iglesia. Se le otorgaron ciento veinte días para responder y se le advirtió que sería excomulgado si no obedecía dentro de ese plazo. Su respuesta fue una simple carta dirigida a mí, que hizo divulgar, en la que afirma que para interpretar la palabra de Dios él no tiene que someterse a ninguna ley. El plazo otorgado vence el 10 de enero, razón por la cual me habéis visto acudir recientemente a varias reuniones con los cardenales, quienes, casi por unanimidad, opinan que debemos proceder con la excomunión. Me gustaría saber qué pensáis al respecto.
—¿Cuál es la razón por la cual se excomulgaría a Lutero? —preguntó Pedro Mártir para ganar tiempo.
León X meditó un momento. El balanceo de la cabeza se había acentuado.
—Lutero ha pretendido, con las noventa y cinco tesis que propugna, introducir en su protesta un tema religioso, pero yo diría que en el trasfondo se trata más bien de un asunto económico: el valor, alcance y significado de las indulgencias que puede otorgar la Iglesia a los fieles para perdonar sus pecados. Habéis podido apreciar las obras que el Vaticano está llevando a cabo en Roma, entre ellas la nueva Basílica de San Pedro, sin duda la más costosa y necesaria. Al mismo tiempo tenemos que mantener los Estados Pontificios y sus ejércitos, que nunca dejan de combatir, para todo lo cual los fondos del Vaticano resultan insuficientes. Estas razones nos impulsaron a incrementar la expedición de indulgencias a cambio de limosnas para el beneficio de la Iglesia y la salvación de las almas de todos los fieles. A esta decisión se han opuesto Lutero y algunos pocos seguidores que nos acusan de haber remplazado el arrepentimiento y perdón de los pecados por dinero.
Hubo un momento de silencio. Pedro Mártir, que había escuchado en España hablar del abuso que cometía la Iglesia al vender indulgencias para la absolución de los pecados, lo que favorecía a los ricos sobre los pobres, no sabía cómo responder.
—Si Vuestra Santidad me lo permite, lo único que me atrevo a decir es que la excomunión de Lutero contribuirá a hacer más conocido al personaje y la causa de su rebeldía. Es decir…
—¡Es justamente lo que yo he sostenido ante el Colegio Cardenalicio! — exclamó León X—. Pero casi todos los cardenales insisten en que no podemos permitir que Lutero siga predicando como un miembro legítimo de nuestra Iglesia porque a la larga podría formar adeptos y tendrían que ser muchos más los excomulgados.
—Conclusión que tampoco deja de ser razonable.
La cabeza del Papa volvió a su movimiento involuntario, esta vez afirmativamente.
—Podría posponer la decisión, Pedro Mártir, pero estaría incumpliendo lo expresado en la bula, algo que los papas no debemos hacer porque afectaría gravemente nuestra credibilidad, que es una virtud de la cual no podemos prescindir para el mejor gobierno de la Iglesia.
—Si la autoridad del Vicario de Cristo sobre temas de la fe está en entredicho, entonces, sin lugar a duda, se debe ejecutar la bula Exsurge Domine. Pero quisiera expresar a Vuestra Santidad, como lo hice antes, que podemos continuar nuestra conversación sobre Vasco Núñez y Pedrarias cuando dispongáis del tiempo que os permitan vuestras obligaciones. Yo podría prolongar mi estadía en Roma hasta…
—Gracias, amigo mío, pero no es necesario. Martín Lutero será excomulgado mediante una nueva bula que expediré a principios del próximo mes. Quería escuchar vuestra opinión solamente para sentirme más tranquilo, algo que habéis logrado. Volvamos ahora a lo nuestro.
Un poco confundido todavía, Pedro Mártir de Anglería se reacomodó en la poltrona antes de continuar.
—Después del desastre del capitán Badajoz, a cuya entrada en regiones allende las selvas del Darién ya nos referimos, Pedrarias decidió encabezar él mismo una cabalgada a las mismas regiones visitadas por Badajoz para recuperar el oro y los esclavos de que este había sido despojado después de su enfrentamiento con el cacique Parita. Partió con trescientos hombres en tres carabelas rumbo al puerto de Careta, que para entonces ya se conocía con el nombre de Acla, pero tan pronto desembarcó, cayó enfermo y hubo de enviar en su lugar al bachiller Gaspar de Espinosa quien, además de ejercer el cargo de alcalde mayor de Santa María, se desempeñaba como uno de sus capitanes. Espinosa exigió más hombres y al final partió al frente de cuatrocientos soldados. Además de los perros llevaba también doce caballos, animales que antes de las cabalgadas de Badajoz nunca habían sido vistos por los naturales de aquellas regiones occidentales. Espinosa siguió la ruta de su compañero de armas y resultó aún más sanguinario y déspota que aquel. Después de arrasar cuanto cacicazgo encontraba en su camino, llegó donde el cacique Parita y, con el apoyo de los caballos, lo derrotó fácilmente y recuperó, además de los cien mil pesos oro arrebatados a Badajoz, dos mil indios esclavos, que llevó consigo.
—Poco les duró la alegría a los aborígenes —comentó León X.
—Sí, muy poco. Al llegar a Acla, el capitán Espinosa se sorprendió por lo adelantada y hermosa que se hallaba la construcción de la nueva villa portuaria, pero más le extrañó encontrar al mando de las obras a Vasco Núñez, sobre el cual todavía pendía el juicio de residencia iniciado y suspendido por él. De labios del mismo Balboa supo Espinosa que Pedrarias había vuelto a enfermar después de iniciar el levantamiento del nuevo emplazamiento y que había decidido encargarle a él continuar la obra, con la experiencia que había acumulado al construir la villa de Santa María.
