La campaña afgana
hemos aprendido unas cuantas palabras y nuestro…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
hemos aprendido unas cuantas palabras y nuestro guardián, Ham, resulta que sabe mucho más griego de lo que aparentaba al principio.
Estamos recostados contra unas piedras, en grupos de cuatro, con las manos libres, aunque los tobillos nos los han atado a estacas clavadas al suelo. El jefe, Gancho, nos acosa a preguntas. Quiere saber por qué seguimos a Alejandro. ¿Somos de la misma tribu? ¿Estamos relacionados por lazos de sangre o de matrimonio? Cuando respondemos que no, crece su desconcierto. ¿Por qué vinimos aquí? ¿Qué buscamos? Señala hacia la estepa.
—¿Habéis viajado mil leguas para robarnos lo poco que tenemos?
Gancho se llama Baropamisiates, que significa «hombre de las colinas».
Quiere saber cosas de nuestro país, Macedonia. ¿Se pueden criar caballos allí? ¿Cuántas esposas puede poseer un hombre? Al oeste de nuestras fronteras, ¿el cielo se precipita realmente en el mar?
Por encima de todo, Gancho siente curiosidad por Alejandro. Que nuestro señor sea de una estatura inferior a la media desconcierta e irrita al afgano.
—Si los dioses hubiesen querido que la talla corporal de vuestro rey fuese pareja a su ambición, ni la propia tierra habría tenido suficiente espacio para contenerlo, y con una mano habría querido tocar el sol naciente y con la otra, el poniente. ¿Qué clase de hombre desea aquello que jamás puede alcanzar? De Europa pasa a Asia y de Asia, a Europa. No lo detienen montañas ni desiertos ni los mares inmensos frenan su avance.
Gancho nos da la charla sobre la necedad de monarcas pasados que llevaron la guerra a las gentes libres de las estepas: Semíramis, el audaz Sargón, Ciro el Grande.
—Ese orgulloso tirano que se hacía llamar Elegido de Dios, cuyos sirvientes llevaban delante de él una imagen de oro del sol... Ahora sus huesos yacen mezclados con nuestro polvo y sus entrañas se han dispersado convertidas en festín de perros y cuervos.
Los afganos, afirma Gancho, tienen dos aliados invencibles: el tamaño y la desolación de su tierra.
—Vuestro rey podrá derrotarnos, pero jamás rendirá a semejantes aliados. Es una idea equivocada creer que el desierto es un terreno llano, liso como una mesa, por el que viajar es una simple cuestión de dirección y rapidez. Por el contrario, la estepa es un laberinto de trampas y escollos naturales, de cañones sin salida y riscos. Ríos de arenas movedizas aparecen en medio de escarpas rocosas; ciénagas salobres se materializan en mitad de baldíos arenales. Fallas de un cuarto de milla de profundidad surgen como salidas de la nada y no se las puede rodear. Un enemigo que sabe moverse por un territorio así cuenta con una ventaja insuperable. En retirada puede atraer con señuelos a sus perseguidores para meterte entre promontorios sin salida de los que sólo puedes escapar volviendo por donde has venido, o tenderte cebos en laberintos de gargantas y cañones de los que él sí sabe cómo escapar, pero tú no. Sabe cómo conseguir que te pierdas y que te pongas a girar en círculos. Y siempre está el agua y su falta. Recorrer una tierra tan agreste sin un conocimiento preciso de dónde están los manantiales y los pozos es un suicidio. Una unidad no puede desplazarse más de dos días en cualquier dirección; simplemente, hombres y caballos no pueden cargar con el agua suficiente para ir y volver. Tener guías nativos no sirve de nada. Todos trabajan para el enemigo. Un afgano que ayuda al
invasor vuelve a su pueblo para encontrar a su mujer e hijos despedazados o esperándolo para despedazarlo a él. El adversario vencido en combate sabe encontrar fácilmente una vía de escape mientras que tú, en su persecución, has de enfrentarte a una maraña de desfiladeros y cursos secos de río, consciente en todo momento de que el enemigo es un maestro en huidas fingidas y emboscadas en retroceso.
Sobre todo esto nuestros captores nos ilustran con gran empeño. A estas alturas ya se han descartado las bolsas de la cabeza y las vendas de los ojos.
Nuestros carceleros quieren que veamos a qué nos enfrentamos nuestro rey y nosotros. Para cuando el grupo cruza el Jaxartes (de noche, con bolsas bhoosa y los caballos nadando al lado), ya ni siquiera nos vigilan. ¿Adónde íbamos a ir?
Al norte del río, una serie de estribaciones recortadas atraviesan la planicie. Ya estamos en las Tierras Salvajes. El grupo sube por las colinas siguiendo una senda tan precaria que hasta los inigualables jinetes han de desmontar e ir a pie. Estoy pensando que ni siquiera los escorpiones pueden vivir en este infierno cuando rodeamos una ensillada y aparece el campamento más bonito que uno podría imaginar. Chiquillos y mujeres de un encanto impresionante corren a los brazos de padres y Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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esposos; jóvenes de aspecto orgulloso se ocupan de los caballos de los guerreros y de los cautivos de la masacre del río. A Lucas y a mí nos conducen a empujones, sujetos los brazos, a un callejón sin salida entre altas rocas. Nos rodean mocosos y matronas salvajes.
¿Nos desmembrarán ahora?
Nuestro interrogador nos deja. Todos los hombres se van. Las mujeres y los niños empiezan a examinarnos. Nos tiran del pelo y nos meten los dedos en los oídos. Algunos nos pinchan la tripa con palos y otros nos dan pellizcos. Nos abren los párpados a la fuerza. Una vieja me mete la zarpa en la boca; cuando reculo, agarra una piedra y me golpea entre los ojos. Otra me tantea los testículos. Chillo. Como va he dicho, nuestro interrogador se llama Ham y grito su nombre con terror. En cuestión de segundos el joven aparece, seguido por media docena de compatriotas. Se tronchan de risa.
Ham nos explica que a las matronas y los mocosos les habían dicho que los maces no eran hombres, sino demonios, y que sólo lo estaban comprobando. Todo el día siguiente las matronas caminan en tropel pegadas
a nosotros. Nos tiran piedras y nos golpean la espalda y las piernas con garrotes. Vamos maniatados a la espalda. En las bajadas de desfiladeros rocosos las mujeres nos zancadillean y ululan con regocijo cuando nos golpeamos la cabeza al caer. Lucas lo está pasando muy mal con el ojo y las costillas; las mujeres se dan cuenta y lo atormentan sin descanso. No nos odian, no es ése el impulso que hay tras su crueldad. En realidad somos demonios para ellas. Nuestro cabello pajizo y los ojos de color avellana son señales para estas mujeres tribales de que no somos una raza de congéneres humanos, sino prole del infierno. Cuando el ojo de Lucas empieza a lagrimear un líquido oscuro, las mujeres se lo tocan con el dedo y chupan lo que les queda pegado en la yema, desconcertadas al descubrir que los macedonios derraman sangre como ellos. Por último, cerca ya del ocaso, se aburren y nos dejan en paz.
