La cabeza de Balboa
Uno
El viernes 26 de noviembre de 1520, con las últimas luces del atardecer, Pedro Mártir de Anglería descendió de la carroza papal frente al Palacio de los Médicis. Su rostro y sus movimientos reflejaban el cansancio motivado por el largo viaje iniciado en Valladolid hacía doce días, dos más de los previstos por él inicialmente. La travesía entre Barcelona y Civitavecchia, a bordo de un bergantín, se había cumplido sin contratiempos, pero en el recorrido por tierra hasta Roma fue necesario sacrificar y remplazar uno de los caballos que tiraban del carruaje.
Admiraba Pedro Mártir la riqueza arquitectónica de la fachada del palacio, realzada por las cálidas refulgencias del ocaso, cuando, con paso presuroso, apareció un clérigo seguido de dos jóvenes uniformados de vistosos colores.
—Excelencia, soy el secretario del Papa —dijo, atribulado el canónigo—. Os esperábamos anteayer y el Santo Padre está sumamente preocupado porque no llegabais. Espero que no hayáis tenido percances durante el viaje.
Sin esperar respuesta, el secretario ordenó a los uniformados que subieran el equipaje a los aposentos del ala izquierda del palacio.
—En el camino hubo un problema con los caballos —alcanzó a explicar Pedro Mártir, mientras intentaba mantener el paso del secretario que, precedido por los guardias, subía ya por las escalinatas.
—Lo importante es que estáis aquí. El Santo Padre se encuentra atendiendo una audiencia, pero os verá antes de la cena. Mientras tanto, seguidme para mostraros vuestros aposentos de modo que podáis asearos y descansar. Avisaré a vuestra excelencia cuando el Santo Padre esté listo para recibiros, probablemente a las ocho. En el escritorio de la habitación hallaréis un reloj.
A medida que se adentraba en la residencia del Papa la fascinación de Pedro Mártir iba en aumento. La profusión de lámparas y candiles permitían apreciar a plenitud el exquisito entramado del techo, las ornamentaciones de los muros, las esculturas y la cantidad de pinturas de gran tamaño que cubrían las paredes, entre las que prevalecían las firmadas por Rafael. Observando tanto esplendor, Pedro Mártir lamentaba que años atrás hubiera decidido abandonar Italia para emigrar a España en busca de nuevos horizontes. Aquel desorden generalizado predominante en la península italiana debido a las constantes guerras entre las varias repúblicas, que treinta años atrás motivaron su alejamiento de Roma, no se reflejaba para nada en el primor artístico que hoy abundaba en el impresionante palacio papal. «No en vano León X es criticado por ser un pontífice que se preocupa más por la cultura que por la religión», pensaba. Era cierto que en Castilla y Aragón prevalecía la unidad política que había permitido a los Reyes Católicos y al rey Carlos I gobernar un vasto imperio, pero las manifestaciones del espíritu no podían compararse con las que ahora contemplaban sus ojos, que sin duda se repetirían en las demás ciudades italianas, sobre todo en Florencia, cuna y feudo de los Médicis, cuyo legendario paterfamilias, Lorenzo, había sido poderoso jefe militar y mecenas indiscutible de las artes. El Papa León X, bautizado Giovanni, era el segundo de los vástagos del ya fallecido caudillo de los Médicis.
Los aposentos asignados al cronista de la Corona española eran tan suntuosos como el resto del palacio. Las paredes de la alcoba estaban cubiertas por cuadros de gran tamaño con escenas religiosas y del respaldar de la cama, protegida por un dosel muy alto adornado con ricas telas, colgaba un hermoso crucifijo tallado en madera de diversos tonos. Cerca de una de las esquinas laterales, una poltrona con una mesita y en la pared contigua un espacioso escritorio y un armario provisto de un amplio espejo completaban el mobiliario. Al fondo, un ventanal dejaba pasar los últimos colores del ocaso. En el salón de baño lo esperaba una tina de mármol con sales y agua acabada de entibiar, una bata y chinelas de increíble suavidad, de todo lo cual Pedro Mártir hizo buen uso. Luego de acomodar sus ropas en el armario y sus libros y documentos en el escritorio, se tendió a descansar y meditar en el mullido lecho.