—Lo que acabáis de contar habla bien de Pedrarias —comentó el Papa.
—Así es, Vuestra Santidad. Para cumplir la orden recibida de los reyes de levantar ciudades y poblarlas, Pedrarias decidió escoger a quien mejor podía hacerlo, aunque fuera su enemigo. Pero las cosas entre ellos volverían a empeorar. Vasco Núñez, que seguía sin poder desempeñar su función como gobernador de Panamá y Coiba y adelantado de la Mar del Sur porque Pedrarias rehusaba otorgarle soldados para llevarla a cabo, decidió enviar a buscarlos en las Antillas por su propia cuenta. Aprovechando que Pedrarias supervisaba el avance de los trabajos en Acla, encargó a su amigo, Andrés Garabito, que se embarcara con ese propósito. —Pedro Mártir calló un instante antes de continuar—. Os explico quién era Andrés Garabito, personaje que tendrá un papel importante en el juicio que le costó la cabeza a Vasco Núñez. Cuando el de Jerez de los Caballeros regresó a Santa María después de descubrir un nuevo mar y se enteró de que la Corona había nombrado un nuevo gobernador en su remplazo, encomendó a su amigo Andrés Garabito buscar una mejor ruta para ir de Santa María al nuevo mar. Garabito partió a cumplir su misión siguiendo un trayecto esencialmente fluvial, más hacia el levante de la ruta utilizada por Balboa, pero en el camino se enamoró de una indígena; se casó con ella conforme a la ceremonia de su tribu y allá se quedó un largo tiempo disfrutando de su luna de miel. Este es el mismo Garabito que, a petición de Vasco Núñez, trajo de Cuba sesenta soldados destinados a acompañarlo a reconocer y explorar el territorio a él conferido por la Corona. Pero antes de que Balboa pudiera partir, regresó Pedrarias de Acla y se enteró de la expedición que su rival y subordinado pretendía llevar a cabo sin su autorización. Enseguida lo acusó de sublevación y, sin más, lo mandó a poner preso, pero en lugar de enviarlo a la cárcel pública hizo construir una jaula de madera en el patio de su casa y allí lo encerró para vigilarlo más de cerca y dejar claro que era directamente al gobernador a quien respondía el prisionero.
—Como si fuera un animal cualquiera —comentó León X—. Poco duró la paz entre ellos.
—Pero volvería muy pronto gracias, nuevamente, a la intervención del obispo Quevedo. Como habían resultado inútiles sus ruegos para que el gobernador dejara en libertad al capitán extremeño, el obispo se confabuló con doña Isabel de Bobadilla para idear un plan que pusiera fin, de una vez por todas, a la rivalidad entre Pedrarias y Vasco Núñez, rivalidad que ningún bien hacía a la colonia. El esquema era muy sencillo. Siendo el adelantado de la Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba un funcionario importante y prestigioso de la Corona, además de un hombre de fortuna y de buen ver, y teniendo los Arias Bobadilla una hija adolescente, ¿qué podría ser mejor y más lógico que unirlos en matrimonio? Aunque Pedrarias se opuso, la elocuencia del obispo, unida a la influencia que ejercía sobre su esposo la Bobadilla, que además veía con buenos ojos al adelantado de la Mar del Sur, terminó por convencerlo de la ventaja de tener como yerno a Balboa, quien además era muy querido por los habitantes de Santa María. Para Vasco Núñez la maniobra diplomática y política tenía el inconveniente de que, además de renunciar, como había exigido Pedrarias, a varias de sus prerrogativas como adelantado y gobernador, ya no podría seguir viviendo con la hija de Careta, a la que verdaderamente quería y llevaba consigo a todas partes. Tan pronto se acordaron los esponsales, Vasco Núñez salió de la jaula donde había pasado dos meses.
Cuando Pedro Mártir concluyó su relato, la expresión de León X reflejaba una candorosa malicia.
—No recordaba haber leído en vuestras cartas tan interesante pasaje. Me acabáis de traer a la memoria a Boccaccio. Casualidad que vuestras Décadas recuerden al Decamerón, siendo este un tratado de erotismo.
—Aclaro a Vuestra Santidad que no habíais leído el pasaje en mis cartas porque no lo incluí; solamente hice alusión a que Pedrarias y Vasco Núñez fueron suegro y yerno. En cuanto a Boccaccio —rio Pedro Mártir—, debo manifestar que su Decamerón y mis Décadas solamente tienen en común que ambos escritos son grupos de diez: diez años de historia mis relatos, diez días de picardía los de Boccaccio.
—Y el matrimonio ¿se llegó a consumar? —El Papa todavía sonreía.
—No, nunca, ni física ni legalmente. Vasco Núñez jamás salió del Darién ni María Arias Bobadilla de su convento. Pero en Santa María hubo esponsales y el obispo, en una solemne ceremonia eclesiástica, presidió el intercambio de consentimientos a través de poderes otorgados por el padre de la novia y por el novio. Sin embargo, nunca se pediría la autorización real, necesaria para formalizar ese tipo de casamientos.
—Todo esto habría sido muy original y divertido si no hubiera terminado en tragedia. ¿Cuánto tiempo duró la nueva tregua?