—Por Zeus —gime Lucas—, no habría podido sobrevivir una hora más.
Sólo una chica del grupo no ha participado en el sañudo ataque; es una muchacha de unos quince años con los ojos como obsidiana y el cabello negro como ala de cuervo. Ahora, cuando a los prisioneros nos estacan para la noche, se desliza hasta nosotros aprovechando las sombras y se arrodilla al lado de Lucas para enjugarle el ojo con un trozo apuñado de su pettu que antes ha empapado en agua fresca del manantial. Yo estoy estacado a tres pasos de distancia, al lado de otro cautivo llamado Medon; siento el pecho henchido de emoción al contemplar tal acto de piedad en este horrible sitio.
De repente un hombre aparece en la oscuridad, alza a la chica de un brusco tirón y se pone a abofetearla con violencia. La maldice y la acusa de algún delito que no alcanzamos a descifrar; la muchacha no intenta defenderse. En cuestión de segundos, la mitad de la partida de guerra se ha reunido. Los hombres chillan; Lucas, los otros y yo gritamos también. ¡La chica no ha hecho nada malo! ¡Soltadla, hijos de puta! El hombre aferra a la muchacha ante sí, por el cabello, y los hombres de la tribu braman con aprobación. El bruto se vuelve hacia nosotros, los cautivos. Un cuchillo curvo, un khofari, centellea en su mano. Nos lo enseña con deliberada lentitud y después pasa la hoja por la garganta de la chica con tanta fuerza y tan hondo que casi le corta la columna vertebral. Me pongo a gritar. Todos lo hacemos. El hombre tira el cadáver a sus pies; no se detiene siquiera los veinte segundos que la sangre de la pobre criatura tarda en formar un charco sobre las piedras. Se limita a dar media vuelta y se aleja a zancadas, rodeado de los hombres que no dejan de pregonar su aprobación.
—¡Dioses todopoderosos! —grita Medon—. ¿Quién es ese hombre?
¿Por qué ha hecho eso?
Ham y sus compañeros miran fijamente a la muchacha asesinada.
—Es su padre.
Las mujeres arrastran el cadáver de la chica y se pierden en la oscuridad. Ham nos dice que había violado el código a'shaara. El delito no era imputable a nosotros, los maces, por recibir ayuda, sino de la chica por ayudarnos. Lo repentino y monstruoso del acto nos ha dejado mudos.
¿Cómo es posible algo así? ¿Cómo puede un padre asesinar a su propia hija?
Dormir queda descartado. Nos apretujamos, temblorosos bajo los harapos que nos cubren. En algún momento durante la segunda guardia nos levantan a patadas. Todos esperamos que nos Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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asesinen como a la chica de cabello azabache, pero nuestros carceleros ya no se acuerdan de ella. Ham y un guerrero de más edad nos conducen a Lucas y a mí a una cresta desde la que se tiene una perspectiva de treinta millas. El resto de la partida ya está agrupada allí. Ham señala a lo lejos, hacia una línea de lumbres que parecen tan numerosas como las estrellas del cielo.
—Iskander —dice.
Es el campamento de Alejandro en la ribera sur del Jaxartes. Echo una mirada de reojo a Lucas.
¿Qué querrán ahora de nosotros nuestros captores? ¿La confirmación de que las hogueras de guardia son realmente de Alejandro? ¿Conjeturar sobre las intenciones de nuestro rey o sobre la dirección de la marcha? Pero no, los afganos no quieren nada, sólo enseñarnos la masiva congregación de nuestros compatriotas. Eso es lo que estos demonios quieren. Lo que han estado esperando.
En cuestión de minutos, el campamento se ha recogido y nos ponemos en movimiento. La partida aligera toda la noche. Sin andarse con contemplaciones, dejan de lado esposas e hijos, que se dispersan por cursos secos hacia valles pedregosos. Pasada la medianoche, veinte guerreros nuevos refuerzan la partida; por la mañana, otros dos grupos, de sesenta y noventa hombres, incrementan más aún su número. La cabeza me echa humo de querer entender qué significa la presencia de Alejandro en el
Jaxartes. Si las luces de las hogueras de guardia son reales y no una treta para engañar al enemigo en cuanto a su número, entonces nuestro rey ha reunido al grueso de su ejército a lo largo del río, incluidas las unidades del tren de asedio. Eso sólo puede significar que Espitámenes ha venido hacia el norte desde Maracanda y ha entrado en las Tierras Salvajes. De otro modo, Alejandro habría ido directamente a la ciudad para vengar la masacre del Raudal de Bendiciones, de la que sin duda ya ha sido informado a estas alturas.
A la segunda noche, las tropas que viajan con Garfio han ascendido a casi mil hombres y hay jinetes que van y vienen constantemente entre la suya y otras divisiones. Salta a la vista que se avecina una batalla. El enemigo se está agrupando para hacer frente a Alejandro. Ahora traen más prisioneros, otros supervivientes del Raudal de Bendiciones que escaparon del río para acabar atrapados en las colinas y en el desierto. Las partidas los traen en grupos desarrapados; en total suman unos treinta y tienen peor aspecto que nosotros. El oficial de mayor grado es Aeropo Neoptolomeo, un capitán de la caballería de los Compañeros. Lo conozco de oídas; fue el comandante a cuyas órdenes luchó mi hermano Elías en Kandahar. Es joven, menos de treinta años. Fue uno de los syntrophoi condiscípulos de Alejandro, con el que él y sus otros compañeros compartieron de preceptor al filósofo Aristóteles. Los afganos le han sacado los ojos y lo conduce otro de los prisioneros.
Nos arrean como ganado hacia un confinamiento situado casi en el centro del campamento. A pesar de su ceguera, Aeropo va al frente. Nos pregunta el nombre a todos y los memoriza; nos organiza en una unidad con un objetivo —resistencia en coordinación— y una cadena de mando. Para mi sorpresa, el enemigo lo permite.
—Van a matarlo —dice Lucas.
La noche cae; hombres de tribus siguen llegando al campamento a decenas y a centenares, abarrotándolo.
—Primero se divertirán con él poniéndolo en ridículo —añade mi amigo— y después lo harán pedazos en nuestra presencia.
Lucas se acerca a Aeropo y, con respeto, le informa de su temor.
