La cabeza de Balboa

Juan David Morgan · Capítulo 5 de 15

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La cabeza de Balboa

Tres

 

 

—Vasco Núñez de Balboa —continuó Pedro Mártir— se había trasladado desde finales del siglo pasado a Sevilla, donde los descubrimientos y conquistas eran temas cotidianos que se discutían en hogares, iglesias, plazas y comercios. Su propósito, sin duda, era participar en la gran aventura iniciada por Colón y a la primera oportunidad se enroló como escudero en una expedición que preparaba Rodrigo de Bastidas.

—¿Bastidas, decís? ¿El mismo que acompañó a Colón en su primer viaje?

—El mismo, Vuestra Santidad. Y con Bastidas iba también Juan de la Cosa, el cartógrafo que aportó a la empresa de Colón su propia nave, Santa María, que además pilotó y fue la capitana de la expedición porque en ella navegaba el gran almirante.

—Parece que los grandes acontecimientos giran siempre alrededor de los mismos personajes —reflexionó León X.

—Los mismos valientes y soñadores que no rehúyen lo que les depara la divina providencia.

—Así es, Pedro. En buena compañía iba Balboa.

—La expedición de Bastidas zarpó de Cádiz en 1501 integrada por una nao, la Santa María de Gracias, una carabela, la San Antón, y un bergantín auxiliar. Luego de atravesar la mar océano, la pequeña flota arribó a la costa occidental de lo que entonces se conocía ya como el reino de Tierrafirme, por oposición a las ínsulas encontradas por Colón en su primer viaje. En ese viaje Bastidas descubrió, entre otros lugares, una acogedora rada, a la que nombró Santa Marta y, siguiendo por la costa hacia el poniente, la desembocadura de un gran río, que llamó Magdalena, y poco más adelante la hermosa bahía de Cartagena. Siempre costeando llegó al Golfo de Urabá, que adquirirá importancia posteriormente en las aventuras de Vasco Núñez. En ese punto la exploración se vio interrumpida porque las naves fueron atacadas por la broma y Bastidas se vio forzado a poner proa hacia la Española sin concluir su recorrido por las costas de Tierrafirme.

—¿Atacadas por la broma? ¿A qué os referís? —preguntó el Papa, intrigado.

—La broma, nombre originalísimo, por cierto, es un gusano que se alimenta de madera y parece existir en abundancia en las aguas oceánicas próximas al Nuevo Mundo. Como consecuencia del ataque, solamente dos de las embarcaciones de Bastidas pudieron llegar a la Española. La otra, en la que navegaban Vasco Núñez, De la Cosa y el propio Bastidas, naufragó al sur de la isla, frente a la costa, lo que provocó la muerte de algunos tripulantes y la de todos los esclavos apresados en las guerras que habían librado contra algunas tribus de Tierrafirme. Bastidas, Vasco Núñez, De la Cosa y los demás sobrevivientes se vieron forzados a atravesar a pie toda la isla hasta llegar al asentamiento de Santo Domingo. En el camino combatieron con las tribus taínas, de las que tomaron prisioneros que les servirían de guías.

—¡Qué manera de comenzar Balboa su aventura en el Nuevo Mundo! Aunque debo suponer que en esos días la tragedia y las contrariedades no eran la excepción, sino la norma, y aquellos que se embarcaban para atravesar la mar océano en busca de fama y fortuna así lo esperaban. ¿En qué año andamos ahora?

—Vasco Núñez, Bastidas y De la Cosa llegaron a Santo Domingo en 1502, aunque no estoy seguro del mes. Lo que sí puedo informaros es que Bastidas fue puesto preso por orden del gobernador y enviado de vuelta a España.

—¡Válgame, Dios! Después de tanta zozobra acabar preso por orden de un representante del rey. ¿De qué lo acusaron?

Pedro Mártir hizo un gesto de displicencia.

—El acusador era el mismo gobernador, Francisco de Bobadilla, que un año antes había ordenado apresar al Gran Almirante de la Mar Océano para enviarlo encadenado a Castilla junto a sus hermanos Bartolomé y Diego Colón. Los acusaba de abuso de autoridad y de malos manejos de los bienes de la Corona. A Rodrigo de Bastidas lo culpó de haber adquirido oro de los indígenas que, desnudos y con prendas doradas cubriéndoles sus partes íntimas, habían entrado junto con él en Santo Domingo. Según el gobernador y representante de la Corona, la supuesta negociación se había hecho sin su autorización. En Castilla, la Corona absolvió prontamente a Bastidas de semejante acusación, igual que se había absuelto antes a Cristóbal Colón y a sus hermanos.