—Muy poco en realidad. Un año, a lo sumo, aunque Pedrarias comenzó a tratar muy cariñosamente a su yerno, a quien ahora llamaba hijo. Después de los esponsales, le encomendó continuar la construcción de Acla y supervisar su poblamiento, para lo cual puso bajo su mando ochenta hombres. Vasco Núñez acometió la tarea con gran entusiasmo. Aparte de los espacios fundamentales de la villa, se preocupó por escoger las mejores tierras y preparar los campos de modo que no faltare cómo alimentar a la población. Cuando ya estuvieron levantadas las primeras estructuras y terminado el muelle, Pedrarias, recordando la orden recibida del rey, ordenó a su yerno la construcción de tres embarcaciones para comenzar la conquista y población del Territorio de la Mar del Sur. A solicitud de Vasco Núñez, autorizó la creación de una empresa comercial que se encargaría de fabricar las naves y de explotar los nuevos territorios. En la Compañía de la Mar del Sur participaron como socios, además de Balboa, distinguidos personajes de Santa María, como lo eran Beltrán de Guevara, Diego Rodríguez, Roger de Loria, Diego Hernández, el ya mencionado Pedro Arbolancha y el sacerdote Rodrigo Pérez, de quien hablaremos después. Parece evidente que Vasco Núñez tenía como fin último la conquista del Birú, aquella región ubicada más allá del nuevo mar, plena de oro y riquezas, de la que un día le hablaran los caciques Panquiaco y Tumaco. El aporte de los socios serviría para iniciar la construcción de las naves.
—Perdonadme, Pedro Mártir, pero ¿cómo pensaba Balboa trasladar naves, que sin duda pesarían varias toneladas, de uno a otro mar a través de selvas y montañas?
—En mi humilde opinión, Vuestra Santidad, si el descubrimiento de la Mar del Sur fue una hazaña difícil, la que ahora se proponía realizar Vasco Núñez lo era mucho más. El plan consistía en talar y labrar las maderas en Acla y luego trasladarlas al otro mar junto con las anclas, cables, lonas y demás aparejos para construir allá las naves. Y, como bien decís, todo ello a través de más de veinticinco leguas de selvas, terrenos cenagosos, ríos y montañas. Con tal propósito, Vasco Núñez dispuso establecer un campamento intermedio en lo alto de la serranía a la cual llegarían los cargadores para alimentarse y descansar antes de emprender el descenso hacia la otra orilla, y envió a algunos de sus hombres en busca de un lugar donde instalar el astillero para armar las embarcaciones, que finalmente fue ubicado junto al río Balsa, a dos leguas de su desembocadura en la nueva mar. Llevar a cabo la hazaña dependía de disponer de suficientes cargadores, para lo cual Balboa no dudó en valerse de la nueva política indigenista establecida por Pedrarias: esclavizar tantos indios como lograra capturar para remplazar a los que iban falleciendo por lo arduo del trabajo. Se cree que más de quinientos aborígenes murieron cargando maderas y aparejos de un lado al otro del Darién.
—¡Baldón para Balboa! —exclamó León X, molesto. Y, tras meditar un momento, añadió—: Resulta triste decirlo, Pedro Mártir, pero así ha ocurrido con todas las grandes obras de la humanidad, ante las cuales hoy tanto nos maravillamos. Ni las pirámides de Egipto, ni el Partenón de Grecia, ni el Coliseo de Roma existirían de no haber sido por los esclavos que dieron su vida para que nosotros pudiésemos admirarlas después de muchos siglos. — El Papa miró fijamente a Pedro Mártir—. No será el caso de nuestra Basílica de San Pedro que está siendo construida por fieles a quienes se les paga por cada piedra que en ella ponen. Pero continuad, continuad.
—Olvidé deciros que a pesar del tratamiento de hijo que ahora Pedrarias dispensaba a Vasco Núñez, no dudó en imponerle condiciones muy estrictas para el cumplimiento de la tarea encomendada. Le permitió utilizar solamente ochenta hombres y le otorgó un año y medio para completar la construcción de las tres embarcaciones, plazo que debía concluir el 24 de junio de 1518. Después de mil calamidades, terminaba Vasco Núñez de armar el segundo bergantín cuando un gran aguaje provocó el desbordamiento del río Balsa, que dio al traste con el astillero y con casi todo lo que hasta entonces había construido. El trabajo de un año estaba arruinado, pero Balboa, pese a las contrariedades, regresó a Acla para reorganizar la empresa y tratar de obtener más hombres y una prórroga del plazo otorgado por Pedrarias. Con tal propósito envió a Santa María a Hernando de Argüello, uno de sus socios, a entrevistarse con el gobernador, quien al principio rehusó extender el plazo, pero, gracias una vez más a la intervención del obispo Quevedo, aceptó otorgarle cuatro meses adicionales y sesenta hombres más.
—Nuevamente el obispo Quevedo —reflexionó el Papa en voz alta—. Realmente fue un ángel custodio.
—Sí que lo fue, pero lamentablemente sería la última vez que impetraría por su protegido. Luego de lograr de Pedrarias la prórroga del plazo, monseñor Quevedo, víctima de alguna dolencia, regresó a Castilla en enero del 1518, donde falleció menos de un año más tarde, sin haber sabido más de Vasco Núñez.
—¡Cuánta falta le haría a Balboa su protección! —exclamó León X.