El capitán no se sorprende. Sólo comenta que, tradicionalmente, los bárbaros se arman de valor antes de un combate maltratando a los que son más débiles.
—Esta noche me toca a mí —dice. Nos aconseja a Lucas y a mí que recemos a sean cuales sean los dioses que creamos más capaces de ayudarnos a contener el intestino—. Personalmente, mi favorito es Odio.
A medianoche llevan a Aeropo ante la asamblea presidida por Sadites, el jefe de guerra de más categoría (que sustituye a Garfio y a los otros maliks insignificantes), en la zona situada al pie de los riscos de basalto. La noche es tan luminosa como un mediodía. Las tropas reunidas ahora se cuentan ya por miles y siguen llegando más y más con cada hora que pasa.
El campamento ocupa la base de Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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una montaña entera.
Aeropo sirve como sustituto de Alejandro. Su papel esta noche es el de ser arengado y tratado brutalmente. Al pie de los riscos se encuentra Sadites de pie. Un jaleo cuya causa está fuera del alcance de nuestra vista distrae su atención. Aparecen más jinetes. El frente de bárbaros se apiña en torno a Sadites y luego empieza a alejarse. El jefe se acerca a Aeropo, que espera, sujeto por dos guerreros, en el centro del raso alumbrado por antorchas.
—Dios ha decidido salvarte la vida esta noche —declara Sadites, que señala una ensillada de la montaña. Desde allí, montado en su hermoso corcel árabe y rodeado de su guardia de honor de jinetes, avanza nuestro verdugo y ahora salvador, Espitámenes.
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Decidme, macedonios y mercenarios que habéis cruzado desiertos y mares para traer la pobreza a nuestros pueblos: ¿Qué mal le hemos hecho a vuestro rey? ¿Han pisado nuestros ejércitos dentro de sus fronteras? ¿Nos hemos llevado sus ganados? ¿Hemos atropellado a sus mujeres? ¿Es que ni siquiera a nosotros, que vivimos en la soledad de los páramos, se nos permite ignorar su gloria?
El Lobo del Desierto se dirige a nosotros, los prisioneros, pero sus palabras están dichas para que las oigan sus tropas. La multitud se apiña en la falda de la montaña y no queda ni un hueco libre. Sus vítores clamorosos interrumpen el discurso de Espitámenes una y otra vez. La muchedumbre
golpea las astas de las picas contra los escudos y martillea el suelo con el extremo de garrotes y rompecráneos.
—Vuestro señor Alejandro —sigue hablándonos Espitámenes a los cautivos—, ha derrotado a Lidia y a Siria. Egipto y Mesopotamia se inclinan ante él. Persia le pertenece. Los afganos de Bactria están en su poder. Ahora extiende sus manos insaciables hacia nuestros hatos y rebaños.
¿No es bastante ancho el mundo para contener su codicia?
Las atronadoras aclamaciones obligan de nuevo al Lobo a interrumpir su arenga. Alza los brazos para pedir silencio. Lucas y yo lo vemos con claridad. Es, en efecto, el hombre que vislumbramos en el Raudal de Bendiciones. De cerca parece mayor y más delgado. Pero, a la luz de las antorchas, sus ojos irradian el brillo de una gran inteligencia y su voz transmite fácilmente fuerza y autoridad. Se me eriza el vello de la nuca.
Aquí hay un adversario. Aquí hay un enemigo que hiela la sangre.
—Macedonios, ¿es que vuestro rey no se da cuenta de que, mientras somete a los bactrianos, los sogdianos se sublevan y cuando vuelve para meter a éstos en cintura son los daas y los sacas los que se le lanzan al cuello? Todos los otros tiranos se sacian de conquistas. Sólo para el vuestro la victoria es la fuente de la que brota más avaricia. No puede ganar siempre. ¿Veis cómo se unen nuestras tribus para hacerle frente? El odio hacia él ha hermanado al lobo y al león y hace que el cuervo y el águila surquen el cielo como compañeros.
Espitámenes informa a la asamblea de que durante días Alejandro ha estado reuniendo a su ejército y preparándose para cruzar el Jaxartes. Está a punto de invadir incluso la Tierras Salvajes.
—Muy pronto, este gallito pendenciero va a descubrir hasta dónde llegan las razas de los escitas, pero nunca conseguirá alcanzarlas. Nuestra pobreza nos hará más veloces que su ejército, que carga con el botín de tantas naciones. ¿Cómo va a controlarnos? Cuando nos crea lejos, nos verá en su campamento. Cuando los ojos le digan que nos tiene delante, nos descubrirá a su espalda. Somos la nube y los fantasmas de la noche. No puede abatirnos con fuego ni inmovilizamos con piedra, porque perseguimos y huimos con la misma rapidez. He oído que las soledades de las estepas escitas son motivo de mofa en proverbios griegos, pero nosotros preferimos lugares desiertos que ciudades y ricos campos. ¿Por qué? ¡Por la
libertad! Preferimos alimentos toscos en libertad que un festín de pasteles de miel con cadenas.
Esas palabras parecen hacer que la montaña entera levite. La ingente muchedumbre clama por nuestra sangre y la de nuestro rey.
Espitámenes va de aquí para allá bajo la luz de las antorchas. Se ha quitado el tarbousse y pasea con la cabeza descubierta. Tiene hebras grises en el cabello, que es espeso y le llega a los hombros. Camina con dificultad y tiene la piel cetrina. ¿Estará enfermo? Sólo la voz y los ojos parecen gozar Steven Pressfield
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de una fuerza inquebrantable. Habla de la arrogancia de Alejandro al atacar a través de Jaxartes.
—Del mismo modo que hace sólo unos días nuestros guerreros masacraron al enemigo en los bajíos del Raudal de Bendiciones, así acabaremos con Alejandro y sus asesinos a sueldo cuando intenten pasar al otro lado del Jaxartes. Dios no permitirá que ese blasfemo pise nuestro sagrado suelo. ¡El río correrá rojo con la sangre del invasor derramada por la espada del Todopoderoso!
Al igual que Gancho en otras arengas, Espitámenes saca a relucir el catálogo de supuestos conquistadores a los que el valor de afganos y escitas hizo fracasar en el glorioso pasado. Que Alejandro no se confíe en su celebrada buena suerte, porque el viento que comienza en el norte, cambia de dirección y sopla del sur. El Lobo se vuelve de nuevo hacia los prisioneros para dirigirse a nosotros.
—Vuestro rey nos tiene por salvajes e ignorantes, pero hemos aprendido algo que él no sabe: la debida medida del destino del hombre bajo el cielo.
»Los grandes árboles tardan en crecer, pero caen en una hora. Hasta el león sirve de comida para los pájaros más pequeños y el óxido acaba con el hierro. Así pues, decidle a vuestro rey que aferre su suerte con fuerza, porque la fortuna es escurridiza y no se la puede retener contra su voluntad.