—Menos mal. ¿Y cuál fue el destino de tan iracundo gobernador?

—La Corona lo relevó del mando de la Española y poco después, en su viaje de regreso a España, pereció cuando la nave en que viajaba naufragó en medio de una gran tempestad.

—¿Justicia divina? —sugirió León X, y, sin esperar respuesta, volvió a preguntar—: Y nuestro Balboa ¿permaneció en Santo Domingo?

—Varios años, Santo Padre. Formó parte del ejército que llevó adelante las guerras de justificación en el resto de la isla hasta la pacificación de los indígenas. Como consecuencia se le otorgó…

—Detengámonos aquí, si no os importa. Alcanzo a ver que entre las nubes se muestran tímidamente unos rayos de sol y os invito a salir un momento a los jardines mientras me contáis acerca de esas guerras en las que participó Balboa. No creo que hagan falta los abrigos porque todavía el frío es soportable.

Los jardines que acogieron a León X y Pedro Mártir rivalizaban en esplendor con los interiores del palacio papal. Alineados en impecable armonía, los árboles vestían colores otoñales, alrededor de albercas que luego se tornaban en fuentes de imperturbable belleza.

—Es mi lugar favorito cuando necesito meditar —dijo el Papa—. Pero también lo es para seguir escuchándoos acerca de esas guerras que llamáis de justificación en las que intervino el futuro decapitado.

Pedro Mártir guardó silencio por un momento, confundido ante la muy áspera expresión que utilizaba el Papa para referirse a Vasco Núñez.

—El concepto de la justificación no se formalizó jurídicamente hasta el Consejo de Burgos de 1512, cuando los reyes se vieron obligados a actuar por las numerosas quejas de varios teólogos y eclesiásticos derivadas del maltrato que se dispensaba a los nativos del Nuevo Mundo. Surgieron así las ordenanzas de protección al indígena, que prohibían esclavizarlos y les otorgaban un mínimo de derechos, siempre y cuando se sometieran a la Corona y aceptaran el cristianismo como su religión. De no hacerlo y mantenerse infieles, se justificaban las guerras y su posterior esclavización. Aunque las ordenanzas emanadas de la Junta de Burgos, que obligaron a los conquistadores a requerir a los aborígenes su obediencia a los reyes y a los preceptos del cristianismo, no entraron a regir hasta 1512, ya desde la conquista de la Española las guerras de justificación se practicaban de hecho. A los soldados que se destacaban en esos combates se les premiaba otorgándoles tierra para cultivar y esclavos que la trabajasen. Vasco Núñez debió combatir bravamente porque, además de esclavos, recibió varias fanegas de buenas tierras en el extremo occidental de la Española, junto al mar, lugar que recibió el nombre de Sabanas de Salvatierra, siendo sabanas un vocablo indígena equivalente en español a la palabra llanos. Vasco Núñez, que conocía algo de puercos porque estos se criaban en abundancia alrededor de Jerez de los Caballeros, estableció allá, con ayuda de sus esclavos, una gran porqueriza de la cual vivió cómodamente durante varios años hasta acumular una modesta fortuna. Pero la hacienda, muy expuesta al mar, fue barrida por un huracán y de ella nada quedó: ni la casa, ni los puercos, ni los esclavos. Los que no fallecieron huyeron hacia las montañas.

—He leído y escuchado hablar de huracanes, esos grandes ventarrones acompañados de intensas lluvias que al parecer son frecuentes por aquellos lares. ¿Habéis presenciado alguno?

—No, Vuestra Santidad, os confieso que nunca he pisado las tierras del Nuevo Mundo y a mis años ya no creo que lo haga.

—Es que describís tan bien lo que allá existe y ocurre…

—Por información que recojo de documentos oficiales, declaraciones, cartas, testimonios y, sobre todo, conversaciones con quienes sí han estado y vivido en el Nuevo Mundo. Podéis confiar en que todo lo que os he escrito y ahora os estoy contando es tan cierto como estos hermosos jardines por los que paseamos.

—Ninguna duda tengo, Pedro, ninguna. Seguid, seguid.

—De vuelta en Santo Domingo después del huracán, Vasco Núñez se enfrentó a la ruina total. Carecía de fondos para pagar a sus acreedores, que lo vigilaban de cerca para asegurarse de que el producto de cualquier negocio o trabajo que su deudor emprendiera sería destinado a pagar lo adeudado. Así las cosas, Vasco Núñez trató de embarcarse en alguna nave que lo condujese de vuelta a Sevilla o lo llevara a Tierrafirme, pero, perseguido y sin dinero, le resultaba sumamente difícil.