—Hay un tema que guarda relación con el obispo Quevedo —dijo, pensativo, Pedro Mártir— que no he incluido en mis cartas y del que tampoco pensaba hablar a Vuestra Santidad, pero dada la naturaleza del diálogo en que se ha convertido esta narración, a la vez franco, íntimo y profundo, creo que es pertinente compartirlo. Se trata de una larga conversación que sostuve con él en Valladolid después de su regreso de Santa María de la Antigua, pocos meses antes de que rindiera su alma al Creador. Cuando me enteré de que había regresado del Darién y se encontraba enfermo, fui a visitarlo, sobre todo porque a él me unía una vieja amistad que a través de los años se había ido fortaleciendo, dado nuestro mutuo interés en el Nuevo Mundo. Por supuesto que me animaba también el deseo de conocer de primera mano y de una fuente muy confiable las cosas que allá sucedían para incluirlas en mis Décadas. Como bien sabe Vuestra Santidad, muchos de los hechos que os he contado en torno a las relaciones entre Pedrarias y Balboa provienen de mis conversaciones con monseñor Quevedo. Sin embargo, en esa última conversación el primer obispo de Tierrafirme también me confió aspectos relativos a la personalidad de Balboa, a su forma de ser y de sentir, que sirven para explicar muchas de las actuaciones del descubridor de la Mar del Sur, aunque también dejan interrogantes difíciles de comprender.
Pedro Mártir hizo una pausa para observar la reacción de León X.
—Esta información será quizás la más interesante de todas —dijo el Papa, reacomodándose en la poltrona—. Somos dados a contar la historia como si fuera una mera sucesión de hechos sin darnos cuenta de que son los sentimientos y las emociones los que definen el comportamiento de los grandes protagonistas y, en consecuencia, la propia historia.
—Es muy cierto lo que afirmáis. El tema surgió cuando le manifesté al obispo Quevedo mi admiración por lo mucho que él había protegido a Balboa ante la hostilidad de Pedrarias y las inconsistencias en la conducta de la Corona. Me respondió que si alguien necesitaba un protector era Vasco Núñez. «A pesar de su innata habilidad para comandar hombres, pocas veces he conocido alguien más ingenuo y confiado», fueron sus palabras exactas. Me explicó que Balboa era un individuo que creía que el ser humano era esencialmente bueno, que sus actuaciones no obedecían a agendas ocultas y que, en su opinión, esta era una de las razones que le habían llevado a congeniar mejor con los indígenas que con los propios españoles. Pensaba Quevedo que los aborígenes también eran seres ingenuos, dispuestos, y, más que dispuestos, ávidos de creer que aquellos seres tan extraños, venidos del mar, eran semidioses que llegaban para que sus vidas mejoraran. Solamente después de que se sintieron traicionados y maltratados se rebelaron ante el invasor. Balboa, aunque tuvo sus fallas, gracias a su política de procurar la amistad con los naturales, llegó a establecer verdaderos lazos de confianza con numerosos caciques, que propiciaron que muchos aceptaran bautizarse y abrazar la fe cristiana.
—Es algo que ya había intuido yo al escucharos, Pedro Mártir —acotó León X—. ¿Os comentó el obispo Quevedo de la relación tan extraña de Balboa con Pedrarias?
—Aunque resultaba evidente que el obispo no sentía ninguna estimación por Pedrarias, nunca llegó a hablarme de él, de sus motivaciones o de sus ambivalencias en sus relaciones con Balboa. En cuanto a Vasco Núñez me aseguró que, ingenuo como era, estaba convencido de que su desempeño en algún momento lo llevaría a merecer el aprecio de Pedrarias. Me confió que cuando él le propuso a Balboa el casamiento por poder con una hija de Pedrarias, el capitán extremeño había desechado enseguida la idea. Así pudo percatarse de que lo que existía entre el conquistador español y la hija de Careta, a quien él llamaba, simplemente, Acha, no era una mera relación sexual, sino un amor verdadero.
—¿Acha, decís? —preguntó, extrañado, León X.
—Sí, Vuestra Santidad. Es el diminutivo de muchacha en el dialecto extremeño. No solamente vivían juntos, sino que Balboa la llevaba con él por doquiera que iba. En una palabra, era su compañera. Fue solamente después de mucho insistir el obispo sobre la conveniencia para la Corona de que él y Pedrarias establecieran una relación armoniosa, que Balboa finalmente accedió a convertirse en hijo político del gobernador. —Pedro Mártir vaciló un instante—. El obispo Quevedo se sorprendió ante la gran tristeza que sintió Balboa por el dolor que sus esponsales causarían a su Acha. La hija de Careta se había entregado completamente al capitán español, no solamente en cumplimiento del deseo de su padre, sino porque se había enamorado de él. Según el obispo, Balboa también la quería y por eso le pidió que la aconsejara para hacerla entender que los esponsales con la hija del gobernador eran meramente un trozo de papel, una maniobra política, y que él nunca dejaría de amarla ni de protegerla. Monseñor Quevedo hizo lo posible por convencerla, pero no tuvo éxito. Acha decidió regresar a su tribu y el obispo nunca supo más de ella.
—Y, después de que fracasaron los pretendidos esponsales, ¿no fue Balboa en su busca?
—Entiendo que Vasco Núñez se mantuvo fiel a la palabra empeñada a María Arias Peñalosa hasta el último instante.