»Por último, si vuestro señor Alejandro es un dios, debería conferir bienes al ser humano, no despojarle de los pocos que tiene. Pero si es un hombre mortal, que recuerde qué sitio ocupa en el plan del Todopoderoso.
Pues, ¿qué es realmente la locura sino recordar cosas que hacen olvidarse de uno mismo?
Dos amaneceres después, Alejandro ataca a través del Jaxartes. Nuestro grupo de cautivos, custodiado por Ham y los otros, observa desde un pico que da a la vasta planicie desarbolada. El río tiene una anchura de trescientas yardas. En la orilla más próxima se concentran treinta mil bactrianos y sogdianos, daas, sacas y masagetas. La hueste oscurece la ribera a lo largo de dos millas, aglomerada como el enjambre de un hormiguero. Ni siquiera me atrevo a mirar de reojo a Lucas. ¿Qué posibilidades tienen los nuestros de tomar una ribera hostil contra semejante horda?
Las balsas y flotadores de Alejandro se lanzan al cruce. Vemos jinetes, despachados por Espitámenes, galopar hacia las tropas de las alas derecha e izquierda, llamándolas hacia el centro. El frente del enemigo se contrae. La profundidad y densidad se concentra en ese sector de la ribera de mil yardas de lado a lado, hacia el que la flotilla de Alejandro avanza. El Lobo sitúa a sus arqueros al frente, al mismo borde del agua. Son tantas las ganas de disparar contra nuestros compañeros que algunos de ellos se meten hasta los muslos en la corriente por propia iniciativa. El enorme arco escita se usa sujetándolo con un pie contra el suelo; lanza saetas la mitad de grandes que una jabalina. Esas flechas surcan cien yardas por el aire con suficiente potencia para atravesar una armadura.
¿Cómo cruzará Alejandro el último trecho, al alcance de semejantes andanadas?
En primera fila del grupo de cautivos que contemplamos la escena desde el pico se encuentra Aeropo. Oírnos a sus compañeros que le narran lo que acontece. Pregunta si nuestras tropas hacen algún movimiento en los flancos, si el cruce del río sólo es un ardid, si nuestro rey manda caballería corriente arriba o corriente abajo para superar al enemigo y atacarlo desde los flancos y la retaguardia.
Todos los ojos se esfuerzan en divisar algo para contestar. Nada.
¿Y las embarcaciones? Aeropo maldice su ceguera. ¿Son lanchas o balsas? ¿Cuántas hay?
El ataque mace avanza en oleadas: las almadías reforzadas como reductos; las balsas —que transportan veinte, treinta, cincuenta hombres—
guarecidas con protecciones laterales y manteletes en proa. La flotilla consta al menos de cinco mil embarcaciones. Cruzan en líneas tan compactas que parecen un enjambre de avispones. Se ha montado y aparejado gran cantidad de tramos de pontones flotantes que se extienden
desde la ribera ocupada por los maces hasta dos tercios del ancho del río, todo lo lejos que se podía llegar sin ponerse al alcance de los arcos escitas.
Desde esas plataformas fijas, ancladas en el lecho del río, cientos de cables se extienden todo el tramo hasta la orilla de embarque. Desde el pico en el que nos encontramos apenas distinguimos esos cabos debido a la gran distancia que nos separa, pero es evidente que nuestros compañeros no impulsan las embarcaciones con remos (de otro modo veríamos la corriente desviar su curso). Steven Pressfield
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Lo que hacen es remolcarlas con cabos encordados en las troclas de las plataformas de los pontones ancladas en el canal.
—Nuestros compañeros deben de ir jalando de los cables para avanzar
—dice Aeropo cuando le describen la escena—. ¿Qué trecho han cruzado en la corriente?
Le contestan que la mitad. Cincuenta yardas más y estarán al alcance de los arcos escitas.
—¿Y los caballos?
Los están cruzando a nado. Van detrás de las balsas y las barcazas. La infantería ligera, con decenas de miles de soldados, nada detrás de los caballos, con los brazos y las armas apoyados en bolsas bhoosa de piel de cabra rellenas de paja.
—¿Y Alejandro? ¿Lo veis?
Al frente, por supuesto. Incluso desde tanta distancia distinguimos el brillo de su armadura v los destellos del casco de hierro bruñido como plata y doble penacho.
Las primeras barcazas maces han llegado a la marca de los dos tercios de la corriente; en los pontones. Los arqueros escitas empiezan a disparar al aire y los proyectiles caen al agua con un chapoteo a escasas yardas de las balsas más adelantadas. Resuenan fuertes gritos entre el enemigo y vemos a los hombres de las tribus avanzar en tropel. Millares se apiñan en la orilla y centenares se meten en la corriente en su afán de entablar la lucha con los maces que se acercan. En nuestro pico, Ham y los guardias se han adelantado. Ellos también quieren presenciar el espectáculo. Captores y prisioneros tornan posiciones codo con codo, paralizados por el drama que está a punto de convertirse en batalla campal. Veo a Ham mover la boca al tiempo que golpea rítmicamente el suelo con el pie.
—Ahora —nos dice a Lucas y a mí—, veremos a vuestro rey ahogarse en su propia sangre.
—No apuestes por ello —contesta Lucas.
La primera oleada de las barcazas de ataque macedonias se ha detenido.
La segunda se acerca por detrás, seguida de una tercera y una cuarta.
Unidas forman un sólido frente de mil yardas de punta a punta y setenta y cinco de fondo. A unas cien yardas, enfrente de ellas, las hordas escitas bailotean en la orilla a la par que lanzan insultos y pullas. En el pico, todo el grupo contiene la respiración.
De repente, se iza un banderín en la embarcación de Alejandro. A lo largo de la ribera ocupada por los macedonios se alza un millar de carpas cuadradas que nosotros (y el enemigo) hemos supuesto que son tiendas para el ejército. Nuestro rey hace una señal y las telas y pieles de las carpas se retiran. Debajo aparecen dotaciones y máquinas.
—¿Qué pasa? —grita Aeropo.
—¡Catapultas! —responde uno de nuestros compañeros—. ¡Proyectiles incendiarios y jabalinas!
Una andanada de mil saetas surca el aire desde la orilla macedonia.
Trazos de humo tiznan el cielo. Se dibujan trayectorias luminosas de parábolas de fuego.
Todos forzamos la vista. Apenas atisbamos las máquinas al encontrarse demasiado lejos, pero no cabe error en las salvas de humo y llamas que salen disparadas desde la ribera macedonia. Recipientes incendiarios.
Nafta en llamas.
—¡Piedras y saetas! ¡Las barcazas las lanzan también!