—Si recuerdo bien lo leído en una de vuestras epístolas, es cuando decide meterse en el barril —dijo el Papa, sonriendo—. Pero ya hoy se nos hace tarde así es que dejemos aquí el relato. Os advierto que para pasado mañana tengo preparada una sorpresa que estoy seguro os agradará.

—Cualquier gesto de Vuestra Beatitud será de mi mayor agrado.

—Hasta pronto, entonces, Pedro Mártir. Como mañana es domingo, y supongo que querréis decir o atender la misa, a las nueve habrá una en mi capilla privada. Si os interesa, Filipo puede pasar por vuestra habitación.

—Gracias, Santidad. Hace ya mucho tiempo que no oficio misa, pero sí quisiera atenderla para comenzar el domingo más cerca de Nuestro Señor.

—Muy bien, así será. ¿Podréis hallar sin problema el camino de regreso a vuestros aposentos?

—Seguro estoy de que sí. Y si me extravío disfrutaré aún más de tanta belleza que nos rodea.

—Entonces, mañana, después de la misa, continuaremos en el mismo salón a la misma hora.

Antes de que León X y el cronista de Indias se separaran, aparecieron Filipo de Lombardía y los acostumbrados uniformados para escoltar al Santo Padre.

La mañana siguiente, después de comulgar y de ingerir un desayuno ligero, Pedro Mártir, siempre guiado por monseñor de Lombardía, llegó al salón donde, con la puerta abierta, esperaba León X.

—Buenos días otra vez, Pedro. Espero que hayáis dormido y desayunado bien después de la misa porque nos espera un día intenso. Hoy domingo he decidido dedicar dos horas más a nuestra conversación para que cuando concluyamos estas reuniones podáis emplear vuestro tiempo en otros menesteres. No debéis iros de Roma sin visitar y conocer los lugares donde el arte se refleja aún con mayor despliegue que en este palacio. A propósito, ayer me olvidé de preguntaros ¿hasta qué día tenéis previsto permanecer con nosotros?

—He dormido muy bien, Vuestra Santidad, y después de oír misa y recibir la santa comunión tomé un desayuno muy reconfortante, así es que estoy presto a compartir el tiempo que sea necesario. Para responder a vuestra pregunta, de ser posible quisiera estar de vuelta en Valladolid unos días antes del 25 de diciembre para poder acompañar al rey Carlos en la celebración de la Natividad de Nuestro Señor. Mi presencia siempre es requerida en esa fecha y también el primer día del nuevo año, pero debo insistir en que mi tiempo está a vuestro mandar.

—Gracias, gracias, Pedro Mártir. Bien podremos extender las horas para asegurarnos de que zarpéis de Civitavecchia con la antelación necesaria para llegar a Valladolid y acompañar a vuestro rey en fechas tan importantes. ¿Vamos al episodio del barril?

—Gracias, Vuestra Santidad, vamos allá. Habíamos dejado a Vasco Núñez tratando de abandonar Santo Domingo para escapar de sus acreedores. La primera oportunidad que se le presentó fue la expedición que Alonso de Ojeda organizaba para ir a desempeñar en Tierrafirme el cargo de gobernador de Nueva Andalucía que le había sido conferido por los Reyes Católicos. Aquí conviene recordar que la Corona de Castilla había decidido dividir el reino de Tierrafirme en dos gobernaciones, una al poniente y otra al levante, partiendo de un punto medio en el golfo de Urabá. La que recorría la costa hacia el levante, la confirió a Alonso de Ojeda bajo el nombre de Nueva Andalucía y la que recorría la costa hacia el poniente, que llamó Nueva Castilla o Veraguas, la confirió a Diego de Nicuesa. Vasco Núñez se ofreció y fue aceptado como parte de la milicia que acompañaría a Ojeda, pero los acreedores le impidieron abordar la nave. En apoyo de esta expedición seguiría algún tiempo después la del bachiller Martín Fernández de Enciso, que tras ocho años de ejercer como abogado en Santo Domingo había logrado acumular una no despreciable fortuna y a quien Ojeda había prometido la Alcaldía Mayor de su gobernación. Para evitar a los acreedores, Vasco Núñez decidió subir furtivamente a bordo de la nave de Enciso, para lo cual obtuvo la complicidad de su amigo, Bartolomé de Hurtado. Esa ayuda se hacía necesaria, además, porque el polizón pretendía viajar con su perro, que después se haría famoso entre los canes que arribaron con sus amos a las tierras recién descubiertas. Según ha contado uno de los navegantes que fue testigo del hecho, Leoncico, que así se llamaba el can, subió a bordo en compañía de Hurtado mientras Balboa lo hacía dentro de un gran barril, de los que normalmente se rellenan de harina.