—Sea como fuere, Pedro Mártir, no podemos negar que Balboa y Acha protagonizaron una verdadera historia de amor que probablemente nunca figurará en las páginas de los cronistas de Indias. —León X sonrió con beatitud—. Un estimulante y hermoso episodio en medio de la barbarie.
Las sentidas palabras del Papa provocaron un prolongado silencio, finalmente roto por Pedro Mártir.
—Debo deciros también que pregunté al arcediano Pérez, de quien hablaremos más al narrar el juicio seguido a Balboa, si Acha había asistido al proceso o a la ejecución, pero él, que también la conocía, no recordaba haberla visto.
—Muy triste, Pedro Mártir, muy triste.
—En nuestra larga conversación en Valladolid —continuó Pedro Mártir— el obispo Quevedo también me pidió investigar un rumor que corría sobre concesiones otorgadas por la Corona a un testaferro de Pedrarias, Diego de Albítez, que podría afectar a Balboa. Me puse en ello y averigüé que el 23 de mayo de 1518, el rey Carlos había expedido una cédula real autorizando al tal Albítez a explorar y explotar la Mar del Sur y sus costas, y que le otorgó las mismas prerrogativas y mercedes que había otorgado a Vasco Núñez por su descubrimiento de la nueva mar. De acuerdo con el obispo Quevedo, la errática actitud del joven monarca era consecuencia de las cartas que Pedrarias enviaba a la Corona para indisponer a quien fuera su hijo político. Inexplicablemente, Carlos I dispuso dejar al descubridor de la Mar del Sur con un título vacío de contenido. Y lo más sorprendente y doloroso es que el usurpador había sido uno de los que estuvieron junto a Balboa el 27 de septiembre de 1513 cuando avistó la Mar del Sur, tal como consta en la lista elaborada por el escribano Valderrábano, donde Diego de Albítez aparece en el cuarto lugar, detrás de Pizarro.
—Realmente incomprensible, como bien decís. Aunque podríamos otorgar al joven monarca el beneficio de la duda por no estar familiarizado con las realidades del Nuevo Mundo.
—Es justo asumir que durante los primeros años de su reinado, Carlos I de España y V de Alemania se encontraba muy ocupado consolidando el poderoso imperio europeo, recién heredado de sus abuelos Fernando de Aragón y Castilla y Maximiliano I de Habsburgo. Para la administración del Nuevo Mundo se apoyaría mucho en el Consejo de Indias, cuyo presidente, Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, era partidario decidido de Pedrarias. Lo cierto es que este sí tenía conocimiento de que, gracias a sus petitorias, su yerno Vasco Núñez, había sido desposeído de todas sus prerrogativas que ahora beneficiaban a uno de sus testaferros y aliados.
—¿Qué necesidad había de matarlo, entonces? —preguntó, sombrío, León X, la cabeza oscilando de un lado a otro—. ¡Ya le había quitado todo!
—Vamos allá, Vuestra Santidad. Luego del desastre en el río Balsa, Vasco Núñez logró rescatar y reparar las naves afectadas por el desbordamiento, pero al lanzarlas al río hicieron agua porque la broma había agujereado parte de la proa. Aun así, las reparó como pudo, descendió con ellas por el río y navegó costeando la Mar del Sur rumbo al sureste hasta llegar a una pequeña bahía que bautizó con el nombre de Puerto Peñas. En vista de que las condiciones de las naos no eran las mejores, giró en redondo hacia el poniente y se dirigió a Isla Rica, entonces ya conocida como Isla de las Perlas. Su propósito era instalar allí un aserradero para terminar de reparar las embarcaciones y construir otras dos, aunque antes haría una entrada para apoderarse de los alimentos y cualquier riqueza que poseyera el temible cacique Terarequí. Pero ya para entonces uno de los capitanes de Pedrarias había incursionado por esa región insular y Vasco Núñez encontró la isla deshabitada y arrasada, circunstancia que aprovechó para proceder enseguida con la construcción de las embarcaciones. Presionado por el tiempo, se percató de que no sería posible finalizar los trabajos antes del vencimiento de la prórroga otorgada por Pedrarias, y con su amigo, Andrés de Valderrábano, envió una carta al gobernador detallando el progreso alcanzado hasta ese momento y solicitando tiempo adicional para culminar la construcción de los bergantines que le permitieran iniciar la exploración de la Mar del Sur. Para entonces en Santa María se corría el rumor de que Pedrarias iba a ser remplazado como gobernador por don Lope de Sosa, rumor que también llegó a oídos de Vasco Núñez, que no acertaba a adivinar si le iría mejor con su suegro como gobernador o con un desconocido que tal vez no aprobaría o demoraría en aprobar su incursión en la nueva mar.
—El tal Valderrábano que mencionáis, ¿es el mismo que levantó el acta de la toma de posesión de la Mar del Sur?