Ahora las embarcaciones de asalto avanzan. Llevan catapultas. Cada barcaza es un reducto naval con una máquina lanzadora; el frente de una milla es una gran plataforma de artillería. Los bárbaros se han apiñado de tal forma al borde del agua que es imposible que nuestros artilleros fallen.
Una segunda andanada sube en arco al cielo. Antes de que esos misiles lleguen a su destino, la artillería lanza una tercera andanada y llueve fuego sobre el adversario. El caos se desata en la orilla enemiga. Cada saeta traspasa a un guerrero o un caballo de los escitas, cada recipiente incendiario explota en medio de la masa de hombres y bestias.
Para los afganos la artillería moderna es una experiencia completamente nueva. Desde luego, para Ham lo es. Contempla la escena que se desarrolla allá abajo con los ojos desorbitados por el horror. Ese sonido que no se
parece a ningún otro —el clamor de hombres y animales dominados por el pánico— asciende con tal sonoridad que lo oímos sin dificultad a pesar de lo alejados que Steven Pressfield
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estamos. Los arqueros del enemigo que estaban delante han dado media vuelta y huyen en desbandada, con lo que desatan el caos en los jinetes que estaban detrás de ellos. Se abren grandes brechas en las filas delanteras del enemigo. Vemos a las alas correr a toda prisa a derecha e izquierda y a la retaguardia darse a la fuga. En el tumulto, los jinetes arrollan a las tropas de a pie y la infantería provoca el caos en la caballería.
La primera oleada de Alejandro sigue avanzando y está a cincuenta yardas de la orilla. Oxybeles y catapultas disparan a bocajarro. ¿Dónde está Espitámenes? La situación del enemigo sólo puede designarse como pandemónium. Las oleadas de ataque macedonias se dirigen hacia la ribera a toda velocidad. Por encima de sus cabezas pasa una descarga tras otra de fuego y hierro. Las tropas que tapizaban con tanta densidad el frente enemigo de mil yardas ahora se desperdigan como humo al viento.
Los cautivos, eufóricos, gritan de alegría. Ham y sus compañeros están estupefactos. Y ahora es cuando ocurre lo más extraño. Aunque nuestros guardianes son numerosos y van armados mientras que nosotros estamos con las manos vacías, es a ellos a los que el terror deja petrificados y nosotros los que tomamos la iniciativa.
El primero en llegar a la orilla es Alejandro. De eso no nos enteraremos hasta después, pero sí
vemos una oleada de nuestros compañeros que emerge de los bajíos en tanto que el enemigo arroja a un lado escudos y armas, y huye en desorden.
En el pico, nos lanzamos sobre nuestros captores, aunque antes de que hayamos dado tres pasos, Ham y sus compañeros se dan a la fuga montaña abajo.
Al caer la noche, la planicie allá abajo está completamente vacía ya que el enemigo huye hacia el norte, a las Tierras Salvajes, perseguido por las brigadas de a caballo y a pie de Alejandro.
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Veintiún días después, el ejército macedonio regresa al Raudal de Bendiciones, esta vez en gran número y con Alejandro al frente.
Persiguiendo a Espitámenes, nuestro rey se interna cien millas en la estepa hasta que un agua en malas condiciones lo intoxica y lo obliga a interrumpir la cacería. El Lobo escapa. Con el otoño a las puertas, Alejandro regresa al campamento del Jaxartes. Los prisioneros rescatados estarnos allí, en un hospital de campaña. En un mes nos encontramos lo bastante bien para viajar. Las unidades vuelven al lugar de la masacre. La seguridad de las dos márgenes del Raudal de Bendiciones se ha consolidado hace días con las brigadas de Antígenes y Clito el Blanco, así como la caballería que Hefestión tiene a su mando. Los funcionarios del Registro de Bajas han recogido los restos que se han podido recuperar de nuestros compañeros caídos. La cifra oficial de muertos es de mil setecientos veintitrés. Se concede un día al ejército para que inspeccione el lugar a su conveniencia y para que se enteren a través de nosotros, los supervivientes, a quienes nos han mantenido aparte por orden de Alejandro para este propósito, de las atrocidades infligidas a sus compatriotas no sólo por los afganos y escitas que luchan a las órdenes de Espitámenes, sino por matronas y mocosos de Maracanda y de los pueblos del valle. Se levanta un túmulo funerario y al amanecer el ejército se concentra. Se rinden máximos honores militares a los caídos. El ejército desfila por regimientos ante el túmulo, en lo alto del cual ondean al aire los colores de los batallones sepultados.
Alejandro en persona dirige las exequias. El rito se lleva a caboen absoluto silencio. En el intervalo en el que, normalmente, las unidades entonarían la Oda a los Caídos, el propio Alejandro enciende una única llama, de nuevo en silencio. Esta ceremonia silenciosa despierta un intenso y agudo dolor y una resolución inquebrantable.
Cuando finalmente habla el rey es para leer cinco versos, pero no del canon funerario, sino del Prometen de Eurípides. En esta escena que cierra la tragedia, Odiseo, en sus andanzas, llega a la roca en la que el titán yace aherrojado con cadenas adamantinas, sentenciado por Zeus. Odiseo pregunta a Prometeo si puede hacer algo para aliviar su sufrimiento. El cautivo declina con gratitud incluso un trago de agua con la que apagaría la sed. Después le brinda al viajero la sabiduría extraída de su rebelión contra el cielo.
Hasta el confín del mundo reina
el todopoderoso Zeus. De su justicia
los hombres huyen, pero es en vano porque no hay risco demasiado lejano
ni refugio demasiado remoto.
Ésta es la sucinta oración de Alejandro, que se da media vuelta y se retira. Esa noche transcurre como ninguna otra. No se bebe y no se juega.
Los hombres sólo esperan órdenes. Entienden a qué se refiere su rey con el término «justicia». Aquí, en el confín del mundo, harán que se cumpla.
Cada vez que aparece un mensajero los soldados se incorporan, ansiosos por recibir la asignación de tareas.
Lucas y yo aún estamos demasiado débiles para participar, pero a pesar de todo debernos ir o Steven Pressfield
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jamás podremos volver a mirar a la cara a nuestros compañeros. A la mañana siguiente se imparten órdenes. Junto a ellas llega el correo de casa.
La carta es del esposo de mi hermana Eleni, Agatón, un capitán de infantería condecorado que perdió la mano derecha en Iso, en las primeras y más honorables guerras de Alejandro.
A Matías, de Agatón. Saludos.