—¡Mucho mejor iba el perro que el amo! —exclamó el Papa, al tiempo que se golpeaba un muslo y soltaba una risotada.

—Así es —rio también Pedro Mártir—, aunque lo peor estaba aún por ocurrir. La expedición partió en septiembre de 1510 y luego de un día de navegación Balboa emergió del barril y fue a ofrecer sus servicios al bachiller Enciso, quien, sin detenerse a escucharlo, ordenó abandonarlo en la primera isla que encontraran como castigo por haberse embarcado como polizón, delito que en la mar se reputa como muy grave. Al parecer se hallaban cerca de un islote desierto y el piloto recibió la orden de enrumbar hacia allá la nave. Pero, liderados por Hurtado y por algunos extremeños coterráneos de Balboa, la tripulación en pleno fue a pedir a Enciso perdón para el furtivo. Tras varias negativas, Enciso accedió finalmente a incluirlo como parte de la tripulación a cambio de que realizara trabajos extraordinarios durante la travesía. La nao y el bergantín de Enciso pusieron proa hacia el golfo de Urabá donde debían encontrarse con el gobernador Ojeda. Pero, al acercarse a la costa, cerca de Cartagena, divisaron uno de los bergantines de Ojeda, a cuyo mando iba Francisco Pizarro, quien, luego de expresar su gran alegría por encontrarles, les refirió las penurias que habían pasado desde su arribo a tierra firme. —El cronista meditó un instante—. Si Vuestra Santidad me lo permite, quizás pueda tomarme un momento para relatarle la tragedia de Alonso de Ojeda, a la que debo sumar la de Juan de la Cosa. Aunque estos episodios no fueron incluidos en mis crónicas originales, conozco muy bien los detalles por conversaciones que sostuve con varios de los tripulantes que lograron regresar a España.

—Recuerdo haber leído sobre Ojeda y De la Cosa en vuestras cartas, pero mi memoria no ha retenido mayores detalles.

—Seré breve, Vuestra Santidad. Debo comenzar advirtiendo que Alonso de Ojeda fue un conquistador muy audaz que desde 1493 había participado en el segundo viaje de Colón a las Indias. Cuatro años más tarde, en 1497, logró romper el monopolio que sobre viajes al Nuevo Mundo mantenía la familia de Cristóbal Colón y recibió una capitulación de la Corona para explorar la tierra firme, expedición que llevó a cabo en compañía de Américo Vespucio y de Juan de la Cosa. Después de recorrer las costas orientales y hacer algunas entradas contra los aborígenes, regresó a España donde terminó preso acusado de no haber cumplido con la entrega del quinto real a la Corona, cargo del cual sería absuelto. Tres años después, gracias a sus experiencias previas en el Nuevo Mundo y a las influencias de su protector, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, logró el nombramiento de gobernador de Nueva Andalucía, al que nos hemos referido.

—Realmente, un individuo persistente.

—Y, como ya dije, audaz. En su viaje hacia el golfo de Urabá para ejercer el cargo de gobernador, arribó primero a la bahía de Cartagena, donde bajó a tierra para someter a algunos indígenas costeños que poseían mucho oro.

—No hemos hablado casi del tema —interrumpió el Papa— pero ¿convenís en que el oro era el principal propósito que empujaba a los conquistadores?

—Así es y, ¿por qué no decirlo?, también el beneficio que producía la esclavitud de los indígenas sometidos, que valían tanto como el oro. Pero justo es reconocer que, si bien los Reyes Católicos apreciaban el oro y demás riquezas que salían de las tierras recién descubiertas, sus planes fueron concebidos, con la bendición papal, alrededor de la evangelización de los nuevos paganos y el establecimiento de ciudades y villas similares a las de España. Cierto es que desde el descubrimiento de la Española, Colón había quedado fascinado con el oro allí encontrado, aunque fueron los conquistadores que vendrían después de él quienes realmente padecieron más agudamente de la ambición desmedida de riquezas.