—Sí, es el mismo, Vuestra Santidad. Él permaneció fiel a Vasco Núñez hasta el final. Ahora bien, con miras a las próximas exploraciones, el adelantado extremeño había urdido un plan para establecer una población en el cacicazgo de Chepavare, región ubicada convenientemente entre Acla y la costa del nuevo mar, cuyo emplazamiento resultaba ideal para organizar y lanzar la ansiada expedición al Birú. De este plan solamente conocían sus colaboradores más íntimos, Andrés Valderrábano, Luis Botello, Hernán Muñoz y Hernando de Argüello. Pero para poder continuar con sus planes, Vasco Núñez necesitaba saber si había llegado ya al Darién el nuevo gobernador y con ese propósito envió mensajes a Botello, que se hallaba en Santa María, pidiéndole que se apersonara en Acla para averiguarlo. Pedrarias, que veía pasar el tiempo sin saber de su yerno, sospechaba que el adelantado de la Mar del Sur seguía pensando en irse sin su autorización a explorar el nuevo mar y había dado instrucciones de aprehender a cualquiera de los hombres de confianza de Núñez que llegara a Acla. Aunque Botello entró de noche en la villa, fue descubierto y puesto preso a las órdenes de Francisco Benítez, escribano y súbdito de Pedrarias, con quien Vasco Núñez mantenía una vieja rencilla. Benítez logró que Botello dijera que venía enviado por el adelantado de la Mar del Sur a averiguar si había llegado el nuevo gobernador al Darién. Los otros socios de Vasco Núñez, Hernando de Argüello, Hernán Muñoz y Andrés de Valderrábano, preocupados por no haber sabido nada de la gestión de Botello, también se trasladaron a Acla, donde fueron hechos prisioneros tan pronto ingresaron a la villa. A Argüello le encontraron en su poder una carta dirigida a Balboa, aún sin enviar por falta de mensajero, en la que le expresaba su parecer de que Pedrarias no otorgaría la prórroga solicitada por Balboa y para no perder los dineros invertidos por él y otros en la Compañía de la Mar del Sur, era necesario zarpar tan pronto fuera posible hacia el Birú, sin importar si había arribado o no el nuevo gobernador. La carta fue enviada enseguida a Pedrarias, quien, iracundo, se trasladó a Acla a planificar cómo proceder contra su insurrecto yerno. Debo decir que a las sospechas de Pedrarias se sumaban las incitaciones de algunos de los enemigos de Vasco Núñez, entre ellos Alonso de la Puente, tesorero de Santa María, quien, entre otras cosas, se quejaba continuamente de que, a diferencia de otros capitanes, el adelantado de la Mar del Sur nunca había querido compartir con él los indios esclavos que poseía, producto de sus mercedes y de sus entradas.
—Siempre los indígenas, ¿no? —comentó, taciturno, el Papa—. No son considerados seres humanos, sino simples objetos.
—Cierto es, Vuestra Santidad. Y los marcan como animales, herraje que se conoce con el nombre de calimbo. En Santa María, igual que en la Española, una de las ordenanzas emitidas por la Corona manda a marcar en la pierna con un hierro caliente a los indios esclavos para saber a quién pertenecen en caso de que escapen y sean recuperados.
—Imposible aceptar semejante proceder, Pedro Mártir. Así no hay Requerimiento que valga.
—Muy de acuerdo con Vuestra Santidad. Pero, volviendo a Pedrarias, tras mucho meditar sobre cómo proceder, le envió un mensaje a su yerno ordenándole venir a Acla para conversar acerca de los progresos de la construcción de las naves y planificar la exploración y poblamiento de las costas de la Mar del Sur. Vasco Núñez, convencido de la conveniencia de estar en buenos términos con su suegro y todavía gobernador de Castilla del Oro, haciendo gala de una ingenuidad incomprensible, emprendió viaje enseguida. En Acla, mientras tanto, temiendo que Vasco Núñez no hiciera caso a su llamamiento, Pedrarias envió al capitán Pizarro al frente de treinta hombres con instrucciones de apresar a su yerno.
—¿Pizarro? —preguntó, extrañado, el Papa.
—Sí, Francisco Pizarro. Este capítulo no está incluido todavía en mis Décadas del Nuevo Mundo pero tan pronto regrese a Valladolid comenzaré a escribirlo para enviároslo. Este diálogo con Vuestra Santidad me ha servido para reavivar mis deseos de ponerme al día con la historia. Pizarro, como hemos dicho, era coterráneo y compañero de armas de Vasco Núñez desde su llegada al golfo de Urabá, pero sabemos que alguna fricción había surgido entre ellos después del incidente en el que Vasco Núñez lo reprendió públicamente por haber abandonado a uno de sus hombres herido en combate.
—Ese incidente sí lo recuerdo muy bien de vuestra narración, Pedro Mártir. Lo obligó a volver por él. Pero supongo que a Pizarro, como subalterno de Pedrarias, gobernador y lugarteniente del rey, no le quedaría más que obedecer.
—Pizarro era también uno de los capitanes con más experiencia en el Darién. Los dos extremeños se encontraron en el camino que unía Acla con la costa de la Mar del Sur e inmediatamente Pizarro hizo arrestar a Vasco Núñez, que viajaba acompañado por varios indios naborías y unos cuantos hombres desarmados. Ante las recriminaciones de Balboa, su antiguo compañero y subordinado se limitó a manifestar que cumplía órdenes del gobernador, jefe militar supremo del Darién. Sin pérdida de tiempo, Pizarro condujo a su prisionero a Acla para entregárselo a Pedrarias, quien le dio a Balboa la casa de uno de los vecinos por cárcel. Al día siguiente, todavía sin acusarlo de ningún crimen, el gobernador trató de lograr que su yerno confesara su intención de lanzarse a la exploración y poblamiento de la Mar del Sur sin su autorización, pero Vasco Núñez lo negó y explicó que de haber sido así no habría venido de buena fe a reunirse con él. Ese mismo día Pedrarias encargó a Gaspar de Espinosa iniciar la preparación del juicio contra Vasco Núñez y sus cómplices, y designó a Bartolomé de Hurtado para que fuera a apoderarse de los bergantines y cualquier otra obra llevada a cabo por Vasco Núñez en las islas de la Mar del Sur.