Creo que puedo hablar contigo, ahora que has vivido ahí fuera un tiempo y sabes lo que es. Estoy sentado y contemplo a mi hijo me nor, que es hijo de tu hermana y tu sobrino, jugar al sol en el patio. ¿Sabes, querido hermano, que mi deformidad dejó una impronta tan indeleble en mi imaginación que cuando nuestro hijo nació esperaba que tuviera, como yo, un muñón en lugar de una mano? Cuando lo vi íntegro y perfecto, lloré.
Gracias a este niño siento que se ha creado un mundo totalmente nuevo.
¡Vuelve a casa, hermano! ¡Conozco bien la seducción de la guerra, de la ira y del miedo!
Cuando tu período de servicio expire, no dejes que la insensatez te retenga. ¡Vuelve a casa con nosotros antes de que sea demasiado tarde!
Las lágrimas me caen en la barba enmarañada mientras leo esas líneas.
¿Volver a casa? ¿Cómo podría?
¿Estoy ciego a la locura de la venganza? ¿Es que soy incapaz de imaginar ejércitos y ejércitos extendiéndose siglos atrás en el tiempo, todos y cada uno de ellos gritando el mismo sonsonete sin sentido de desquite y venganza?
Guardo la carta de Agatón en la mochila. Allí se queda, metida debajo de la bolsa de lentejas y cebada tostada, cuando las unidades se ponen en movimiento valle abajo, impartiendo justicia divina de pueblo en pueblo, hasta que no queda nada vivo en toda la región excepto viejas y cuervos.
Steven Pressfield
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LIBRO V
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CUARTELES DE INVIERNO
29
El ejército pasa el invierno en la ciudad de Bactra.
Alejandro ha vuelto a tomar Maracanda; el Lobo del Desierto ha huido hacia el norte, a las Tierras Salvajes. El propósito de Espitámenes sigue siendo evitar la confrontación directa con los macedonios. El enemigo se dispersa, a la espera de la llegada de la primavera. Afganistán —una vez que se cierra el paso— se convierte en seis naciones diferentes, cada una de ellas aislada de las otras. Susia y Artacoana, al oeste, quedan incomunicadas de Bamian, en el centro y a su vez separada de Frada (llamada ahora Proftasia, «Anticipación») y de Kandahar al sur por cumbres infranqueables, y de Kabul en el Paropamiso central. Desde la meseta aria, una fuerza resistente puede tomar la calzada de las caravanas hacia el sur, por el Desierto de la Muerte, y subir por los valles Helmand y Arghandab hasta Ghazni, Kapisa y Bagram, pero desde allí no hay vía por la que acceder al Panjshir, Khawak o cualquier otro paso al norte de Bactria. En la ciudad de Bactra estás aislado del sur por el Hindu Kush y del nordeste por el Cáucaso escita. Al sur del Oxo, los sogdianos tribales se dispersan hacia sus reductos. En cuanto a la estepa más allá de Jaxartes, es un lugar tan inhóspito en invierno que los propios daas, sacas y masagetas se retiran a cuarteles de clima más suave.
Lucas y yo estamos confinados en el hospital de Bactra. Lo detesto.
Nadie que no haya sido soldado puede entender la necesidad imperiosa de regresar con tu unidad. Cuando Bandera, Púgil y Rojillo nos hacen una visita, nuestro tormento se redobla. Nuestros compañeros nos gastan bromas sobre «pasajes a casa». Ni el propio infierno podría hacer que aceptáramos eso.
—¿Estás chiflado? —le dice nuestro amigo Moyuelo a Lucas—. ¡Has perdido un ojo!
—Un ojo no es suficiente.
El hospital no es una tienda de campaña, sino la finca reconvertida de algún noble bactriano. En el patio tenemos camastros, fuentes y ciruelos.
Nos llega el correo y la pitanza nos la traen caliente y a su hora. Aún falta bastante hasta que Lucas y yo nos recuperemos.
—No lo noté mucho cuando me pasó —comenta mi amigo—, pero después se ha desquitado. Lucas me observa a veces; y yo a él. Nos reímos cuando nos pillamos haciéndolo.
—¿Estás bien? —me pregunta. Nos volvemos a reír, pero no es algo que tenga gracia. Algunas cosas han cambiado entre nosotros dos. Antes, Lucas y yo compartíamos todos los secretos, nadie se interponía entre él y yo.
Ahora antepone a Ghilla, le cuenta cosas que no me cuenta a mí. Así tenía que ser; me alegro por él. Los dioses saben que no puedo hacer lo mismo con Shinar. Pero hay un distanciamiento. Ahora me siento más unido a Bandera. Me preocupa Lucas. Antes nunca se Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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callaba las cosas, siempre las hablaba. Todavía lo hace, pero es diferente. No se trata de algo concreto. Es sólo que... No es el mismo. De una cosa estoy seguro: antes moriré que permitir que le ocurra algo malo. El astil que lo ensarte tendrá que atravesar antes mi carne. Siento lo mismo hacia otros de mi anda, incluidos los nuevos que acaban de llegar de casa y a los que ni siquiera he visto aún. Le comento esto a Bandera.
—Te estás convirtiendo en un soldado —me dice.
Lucas y yo no somos capaces de hablar de lo de Raudal de Bendiciones.
Es demasiado doloroso. Sin embargo, sí lo hablo con Bandera. Allí perdí a mi grupo, mi montura y mis armas. Sólo la suerte y el heroísmo de Lucas evitaron que también perdiera la vida.
No puedo volver a poner en una posición así a maces que sirvan a mis órdenes. No permitiré que los oficiales, por buena que sea su intención, nos conduzcan a mis hombres y a mí hacia un peligro sin antes decir lo que pienso. Me plantaré, si es preciso. He enterrado a Trapos, a Pulga y a Nudillos, así como a los hermanos Tea y Tortuga. Eran unos muchachos, todos ellos, pero también eran hombres. Buenos hombres. Ahora, en una mesa debajo de los ciruelos, escribo cartas a sus padres. Es la tarea más dura que he tenido que hacer nunca.
—Hay cosas que te cambian en una guerra —explica Bandera—. Y no siempre son las que esperas que lo hagan.
Sé que para Lucas no ha sido la pérdida del ojo ni la dura prueba de la cautividad. Eso se lo ha tomado con una calma admirable. Dice que es la suma de todo. La acumulación. Hace veinticinco meses que salimos de Macedonia. Parece que sean veinticinco años.
—Un soldado se mantiene bajo control con la idea de volver a casa —
afirma Bandera—. Así es como lo ha conseguido Lucas, contando los días.
Ahora se da cuenta de que los días se suceden sin fin.
En el hospital he llegado a apreciar a Bandera más que nunca. Cada vez que creo que he acortado un poco la distancia con él, me doy cuenta de que aún lo tengo leguas por delante. Le cuento lo que se siente al estar a merced de los masagetas.