A finales de septiembre había llegado a Valladolid la carta en la que León X lo invitaba a reunirse con él en Roma, como su huésped, para conversar más a fondo sobre las Décadas, que había tenido a bien dedicarle, en las que le contaba del Nuevo Mundo recién descubierto y de las primeras aventuras de los conquistadores españoles en esa región, tan ignota y bárbara que parecía no haber emergido todavía del oscuro pasado de la humanidad. Él había aceptado la invitación enseguida y solamente pidió estar de regreso en Valladolid antes de las festividades de fin de año, para lo cual propuso arribar a Roma el 24 de noviembre, condición y fecha que el Papa aceptó enseguida. Durante el viaje, Pedro Mártir había releído sus propias crónicas y trabajado en algunos apuntes más recientes a fin de prepararse lo mejor posible para su encuentro con el Sumo Pontífice.
Cuando tocaron a la puerta faltaban unos minutos para las ocho. Antes de acudir, Pedro Mártir, vestido con sus mejores togas, se detuvo un instante frente al espejo que le devolvió la imagen de un cuerpo pesado, algo encorvado por los años, y un rostro adusto, enmarcado en una luenga y tupida barba que recordaba a los profetas bíblicos. Al abrir se encontró al secretario, quien, frotándose las manos y esbozando una sonrisa a la vez amable y nerviosa, le informó que el Santo Padre lo esperaba. «La reunión será en su salón privado», había agregado, con timbre de orgullo y admiración.
—No me habéis dicho vuestro nombre —inquirió Pedro Mártir, mientras recorrían un largo pasillo flanqueado de armaduras y arreos bélicos.
—Soy monseñor Filipo de Lombardía, uno de los secretarios del Sumo Pontífice.
—¡Ah, casualidad! También yo soy lombardo. Nací en Arona, a orillas del lago Mayor.
—Ya lo sabíamos, excelencia. El Sumo Pontífice se esmera en investigar todo lo concerniente a sus invitados. —El secretario hizo una pausa—. Aunque está claro que ya os conocíamos por las numerosas cartas que le habéis enviado en torno al descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.
—Sí, mis Décadas. Espero que el Papa las haya disfrutado.
—Muy pronto lo escucharéis de sus propios labios.
Prosiguieron en silencio y entraron a un gran salón donde la iluminación y la profusión de obras de arte eran aún más exuberantes. Luego de atravesarlo, el secretario se detuvo ante una puerta, menos llamativa que las demás, y tocó discretamente.
—Adelante —dijo una voz profunda y autoritaria.
El aspecto del Sumo Pontífice de la Iglesia católica sorprendió por un instante al cronista de Indias. Bajo, robusto, de rostro abotagado, el ceño fruncido y la mirada penetrante, no se parecía al perfil imaginado por Pedro Mártir. Antes de que pudiera arrodillarse, León X lo sujetó fuertemente del brazo.
—Nada de solemnidades, distinguido cronista. Aquí vamos a pasar un par de semanas como amigos y devotos que somos de la historia, de la religión y del arte. Hace mucho tiempo que aguardaba por este momento que me permitirá escapar de mis ocupaciones cotidianas.
Pedro Mártir se sorprendió gratamente ante la sonrisa cautivadora del Papa que, en un instante, había alejado de su rostro la adustez.
—Honor que me hace, Vuestra Beatitud.
—Sentémonos un momento.
Mientras tomaban asiento, el historiador de Indias pudo apreciar el salón privado del Papa, cuya amplitud no impedía que fuese acogedor. En una de las paredes laterales sobresalía una chimenea con la leña dispuesta y, en la contraria, un escritorio con gran cantidad de papeles. A un costado del escritorio, un reloj pendular y al fondo, frente a un enorme ventanal, dos poltronas. Justo en medio de la estancia una mesa cuadrada con cuatro sillas, a la que ahora se sentaban.
—Me cuenta Filipo que enfrentasteis contratiempos en el camino desde Civitavecchia —comentó el Papa.
—No fue nada, uno de los dos caballos que tiraban del carruaje murió de pronto en plena vía. Nos hallábamos muy lejos de los lugares de posta y hubimos de esperar a que uno de los escoltas fuera en busca del remplazo. A propósito, agradezco infinitamente que hayáis enviado vuestra carroza al puerto.
—Es lo menos que podía hacer, Pedro Mártir. El viaje que habéis realizado es largo y complicado. Pero aquí estamos y me hace una gran ilusión escuchar de viva voz al autor de las Décadas del Nuevo Mundo. Ah, y gracias por tan especial dedicatoria. —León X meditó un instante—. Para aprovechar al máximo vuestra estadía y cumplir con vuestra petición de regresar antes de fin de año, he separado dos horas diarias las próximas dos semanas durante las cuales he pedido que no se nos interrumpa a menos que se trate de algún asunto que requiera mi intervención inmediata, que lamentablemente siempre los hay.