—Bien dicho, Pedro Mártir, bien dicho. Además, tanto distaba Castilla del Nuevo Mundo que resultaba imposible para los Reyes Católicos vigilar lo que allende los mares hacían sus súbditos.

—Así es, Vuestra Santidad. Siguiendo con mi relato, animado Ojeda por información recibida de los recién sometidos indígenas acerca de la riqueza aurífera de otro poblado más importante, llamado Turbaco, marchó cuatro leguas tierra adentro en su busca. Recién iniciado el combate en la periferia del poblado, sintieron los conquistadores, por primera vez, el efecto de las flechas envenenadas, principal defensa de esos aborígenes. Gracias a ellas y a la habilidad con la que los nativos manejaban sus arcos, las huestes de Ojeda fueron masacradas. Su lugarteniente, Juan de la Cosa, el mejor cartógrafo de la Corona española, cayó herido de muerte con más de una docena de flechas envenenadas clavadas en su cuerpo. Ojeda, que tenía fama de ser un hombre muy ágil, pudo escapar de la masacre y, en compañía de Pizarro, a quien nombró su nuevo lugarteniente para remplazar a De la Cosa, logró llegar a su destino en el golfo de Urabá, donde en la costa oriental fundó la pequeña fortaleza de San Sebastián. Enterado de que los indios de la región poseían mucho oro, fue tras ellos y en el primer encuentro cayó herido en la pierna por una flecha envenenada. Para sanar de la pierna herida y averiguar la suerte corrida por el bachiller Enciso, Ojeda se embarcó de vuelta a la Española. La nao que lo llevaba encalló en la costa oriental de la isla de Cuba, la cual hubo de recorrer a pie, herido y con grandes penurias, hasta que finalmente, en una carabela enviada providencialmente por el gobernador de Jamaica, pudo embarcarse rumbo a la Española. Allí ingresó a la orden de los franciscanos y poco tiempo después murió a consecuencia del flechazo recibido en Urabá, sin un maravedí y sin haber vuelto a saber de Enciso ni del destino de su fallida gobernación.

—Como en toda aventura humana, en la de Ojeda hay lecciones que aprender —sentenció León X—. Pero, explicadme ¿cómo fue que apareció Pizarro en las costas de Cartagena?

—Francisco de Pizarro había permanecido con cincuenta hombres a cargo de San Sebastián de Urabá, con instrucciones de Ojeda de abandonar el poblado en caso de que él no regresara con ayuda dentro de los próximos dos meses. Asediado siempre por los indígenas, al expirar el plazo Pizarro zarpó con todos sus hombres en dos bergantines con la esperanza de encontrar la expedición de Enciso y, en caso de no lograrlo, continuar rumbo a la Española. Uno de los bergantines naufragó, pero la providencia quiso que el otro, en el que iba Pizarro, se topara con las naves de Enciso cerca del golfo de Cartagena. Allí volvieron a verse las caras los extremeños Pizarro y Balboa, quienes seguramente ya se habían conocido años antes en la Española. Después de relatar lo ocurrido en Turbaco y en San Sebastián, Pizarro rogó a Enciso desistir de seguir hacia Urabá, pero el bachiller, consciente de su deber como alcalde mayor, insistió en poner proa rumbo a su destino original con la esperanza de encontrar allí al gobernador Ojeda. En la entrada del golfo, la nave en la que viajaba Vasco Núñez naufragó y se perdieron gran parte de los bastimentos y de los animales que traían para el desarrollo de la recién fundada población. Al desembarcar en San Sebastián encontraron que la fortaleza y las treinta viviendas levantadas por los españoles habían sido destruidas y quemadas por los indígenas. Fue así como, luego de contratiempos y peripecias, en el año del señor de 1510, arribó Vasco Núñez de Balboa al Darién, donde permanecería el resto de su truncada vida. —Pedro Mártir colocó sus papeles en la mesita antes de proseguir—. Tocaría ahora relatar cómo, cuatro años más tarde, llegaría Pedrarias Dávila al mismo golfo de Urabá por el que entró Balboa a tierra firme, pero, si Vuestra Santidad está conforme, tal vez convenga, para claridad del relato, que continuemos con la saga de Balboa y retomemos después la llegada de Pedrarias.

—Vos decidís, Pedro. Si os parece, continuaremos mañana en este mismo salón. Pero antes Filipo pasará a recogeros para que yo pueda mostraros la sorpresa que tengo reservada. Os pido que estéis listo a las siete y media, en ayunas.

—Gracias, Santo Padre. Hiervo en deseos de conocer de qué se trata.