—Siempre pensé que una experiencia tan dura te fortalecía o hacía que tuvieras menos miedo, pero pasa todo lo contrario. Te socava porque ya sabes lo vulnerable que eres y lo mal que pueden ponerse las cosas.
Cuando recuerdo el tiempo que estuve prisionero me entran temblores.
Las rodillas se me aflojan diez veces al día. Nunca he dado mucha importancia a los dioses, pero ahora empiezo a planteármelo. Un soldado no debería pensar nunca. Bandera no tiene que decirlo, porque oigo su voz dentro de mi cabeza:
—Por eso los dioses hicieron el matarratas y el nas. Bebemos. Ahora entiendo la sed. Nos pillamos una tajada. Estar embotado es bueno, te ayuda a curarte.
Aún no tengo fuerza en el brazo derecho por culpa del hombro, así que levanto la copa con la otra mano. Los cirujanos dicen que sufrí fractura de cráneo. Faltó poco para que me uniera a la mayoría hace tres meses.
¿Cuánto tardará en curarse? No lo saben. Yo sé que siento cada pisada en el suelo de tablones del pabellón de heridos. Cuando cuelgo la capa en un gancho, apunto hacia un lado y después la deslizo por encima, tanteando, porque si no, no acierto. Tengo la sensación de que mi cráneo es una cebolla que alguien hubiese dejado caer al suelo. A Lucas lo premian con un León de Bronce por las heridas recibidas. Yo recibo el segundo. A Lucas le condecoran con una Corona de Rey al valor y lo ascienden a cabo. Nuestra gratificación es la paga de un año y la condonación de todas las deudas con el ejército. No es la lluvia de dinero que parece, ya que tendremos que comprar caballos y reemplazar el equipo partiendo de cero. Las mujeres se han reunido con nosotros. Han viajado de Bactra a Maracanda y vuelta.
Ghilla está preñada de Lucas de antes, a principios de verano. Se le nota debajo de la ropa. Le dice a todo el mundo que Lucas y ella se casarán. Si algún hombre de su familia se enterara de su estado no habría fuerza bajo el cielo que les impidiera rajarle la tripa. A ella no le importa. Ha dejado atrás a su tribu y sus crueles códigos. Eso es algo genial y a la vez aterrador de
presenciar. Las otras chicas han dado la espalda a Ghilla. Su rebelión las espanta. Sólo Shinar sigue siendo Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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amiga suya. Shinar ha encontrado empleo en la enfermería. Es un trabajo que le va. Habla el griego con fluidez y no es escrupulosa con nada.
—Tu chica —me dice el jefe de cirujanos— vale para esto.
La ha trasladado de la lavandería al pabellón, con una paga de un óbolo diario, una cuarta parte de lo que cobra un soldado de infantería, una fortuna comparado con todo lo que conocía. Le ha dado ropa adecuada para el hospital y no permite que ningún hombre, sea oficial o soldado raso, la trate de forma irrespetuosa.
Shinar se supera día tras día. También ella está cambiando.
A lo largo del otoño y principios de invierno Alejandro envía divisiones a cuadrantes lejanos del país. No quiere dar tregua a Espitámenes. Además, la ciudad de Bactra no puede mantener el número de tropas que la desborda.
Han llegado diecisiete mil soldados de refuerzo de Macedonia y Grecia.
Personas dependientes del ejército —vivanderos, contratistas y la masa de gente en general— superan la cifra de sesenta mil. El campamento se ha convertido en la cuarta ciudad más grande del mundo, superada solamente por Babilonia, Susia y Atenas. El día en el que el ejército se dispersa a sus posiciones invernales, Alejandro convoca a la totalidad de las fuerzas y se dirige a ellas en el que quizá sea el discurso más extraordinario jamás pronunciado por un rey de Macedonia. Toma la medida sin precedente de transcribirlo y hacer que se distribuya a todas las unidades de todos los puestos del país.
Citando la masacre del Raudal de Bendiciones, no hace responsables a sus tropas ni a los comandantes subordinados, sino a sí mismo.
—Toda la culpa es mía, amigos míos. He cometido el pecado capital de un comandante: subestimar al enemigo. El Lobo del Desierto no venció a quienes cabalgaban en esa columna; me venció a mí. Por Zeus, creía que vapulearía a esos demonios en cuestión de meses. Los consideraba unos salvajes ignorantes, unos iletrados en las técnicas de la guerra moderna que no eran adversarios para nuestras fuerzas, que han derrotado al imperio más poderoso de la tierra. Me equivocaba. Es obvio que el enemigo nos entiende, mientras que nosotros no lo entendemos a él. Nos ha hecho bailar a su son. Tiene respuesta a cualquier táctica que le lanzamos. Es más astuto
que nosotros. Nos ha superado en la lucha y a mí me ha superado en la estrategia. Alejandro comunica que las unidades se entrenarán en nuevas tácticas todo el invierno. La campaña de Afganistán entra ahora en su segunda fase. Seguirán órdenes detalladas, pero de momento es suficiente conque las tropas entiendan que las operaciones habituales se han terminado. Como parte de ese nuevo programa, oficiales del servicio de inteligencia de Alejandro entrevistarán a todos los supervivientes del Raudal de Bendiciones. Han venido a hacernos preguntas a Lucas y a mí al hospital. Todo lo que podemos recordar sobre la masacre y lo que pasó posteriormente queda registrado para que nuestro rey lo examine.
Damos nombres y descripciones de nuestros captores, itinerarios aproximados de sus rutas, intentos de situar los lugares de los manantiales y depósitos de abastecimiento.
El día del solsticio mi hermano Elías llega a Bactra. Su pareja, Daria, viaja con él; han tomado alojamientos junto al río, en la ciudad de Anahita, junto con otros dos oficiales de operaciones de avanzada. Paso algunas tardes con ellos, cuando Shinar está de servicio en la enfermería.
—¿Has informado a madre de este acontecimiento? —se mofa Elías de mí—. ¡No soportará
perder a otro hijo por los ardides de las mozas extranjeras!
Y estruja en un abrazo a su querida.
Elías, aunque destinado a las operaciones de avanzada, participa en reuniones informativas al más alto nivel. Lo sabe todo. Su interés respecto a mí es mantenerme lejos del peligro. Su influencia sigue echando a pique todas mis solicitudes para entrar en operaciones de reconocimiento en terreno enemigo.
—¿Qué le pasa a tu amigo? —se interesa. Tampoco aprueba que beba tanto—. Acabarás como yo si no vas con cuidado. —Eso lo dice para asustarme, pero para mí es un cumplido. Todas las tardes que me lo permiten me quedo hasta tarde con Elías y sus compañeros. Son los tipos más geniales que jamás he conocido, equiparables a Bandera y Estéfano en cuanto a valor, destreza y visión militar y superiores a ellos en gallardía y carisma. Me da que pensar el que se Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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tomen tan en serio al enemigo.