—Tan solo espero que mis palabras sean dignas de vuestros oídos.
—Ya os he dicho que las cartas que me enviasteis sobre ese mundo recién descubierto, tan misterioso como fascinante, me entusiasmaron como ya nada es capaz de hacerlo. Las leí hace ya algunos años y me va a complacer mucho revivirlas con el escritor. Os confieso que he compartido varias con algunos cardenales y familiares. Todos quedan maravillados, no solamente por la forma tan amena e interesante como narráis acontecimientos inverosímiles ocurridos en ese Nuevo Mundo situado más allá del mar océano, sino también por la descripción de la flora, de la fauna y, sobre todo, de los nuevos paganos y, espero yo, futuros cristianos. Debo recordaros que el contacto del Vaticano con el Nuevo Mundo descubierto por Colón comenzó tan pronto llegaron a Roma las primeras noticias del acontecimiento. La primera Diócesis de las nuevas tierras fue creada en 1504 por mi predecesor, Julio II, en la Española. Nuestro interés, por supuesto, era y continúa siendo la pronta cristianización de los naturales.
—Es indudable, Vuestra Santidad, la importancia que ha tenido la Iglesia católica en el Nuevo Mundo para la propagación de la fe. Junto al conquistador iba siempre un representante de la Iglesia que ejercía tanta autoridad como el representante del rey.
—Era y sigue siendo nuestro deber, Pedro Mártir. De allí mi interés en explorar personalmente con el autor los sucesos que relatáis en vuestras Décadas. —El Papa sonrió ligeramente—. Os puedo preguntar, por simple curiosidad, ¿por qué las escribisteis en latín y no en español o italiano?
Pedro Mártir titubeó antes de responder.
—Mis estudios los hice en latín, Santo Padre. Nací en Arona, pero estudié en Roma con preceptores eclesiásticos. Posteriormente me ordené de sacerdote en Granada, recién rescatada de los moros, batalla en la cual participé. Más que el italiano, el latín continuó siendo mi lengua natural y, además, es la que hablan Vuestra Santidad y los hombres cultos a quienes he dirigido mis crónicas. También debo confesaros que, a pesar del mucho tiempo que he pasado en España al servicio de los Reyes Católicos y, más recientemente, de Carlos I, el idioma español no se me da muy bien, tal vez por ser todavía una lengua en permanente evolución.
—Pues bien, seguiremos hablando italiano, aunque tal vez podamos pasar al latín cuando comentemos vuestras crónicas. He sabido que entrasteis tarde al sacerdocio. En cambio, yo, el segundo de los hijos del gran Lorenzo de Médicis —se percibía un dejo de ironía en la voz del Papa—, recibí la tonsura a los siete años por imposición de mi padre, jefe absoluto de la República de Florencia, a quien después de su muerte mi hermano, Piero, trata en vano de remplazar. Cuando cumplí los trece años ya me habían hecho cardenal y a mis treinta y ocho, al ser elegido Papa, todavía no me había ordenado sacerdote. —León X sonrió—. Casi una semana transcurrió entre el día de mi elevación a Vicario de Cristo y aquel en el que, finalmente, recibí las órdenes sacerdotales.
A lo largo de la conversación, Pedro Mártir había observado que, por momentos, el Papa movía la cabeza ligeramente de arriba abajo o de lado a lado, como afirmando o negando sin palabras. Pronto comprendió que se trataba de un gesto involuntario, que se acentuaba cuando algo lo inquietaba en demasía.
—Lo que no ha impedido a Vuestra Santidad ser uno de los Papas que con mayor vigor ha defendido las obras de la Iglesia —comentó, tímidamente, Pedro Mártir.
—Asumo que lo decís por las guerras que he librado en defensa de los Estados Pontificios y de las herejías de Lutero. Y espero que un poco también por mi lucha incansable en favor de las artes, que tanto critican los ignorantes.
Mientras el Papa volvía al gesto involuntario con la cabeza, se produjo un largo silencio, interrumpido finalmente por Pedro Mártir.
—A propósito de las artes debo deciros, si me lo permitís, lo muy impresionado que estoy con la majestuosa e incomparable belleza de este palacio.