—¿Bartolomé de Hurtado? ¿El amigo que lo ayudó a embarcarse de polizón con Enciso y luego lo acompañó a descubrir la Mar del Sur?
—Sí, el mismo, Vuestra Santidad.
—Las vueltas que da el mundo, Pedro Mártir. Y nunca dejará de darlas ni nosotros de encontrar rostros adustos donde antes había sonrisas y halagos. O viceversa. Supongo que iniciaréis ahora la narración del juicio y la sentencia.
—Así es. Debo insistir en que esta última parte del relato tampoco ha sido incluida en mis Décadas ni en las cartas enviadas a Vuestra Santidad, por lo que tal vez carecerá de los detalles que la brevedad del tiempo me ha impedido investigar.
—Comprendo, Pedro Mártir, y os pido que no os preocupéis por ello. La noticia de la decapitación del conquistador español que descubrió un nuevo mar llegó al Vaticano hace apenas algo más de un año. ¿En qué fecha ocurrió el hecho?
—En enero de 1519, Vuestra Santidad. El último apresamiento de Vasco Núñez, que os acabo de referir, se dio a mediados de diciembre de 1518. Menos de un mes después su cabeza había rodado.
—¡No puede hacerse verdadera justicia en tan poco tiempo! —exclamó León X. Pero casi enseguida su semblante perdió la adustez—: Ya estamos terminando por hoy y creo que un cambio de escenario nos vendrá bien a ambos. —En la expresión del Papa se advertía ahora una cierta complicidad —. Quisiera invitaros a una pequeña recepción cultural que habrá mañana en este palacio, a la que asistirán poetas, músicos y dramaturgos amigos. La velada se iniciará al final de la tarde y como mañana no tendremos sesión, podréis aprovechar el día para descansar y, si queréis, pasear por Roma. El carruaje estará dispuesto y podéis solicitarlo al ayudante de cámara.
—Gracias, Santo Padre. El día libre me vendrá muy bien para revisar mis notas con miras a nuestra próxima reunión. Y, como bien decís, la velada cultural ayudará a cambiar de aires.
—Entonces, hasta mañana a las cinco y media de la tarde, Pedro Mártir. Filipo pasará por vuestros aposentos para conduciros a la festividad, que se iniciará en los jardines.
—Gracias, Vuestra Beatitud.
Al día siguiente, Pedro Mártir de Anglería despertó más tarde de lo usual. Luego de desayunar, se dedicó a revisar sus notas sobre el juicio y la decapitación de Vasco Núñez. Además de algunos militares que habían regresado a la metrópoli después de sobrevivir al Darién, su fuente más confiable de los últimos acontecimientos había sido el arcediano de la iglesia de Santa María, presbítero Rodrigo Pérez, quien en un principio fuera acusado y condenado como cómplice de Vasco Núñez junto a los demás ajusticiados. El arcediano, amigo del capitán de Jerez de los Caballeros, había sido uno de los seis socios originales de la Compañía de la Mar del Sur, a cuyo capital había aportado doscientos castellanos. Ser miembro importante de la Iglesia evitó que compartiera la misma suerte que Vasco Núñez y el resto de sus amigos, por lo que el canónigo se constituyó para el cronista de Indias en un inmejorable testigo de lo ocurrido antes, durante e inmediatamente después del proceso incoado a Vasco Núñez por Pedrarias. Luego de almorzar, Pedro Mártir solicitó el coche para hacer un breve recorrido por aquellos barrios de Roma que aún no había visitado. Dio instrucciones al cochero para ir primero a conocer la universidad, cuya vieja estructura había sido restaurada gracias a la intervención de León X, quien también mejoró el programa de estudios y la calidad del profesorado. Concluida la visita, Pedro Mártir se dirigió al Vaticano donde se volvió a deleitar examinando con más tiempo la Piedad y el resto de las esculturas y pinturas religiosas guardadas en la capilla provisional. A las cuatro de la tarde regresó a palacio con tiempo suficiente para descansar, tomar un baño y arreglarse con calma mientras esperaba la hora de la velada. Con la puntualidad acostumbrada, Filipo de Lombardía pasó a recogerlo y ambos descendieron la escalinata que llevaba al jardín. Ya habían comenzado a llegar los invitados, muchos más hombres que mujeres, vestidos todos con un lujo deslumbrante. De varios sitios, disimulados entre arbustos y flores, surgía música de laúdes, flautas, violas y clavecines. La tenue iluminación de los candiles y antorchas respetaba la radiante belleza de la puesta de sol.
—Lo que más placer le produce a Su Santidad son estas recepciones culturales —comentó Filipo—. Antes solía también disfrutar las partidas de caza, pero últimamente me ha dicho que ya no se siente capaz de seguir persiguiendo ciervos y perdices.
—No conocía esa afición del Sumo Pontífice.
—León X es un buen cazador —dijo Filipo, con un mohín que hacía presumir la doble intención—. Vamos a saludarlo.
El Papa conversaba con un grupo en el que se distinguían varios cardenales, algún obispo y otros caballeros. Cuando vio acercarse a Pedro Mártir, interrumpió la tertulia para presentarlo.