—Este sitio es peor que Persia —declara el compañero de Elías, Demetrio.
—Pondrá a prueba a todos los hombres —conviene Arimmas, un capitán—, pero a nuestro rey más que a ningún otro.
Los Compañeros temen que Alejandro no haya comprendido aún a lo que se enfrenta. Bajo su punto de vista, deberíamos vaciar toda la región.
Deportar a la población, hombres y muchachos, como hizo Ciro en Ionia y Nabucodonosor en Palestina.
—Ninguna otra medida doblegará este país —dice Demetrio.
La pesadilla de la guerra en Afganistán es conseguir que el enemigo plante cara y luche. Alejandro cree que sólo hay una cosa que lo obligará a hacerlo y es perseguirlo con una fuerza y cerrarle el paso con otra. De ahí el segundo paso de nuestro rey: reconfigurar las unidades en divisiones autónomas. Ahora, Alejandro cede un ejército en miniatura a cada comandante de brigada, una fuerza compuesta por todos los elementos de combate: caballería e infantería ligera y pesada, artillería y tren de asedio, tropas de reconocimiento, servicio de inteligencia, servicio médico, intendencia y organización logística. De entrar en contactocon el enemigo, Tolomeo, Perdicas o Ceno ya no lo perseguirán por sí solos con la esperanza de hacerse con toda la gloria. En adelante, una división empujará al enemigo hacia otra división y después acabarán con él entre las dos.
Estas medidas son innovaciones en firme. Mucho más controvertida es la tercera: la integración en las unidades de cantidades ingentes de tropas afganas. Los Compañeros creen que esto es un solemne disparate.
—Hace dos años que cabalgamos con shikaris afganos —dice Arimmas
—. No hay ni uno solo de ellos que no estuviera dispuesto a comernos crudos si pudiera salir impune. Pero Alejandro lo ha decidido ya. De hecho, hemos empezado a ver en el campamento a los montañeses del Panjshir, a soldados de infantería de Ghazni y Bagram, jinetes sogdianos y bactrianos así como los recientemente contratados contingentes de jinetes daas, sacas y masagetas.
¿Podemos fiarnos de ellos? A nuestro rey no le importa. El razonamiento de Alejandro es que al pagar los servicios de esos bandidos se evita al menos que vayan a unirse a Espitámenes. Nuestro señor tiene el propósito de transformar el país a toda costa, civil y militarmente. Su innovación más atrevida es el sistema de oikos (grupos familiares).
Establece por decreto «incentivos de emplazamiento». Esto significa que
soldados del ejército que en el pasado han recibido salario como individuos, de ahora en adelante recibirán paga y asignaciones como grupo familiar. En otras palabras, que tu pareja queda incluida. Un hombre recibe un extra por la mujer que lo acompaña.
Además, Alejandro dicta que a los hijos de uniones legales entre maces y esposas extranjeras se los considere ahora ciudadanos macedonios.
Podrán cobrar la pensión de sus padres y su educación correrá a cargo del estado. Esto es algo sin precedentes. Es revolucionario. De un plumazo, se anulan mil años de costumbres y nomos.
El decreto agravia a los hombres de la vieja guardia. Por mucho que se tache de conservadores a los militares nunca se llegará a la exageración.
Aborrecen los cambios; veneran lo antiguo y desprecian lo nuevo. Y se niegan a ver los matices grises; para ellos sólo hay lo bueno y lo malo. Lo que propone Alejandro con la introducción del pago por grupo familiar es una bofetada a todas las matronas decentes de Macedonia; nuestras esposas y madres que han mantenido unida la nación con su devoción y fidelidad.
(Por supuesto, esos mismos maces han tomado a todas las rameras extranjeras que han tenido a mano.)
Pero los soldados se sienten amenazados por una razón mucho más personal. Perciben beneficios del sistema oikos como paliativo al desarraigo emocional de vivir lejos del hogar. Eso salta a la vista. El pago por grupo familiar incita a los nuevos como Lucas y yo a tomar esposa «aquí fuera».
Y, lo que es peor desde el punto de vista de la vieja guardia, a que nos planteemos tener un futuro en estos países.
Lo que los viejos soldados temen más es esto: Alejandro nunca volverá a Macedonia. Nunca los llevará a casa. Es evidente que nuestro señor detesta esta guerra en Afganistán, pero no igual que las tropas. Los hombres quieren empaquetar los bártulos y regresar a su tierra, mientras que él desea Steven Pressfield
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acabar aquí para seguir hacia el este.
Al final, los veteranos no pueden seguir enfadados con Alejandro. Para ellos es el sol y la luna. Se sienten dolidos por esta revolución de su comandante, pero siendo como son gente sencilla, sólo saben esforzarse más, luchar con más arrojo, demostrar que aún son indispensables. Por encima de todo, su más ardiente deseo es ganarse de nuevo su afecto. Ni
que decir tiene que Alejandro posee una afinadísima percepción para captar todo esto y sabe cómo sacarle el mejor partido posible. Ahora agrega un elemento más para causar revuelo en el país.
Dinero.
La riqueza que ha entrado a espuertas en Afganistán con el ejército de Macedonia ha alterado la economía de toda la región. En el mercado de la ciudad, una pera cuesta cinco veces más que antes. Los nativos no pueden pagar esos precios. Entretanto, ha surgido una nueva economía: la de campamento, la de puertas macedonias adentro, donde la pera sigue costando cinco veces más que antes pero al menos el mace se la puede pagar. La gente del lugar se enfrenta a la disyuntiva de perecer de hambre o de someterse a esa nueva economía, ya sea como proveedores o como sirvientes, ocupaciones ambas que le son aborrecibles al orgullo afgano.
Peor aún, el sistema oikos tienta a sus mujeres jóvenes. Los soldados conocen todas las monedas de seducción con las que pagarse chorba, higo o chochete. Ahora cuentan con otra zanahoria nueva que agitar ante sus narices: el matrimonio. Los patriarcas nativos procuran encerrar a sus hijas, pero la atracción del campamento mace es irresistible por el dinero, la aventura, la novedad, el idilio y ahora incluso la perspectiva de conseguir un marido. Porque estos invasores no son en absoluto desagradables ni carecen de atractivo. Los regimientos maces desfilan, repletos de jóvenes capitanes y sargentos abanderados, a caballo y a pie, convertidos en aventureros con el azófar de las túnicas y el rutilante centelleo de los brazos. Las muchachas se escabullen por las ventanas a medianoche para consumar citas en brazos de sus ardorosos amantes de ojos color avellana.