—Fue adquirido por mí hace quince años, antes de sospechar siquiera que sería Papa. Lo hice remodelar para que fuera la villa de los Médicis en Roma. Cuando fui elegido para ocupar la silla de San Pedro, decidí establecer aquí mi sede mientras en el Vaticano terminan de reparar los aposentos papales. — León X sonrió con picardía—. Así pasan más desapercibidas mis actividades culturales, que tendréis ocasión de compartir. Pero continuemos nuestra plática en el comedor, que seguramente venís con hambre.
Durante la cena, luego de hablar sobre las diversas obras de arte que albergaba el palacio y las intermitentes guerras que libraban los reyes de Francia y España por la posesión de algunas de las repúblicas italianas, el Papa indicó a Pedro Mártir que volverían a reunirse al día siguiente en el mismo salón a las diez de la mañana.
—A esa hora ya he terminado con mis servicios religiosos y despachado los asuntos más urgentes —afirmó León X—. Oigo misa a las siete todas las mañanas en la capilla del palacio y dos veces a la semana oficio yo mismo. Quizás podríais asistirme en alguna.
—Sería un inmenso honor y un inmerecido privilegio, Vuestra Santidad.
—Bien, ahora, vamos a descansar, que mucho lo necesitareis. El desayuno os lo servirán en vuestra habitación alrededor de las ocho. Hasta mañana, entonces, Pedro Mártir.
—Buenas noches, Santo Padre.
En ese momento, como por encanto, apareció monseñor Filipo de Lombardía, seguido de los dos uniformados, para acompañar al Papa.
Al día siguiente, Pedro Mártir se despertó temprano. Antes de desayunar volvió a repasar sus Décadas sobre el Nuevo Mundo y los otros documentos que traía en el portafolio con sus notas más recientes. «Si vamos a conversar dos horas diarias durante dos semanas será mejor que recuerde bien cada detalle», se dijo.
Faltaban algunos minutos para las diez de la mañana cuando monseñor de Lombardía se presentó a los aposentos de Pedro Mártir para conducirlo a la reunión con el Papa. Al llegar frente a la puerta del salón tuvieron que evitar a un hombre que, enfundado en una túnica negra, algo deteriorada y empolvada, intempestivamente salía y se alejaba.
—Es Miguel Ángel —dijo por lo bajo el secretario.
—¿El famoso escultor? —preguntó, intrigado, el cronista de Indias.
Antes de que monseñor pudiera responder se escuchó la voz del Papa.
—Adelante, adelante, Pedro Mártir. Espero que hayáis descansado bien porque nos esperan dos horas intensas. He escogido para nuestras pláticas este pequeño rincón junto al ventanal que da sobre los jardines.
—Disfruté de un buen sueño y de un excelente desayuno, Vuestra Santidad. Y veo que ahora disfrutaré también de una hermosa vista. Aquí traigo unas notas que servirán a nuestro propósito.
—Comencemos entonces.
El Papa se sentó en una de las poltronas ubicadas frente al ventanal y ofreció la otra a Pedro Mártir. En medio había una pequeña mesa sobre la cual el cronista acomodó sus documentos. Los dos hombres se miraron en silencio un momento antes de que Pedro Mártir comenzara a hablar.
—Supongo que iniciaremos por el descubrimiento de América, obra cumbre del almirante Colón, con quien he conversado profusamente sobre el tema. Se trata de un personaje inigualable por su coraje, su visión del porvenir y su innata sabiduría.
El Papa se reacomodó en la silla y frunció el ceño antes de decir, con una pizca de candidez.
—Pedro Mártir, quisiera que me permitierais hablar con la franqueza que se acostumbra entre buenos amigos que, siento yo, comenzamos a ser. Si bien el descubrimiento de un nuevo mundo es la obra más grandiosa que puede concebir la humanidad, tanto como lo sería alcanzar las estrellas, aquel acontecimiento ocurrió hace ya casi treinta años. No he conocido personalmente al almirante Colón, pero es tanto lo que se ha hablado y escrito que creo que ya aprendí lo que de él y de su gran hazaña hay que saber. Por ejemplo, que no es español ni portugués, como se ha dicho, sino oriundo de la República de Génova, y que nunca llegó a la tierra de las especias, como él creyó al principio. —León X observó el rostro sorprendido del cronista y prosiguió—. Sin embargo, hay un incidente, cuyos primeros capítulos contáis en vuestras hermosas cartas, que ha llamado poderosamente mi atención.