—Permitidme que os presente a su excelencia, Pedro Mártir de Anglería, distinguidísimo clérigo italiano que, entre muchas otras funciones, ejerce como cronista de Indias de su majestad Carlos I, rey de España. Es el autor de las conocidas Décadas del Nuevo Mundo y ha tenido la gentileza no solamente de dedicarme a mí algunas de ellas, sino de aceptar mi invitación para juntos profundizar en su contenido.
—Conozco vuestra obra —dijo un cardenal alto, elegante y de suaves maneras—, porque el Santísimo Padre tuvo la amabilidad de leerme algunas de las cartas a él dirigidas por vuestra excelencia.
—Quien os habla —indicó León X— es el cardenal Pedro Bembo, secretario de Cartas Latinas del Vaticano y uno de nuestros más grandes poetas. Ya tendréis ocasión de escuchar dentro de un rato algunos de sus versos. Ahora, si me lo permitís, voy a continuar con los saludos antes de que llegue la hora de subir al salón.
Los jardines se hallaban ya colmados de invitados que paseaban lánguidamente entre los arbustos, las flores y las fuentes, mientras los músicos continuaban amenizando la reunión y los sirvientes circulaban con bandejas en las que ofrecían exquisiteces variadas. Como si no quisieran perturbar la música, las conversaciones se mantenían en un tono apagado y respetuoso. Sobrecogido por tanto refinamiento, Pedro Mártir meditó un instante sobre lo imposible que sería alcanzar siquiera algo parecido en la muy austera corte española. Siempre escoltado por Filipo, continuó saludando a quienes el secretario papal consideraba los personajes más importantes, entre ellos el escritor Jacopo Sannazaro, cuya obra máxima, Arcadia, había leído Pedro Mártir tiempo atrás. Luego de intercambiar cumplidos, se despidieron prometiéndose reanudar más tarde la conversación. A las seis y media, cuando terminaba de ponerse el sol y se acentuaba el frío invernal, los sirvientes, agitando una campanita, anunciaron que era hora de pasar al palacio.
—Y a Miguel Ángel ¿no lo veremos esta noche? —preguntó Pedro Mártir a monseñor de Lombardía mientras ascendían por la escalinata.
—Buonarroti nunca ha aceptado las invitaciones del Santo Padre a estas veladas culturales —respondió Filipo, sin disimular su desagrado—. Él hace alarde de su desprecio por el lujo y las frivolidades.
En las paredes del gran salón, ahora más iluminado, se destacaban aún mejor las pinturas de Rafael. La profusión de candiles permitía apreciar la diversidad de manjares que colmaban las mesas ubicadas al fondo de la estancia. En el extremo opuesto del salón habían levantado una pequeña tarima, ocupada por un cuarteto de músicos que interpretaban sinfonías diversas. Cuando calló la música, subió a la tarima Filipo de Lombardía para anunciar que el Santo Padre se dirigiría a sus invitados. Con la más acogedora de sus sonrisas, León X subió al escenario y dio la bienvenida a todos los concurrentes. Solamente mencionó por su nombre al invitado especial, Pedro Mártir de Anglería, canónigo, escritor, humanista e ilustre funcionario que desempeñaba un importante cargo muy cerca del rey de España. Discretos aplausos e inclinaciones de cabeza de los más cercanos siguieron a la mención del distinguido visitante. Enseguida León X invitó al cardenal Bembo a declamar su muy famosa «Sonata a Italia» y pidió a los invitados aproximarse más al escenario para escuchar mejor. La voz del declamador era a la vez potente y dulce, lo que permitía comprender hasta la última sílaba de las palabras que conformaban su hermoso poema. Bembo fue muy aplaudido y otros escritores, entre ellos Sannazaro, también subieron a la tarima a declamar algunas de sus obras. Llegó después el turno de los músicos y pasaron por el escenario laudistas, violistas y flautistas, que tocaron sus instrumentos acompañados por las notas del clavecín. Los invitados aplaudían entusiasmados, pero el aplauso más estruendoso surgió cuando el director del coro de la Capilla Sixtina, Constanzo Festa, subió al escenario. Acompañado por su propio laúd y por tres miembros del coro, cantó con melancólica ternura dos de sus madrigales más conocidos y después invitó a subir a la tarima a todos los integrantes del coro que entonaron, con impecable armonía, algunas de las composiciones sacras de su director. Cuando concluyó la presentación del coro, Festa volvió a tomar su laúd y, con gesto reverencial exagerado, invitó al Santísimo Padre a subir al escenario. El aplauso fue unánime y entusiasta y Pedro Mártir cayó en cuenta de que de todos los invitados, el único sorprendido era él. León X subió a la tarima sin titubear y anunció que cantaría a dúo con Festa el último madrigal compuesto por el maestro. Su voz de barítono era realmente hermosa y no le hacía falta el atuendo papal, blanco y dorado, para dominar el escenario con su presencia y sus movimientos. Antes de descender de la tarima, el Papa anunció que era hora de comer para después pasar a la parte humorística de la velada, de manera que todos pudieran tener una buena digestión. Pedro Mártir esperó su turno para felicitar al Papa, quien le comentó que ahora vendrían los bufones con su buen humor y sus farsas, algunas subidas de tono. «Os excuso si después de comer os provoca retiraros a vuestros aposentos», añadió, en broma y en serio. Pedro Mártir, que había visto antes bufones y sabía lo irreverentes que podían ser, felicitó a León X por la calidad de los artistas y le dijo que tal vez presenciaría un par de escenas antes de ir a descansar. El Papa le recordó que lo esperaría al día siguiente, a la hora acostumbrada.