El Papa esperó la reacción de un asombrado Pedro Mártir.
—Lo que desee escuchar Vuestra Santidad será para mí una orden inapelable —dijo, por fin, el cronista.
—Gracias, Pedro Mártir. Sobresalen en vuestras narraciones dos conquistadores españoles que han protagonizado un episodio, tan insólito como incomprensible, que me llena de interrogantes. Me refiero, por supuesto, a Pedrarias Dávila y a Vasco Núñez de Balboa. A través de vuestras cartas he podido conocer algunas de las acciones de estos dos hombres. —El Papa calló por un instante—. Balboa, además, descubrió un nuevo mar océano. Sé también, y es lo más sorprendente, que el decapitado era yerno de su verdugo y, aun así, el suegro terminó cortándole la cabeza. Me intriga sobremanera entender cómo es posible que ello ocurriera.
Pedro Mártir iba a decir algo, pero el Sumo Pontífice lo detuvo con un gesto de la mano.
—Aguardad, por favor, y permitidme aclarar que no somos extraños a las decapitaciones, que han ocurrido aquí muy cerca, en el Castillo San Ángelo, pero siempre como consecuencia de algún proceso legal por delitos muy graves. —El balanceo involuntario de la cabeza se había acentuado—. Lo que sí os puedo asegurar es que allí jamás un padre le ha cortado la cabeza a un hijo o un suegro a su yerno. Por otra parte, sé que vuestras crónicas sobre el Nuevo Mundo no han alcanzado a narrar la decapitación de Balboa, seguramente porque aún no habéis dispuesto del tiempo necesario para escribirlas, porque, según entiendo, del hecho infame no han transcurrido ni dos años. Sin embargo, dada vuestra condición de cronista de Indias designado por el rey Carlos, supongo que conocéis el incidente tan bien como el mejor. Si no os importa, quisiera que centrarais vuestra narración en la decapitación de Balboa. Como os he dicho, se trata de un asunto que, además de horrorizarme, me apasiona y llena de curiosidad.
Pedro Mártir permaneció un instante con aire ausente, mirando hacia el jardín.
—Es cierto, Vuestra Beatitud, como bien afirmáis, que se trata de un acontecimiento difícil de entender y de aceptar. Quien os habla no ha terminado de comprenderlo a cabalidad, y, mucho menos, de juzgarlo. Aunque todavía no he escrito sobre el tema, sí he hecho las averiguaciones necesarias para conocerlo íntimamente, resultado que se encuentra en las notas que aquí traigo. Y si bien no tengo ningún reparo en iniciar nuestra conversación refiriendo lo ocurrido entre Pedrarias Dávila y Vasco Núñez de Balboa, para poder entenderlo con mirada histórica debemos remontarnos al origen tan disímil de ambos conquistadores y, en consecuencia, a la manera tan diferente como cada uno puso pie en el Nuevo Mundo.
—De acuerdo, estimado amigo. Ni falta hace que os diga, como jefe de la Iglesia católica, que me anima también el enorme interés de conocer mejor y tratar de comprender la situación que prevalece en el Nuevo Mundo, especialmente en lo relativo a la propagación de nuestra fe entre los nuevos paganos. Imagino que es un tema que siempre estará presente en vuestra narración.
—Así es, Vuestra Santidad. También debo aclarar que en nuestras conversaciones surgirán algunos asuntos o detalles que tal vez no aparecen en las cartas que os envié, detalles que vine a conocer más tarde.
—Tanto mejor, Pedro Mártir, tanto mejor. Os confieso que vuestra presencia aquí obedece, en gran medida, a mi interés por la cultura de la cual, como bien sabéis, la historia es parte esencial. Y, ¿por qué no decirlo?, también responde a la necesidad que siento de gozar de ratos de solaz en medio de los acontecimientos inquietantes que hoy ocupan casi todas las horas de mis días. Guerras, rebeliones, herejías y tantas otras vicisitudes que me obligan a bregar contra las más bajas de las pasiones humanas. En fin, Pedro Mártir, estas dos semanas que espero que paséis aquí hablándome de acontecimientos y regiones ajenas a mi diario vivir, harán las veces de unas vacaciones que, de otra manera, no puedo darme el lujo de disfrutar.
—Será un honor para mí.
—Proseguid, entonces, amigo mío.
Pedro Mártir rebuscó entre sus papeles, los reacomodó y los examinó rápidamente.
—Habréis de saber, Santo Padre, que…